La genealogía y la obra del templo

Abril de 1984
La genealogía y la obra del templo
Por George D. Durrant

No puede existir una sin la otra

Hablando recientemente con el élder Royden G. Derrlck, del Primer Quórum de los Setenta, quien es en la actualidad el director del Departamento Genealógico, le pregunté: “¿Qué relación piensa usted que hay entre la genealogía y la obra en el templo?»

“No puede existir la una sin la otra”, me contestó.

La genealogía y la obra del templo van unidas; la una sin la otra no tiene valor. Son dos partes inseparables de un decreto divino que el Señor nos dio para ayudar en la redención de los muertos. La tarea de identificar a los miembros de nuestra familia, o sea a nuestros antepasados, debe ser mucho más que un mero entretenimiento para los Santos de los Últimos Días. Si lo consideramos desde una perspectiva eterna, el hacer genealogía sin hacer la obra en el templo, o viceversa, es lo mismo que tratar de jugar un partido de fútbol con sólo la mitad de una pelota: no tiene sentido.

Algunas personas piensan que la obra en el templo, por su naturaleza, es la más importante, la más sagrada: la mitad superior de la pelota, podríamos decir. Pero una pelota, cuando rueda, no tiene parte superior o inferior. He escuchado a muchos miembros de la Iglesia decir: “Me encanta ir al templo para llevar a cabo las ordenanzas sagradas, pero la genealogía, en realidad, no me interesa”. Y a otros decir, en cambio: “Si pudiera, pasaría todo mi tiempo disponible haciendo genealogía. Es algo tan emocionante para mí, que me pasaría en la biblioteca genealógica desde que la abren por la mañana, hasta que la cierran por la noche”. Si todos pensáramos de una manera o de la otra, habría en los templos una larga lista de nombres esperando que se hiciera la obra por ellos o, de lo contrario, una enorme multitud allí aguardando porque no habría ningún nombre para hacer la obra.

El élder Boyd K. Packer, del Quórum de los Doce, dejó muy bien aclarada la relación que existe entre estas dos obras cuando dijo: “Es imposible valorar la obra de las ordenanzas del templo, si no se tiene al mismo tiempo un gran respeto por la obra genealógica. La genealogía es fundamental para el funcionamiento de los templos, ya que sin la misma no tendría objeto que éstos mantuvieran sus puertas abiertas.” (The Holy Temple, Salt Lake City: Bookcraft, 1980, pág. 224.)

En octubre de 1975, el élder Packer se dirigió a un grupo de Representantes Regionales de la siguiente manera:

“En los dos últimos meses… he visitado a unos cuantos grupos de sumos sacerdotes. La mayor parte del tiempo pasé escuchando, tratando de determinar qué hacen los quórumes de sumos sacerdotes respecto a esta obra, y en el caso de que no hagan nada, el porqué. Fue una investigación muy interesante. . .

“Uno de estos grupos que visité estaba compuesto de treinta y nueve miembros, personas muy cultas, de muy buena posición económica, muchos de ellos jubilados. Durante el año anterior habían hecho la obra en el templo en beneficio de 1.122 personas. Durante ese mismo período de tiempo habían enviado, de sus propias investigaciones genealógicas en beneficio de sus familias, dos nombres, uno de los cuales todavía no se había aprobado. Por lo que pude comprobar, esto es algo sumamente típico; la obra genealógica en la Iglesia, en su mayoría, la hace sólo un pequeño grupo de miembros que han adquirido un gran Interés, que la encuentran fascinante y se han dedicado totalmente a ella.” (Ibid.) Seguir leyendo

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Que, pues, hare de Jesús, llamado el Cristo?

Abril de 1984
«¿Que, pues, hare de Jesús, llamado el Cristo?»
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyEn esta época de la Pascua quisiera expresar algunas ideas acerca de Aquel cuya resurrección conmemoramos: el Hombre de Milagros, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Aunque El sanaba a los enfermos, levantaba a los muertos y hacía que el inválido caminara y el ciego viera, no hay milagro comparable al de El mismo como el Cristo.

Vivimos en un mundo lleno de pompa y de poder, un mundo que se vanagloria de sus adelantos en aeronáutica y en proyectiles bélicos de largo alcance dirigidos por computadora. Esta jactancia es la misma que acarreó el sufrimiento en los días de César, de Gengis Kan, de Napoleón y de Hitler. En esta clase de mundo no resulta fácil reconocer que:

Un niño nacido en un establo en el pueblo de Belén, criado en el oficio de carpintero en Nazaret, ciudadano de una nación conquistada y subyugada, cuyos pasos mortales no salieron de un radio de 240 kilómetros, que jamás obtuvo un título académico ni pronunció un discurso desde un importante púlpito; que nunca poseyó una casa y siempre anduvo a pie sin bolsa ni alforja. . . sea en verdad el Creador de los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellos. Para muchos, tampoco es fácil reconocer lo siguiente:

Que Él es el autor de nuestra salvación, y el suyo es el único nombre por el cual podemos ser salvos.

Que Él puede darnos luz y comprensión de lo eterno y lo divino como ningún otro podría.

Que sus enseñanzas no sólo han influido en la conducta de millones de personas, sino que también han inspirado sistemas de gobierno que dignifican y protegen al Individuo y actitudes sociales que promueven la educación y la cultura.

Que su ejemplo incomparable se ha convertido en el poder más grande para establecer el bien y la paz en el mundo. Vuelvo a hacer la pregunta que hizo Poncio Pilato hace casi dos mil años: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?» (Mateo 27:22.)

Ciertamente, debemos preguntarnos de continuo: ¿Qué haremos nosotros de Jesús, llamado el Cristo? ¿Qué haremos de sus enseñanzas, y cómo podemos hacer que se conviertan en una parte inseparable de nuestra vida? Quisiera sugerir algunos puntos para considerar.

Cristo ejemplifica la generosidad. El Padre dio a su Hijo y el Hijo dio su vida. Sin la generosidad no existe el verdadero espíritu cristiano, y sin sacrificio y abnegación no existe una forma sincera de adorar a Dios.

Recuerdo una experiencia que oí contar en una conferencia de estaca, en el estado de Idaho. Una familia de granjeros había contratado los servicios de un constructor para que agregara a su casa un cuarto que mucho necesitaban. A los tres o cuatro días, el jefe de familia fue a hablar con el constructor y le dijo: Seguir leyendo

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Instrumento de justicia

Marzo de 1984
Instrumento de justicia
Por el élder Carlos E. Asay
De la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

Carlos E. AsaySiendo pequeño y alumno de la escuela primaria, tuve una maestra que nos contó del legendario rey Arturo y de sus caballeros de la Mesa Redonda. Me obsesioné con los cuentos de los caballeros a tal punto que imaginaba y hasta soñaba ser uno de ellos.

Una noche soñé que yo era un caballero vestido de blanco, que montaba un corcel igualmente blanco, y que recorría las verdes praderas de Inglaterra. Repentinamente, sin advertencia, un caballero cubierto por una armadura negra y montado en un caballo también negro surgió a la orilla del bosque. Nos estudiamos mutuamente, con mucha atención; bajamos las lanzas y cargamos a todo galope. Las lanzas golpearon en el blanco y ambos caímos de nuestras cabalgaduras.

Me puse de pie sabiendo que las espadas serían desenvainadas en un combate que era inminente y mano a mano. El temor sobrecogió mi corazón al ver a mi oponente dirigirse apresuradamente hacia mí blandiendo una espada larga y brillante. Instintivamente extendí la mano y saqué mi espada de la vaina. Fue en ese momento cuando el sueño se convirtió en una pesadilla, ya que en mi mano apareció una pequeña e insignificante daga en lugar de la espada grande y brillante. Desperté sudando de miedo y pidiendo ayuda a voz en cuello.

Muchas veces desde aquella experiencia, me he preguntado en cuanto a la preparación de los Santos para poder rendir servicio, particularmente los jóvenes Santos de los Últimos Días. ¿Estáis en la vaina, en el lugar que corresponde estar y listos para ser desenvainados cuando Dios os llama a servir? ¿Qué es lo que aparece en las manos de Dios cuando Él os saca como su instrumento de combate en la lucha contra las fuerzas del mal —una espada larga y brillante o una daga insignificante?

Oportunidades compartidas
Hubo una época en la que me preguntaba por qué Dios no tomaba en sus manos todas las cosas para dar por segura la salvación del género humano, pues yo sabía que Dios es omnipotente y podría, si así quisiera, hacer resonar su palabra por toda la tierra y esparcir su mensaje a lo ancho de los cielos con tal poder de convicción que todos (os hombres se unirían a la Iglesia. También sabía que Él podía levantar todos los templos necesarios, efectuar toda la Investigación genealógica requerida, y hacer todo lo demás por sí solo, a la perfección y sin ningún esfuerzo inútil. Sí, yo sabía que Dios podía hacerlo todo por el simple mandato de su palabra, sin la ayuda o intrusión de débiles mortales.

A medida que aumentó mi comprensión del evangelio de Jesucristo, vi la inutilidad de que el Señor hiciera todo por sí mismo. Comprendí que si mi Padre Celestial tomaba las cosas en sus manos y efectuaba toda la obra misional, la obra del templo y otros servicios del sacerdocio, El estaría (1) violando mi libre albedrío anterior, en una forma semejante a la que propuso Lucifer antes que el mundo fuese formado (véase Moisés 4:1-3), y (2) despojándome de experiencias santificadoras, tal como un padre impaciente y perfeccionista priva a un hijo de su crecimiento cuando lo empuja a un lado y hace toda la obra por sí mismo. Estas y otras perspectivas aportadas por el evangelio me llevaron a la conclusión de que un padre sabio y cariñoso da participación a sus hijos en sus propias tareas para que ellos tengan oportunidad de crecer, aprender y llegar a ser como él es.

Fuerzas opuestas
Desde el principio mismo, nuestro Padre Celestial ha obrado mediante sus hijos en el cumplimiento de sus santos propósitos. Fue a través de su Hijo Unigénito que se efectuó la Expiación. Otro hijo, Adán, llegó a ser el padre de toda la familia humana. Moisés sacó de la esclavitud a los hijos de Israel. Un José moderno llegó a ser el profeta de la Restauración. Todos estos hombres sirvieron como agentes e instrumentos en las manos de Dios para ayudar a cumplir su declarado propósito de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39). Cada uno de ellos fue santificado y alcanzó los atributos del Padre a medida que realizó su obra. Seguir leyendo

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Creemos en ser honrados

Marzo de 1984
Creemos en ser honrados
Por el élder Marvin J. Ashton
Del Quórum de los Doce

Marvin J. Ashton1¡Cuán satisfactorio es que otros vean nuestra forma de actuar, nuestra conducta, y se sientan elevados y dirigidos por el modelo que establecemos ante ellos!

AI proyectarme hacia el futuro, pienso que nuestra mayor oportunidad y reto consiste en aceptar la responsabilidad de fomentar, mediante nuestros actos y enseñanzas, el concepto de que debemos conocer la verdad y vivir según la misma. Las Escrituras nos dicen:

«Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:31-32.)

Esto se aplica a nosotros hoy tanto como se aplicó en la época en que fue escrito. Para alcanzar esta meta, debemos ser honrados en nuestra propia vida y enseñar a los demás a serlo también. Creo que es significativo que el décimotercero Artículo de Fe comience con estas palabras: “Creemos en ser honrados».

Muchas veces he cavilado respecto al enorme mensaje contenido en una declaración del Salvador en la que indica por qué amaba a Hyrum Smith: «Y además, de cierto te digo, bendito es mi siervo Hyrum Smith, porque yo, el Señor, lo amo a causa de la integridad de su corazón”. Y entonces añade, “y porque él ama lo que es justo ante mí, dice el Señor” (D. y C. 124:15).

¿Qué haría cada uno de nosotros, individualmente, para que nuestro Salvador Jesucristo diga eso de nosotros?

¿En qué forma enseñamos mejor y compartimos lo que es justo delante de Él? Me gustaría sugerir que podemos hacer esto enseñando la honradez absoluta. Permitidme dividir este tema en algunas categorías para explicar más plenamente lo que quiero decir.

Ante todo, tenemos que ser honrados en nuestra vida personal.
Qué bueno es tomar la resolución de que vamos a ser totalmente honrados con nosotros mismos, que tendremos verdadera integridad. No actuéis en una forma más baja; sentíos orgullosos de vosotros mismos, verdaderamente satisfechos. Desarrollad auto respeto, aplomo, personalidad y especialmente honradez en vuestra conducta personal. Vosotros no sabéis cuántas personas os están mirando e imitándoos. Es necesario que cada uno sea honrado en su vida personal a fin de que otros puedan seguir a alguien que es sincero, que enseña bien a través de sus hechos. Otros dependen de vosotros para tener satisfacción personal y paciencia, y para poder actuar. Hay otros que os observan —a menudo desapercibidamente— y no quieren que vosotros les falléis. Cuentan con vosotros y con vuestro ejemplo a fin de poder ir adelante y esparcir su influencia sobre otras personas. Para hacer esto, debéis ser honrados con vosotros mismos.

¡Cuán satisfactorio es que otros vean nuestra forma de actuar, nuestra conducta, y se sientan elevados y dirigidos por el modelo que establecemos ante ellos!

Cierta vez hablé en una reunión sacramental que recordaré por mucho tiempo. El oficial que dirigía, miembro del obispado que me presentó como el orador de la noche, dio una introducción un tanto larga y fuera de lo común, que más o menos se desarrolló así:

“Hermanos, el élder Ashton indudablemente se sentirá desilusionado cuando oiga lo que yo voy a decir acerca de él y de mí mismo. Cierta vez le oí decir a unos hombres que estaban presos: Seguir leyendo

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Como ser misionero para el cónyuge

Marzo de 1984
Como ser misionero para el cónyuge
Por Mollie H. Sorensen

“Por mansedumbre y amor sincero. . .”

Un gozo indescriptible llenó mi alma cuando mi esposo se dirigió hacia el púlpito para ser sostenido como segundo consejero en la presidencia de la estaca. Al expresar su testimonio de su amor hacia el Salvador y el evangelio, también dio gracias por mí. Acudió a mi mente la ocasión cuando, al volver a casa después de un día de trabajo, encontré un cartel que mi esposo había preparado y que decía: “¡Amo a mi esposa porque ella tiene fe en mí!”

Me parecía que no hacía mucho que había anunciado firmemente: “Mejor que no me pidan que dé un discurso en la reunión sacramental porque eso es algo que nunca haré». Hoy es uno de los oradores preferidos en la estaca.

También recordé que mi esposo me había dicho: “¡No creas que porque tú tomas parte en actividades teatrales me vas a persuadir a mí a hacer de actor, porque no lo soy!” Sin embargo, se destacó en el papel principal de una obra que presentamos en la estaca.

“Yo no tengo pasta de lector», había repetido muchas veces. Ahora lee las Escrituras, fielmente, cada día y las enseña a toda la familia cada mañana.

“No entiendo cómo usar el sacerdocio”, dijo una vez, pero desde aquel entonces ha bendecido a nuestra familia con el poder del sacerdocio en numerosas ocasiones.

Sí, mi esposo ha cambiado. Hace dieciséis años no poseía el sacerdocio mayor. ¿Qué fue lo que produjo este cambio tan grande? A mis hermanas que están en la desconcertante situación de ser misioneras para sus esposos, desearía compartir algunas ideas. Dado que hablo por experiencia, hablo como esposa, pero los principios podrían ser usados también por los hombres que tienen la necesidad de ser misioneros para sus esposas.

No es fácil tener fe en el cónyuge si él ha sido motivo de repetidas desilusiones. Y para la mujer que goza de las verdades espirituales, resulta toda una frustración no poder compartirlas abiertamente. Su deseo de lograr que el esposo entienda y aprecie el evangelio a veces se torna insoportable. Y ello es normal, pues habiendo alcanzado un elevado nivel de gozo, la consecuencia natural es querer compartirlo con los seres amados. Pero en estos casos, puede presentarse una situación bastante delicada. El hombre es cabeza de la familia —es el que debe dirigir, no el que tiene que ser dirigido. La mujer, aunque es una parte igual en el matrimonio, debe sostener y apoyar al esposo en su papel de cabeza de la familia. Pero si él no es activo o si no es miembro de la Iglesia, hace que ella se encuentre en una situación frustrante. A menudo, sí ella desea asistir a los servicios dominicales, tener noches de hogar para la familia y participar en otras actividades de la Iglesia, se enfrenta con una batalla interna y puede llegar a tener conflictos directos con el esposo, derrotando en esa forma su propósito de llevar unidad y espiritualidad al seno del hogar.

¿A dónde se puede dirigir una mujer para encontrar guía en su papel como misionera para su esposo? En el estudio de las Escrituras se pueden encontrar muchos buenos puntos de vista. Por ejemplo, aprendí una lección muy importante al estudiar en cuanto al concilio en los cielos y los puntos que allí fueron presentados.

Satanás propuso un plan para obligar a todos a obedecer los principios de su Padre Celestial. “Rescataré a todo el género humano», dijo, “de modo que no se perderá una sola alma, y de seguro lo haré». Seguir leyendo

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Ayudemos a otros a alcanzar las promesas del Señor

Marzo de 1984
Ayudemos a otros a alcanzar las promesas del Señor
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballSiempre me han gustado las parábolas del Maestro, particularmente dos que tienen como núcleo a nuestros hermanos y hermanas que temporariamente han perdido el rumbo. Las parábolas fueron presentadas en un momento en el que el Señor era criticado por los escribas y fariseos por su obra entre «publícanos y pecadores”.

«Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este a los pecadores recibe, y con ellos come.

“Entonces él les refirió esta parábola, diciendo:

«¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
«Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso:
«Y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.
“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.»(Lucas 15:2-7.)

¡Qué mensaje tan potente! Esta parábola del Señor es una asignación de amor dirigida a nosotros para buscar y rescatar a las personas que están necesitando ser rescatadas — particularmente en este caso, aquellos que se han alejado del redil. El mensaje de la parábola era de tal importancia que el Maestro lo reforzó con otra parábola sobre el mismo tema, la parábola de la moneda perdida:

“¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?
“Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido.
“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” (Lucas 15:8-10.)

Nuestra responsabilidad como hermanos y hermanas en la Iglesia consiste en ayudar a los que estén perdidos, ayudarlos a encontrar su camino y ayudar a encontrar su tesoro a quienes han perdido lo que es precioso. Las Escrituras nos enseñan con claridad que todo miembro tiene la obligación de fortalecer a sus hermanos. El Salvador, con amor pero con firmeza, recalcó esto cuando le dijo a Pedro: «Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). Permítaseme decir lo mismo a cada uno de vosotros: Una vez que os hayáis convertido, por favor fortaleced a vuestros hermanos y hermanas. Hay tantos que padecen hambre, a veces sin conocer la causa de lo que sienten. Hay verdades y principios espirituales que pueden ser un firme cimiento para la seguridad de sus almas y paz para sus corazones y mentes si es que nosotros tan sólo dirigimos nuestras oraciones y nuestro interés activo hacia ellos. Seguir leyendo

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Una visión de la eternidad

Una visión de la eternidad

Por Don Lind
Febrero de 1984

El hermano Lind es astronauta en la Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio (NASA), y realizará su primer viaje al espacio en el mes de septiembre de 1984

El Coto del Tabernáculo Mormón frecuentemente recibe la invitación de cantar en ocasiones especiales en distintas partes de los Estados Unidos, incluyendo en la toma de posesión del mando de un nuevo presidente. Invariablemente, el patrocinador del programa solicita que el coro cante el “Himno de Batalla de la República”.

Este grandioso himno fue compuesto por Julia Ward Howe, en la época de la Guerra Civil de los Estados Unidos, entre los Estados del Norte y los del Sur, durante los años 1861 a 1865. Ella había visitado un campamento de los soldados del Norte, hombres comunes que estaban atrapados en una causa que escapaba a su comprensión, una causa que estaba por encima de motivos casi imperfectos y de ambiciones mundanas. Por un momento pudo percibir la gloria que podría surgir de la angustia y la aflicción de esa terrible guerra, y escribió: “Mis ojos ya perciben la gran gloria del Señor. . . Avanza su verdad”.

Esta percepción de gloria inspiró a la gente y le dio la valentía extra que necesitaba para lograr sus metas.

Todos necesitamos valor para alcanzar nuestras metas; todos necesitamos percibir “la gran gloria del Señor”, tener una visión de la eternidad.

Los pioneros Santos de los Últimos Días deben de haber percibido esa eternidad. Pensemos por un momento lo que en realidad significó ser pionero; pensemos en cómo deben de haberse sentido los Santos en Nauvoo al contemplar, a través del congelado río, sus acogedoras casas, después de haber sido desposeídos de ellas. Pensemos lo que debe de haber sido para una de mis tías abuelas que a los cinco años de edad caminó desde Wlnter Quarters, Nebraska, hasta el Valle del Gran Lago Salado, en Utah. Imaginemos lo que sería caminar detrás de las carretas o al frente de los carros de mano, por los polvorientos senderos. Imaginemos lo que significaría andar por el desierto durante seis meses; a las madres que dieron a luz a sus hijos en las llanuras, y su terrible angustia cuando tenían que sepultar sus tiernos cuerpecitos en una tumba de poca profundidad, y cubrirla de rocas y alejarse con una oración en el corazón rogando que los lobos no los destrozaran.

¿Qué pudo haber motivado a esas personas a continuar bajo semejantes circunstancias? Nadie los obligaba a hacerlo; podrían haber regresado. Hubo muchos que hicieron las paces con las chusmas que perseguían a los santos, y no emigraron al Oeste. ¿Qué fue lo que motivó a los santos fieles a hacer lo que hicieron? Creo que la razón es que sus ojos habían percibido la gloria del reino de Dios. Cuando Brigham Young lo vio, el Valle del Lago Salado no estaba cubierto por las casas, Iglesias y templos que él sabía que algún día habría allí. Pero él tuvo una visión de la gloria y nunca dudó al respecto. Tampoco estuvo solo, porque, a su manera, todos habían visto la gloria del reino, y fue precisamente esa visión lo que los llevó a través de los llanos. Tuvieron que haber visto la gloria; ésta fue su visión y testimonio.

Otro ejemplo que significa mucho para mí es el de mi tatarabuela. Ella se crió en una región muy linda de Inglaterra, un lugar de verdes y onduladas colinas. Sus padres no eran ricos, pero disfrutaban de un bienestar económico considerable para la época; aun así, dejaron todo eso para atravesar el Océano Atlántico, no en un avión de propulsión a chorro ni en un transatlántico moderno, sino que, con un grupo de santos, pudieron alquilar una embarcación en Liverpool, Inglaterra. Lo único que había disponible era un barco que habría de ser abandonado, pero convencieron a los dueños de que se los alquilara para un último viaje a través del Atlántico. Los dueños del barco pensaron; “Bueno, puede ser que llegue». Consiguieron a un capitán y una tripulación que estaba dispuesta a navegar en la vieja y agujereada embarcación.

Cuando habían estado en alta mar por una semana, se desató una terrible tormenta. Como el capitán no quería que el grupo de asustados pasajeros Interfiriera con su tripulación durante la tormenta, simplemente cerró la escotilla para asegurarse de que aquéllos permanecieran en la bodega, bajo la cubierta. De esta manera, no había forma de escapar.

Abajo, en la oscuridad, las cuerdas que ataban los pesados baúles con las posesiones de los santos se rompieron, y los baúles empezaron a deslizarse de un lado al otro de la cabina, de modo que los pasajeros tenían miedo de bajar de las literas y lastimarse las piernas en la oscuridad. Habían llevado a bordo los utensilios de cocina, y todos los platos, fuentes, ollas, etc., rodaban por el suelo, haciendo un estruendo casi tan fuerte como el griterío de los niños que, aterrados en medio de aquella negrura, lloraron toda la noche.

Cuando cesó la tormenta y los santos pudieron subir a cubierta, lo primero que hicieron fue efectuar un servicio religioso para dar gracias al Señor por haberles salvado la vida. Esto impresionó tanto al viejo capitán del barco,’ que, después que los oyó cantar himnos y ofrecer oraciones, les dijo: “Ustedes deben de adorar a un Dios que de veras los quiere, porque a estas alturas era como para que todos estuvieran en el fondo del mar. Durante toda la noche entró agua en el barco y los marineros, se pasaron, con ésta hasta la rodilla, sacándola para salvarse la vida, mientras el barco andaba a la deriva en plena tormenta.”

Todos sabían de antemano que correrían ese riesgo. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué hace la gente cosas como ésa? Creo que ellos percibían la gloria del reino de Dios, y que hay mucha gente que hace cosas heroicas porque, quizás por un momento, ha percibido la importancia de un ideal.

Dedicamos la mayor parte de nuestra vida a hacer tareas comunes, cosas de todos los días: estudiar, Ir de la casa al trabajo y viceversa, limpiar la casa, lavar ropa y todas esas cosas’ que parecen tan monótonas, aburridas y sin atractivo de ninguna clase. Pero de vez en cuando algunos captan la visión de lo que realmente están haciendo, y es eso lo que los hace alcanzar alturas absolutamente sobrehumanas. Estos son los que reflexionan con gran admiración acerca de la historia, y éstos son los que han hecho posible que nosotros disfrutemos de las bendiciones del evangelio bajo circunstancias tan favorables. Deberíamos estarles eternamente agradecidos por ello.

Espero que todos podamos decir que, de alguna manera, hemos visto la gloria. Hay muchas clases diferentes de gloria que podemos ver, pero todas son un reflejo de la de nuestro Padre Celestial.

A veces vemos la gloria a través de los logros de los hijos de Dios. Cualquier cosa buena que sea concebida y lograda por la mente y la mano del hombre es un testimonio de la mente y la mano de nuestro Creador. En mi trabajo en la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio) he visto esta clase de gloria en muchas oportunidades.

Por supuesto que es una buena costumbre mantener los logros del hombre en perspectiva. Sólo tenemos que mirar al cielo nocturno para ver hasta qué grado la obra de nuestro Padre supera a la nuestra. De hecho, con frecuencia he visto esa gloria a través de las bellezas del mundo que nuestro Padre Celestial creó para nosotros.

Las reuniones de capacitación y los experimentos con los contratistas de la NASA me requieren hacer muchos viajes. Para ello, la NASA me ha proveído de un avión a chorro T-38, el cual piloteo como parte de mi entrenamiento como astronauta. Muy a menudo voy al trabajo en avión a una velocidad un poquito menor que la del sonido, y a una altura de 14.000 metros, a donde no llegan los aviones de las aerolíneas comerciales. Tampoco hay montañas que esquivar y, mientras vuelo, me gusta leer Doctrina y Convenios. A veces el cielo está despejado, y entonces la vista es fantástica.

En una oportunidad, pude abarcar una sexta parte de los Estados Unidos con una mirada, y puedo asegurar que es una manera impresionante de ver un país. Desde esa altura no se ve la basura esparcida por las calles; no se oyen las discusiones familiares; y no se está al tanto de los divorcios, la discriminación y la pobreza que nos rodean, sino que es una escena hermosa y maravillosa. Se ve el mundo tal como el Señor lo creó.

Una noche estaba volando sobre la costa oriental de los Estados Unidos a 14.000 metros de altura. Había habido una tormenta grande que había purificado completamente el aire. Toda la costa parecía un gran manto de terciopelo negro sobre el cual alguien hubiera dejado caer puñados de diamantes.

Pero tal vez aún más emocionante que las maravillas de la naturaleza sea la gloria que vemos en la vida de los hijos de nuestro Padre Celestial. Fue en la asamblea solemne en la que el presidente Harold B. Lee fue sostenido como el nuevo Presidente de la Iglesia donde tuve una manifestación espiritual de que ese hombre era un Profeta de Dios, como lo fueron Abraham, Isaías, Pedro, etc. Esas pequeñas revelaciones pueden ayudarnos a trabajar arduamente en el programa de orientación familiar, así como en otras responsabilidades que tampoco se destacan mucho dentro de la Iglesia.

Solía Ir a las reuniones de NASA, en Blnghamton, Nueva York, donde construyen naves para vuelos simulados.

Allí visitaba un pueblo pequeño y abandonado llamado Harmony, en Pensllvanla. Por allí cerca se encuentra el Río Susquehanna, donde hay secciones en que no se ve ni una sola casa, ni vías ferroviarias ni postes telefónicos. No hay nada que lo haga parecer diferente de lo que era cuando José Smith y Oliverio Cowdery estuvieron allí. Uno puede caminar a la orilla del río y decir: “Me pregunto en qué lugar Juan el Bautista les enseñó a bautizarse el uno al otro; en cuál de estas pequeñas colinas o arboledas aparecieron Pedro, Santiago y Juan para ordenarlos al Sacerdocio de Melquisedec”. Allí, uno puede sentir un poquito del espíritu de esos maravillosos acontecimientos.

También he visitado el valle de Adán-ondl-Ahman, al oeste de Misurí, en donde tuve la misma sensación de esa gloria. Las profecías nos dicen que, algún día, allí se llevará a cabo una reunión muy especial, en la cual Adán, que presidirá dicha reunión, pedirá informes de todas las dispensaciones. Entonces aparecerá el Salvador, y Adán le entregará el’ reino para el Milenio. Esa será una reunión muy privada, y es probable que sólo unos cuantos poseedores del sacerdocio se enteren de ella, pero allí uno puede sentir la importancia de ese lugar.

No todas las personas pueden percibir la gloria de Dios. Por ejemplo, hacia fines del siglo pasado un señor llamado Wrlght, líder religioso en la comunidad de Elkhart, estado de Indiana, recibió la visita de un profesor llamado Kelly, maestro de la localidad que estaba tratando de recabar fondos para investigaciones técnicas y quería que Wright le ayudara. En su entrevista le dijo que si la gente concentraba sus esfuerzos por superarse desde el punto de vista industrial y técnico, podría lograr adelantos increíbles para elevar su nivel de vida, y señaló algunos de ellos: Dijo que el hombre podría alargar la duración de su vida, construir casas con comodidades extraordinarias, y que hasta era posible que algún día pudiese llegar a volar como los pájaros. A todo esto, Wrlght le contestó:

“Lo que usted está diciendo es profano. Yo no voy a ayudarlo. Váyase a su casa y ore pidiendo perdón. El pensar que un hombre pueda volar como un pájaro es desafiar la voluntad de Dios.”

Wright tenía dos hijos, Wilbur y Orville, que tuvieron su propia visión de la eternidad y construyeron el primer aeroplano que voló, piloteado por ellos mismos, en el año 1903.

A veces las personas no ven la gloria y otras veces la ven falsificada; desperdician toda su vida buscando El Dorado y la fuente de la eterna juventud; persiguen una Imagen y buscan una Imitación en lugar de algo de valor real.

Esperemos que podamos ver la verdadera gloria y captemos el verdadero espíritu. Es posible que esta generación, que espero sea también la mía, viva para ver la segunda venida del Salvador. Tal vez pasemos por pruebas y adversidades que hagan parecer que el cruzar las llanuras o el hacer un viaje a través del Océano Atlántico en un barco agujereado fuera una empresa fácil. Para poder mantenernos firmes en tales tiempos, necesitamos tener una visión de la gloria de Dios. SI así lo hacemos, si podemos contemplar la gloría del evangelio, de la Segunda Venida, del reino milenario, del reino celestial, esto podrá darnos la entereza y la fuerza que necesitaremos para atravesar nuestros desiertos y soportar el polvo del camino en la cara. Es posible que tengamos que enterrar a nuestros hijos en la llanura o enfrentar cualquier otra tribulación que la vida nos depare; tendremos adversidades como toda generación ha tenido, y puede ser que tengamos más. Pero tendremos que percibir la gloria de Dios a fin de que nos dé la fortaleza que necesitaremos para enfrentar esas dificultades.

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Ayudemos a este matrimonio a progresar!

Febrero de 1984
¡Ayudemos a este matrimonio a progresar!
Por James M. Harper
Es profesor auxiliar de terapia matrimonial y familiar en la Universidad Brigham Young.

La joven a la cual atendí en mi despacho me describió lo que para ella parecía ser un matrimonio “sin esperanzas’’. Se había casado en el templo hacía sólo unos pocos meses, pero las cosas no andaban bien. Me dijo que el romance se iba desvaneciendo y que, entre las responsabilidades del diario vivir, había perdido la atracción hacia su marido. Cuando le pregunté por qué razón él no la había acompañado en esa ocasión, me explicó que su esposo no veía ningún problema en su matrimonio; en seguida, añadió: “En realidad, él es un hombre bueno, pero ya no siento nada por él. El amor que le tenía ha desaparecido.”

Desde aquel día he pensado muchas veces en la dedicación y lealtad a los votos matrimoniales. El Salvador enseñó el principio de dicha dedicación cuando respondió a los fariseos y dijo: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer. . . por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:5-6). La expresión se unirá supone una estrecha adhesión.

El amor es el ingrediente indispensable para que un cónyuge se una estrechamente al otro. “Amarás a tu esposa con todo tu corazón”, ha dicho el Señor, “y te allegarás a ella y a ninguna otra” (D. y C. 42:22). Sin embargo, el término amor tiene diferentes significados para las diferentes personas. Para algunas, el amor es sólo una atracción emocional y física acompañada de Idealización romántica; para ellas, el amor no incluye necesariamente los valiosos conceptos de dedicación a los votos matrimoniales y de estrecha unión entre los cónyuges. Para otras personas, el amor es el sentimiento apacible, sereno y constante que crece entre dos personas que comparten las experiencias trascendentales de la vida. Ambas clases de amor son importantes, ya que ambas contribuyen a los buenos matrimonios. Pero en muchos casos, se exagera el amor romántico al mismo tiempo que falta la debida dedicación a los votos conyugales, la cual conduce a la verdadera unión entre los esposos.

Cuando de joven fui misionero en la República de Corea del Sur, me impresionó el rasgo distintivo de muchos matrimonios coreanos. Cuando se me informó que los casamientos los arreglaban los padres, me pregunté cómo podrían dos personas ser tan unidas sin haber pasado primero por una etapa de amor romántico del uno para con el otro. Por motivo de la estrecha visión que yo tenía en aquel tiempo de la dedicación a los votos matrimoniales, pensaba que los sentimientos románticos constituían la única fuerza de unión. Seguir leyendo

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La observancia de la palabra de sabiduría… con cortesía

Febrero de 1984
La observancia de la palabra de sabiduría… con cortesía
Por el élder Robert E Wells
Del Primer Quórum de los Setenta

Robert E. WellsLa manera de lidiar con los problemas del protocolo cuando somos huéspedes o anfitriones de personas que tienen costumbres diferentes de las nuestras

Debido a que, por varios años, he sido huésped y anfitrión de personas que no son miembros de la Iglesia, con frecuencia se me pregunta cómo se debe actuar cuando uno se enfrenta con un problema de costumbres, particularmente en lo concerniente a la Palabra de Sabiduría. Quizás la mejor manera de contestar esta pregunta sea relatar algunas de las maneras en que yo he procedido en ese tipo de situaciones y compartir algunos de los principios que he aprendido por medio de dichas experiencias.

Primero me referiré al problema de un anfitrión cuando recibe amigos que no son miembros de la Iglesia.

Actualmente, mi esposa y yo pedimos a nuestros Invitados que en nuestro hogar observen la Palabra de Sabiduría. No tenemos ceniceros y, no servimos bebidas alcohólicas ni café; incluso les pido que no fumen en el auto ni en los aviones pequeños que a veces tengo que pilotear. Nunca se ha ofendido nadie, pero no ha sido siempre fácil.

Recuerdo un tiempo difícil, poco después de haber contraído matrimonio. Acababa de regresar de la misión y acepté un cargo para trabajar en uno de los bancos internacionales más importantes en todo el mundo. Nos enviaron a Sudamérica, donde debíamos ofrecer reuniones sociales para nuestros amigos del banco y muchos dignatarios. Durante esos años, aprendí algo muy Importante acerca de las diferentes costumbres; aprendí que todas tienen protocolos sociales y ritos para brindar hospitalidad, amabilidad y acogida; algunos de estos protocolos no Interferían para nada con la Palabra de Sabiduría, pero otros sí. Sin embargo, vimos que en casi todas las situaciones, ya fuera como huéspedes o como anfitriones, podíamos modificar la esencia de dichos ritos sociales y hacer algo que nos permitiera participar de una manera cálida y sincera en la amabilidad implícita en dicho rito.

Por ejemplo, el tradicional brindis con champaña. Cuando yo era el invitado, le pedía al mozo que me diera algún jugo en lugar de champaña. Todo lo que se necesita hacer es hablarle al respecto en cuanto uno llega, sin esperar al momento de brindar, porque no se puede pretender que todos los invitados esperen a uno; una propina al mozo ayuda a que éste tenga presente lo que se le ha pedido. Si se trata de un grupo numeroso, es también conveniente decirle dónde va a estar uno.

Cuando un miembro de la Iglesia es el anfitrión, el problema es más delicado. La primera vez que me enfrenté con una situación así y pude solucionarlo sin dificultades fue en Paraguay, y desde ese entonces he utilizado la misma táctica. Se trataba de un gran banquete, en el que debía ofrecer un brindis al presidente del Paraguay, a los ministros de su gabinete y al país en sí. Uno de los clientes del banco era la nueva compañía municipal de agua potable, la primera que, por primera vez en la historia del país, proveía a la población de agua pura, de buen sabor e incontaminada. Llegado el momento, levanté en alto mi copa de champaña llena de agua y dije en medio de toda aquella gente importante: “No sé lo que tienen ustedes en sus vasos, pero en el mío tengo el más puro de los líquidos: tengo agua de la Compañía Municipal de agua potable de Asunción, y ofrezco un cordial brindis a su Excelencia, el Presidente», etc., etc. El elogio fue sincero y dio resultado. Todos se rieron y nunca nadie olvidó ese “brindis mormón”. Seguir leyendo

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El precio de la paz

Febrero de 1984
El precio de la paz
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyHe elegido este tema por el extraordinario interés que hay en el mundo por preservar la paz… y el obvio fracaso de nuestros intentos. Lamentablemente, en esos esfuerzos, como dijo Pablo, parece que “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:7). También somos, como declaró Isaías, “como sueño de visión nocturna. . . como el que tiene hambre y sueña, y le parece que come, pero cuando despierta, su estómago está vacío” (Isaías 29:7, 8).

Cuando me encontraba en el servicio militar, durante la Primera Guerra Mundial, se nos dijo que estábamos “preparando al mundo para la democracia”, que aquella guerra tenía como objeto dar fin a todo conflicto bélico. Más tarde, al estar mi hijo mayor en el servicio militar, durante la Segunda Guerra Mundial, se les decía que aquélla era para preservar la causa de la paz y la libertad. Y se ha continuado utilizando esta misma explicación en las últimas décadas.

¿Por qué nuestra generación, con todo su conocimiento, ha fracasado tan lamentablemente en su búsqueda de la paz? La única respuesta que puedo dar a esta pregunta es que no estamos dispuestos a pagar por lo que tanto anhelamos. El propósito de mis palabras es explicar cuál es el precio de esa paz.

Hay diversas definiciones de lo que es la paz, pero quizás deberíamos describirla como una armonía consigo mismo, con Dios y con los semejantes. Este concepto encierra todos los demás con que pueda definirse la palabra.

La condición opuesta, de acuerdo con aquellos que preparan los diccionarios, tiene como características la turbación, la guerra, el conflicto, las disensiones, las riñas, la intranquilidad, el dolor.

Consideremos estas dos descripciones, comparándolas con lo que dicen las Escrituras. Primero, desearía aclarar que baso todo mi concepto en éstas, creyendo, como creo, que contienen la palabra revelada de Dios, y que El, conociendo todas las cosas, nos ha dado en ellas la verdad absoluta. Veamos lo que dicen las Escrituras: “Manifiestas son las obras de la carne», nos dice el apóstol Pablo, “que son: adulterio. . . lascivia, idolatría. . . enemistades, pleitos . . . iras, contiendas . . . envidias, homicidios, borracheras … y cosas semejantes a éstas.” (Gálatas 5:19-21.)

Fijaos en cuánto se parecen estas “obras de la carne” al conflicto, las disputas, la contención y la guerra, todo en oposición a la paz y la armonía.

“Más el fruto del Espíritu es amor», continúa Pablo, “gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, “mansedumbre, templanza. . .” (Gálatas 5:22-23.)

Y ésos son exactamente los elementos que forman la paz que buscamos. Al leer esa descripción, ¿no es sumamente claro que lo que debemos hacer para lograr la paz es obtener los frutos del Espíritu? O, para decirlo en otra forma, puesto que Lucifer es “el padre de la contención” (3 Nefi 11:29), que es lo opuesto a la paz, el precio de ésta es la victoria sobre Satanás.

Ya sé que hay quienes niegan la existencia de un ser llamado Satanás. Pero esa posición es falsa, y la auspicia el mismo padre de las mentiras. Esto no es nada nuevo, puesto que los anticristos han negado la existencia de Satanás desde tiempos antiguos. No obstante, la verdad es que Lucifer existe y es un personaje de espíritu, lo mismo que Jesús y nosotros lo fuimos antes de nacer. En el mundo espiritual era un ser de gran capacidad. Isaías se refiere a él, diciendo: Seguir leyendo

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Convirtamos el conocimiento en sabiduría

Noviembre de 1983
Convirtamos el conocimiento en sabiduría
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyHace algunos años, en un artículo sobre los esfuerzos del almirante Roberto Peary, explorador ártico estadounidense, por llegar al Polo Norte, el autor presentaba una analogía que ha cobrado nuevo significado en nuestra época:

“En este viaje, el almirante Peary había andado todo un día en dirección norte, con los perros tirando incansablemente del trineo. Al llegar la noche, cuando examinó el rumbo para tratar de determinar la latitud en que se encontraba, se quedó sorprendido al ver que estaba mucho más al sur de lo que había estado por la mañana. Según parece, durante todo el día había estado moviéndose hacia el norte, pero sin darse cuenta de que iba sobre un gigantesco iceberg que una fuerte corriente oceánica arrastraba en dirección sur.

“Se me ocurre que todos nosotros nos encontramos a veces sobre este iceberg, apresurándonos en una dirección, mientras la tierra se mueve implacable en dirección opuesta.

“Con enorme fuerza y velocidad, nos dirigimos hacia descubrimientos e invenciones que reducen a una insignificancia la exploración de Peary del Polo Norte. En medicina, en tecnología, en alimentos, en materiales, técnicas y procesos, se ha obtenido mayor progreso durante los últimos cincuenta años que en los quinientos anteriores. Pero, al mismo tiempo, nuestra tierra parece estar moviéndose indefectiblemente hacia atrás, arrastrada, no por corrientes oceánicas, sino por corrientes sociales tan amplias y profundas que no las podemos comprender, y menos aún controlar.

“Al examinar nuestro rumbo para determinar la latitud en que se encuentra el ser humano a esta altura de la historia, nos quedamos más sorprendidos y consternados que Peary, al descubrir que estamos mucho más ‘al sur’ de lo que estuvieron nuestros padres y abuelos.

“Los dos primeros tercios del siglo XX han sido testigos de un monumental retroceso con respecto a las esperanzas y aspiraciones del siglo XIX. Por ahora al menos, con todas las nuevas técnicas que tenemos a nuestra disposición para dominar la naturaleza y controlar nuestro propio destino, estamos más lejos que nunca de nuestras metas.» (Sydney J. Harris, Deseret News, 7 de enero de 1964, pág. 14-A.)

Al releer estas palabras, creo que el periodista resumió bastante bien algunos aspectos de la situación actual del mundo. Verdaderamente, la humanidad tiene mayor conocimiento que nunca. “En medicina, en tecnología, en alimentos, en materiales, técnicas y procesos» hemos hecho y seguimos haciendo progresos sin precedentes. Y esos conocimientos no solamente se acumulan tan aprisa que es difícil mantenerse al tanto, aun en los aspectos más especializados, sino que, además, su aplicación está transformando nuestro modo de vida.

Estamos también adquiriendo conocimiento en otros ramos, por ejemplo, aquellos que tienen que ver con la conducta Individual de los seres humanos y sus relaciones entre sí. Sin embargo, lamentablemente no siempre somos capaces de utilizar ese conocimiento en forma provechosa. Este es el caso con el consumo del tabaco, que continúa a pesar de que se sabe perfectamente que aumenta en forma notable el riesgo de contraer cáncer del pulmón. Seguir leyendo

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Lámpara de Jehová

Liahona Octubre de 1983

Lámpara de Jehová

President Boyd K. Packer

Por el élder Boyd K. Packer
Del Quorum de los Doce

No aprendemos lo espiritual exactamente de la misma manera en que aprendemos otras cosas, aunque leer, escuchar y meditar formen parte de ese aprendizaje. He aprendido que se requiere una actitud especial tanto para enseñar como para aprender todo lo concerniente al espíritu. Hay cosas que uno sabe, o puede llegar a saber, que quizás sean difícil explicar a los demás, pero estoy seguro de que así tenía que ser.

¿Qué sabor tiene la sal?
Os relataré una experiencia que tuve antes de ser llamado como Autoridad General, la cual me afectó profundamente. Al viajar en un avión iba sentado junto a un hombre que profesaba ser ateo y que insistía en su incredulidad tan tenazmente que sentí la necesidad de expresarle mi testimonio.

— Está equivocado —le dije— hay un Dios. ¡Yo sé que El existe!
— No lo sabe, ¡nadie lo sabe! ¡No puede saberlo! —protestó él.

Cuando vio que yo no cedía, el ateo, que era abogado, hizo lo que quizás sea la pregunta clave en lo que respecta al tema del testimonio.

— Muy bien —habló en tono despectivo y burlón—, usted dice que sabe. . . Pero, ¿cómo lo sabe?

Cuando traté de responder, no obstante que poseo avanzados grados académicos, no me fue posible comunicar mi certeza.

Algunas veces en vuestra juventud, jóvenes misioneros, os sentís avergonzados cuando el cínico o el escéptico os tratan con desdén a causa de que no tenéis una respuesta inmediata para todo. Ante tal ridículo, algunos se alejan avergonzados. (¿Recordáis la barra de hierro, el edificio grande y espacioso, y la burla?) (Véase 1 Nefi 8:28.)

Cuando usé las palabras Espíritu y testigo, el ateo respondió:

— No sé de qué me está hablando.

Las palabras oración, discernimiento y fe no tenían para él ningún significado.

— ¿Lo ve? —Dijo— en realidad no lo sabe, porque si lo supiera podría decirme cómo es que lo sabe.

Pensé que quizás le hubiera expresado mi testimonio en una forma incomprensible para él, y me sentía confuso en cuanto a lo que debía hacer. ¡Entonces llegamos al punto culminante! En ese momento recordé algo. Me refiero a una declaración del profeta José Smith:

“Una persona podrá beneficiarse si percibe la primera impresión del espíritu de la revelación. Por ejemplo, cuando sentís que la inteligencia pura fluye en vosotros, podrá repentinamente despertar en vosotros una corriente de ideas… y así, por conocer y entender el Espíritu de Dios, podréis crecer en el principio de la revelación hasta que lleguéis a ser perfectos en Cristo Jesús.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 179.)

Al recordar esto, le dije al ateo:

— Permítame preguntarle si conoce el sabor de la sal.
— Claro que sí—fue su respuesta.
— ¿Cuándo fue la última vez que probó sal?
— En la cena que nos sirvieron en el avión.
— Usted cree que sabe qué sabor tiene la sal —le dije.
— Conozco perfectamente el sabor de la sal —insistió él.
— Si le diera una taza de sal y una de azúcar y le permitiera probarlas, ¿podría diferenciar un sabor del otro? ¿Sabría cuál es la sal?
— ¡No sea pueril! —Exclamó el hombre—. Por supuesto que podría reconocer la diferencia; conozco el sabor de la sal, lo siento a diario, lo reconocería sin ninguna dificultad.
— Entonces —le respondí—, imagine que yo nunca he probado la sal, y explíqueme exactamente qué sabor tiene.

Después de quedarse pensativo por un momento, empezó un tanto vacilante:

— Pues… no es ni dulce ni amarga.

Con eso me ha dicho el sabor que no tiene, pero no el que tiene.

Naturalmente, después de varios intentos, no pudo hacerlo. No pudo comunicarme, por medio de las palabras solamente, una experiencia tan común y ordinaria como la de gustar la sal. De nuevo le expresé mi testimonio y fe dije: Seguir leyendo

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El valor, de un Alma

Octubre de 1983
El Valor, de un Alma
Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Primer Quorum de los Setenta

Una guía para maestros orientadores en sus labores con miembros inactivos

Joseph B. WirthlinMi gran preocupación es por los hijos e hijas de Dios entre nosotros, que tan a menudo catalogamos de “inactivos”

En una oportunidad durante su vida mortal, Jesús enseñó:

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso;
«Y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.
“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.» (Lucas 15: 4-7.)

Esta parábola ilustra el gran valor de cada persona a la vista de nuestro Padre Celestial.

En la actualidad, cuando nuestra sociedad es cada vez más compleja, muchas fuerzas se combinan para que la persona se sienta insignificante y de escaso valor, reconocida, a veces, sólo como un número más en las fichas gubernamentales, en las listas universitarias, o en el banco. Como resultado, a menudo concluye que la vida humana es frívola, poco más que una burbuja en la cresta de una ola. Ahora, más que nunca, es necesario que toda persona comprenda el amor que siente un Padre divino en cuya vista el ser tiene un lugar eterno. Más importante que cualquier descubrimiento científico o trocito vislumbrante de conocimiento mundano es el recordatorio del valor del ser humano que el Señor dio a los hombres por intermedio del profeta José Smith:

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!
«Ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18: 15-16.)

Una parábola moderna cuenta de un granjero que logró una plantación de trigo más abundante que cualquier otra que jamás había tenido. Dice el relato que el hombre no podía pensar en más que los tesoros que adquiriría con el dinero que su cosecha obtendría. Todos los días visitaba los campos, admiraba aquel mar de grano rubio, volvía a casa orgulloso y le contaba a su familia de lo rico que pronto sería.

Este mismo granjero tenía un hijito enfermizo que le suplicaba que lo llevara a ver los extensos campos de trigo maduro. El padre consintió, envolvió al niño en una frazada y se lo llevó. Absorto con el tesoro que ante él se desplegaba, el padre no se dio cuenta inmediata de que su hijo ya no estaba a su lado. Pasó algún tiempo antes de que se percatara de que el niño se había alejado, y comenzó a buscarlo entre el trigo, que era más alto que la criatura. Sin lograr encontrarlo, el desesperado padre se apresuró a llegar al pueblo y pedir la ayuda de sus vecinos. Todos acudieron. Formaron una inmensa cadena tomados de la mano y comenzaron a marchar lentamente hacia adelante, pisoteando las gruesas espigas hasta encontrar el cuerpecito del niño. Desolado, el padre lloró la muerte de su hijo, a quien tanto amaba. Se dio cuenta de que el valor de una persona es mayor que el de las posesiones materiales. (Sidney H. Alexander, hijo, “Today’s Crises,” Vital Speeches, 1 de enero de 1963, pág. 185-86.)

Como hijos de Dios, nosotros también debemos darnos cuenta del gran valor de cada persona. En ¡a Iglesia gastamos grandes sumas de dinero y tiempo para “salvar a los muertos» por medio de la genealogía y la obra de! templo, y para enviar a miles de jóvenes (y a otros que están dispuestos a hacerlo) para predicar el evangelio y recoger a los que desean «escuchar la voz del buen pastor». Diligentemente buscamos a toda persona que desee aceptar nuestro mensaje. Seguir leyendo

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El compromiso y la dedicación

Octubre de 1983
El compromiso y la dedicación
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyAl considerar el tema de compromiso y dedicación, he pensado en la cantidad de grandes personajes bíblicos y del Libro de Mormón, así como en los dedicados santos en las primeras épocas de la Iglesia restaurada, todos ellos personas valientes comprometidas en causas sublimes y nobles. Todos nosotros, asimismo, deberíamos sentir de tal manera ese compromiso, que cada uno de nosotros, dentro de su propia capacidad, se eleve a la altura de las normas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Con la esperanza de animarnos a hacer precisamente eso, procuraré que recordemos ciertas cosas que son evidencia del carácter que debemos desarrollar.

No conozco mejor camino a seguir que aquel que emprendieron los hijos de Mosíah. No afirmo haber logrado tanto éxito como ellos, pero he tenido bastante experiencia personal como para saber que la fórmula que ellos utilizaron sirve para todos los que a ella se ciñan.

Ellos, dijo Mormón, “se habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; porque eran hombres de sana inteligencia, y habían escudriñado diligentemente las Escrituras para poder conocer la palabra de Dios.

“Más esto no es todo; se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios.» (Alma 17: 2-3.)

He aquí el gran poder que impulsa a que las cosas en la Iglesia de Dios se lleven a cabo. Sin él, todo lo demás simplemente fracasa.

Los hijos de Mosíah estaban comprometidos a aprender las cosas de Dios. Muy posiblemente no haya otro pueblo en la actualidad que haya hecho compromisos más poderosos con respecto al aprendizaje que los Santos de los Últimos Días. Nuestros compromisos se apoyan en el hecho de que el Señor nos ha dicho que debemos “estudiar y aprender, y familiarizar[nos] con todos los libros buenos y con los Idiomas, lenguas y pueblos”. (D. y C. 90:15.) Ya que, dijo él, “es imposible que el hombre se salve en la Ignorancia” (D. y C. 131:6), es decir, ignorando la verdad. “El hombre no puede salvarse antes de obtener conocimiento,» añadió el profeta José Smith. (History of the Church.)

El Señor también dijo que “la gloria de Dios es la inteligencia» (D. y C. 93:36) y, testificó el profeta José Smith,

“Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección;

“y si en esta vida una persona logra más conocimiento e Inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero.” (D. y C. 130:18-19.)

También dijo el Señor: “Y de cierto os digo, es mi voluntad que os deis prisa para. . . lograr conocimiento de la historia, y de los países y reinos, y de las leyes de Dios y de los hombres, y todo esto para la salvación de Sión.” (D. y C. 93:53.)

Quisiera compartir algunos pensamientos tocante a la necesidad que tenemos de comprometernos en forma total, a dedicarnos íntegramente. Seguir leyendo

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Cristo y la Creación

Septiembre de 1983
Cristo y la Creación.
Por el élder Bruce R. McConkie
Del quorum de los doce apóstoles

élder Bruce R. McConkieNuestro conocimiento de la Creación es limitado. No sabemos el cómo, por qué y cuándo de todas las cosas.

El Señor espera que creamos y comprendamos la verdadera doctrina de la Creación: la creación de la tierra, del hombre y de todas las cosas vivientes. De hecho, tal como veremos, el entendimiento de la doctrina de la Creación es vital para la salvación. Hasta que obtengamos una verdadera perspectiva de la creación de todas las cosas, no podemos esperar esa plenitud de recompensa eterna que de otra manera podría ser nuestra.

Dios mismo, el Padre de todos nosotros, estableció un plan de salvación por medio del cual sus hijos espirituales pudiesen regresar y llegar a ser como Él, y es el evangelio de Dios, el plan del Padre Eterno, el sistema que salva y exalta, y consiste en tres cosas, las cuales son justamente los pilares de la eternidad: la Creación, la Caída y la Expiación.

Antes de siquiera poder empezar a comprender la creación física de todas las cosas, debemos saber cómo estas tres verdades eternas, a saber, La Creación, la Caída y la Expiación, están inseparablemente unidas. Ninguna de ellas puede existir sola; cada una está vinculada a las otras dos, y sin el conocimiento de todas juntas, no es posible comprender la verdad respecto a ninguna de ellas.

La salvación está en Cristo y nos llega por medio de su sacrificio expiatorio. La Expiación de nuestro Señor Jesucristo es el centro de la religión revelada; es la verdad que redime al hombre de la muerte física y espiritual introducida al mundo a consecuencia de la caída de Adán. Todo hombre resucitará porque nuestro bendito Señor murió y volvió a levantarse, siendo así las primicias de los que durmieron.

Es más, Cristo murió para salvar a los pecadores. Tomó sobre sí los pecados de todos los hombres con la condición de que se arrepintiesen. La vida eterna, el mayor de todos los dones de Dios, es accesible al hombre debido a lo que Cristo hizo en Getsemaní y en Gólgota. Él es la resurrección y la vida. La inmortalidad y la vida eterna son los frutos de la Expiación. El hombre no posee lenguaje o manera de expresar que pueda describir la gloria, maravilla y significado infinito del poder liberador de nuestro gran Redentor.

Pero recordad que la Expiación vino a causa de la Caída. Cristo pagó el rescate por la trasgresión de Adán. Si no hubiese habido una Caída, no hubiese habido una Expiación con sus consiguientes inmortalidad y vida eterna. De manera que, tan seguramente como la salvación llega a causa de la Expiación, así también la salvación llega a causa de la Caída.

La inmortalidad, la procreación y la muerte tuvieron su origen con la Caída. Las pruebas y tribulaciones del período de prueba mortal comenzaron cuando nuestros primeros padres fueron echados de su hogar en el jardín de Edén. «Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos; y por su caída vino la muerte; y somos hechos participantes de misericordia y aflicción.» (Moisés 6:48). Una de las declaraciones doctrinales más profundas que jamás se han hecho provino de los labios de Eva, quien dijo: «De no haber sido por mi transgresión, nunca habríamos tenido potestad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes.» (Moisés 5:11).

Recordad también que la Caída fue posible porque un Creador infinito formó la tierra, el hombre y todas las cosas vivientes de tal manera que pudieran caer. Esta Caída suponía un cambio de estado. Todas las cosas fueron creadas de tal manera para que pudiesen caer o cambiar, y así se introdujo el tipo de existencia necesario para poner en operación todos los términos del plan eterno de salvación del Padre.

La primera creación física de todas las cosas era de una naturaleza paradisíaca. En la época del Jardín de Edén, toda forma de vida existía en un estado más sublime y diferente del que actualmente prevalece. La Caída las llevaría a un nivel menor y uno en que podrían progresar. La muerte y la procreación aún tenían que presentarse en la tierra. La muerte sería la dádiva de Adán al mundo, y la dádiva de Dios sería la vida eterna por medio de Jesucristo, nuestro Señor.

De manera que, la existencia provino de Dios, la muerte vino de Adán, y la inmortalidad y vida eterna vinieron por intermedio de Cristo. En el lenguaje preciso y elocuente de Lehi, todos los hombres están en un «estado de probación» debido a la Caída. Y «si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el Jardín de Edén.» Adán estaba entonces en un estado de inmortalidad física, lo que significa que habría vivido para siempre porque aún no existía la muerte. Y nuestros primeros padres no hubieran tenido hijos». Se les hubiera negado la existencia de un período de prueba mortal y una muerte mortal, y es por medio de estas dos cosas, la muerte y las pruebas de la mortalidad, que se logra la vida eterna. Sin embargo, gracias sean dadas a nuestro Dios, «Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo. Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de poder redimir a los hijos de los hombres de la caída.» (2 Nefi 2:21, 26).

Sabiendo todas estas cosas con respecto al plan de salvación, estamos ahora en posición de considerar la Creación de esta tierra, el hombre y todas las cosas vivientes. Sabiendo que la Creación hizo posible la Caída, y que la Caída hizo posible la Expiación, y que la salvación misma ocurre a causa de la Expiación, estamos listos para poner el conocimiento revelado de la Creación en su debida perspectiva. Seguir leyendo

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