Esta vez actué

Septiembre 2016
Esta vez actué
Teresa Weaver
Texas, EE. UU.

woman with car seat

Ajusté el cinturón de mi hija en su gastado asiento de seguridad para niños. Teníamos un presupuesto muy limitado, por lo que me sentía agradecida que hacía poco me habían obsequiado ese asiento usado, el cual le servía de asiento elevador, ya que mi hija ya no cabía en su asiento de seguridad anterior. Estaba entusiasmada por salir a hacer diligencias ese hermoso día.

Llegamos a la biblioteca, nuestra primera parada. Al desabrochar a mi hija, observé a una joven mujer hispana cuyo auto estaba estacionado junto a nosotros. Su bebé, incapaz de mantenerse sentado por sí mismo, estaba directamente sobre el asiento de atrás, encorvado y hecho una bolita. La joven madre se esforzaba por ajustar el cinturón de seguridad lo suficientemente apretado para el pequeño cuerpecito. Se me ocurrieron dos cosas.

“No tiene asiento para su bebé; yo podría darle el mío”.

Pero luego me convencí a mí misma de lo contrario.

“Probablemente no habla inglés; quizás la ofendería; mi asiento de seguridad para niños está muy desgastado; a lo mejor no lo va a querer; y si lo quiere, ¿cómo consigo otro?”.

Así que no hice nada.

Ella se subió al asiento del conductor de su auto y se marchó.

Antes de llegar a las puertas de la biblioteca, me llené de remordimiento. Sabía que había tomado la decisión equivocada y no había manera de dar marcha atrás.

Intenté abrir las puertas, pero no pude; la biblioteca todavía no estaba abierta. Me pasé el resto del tiempo que estuve haciendo diligencias recordando una y otra vez la escena, atormentada por el hecho de no haber hecho nada.

Después de terminar mi última diligencia, decidí ir nuevamente a la biblioteca. Me estacioné en el mismo lugar que antes y para mi sorpresa, vi a la misma mamá e hijo estacionados nuevamente junto a mí. Sentí un gran alivio en el corazón.

Esta vez actué sin vacilar. Desabroché el asiento para niños de mi hija y me acerqué a la joven madre. Ella no hablaba inglés, pero con gestos, señalé a su bebé, el asiento de seguridad y su auto, y entre las dos colocamos y abrochamos el asiento en su auto. Al mostrarle la manera de utilizarlo, me di cuenta de que ya sabía la única palabra en español que necesitaba saber: “gracias”.

Mi corazón rebosaba de gratitud hacia un misericordioso Padre Celestial que me dio una segunda oportunidad de ayudar a una hermana necesitada.

Agregué una última diligencia a mi lista: una tienda de artículos de segunda mano que quedaba cerca. Le ajusté el cinturón de seguridad a mi hija y me dirigí con cuidado a la tienda. En la esquina al fondo de la tienda, allí en el piso, había un asiento de seguridad para niños idéntico al que yo acababa de regalar e igual de gastado. Lo compré, maravillada y llena de humildad por la secuencia de acontecimientos de esa mañana.

Mediante la enseñanza sutil pero eficaz del Salvador, la lección quedó sembrada en lo profundo de mi corazón: sigue las impresiones del Espíritu Santo, la primera vez.

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Mi investigador desapercibido

Septiembre 2016
Mi investigador desapercibido
Diane Mitchell Call
Arizona, EE. UU.

dad painting the house

Fui bendecida con padres fabulosos. Mi madre era miembro de la Iglesia, y aunque mi padre no lo era, nos apoyaba en lo referente a las actividades de la Iglesia. Desde la infancia yo pedía diariamente en oración que mi padre se uniera a la Iglesia.

Cuando recibí la bendición patriarcal a los dieciséis años, se me prometió que sería una influencia en ayudar a mi padre a unirse a la Iglesia. Yo le hablaba de las cosas que aprendía en Seminario y sobre los pasajes de las Escrituras que indican que era necesario ser bautizado y confirmado para entrar en el Reino de Dios (véase Juan 3:5). Con lágrimas en los ojos, le hablé sobre las bendiciones del templo que harían posible que estuviéramos juntos para siempre.

Yo asistía a un pequeño colegio en el estado de Arizona, EE. UU. Tenía muy buenos amigos en la escuela secundaria aun cuando yo era la única miembro de la Iglesia de mi clase. En ese tiempo, el presidente David O. McKay (1873–1970) era el profeta, y a menudo escuchábamos su consejo de que “todo miembro [debe ser] un misionero” (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, 2004, capítulo 6). Un verano, mi hermana Marilyn y yo invitamos a algunas amigas a recibir las lecciones de los misioneros. Tomaron dos lecciones, pero después ya no se interesaron. Nos sentimos decepcionadas, pero no dejamos de ser amigas.

Al final de ese verano me fui a otra ciudad a estudiar en la universidad, y durante el semestre de primavera recibí una carta de mi papá. Me escribió: “Ha sido el privilegio más grande que he tenido el ser el jefe de una familia de hijas maravillosas. Gracias al testimonio tan fuerte que ustedes tienen del Evangelio, a las reuniones que tuvieron con otras jóvenes el verano pasado y al interés que mostraron por ellas, realmente comencé a interesarme en la Iglesia. Mientras estaba afuera de la casa pintando, y ustedes y sus amigas estaban adentro en esas charlas, me convencí de que había sido un observador suficiente tiempo. Le he dado gracias a mi Padre Celestial muchas veces por tu mamá, por el hecho de que se crió en la Iglesia y por la forma en que las ha criado a ustedes”.

Al poco tiempo mi papá se bautizó, y un año después nuestra familia fue sellada por esta vida y por la eternidad en el Templo de Mesa, Arizona.

Aun cuando ninguna de nuestras amigas se unió a la Iglesia, la persona más importante de nuestra vida sí lo hizo. Nunca sabemos en qué forma seremos bendecidos cuando seguimos el consejo del profeta.

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Fortalecidos por la palabra de Dios

Septiembre 2016
Fortalecidos por la palabra de Dios
Por el élder Yoon Hwan Choi
De los Setenta

Yoon Hwan ChoiCuando aprendí la manera de poner en práctica las palabras de los profetas, cambié mi vida de lo que quería ser a lo que el Señor quería que yo fuera.

Durante mi adolescencia en Corea, mi padre permitía que sus hijos asistiéramos a la iglesia de nuestra elección; pero a menudo durante la cena mostrábamos nuestro desacuerdo con respecto a nuestras diversas creencias religiosas. A causa de esa contención, mi padre quiso unificar las creencias religiosas de la familia. Como mi hermano menor iba a las reuniones de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con mi tío, mi padre empezó a asistir con ellos para aprender más acerca de la Iglesia. Yo también fui y me impresionaron las actividades divertidas de la Mutual y la forma en que el programa de Seminario fortalecía espiritualmente a los jóvenes.

scripturesCuando tenía dieciséis años, mis padres y yo nos bautizamos; y el resto de mis veintitrés familiares y parientes se unieron a la Iglesia en los siete meses siguientes.

Al unirnos a la Iglesia, nos comprometimos a estar plenamente activos y a seguir aprendiendo las doctrinas del Evangelio, lo cual hicimos por medio del estudio diario y fiel de las Escrituras y de muchos otros libros y manuales de la Iglesia. Durante los años siguientes, aprendí dos principios importantes acerca de cómo mantenerse fuertes en la Iglesia:

1. Estudiar las Escrituras en Seminario, en la Iglesia y en el hogar.
2. Escuchar y obedecer el consejo del Profeta.

Fortaleza en las Escrituras

young man reading the scriptures
Además de estudiar las Escrituras en casa, mi hermano y yo asistíamos fielmente a Seminario y a la Mutual. En aquella época, se llevaba a cabo la Escuela Dominical por la mañana y la reunión sacramental hacia el final de la tarde. Debido a la distancia que había hasta el centro de reuniones, nos quedábamos en el edificio de la Iglesia, asistíamos a la clase de Seminario y disfrutábamos de la conversación y la compañía de otros miembros de la Iglesia hasta después de la reunión sacramental. Por aquel entonces se bautizaban muchos jóvenes en Corea, y a medida que aprendíamos juntos y nos divertíamos en las actividades, llegamos a ser muy unidos.

Fui llamado a servir en mi cuórum del Sacerdocio Aarónico y trabajé de cerca con las jovencitas que servían en sus clases. Aprendimos a cuidar a aquellos a los que guiábamos y a orar por ellos, así como a planificar actividades juntos y a utilizar nuestro tiempo con prudencia.

Durante la semana estudiaba las Escrituras de Seminario antes de hacer las tareas de la escuela. Cuando estaba demasiado cansado para hacer las tareas, o si tenía dificultades en la escuela, abría el manual de Seminario, estudiaba y oraba. Aprendí que cuando hacía eso, podía renovar la mente y me centraba mejor en mis tareas. Todavía lo llevo a la práctica en mi vida. Hoy, siempre que tengo un mal momento, aún leo las Escrituras o discursos de la conferencia general para refrescar la mente. Seguir leyendo

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Mandamientos = Amor

Septiembre 2016
Mandamientos = Amor
Por Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia

¿Qué relación tiene el amor con los mandamientos?

young man holding sign

Cuando piensan en los mandamientos, quizás piensen en tablas de piedra, reglas, límites, exigencias o requisitos; probablemente no piensen automáticamente en el amor. Entonces, ¿qué relación tienen los mandamientos con el amor?

Bueno, todo.

Porque Él nos ama

¿Recuerdan cuando eran pequeños y sus padres no los dejaban jugar en una calle transitada? ¿O cuando los hacían comer más verduras o irse a dormir más temprano de lo que ustedes querían?

Probablemente no entendían por qué había tantas reglas; y quizás no siempre hayan estado contentos con ellas tampoco. Sin embargo, ahora que son mayores, ¿pueden entender por qué sus padres les pusieron todas esas reglas?

Fue porque los amaban y querían lo mejor para ustedes.

Siendo que es el padre más perfecto, nuestro Padre Celestial nos da reglas o mandamientos por la misma razón: Él nos ama y quiere lo mejor para nosotros; aun más que eso, desea que lleguemos a ser como Él y que recibamos todo lo que Él tiene.

El élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó ese concepto con una parábola:

“Un padre rico sabía que si le dejaba sus riquezas a un hijo que aún no había adquirido la sabiduría y la madurez necesarias, probablemente derrocharía la herencia. El padre dijo a su hijo:“

‘Deseo darte todo lo que poseo, no solo mis riquezas, sino también mi posición y prestigio ante los hombres. Lo que tengo te lo puedo dar fácilmente, pero lo que soy lo debes obtener por ti mismo. Serás merecedor de tu herencia cuando aprendas lo que yo he aprendido y vivas como yo he vivido. Te daré las leyes y los principios mediante los cuales he adquirido mi sabiduría y mi éxito. Sigue mi ejemplo, superando como yo he superado, y llegarás a ser como yo soy; y todo lo que poseo será tuyo’”1.

Igual que el padre del relato del élder Oaks, nuestro Padre Celestial quiere que tengamos todo lo que Él tiene y que lleguemos a ser todo lo que Él es. Sus mandamientos son como los peldaños que nos ayudarán a aprender y a progresar, y a llegar a ser como Él.

“… os doy un mandamiento nuevo… o en otras palabras, os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación” (D. y C. 82:8–9).

De la misma manera que un niño pequeño no comprende por qué no se le permite jugar en medio de una calle transitada y peligrosa, probablemente nosotros no siempre comprenderemos las razones detrás de ciertos mandamientos o normas. Pero cuando entendemos que Dios nos da mandamientos porque nos ama y quiere guiarnos a fin de que lleguemos a ser como Él, es más fácil obedecerle.

Porque nosotros lo amamos

Podrían pensar en cada mandamiento como un gran letrero de Dios que dice: “Te amo”; y cuando escogemos guardar Sus mandamientos, es como si nosotros le mostráramos un letrero a Él que también dice: “¡Te amo!”.

El presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, lo expresó de manera simple cuando contestó la pregunta “¿Para qué molestarnos en obedecer [los mandamientos de Dios]?”.

“¡Obedecemos los mandamientos de Dios porque lo amamos!…

“De modo que nuestra obediencia a los mandamientos de Dios es el resultado natural de nuestro amor y gratitud perpetuos por la bondad de Dios”2.

Nuestro Padre Celestial nos ha dado todo lo que tenemos, desde la capacidad de movernos hasta el aire que respiramos, y todo lo que Él pide es que guardemos Sus mandamientos (véase Mosíah 2:21–22). Es la mejor manera de demostrar nuestro amor y gratitud hacia Él.

Jesucristo mismo también lo dijo (véase Juan 14:15).

¿Por qué nos da mandamientos nuestro Padre Celestial? Porque nos ama.

¿Por qué guardamos Sus mandamientos? Porque lo amamos.

Los mandamientos equivalen a amor.

Es así de sencillo.

Una expresión de amor

Carole M. Stephens “[Los mandamientos de Dios] son una manifestación de Su amor por nosotros, y la obediencia a Sus mandamientos es una expresión de nuestro amor por Él”.

Carole M. Stephens, Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 120.

Participa en la conversación

Ideas para meditar el domingo
• ¿Cómo me ayudan los mandamientos a llegar a ser más semejante a nuestro Padre Celestial?
• ¿De qué manera me ayuda a guardar los mandamientos el saber que Dios me ama?
Lo que podrías hacer
• Al estudiar los mandamientos, busca y toma nota de las bendiciones que se prometen.
• ¿Cuándo el guardar los mandamientos te ha hecho sentir más cerca del Padre Celestial? Comparte tus sentimientos con tu familia, tus amigos o en las redes sociales.
Ocultar referencias

Notas

1. Véase de Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, página 40.
2. Dieter F. Uchtdorf, “El don de la gracia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 109.

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Clases de costura y una segunda oportunidad

Septiembre 2016
Clases de costura y una segunda oportunidad
Por Belén Chaparro
La autora vive en Salta, Argentina.

Perdí la oportunidad de compartir el Evangelio con mi profesora de piano. ¿Sería capaz de obedecer esta nueva impresión?

Cuando tenía dieciocho años, mi familia se mudó del sur al norte de Argentina, donde mi padre sirvió como presidente de misión. Los primeros meses fueron un ajuste difícil para mi familia y para mí. Aún no teníamos amigos, así que empezamos a buscar actividades en las que participar; yo me anoté para tomar clases de piano.

Mi maestra de piano, Mabel, era la mejor maestra que había tenido. Disfrutaba muchísimo de las clases, y mi habilidad para tocar empezó a mejorar con rapidez. Sin embargo, Mabel estaba enferma de cáncer y estaba atravesando por momentos difíciles. Dedicaba mucho tiempo a viajar para visitar a curanderos, médicos y sacerdotes en diversos lugares. La tuvieron que internar varias veces en el hospital; pero se recuperaba y volvía a enseñar con el mismo buen ánimo y la misma dedicación.

Día tras día, clase tras clase, yo quería compartir con ella la esperanza del plan de Dios, la esperanza que Jesucristo da con Su poder; pero no sabía cómo.

Cuando las clases empezaron después de las vacaciones de verano, Mabel otra vez estaba enferma. Después de no saber nada de ella durante algún tiempo, la llamé y le dejé un mensaje preguntándole cómo se encontraba. Al día siguiente, su hija me dijo que Mabel había fallecido. Sentí un dolor profundo; sabía que debería haber compartido el Evangelio con ella, pero pospuse el momento tanto tiempo que perdí la oportunidad.

Empecé a tomar clases de costura y tenía otra maestra maravillosa. Ella cree en Dios pero pertenece a otra religión. Durante una de las clases, surgió el tema del Evangelio y cuando me preguntó a qué religión pertenecía, contesté que era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. A ella pareció confundirle el nombre, así que le aclaré: “La gente también nos conoce como mormones”. Se puso muy contenta y dijo: “¡Me encantan los mormones!”, con una sonrisa en el rostro.

Y añadió: “Se nota que eres mormona”, y empezó a enumerar los motivos. Me alegró que se diera cuenta de que me esforzaba por vivir el Evangelio. Me hizo algunas preguntas acerca del bautismo en la Iglesia, y después de explicárselo, en seguida me dijo: “No puedo bautizarme en tu iglesia porque me crié en una religión diferente”. Al oírla hablar de sus creencias, aprendí mucho acerca de lo que podría compartir con ella. Tuve el sentimiento apacible pero firme de darle un Libro de Mormón, y supe que era el Espíritu quien me hablaba.

Conseguí un ejemplar del Libro de Mormón, tomé una hoja de papel y le escribí una dedicación breve pero sincera junto con mi número de teléfono del otro lado, por si tenía preguntas. Puse el papel en el libro, lo envolví, lo adorné con un moño y se lo di en la clase siguiente. Le encantó recibirlo y me dio las gracias.

Toda la semana me pregunté cómo habría reaccionado al abrir el regalo, si le habría gustado o no. Llegué un poco tarde a la clase siguiente y me sorprendió su reacción al entrar en el cuarto. Me abrazó y me dijo con entusiasmo: “¡Me encantó, me encantó, me encantó! El libro que me diste es hermoso, empezando por la introducción, cuando habla de las planchas. ¡Es totalmente cierto! Tiene Escrituras preciosas. Empecé a leerlo y ya voy por la mitad. ¡No puedo dejar de leerlo!”.

Al oír todo aquel alboroto, el resto de la clase se dio la vuelta para ver qué pasaba. Una compañera, con quien había estado hablando del Libro de Mormón, preguntó si el libro daba paz. La maestra respondió: “Hizo que quisiera llorar, aunque no de tristeza, sino por ser bendecida”. No podía dejar de sonreír y abrazarme.

Me sentía muy feliz. En ese momento entendí que no podemos juzgar quién está preparado para recibir la palabra de Dios; no podemos saber cuán abierto está el corazón de una persona. Si Dios nos inspira a darlo a conocer, debemos hacer algo, porque Él sabe más que nosotros.

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No hay terreno neutral: La manera en que los medios de comunicación influyen en nosotros

Septiembre 2016
No hay terreno neutral: La manera en que los medios de comunicación influyen en nosotros
Por Aysia Tan
La autora vive en Utah, EE. UU.

Nuestra responsabilidad no es evitar los medios de comunicación por completo, ni simplemente rechazar los que son negativos, sino elegir los que sean sanos y que nos edifiquen.


En nuestro mundo moderno y lleno de tecnología, se nos bombardea con opciones: mira esto, lee eso, escucha aquello. Nuestra sociedad está saturada de medios de comunicación y entretenimiento, y la influencia que tienen en nuestras creencias, pensamientos y acciones es sutil y a la vez poderosa. Aquello que permitimos que llene nuestra mente termina por dar forma a nuestro ser. Nos convertimos en lo que pensamos. Mis estudios de postgrado me llevaron a una exploración de la influencia que tienen los medios de comunicación, y llegué a la aplastante conclusión de que los medios de comunicación que decidamos utilizar inevitablemente nos afectarán, ya sea de manera positiva o negativa.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó: “La tecnología en sí no es buena ni mala. Más bien, los objetivos que se logran con y mediante ella son los indicadores finales de su naturaleza buena o mala”1. Nuestra labor no es rechazar la tecnología, sino usarla de maneras que enriquezcan nuestra vida.

Podemos usar el poder de los medios de comunicación a nuestro favor, para mejorar nuestros pensamientos y conducta, al hacer lo siguiente:

(1) Aceptar que somos susceptibles a la influencia de los medios de comunicación y reconocer la forma en que influyen en nosotros.

(2) Determinar y elegir opciones positivas de entre lo que ofrecen los medios de comunicación.

¿Cómo nos afectan los medios de comunicación?

Nadie es inmune a la influencia de los medios de comunicación. No podemos esperar participar de medios de comunicación que han sido diseñados para afectarnos mental y emocionalmente sin que su influencia permanezca en nuestro subconsciente durante mucho tiempo después de que la película haya terminado, el libro se haya cerrado, o la canción haya terminado. Aquellos que piensan que los medios de comunicación no les afectan a menudo son las personas más afectadas, ya que niegan la influencia que tienen y por lo tanto no se resguardan contra ella. De la misma manera en que el agua continuará filtrándose por una grieta en un barco, ya sea que reconozcamos que hay una grieta o no, igualmente los medios de comunicación continuarán influyendo en nuestros pensamientos, ya sea que consideremos el impacto que tienen o no.

Los medios de entretenimiento pueden influenciar nuestros pensamientos conforme acudamos a ellos en busca de alivio de las tensiones de la vida cotidiana. A menudo buscamos el entretenimiento como un bálsamo temporal para nuestros problemas diarios, ya sea por medio de películas, libros, televisión, revistas o música. Aun cuando acudamos a los medios de entretenimiento para relajarnos, no debemos relajar nuestras normas. Es precisamente en ese momento en que debemos tener cuidado de lo que permitimos que entre a nuestra mente. Seguir leyendo

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Los diezmos, el momento oportuno y el transporte

Septiembre 2016
Los diezmos, el momento oportuno y el transporte
Por Atilio Coitiño Guzmán
El autor vive en São Paulo, Brasil.

No teníamos dinero para viajar hasta la capilla, así que comenzamos a caminar.

Un sábado, mi esposa y yo nos dimos cuenta de que no teníamos suficiente dinero para tomar un transporte público para ir a la capilla al día siguiente; y tampoco había forma de sacar dinero del banco. Teníamos el dinero de los diezmos en el sobre, listo para entregárselo al obispo. Comenzamos a hablar sobre cómo llegaríamos a la Iglesia. Sentíamos que si usábamos el dinero de los diezmos para pagar el transporte, el Señor entendería; sin embargo, decidimos que no era correcto usarlo.

La otra posibilidad era no ir a la Iglesia. También pensamos que el Señor comprendería, ya que nunca antes habíamos dejado de ir. Sin embargo, si hacíamos eso, no podríamos darle los diezmos al obispo, por lo cual, también lo descartamos.

En nuestro esfuerzo por ser fieles, decidimos que saldríamos más temprano de lo que lo hacíamos normalmente y caminaríamos hasta la capilla. De modo que, ese hermoso día de reposo, salimos para ir a la Iglesia, que quedaba a unos cuatro kilómetros y medio de nuestra casa. Para nuestros hijos, de los cuales el mayor tenía seis años, era como una fiesta, y disfrutaron de correr y jugar a lo largo del camino.

Cuando llegamos a una calle ancha y peligrosa, escuché al Espíritu que me susurraba: “Tienen que cruzar ahora”. Se lo comenté a mi esposa y ella me respondió que era peligroso porque en esa parte la calle daba una curva y no podíamos ver los autos que venían en dirección contraria. Le dije que sentía que debíamos cruzar ahí; de modo que cada uno de nosotros tomó a dos de los niños de la mano y cruzamos rápido. Apenas subimos a la acera del otro lado, un auto se detuvo y el conductor nos preguntó: “¿Van a la Iglesia?”.

El conductor era un hermano que no pertenecía a nuestro barrio pero a quien yo conocía porque había visitado el barrio al que él asistía. Le dijimos que sí y él ofreció llevarnos. Cuando nos subimos al auto, el hermano nos explicó que nunca tomaba ese camino, que la única razón por la que estaba pasando por allí era porque su socio había perdido las llaves de la oficina y él le estaba llevando las suyas.

Pensé para mí mismo que eso no había sucedido por casualidad; el Señor sabía que necesitábamos transporte para llegar a la capilla. Yo tenía los diezmos en el bolsillo y eso me dio la oportunidad de enseñar a nuestros hijos las bendiciones que se reciben por pagar los diezmos. Llegamos a la capilla más temprano que nunca, pero estábamos felices y agradecidos. Participamos de todas las reuniones y no le dijimos a nadie lo que había sucedido.

Los veranos en São Paulo son muy calurosos, en especial al mediodía, que era la hora a la que terminaban nuestras reuniones. Nos disponíamos a emprender el regreso a casa cuando alguien se acercó y nos preguntó: “¿Tienen alguien que los lleve de vuelta a su casa?”. Le dijimos que no y él dijo: “¿Quieren que yo los lleve?”. Aceptamos su ofrecimiento y mi esposa y yo nos miramos, emocionados y sonrientes.

Más de una vez el Señor nos ha bendecido de gran manera por nuestra obediencia.

La obediencia trae felicidad

“… si guardamos los mandamientos, nuestra vida será más feliz, más plena y menos complicada. Nuestros desafíos y problemas serán más fáciles de sobrellevar y recibiremos [las] bendiciones prometidas [del Padre Celestial]. Sin embargo, aun cuando nos da leyes y mandamientos, Él también permite que elijamos si los aceptaremos o rechazaremos. Las decisiones que tomemos en cuanto a ello determinarán nuestro destino…

“Ruego que nos demos cuenta que la mayor felicidad en la vida vendrá como resultado de seguir los mandamientos de Dios y obedecer Sus leyes”.

Presidente Thomas S. Monson, “Guarden los mandamientos”, Liahona, noviembre de 2015, págs. 83, 84.

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Practicar la religión pura

Septiembre 2016
Practicar la religión pura
Por el élder Don R. Clarke

Prestó servicio como Setenta Autoridad General desde 2006 hasta 2015
Tomado del discurso “Pure Religion”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young–Idaho, el 13 de enero de 2015. Para leer el discurso completo en inglés, vaya a speeches.byu.edu.

young man with eldery woman

Si desean ser felices, sentir el Espíritu Santo y acercarse más al Salvador, entonces practiquen la religión pura.

Hace un par de años, un joven, a quien llamaré John, fue a mi oficina poco después de haber regresado de su misión.

“Élder Clarke, necesito ayuda”, me dijo con gran preocupación. “Me encantó mi misión y me cambió; sin embargo, estoy perdiendo algunos de esos sentimientos sagrados y especiales que sentí en el campo misional. ¿Qué puedo hacer para sentirme tal como me sentí en el campo misional?”.

He visto que eso ocurre muchas veces. Lo que preguntaba era: “¿Qué puedo hacer para ser feliz, sentir el Espíritu Santo y sentirme cerca del Salvador?”. Esa es una pregunta que deberíamos hacernos todos los días.

Aquella tarde en mi oficina, acudimos a Santiago 1:27 y leímos: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”.

Después leímos Alma 34:28: “… si… volvéis la espalda al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe”.

Luego, repasamos la historia en el Evangelio de Juan en la que Pedro y otros discípulos habían ido a pescar y no pescaron nada; pero entonces el Salvador les dijo que movieran la red al otro lado de la embarcación y pescaron ciento cincuenta y tres peces. Después de que hubieron comido, Pedro y el Salvador conversaron; el Salvador sabía que estaba instruyendo por última vez a quien pronto sería el Profeta y Presidente de la Iglesia.

“… ¿me amas?”, preguntó el Salvador.

Pedro respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”.

Entonces el Salvador dijo: “Apacienta mis corderos”.

El Salvador volvió a hacer la misma pregunta dos veces más y luego dijo: “Apacienta mis ovejas” (véase Juan 21:3–17).

En realidad, a Pedro se le estaba instruyendo que practicara la religión pura, o que cuidara de las personas. El profeta actual de Dios también cuida y ama a la gente. El presidente Thomas S. Monson es un gran ejemplo de alguien que practica la religión pura; ha pasado toda su vida amando y velando por las personas.

He visto a muchos exmisioneros como mi amigo John. Si les preguntan por qué les gustó tanto su misión, casi siempre dirán que fue a causa del amor que sentían por la gente. El día en que los misioneros comienzan a preocuparse más por los demás que por sí mismos, empiezan a sentirse felices; y lo mismo sucede con todos nosotros. Nuestra vida siempre será más feliz si nos preocupamos por los demás y los amamos.

Lo contrario de preocuparse por las otras personas es pensar en uno mismo: mi auto, mis estudios, mi trabajo, mis problemas. Cuando se trata siempre de nosotros, nuestra conexión con el cielo no es tan fuerte como podría serlo. Seguir leyendo

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Esperábamos mellizas; descubrimos milagros

Septiembre 2016
Esperábamos mellizas; descubrimos milagros
Por Cheryl Lapating-La Torre
La autora vive en Filipinas.

Pensamos que todo en la vida iría sin sobresaltos; pero pronto las cosas se complicaron y estaba aterrada pensando en qué otra cosa podría ir mal.

husband and wife Una noche, estaba mirando las noticias y algo me llamó la atención. Reconocí a la reportera; era una compañera de la universidad. ¡Había realizado su sueño de ser conductora de un noticiero!

“¿Y yo?”, me pregunté. “¿Qué es lo que he logrado?”. Miré al bebé dormido en mis brazos y pensé en los acontecimientos de los últimos tres años.

Siempre pensé que tendría una carrera, pero cuando mi esposo, Charles, y yo tuvimos a nuestra primera hija, Chevy, mis prioridades cambiaron. Renuncié a mi trabajo para cuidar de ella. Teníamos fe en Jesucristo de que si pagábamos nuestro diezmo y obedecíamos los mandamientos, todo saldría bien.

Las cosas iban bien hasta que, un día, a Charles lo despidieron del trabajo. Teníamos fe en que estaríamos bien, pero teníamos que hacer algo. Decidimos que yo también buscaría un empleo, así que tanto Charles como yo comenzamos a buscar trabajo. Después de unas semanas, me contrataron en un centro de llamadas. Odiaba tener que dejar a mi bebé de nueve meses con una niñera todos los días, pero era la mejor solución.

Al mes de estar trabajando, me enteré de que estaba embarazada. Afortunadamente, Charles pronto encontró trabajo; no le pagaban mucho, pero ayudaría. Por un tiempo nos sentimos tranquilos.

Entonces mi embarazo se complicó y tuve que dejar de trabajar. Cuando fui al médico para mi visita mensual, quedamos sorprendidos al saber que íbamos a tener mellizas. Charles y yo estábamos asustados, pero confiábamos en el Padre Celestial.

A los tres meses y medio de embarazo, desperté sangrando. Pensé que estaba teniendo un aborto natural, así que fui al hospital. Las bebés estaban bien, pero el doctor me mandó reposo absoluto por el resto del embarazo.

Las cosas se estaban poniendo muy complicadas; al pagar los recibos del hospital, nuestra cuenta de banco quedó vacía, y el escaso sueldo de Charles no era suficiente para cubrir nuestras necesidades. Me sentía inútil; no podía ayudar a ganar un ingreso ni a cuidar de Chevy. A veces me olvidaba de que quienes llevaba dentro de mí eran dos hijas en espíritu especiales; suplicaba día y noche a mi Padre Celestial por alivio. Estaba aterrada pensando en qué otra cosa podría ir mal; sin embargo, un pensamiento me volvía a la mente una y otra vez: el Padre Celestial vive y Él sabe cuáles son nuestras necesidades.

Charles también estaba batallando, pero se mantuvo fuerte; me atendía a mí y cuidaba de Chevy además de ir a trabajar. Sus bendiciones del sacerdocio me dieron consuelo y su amor me fortaleció. Teníamos miedo, pero afrontamos esa nueva prueba juntos.

Hice lo mejor que pude para aceptar la situación; en vez de quejarme, leía las Escrituras, las revistas de la Iglesia y buenos libros. También cantaba himnos; en particular, el himno “Qué firmes cimientos” (Himnos, nro. 40) me ayudó mucho. Me sentí más cerca de mi Salvador y me di cuenta de lo mucho por lo que tenía que estar agradecida, a pesar de nuestras circunstancias.

Con el paso de los días, sentimos la mano de Dios en nuestra vida. Todo el tiempo sucedían grandes y pequeños milagros inesperados. Nuestros familiares y amigos pagaron algunos de nuestros gastos, y sentí el amor y preocupación de nuestra familia. La presidenta de la Sociedad de Socorro asignó a una o dos hermanas para que me visitaran todos los días; ellas traían alimentos, cocinaban, limpiaban, atendían a Chevy, compartían conmigo pensamientos espirituales y me levantaban el ánimo. Oraban pidiendo que me recuperara y que las mellizas estuvieran sanas y salvas. Nunca nos faltó de comer. Aquellas hermanas no sabían cuánto me ayudaba su servicio a sobrellevar mi carga. Cuando llegó el momento, el Padre Celestial me ayudó a tener un parto sin complicaciones y las dos niñas nacieron sanas.

Han pasado años desde aquella época difícil de nuestra vida, pero no ha habido ni un día en el que no hayamos sentido el amor de Dios. Nuestra situación económica es mucho mejor ahora y nuestras hijas están creciendo, son inteligentes y talentosas. Tenemos más fortaleza y estamos mejor preparados para los desafíos futuros, porque sabemos que el Padre Celestial bendice a Sus hijos en Su propio tiempo y que nunca los desamparará ni los dejará sin consuelo. La vida no es un recorrido fácil, pero Dios siempre estará con nosotros y nos guiará.

Desafíos con propósito

“No sé la razón por la que tenemos las muchas pruebas que tenemos, pero yo pienso que la recompensa es tan grande, tan eterna y duradera, tan gozosa y más allá de nuestro entendimiento, que en ese día de recompensa quizás queramos decir a nuestro misericordioso y amoroso Padre: ‘¿Era eso todo lo que se requería?’… ¿Qué importará, queridas hermanas, lo que suframos aquí si, al final, esas pruebas son precisamente lo que nos preparará para la vida eterna…?”.

Véase de Linda S. Reeves, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, “Dignas de las [bendiciones] prometidas”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 11.

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Bendecido por causa de mi servicio

Septiembre 2016
Bendecido por causa de mi servicio
Por John A. Grinceri
El autor vive en Australia Occidental.

El Señor se deleita en bendecirnos; y he aprendido que, no importa cuánto servicio preste, siempre estoy en deuda con Él.

men shaking handsHace poco, al ser presentado como orador, la persona que dirigía la reunión mencionó amablemente algunos de los llamamientos más prominentes que yo había tenido en la Iglesia, como obispo, presidente de misión y miembro de una presidencia de estaca. Ese hermano estaba siendo cortés, pero yo pensé: ¿por qué no presentarme como líder misional del barrio (el llamamiento que tenía entonces) o por alguno de mis llamamientos menos públicos?

Puedo decir con honestidad que sentí que el mismo espíritu me guiaba en cada llamamiento, y todos ellos me han traído gran satisfacción. Siempre he procurado la guía del Señor en mis llamamientos y nunca me he sentido abandonado. He llegado a la conclusión de que el Señor se deleita en bendecirnos, independientemente de dónde sirvamos.

Creo que recibiremos “… una corona de inmortalidad, así como la vida eterna” (D. y C. 81:6), no por causa de llamamientos prominentes, sino más bien por haber servido con humildad en cualquier llamamiento que hayamos recibido. El Salvador ha dicho:

“… no diga la cabeza a los pies que no tiene necesidad de ellos; porque sin los pies, ¿cómo podrá sostenerse el cuerpo?

“También el cuerpo tiene necesidad de cada miembro, para que todos se edifiquen juntamente, para que el sistema se conserve perfecto” (D. y C. 84:109–110).

En el transcurso de mi vida, he sentido temor de recibir algunos llamamientos. Cuando tenía esos pensamientos acerca de un posible llamamiento, podía apostar que pronto lo recibiría. El aceptar esos llamamientos ha requerido fe y confianza en las promesas que se encuentran en las Escrituras.

Nefi dijo: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7). Pablo declaró: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

En ocasiones, puede que sintamos que tenemos derecho a rechazar un llamamiento si nos asusta, pero debemos recordar que los líderes de la Iglesia oran en cuanto a los llamamientos y a las personas que han de recibirlos.

Cuando rechazamos un llamamiento, el cargo pasa a otra persona, la cual tendrá la oportunidad de crecer y ser bendecida por prestar servicio (véase D. y C. 58:32).

El Señor se deleita en bendecirnos; y he aprendido que, no importa cuánto servicio preste, siempre estoy en deuda con Él. En verdad, Él nos ha bendecido a mí y a mi familia por nuestro servicio en Su reino mucho más de lo que había soñado.

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Fortaleza mediante la obediencia

Fortaleza mediante la obediencia

Thomas S. MonsonPor Élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce Apóstoles

En el mundo actual el énfasis se halla sobre la palabra juventud. Todos quieren verse jóvenes, sentirse jóvenes y ser jóvenes, nadie parece preferir la edad avanzada. En efecto, vastas sumas de dinero se gastan diariamente en productos los cuales se tiene la esperanza de que devolverán la apariencia juvenil. Bien podríamos preguntarnos a nosotros mismos, “¿Es la búsqueda de la juventud una novedad para nuestra época o nuestra generación?” No necesitaremos más que pasar las páginas de la historia para encontrar nuestra respuesta.

Siglos atrás, en aquella gran época de exploración, se prepararon expediciones y barcos conteniendo tripulaciones resueltas y arriesgadas que navegaron sin mapas sobre los mares en busca de una exacta “fuente de la juventud.” La leyenda de esos días rumorease que en alguna parte, en el más allá había una fuente mágica que contenía el agua más pura. Todo lo que uno tenía que hacer para recobrar el vigor de la juventud, y para convertir éste en perpetuo, era beber abundantemente de las aguas que emanaban de esta fuente.

Ponce de León, quien acompañó a Colón en sus aventuras, realizó subsiguientemente viajes de exploración, con completa seguridad en la leyenda de que este elixir de la juventud podría encontrarse en algún lugar del Archipiélago de las Bahamas. Sus esfuerzos como los de muchos otros no produjeron ningún descubrimiento, pues en el divino plan de nuestro Dios, participamos de la existencia mortal y gustamos de la juventud una sola vez.

Aunque no hay “fuente de la juventud” la cual sabiamente pudiéramos buscar, hay otra fuente que contiene agua más preciosa aún, las aguas de la vida eterna. Esta es la “fuente de la verdad.”

El poeta capturó el verdadero significado de la búsqueda de la verdad al escribir estas prosas inmortales:

Sí, ¿qué es verdad? Es el supremo don
Que podría mortal anhelar;
En abismos buscadla os da galardón,
O seguid a los cielos su bello pendón,
Es la mira más noble que hay.

Pues, ¿qué es verdad? Es principio y fin
Y sin límites siempre será;
Si del cielo y tierra se huye confín,
La verdad de la vida la suma,
su bien Repartiendo sin fin seguirá.

(“¿Qué es la Verdad?’ de los Himnos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 206).

En una revelación dada por medio del profeta José Smith en Kirtland, Ohio, en el mes de mayo de 1833, el Señor declaró:

Y la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser. … El espíritu de verdad es de Dios. El [Jesús] recibió la plenitud de la verdad, sí, aun de toda la verdad… Y ningún hombre recibe la plenitud, a no ser que guarde sus mandamientos. El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas. (Doc. y Con. 93:24, 26-28).

No hay necesidad de que ustedes o yo, en esta época de cultura en que la magnitud del evangelio ha sido restaurada, tengamos que navegar mares sin mapas o andar por caminos sin señas en busca de la “fuente de la verdad.” Pues un amoroso Padre Celestial ha trazado nuestro camino y nos ha provisto con un mapa indefectible—la obediencia.

Su palabra revelada describe vivamente las bendiciones que la obediencia trae, y la inevitable angustia v desesperación que acompaña al viajante que se desvía por las sendas prohibidas del pecado y el error.

Dirigiéndose a una generación impregnada en la tradición del sacrificio animal, Samuel dijo audazmente: …obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1 Samuel 15:22)

Los profetas, antiguos y modernos, conocieron la fortaleza que viene por medio de la obediencia. Pensemos de Nefi: “. . . Iré y haré lo que el Señor ha mandado. . .”) (1 Nefi 3:7). O la maravillosa descripción de Alma al referirse a la fortaleza poseída por los hijos de Mosíah:

. . .y se habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; porque eran hombres de sana inteligencia, y habían escudriñado diligentemente las Escrituras para poder conocer la palabra de Dios. No sólo eso; habían orado y ayunado mucho; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios. (Alma 17: 2,3.)

El presidente David O. McKay, al pronunciar su mensaje inaugural a los miembros de la Iglesia durante la conferencia general de abril de 1957 comenzó con palabras tan simples pero a la vez tan poderosas, “Guardad los mandamientos de Dios.”

Tal fue la carga del mensaje de nuestro Salvador cuando declaró: “Porque todos los que quisieren recibir una bendición de mi mano han de cumplir con la ley que rige esa bendición, así como con sus condiciones, cual quedaron instituidas desde antes de la fundación del mundo.” (Doc. y Con. 132:5).

Nadie puede criticar las instrucciones del Maestro. Sus mismas acciones dieron fe de sus palabras; El demostró amor verdadero por Dios al vivir una vida perfecta, al honrar la sagrada misión que poseía. Nunca fue soberbio o se envaneció de orgullo; nunca fue desleal. Siempre fue humilde, siempre sincero y siempre leal.

Aunque fue conducido de lo espiritual al yermo para ser tentado por el amo de la falsedad, aún el Diablo; aunque se hallaba físicamente debilitado a causa del ayuno de cuarenta días y cuarenta noches y estaba hambriento; aun cuando Satanás le ofrecía las más halagüeñas y tentadoras proposiciones, Él nos dio un ejemplo divino de obediencia al resistirse a desviarse de lo que Él sabía era lo justo.

Cuando se enfrentó con la agonía de Getsemaní, donde soportó tal dolor que su sudor parecía gotas de sangre que caían al piso, ejemplificó la obediencia por medio de estas palabras, “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Lucas 22:42).

A Pedro de Galilea Jesús dijo, “Sígueme.” A Felipe llegaron las mismas instrucciones, “Ven y ve.” Y a Leví, el publicano, sentado al banco de los tributos públicos llegó la misma seña, “sígueme.” Aun a uno que corrió detrás de Él, uno que tenía grandes posesiones, llegaron las palabras, “sígueme.” Y a vosotros y a mí esa misma voz, ese mismo Jesús nos dice, “Sígueme.” ¿Estamos deseosos de obedecerle?

La obediencia es el distintivo de los profetas, pero debemos comprender que este manantial de fortaleza está a nuestro alcance hoy día.

Una de las personas que aprendió debidamente la lección de obediencia y que encontró la “fuente de la verdad,” fue un hombre sencillo y sincero de humildes medios y circunstancias. Se había unido a la Iglesia en Europa y por medio de ahorro diligente y sacrificio había emigrado a Norteamérica, una nueva tierra, un lenguaje desconocido, costumbres diferentes, pero una misma Iglesia bajo la dirección del mismo Señor en quien él confió y obedeció. Llegó a ser el presidente de rama de una pequeña congregación de santos desafiantes en una cierta ciudad no amistosa de decenas de miles de habitantes. Él se guió por el programa de la Iglesia a pesar de que los miembros eran pocos y las tareas demasiadas. Dio un ejemplo a los miembros de su rama que era en verdad semejante al de Cristo, y ellos le correspondieron con una clase de amor raramente visto.

Ganó el sustento con sus propias manos trabajando como mercante’. Sus recursos eran limitados, pero siempre pagó más que una décima parte de sus entradas totales como diezmos. Fue iniciador de un fondo pro-misionero en su pequeña rama, y en cierta ocasión, el único contribuyente por un número de meses. Cuando había misioneros en la ciudad les alimentaba y les trataba como un padre y nunca abandonaron ellos su casa sin recibir alguna donación palpable para usar en su trabajo y bienestar. Los miembros de la Iglesia que venían de lugares distantes y pasaban por la ciudad, al visitar su rama siempre recibían su hospitalidad y la cordialidad de su espíritu; seguían luego su camino sabiendo que habían conocido a un hombre poco común, uno de los siervos obedientes del Señor.

Aquellos que presidían sobre él, recibían su profundo respeto y cuidado extraordinariamente especial. Para él eran emisarios del Señor y sus deseos un mandamiento; les proveía de comodidades físicas y en sus oraciones, las cuales eran frecuentes, era especialmente diligente al pedir por el bienestar de ellos. Durante el día santo, algunos de los oficiales visitantes en la rama participaban con él en no menos que una docena de oraciones durante las diversas reuniones y visitas a los miembros. Al final del día éstas le brindaban un regocijo y estado espiritual tan elevado que le mantenían feliz durante las cuatro horas de viaje en época de invierno y los cuales ahora, después de muchos años, entibian el espíritu y vivifican el corazón al mirar hacia el pasado.

Hombres de letras, personas de experiencias buscaban a este humilde e iletrado hombre de Dios y se llamaban afortunados si podían disponer de una hora de su compañía. Su apariencia era común, su inglés renqueante y un poco difícil de comprender, su hogar no era presuntuoso; no tenía ni automóvil ni televisor, no fue autor de libros ni predicó pulidos sermones y no hizo ninguna de las cosas en las cuales el mundo fija su atención, y sin embargo los fieles trazaron una senda hasta su puerta. ¿Por qué? Porque deseaban beber de su “fuente (le la verdad”; no era tanto lo que él decía, sino lo que hacía; no la substancia de los sermones que predicaba sino la fortaleza de la vida que él guiaba.

El saber que un hombre pobre, consistente y alegremente ofreció al menos dos veces la décima parte de sus posesiones al Señor nos da un discernimiento más claro del verdadero significado del diezmo. El verle socorrer a los hambrientos y dar alojamiento al forastero nos hace saber que procedió en la manera en que procedería con el Maestro. El orar con él y ser partícipe de su confianza de intercesión divina era como experimentar un nuevo medio de comunicación.

Bien podría decirse que guardó el primer y gran mandamiento, y el segundo, el cual le es semejante, que sus entrañas estaban colmadas de bondad hacia toda la humanidad, que la virtud adornaba sin cesar sus pensamientos y consecuentemente su fe había crecido fuertemente en la presencia de Dios.

Este hombre poseía el halo de benevolencia y el resplandor de la justicia; su fortaleza se originaba en la obediencia.

La fortaleza que tan fervorosamente buscamos hoy para hacer frente a los desafíos de un complejo y variable mundo puede entonces ser nuestra. Con entereza y resuelto valor, nos paramos y declaramos con Josué, “. . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (Josué 24: 15).

Revista de la Sociedad de Socorro Octubre 1966

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Después del amor, entonces ¿qué?

Septiembre 2016
Despuées del amor, entonces ¿qué?
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Nuestro querido Profeta, el presidente Thomas S. Monson, ha enseñado que “el amor es la esencia misma del Evangelio”1.

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El amor es tan importante que Jesús lo llamó “el primero y grande mandamiento”, y dijo que toda porción de la ley y de las palabras de los profetas dependen de él 2.

El amor es el motivo primordial de todo lo que hacemos en la Iglesia. Todo programa, toda reunión, toda acción en la que tomamos parte como discípulos de Cristo debería derivarse de ese atributo, porque sin caridad, “el amor puro de Cristo”, no somos nada 3.

Una vez que entendemos eso con la mente y el corazón, una vez que declaramos nuestro amor por Dios y por nuestros semejantes, ¿entonces qué?

¿Es suficiente sentir compasión y amor por los demás? El declarar nuestro amor por Dios y por nuestro prójimo, ¿satisface nuestra obligación para con Dios?

La parábola de los dos hijos

En el templo de Jerusalén, los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos se acercaron a Jesús con la intención de hacerlo caer en una trampa mediante Sus propias palabras. No obstante, el Salvador invirtió la situación al relatarles una historia.

“Un hombre tenía dos hijos”, comenzó. El padre fue al primero y le pidió que fuera a trabajar en la viña; pero el hijo rehusó hacerlo. Más tarde, ese hijo, “arrepentido, fue”.

Entonces el padre fue a su segundo hijo y le pidió que fuera a trabajar en la viña. El segundo hijo le aseguró que iría, pero nunca lo hizo.

Después, el Salvador se volvió a los sacerdotes y ancianos, y preguntó: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”.

Ellos tuvieron que admitir que fue el primer hijo, el que dijo que no iría, pero más tarde se arrepintió y fue a trabajar en la viña4.

El Salvador utilizó esa historia para hacer hincapié en un importante principio: aquellos que obedecen los mandamientos son los que verdaderamente aman a Dios.

Tal vez por eso Jesús pidió a los del pueblo que escucharan y siguieran las palabras de los fariseos y los escribas, pero que no siguieran su ejemplo5. Esos maestros religiosos no hacían lo que enseñaban; les encantaba hablar de religión, pero tristemente ignoraban la esencia de la misma. Seguir leyendo

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El gozo de servir

Conferencia General Abril 1988
El gozo de servir
por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. MonsonSigamos adelante cuidando de sus ovejas y atendiendo a las responsabilidades que tenemos con nuestra familia y con la Iglesia

El presidente Benson me ha pedido que os exprese mi testimonio, y me complace tener la oportunidad de volver a testificar que Dios vive; que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Viviente; que su obra es verdadera y que el verdadero gozo se recibe por medio del servicio que prestamos a nuestro Padre Celestial y a nuestros semejantes.

Seremos grandemente bendecidos si después de haber oído esta conferencia, nos sentimos mas cerca del Salvador, si ganamos un testimonio de su divina misión, y si en este domingo de Pascua podemos renovarnos con el espíritu de la Resurrección y seguir adelante cuidando de sus ovejas y atendiendo a las responsabilidades que tenemos con nuestra familia y con la Iglesia, de una manera que nos haga dignos de recibir las bendiciones de nuestro Padre Celestial. Si hacemos todo esto, seremos grandemente bendecidos.

Que Dios os bendiga, mis hermanos, en todo lo que hagáis; que tengáis paz en vuestro corazón; que haya serenidad en vuestro hogar; y que el Espíritu del Señor Jesucristo more en vuestra alma. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amen.

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Porque yo os guiaré

Conferencia General Abril 1988
«Porque yo os guiaré»
por el élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. MaxwellEstamos en esta vida terrenal y tenemos que seguir adelante con valor; no hay otro camino. Nuestro Salvador nos ha dicho: «. . . tened buen ánimo».

Gracias, presidente Benson, por su exhortación sobre el primer mandamiento y más aun por la forma en que lo pone en práctica por medio de sus expresiones de amor hacia todos nosotros.

Hermanos, a lo largo de la historia cristiana, al concentrarse en unas pocas profecías y pasar por alto otras, algunos creyentes han esperado prematuramente la Segunda Venida. Hoy en día, si bien nos encontramos evidentemente mas cerca de ese momento~0 corremos el peligro de hacer lo mismo.

Por otro lado, la indiferencia es también un gran peligro. Del primer advenimiento de Jesús, el escéptico dijo: » . . . no es razonable que venga tal ser como un Cristo» (Helamán 16: 18). De su segunda venida, Jesús dijo:

«Mirad. . . [no sea] . . . que . . . venga de repente sobre vosotros aquel día   » (Lucas 21:34-35; véase también Mateo 24:37-38; Apocalipsis 3:3; D. y C. 45:26.)

Pedro escribió de los escépticos que dirían: «¿Dónde esta la promesa de su advenimiento?», porque, ¿no es que «todas las cosas permanecen así como desde el principio»‘? (2 Pedro 3:4).

Algunas profecías, como la del regreso del pueblo judío a Israel, se adelantaron décadas a su cumplimiento (véase Ezequiel 39:27). Otras profecías pueden cumplirse en un corto periodo de tiempo. El llevar el evangelio restaurado «para testimonio» (Mateo 24: 14) a todas las naciones del mundo supone generaciones, pero «una plaga asoladora» podría desatarse velozmente en la tierra (véase D. y C. 5: 19). Es lamentable, pero ya existe mas de una posibilidad de esas plagas (véase Marcos 13:10; D. y C. 5: 19). Si bien el florecimiento del desierto «como la rosa» tardó mucho tiempo, una considerable decadencia moral podría acontecer en una sola generación: ya sea en una nación o en una familia (véase Isaías 35:1; Helamán 6:32; 11:36; 12:4).

El Medio Oriente ha sido tantas veces el centro de la historia humana; y aun ahora las palabras de Zacarías son especialmente descriptivas al decir que Jerusalén será la «copa que hará temblar a todos los pueblos de alrededor» y «piedra pesada a todos los pueblos» (Zacarías 12:23).

Por eso es preciso observar mas que el brote de las hojas de la higuera para saber si el verano esta cerca (véase Mateo 24:32). Por analogía, una cosa es observar las bravas olas del mar que se estrellan contra las arenas de la playa al anunciar que viene tempestad y otra, muy distinta, advertir los enérgicos movimientos del fondo del mar que anuncian un espantoso maremoto.

En el contexto de esas advertencias, no vacilo en decir que hay algunas señales-aunque ciertamente no todas-que indican que «el verano esta cerca» (Mateo 24:32). Haríamos bien en advertirlo y reflexionar en ello, pero sin preocuparnos demasiado y sin dejar de observar el brote de las hojas por estar «cargados de los afanes de esta vida» (Mateo 24:32; Lucas 21:34). Seguir leyendo

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No son en verdad felices

Conferencia General Octubre 1987
No son en verdad felices
por el obispo Glenn L. Pace
Segundo Consejero en el Obispado Presidente

Glenn L. Pace«No confundamos el placer telestial con la felicidad y el gozo celestiales. No confundamos la falta de autodominio con la libertad. La libertad total sin restricciones nos hace esclavos de nuestros apetitos. No envidiemos un vivir degradado.»

Deseo conversar sinceramente con vosotros, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, particularmente con los que de entre vosotros hayáis venido a esta reunión a regañadientes y a los que quizás ni habríais venido si vuestros padres o lideres del sacerdocio no os hubieran amenazado un poco o recompensado de alguna manera.

Cuando nuestros hijos eran pequeños y nos dirigíamos a las reuniones de la lglesia, de vez en cuando veíamos pasar un vehículo que remolcaba una lancha. Mis hijos se quedaban mirándolos con las naricitas pegadas al vidrio del auto y me preguntaban: «Papa, ¿por qué no vamos a esquiar al lago en vez de ir a la iglesia?»

A veces, me salía por la tangente y solo les decía: »Bueno, porque no tenemos lancha». Pero en mis días de mayor sensatez, reunía toda la lógica y la espiritualidad de que disponía como patriarca de la familia y procuraba explicarles cuanto más felices éramos nosotros porque participábamos en las actividades de la Iglesia.

Comprendí que no me habían entendido cuando, mas adelante, un domingo, al ver a los de una familia que reían muy contentos mientras cargaban sus esquís en su vehículo, uno de mis hijos adolescentes me dijo, riendo socarrón: »Esos no son en verdad felices, ¿no es así, papa?» Ahora decimos eso en broma cada vez que vemos a alguien haciendo algo que nosotros no podemos hacer. Cuando veo a un adolescente conduciendo un bonito y costoso auto deportivo, digo a mis hijos: »Allí va un tipo muy desdichado».

Vosotros, jóvenes, estáis creciendo en un mundo muy difícil y confuso. Actividades siempre prohibidas por el Señor, y durante mucho tiempo condenadas por la sociedad, son ahora aceptadas y fomentadas por esa misma sociedad. Los medios de difusión las hacen parecer muy apetecibles. Agreguemos a la aceptabilidad y a lo apetecible el poder de la influencia de los amigos y tenemos una situación extremadamente peligrosa. Seguir leyendo

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