Vivamos de acuerdo con estos principios

Conferencia General Octubre 1978
Vivamos de acuerdo con estos principios
Presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. Kimball«Creo que deberíamos ser aún más corteses con nuestra esposa y nuestra madre, con nuestras hermanas e hijas, de lo que lo somos para con otras personas.»

Es un gran gozo reunimos con el Sacerdocio de la Iglesia en esta gloriosa noche. En todo el mundo nos reunimos para adorar al Señor y rendirle honores.

Mis hermanos del Sacerdocio, fue una gran emoción tener reunidas hace poco a miles de hermanas de la Iglesia en una asamblea, en centenares de lugares en todo el mundo; en esa oportunidad realizamos una reunión especial para las mujeres. Vosotros habréis recibido los informes de vuestras esposas, hermanas, madres o hijas, con respecto a dicha reunión Nos sentimos felices de haber podido llevarla a cabo y de disponer de la tecnología que hizo posible que llegara a tantos sitios alejados. Amamos a las mujeres de la Iglesia y sentimos por ellas un profundo respeto.

Continuando con ese esfuerzo, quisiera aconsejaros como hijos, hermanos, padres y esposos. Al servir junto con las mujeres de la Iglesia, seguid el consejo de Pablo cuando exhortando a Timoteo, le dijo:

«Trata a las ancianas como a madres; a las jovencitas como hermanas, con toda pureza». (Tim. 5:12.)

Esta es una de nuestras responsabilidades como poseedores del Sacerdocio, y como tales debemos ser diferentes a otros hombres. La sugerencia de Pablo de tratar a las mujeres de edad como si fueran nuestra madre y a las más jóvenes como si fueran nuestras hermanas, y hacerlo con toda pureza, es un excelente consejo. Los hombres del mundo podrán desdeñar a la mujer, o verla como un simple objeto de deseo o como alguien a quien pueden usar para satisfacer sus propósitos egoístas; pero nosotros debemos ser diferentes en nuestra conducta, así como en nuestras relaciones para con los miembros del sexo opuesto.

Pedro nos insta a honrar a nuestra esposa. (1Pe. 3:7.) Creo que deberíamos ser aún más corteses con nuestra esposa y nuestra madre, con nuestras hermanas e hijas, de lo que lo somos para con otras personas. Cuando Pablo dijo que el hombre que no provee para su propia casa y sus familiares »es peor que un incrédulo’ ‘ (1 Tim. 5:8.), considero que el hecho de proveer debería interpretarse como referente al bienestar emocional que provee el afecto, del mismo modo que a la seguridad económica. Cuando el Señor nos dice en esta dispensación que ‘ ‘las mujeres tienen derecho de recibir sostén de sus maridos» (D. y C. 83:2), pienso que en la palabra sostén se incluye nuestra obligación de mantener el afecto amoroso y proveer consideración y delicadeza, del mismo modo que los alimentos.

El presidente Lee dijo en una oportunidad que los necesitados que nos rodean, tienen tanta necesidad de amistad y compañerismo, como de cosas materiales. A veces pienso que podemos considerar a algunas de las mujeres mormonas necesitadas solo por el hecho de que algunos de nosotros no somos delicados y considerados con ellas en la forma en que deberíamos serlo. Nuestras despensas pueden estar repletas de alimentos, y sin embargo nuestras hermanas pueden estar hambrientas de afecto y reconocimiento. Seguir leyendo

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Compromiso con el Señor

Conferencia General Octubre 1978
Compromiso con el Señor
Elder Jack H. Goaslind Jr.
Del Primer Quórum de los Setenta

Jack H. Goaslind Jr.«Más que nunca siento una dependencia total del Señor y ruego fervientemente por la ayuda de su Espíritu.»

Mis queridos hermanos, mi corazón rebosa al pararme delante de vosotros y aceptar este llamamiento para servir al Señor. Me siento abrumado por la responsabilidad que esto implica, pero me siento también agradecido más allá de lo que las palabras puedan expresar, por esta oportunidad que tengo de servir a mi prójimo.

Desde el último jueves por la tarde, cuando tuve el gran honor de tener una entrevista con el presidente Kimball, mi vida no ha sido la misma. Más que nunca siento una dependencia total del Señor y ruego fervientemente por la ayuda de su Espíritu, así como por vuestra poderosa influencia y amor.

Hay muchas cosas por las que hoy me siento agradecido, y deseo reconocer el amor, el respeto y la devoción que siento por mis padres, quienes al igual que Alma cuando instruía a su hijo Helamán, me enseñaron:

»A no cansarse nunca de las buenas obras, sino a ser mansos y humildes de corazón; y aprende sabiduría en tu juventud; si, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios.» (Alma 37:34-35.)

Viviré eternamente agradecido por el amor y la profunda influencia que mis padres tuvieron en mi vida.

Me siento también profundamente agradecido por mis parientes y amigos, quienes han demostrado tanta paciencia y comprensión para conmigo. He sido bendecido con buenos amigos que han enriquecido y fortalecido mi vida. Jamás olvidaremos las lecciones que aprendimos, en la gran experiencia misional que mi esposa y yo tuvimos en la misión de Arizona—Temple, en la cual presidimos sobre más de 600 misioneros. De mi buena esposa Gwen, una de las más nobles hijas de nuestro Padre Celestial, quiero decir que me ha apoyado con infalible devoción; ella está llena de amor y fe, y posee un gran amor por el evangelio. Ha sido una inspiración para mí y la quiero con todo mi corazón. Aprecio y amo a cada uno de nuestros seis hijos, a mi yerno y a nuestro primer nieto. Sus justas vidas han sido motivo de gozo y felicidad para nosotros.

Quisiera expresar mi amor especial por mi hijo que se encuentra en el Centro de Capacitación de Misioneros, y que pronto habrá de partir para la ciudad de Padova, Italia.

Os dejo mi testimonio, por el cual estoy profundamente agradecido de que el Señor Jesucristo vive, de que esta es Su obra y de que el presidente Spencer W. Kimball a quien mucho quiero es en verdad el Profeta de Dios sobre la tierra. Me comprometo ante él, ante mis hermanos de las Autoridades Generales y ante vosotros, mis hermanos y hermanas, a servir a Dios con todo mi corazón, fuerza, mente y poder, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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El evangelio nos hace más felices

Conferencia General Octubre 1978
El evangelio nos hace más felices
Elder Teddy E. Brewerton
Del Primer Quórum de los Setenta

Teddy E. Brewerton«Debido a que el Evangelio de Jesucristo nos hace más felices, sentimos el deseo de compartir este mensaje con todos los pueblos.»

Hace algún tiempo, hablando con un conocido abogado de Nueva York le dije que el Evangelio de Jesucristo, tal como lo conocemos y como ha sido restaurado a la tierra, nos trae felicidad. El me miró y me dijo: «¿Que más puedes pedir de la vida?» Al analizarlo me proyecte hacia el pasado de mi vida y medite acerca del presente, y una vez más comprendí las grandes bendiciones de que disfrutamos en nuestra unidad familiar. Amo a mi esposa y sé que el Señor me la ha dado; amo el evangelio y sé que es verdadero.

Hace dos días le dije al presidente Kimball que desde hace algunos años, cada vez que miro su fotografía, cada vez que lo veo a la distancia, cada vez que lo saludo y le doy la mano, sé perfectamente quien es él: es el representante del Señor sobre esta tierra. Sé que esto es así.

Debido a que el Evangelio de Jesucristo nos hace más felices, sentimos el deseo de compartir este mensaje con todos los pueblos. Dedico mi vida y todo lo que poseo, al igual que mis servicios, al Señor, a la Presidencia de la Iglesia y a cualquier persona que presida sobre mí. Deseo servir, y en muchas ocasiones recientes he expresado la preocupación de que una de las cosas que más me afectarían sería la de no participar en el trabajo del Señor. No me importa lo que haga, siempre que sea dentro de la Iglesia.

El ejemplo de servicio del Salvador es el más grande e importante de que podamos disponer. Debemos seguir y emular ese ejemplo.

Ruego que seamos bendecidos con bendiciones especiales, que podamos comprender la visión que posee el presidente Kimball con respecto a la gran necesidad y urgencia que existe en el mundo de apresurar la obra del Señor. Ruego que podamos hacerlo así, teniendo presente el hecho de que debemos llevarla adelante y fortalecerla.

En las últimas dos semanas mi esposa y yo nos vimos sometidos a una experiencia muy especial. Algo que habíamos planeado llevar a cabo durante casi veinte años, estaba a punto de hacerse realidad a fines de este año. Sin habernos consultado un día nos miramos y nos dijimos mutuamente: »No sé porque, pero creo que no deberíamos hacerlo.» Y claro está, ahora sabemos porque.

Estoy agradecido por la intervención del Señor en mi vida y ruego poder ser digno de las muchas bendiciones que me da y ser un siervo fiel en el desarrollo de Su reino. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Seamos uno con el Profeta

Conferencia General Octubre 1978
Seamos uno con el Profeta
Elder F. Burton Howard
del Primer Quórum de los Setenta

F. Burton HowardMis hermanos, me siento sumamente agradecido por el amor y la confianza de la Primera Presidencia, y por el voto de sostenimiento que he recibido en esta conferencia, y que me ha traído ante vosotros en esta oportunidad. Amo al Señor y a su obra.

Aun a riesgo de ser indebidamente personal, quisiera deciros que amo el evangelio, no porque haya sido compelido por falta de una mejor selección o por las circunstancias, ni por la irreflexiva adopción de normas foráneas; no porque haya sido manipulado, sino por la actuación consciente, constructiva, con un serio propósito, y brindando la ofrenda voluntaria de mi corazón. Deseo llevar a cabo la obra del Señor, humilde, total, positiva y honestamente; sin subordinar mi alma a otras personas, ni buscar el dominio de las mismas, sino siendo uno, por mi libre elección, con aquellos que son del Señor; compartiendo y poniendo todo mi ser en la obra, agradecido por ser parte de la misma dondequiera que deba estar; no tratando de escapar a la soledad, ni tratando de llenar la vida con una actividad destinada a engañarme, sino llevando a cabo consciente y voluntariamente todo aquello que deba ser hecho. Deseo ser un siervo agradecido, que con amor ponga su hombro en el desarrollo de Sión, brindando mi corazón y mi aliento a una gran causa.

Deseo permanecer firme y sin temores, sin debilidades —porque la debilidad implica la presión externa— irradiando fortaleza y caridad desde lo más íntimo de mi ser; ofensivamente —no defensivamente— entusiastamente, con dulzura, con fidelidad, en eterna armonía con el Señor. Que todos podamos llegar a ser uno con El y con su Profeta, y podamos así brindar armonía a la obra en que estamos embarcados, dondequiera que la llevemos a cabo, y en cualquier tierra. Ruego por cada uno de nosotros y muy especialmente por mí, al reconocer mis debilidades delante de vosotros para aceptar este gran llamamiento, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Mi respuesta al llamamiento

Conferencia General Octubre 1978
Mi respuesta al llamamiento
Elder James E. Faust
del Consejo de los Doce

James E. FaustPresidente Kimball y mis amados hermanos y hermanas, nadie ha llegado jamás a este llamamiento con un mayor sentimiento de insuficiencia de lo que yo lo hago en este momento. En la dulce agonía de la meditación, en las largas horas de los días y noches transcurridas desde el jueves, he tenido el sentimiento de ser completamente indigno y falto de preparación.

Considero que un requisito fundamental para el sagrado apostolado es el de ser testigo personal de que Jesús es el Cristo y el Divino Redentor. Tal vez solamente en base a ese concepto pueda yo llenar los requisitos necesarios. He llegado a conocer esta verdad por medio de la indecible paz y el poder de Espíritu de Dios.

Deseo reconocer el consuelo y el apoyo que ha significado el amor de mi amada Ruth, quien es tanto parte de mí mismo como lo son mi corazón y mi alma. Deseo también expresar mi profundo amor y afecto por cada miembro de nuestra familia.

En la Primaria fue donde primero aprendí los nombres de los apóstoles tanto los antiguos como los de nuestra época. Mi madre fue una de mis maestras y estoy seguro de que jamás, ni en los más atrevidos de sus pensamientos, ella imaginó que alguno de aquellos a quienes ella enseñaba, llegaría un día a sentarse en el consejo de los testigos especiales del Señor Jesucristo.

He nacido con cierta afección a la vista que me impide distinguir determinados colores, y he aprendido a querer a todos los pueblos de los países en los que he sido misionero, soldado o Autoridad General, sin distinción del color de su piel. Tengo la gran esperanza de llegar a ser discípulo de acuerdo con el modelo y el ejemplo del presidente Kimball, y de las demás autoridades en su amor por todos, y especialmente por los humildes, los oprimidos, los pobres y afligidos, los necesitados y los pobres de espíritu. Sé que si olvidamos a estos, de ninguna forma podemos ser discípulos de Jesucristo.

Con tristeza reconocemos el fallecimiento de nuestro amado amigo, el élder Delbert L. Stapley. Nadie podrá jamás tomar su lugar en nuestro afecto y en nuestro corazón.

Expreso mi aprecio por el apoyo y el amor del presidente Kimball, del presidente Tanner, del presidente Romney, del presidente Benson y de todos los miembros del Consejo de los Doce. Al presidente Franklin D. Richards, al igual que a nuestros hermanos del Primer Quórum de los Setenta y otras autoridades generales, expreso mi eterno amor y aprecio. Consagro mi vida, toda mi energía y la poca habilidad que pueda tener, total, completamente, y sin reservas, a Dios y a su Profeta, el presidente Kimball. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; sé que el Salvador sabe que yo sé que El vive, por lo cual acepto con toda voluntad, el llamamiento, las llaves y el mandamiento, con la promesa de llevar a cabo el mejor trabajo que me sea posible, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Somos mayordomos…

Conferencia General Abril 1978
Somos mayordomos…
presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerMis queridos hermanos, he disfrutado mucho de esta reunión, en la que ciertamente ha estado el Espíritu del Señor.  Quiero que el presidente Kimball sepa que él ha fortalecido mi determinación de aumentar mis esfuerzos para edificar el reino de Dios.

En verdad, esta mañana se nos ha nutrido con el espíritu de esta obra; se nos ha instruido sobre lo que debemos hacer y cómo debemos hacerlo.  Sólo espero y ruego que el Espíritu del Señor nos acompañe al salir de aquí, y que podamos cumplir las instrucciones que hemos recibido, a fin de que El esté complacido con nuestra actuación.

Quisiera daros mi testimonio de que ésta es la Iglesia de Jesucristo. Deseo repetir esas palabras: Esta es la Iglesia de Jesucristo.  Este es Su programa, nosotros somos Sus mayordomos y El nos pedirá cuentas de nuestra mayordomía.

Monte Bean dijo en una oportunidad:

«Todo lo que tenemos pertenece al Señor.  Nosotros somos Sus mayordomos, y cualquier cosa que El o los líderes de la Iglesia quieran de mí, estaré dispuesto a darlo.»

Qué gran espíritu habría entre nosotros, si comprendiéramos que todo lo que tenemos para administrar, todo lo que reclamamos como nuestro, pertenece al Señor, y que tenemos la responsabilidad de cuidarlo en la misma forma en que El lo cuidaría.

Es mucho lo que se ha hecho, pero hay todavía mucho por hacer, y se hará mejor si seguimos los principios de la mayordomía. Creo que a eso se refería el presidente Kimball cuando dijo en nuestra última reunión de los Servicios de Bienestar:

«Hermanos… teniendo presente estos pensamientos, quisiera exhortaras a seguir adelante en esta gran obra, pues es mucho lo que depende de nuestra buena voluntad para reconocer, colectiva e individualmente, que nuestra presente actuación no es aceptable ni para nosotros, ni para el Señor.» (Liahona, febrero de 1978, pág. 113.)

Ruego humildemente, mis hermanos, que podamos comprender esto al representar al Señor en esta gran obra de bienestar.  Y os doy mi testimonio de que es la obra del Señor. Es responsabilidad nuestra llevarla a cabo, y seremos bendecidos de acuerdo con la manera en que llevemos a cabo nuestro deber.  Que podamos hacerlo bien, lo ruego en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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Los servicios de bienestar comienzan en nosotros

Conferencia General Abril 1978
Los servicios de bienestar comienzan en nosotros
élder A. Theodore Tuttle
del Primer Quórum de los Setenta

A. Theodore TuttleCierta vez tuvimos la interesante experiencia de ver en una zona selvática de Sud América un animalito de color grisáceo que colgaba cabeza abajo asido de un árbol con sus cortas patas traseras; las delanteras eran más bien largas; sus movimientos eran tan lentos, que era difícil darse cuenta de si estaba vivo o muerto.  Se nos dijo que se trataba de un «perezoso», lo cual me despertó la curiosidad, pues la definición del término aparece en las Escrituras.  El Señor lo usó con desdén, al referirse a aquellos lentos para actuar.

Cuando comenzó el Programa de Bienestar en la década del 30, el mismo tuvo como fin eliminar el flagelo de la ociosidad, restablecer el respeto propio y ayudar a la gente a que se ayudara a sí misma.  Los principios básicos del sistema económico del Señor, fueron primeramente revelados al profeta José; casi todo lo que ha acontecido desde entonces, nos ha encaminado a prepararnos para la época en que dicho programa se necesitara en una mayor extensión.  En los pasados años, se han declarado muchos grandes principios, los cuales repasaré brevemente.

El presidente Grant dijo:

«Los miembros de la Iglesia necesitamos bendiciones, y el único modo de que podamos recibirlas… es observando las leyes sobre las cuales se basan.  La ley fundamental correspondiente al bienestar de nuestra gente, es la ofrenda de ayuno.  La razón por la cual queremos poner de relieve la importancia de cumplir con ella, es que tenemos necesidad de las bendiciones que se reciben por medio del pago de la misma.»

El presidente Clark aconsejó lo siguiente:

«Vivid conforme a vuestros medios; libraos de las deudas, y no incurráis en ellas.  Abasteceos para los tiempos difíciles, los que nunca dejan de sobrevenir.  Practicad y reforzad los hábitos del ahorro, la industria, la economía y la frugalidad.» (Conference Report, oct. de 1937, pág. 107.)

«Que cada jefe de familia se asegure de tener disponibles en su casa alimentos y ropa suficientes, y si es posible, también una provisión de combustible, por lo menos para un año… Que quien tenga un pedazo de tierra, o una granja, la cultive. Seguir leyendo

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Agradecimiento

Conferencia General Abril 1978
Agradecimiento
élder Rex C. Reeve
del Primer Quórum de los Setenta

Rex C. ReeveMi corazón rebosa de emoción, mi espíritu se somete, mi alma está llena de gratitud.  Hace algunos arios cuando fui sostenido como obispo, tuve la convicción de que la oportunidad de servir no provenía de nada que yo hubiera hecho, sino del trabajo de otros. Siento esa misma convicción en estos momentos. Muchas personas dieron su vida para que este reino se estableciera.

Estoy agradecido por mi santa madre y mi excelente padre. Y también estoy agradecido por mí elegida; cuando estoy en su presencia siempre siento que quiero ser mejor.  Estoy agradecido por mis siete hijos, por mis encantadores yernos y nueras y por nuestros nietos; todos ellos me han apoyado siempre.  Por último, quiero agradecer a mucha gente con quienes estoy relacionado: compañeros de trabajo, líderes de la Iglesia (a quienes he admirado y escuchado por muchos años), y miembros de la Iglesia.

Doy gracias por ser miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.  Con cada fibra de mi ser, yo sé que Dios vive, sé que El habla y escucha, y que nos ama.

Le agradezco al Señor la oportunidad que nos da de servir en el campo misional.  Si no hubiera otra evidencia de que la Iglesia de Cristo es verdadera, lo que pasa en la vida de los jóvenes y en la de los miembros de la Iglesia, sería suficiente prueba para mí de que lo es.

Prometí al Señor dar todo lo que tengo y aquí, ante vosotros, prometo hacer todo lo que me requieran estos grandes hombres a quienes amo.  Nuestra vida ha sido bendecida por el presidente Kimball durante treinta años.  El ha sido un gigante en nuestra vida y sé que nos ama.  Ahora puedo sentir vuestro amor, sentir el amor de la gente por el cual estoy agradecido.  Como misioneros, sabemos lo que significa tener tres millones y medio de gente orando por nosotros, y lo agradezco infinitamente.

Os dejo mi testimonio de que Dios vive y os prometo que haré todo lo que pueda mientras me quede un aliento, y aún más allá, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El más alto honor

Conferencia General Abril 1978
El más alto honor
élder Robert L. Backman
del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. BackmanCuando yo tenía tres meses, la Estaca de Salt Lake presentó el nacimiento de Jesús en este Tabernáculo.  Mi querida madre interpretó el papel de María, la madre de Jesús, y yo tuve el honor de representar al Cristo niño.  Seguramente me sentía más tranquilo en esa oportunidad que en este momento, probablemente porque no tuve que hablar.  Desde aquellos días hasta hoy, mis queridos hermanos, he sentido siempre la guía y protección del Señor, protegiéndome algunas veces de mí mismo.  Gocé de muy ricas experiencias mientras crecía y maduraba.  Cada vez que esto ocurría, me preguntaba: «¿Por qué me pasa a mí? ¿Por qué el Señor me otorga tan buenas oportunidades de progreso y desarrollo? ¿Por qué se me presentan tantas ocasiones de servir?» Desde el fondo de mi corazón le doy las gracias por la felicidad y la plenitud de vida que he gozado.

Parece ser que toda mi vida he estado rodeado de gente que me ha elevado y ayudado a ser mejor, que me ha protegido de mí mismo, personas como mis buenos padres, que desde la cuna me enseñaron las prioridades que debía tener, buscando ellos mismos primeramente al Señor; mi amada esposa, que siempre me apoyó en cada llamamiento que he recibido; mis siete hermosas hijas, que tienen de mí tan alto concepto que piensan que debería ser el Presidente de la Iglesia; mis excelentes yernos, que son fieles a los convenios que han hecho en la Casa del Señor, y mis pequeños nietos que son un gozo en mi vida.

En nuestro seminario del viernes, el presidente Benson dijo que el más alto honor que una persona puede tener es ser miembro de la Iglesia de Dios, lo cual yo soy; saber que Cristo es nuestro Salvador, de lo cual testifico; poseer su Santo Sacerdocio, que yo poseo; y ser parte de una unidad familiar eterna, lo cual soy.  Siento que tengo toda la honra a la que pudiera aspirar, todas las bendiciones que pudiera desear. Estoy muy agradecido por este sagrado llamamiento que he recibido.

Quiero deciros, mis amados hermanos, que cada bendición que he recibido y todo lo más precioso y querido que guardo en mi corazón, lo debo al hecho de ser miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a mi amor por el Señor, al testimonio que tengo de su divino Evangelio, y a la forma en que he respondido a las oportunidades que tuve de servir.

Ahora me regocijo por esta oportunidad de dedicar mi existencia entera a Su servicio, y sin vacilar pongo mi vida y todo lo que poseo a Sus pies.  Presidente Kimball y queridos hermanos, mi esposa y yo estamos preparados para ir donde queráis enviarnos y hacer lo que deseéis que hagamos, y rogamos que podamos ser instrumentos en las manos del Señor para poder ayudaros en la edificación del reino de Dios, para santificar a su pueblo y preparar el camino para cuando Cristo venga a reinar en toda Su gloria, cuando Satanás sea atado y toda rodilla se doble y toda lengua confiese que El es el Salvador del mundo y que reinará para siempre jamás.  De esto testifico en ‘el nombre de Jesucristo.  Amén.

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Mi llamamiento

Conferencia General Abril 1978
Mi llamamiento
por el élder Ronald E. Poelman
del Primer Quórum de los Setenta

Ronald E. PoelmanNuestro Salvador nos invita a cada uno, personalmente, a. acercarnos a El y llevarle «un corazón. quebrantado y un espíritu contrito» (D. y C. 59:8). Jamás había yo sentido el significado de esta invitación, hasta el punto que lo siento ahora. Al mismo tiempo, han resurgido en mí la fortaleza y cl deseo de renovación, por lo cual me siento profundamente agradecido.

Al aceptar este llamamiento con fe y esperanza, me consta que no he llegado a este cargo por mi propio esfuerzo.

Siento una intensa gratitud y una devoción difíciles de expresar, hacia mis amados familiares, mis amigos, maestros, líderes y todos aquellos con quienes me he relacionado.

Al analizar lo que fue mi vida hasta ahora pienso que ha sido mucho más difícil y mucho más satisfactoria de lo que yo hubiera podido esperar. Sólo ruego que las muchas experiencias que he tenido, me hayan preparado en cierto modo para lo que me espera en el futuro.

He sido llamado por un Profeta de Dios a un servicio absoluto y vitalicio en la causa del Salvador, y tengo una sensación de incompetencia que me ha hecho comprender que mi preparación para el cargo acaba de comenzar.

Siento gratitud hacia el presidente Kimball, las demás Autoridades Generales, y cada uno de vosotros por vuestro voto de sostenimiento, y me comprometo a poner lo mejor de mis esfuerzos en cualquier asignación que reciba en este cargo.

Hace casi treinta años, en respuesta a mi dedicado estudio y fervientes ruegos. el Espíritu Santo me confirmó el hecho de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor de todas las almas. Con esa convicción, y por el mismo Espíritu, adquirí el conocimiento de que el evangelio es eterno y verdadero y que ha sido restaurado a la tierra; que las Escrituras, incluyendo cl Libro de Mormón, son registros divinos: que José Smith fue un Profeta de Dios como lo son todos sus sucesores, entre ellos el presidente Kimball; y que nuestro Padre Celestial ama a cada uno de nosotros, sus hijos. Agradezco este conocimiento, y os dejo mi testimonio personal de   que todo esto es verdad en el nombre de nuestro amado Salvador. el Señor Jesucristo. Amén.

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Doquier que me mandes, iré

Conferencia General Octubre 1977
Doquier que me mandes, iré
por el élder Yoshihiko Kikuchi
del Primer Quórum de los Setenta

Yoshihiko KikuchiPresidente Kimball hermanos de las Autoridades Generales, mis amados hermanos en el Evangelio del Señor Jesucristo, hoy quiero dejaros mi humilde testimonio de la divinidad de este evangelio.

Primero, deseo expresar mi profundo y sincero agradecimiento a todos aquellos que me han ayudado, han sido bondadosos conmigo y me han motivado, enseñado y guiado; todos han sido una maravillosa ayuda e influencia en mi vida.

Cuando yo era un joven y completamente inexperto misionero, el élder Gordon B. Hinckley me dio una bendición muy especial, que me ha servido siempre de guía.

Mis hermanos, nunca esperé ser llamado a tan enorme responsabilidad. Todavía me pregunto y lo pregunto al Señor: «¿Por qué yo, Señor?» Y, sin embargo, en lo más profundo de mi ser oigo una voz que dice:

«Iré do me mandes, iré, Señor

Sobre llano, montaña o mar.» (Himnos de Sión, N° 93.) Y otra voz me dice:

«Iré y haré lo que el Señor ha mandado…» (1 Nefi 3:7.)

«¡Ojalá fuese yo un ángel y pudiera realizar el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!» (Alma 29: 1.)

Mis queridos hermanos y hermanas, yo amo al Señor; yo sé con todo mi corazón que Dios vive; sé que hay un Profeta de Dios en la tierra, Spencer W. Kimball, a quien quiero mucho y apoyaré con todas mis fuerzas. El Libro de Mormón es verdadero y, ciertamente, es la palabra de Dios. Os dejo mi testimonio, mis hermanos, y lo hago humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Esto comparto con vosotros

Conferencia General Octubre 1977
Esto comparto con vosotros
por el élder Hugh W. Pinnock
del Primer Quórum de los Setenta

Hugh W. PinnockHay tres cosas que deseo compartir con vosotros hoy, mis hermanos.

Primero, que sé que el Evangelio de Jesucristo es verdadero, y que solamente si oímos atentamente las palabras de nuestro Profeta, leemos las Escrituras para que nos guíen, y vivimos los mandamientos del Señor y las enseñanzas de las Autoridades Generales, podremos encontrar la felicidad eterna.

Segundo, debo confesaros abiertamente la realidad de mi propia ineptitud.  Al aceptar el llamamiento como miembro del Primer Quórum de los Setenta, ruego al Señor, a estos líderes de la Iglesia que nos acompañan hoy, y a vosotros, con quienes habré de trabajar, que tengáis todos una paciencia inagotable conmigo.

Y por último, debo manifestar la enorme gratitud que siento.  Por todos aquellos que me habéis instruido mediante la palabra, el ejemplo y la acción; a la esposa y los hijos que siempre me han apoyado, tanto acá como en el campo misional; a unos padres que nunca han tenido problemas en decidir cuáles son las cosas importantes de la vida, porque para ellos ha sido fácil y natural comprenderlo.  Estoy agradecido también por mis hermanos y sus respectivas familias; por los muchos amigos y compañeros, que han tenido la paciencia de comprender mis debilidades, mi manera de vivir y mis decisiones.  Estoy agradecido por hombres como el presidente que tuve en la misión, el presidente Harold B. Lee, el élder Richard L. Evans y otros, que ya no están con nosotros.  Estoy profundamente agradecido a muchos de los hermanos que se encuentran aquí, cuyo constante ejemplo ha sido una fuerza motivadora en mi vida.  Y, sobre todo, estoy agradecido por nuestro bondadoso y amante Salvador, quien no solamente nos enseña, sino que también nos perdona, nos ama y persevera con nosotros.

Hablando en nombre de mi esposa, de mis hijos y mío, diré que nos encontramos listos para dar todo lo que tenemos para la edificación del reino de Dios, y esperamos que nuestra contribución a ello sea siempre generosa en todo lo que se nos pida.

Henry Van Dyke dijo, hace muchos años:

«Sólo hay una forma de prepararse para la inmortalidad y ella es amar esta vida y vivirla en la forma más valiente, fiel y feliz que podamos.» (Vital Quotations, Bookcraft 1968, pág. 201.)

Y ruego que todos podamos lograr esto, en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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El poder del perdón

Conferencia General Octubre 1977
El poder del perdón
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHermanos, nos preocupa profundamente la necesidad de reducir la cantidad de jóvenes de la Iglesia que se unen a las filas de adultos inactivos, al igual que de traer a un número substancial de adultos a la actividad.  Teniendo esto presente, os sugerimos lo siguiente:

  1. Hagamos un mayor esfuerzo para hermanar a los conversos a la Iglesia. Es imperativo que a aquellos que son bautizados se les asignen inmediatamente maestros orientadores que les hermanen en una forma personal y con real interés. Estos maestros orientadores, trabajando con los oficiales del Sacerdocio, deben asegurarse de que cada converso adulto reciba algún desafío por medio de una actividad, del mismo modo que una oportunidad y el aliento para aumentar su conocimiento del evangelio.  Debe también ser asistido en el establecimiento de relaciones sociales con los miembros de la Iglesia, para que no se sienta solo al comenzar su vida como miembro activo.
  2. Pongamos más énfasis en los programas aprobados del Sacerdocio Aarónico para Hombres y Mujeres Jóvenes. Estos han sido diseñados para fortalecer el proceso de enseñanza de nuestra juventud y para brindarles oportunidades dignas y desafiantes para la clase de actividades que darán expresión a sus muchos y variados talentos. Al salvar a nuestra juventud, salvaremos generaciones.
  3. Infundamos en las oficiales de la Sociedad de Socorro de barrio y estaca un mayor sentido de responsabilidad para enrolar a la mujer de la Iglesia y conducirla hacia una completa actividad. Esto comprenderá un arreglo en los horarios de reuniones para que sea posible que un mayor número de mujeres asistan y participen en el programa de esta gran organización. Pedimos que los obispos consulten con sus presidentas de Sociedad de Socorro con respecto a esto.
  4. Inculquemos en nuestros maestros orientadores que tomen sobre si una mayor responsabilidad por los miembros de la Iglesia que se mudan de un lugar a otro. Mediante contactos con parientes y vecinos, muchos de los que cambian de domicilio pueden ser identificados, y pueden seguirse procedimientos que aseguren que ellos sean bienvenidos inmediatamente después del arribo en el lugar de su nueva residencia.
  5. Trabajemos más activamente con aquellos que clasificamos como futuros élderes. Bajo nuestro presente programa, nuestros quórumes de élderes asumen responsabilidad por estos hombres. Debe recordarse, sin embargo, que en el programa se toman medidas bajo las cuales los sumos sacerdotes y aun los setenta pueden ser llamados para asistir o ayudar en dicho programa.  El quórum de élderes, mediante el Comité Ejecutivo del Sacerdocio, puede pedir a los sumos sacerdotes que sirvan como maestros orientadores de algunos de estos hombres, especialmente aquellos que pueden encontrar más puntos en común con maestros orientadores que sean sumos sacerdotes.  Del mismo modo, en aquellas familias donde haya personas que no sean miembros de la Iglesia, a los setenta se le puede solicitar ayuda, teniendo presente que les visitarán no sólo como maestros orientadores, sino también como misioneros que trabajarán con los que no sean miembros de la Iglesia y que también vivan en esos hogares.  Estoy convencido, hermanos, de que podemos hacer mucho más de lo que estamos haciendo para traer a muchos de esos hombres de nuevo a una actividad total.  Al así hacerlo, bendeciremos su vida y la de sus familiares, y fortaleceremos de manera substancial la obra del Señor.
  6. Por muchos años hemos urgido la realización de seminarios a los que se invite a los futuros élderes y sus esposas para reunirse bajo la tutela de un inspirado y eficaz maestro, que aumente su conocimiento del evangelio con el objetivo de prepararles para asistir a la Casa del Señor. Hemos aprobado un curso de estudio para dichos seminarios, que fue preparado bajo la dirección del Comité Ejecutivo del Sacerdocio, y tenemos la esperanza de que los obispos y presidentes de estaca lo utilicen en esta importante empresa.

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Las bendiciones de la obediencia

C. G. Octubre 1977
Las bendiciones de la obediencia
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.Mis hermanos y amigos: una meta que la mayoría de nosotros compartimos en esta vida, es el deseo de lograr gozo verdadero y felicidad eterna.  Hay sólo una manera de lograr esto, y es obedecer todos los mandamientos de Dios.  Nosotros, los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, voluntariamente hemos hecho convenios sagrados, prometiendo obedecer los mandamientos del Señor.  La obediencia voluntaria y virtuosa conduce a la vida celestial; de hecho, no hay progreso eterno sin ella.  Sin embargo, la obediencia a los mandamientos de Dios parece ser una de las pruebas más difíciles por las que tiene que pasar el hombre.

Algunas personas no obedecen porque creen que perderán su libre albedrío si se someten a las autoridades de la Iglesia o si entran en ordenanzas comprometedoras; otras, voluntariamente eligen un estado de existencia que es «contrario a la naturaleza de la felicidad» (Alma 41: 11).  Y, hay aquellos que, siendo el producto de una vida sin disciplina, persisten en sus flaquezas, justifican sus acciones y, encogiendo los hombros, dicen: «Pues, yo soy así».

La desobediencia a Dios y sus siervos escogidos ignora el hecho de que somos todos hijos de un Padre Eterno que nos ha dotado con la capacidad de ser como El y su Hijo Jesucristo: Seres perfeccionados, glorificados y santos.  Muchas veces olvidamos que la obediencia tiene que aprenderse.  Hasta Jesucristo, el Unigénito de Dios, aprendió la obediencia perfecta, la cual lo calificó para servir como nuestro legislador y Señor.  En Hebreos leemos:

«Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;

Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.» (Heb. 5:8-9.)

Nosotros ahora andamos por el mismo camino que El recorrió.  Esa senda nos ha sido claramente demarcada con señales y advertencias para guiarnos, evitando que nos desviemos o nos perdamos; pero, como Jesucristo, nosotros tenemos también que aprender la obediencia. Ese es el propósito de nuestra vida mortal.  Si fracasamos en esta experiencia, no encontraremos la verdadera felicidad que conduce a la exaltación.

El Señor ha establecido varias maneras para enseñarnos la obediencia, a fin de que podamos probarnos y merecer su aprobación y bendiciones aquí, y la gloria eterna con El en el mundo venidero. Seguir leyendo

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Os invitamos a la acción

C. G. Octubre 1976
Os invitamos a la acción
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerCreo que hemos tenido una reunión muy productiva, y que los líderes presentes, especialmente los nuevos, volverán a sus hogares dispuestos a llevar a cabo un trabajo mejor del que han estado haciendo y con una comprensión más clara de sus responsabilidades, después de aprender cómo llevarlas a cabo en forma adecuada. Es sumamente importante que conozcamos nuestras responsabilidades y ése es el motivo de estas reuniones.

La repetición es buena y conveniente también para aquellos que han estado en su cargo por algún tiempo; volvemos a nuestro hogar con mayor deseo de acción y mejor sentimiento con respecto a esta obra, y al mismo tiempo más capacitados para llevarla a cabo.

Hay dos o tres cosas que se mencionaron, que me agradan en forma muy particular; una de ellas es el hecho de que la ayuda material debe ser pasajera, pero la espiritual debe ser permanente. Si hemos de hacerlo así, haremos el esfuerzo máximo para que la gente tenga trabajo y se encargue de proveer lo necesario para sus necesidades temporales.

Hay algo sobre lo que deseo poner énfasis y es la gran importancia de mantener el autorrespeto. Es extremadamente importante ayudar a esas personas de tal forma que sientan que se están ayudando a sí mismas y contribuyendo al mismo tiempo al programa de bienestar.

Después de esta reunión, mi consejo es que vayáis y actuéis de acuerdo con las instrucciones que habéis recibido. Vosotros tenéis la responsabilidad de esta obra, la obra del Señor se encuentra sobre vuestros hombros y ruego que El os dé fortaleza, valor y la comprensión de que sois miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que os presenta un programa adecuado para aquellos que necesiten ayuda. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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