El Señor me ha enviado

Liahona Abril – Mayo 1986
El Señor me ha enviado
Por Patti Lara
Artículo ganador del concurso literario de Liahona

Ariana caminó despacio por las ace­ras que a aquellas horas de la maña­na comenzaban a llenarse de gente que se movía apresurada de un lugar a otro. Muchos iban al trabajo, y otros lle­vaban a sus niños al colegio. El tráfico se congestionaba en las bocacalles y algu­nos conductores se impacientaban en su prisa por llegar puntualmente a su desti­no.

Ariana también acababa de dejar a su hija Sandra en el colegio. Existía un au­tobús escolar, pero Ariana prefería llevar a la niña al colegio ella misma cada día. Le convenía aquel paseo matinal, así como el vespertino cuando iba a recogerla, y además le daba oportunidad de dedicar preciosos minutos a su hija.

Siempre hablaban por el camino. La niña tenía tantas cosas que decir, tantos pequeños secretos que compartir con su madre, tantas risas que reír y experien­cias que relatar. Aquella personita tan pe­queña era todo un nuevo mundo que a Ariana le producía fascinación explorar y descubrir.

Aquella mañana, sin embargo, Ariana se sentía cansada ya a aquella hora tem­prana, e incluso un poco triste. Tenía por delante un día ajetreado, su esposo se en­contraba de viaje por unos días, y a las responsabilidades del hogar se sumaban las de sus llamamientos en la Iglesia. Además otro niño, otro dulce espíritu, estaba en camino, y de pronto Ariana se sentía abrumada por las numerosísimas cosas a las que debía prestar su atención y su esfuerzo. Ni siquiera se sentía con ánimo de andar de regreso a casa. Si bien aquella caminata formaba parte de su programa de ejercicio físico, aquella ma­ñana algo se rebelaba en su interior. Los numerosos bloques de calles que la sepa­raban de su casa le parecían intermina­bles. Entonces decidió detenerse en la próxima parada y tomar el autobús.

Mientras esperaba, reflexionó triste­mente en que aquella decisión no le pro­ducía alivio en su desánimo. Sin embar­go, algo en su interior la impulsaba a quedarse y espetar el autobús. Mientras lo hacía pensó ligeramente preocupada en su esposo, que a aquellas horas se en­contraría conduciendo su coche a mucha distancia del hogar, por carreteras extra­ñas. Su trabajo le exigía viajar bastante, y ella siempre temía que algo le sucediera en la carretera.

Pensó también en la hermana Lago, que se encontraba enferma de hepatitis y apenas podía moverse de la cama. Ariana era su maestra visitante, y se preguntaba en qué manera podía ella mejor ayudar a la hermana Lago sin desatender sus pro­pias responsabilidades.

Pensó en la pequeña Sandra, que lleva­ba tres días con un incómodo resfriado, y se preguntó si debería llevarla al médico, o si todo pasaría sin mayores consecuen­cias.

Pensó además en que debía escribir a su madre, pues hacía tiempo que no lo hacía, y ahora que Ariana y sus hermanos eran mayores y vivían fuera de casa, sus padres tenían que sentirse bastante solos.

De nuevo se sintió abrumada de pensar en todas las cosas que la esperaban aquel día y en los próximos, y deseó que su esposo se encontrase en casa para buscar en él un poco de apoyo y consuelo.

Ya en el autobús, y de pie, dado que no había asientos desocupados, todavía recordó algo más: había olvidado que ne­cesitaba comprar algunos tomates para la ensalada que iba a preparar para comer. Seguir leyendo

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Las bendiciones de Compartir el evangelio

Liahona Abril – Mayo 1986
Las bendiciones de Compartir el evangelio
Por el élder Carlos E. Asay
De la Presidencia del Primer Quorum de los Setenta

Carlos E. Asay

De un discurso pronunciado el 20 de septiembre de 1984, durante una Conferencia para futuros misioneros que se llevó a cabo en Provo, Utah.

En el Antiguo Testamento leemos so­bre una guerra que declaró el rey de Siria contra Israel. En dos ocasiones, su ejército se colocó en posición para sor­prender a los israelitas con un ataque que, según lo que pensaban los sirios, les aseguraría la victoria; pero el esperado triunfo no llegó, porque Eliseo, un “va­rón de Dios”, puso sobre aviso al rey de Israel y le reveló el lugar donde se halla­ban acampadas las fuerzas sirias.

Cuando el rey enemigo supo que Eliseo había sido el responsable de sus derrotas, mandó espías para que averi­guaran dónde estaba el Profeta; éstos vol­vieron diciendo que se encontraba en la ciudad de Dotan. Entonces el rey, con la esperanza de capturar a Eliseo, envió un gran ejército de hombres a caballo y en carros que, al amparo de la noche, sitia­ron la ciudad.

Por la mañana, muy temprano, el Pro­feta y el hombre que le servía se levanta­ron y vieron que la ciudad estaba sitiada por el enemigo, ante lo cual el asustado siervo exclamó: “¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?” En forma tranquilizadora, Eli­seo le contestó: “No tengas miedo, por­que más son los que están con nosotros que los que están con ellos”. Después oró, diciendo: “Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea”. El Señor abrió los ojos del joven y el vio que “el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eli­seo”. (Véase 2 Reyes 6:8-18; cursiva agregada.)

Supongo que hay veces en que los Santos de los Últimos Días, tanto jóvenes como mayores, tienen aprensiones en cuanto al servicio misional, aprensiones que los llevan a preguntar: “¿Debo acep­tar un llamamiento? ¿Debo servir en la misión?” Igual que el siervo de Eliseo, ellos también tienen una visión limitada de la obra, porque sus ojos no se han abierto ante la perspectiva y las bendicio­nes de dedicar todo su tiempo a servir a Dios y al prójimo. Así es que se mantie­nen a distancia mientras se preguntan si deben o no tomar parte en ella.

En la misma forma en que Eliseo oró por su atemorizado siervo, también yo ruego por vosotros y por todos los que pueden ser misioneros para que Dios les dé visión, les abra los ojos, y los capacite para captar el espíritu del servicio misio­nal; oro para que podáis percibir la im­portancia de abrazar la verdad y compar­tirla y de invitar a toda persona a acercarse a Cristo; oro para que podáis sentir la urgencia con que un profeta pi­dió más misioneros y vislumbrar, como el criado de Eliseo, los poderes celestia­les que se han conferido a esta obra y la acompañan continuamente.

El profeta Alma enseñó que Dios “concede a los hombres [y mujeres] se­gún lo que deseen. . . según la voluntad de ellos” (Alma 29:4). Yo creo que ese es un principio verdadero; si deseamos algo con gran vehemencia y procuramos de todo corazón obtenerlo, es muy posi­ble que lo obtengamos; la voluntad firme de nuestra parte reúne nuestras fuerzas interiores y nos gana la asistencia divina.

Quizás vuestro deseo de servir aumen­tara si comprendierais mejor cuáles son las bendiciones que derivan del servicio misional. Muchas veces Dios revela al mismo tiempo los mandamientos y las bendiciones relacionadas con ellos; por ejemplo, nos dio la Palabra de Sabiduría mencionando los mandamientos, y, al mismo tiempo, enumeró una serie de bendiciones que recibirían aquellos que los obedecieran. Me gustaría analizar con vosotros algunas de las bendiciones que se relacionan con la obra misional; no puedo mencionarlas todas, porque son tantas que resultan innumerables; pero hablaré de aquellas que parecen ser las, más comunes.

Antes de describir esas bendiciones, quiero haceros una advertencia. Durante un período crítico de su ministerio, al profeta José Smith se le advirtió diciéndole “que al obtener las planchas, no debería tener presente más objeto que el de glorificar a Dios; y que ningún otro pro­pósito habría de influir en mí sino el de edificar su reino” (José Smith-Historia 46). En otras palabras, se le previno que no debía llevar a cabo la obra divina impulsado por propósitos egoístas. Los motivos de interés personal son contrarios a la vida y las enseñanzas del Salvador; los propósitos generosos, por otra parte, comunican a la labor una pu­reza y una inocencia que invitan al Espí­ritu. Si nos olvidamos de nosotros mis­mos dedicándonos con abnegación a este sagrado llamamiento con el solo propósi­to de salvar almas, obtendremos multitud de bendiciones y beneficios inesperados a lo largo del camino. A continuación cito algunos.

Gozo  

Todos conocemos el versículo que di­ce: “Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepenti­miento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (D. y C. 18:15.)

Ahora bien, el gozo de que se habla en este pasaje no es un sentimiento efímero ni un placer pasajero, sino una felicidad profunda y permanente. El presidente Heber J. Grant testificó lo siguiente: “Mientras estaba en la misión, sentí más gozo que en ninguna otra época, an­terior o posterior. El hombre existe para que tenga gozo, y el gozo que yo sentí cuando era misionero era superior a cual­quier otro que hubiera podido experimen­tar dondequiera que estuviera.” (Improvement Era, oct. de 1936, pág. 659.)

Esto lo dijo un hombre que había via­jado por todo el mundo y había tomado parte en casi todas las fases de actividad del evangelio.

Os invito a leer sobre el gozo que sen­tía Ammón al hablar de sus experiencias misionales. Entre otras cosas, dijo: “Mi gozo es completo; sí, mi corazón rebosa de alegría, y me regocijaré en mi Dios. . . No puedo expresar ni la más pequeña parte de lo que siento”. (Alma 26:11, 16.) ¡Un gozo indescripti­ble!

Una conciencia tranquila    

La conciencia tranquila es el senti­miento de calma, de paz, que le sobrevie­ne a una persona cuando sabe que ha he­cho lo correcto, en el momento preciso e impulsado por la razón apropiada. Al equivocamos u ofender a alguien, nues­tro espíritu se ve perturbado; cuando ha­cemos lo que es correcto y bueno, el es­píritu está en calma. La conciencia se puede ahogar por medio de la desobe­diencia voluntaria, pero también se pue­de poner en total armonía con el Espíritu Santo mediante una obediencia volunta­ria. Creo que todos nosotros podemos llevar una vida casi libre de errores si nutrimos la voz de la conciencia en forma adecuada.

Sabemos muy bien que se espera que todo Santo de los Últimos Días rinda ser­vicio misional y que un profeta hizo un llamado para que haya más misioneros, diciendo que todo joven digno debe ser­vir. Este hecho ha quedado registrado en nuestra memoria y nuestro corazón, y sa­bemos que es la verdad. Por lo tanto, no obtendremos plena paz de conciencia hasta que hayamos obedecido el manda­to, prestado oído al llamado y servido.

El presidente George Albert Smith en­señó que llevar a cabo esta obligación “hará que los que son fieles, los que cum­plen con ese deber como se les requiere, adquieran una paz y una felicidad que están más allá de toda comprensión; y los preparará para que, a su debido tiempo, cuando hayan terminado su labor terre­nal, puedan entrar en la presencia de su Hacedor y que El los acepte por lo que han hecho” (en Conference Report, abril de 1922, pág. 53).

Aumento de conocimiento del evangelio

A los misioneros se les aconseja estu­diar dos horas por día, todos los días; una hora es para el estudio individual y una hora para estudiar con el compañero.

Con seguir simplemente el plan de estu­dio del evangelio que se ha creado para los misioneros, una persona lee el Libro de Mormón, el Nuevo Testamento, Doc­trina y Convenios y partes del Antiguo Testamento varias veces durante la mi­sión; además, al aprender las charlas mi­sionales y los conceptos de doctrina que se relacionan con ellas, también estudia a fondo los temas básicos del evangelio.

Enseñando esas lecciones una y otra vez y respondiendo al mismo tiempo a las preguntas y dudas de la gente, el mi­sionero tiene aún mayor oportunidad de aprender. En realidad, nunca se domina un conocimiento hasta que se ha enseña­do. Sí, sin duda, la misión es una escuela de enseñanza evangélica, aun una escue­la para profetas.

Aumento de la fe

El élder James E. Talmage describe la creencia diciendo que es una aceptación pasiva de la verdad; por otra parte, define la fe como una aceptación de la verdad, positiva y activa, que lleva a las buenas obras. Y declara que la “fe es creencia vivificada, activa y viva”. (Véase Artícu­los de Fe, pág. 106.)

Hay quienes aceptan un llamamiento a la misión por su creencia; creen que la iglesia es verdadera y creen que es su deber servir. Pero en el rendimiento de ese servicio, al orar pidiendo guía para encontrar personas a quienes enseñar, al suplicar ayuda en la enseñanza y esfor­zarse por emplear las palabras y los mé­todos apropiados, su creencia se transfor­ma rápidamente en fe.

Los misioneros no solamente son testi­gos de cambios milagrosos, sino que también participan en ellos; ven cómo las personas abandonan el pecado y se con­vierten en santos. Además, reciben res­puesta a sus oraciones, sienten la inspira­ción y las impresiones del Espíritu, observan el don de lenguas y muchos otros de los dones del Espíritu en acción y sienten que los sostienen poderes invi­sibles. Estas y muchas otras de sus expe­riencias plantan en su corazón las semi­llas de la fe. Seguir leyendo

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Utilicemos nuestros talentos

Liahona Abri – Mayo 1986 
Utilicemos nuestros talentos

Ejemplos de lo que han hecho algunas parejas de matrimonios misioneros
Por Vernon y Bertha Proctor

Los matrimonios misioneros hacen co­sas maravillosas, y el testimonio, el conocimiento, la experiencia y la sa­biduría que poseen son necesarios en casi todas las misiones de la Iglesia. En don­dequiera que sirven, la Iglesia se fortale­ce y los miembros son bendecidos. Por ejemplo:

Una de estas parejas recibió el llama­miento de servir en Canadá. Ese primer domingo se presentaron a los miembros del barrio durante las distintas reuniones; al hacerlo, el hermano se refirió a su es­posa como a “mi amor que me ha acom­pañado por cuarenta y un años”.

En la congregación se encontraban al­gunas parejas que estaban teniendo pro­blemas conyugales, pero debido a que durante los meses siguientes tuvieron la oportunidad de ver, por medio del ejem­plo de este matrimonio misionero, lo que realmente es una pareja feliz, sintieron el deseo de cambiar sus vidas. Más tarde, una de estas parejas le dijo al matrimonio misionero: “¿Saben por qué fueron en­viados a esta misión? Para salvar nuestro matrimonio”.

Con tan sólo estar allí, y demostrar el amor que sentían el uno por el otro, ejer­cieron una influencia maravillosa en los demás.

Otra pareja, originaria del norte del es­tado de California, Estados Unidos, fue llamada a cumplir una misión en Bolivia. En una pequeña comunidad india, la gen­te tenía que acarrear el agua desde un manantial que brotaba de lo alto de una colina, a un kilómetro y medio de distan­cia. Era una tarea laboriosa el tener que hacerlo todos los días, y creaba además serios problemas de higiene.

Este matrimonio misionero recibió la asignación de supervisar el proyecto de encañar el agua desde el manantial. El esposo diseñó el proyecto y organizó en grupos tanto a los que eran miembros co­mo a los que no lo eran. En unas cuantas semanas los miembros de la comunidad cavaron una zanja en el rocoso altiplano, en la cual colocaron tubería de plástico para conectar el agua del manantial a una simple canilla, ubicada en el centro de la villa —la única en toda la comunidad.

Toda la comunidad asistió a la ceremo­nia de inauguración. Las personas que no eran miembros de la Iglesia se mostraron muy amigables y agradecidas por la oportunidad que se les brindó de progre­sar y por los recursos que se les había proporcionado. El matrimonio misionero que se entregó a la obra misional comen­tó: “Este es el acontecimiento más emocionante de nuestra misión”.

Otro matrimonio misionero fue llama­do y asignado a una rama en los Estados Unidos que tenía tantos miembros inacti­vos que estaban a punto de disolverla. La Iglesia no era demasiado conocida en esa localidad. El hermano era miembro del Club de Leones (una organización cívica que presta servicio a los necesitados) en la ciudad donde residía, había trabajado para el gobierno municipal y era experto en agricultura. El hermano y su esposa se pusieron en contacto con el Club de Leo­nes de la localidad y a él le invitaron a hablar en una de sus reuniones regulares. En dicha oportunidad, él les dijo quiénes eran y la razón por la que estaban en ese lugar. También mencionó que necesita­ban un edificio donde los miembros de la rama pudieran reunirse.

Después de la reunión, los que asistie­ron se presentaron y se ofrecieron a ayu­dar en cualquier cosa que pudieran. Uno de ellos publicó un artículo acerca de los misioneros en su periódico, el cual tenía 15.000 subscriptores. Se les invitó a par­ticipar en una entrevista en la televisión, por medio de la cual pudieron contestar muchas preguntas acerca de la Iglesia y de la obra genealógica.

Como el hermano era un experto en agricultura, utilizó ese talento para reac­tivar a miembros y despertar el interés de los que no lo eran en el mensaje del evan­gelio. Obtuvo permiso para utilizar casi una hectárea de tierra, la cual preparó para la siembra, y luego invitó a la gente a participar en el proyecto. A todos los interesados se les asignó un predio deter­minado, y él les enseñó la manera de plantar y cuidar un huerto. Todos levan­taron buenas cosechas, y dijeron que era el mejor huerto que jamás habían visto en la localidad. Esto abrió muchas puertas a la obra misional. En la actualidad la rama está progresando y en camino a tener su propio centro de reuniones.

Hubo un matrimonio misionero que llevó un pequeño órgano electrónico a una de las islas del Pacífico, el cual utili­zaban en las reuniones de la Iglesia. De­bido a que era el único instrumento musi­cal de esa clase en la isla, la gente se amontonaba para oírlo y cantar. Hasta los miembros de otras iglesias asistían a las reuniones de los Santos de los Últimos Días porque les gustaba cantar con la mú­sica tan hermosa.

Otra pareja recibió el llamamiento de servir en Tonga. El hermano era oculista, y llevó consigo sus instrumentos de ópti­ca. Utilizando sus talentos en ese campo particular, se hizo de muchos amigos, no sólo para sí mismo, sino para futuros mi­sioneros.

Podríamos citar cientos de experien­cias misionales como éstas, que ponen de manifiesto las distintas mañeras en que los matrimonios y las hermanas mayores misioneras pueden predicar el evangelio y fortalecer la Iglesia.

Hay quienes pueden cumplir una mi­sión, pero dudan de su habilidad para ha­cerlo. No tengan miedo, porque serán llamados, por revelación, para ir a un lu­gar donde más se necesiten sus talentos, experiencia, conocimiento y sabiduría particulares.

Algunos hermanos ya mayores quizás se pregunten cómo se las arreglarán sus familias durante su ausencia. No se preo­cupen, porque ellos están en las manos del Señor. Cumplan una misión, y tanto ustedes como ellos serán bendecidos para siempre.

Vernon y Bertha Proctor. Sirvieron en la Misión Perú Lima Norte. En la actualidad son obreros en el Templo de Salt Lake, y pertenecen al Barrio Bryanen Salt Lake City.

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Preparados para la obra

Liahona Abril – Mayo 1986
Preparados para la obra
Por Nina Hull

El matrimonio misionero se da cuenta de que cada habilidad, cada experiencia y cada talento escondido puede utilizarse eficazmente en el servicio misional.

Servir en una misión había sido uno de mis grandes deseos desde que era niña, pero dado que me casé muy jo­ven, aplacé ese sueño mientras criamos a nuestros hijos, con la esperanza de que mi esposo, Ben, y yo recibiéramos un llamamiento más tarde en nuestra vida.

Esa esperanza perenne pareció desva­necerse cuando, a la edad de cincuenta y cuatro, Ben sufrió una embolia que lo dejó mudo y sin poder escribir ni leer, y con el lado izquierdo de su cuerpo parali­zado. Todavía doce años después, a pe­sar de una recuperación milagrosa me­diante el poder del sacerdocio, le quedaban algunos impedimentos físicos, cuando nuestro obispo nos pidió entrevis­tamos para una misión. Ben tenía proble­mas en hablar claramente, de manera que le era difícil comunicarse con los demás, salvo con familiares. Simplemente no podía pronunciar las palabras como de­bía, y no le había sido posible orar en voz alta ni pedir una bendición sobre los ali­mentos. Le habían amputado el brazo iz­quierdo; además, gran parte del tiempo tenía la pierna derecha hinchada y adolo­rida, y cuando se encontraba en situacio­nes llenas de tensión, era propenso a un ataque cardíaco.

Aparte de todo eso, nuestros ingresos eran escasos, como lo era también nues­tra confianza. Sin embargo, no tuvimos ninguna duda en cuanto a si debíamos o no aceptar el llamamiento. Ben estaba se­guro de que si el Señor lo necesitaba y quería que aceptara, no había por qué du­dar.

En cambio, nuestro presidente de esta­ca dudaba de si debía o no mandar la solicitud a las oficinas de la Iglesia, pero el Departamento Misional le aconsejó: “Envíenosla, y dejaremos que las Autori­dades decidan”. Oré fervientemente para que en alguna parte del mundo hubiera un lugar apropiado donde pudiéramos ayudar a edificar el reino. Unas semanas más tarde, cuando recibimos un llamado a servir en la región sudeste de los Esta­dos Unidos, sentí una plenitud de gozo. Sabía que sin ninguna duda había recibi­do una respuesta a mis oraciones.

A Ben le fue difícil preparar su discur­so de despedida en la reunión sacramen­tal. Quise ayudarlo preparándole un dis­curso corto, pero no lo pudo memorizar, así que unas dos horas antes de la reunión pidió que le dieran una bendición espe­cial del sacerdocio. Pudo dar un discurso de aproximadamente diez minutos, con suficiente soltura, después de lo cual el obispo dijo a la congregación que acaba­ban de presenciar un milagro.

Experimentamos el gozo de un segun­do milagro cuando, en la ocasión de nuestra primera noche en la casa de mi­sión, nos hincamos en oración y, por pri­mera vez en doce años, Ben pudo dar la oración familiar.

Nos asignaron a una rama pequeña de aproximadamente sesenta miembros, la mayoría de ellos inactivos. El primer do­mingo, los únicos dos presentes en la reunión del sacerdocio eran Ben y el pre­sidente de rama, y a la Escuela Domini­cal y la reunión sacramental asistieron solamente catorce personas. Sin embar­go, me emocionó ver que de nuevo mi esposo ya podía ofrecer la primera ora­ción y bendecir la Santa Cena.

Supongo que, al igual que los demás misioneros, sentimos algo de inquietud antes de llegar a nuestra primera asigna­ción en el campo misional: ¿Cómo nos recibirían tanto los miembros como los que no lo eran? ¿Podríamos contribuir verdaderamente a la obra misional? ¿Complacerían al Señor nuestros esfuer­zos? Pero una vez que llegamos, encon­tramos que las personas son las mismas en todas partes, y cuando nos dimos cuenta de que las experiencias que había­mos tenido previamente en la Iglesia, en el trabajo, como padres —en fin, en todo— nos daban algo en común con nuestros nuevos amigos, se calmaron nuestras inquietudes y empezamos a sen­tirnos cómodos.

Empezamos nuestra labor buscando a todos los miembros de la rama de los cuales había registros, y tratando de avi­var en ellos el deseo de activarse. No fue tarea fácil. Estaban esparcidos por toda la región; vivían en calles rurales sin ningún nombre ni letrero que las identificara. Al­gunos de los miembros habían estado ale­jados de la Iglesia desde hacía años. Ca­da domingo estuvimos a la expectativa, ansiosamente esperando ver entrar a la capilla a los miembros que habíamos vi­sitado; pero eran sólo unas cuantas perso­nas las que asistían. Seguir leyendo

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Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo

Liahona Abril – Mayo 1986
Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft Benson

Tomado de un discurso pronunciado en el centenario del  Templo de Logan (Utah) en mayo de 1984

La última vez que vi al presidente Heber J. Grant fue en el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia cuando él era ya muy anciano. Le habían llevado hasta allí en un vehículo, donde el conductor de éste le pidió a otro her­mano que le ayudara a llevar al Presiden­te hasta su despacho, uno de cada brazo.

Yo iba entrando en el edificio en el momento en que el presidente Grant avanzaba hacia la puerta. El Presidente dijo entonces a los hermanos que le ayu­daban a caminar:

— ¿No es ése el hermano Benson?

—Sí, Presidente —afirmaron ellos. Entonces, dirigiéndose a mí, me dijo: —Venga, acérquese, hermano Ben­son.

Cuando llegué a su lado, me dijo:

— ¿Le he contado alguna vez de la ju­garreta que el presidente Brigham Young le hizo a su bisabuelo?

Le contesté:

—No, Presidente. No sé nada de que Brigham Young le hubiera jugado una jugarreta a nadie.

Añadió:

—Pues sí, sí que lo hizo. Se lo contaré.

Como me di cuenta de que aquellos dos hermanos sostenían prácticamente todo el peso del presidente Grant, le dije:

—Pasaré por aquí a conversar con us­ted en cuanto pueda. Me gustaría saber de esa anécdota.

Más él replicó:

—No, no, se la contaré aquí mismo. Estos hermanos me sostendrán mientras se lo cuento todo.

Continuó:

—Usted sabe dónde se encuentra el Zion’s Bank, ¿no es así? En la esquina de las calles Main y South Temple [en el centro de Salt Lake City].

—Sí, Presidente—asentí.

—Verá usted—prosiguió—, su bisa­buelo edificó en esa esquina la casa más bella de Salt Lake City con excepción de la de Brigham Young (la cual era, como se sabe, la del Lion House que todavía permanece en pie). La terminó entera­mente; era una casa hermosa: de dos pi­sos y con portal en ambos niveles y a ambos costados. La rodeaba una cerca blanca de madera, tenía árboles frutales y de adorno y un arroyito atravesaba el jar­dín. Estaba a punto de mudarse a ella con su familia de las cabañas de troncos que hasta entonces habían habitado cuando el presidente Young le llamó a su despacho. Allí, le dijo: “Hermano Benson, desea­mos que vaya usted a colonizar el Valle Cache [pronuncíese Cash] en el norte de Utah y que presida allí a los miembros de la Iglesia. Le sugerimos que venda su casa al hermano Daniel H. Wells”.

—Y bien —agregó el presidente Grant—, el hermano Daniel H. Wells era consejero de Brigham Young. ¿No le pa­rece eso una jugarreta? —y dicho eso, dijo a quienes le sostenían— Vamos, hermanos, sigamos adelante.

Dado que en todos los años en que había asistido a las reuniones de la fami­lia Benson no había oído nunca esa histo­ria, pedí al Departamento Histórico que la verificara y allí me confirmaron lo que el presidente Grant me contó; me dijeron aun que tenían una vieja fotografía del caserón.

Desde entonces, me he sentido profundamente agradecido por la tal “jugarreta” del presidente Young, ya que si no hu­biera sido por eso, los Benson no hubie­ran echado raíces en el Valle Cache. Seguir leyendo

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Nunca es tarde

Liahona Febrero 1986
Nunca es tarde
Por el élder John K. Carmack
Del Primer Quórum de los Setenta

John K. Carmack

Era el atardecer de un viernes, día de pago, en el Cuartel General del 8o Ejército de los Estados Uni­dos en Seúl, Corea. Había estado de guardia todo el día, así que me disponía a pasar el resto de la noche leyen­do, escribiendo cartas y disfrutando de estar a solas.

El día de pago era siempre bienvenido entre nosotros, aunque algunos de los soldados utilizaban impru­dentemente en el club el dinero extra que recibían. En la noche de referencia, casi a la hora de ir a la cama, entraron en la barraca tres soldados muy ruidosos, que evi­dentemente estaban ebrios.

La paz y el silencio de nuestro escueto alojamiento mili­tar, construido por el ejército de ocupación japonés antes de la Segunda Guerra Mundial, se vieron turbados por la presencia de aquellos jóvenes en el cuarto. Decidido a pasar por alto el cambio que se había operado en el am­biente, volví la cabeza en dirección opuesta a donde es­taban los alborotadores.

A pesar de mis esfuerzos por mantenerme pacíficamente aislado de ellos, un joven alto y apuesto, que parecía deter­minado a hacerme formar parte de su grupo, se acercó a mí tambaleándose.

— ¿Qué estás leyendo? —me preguntó.

—La biografía de John Stuart Mili* —le respondí.

Al mirarlo, inmediatamente reconocí a Albert Anderson (el nombre es ficticio), a quien había visto en nuestro grupo de miembros de la Iglesia en Seúl, que era pequeño pero muy unido.

Sumamente abochornado al reconocerme, se dio vuelta para alejarse, pero cayó sobre mi litera.

—Recuerdo haberte visto en la reunión de nuestro grupo de la Iglesia, hace unos meses —le dije.

Aunque me contestó sin mucho entusiasmo, me di cuenta de que se hallaba profundamente turbado.

—Sí, ya me acuerdo de ti. —Y luego, bruscamente me pidió—: Tú conoces Doctrina y Convenios, ¿verdad? Lée­me la Palabra de Sabiduría.

Tomé el libro, busqué la sección 89 y lentamente leí en voz alta la revelación que se conoce con el nombre de Palabra de Sabiduría, incluso la frase que dice ‘los licores no son para el vientre” (vers. 7).

— ¡Y eso no es lo peor que he hecho! —exclamó él—. ¡Pensar que mi madre cree que voy a ir en una misión! Pero no puedo hacerlo.

—Albert—lo interrumpí—, claro que puedes ir en una misión. ¿Quieres que te diga cómo?

— ¿De veras crees que puedo ser misionero después de lo que te he dicho? He hecho casi todo lo que no debía hacer. Yo creo que ya es muy tarde para mí.

Le entendí muy bien cuando me dijo que había hecho todo lo que no debía hacer. Había observado que muchos de mis compañeros se pasaban las noches fuera, sin re­gresar al cuartel, y sabía con qué interés lo hacían. La conducta de Albert era muy similar a la de sus amigos, aunque los miembros de nuestro grupo religioso en general se mantenían alejados de esas excursiones nocturnas.

En nuestra conversación supe que volvería a su casa a la semana siguiente. De todas maneras, imaginando los peca­dos que podía haber cometido, pero también conociendo el plan de salvación del evangelio, sin el cual todos es­taríamos perdidos, afirmé resueltamente:

—Sí, podrás ser misionero; pero no te resultará fácil lograrlo.

Abrimos Doctrina y Convenios y leímos los versículos 42 y 43 de la sección 58, donde se habla sobre el arre­pentimiento. Analizamos lo importante que era para él confesar los pecados graves que hubiera cometido a su líder del sacerdocio, y le aconsejé que al llegar a California fuera inmediatamente a hablar con el obispo de su barrio. En esa forma podía continuar el proceso del arrepentimiento que nuestra conversación había comenza­do esa noche. También le supliqué que se decidiera allí mismo, en aquel momento, a abandonar las serias transgresiones se­xuales en que se había metido y a no vol­ver a cometerlas jamás. Lo insté a ser paciente, pues todo eso le llevaría tiempo, y le aconsejé que leyera el capítulo 39 de Alma para poder comprender cuán graves eran sus pecados a la vista del Señor. Además, le expliqué que, como parte del arrepentimiento, debía tomar la determi­nación de servir a sus semejantes por el resto de su vida.

Hablamos del Salvador, de su miseri­cordia y de la Expiación. Traté de ayudar­le a entender que, a pesar de lo serio que eran sus pecados, no estaba perdido.

—Todos pecamos —le expliqué, tra­tando de darle ánimo—, y estaríamos per­didos si no fuera por la grandiosa misión de nuestro Salvador. Pero debemos arre­pentimos de esas transgresiones a fin de que la sangre de Cristo nos purifique de ellas.

—Y después agregué—: Mañana es sábado; ¿quieres venir al atardecer y que pasemos juntos unas horas? Y si deseas ir a la iglesia conmigo el domingo, ven a eso de las ocho de la mañana.

Me prometió que iría ambos días, y así lo hizo. El domingo estuvo muy callado, pero se quedó conmigo todo el día. Tuvi­mos una hermosa experiencia espiritual, y Albert empezó a mostrarse más animoso. Al término de aquel agradable día de des­canso de la vida militar, volvió a su barra­ca.

El lunes fue a despedirse de mí. Luego partió hacia el puerto, donde lo esperaba el barco que lo llevaría atravesando el Pa­cífico de regreso a los Estados Unidos y a su familia, ansiosa por recibirlo. Después de aquello, muchas veces pensé en él y me pregunté qué le habría pasado al re­gresar a su casa. Hasta que un día recibí la siguiente carta:

“Querido John:

“Espero que todavía te acuerdes de mí. Aunque nuestra relación fue corta, ha te­nido y tendrá un efecto permanente en mi vida. Muchas veces he pensado en qué sería lo que me hizo hablarte aquella no­che, pero de todos modos, me siento muy agradecido de haberlo hecho; nuestra con­versación marcó un cambio en mi vida, y desde entonces todo empezó a mejorar.

“Tuve que aprender por difícil expe­riencia propia cuál era la mejor manera de vivir, y ahora me siento muy feliz con mi vida de Santo de los Últimos Días. Cuan­do volví a California, fui a hablar con el obispo de mi barrio. Varios meses des­pués, el élder Hugh B. Brown [miembro entonces del Consejo de los Doce] me en­trevistó para una misión y me expresó muy claramente que esperaba que hiciera un gran esfuerzo, y así pudiera compensar por los errores del pasado. Cuando termi­nó la entrevista, yo había tomado ya una decisión afirmativa. El sábado recibí el llamamiento para la obra misional, y pronto estaré en la casa de la misión. Aunque ni siquiera voy a salir de mi pro­pio estado, estoy muy contento con el lla­mamiento.

“Te estoy infinitamente agradecido por el ánimo y los consejos que me diste aquella noche. A pesar de lo mal que me sentía, recuerdo muy bien tus palabras. Quizás nuestro encuentro no fuera una ca­sualidad, sino algo preparado por el Se­ñor; por lo menos yo lo veo así. Y quiero que sepas que te agradezco profundamen­te toda la ayuda que me diste, y te deseo lo mejor de la vida.

“Te pido que me escribas y me digas cómo estás y a qué te dedicas. Me hará muy feliz tener noticia tuyas.

“Con cariño, tu hermano en el evange­lio.”

Al leer su carta, me di cuenta de que aquella noche yo me había encontrado en el lugar preciso y en el momento preciso para ayudar a Albert a comenzar el proce­so de su arrepentimiento. El Señor lleva a cabo su obra siempre por medio de hom­bres y mujeres, sus hijos. En mi caso, la recompensa fue el enorme gozo que sentí.

La siguiente y última vez que vi a Al­bert fue un día que fui al Templo de Los Angeles, mientras esperaba que empezara una de las sesiones. El entró en el cuarto donde yo estaba, y nos abrazamos como viejos amigos del ejército y, más impor­tante aún, como amigos eternos. Me ha­bló brevemente del éxito de la misión; aunque no le había sido fácil, experimen­taba un sentido de orgullo y gozo por ha­ber servido con honor en la obra misional. Y aunque había pensado que ya era dema­siado tarde para él, se había dado cuenta de que no era así.

El mensaje que tenemos para nuestros jóvenes es muy claro: Si tenéis el deseo de regresar y capacitaros para la obra del Señor, ¡nunca es tarde para hacerlo! El Señor está lleno de misericordia y bon­dad. Es cierto que cuando se han cometi­do pecados graves, hay algunas deudas grandes que pagar: el doloroso momento de reconocer que habéis pecado, la confe­sión, la restitución, la paciencia y el firme compromiso de dedicar vuestra vida a ser­vir. Por supuesto, sería mejor no entrar nunca en acciones que pueden llevarnos a la oscuridad espiritual. “Yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. No obstante, el que se arrepienta y cumpla los manda­mientos del Señor será perdonado.” (D. y C. 1:31-32.) Pero Él os ama, a pe­sar de vuestros pecados.

Jóvenes, os necesitamos para servir al Señor. Quizás sea difícil, y sufriréis mu­cho si habéis cometido pecados graves de los que tengáis que arrepentiros; pero ja­más lamentaréis el haber sido misioneros. Los momentos de gozo que tendréis al ayudar a otra persona a darse cuenta de que ha pecado y que necesita tener fe en el Señor, arrepentirse de sus pecados y bautizarse, compensarán plenamente los sufrimientos y el pesar que hayáis pasado; y las bendiciones que les llevaréis se pro­longarán en la eternidad, y también llena­rán de gozo vuestra vida en forma ince­sante, porque las consecuencias de vuestras acciones buenas tendrán un curso eterno.

Por lo tanto, arrepentíos y volved para servir. El Señor os ama, y la Iglesia os necesita. Despojaos del falso orgullo y pedidle una entrevista al obispo o al presi­dente de rama a fin de empezar ahora vuestro proceso de arrepentimiento. Vuestra recompensa será la paz en esta vida y la vida eterna en el más allá (D. y C. 59:23). Tengo la certeza de que hay muchos de vosotros que, por haber pecado, por tener un sentimiento de cul­pabilidad y por no comprender la disposi­ción que tiene el Señor a perdonar al pe­cador arrepentido, habéis perdido toda esperanza y no pensáis salir en una mi­sión. Este es mi mensaje para vosotros, con todo mi corazón: ¡Nunca es tarde! ■

 

* John Stuart Mili (1806-1873): Filósofo y economista inglés.

 

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JOSÉ, Ejemplo de excelencia

Liahona Febrero 1986
JOSÉ, Ejemplo de excelencia
Por Arthur R. Bassett

Siempre me han fascinado los niños. Física, mental y emocionalmente, son una mezcla de dos personas diferen­tes, la combinación de dos padres en un solo ser. Es más, me intriga la manera en que los hijos adquieren las características de sus padres: sus modismos, ademanes, risa, actitudes, su opinión en cuanto a la moda, etc.

Por esa razón me ha intrigado tanto la genealogía. A veces me pregunto cuántas características de mis antepasados llevo aún dentro de mí, y a cuántas generacio­nes tendría que remontarme para encon­trar mis modismos, atributos físicos y ras­gos de carácter. Sería fascinante tener un minucioso relato escrito y visual de cada uno de nuestros antepasados y poder com­paramos con ellos.

Desafortunadamente, no tenemos a la mano esos registros, y es imperfecta la visión que tenemos de nuestros antepasa­dos. Sin embargo, es sorprendente ver que entre la mejor información genealógi­ca disponible se encuentra la que tenemos acerca de nuestros primeros padres.

A veces, al leer la primera porción de la Biblia, se nos olvida que estamos le­yendo nuestra propia historia familiar y que compartimos una relación sumamente especial con esos personajes.

Pocos miembros de la Iglesia aceptaría­mos el país de Iraq como una tierra ances­tral nuestra, y sin embargo, es el lugar de origen del padre Abraham, y es donde creció hasta los primeros años de su ma­durez. Siria sigue siendo para muchos de nosotros un país extranjero, y sin embar­go nuestras abuelas Rebeca y Raquel na­cieron allí, y también nuestro abuelo Jo­sé. Y aunque el abuelo José adoptó a Israel como su tierra natal, su esposa y nuestra abuela, Asenat, no sólo era egip­cia, sino hija de un sacerdote egipcio. Efraín y Manasés, entonces, eran mitad egipcios. A través de nuestras raíces an­cestrales, la mayoría de nosotros somos ciudadanos del mundo, y lo que sucede en éste a menudo afecta a los que son nues­tros primos lejanos.

Aunque nos encontramos separados de estos primeros antepasados por el abismo de siglos en que la genealogía no se ha registrado, podemos, sin embargo, en­contrar aún ejemplos dignos de emula­ción. José, cuyo nombre (o el de uno de sus hijos, Efraín y Manasés) aparece en cientos de miles de bendiciones patriarca­les, es un buen caso a considerar. Si adoptáramos el sistema de vida que él lle­vó, no sólo seríamos ciudadanos sobresa­lientes de este mundo, sino que también nos convertiríamos en candidatos a la vi­da celestial en el próximo.

El primogénito de Jacob y Raquel    

Para su padre Jacob, José era el recuer­do viviente de una de las historias de amor más grandes de todos los tiempos. Son pocos los que pueden afirmar, como José, que su padre había servido catorce años para que se le concediera la mano de la madre de ellos. El amor que Jacob sen­tía por Raquel era tan intenso que Moisés escribe que esos primeros siete años “le parecieron [a Jacob] como pocos días, porque la amaba” (Génesis 29:20).

Después del casamiento, Raquel tuvo dificultades en concebir un hijo, lo que le preocupó mucho. Su hermana Lea daría a luz seis hijos y una hija antes de que Ra­quel fuera bendecida con su primogénito, José. La tercera esposa, Bilha, y la cuar­ta, Zilpa, contribuyeron cada una dos hi­jos más a la posteridad de Jacob antes del nacimiento de José.

Para esas fechas, Jacob ya se acercaba a los noventa años de edad, casi la edad de su abuelo, Abraham, cuando Sara ha­bía dado a luz a Isaac, el padre de Jacob. Jacob y Raquel habían esperado este hijo por mucho tiempo y lo amaron en forma muy especial. Pero unos cuantos años después de ese alumbramiento, Raquel moriría en otra tierra al dar a luz a su segundo hijo, Benjamín. Después de die­cisiete años, Jacob perdería a José cuando éste fuese vendido como esclavo a Egip­to, pensando que había muerto; y pasó casi un cuarto de siglo más antes de que se reuniera de nuevo con José, siendo éste ahora un hombre maduro y segundo en autoridad al Faraón de Egipto. Treinta años después de esa reunión, Jacob tam­bién moriría y lo llevarían de regreso a su tierra natal para sepultarlo. Seguir leyendo

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La búsqueda constante de la verdad

La búsqueda constante de la verdad

Gordon B. Hinckley

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

(Este artículo es una versión revisada del discurso que el presidente Hinckley pronunció en la ceremonia de graduación de la Universidad Brigham Young-Hawaii en junio de 1983.)

Como miembros de La Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días, tenemos la responsabilidad de observar el mandamiento de estudiar y aprender. El Señor dijo: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

Además, dijo claramente que no debe­mos poner límite a nuestra búsqueda de la verdad, que hemos de aprender “de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y deba­jo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; Las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y reinos” (D. y C. 88:79).

El Señor nos ha mandado perfeccionar­nos y avanzar constantemente hacia la eternidad. Nadie puede suponer que ha aprendido lo suficiente, ya que, al cerrar­se la puerta de una etapa de la vida, se abre la de otra en la cual tenemos que seguir adquiriendo más conocimiento.

Nuestra búsqueda de la verdad debe ser incesante: una búsqueda que abarque la verdad espiritual y religiosa, así como el conocimiento del mundo. Y al crecer y progresar, busquemos lo bueno, lo bello, lo positivo.

Personalmente, procuro leer dos o tres periódicos al día. A veces leo los editoria­les de comentaristas y de vez en cuando, escucho a comentaristas de la radio y de la televisión, los cuales son brillantes, emplean el lenguaje con eficacia y domi­nan el arte de escribir bien. Pero la mayo­ría de las veces, observo que no importa de quién escriban, sacan a relucir defectos y debilidades, criticando constantemente y elogiando muy rara vez.

Y ese espíritu no se limita a los comen­taristas de los periódicos, de la radio y de la televisión, ya que algunas de las cartas que se envían a los periódicos están satu­radas de hostilidad, habiendo sido escritas por personas que evidentemente no hallan nada bueno en el mundo ni en los demás. La reprobación, el señalar defectos ajenos y la maledicencia, son las emociones que prevalecen en la actualidad. Se nos dice que no se encuentra en ninguna parte hombre íntegro alguno que ocupe un car­go político. Muchos opinan que los hom­bres de negocios no son más que estafa­dores. Se afirma que las empresas públicas se dedican a robarnos por medio de un cobro excesivo. Por todas partes se oye La observación ofensiva, el comenta­rio sarcástico, el ataque verbal contra la reputación de otras personas. Lamentablemente, éstos constituyen muchas veces la base de nuestra conversación. En nuestros hogares, las esposas lloran y los hijos estallan emocionalmente por los repro­ches de los que son maridos y padres. La crítica es la semilla del divorcio y engen­dra la rebelión en los jóvenes. A veces, conduce aun a la destrucción de la autoestimación de las personas. En la Iglesia, siembra la semilla de la inactividad y, por último, termina en la apostasía.

Pido que dejemos de andar en busca de las tempestades y de los problemas de la vida y que disfrutemos más de la luz del sol. Sugiero que, al avanzar por la vida, nos concentremos en lo positivo. Pido que busquemos un tanto más profunda­mente lo bueno, que pongamos fin a las palabras insultantes y al sarcasmo, que felicitemos más generosamente la virtud y el esfuerzo. No estoy pidiendo que calle­mos toda clase de crítica, ya que cuando se corrige, se progresa, a la vez que del arrepentimiento se saca fortaleza. Sabio y entendido es aquel que puede reconocer los errores que otras personas le hacen notar y que en seguida cambia su modo de proceder.

Lo que propongo es que todos abando­nemos las actitudes negativas que se han propagado en el medio social de nuestro tiempo y que busquemos lo notablemente bueno entre las personas con las cuales nos relacionamos, que hablemos de nues­tras mutuas virtudes más que de nuestros defectos, que el optimismo substituya al pesimismo, que nuestra fe exceda a nues­tros temores. Cuando yo era joven y me volvía propenso a censurar a personas o sucesos, mi padre me decía: “Los pesi­mistas no aportan nada, los incrédulos no crean nada y los que dudan no logran na­da”.

El mirar el lado tenebroso de las cosas atrae un espíritu de pesimismo, el cual muchas veces conduce a la derrota. Si ha habido un hombre que ha infundido alien­to a una nación en sus momentos de más honda aflicción, ése fue el primer minis­tro británico Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial. Caían las bom­bas sobre Londres, Inglaterra, y las tropas nazis habían conquistado Austria, Che­coslovaquia, Francia, Bélgica, Holanda, Noruega y avanzaban hacia Rusia. La mayor parte de Europa se encontraba bajo el dominio de la tiranía e Inglaterra era la próxima víctima. En aquellos peligrosos momentos en que desfallecía el corazón de muchos, habló Churchill y dijo:

“No hablemos de días más tenebrosos; hablemos más bien de días más rigurosos. Estos no son días lóbregos; son días ex­traordinarios: los más monumentales que nuestro país haya vivido jamás; y todos debemos dar gracias a Dios de que se nos haya permitido —a cada cual conforme a su posición en la vida— desempeñar una parte en hacer estos días memorables en la historia de nuestra raza.” (Discurso pronunciado en Harrow School, Inglate­rra, el 29 de octubre de 1941.)

Un año antes, tras el espantoso desastre militar en la violenta batalla de Dunker­que, Francia, cuando Gran Bretaña inten­taba invadir Europa y hacer retroceder al enemigo, muchos vaticinadores de la fa­talidad pronosticaron el fin de Gran Bre­taña. Pero en aquellos tenebrosos y so­lemnes momentos, ese hombre notable, Churchill, dijo: Seguir leyendo

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No procuréis aconsejar al señor

Liahona Febrero 1986
No procuréis aconsejar al señor
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. Romney

Es significativo que Jacob, el gran pro­feta del Libro de Mormón, nos haya exhortado con estas palabras a los que vivimos en los últimos días: “No procu­réis aconsejar al Señor, antes aceptad el consejo de su mano”. (Jacob 4:10.)

En mi opinión, procurar aconsejar al Señor generalmente quiere decir no hacer caso a sus consejos, ya sea a sabiendas o involuntariamente, y substituirlos por nuestras propias ideas o las creencias de los hombres. Esta es una debilidad humana muy común, y mientras no la domine­mos, no obstante todos los demás dones y éxitos que logremos, no podremos estar en verdadera comunión con el Espíritu del Señor.

Por otra parte, cuando una persona co­noce la voluntad del Señor y la obedece, siempre estará más cerca del Espíritu.

Desde el principio del mundo, toda la his­toria de los tratos de Dios con sus hijos testifica del hecho de que aquellos que no lo escuchan fracasan y no reciben más que sufrimiento como resultado de ello.

Por ejemplo, en la época de Samuel, el pueblo de Israel exigió tener un rey. “Constitúyenos ahora un rey que nos juz­gue, como tienen todas las naciones”, pi­dieron (1 Samuel 8:5), porque pensaban que era más importante ser iguales a la gente que los rodeaba, las naciones paga­nas, que seguir los consejos del Señor. . Mediante el profeta Samuel, el Señor pro­testó seriamente, diciéndoles:

“Así hará el rey que reinará sobre voso­tros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y. . . de a caballo, para que corran delante de su carro. . .
“Tomará también a vuestras hijas para
Que sean…. cocineras y amasadoras.
“Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares. . .
“Diezmará vuestro grano y vuestras vi­ñas. . .
“y seréis sus siervos. . .
“Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros;
“y nosotros seremos también como to­das las naciones. . .”
(1 Samuel 8:11-20.)

Samuel se quedó muy apesadumbrado ante la obstinación del pueblo, porque sa­bía que si éste persistía en exigir un rey desafiando así los consejos del Señor, sería imposible evitar su caída. Pero Dios, que siempre respeta el libre albedrío del hombre, ya sea que éste lo emplee para hacer bien o para equivocarse, le dijo a Samuel:

“Oye la voz del pueblo. . . porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.” (1 Samuel 8:7.) Seguir leyendo

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En busca de la influencia del Espíritu Santo a través del estudio diario de las Escrituras

Liahona Noviembre 1984
En busca de la influencia del Espíritu Santo a través del estudio diario de las Escrituras
Por Bruce T. Harper

En una ocasión nuestra hija pasó la noche con unas amiguitas. Al prepararse para acostarse, re­pentinamente recordó algo que se le había olvidado hacer.

—Oh —dijo en voz alta—, todavía no he leído las Escrituras hoy.

Dos de sus amigas recordaron que ellas tampoco lo habían hecho, así que pidieron prestado un Libro de Mormón y leyeron juntas.

Tal diligencia en la lectura de las Es­crituras era un hábito que recientemente se había establecido en nuestra familia. Quizás no éramos tan diferentes a mu­chas otras familias en la Iglesia con res­pecto a nuestra lectura de las Escritu­ras, pues sabíamos que debíamos hacerlo, y deseábamos hacerlo, pero nunca habíamos tenido mucho éxito en nuestros esfuerzos. Finalmente decidi­mos dedicarnos a formar el hábito de leer las Escrituras, y para ayudarnos a alcanzar esta meta adoptamos un mé­todo que nos presentó el hermano Carvel Whiting, presidente de la Escuela Dominical de nuestra estaca.

Su método era muy sencillo: el obje­tivo principal de su programa era formar el hábito de leer algo cada día. La meta era establecer una actitud, y obtener en nuestra mente una conciencia de las Es­crituras. No especificó cuánto debíamos estudiar al día, ni tampoco sugirió que lo hiciéramos en una manera específica, simplemente nos instó a leerlas cada día, sin importar cuán breve fuera nues­tra lectura, y a llevar un registro de cuán­tos días consecutivos habíamos leído, aunque fuera un solo versículo.

Mediante este método sencillo, podía­mos leer unos cuantos versículos o diez páginas en un determinado día; podía­mos leer los libros canónicos capítulo por capítulo, o estudiar temas; podía­mos utilizar ese tiempo para leer nuestra asignación para la clase de la Escuela Dominical el siguiente domingo. En oca­siones podíamos variar y leer los capítu­los en secuencia, pero de vez en cuando podíamos pasar a otra sección de las Escrituras o concentrarnos en un tema específico. Incluso podíamos fijar­nos una meta secundarla de leer un ca­pítulo al día (o leer una media hora, o cinco páginas), pero si no siempre lo­grábamos esa meta secundarla, aun así continuábamos teniendo éxito y mante­niendo nuestro hábito de estudiar diaria­mente las Escrituras en tanto leyéramos aunque fuera un solo versículo durante el día.

Nos dimos cuenta de que el llevar un registro del número de días consecuti­vos que leíamos nos proporcionaba un sistema útil y flexible de motivación y re­fuerzo positivo. Cierto número de días consecutivos (por ejemplo, 10 días, 30 días, 50 días, 100 días, 200 días 365 días) podían Identificarse como objeti­vos, y al alcanzar éstos, cada miembro de la familia recibiría alguna forma de recompensa o reconocimiento. La fre­cuencia y naturaleza de las recompen­sas podría variar de acuerdo con la edad o la madurez de los participantes. Por ejemplo, nosotros teníamos hijos pe­queños, de modo que por cada diez días consecutivos proporcionábamos una golosina a los niños más pequeños. Seguir leyendo

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Todos somos pioneros

Conferencia General Abril 1997
Todos somos pioneros
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Mis jóvenes hermanas, realmente no sabemos cuánto bien podemos hacer hasta que no hayamos hecho el esfuerzo.”

 

¡Que panorama más glorioso representan ustedes! Sé que además de este tabernáculo pionero miles más se reúnen en capillas y en otros edificios en muchas partes del mundo. Ruego la ayuda celestial al dirigirme a ustedes en esta oportunidad.

Sus líderes lo han hecho muy bien esta noche, pero, para los hombres, esto es algo típico de las hermanas. Quisiera felicitar a cada una de las personas que ha tenido alguna parte en la preparación de esta conferencia y a los que han participado en el programa.

En este clásico poema, Henry Wadsworth Longfellow describe a la juventud y el futuro. Dice:

Cuán hermosa es la juventud!
Cuán grande su destello,
con sus ilusiones, aspiraciones y sueños!
Libro del principio de la vida,
historia sin fin,
toda joven una heroína,
todo joven un amigo! (1)

El 6 de abril de 1942, la Primera Presidencia declaró: “Cuan gloriosa y cercana a los ángeles esta la juventud que es limpia. Esta juventud tendrá un gozo indecible aquí, así como felicidad eterna en el más allá” (2).

Hemos escuchado bastante acerca de los pioneros de 1847, de su viaje a través de las praderas y de su entrada al Valle del Lago Salado, y escucharemos más a medida que transcurra este año del sesquicentenario.

No es de sorprender que a medida que se presenta el tema de los pioneros, el recuerdo de cada uno va hacia su propia línea familiar. Por lo general se encuentran ejemplos que se ajustan a la definición de pionero: “Alguien que va adelante mostrando a los demás el camino a seguir” (3). Algunos, si no todos, hicieron grandes sacrificios al dejar la comodidad y una vida más fácil para responder al firme llamado de la fe que recién habían encontrado.

Dos de mis bisabuelos se ajustan al modelo de muchos de ellos. Gibson y Cecelia Sharp Condie vivían en Clackmannan, Escocia. Sus familiares trabajaban en minas de carbón en paz con el mundo, rodeados de familiares y amigos y en un ambiente bastante cómodo en un país que amaban. Escucharon los mensajes de los misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y se convirtieron hasta lo más recóndito de su alma. Escucharon el llamado a viajar a Sión y supieron que deberían responder.

Vendieron sus posesiones y se prepararon para el peligroso viaje a través del inmenso Océano Atlántico. En compañía de cinco hijos, abordaron un velero, con todas sus posesiones materiales en un pequeño baúl. Viajaron 4.800 kilómetros sobre las aguas, ocho largas y agotadoras semanas en un traicionero mar, día y noche rodeados sólo de agua: ocho semanas de espera, con comida insuficiente, agua en mal estado y sin otra ayuda más que la que se encontraba en ese pequeño velero.

En medio de esa situación que ponía a prueba el alma, su hijo Nathaniel enfermó y murió. Mi bisabuela amaba a ese niño tanto como sus padres las aman a ustedes; y cuando sus ojos se cerraron ante la muerte, sus corazones se sumieron en el dolor. Como si fuera poco, se debía obedecer la ley del mar: Envuelto en una lona y con pesos de fierro, su cuerpo fue sepultado en las aguas. Al alejarse, sólo esos padres podían saber cuánto podía ser el dolor del corazón. Gibson Condie y su buena esposa fueron reconfortados por las palabras “Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Aquel primer viaje de 1847 organizado y dirigido por Brigham Young los historiadores lo describen como uno de los grandes hechos épicos de la historia de los Estados Unidos. Cientos de pioneros mormones su frieron y murieron por enfermedades, por las malas condiciones del tiempo y el hambre. Hubo algunos que, al no tener carretas ni tiros, literalmente caminaron cerca de 2.000 kilómetros sobre praderas y montañas, empujando y tirando carros de mano. Seguir leyendo

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Pioneras modernas

Conferencia General Abril 1997
Pioneras modernas
Janette Hales Beckham
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Janette C. Hales

“Debemos tener fe para decir no a lo que nos. pueda dañar o destruir, o apartarnos de nuestro destino. Todas debemos tener fe en cada paso que demos hacia adelante.”

En esta ocasión rindo homenaje a estas tres jóvenes pioneras y a cada una de ustedes, las pioneras de esta generación. Ustedes, jóvenes pioneras deben tener la misma fe en cada paso que tuvieron los pioneros del pasado de los que se nos ha hablado. Me siento muy orgullosa de ustedes, las mujeres jóvenes, al verlas dar el ejemplo por medio de actos de valentía y de rectitud. Su fe en el Señor fortalece a los que siguen su ejemplo.

El apóstol Pablo amonestó a un joven de su época a ser pionero; le dijo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino se ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Ese es el tema del mensaje que les daré en esta oportunidad.

Sean ustedes Abejitas, Damitas o Laureles, pueden ser un ejemplo para los demás: un ejemplo de los creyentes. Los principios del Evangelio son los mismos ayer, hoy y mañana. El guardar los mandamientos nunca pasa de moda.

Ustedes, las jóvenes, encuentran a su paso obstáculos tan difíciles de salvar como los que tuvieron que encarar los pioneros de antaño. Una jovencita escribió: “En la actualidad siempre se oye decir a las personas que no se imaginan cómo pudieron los pioneros salir adelante en medio de todas sus penurias; pero no me cabe duda de que hoy, algunos de ellos, desde el cielo, dicen lo mismo acerca de nosotros”.

La valentía para dar un paso de fe hacia adelante hace falta hoy en día como nunca antes. Para muchas de ustedes, el primer paso de fe hacia adelante ha sido el bautismo. LeeAnn tenía quince años de edad cuando leyó el Libro de Mormón, oró acerca de la veracidad de este y obtuvo un testimonio del Evangelio. La joven deseaba unirse a la Iglesia, pero la madre le dijo que no se lo permitiría. LeeAnn y los misioneros ayunaron y oraron, y aquel mismo día del ayuno, la madre le dio su consentimiento para que se uniera a la Iglesia, por lo que LeeAnn se bautizó. Cuando sus amigas se enteraron, se rieron de ella y la abandonaron. Aun la directora de la escuela religiosa a la que asistía la llamo a su despacho y le dijo que había cometido un necio error. No obstante, LeeAnn se mantuvo fiel al Señor; comprendía las consecuencias eternas de sus actos y, andando el tiempo, tuvo la maravillosa bendición de casarse en templo con un joven recto. Con el tiempo, su madre se unió a la Iglesia.

Kara también fue pionera en su familia. Sus familiares nunca asistían a las reuniones de la Iglesia; el día en el que cumplió ocho años llego y pasó, y no fue bautizada. Sin embargo, con el mismo valor que caracterizo a los fieles pioneros, cuando cumplió los doce años, le pregunto directamente a su padre si podía bautizarse. Él le dijo que sí. Hoy ya se ha casado en el templo y puede inculcar en sus propios hijos su fortaleza, su integridad y su fe pioneras. ¡Que magnifico patrimonio pionero les ha dado a sus vástagos! Seguir leyendo

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Sigan andando y denle una oportunidad al tiempo

Conferencia General Abril 1997
Sigan andando y denle una oportunidad al tiempo
Virginia H. Pearce
Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Virginia H. Pearce

“Nuestra meto, nuestro jornada final, nuestra Sion, es vivir en la presencia de nuestro Padre Celestial y, para llegar allá, se espera que caminemos, caminemos y caminemos.”

Con un cantar él pudo andar, andar, andar, andar y andar” (1). Cuando pienso en los pioneros vienen a mi mente escenas trágicas: carros de mano en la tormenta, enfermedades, pies congelados, estómagos vacíos y tumbas poco profundas.

Sin embargo, a medida que aprendo más sobre esta monumental jornada, me convenzo de que junto con estas escenas muy reales y dramáticas, la mayoría de la jornada para la mayoría de la gente fue una jornada de rutina. La mayoría anduvo, anduvo y anduvo.

Cuando los pioneros levantaban su campamento cada mañana, tenían que alimentar y darle de beber al ganado, hacer fogatas, preparar su desayuno y una merienda fría que debía empaquetarse para el mediodía; tenían que hacer reparaciones, enganchar los animales de tiro y cargar otra vez los carromatos. Eran las faenas de todas las mañanas. Luego caminaban aproximadamente 10 kilómetros antes de detenerse a alimentar y darle de beber al ganado, almorzar, reagruparse y caminar nuevamente hasta las 6:00 de la tarde. Luego empezaba la rutina de desenganchar y dar de beber a los animales, hacer reparaciones, recoger leña, hacer fogatas, preparar la cena, escribir un par de líneas en el diario de vida antes de que oscureciera, a veces un poco de música, orar e irse a la cama a las 9 de la noche.

La velocidad no era importante. Dado que el paso lo marcaban los lentos bueyes de tiro, nadie tenía que correr para mantenerse con los carromatos. En un buen día, un día sin problemas ¿existen días así?, los pioneros cubrían una distancia de aproximadamente 24 kilómetros. Por lo general, recorrían menos de 15. ¡Imagínense cuan insignificante parecía comparado con la meta final de más de 2.000 kilómetros!

En el cementerio de Winter Quarters hay una escultura de bronce (2) que muestra un detalle de la mano de una madre dentro de un carromato mientras caminaba hacia el Valle del Lago Salado. La mujer hacia eso porque su criatura no se quedaba en el carromato a menos que pudiera ver la mano de su madre. Inclusive, a medida que esos pioneros caminaban hacia su meta, sabían cómo ayudarse los unos a los otros.

¿En qué forma se relaciona todo esto con nosotras en nuestro mundo actual? Creo que está totalmente relacionado con nosotras. La mayoría de nuestra vida no es un sinfín de momentos dramáticos que requieren heroísmo o valentía inmediata; sino que consisten en rutinas diarias, incluso en tareas monótonas, que nos cansan y nos hacen vulnerables al desaliento. Por supuesto que sabemos hacia dónde vamos y, si fuera posible, elegiríamos saltar de la cama, trabajar como locos y terminar al llegar la caída de la tarde. Pero nuestra meta, nuestra jornada final, nuestra Sion, es vivir en la presencia de nuestro Padre Celestial y, para llegar allá, se espera que caminemos, caminemos y caminemos.

Este caminar semana tras semana no es un logro fácil. La constancia de los pioneros, todo lo que encierra la ardua tarea ordinaria, su voluntad de avanzar centímetro a centímetro, paso a paso, hacia la tierra prometida, me inspira tanto como los hechos más obvios de valentía. Es tan difícil seguir creyendo que progresamos cuando avanzamos a esa velocidad; es difícil seguir creyendo en el futuro cuando lo que hemos hecho durante el día es tan poco. Seguir leyendo

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Encontremos la fe en cada paso

Conferencia General Abril 1997
Encontremos la fe en cada paso
Bonnie D. Parkin
Segunda Consejera de lo Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Bonnie D. Parkin

“Dentro de muchos años, sus nietos contaran con asombro los relatos de los decisiones de ustedes, los cuales cambiaron las vidas de ellos”. Ustedes serán conocidas como sus pioneras.”

Anna Matilda Anderson era una jovencita que vivía en Suecia en la década de 1880. Cuando ella y su familia se unieron a la Iglesia, fueron ridiculizadas por sus creencias; la madre de Anna decidió que debían emigrar a los Estados Unidos y unirse a los santos en Utah. Anna, que tenía once años, y su hermana Ida partieron primero para ganar dinero y, de ese modo, ayudar al resto de la familia a viajar a América. Anna e Ida se embarcaron hacia los Estados Unidos; después, viajaron por tren a Ogden, Utah, desde donde Ida partió en un carromato para trabajar para sus garantes de Idaho. Anna permaneció completamente sola en el tren mientras seguía camino hacia Salt Lake City; no hablaba inglés ni conocía a nadie, ¿pueden imaginarse la soledad y el pánico que habrá sentido durante su viaje?

El tren llegó a la obscura estación Río Grande poco antes de la medianoche. El familiar que iba a ir a buscarla no estaba allí y Anna permaneció de pie, contemplando con temor mientras la gente abandonaba lentamente la estación. Finalmente, se quedó sola con una familia alemana que tampoco tenía a nadie que la recibiera; una obscuridad espesa y amenazante la rodeó. Más tarde recordaría: “Comencé a llorar y pensé en las últimas palabras que mi madre me había dicho: ‘Si te encuentras en un lugar donde no puedas entender lo que diga la gente, no te olvides de orar a tu Padre Celestial porque El sí puede entenderte”’. Anna se arrodilló al lado de su maleta y rogó con todas sus fuerzas por ayuda celestial. ¿No hemos orado todos de esa manera alguna vez?

Los integrantes de la familia alemana le hicieron señas a Anna para que los siguiera y, sin tener otra alternativa, Anna caminó sollozando detrás de ellos. Cuando llegaron a la Manzana del Templo, escucharon los pasos de alguien que caminaba con rapidez: una mujer se dirigía con prisa hacia ellos mientras observaba con atención a toda persona que pasaba; cuando vio a la familia alemana, se apresuró. Anna captó la mirada minuciosa de la mujer y esta se detuvo, maravillada: ¡había reconocido a la jovencita! Y. con gran asombro, Anna reconoció a la mujer: ¡era su maestra de la Escuela Dominical, quien había partido de Suecia un año antes! Estrechando fuertemente a Anna entre sus brazos, la maestra le enjugó las lágrimas de temor, y le dijo: “Me desperté una y otra vez…Las imágenes de los inmigrantes que llegaban se desplegaban en mi mente y no pude dormir más. Sentí que tenía que venir al templo a ver si había alguien que yo conocía” (diario de Anna Matilda Anderson, en posesión de la autora).

¿Pueden creerlo? ¡Una maestra de la Escuela Dominical enviada en una noche de extrema obscuridad como un ángel de luz! “Por lo que pueden ver”, Anna expresó, “mi Padre Celestial hizo mucho más que responder a mis oraciones; sólo le pedí por alguien que pudiera entenderme, y me envió a alguien que yo conocía”. Seguir leyendo

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Nuestro testimonio al mundo

Conferencia General Abril 1997

Nuestro testimonio al mundo

Presidente Gordon B. Hinckley

“Dios está al timón; procuraremos Su dirección; prestaremos oído a la voz suave y apacible de la revelación; y seguiremos avanzando según Él nos guíe.”


Esta ha sido una conferencia maravillosa. El Espíritu del Señor ha estado con nosotros. La música ha sido inspiradora y los discursos y las oraciones nos han conmovido, infundiendo en nosotros el deseo de ser mejores. Agradecemos a todos los que nos han dirigido la palabra y habríamos deseado que todas las Autoridades Generales y de Área de la Iglesia hubieran podido hablar, pero eso requeriría casi una semana.

Se nos ha recordado que el nuestro es un gran patrimonio, el pasado ha quedado atrás, y es del futuro que debemos ocuparnos. Se nos presentan grandes oportunidades y grandes dificultades. Nuestros críticos, acá y en el extranjero, nos observan y, empeñados en hallar defectos, escuchan atentamente cada palabra que decimos con la esperanza de sorprendemos en un error. Quizás nos tambalearemos de vez en cuando, pero la obra no se retrasara. Nos pondremos de pie donde hayamos tropezado y seguiremos adelante.

No tenemos nada que temer y tenemos mucho que ganar. Dios está al timón; procuraremos Su dirección; prestaremos oído a la voz suave y apacible de la revelación; y seguiremos avanzando según Él nos guíe.

Su Iglesia no será desviada; nunca teman eso. Si hubiera cualquier disposición de parte de los líderes en hacerlo, El los quitaría de su cargo. Todos estamos en deuda con El por la vida y la voz y la fortaleza que nos da.

Seamos buenos ciudadanos de las naciones en las que vivamos; seamos buenos vecinos en nuestras comunidades. Reconozcamos la diversidad que existe en nuestra sociedad, buscando lo bueno en todas las personas. No tenemos por qué transigir en nada respecto a nuestra teología; pero podemos dejar a un lado todo elemento de recelo y de intolerancia provinciana y parroquial.

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo, Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe, N°1). Esa es nuestra principal declaración de fe. Hablamos abiertamente de la viviente realidad del Señor Jesucristo. Declaramos sin lugar a dudas el hecho de Su grandiosa Expiación por toda la humanidad; ese acto trajo la seguridad de una resurrección universal y nos abrió la puerta para la exaltación en el reino de nuestro Padre.

Este es el punto de énfasis de nuestra declaración al mundo; es la substancia misma de nuestra teología; es la fuente de donde emana nuestra fe. Que nadie diga jamás que no somos cristianos.

A quienes han sido relevados durante esta conferencia, les expresamos nuestro profundo agradecimiento por su desempeño. Han hecho un muy buen trabajo. Gracias por todas sus contribuciones. A los que han sido sostenidos en esta conferencia, les deseamos que hallen satisfacción y felicidad en la obra que llevaran a cabo. Todos seremos relevados, tarde o temprano, de una manera u otra. En esta gran causa no importa donde servimos sino como servimos.

Por medio de nuestra historia pionera, recordamos a Brigham Young y unas cuantas personas más; pero, ¿qué hay de todos aquellos que a lo largo del tiempo han vivido el Evangelio, han amado al Señor y han hecho su parte sin honra ni gloria? ¿Recibirán una recompensa eterna menor? No lo creo.

Lo mismo sucede con nosotros. Todos hacemos nuestra parte y esa parte contribuye a la edificación de la causa. Las contribuciones de ustedes son tan aceptables como las nuestras. El Señor dijo: “… Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Marcos 9:35).

Hermanos y hermanas, todos somos miembros de una gran familia. Todos tenemos un deber y una misión con la cual cumplir. Y cuando pasemos de esta vida, será suficiente recompensa si podemos decirle a nuestro amado Maestro: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Que cada uno de ustedes regrese sano y salvo a su hogar. Que vivan juntos con amor y aprecio y respeto los unos por los otros; que el cielo sonría sobre todos ustedes.

Les extendemos a todos nuestro amor; los amamos mucho y dejamos sobre ustedes nuestra bendición, y lo hacemos como siervos del Dios viviente y en el nombre de nuestro divino Redentor Jesucristo. A la conclusión de esta maravillosa conferencia, que Dios les acompañe hasta que nos encontremos nuevamente, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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