Momentos preciosos

Mayo de 1983
Momentos preciosos
Por Ardeth G. Kapp

Ardeth G. Kapp.Aprendamos a considerar los tiempos malos como algo que habrá de pasar, entonces podremos hacer de la vida algo dulce, sin terminar desilusionados o amargados.

Y vivieron felices para siempre” es así como terminan muchos cuentos favoritos. La hermana Nedra Redd, de Calgary, Alberta, Canadá, sabiamente nos recuerda que éstos sólo son finales de relatos ficticios. Nos explica que en la vida hay muchos momentos de felicidad, pero que si esperamos que la vida carezca de dificultades, terminaremos desilusionados. Debemos contar con que habrá problemas y dificultades en el camino. Algunas veces la vida nos maltrata y nos golpea, y no hay manera de evitarlo.

Para ilustrar su punto de vista, se refirió a los gatitos que amó tanto de niña al crecer en Canadá. A dos les puse los nombres de Nicodemo y Rufus respectivamente, nos cuenta sonriendo. Como ustedes saben, los gatos muerden y arañan, pero también son suaves y amorosos. Pienso que si vemos la vida y hacemos planes esperando tiempos buenos así como también algunas mordidas y arañazos —experiencias realmente dolorosas— y aprendemos a considerar los tiempos malos como algo que habrá de pasar, entonces podremos hacer de la vida algo dulce, sin terminar desilusionados o amargados.

La hermana Redd, que ha pasado personalmente pruebas sumamente difíciles en la vida, se detuvo por un momento y luego, en un tono de dulce aceptación y sumisión, contó lo siguiente: Recuerdo que durante los tiempos muy difíciles pensaba que no era así como se suponía que deberían ser las cosas. Pero es así como en verdad deben ser. Hay momentos en los que debemos ser probados; sin embargo, en el transcurso de la vida y en los intervalos oportunos, nuestro Padre Celestial nos provee los momentos de solaz, de alivio; a esos momentos especiales yo les llamo “momentos preciosos”. Compartiendo un poco de su filosofía nos dice: De la misma manera en que Él ha establecido la semana con siete días y ha hecho uno de ellos muy especial, así nosotros tenemos días duros y días en los que no podríamos ser más felices.

Uno de los “momentos preciosos” fue el nacimiento de su primer hijo; no obstante, tres meses después comenzaron las pruebas y tribulaciones de esta vida. Tanto madre como hijo empezaron a padecer poliomielitis; las incertidumbres crecieron y las oraciones se intensificaron. El hermano Redd, su esposo, quien ahora es coordinador de seminarios e institutos en Canadá, se estaba preparando ese mes para iniciar su carrera como maestro de seminario.

Sentimos que en verdad habíamos tratado de hacer lo correcto y que estábamos haciendo lo que el Señor quería que hiciéramos. Teníamos fe en que el Señor nos bendeciría aun en nuestras aflicciones.

Nuestro Padre Celestial nos ha dicho que su pueblo debe ser probado, aun como Abraham, a quien se le mandó que ofreciera a su único hijo (véase D. y C. 101:4). Y así fue que esta pareja fiel fue probada. Sus oraciones fueron contestadas, pero sólo parcialmente. La hermana Redd se curó y quedó sin ningún efecto colateral de la temible enfermedad, pero su querido hijo, el único, resultó lisiado con parálisis en la pierna, los brazos y la espalda. El esplendor de un momento feliz se había desvanecido rápidamente, y los arañazos y mordidas de la vida se convirtieron en una penosa realidad. El hermano y la hermana Redd se vieron forzados a entregar a su hijo al cuidado profesional del hospital para menores ubicado a más de 160 kilómetros, a fin de que pudiera recibir atención especial. Aun después de un año, se encontraba débil y su progreso era lento. Seguir leyendo

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Un Cónyuge Compasivo

Mayo de 1983
Un Cónyuge Compasivo
Por Terrance D. Olson

Estoy convencido de que el Evangelio de Jesucristo es la solución, una muy práctica, de los problemas matrimoniales.

Estábamos preparando todo para hacer un corto viaje a las montañas del norte de Nuevo México; los chicos ya se habían ubicado en el auto, y yo estaba cargando el último de los bultos cuando mi esposa apareció a la puerta y dijo alegremente:

— ¡Bueno, ya está todo listo! Mientras ella cerraba la puerta, la cual tenía ya puesto el seguro, me di cuenta de que no tenía mis llaves. Inmediatamente le grité:
— ¡NO CIERRES LA. . . puerta!

Demasiado tarde.

Mi enojo fue instantáneo y le dije a mi esposa, implicando que ella tenía la culpa:

— ¡Mis llaves están en la casa!

Afortunadamente, una ventana que se nos había olvidado cerrar nos permitió entrar en la casa sin mucha pérdida de tiempo. Con esto, mi enojo se disipó. “Perdoné” a mi esposa por haberme hecho alterar.

Más tarde, al pensar en la experiencia, me di cuenta de que me había sido más conveniente culpar a mi esposa, porque era una manera de justificar mi propio error. Al reaccionar en la forma hostil en que lo hice, hacía aparecer como que ella era la culpable y yo la víctima inocente.

La verdad es que mi enojo no se debió en absoluto a su comportamiento, sino que fue el producto de mi falta de buena voluntad en aceptar la responsabilidad de mis acciones y, obviamente, ella no necesitaba mi perdón, sino que, en verdad, yo necesitaba el de ella.

El verdadero problema era que necesitaba arrepentirme de la actitud que yo había tenido. Si ella hubiera cometido cualquier clase de error, entonces la solución del problema habría radicado en que ella se arrepintiera y yo la perdonara. Pero en este caso, sólo era necesario que yo me arrepintiera, para volver a sentirnos unidos. También comprendí que mi arrepentimiento, el desechar mi resentimiento, habría sido necesario, ya fuera ella culpable o no. Me di cuenta de que no podía ser rencoroso y compasivo al mismo tiempo, ya que éstas son dos actitudes incompatibles.

Este incidente casi sin importancia ilustra algunas verdades importantes acerca del perdón, la caridad y la compasión. He aprendido que estas virtudes cristianas son la base para afrontar tanto los problemas serios como los pequeños que acosan a un matrimonio, y pueden conducir a la unidad, aun en las situaciones más tirantes.

Como consejero matrimonial y familiar, a veces atiendo a personas que sienten que los problemas de su matrimonio son demasiado grandes para poder solucionarlos. Por ejemplo, la hermana Palacios (nombre figurado) era una de estas personas. Ella expresó sus sentimientos de impotencia porque el suyo era un matrimonio sin amor. Cuando le pedí que imaginara su vida un año después y que describiera lo que sería su matrimonio en ese entonces, su expresión pasó de la desilusión a la desesperación. Ella tenía el convencimiento de que su matrimonio no podía cambiar y dudaba de que alguna vez pudiera llegar a querer a su esposo; él estaba totalmente envuelto en su propio mundo, sin importarle nada más. Su esposo nunca tenía tiempo para ella ni para ellos; no la maltrataba, pero se mantenía distante.

Pude ver la situación de la siguiente manera: (1) Ella se sentía impotente ante lo que consideraba un callejón sin salida. (2) Se sentía emocionalmente perturbada por la indiferencia de su esposo. (3) Estaba convencida de que era víctima de las circunstancias, de que se encontraba atrapada en un laberinto y que era desdichada por la actitud de su esposo. (4) Veía el evangelio como un conjunto de buenas ideas que no podían ayudarle en su situación en particular. (Parecía como que ella insistía en que su sufrimiento era una excepción a la cual no se podían aplicar los principios del evangelio.) Seguir leyendo

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Vivamos las enseñanzas del Salvador

Mayo de 1983
Vivamos las enseñanzas del Salvador
Por el presidente N. Eldon Tanner

N. Eldon TannerNunca hasta ahora ha habido una mayor necesidad de que todo el género humano cambie su manera de vivir y viva de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo. Sólo tenemos que leer el diario, escuchar las noticias o conversar con alguien sobre lo que está pasando en todas partes, para sentirnos abrumados por las condiciones del mundo, las naciones o los problemas particulares propios o de otras personas. “¿A dónde nos conducirá todo esto?”, nos preguntamos desalentados. ¿Qué pasa a los líderes de los hombres o de las naciones para que estemos en condiciones tales? ¿Cuáles han sido nuestras fallas?

Podemos encontrar la respuesta a estas preguntas si examinamos los principios del Evangelio de Jesucristo y el hecho de que, en general, la gente no vive de acuerdo con las verdades que en él se encuentran. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de vivir en tal forma que su influencia para el bien se extienda hacia aquellos que, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos (véase Mateo 5:16). Como a menudo se dice, la forma más segura de que el mal triunfe es que aquellos que pueden hacer lo bueno no hagan nada.

Con cinco millones de miembros de la Iglesia en todo el mundo, deberíamos y podríamos ser una buena influencia si cada uno de nosotros viviera como Jesucristo enseñó. ¿Cuándo comprenderemos que la única forma en que podremos evitar el castigo y el exilio eterno de la presencia de nuestro Señor es aceptarlo como nuestro Salvador y obedecer sus mandamientos? Al darnos cuenta de que El dio su vida por nosotros a causa de su extraordinario amor por el género humano, deberíamos esforzarnos con todo nuestro empeño por demostrarle nuestro amor y gratitud por medio de una total aceptación de Él y su palabra.

Examinemos cuidadosamente algunas de las enseñanzas que dejó durante su ministerio. En el Sermón del Monte dijo:

“De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.

“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mateo 5:19-20.)

Y en el mismo sermón declaró más adelante:

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso él camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;
“porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:12-14.)

Y al terminar el sermón dijo lo siguiente:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.
“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;
“y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.
“Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina;
“porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.” (Mateo 7:24-29.) Seguir leyendo

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Mantengamos un equilibrio en nuestra vida

Abril de 1983
Mantengamos un equilibrio en nuestra vida
Por O. Don Ostler

Es maravilloso tener la seguridad de que la meta de nuestro Padre Celestial es guiarnos y enseñarnos, mientras nos vamos moldeando para llegar a ser seres con un equilibrio perfecto como nuestro Salvador.

Afines del mes de abril de 1981 se puso en órbita el primer transbordador espacial, el cual voló alrededor de la tierra durante dos días, transformándose así esto en la primera de una serie de pruebas para determinar la eficacia con que podría funcionar por sí mismo.

Todos esperamos ansiosamente el regreso y aterrizaje del transbordador Columbia en la base aérea Edwards, en California. La precisión del aterrizaje fue fantástica; viajando a 29.000 kilómetros por hora, el transbordador espacial descendió a través, de la atmósfera y redujo la velocidad, para luego hacer un aterrizaje perfecto en una pista de unos pocos de cientos de metros de ancho y algunos kilómetros de largo, apenas un puntito en nuestro planeta.

En cierto sentido, el viaje de nuestra existencia como hijos espirituales de Padres Eternos, a través de las experiencias terrenales, y finalmente, de regreso a las moradas celestiales, es como el del Columbia. En este viaje, necesitamos obtener la clase de experiencia y conocimiento que nos permita regresar a nuestro Padre Celestial, y actuar de manera tal que nos lleve a lograr nuestro potencial eterno. Dónde aterricemos y la manera en que lo hagamos en el más allá depende de todo lo que hagamos aquí en esta tierra.

Lamentablemente, en nuestro regreso a las esferas eternas, no todos podremos alcanzar la meta final, ya que unos sólo llegarán al mundo telestial, otros al terrestre, y algunos aterrizarán en el mundo celestial. Pienso que esta clase de aterrizaje depende grandemente de nuestra habilidad para lograr un inspirado equilibrio en la vida.

El Columbia tuvo éxito porque no sufrió ningún desajuste importante. Guiado por expertos adquirió, satisfactoriamente, el equilibrio justo en velocidad, dirección y tiempo para entrar en el espacio; funcionó perfectamente y regresó sin dificultades. Pero nosotros, como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tenemos una guía infinitamente más segura, porque ésta proviene de Dios, el Autor de nuestra salvación espiritual. En nuestra jornada mortal, se nos han dado como guía las Escrituras y los profetas. Como portavoz del Señor, el presidente Spencer W. Kimball nos recuerda siempre la manera en que podamos asegurarnos la salvación. Seguir leyendo

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El Amor de Dios

Abril de 1983
El Amor de Dios
Por Maureen Derrick Keeler

En los últimos años, todos esos pasajes de escritura que hablan del amor de Dios han tenido un significado muy especial para mí. Por razón de que sus principios se expresan en un lenguaje hermoso, han afectado en diferentes formas mis sentimientos y pensamientos; pero lo más importante de todo es que me siento atraída hacia ellos porque se relacionan con acontecimientos espirituales muy importantes en mi vida.

Una de esas experiencias ocurrió una tarde, durante una época de festividades, cuando con la mente ocupada en la preocupación de los parientes que irían a visitarme, en las tareas todavía sin terminar y en la confusión que reinaba en aquellos momentos en mi casa, trataba de hallar un pasaje de las Escrituras en el que pudiera basar mi discurso para la reunión sacramental del próximo domingo. Todavía no entendía cómo es que había aceptado hablar al pedírmelo el obispo, sabiendo que me iba a ser un poco difícil en aquella oportunidad.

Después de una búsqueda larga y sin buenos resultados, me encontré con el capítulo 11 de 1 Nefi, en el que explica con detalle su extraordinaria visión del nacimiento del Salvador y de su ministerio terrenal. Había leído muchas veces el mismo capítulo, pero fue tal el impacto que sus palabras hicieron en mí aquella noche, que me estremecieron con fuerza. Nefi lo escribe con júbilo:

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! ¿Comprendes el significado del árbol que tu padre vio?

“Y le contesté, diciendo: Sí, es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas.

“Y él me habló, diciendo: Sí, y el de mayor gozo para el alma.” (1 Nefi 11:21-23; cursiva agregada.) Seguir leyendo

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Tomar su nombre sobre nosotros

Tomar su nombre sobre nosotros

Ardeth G. Kapp.Por Ardeth G. Kapp

Un día, hace varios años, al comenzar la primavera tomé de la mano a mi sobrinita y por horas pasamos saltando de piedra en piedra bordeando un arroyito que corría a la sombra de altos árboles. El gorgoteo del agua parecía una melodía que acompañaba a la imaginaria danza, que sin proponérnoslo creábamos al saltar entre las piedras tratando de mantener el equilibrio.

A los pocos momentos, llegamos a un claro del bosque donde recientemente se habían cortado inmensos árboles. Al caminar por entre la alta hierba, todavía conservaba la manito de Cristina en la mía. Ella, a su vez, colocaba un piecito frente a otro, una y otra vez. Vimos cómo los nuevos brotes se esforzaban por abrirse paso entre la húmeda tierra primaveral, y nos fijamos en que ya la nieve se veía sólo en los picos más altos de las montañas. Parecía que toda la naturaleza daba evidencia de las creaciones de Dios y de Su gran amor por nosotros.

Nuestra tarde de esparcimiento continuó hasta que la fresca brisa del anochecer nos hizo recordar que ésta estaba llegando a su fin.

Al acercarnos al angosto y largo caminito del jardín que conduce a mi casa, al tratar de soltar la manito de Shelly para que pudiera caminar delante de mí, por un momento nuestras manos quedaron fuertemente unidas; parecía que habían quedado selladas con el calor de aquel día felizmente compartido.

Antes de llegar a casa nos detuvimos, la levanté en brazos y le mostré el nido que un pajarito había hecho en la rama de un árbol.

Al concluir ese día tan memorable con mi sobrina, nos arrodillamos para orar. Ella expresó su propio agradecimiento, recordando el arroyo, las piedrecitas resbalosas, el gran árbol caído y el nido del pajarito. Al oírla, volví a sentirme agradecida por esas mismas bendiciones; luego la arropé en su cama y le di el beso de las buenas noches. Ella estiró sus bracitos y me abrazó, mientras susurraba:

—¡Ojalá perteneciéramos a la misma familia!
—Pero, Shelly, mi amor —le respondí inmediatamente—, pertenecemos a la misma familia.
—No. Yo quiero decir la mismísima familia. Mi apellido es Larsen y el tuyo es Kapp, y eso no es lo mismo. Yo quiero decir, que fueras mi hermana y que tuviéramos el mismo apellido.

Aunque ella era muy pequeña, pensé que si de alguna forma yo podía explicarle nuestra relación eterna, la niña comprendería mejor la realidad de esa gran verdad y eso le daría confianza.

—Shelly, realmente pertenecemos a la mismísima familia, ya que todos somos hijos de nuestro Padre Celestial. ¡Todos! eso quiere decir que todos somos miembros de una familia muy grande. Somos todos hermanos y hermanas y Jesús también es nuestro hermano, nuestro Hermano Mayor.
—Entonces, ¿cuál es el apellido de Jesús? —me preguntó.
—Mi amor, conocemos a Jesús como “El Cristo”.

Y con la inocencia pura de la niñez comenzó a ligarnos a todos como una familia, poniendo El Cristo detrás de nuestros nombres de pila.

—No, no. No usamos los nombres así.
—Y, ¿por qué no? —me preguntó.

Yo deseaba que ella advirtiera la relación sagrada que tenemos con el Salvador, y procuré explicarle de la única manera que pude:

—Tal vez porque a veces no lo merecemos; por ejemplo, yo todavía no me siento digna.

Al oír mi respuesta, se levantó y se apoyó sobre un codo para preguntarme:

— ¿Qué estás haciendo de malo? ¿Por qué no dejas de hacerlo? Así todos podremos pertenecer a la misma familia y usar Su nombre.

Medité la respuesta a sus sencillas preguntas. Las oí como si fuera por primera vez, y sin embargo, hacía sólo dos días que había asistido a la reunión sacramental y las había escuchado. A menudo las había escuchado con los oídos, pero apenas ahora parecían ser algo diferente; era como si las oyera con toda mi alma.

“. . . que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de tu Hijo, y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos que él les ha dado. . .” (D. y C. 20:77.)

¿No era eso exactamente de lo que estábamos hablando —esa responsabilidad de tomar sobre nosotros ese nombre sagrado y prometer que siempre recordaríamos y guardaríamos Sus mandamientos?

Aun cuando Shelly pareció quedar satisfecha con la explicación de esa noche, yo he buscado alcanzar, a través de los años, un entendimiento más profundo de esta sagrada ordenanza en la cual semanalmente renovamos nuestro convenio de tomar sobre nosotros Su nombre. Aun cuando la Santa Cena se toma el día domingo, ¿qué influencia tiene esta ordenanza en nosotros los otros días de la semana? y ¿de qué manera puede afectar la vida de un niño, un joven o un adulto? ¿Influye en la manera en que vivimos durante el verano, el invierno, y las otras estaciones del año? ¿Debe esta sagrada ordenanza afectar de alguna forma nuestra vida? ¿Podemos darnos el lujo de considerarla pasivamente y permitir que se convierta en algo rutinario?

Cristo vino al mundo “. . .para ser crucificado por el mundo y llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda injusticia; para que por él pudiesen ser salvos. . .”(D. y C. 76:41-42.)

Es imposible que podamos salvarnos por nosotros mismos. Fue Cristo quien sufrió, murió y expió por nuestros pecados. Fue en el Jardín de Getsemaní que su sufrimiento llegó más allá de toda comprensión humana, donde el peso de nuestros pecados produjo en El tal agonía, dolor y quebranto que causó que “sangrara por cada poro” y sufriera “tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). Cuando comprendemos por medio del Espíritu la magnitud de lo que aconteció en

Getsemaní, sentimos que ese gran amor que el Salvador tiene por nosotros es el que nos da la fortaleza necesaria para hacer frente a las dificultades y sufrimientos, y aun cuando éstos no se pueden comparar con la grandeza de su agonía, nos ayudan a vencer nuestros pecados.

¿Podremos alguna vez comprender un amor así? Es por medio de la Expiación que, si tan sólo cumplimos con nuestra parte, nos rescatará, redimirá, salvará y exaltará. Nuestra parte, entonces, consiste en aceptar la expiación de Cristo arrepintiéndonos de nuestros pecados, entrando en las aguas del bautismo, recibiendo el Espíritu Santo y obedeciendo todos los mandamientos.

“Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.” (Tercer Artículo de Fe.)

Cuando fuimos bautizados y nos convertimos en miembros de su Iglesia, hicimos convenios con el Salvador de tomar Su nombre sobre nosotros. ¿Recordamos ese convenio bautismal todos los días, haciendo todo lo que desearíamos hacer con respecto a tan importante acontecimiento en nuestra vida?

Como miembros de la Iglesia, todos nosotros podemos participar de la Santa Cena, una ordenanza divina del sacerdocio, que nos ayuda a recordar la expiación del Salvador, y a tener siempre presente nuestro progreso diario hacia la exaltación. Es un recordatorio precioso y sagrado; no es sólo un acontecimiento dominical sino algo que nos ayuda cada día de la semana, cada día del año; cuando alcanzamos lo más alto de nuestros logros y también cuando nos hallamos en el pozo más profundo de la desesperación. Lo que es tan cierto para Shelly y para mí, como para el resto de la humanidad, es que nuestro Salvador nos ama inmensamente.

Con respecto al Hijo de Dios, leemos:

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases. . .: Tomará sobre sí los dolores y enfermedades de su pueblo. . .

“y sus enfermedades tomará sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos.” (Alma 7:11-12.)

El profundo entendimiento que el presidente Marión G. Romney tiene tocante a la oportunidad que tenemos de recibir la Santa Cena ha causado un cambio en mi actitud al respecto. Él dijo:

“El participar de la Santa Cena no ha de ser simplemente una experiencia pasiva. No debemos recordar el sufrimiento y muerte del Señor simplemente como recordaríamos algún acontecimiento totalmente histórico o secular. La participación de la Santa Cena debe constituir una experiencia vital y espiritual. Refiriéndose a ella, el Salvador dijo: ’. . . Y será un testimonio al Padre de que siempre os acordáis de mí’ (3 Nefi 18:7).

“A fin de poder dar testimonio, la mente debe de estar alerta y compenetrada en aquello de lo cual se testifica. No sólo hemos de participar de la Santa Cena en memoria del Redentor, testificando que siempre nos acordemos de Él, sino que también debemos, de la misma manera, dar testimonio al Padre de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de su hijo y que guardemos sus mandamientos.

“Hay una doctrina popular en el mundo en la actualidad que dice que el pan y el vino de la Santa Cena se transforman literalmente en la sangre y carne de Cristo. Nosotros no enseñamos tal doctrina, porque sabemos que cualquier transformación que ocurre al participar de la Santa Cena se suscita en el corazón de los que lo hacen con amplio conocimiento. Son las personas que participan de ella quienes, en forma individual, quedan afectadas de la manera más maravillosa, porque se les da el Espíritu del Señor para que las acompañe.” (En Conference Report, abril de 1946, pág. 47.)

En aquellos momentos en que nos sentimos menos dignos, menos cómodos de llevar sobre nosotros Su sagrado nombre y somos más conscientes de nuestras imperfecciones; en aquellos momentos cuando la carne es débil y el espíritu se decepciona porque sabe lo que podríamos llegar a ser, tal vez sintamos el deseo de alejarnos, de retirarnos, de apartarnos por lo menos por algún tiempo hasta ser más dignos de esa divina relación con el Salvador. Es en ese preciso momento, a pesar de nuestra indignidad, que se nos ofrece nuevamente la oportunidad de aceptar la dádiva de la Expiación, aun antes de que realicemos el cambio necesario. Cuando sintamos el impulso de alejarnos, vayamos hacia Él. En vez de resistir, sometámonos a su voluntad.

Es en nuestras luchas, al esmerarnos por mejorar, que nuestro espíritu se eleva con mayor humildad y gratitud, y estamos mejor preparados para recibir la dádiva que tan desesperadamente necesitamos —de hecho, que debemos obtener a fin de recibir nuestra recompensa eterna.

El propósito del convenio que hacemos al tomar la Santa Cena está siempre vigente. La dádiva es aún más preciosa cuando nos preparamos para utilizarla como corresponde. Ahora le podría decir a Shelly: “Sí, mi amor, puedes poner mi nombre con el del Señor.” El dijo que podíamos hacerlo; El desea que lo hagamos; El quiere que nos sintamos cómodos tomando Su nombre sobre nosotros.

Cuando tenemos más necesidad de ello, ese don divino puede llegar hasta nuestro corazón y cumplir su propósito.

Debemos acercarnos al altar de la Santa Cena, sintiendo hambre y sed de justicia. Ese es el momento para hacer una autoevaluación, el momento para rectificar nuestro andar, si es necesario, y decidir que pondremos nuestra vida en orden. Es el momento y sitio para juzgarnos a nosotros mismos, para llegar a comprender mejor la magnitud de ese don sagrado y divino, la Expiación, y la realidad que es poder tener su Espíritu con nosotros para dirigirnos en todo aquello que hagamos.

Mientras nos acercamos paulatinamente a ese nivel espiritual, comenzamos a experimentar esa relación estrecha que aceptamos mantener con El cuándo estábamos en nuestra existencia premortal por la cual ayudaríamos a obrar la salvación y la vida eterna de todos los que habían estado de acuerdo con el plan.

Cuando el Espíritu se convierta en nuestro compañero constante, cada día de nuestra vida será distinto, porque este Espíritu se reflejará en nuestro hablar, en nuestra labor diaria, en nuestros estudios, en la calle, en la tienda. . . Poco a poco, y día a día, nuestra conducta será más generosa, nuestras relaciones serán más consideradas, nuestro deseo de servir será más constante, y nos hallaremos haciendo el bien, siempre. Entonces, no sólo habremos tomado Su nombre sobre nosotros, sino que también habremos “recibido su imagen en” nuestro rostro. (Véase Alma 5:14.)

Esto mismo se verificó en los tiempos de Jesús. Se admitieron unos pocos hombres en el círculo íntimo de Su amistad, y, día a día, sus primeros discípulos comenzaron a ser más considerados y comprensivos, a crecer espiritualmente y a tener poder, fortaleza e influencia.

Para Pablo el cambio fue aún más dramático. Camino a Damasco, encontró al Señor, y desde ese entonces, sus palabras y hechos, su carrera y hasta su diario andar fueron diferentes.

¿Hemos tenido nosotros un encuentro así en nuestro “camino a Damasco”, o tal vez una experiencia menos dramática? Cuando la hayamos tenido, podremos presenciar milagros; los comprenderemos mejor y aun tomaremos parte en ellos. Nuestra vida cambiará cuando comencemos a interesarnos los unos por los otros, así como nuestro Salvador se interesa por nosotros. Desearemos, entonces, enseñarnos mutuamente en la manera en que Él nos enseñaría. Ansiaremos sentir la espiritualidad de compartir nuestro testimonio de las cosas de las que El da testimonio. Y cuando nos encontremos será así como alguien ha dicho: “No intercambiaremos palabras, sino corazones.” No tendremos este intercambio tan sólo con amistades o seres queridos, sino con toda persona por la cual tengamos alguna pizca de responsabilidad eterna. Con el Espíritu, se nos permitirá ver las cosas, no como el mundo las ve, sino como El las ve, y aprenderemos a dar “oído a la voz de [su] Espíritu”. (D. y C. 112:22.)

El presidente Romney, dirigiéndose a un grupo de hermanas que eran relevadas de sus puestos en la Iglesia dijo:

“Ruego que el Señor os ayude cada día de vuestra existencia para que podáis tener el Espíritu con vosotras. Es algo maravilloso procurar saber y vivir en forma de poder oír y responder a la voz del Señor. Allí está el consuelo de esta vida. . . Escuchad la voz del Espíritu y tened la habilidad de percibir lo que Él os dice. Luego, tened el valor de seguir ese consejo.”

Consideremos ahora, en este preciso momento a nuestro vecino más cercano, ése que vive al lado o enfrente de nuestra casa. ¿Podremos estar en armonía tal con el Espíritu como para tratar de ver en esa persona lo que el Salvador ve? ¿Podremos compartir con ese hermano o hermana algo que le ayudaría a aliviar su carga, o hacer su vida más feliz? ¿Podríamos ayudarlo a tener mayor entendimiento, o aumentar su esperanza, y todo de la manera en que creemos que el Salvador lo haría? ¿Podríamos hacerlo? ¿Lo haríamos?

Con la oportunidad que cada uno de nosotros tiene esta semana de vivir de acuerdo con los convenios que hace al tomar la Santa Cena, ¿podemos sentir en nosotros la fuerza creciente y el deseo y la firme determinación de allegarnos a otros? Consideremos seriamente qué verdad poseemos en forma de testimonio que podríamos enseñar a otras personas y enseñémosla en conjunto con el Salvador, aun a aquellos que son casi extraños para nosotros, pero que de todas maneras son nuestros hermanos.

Si procuramos hacerlo con sinceridad, nos sentiremos rodeados por un algo placentero y apacible; las voces serán más tranquilas, los corazones más sensibles; nos invadirá un profundo sentimiento de interés y sentiremos el Espíritu mientras servimos en Su nombre. Será una experiencia espiritual del tipo que anhelamos sentir y que podemos tener cuando nos acordamos de Él y tenemos su Espíritu con nosotros.

Es al allegarnos a los demás que nos ponemos en la situación de ser considerados Sus hijos y somos más dignos de Su nombre. Son nuestras labores diarias, nuestros deberes aparentemente rutinarios, nuestras relaciones familiares las que pueden indicar que somos dignos de llevar Su nombre. Cuando estemos en la Iglesia, viajando, en el mercado, en el aula de clase, y más importante aún, en nuestro hogar, procuremos ver a los demás de la manera que consideramos que El los ve y, sintiendo el potencial divino que hay en cada uno, aprovechemos la oportunidad de compartir una verdad eterna que llevará nuestro sello personal, porque somos dirigidos por el Espíritu.

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:34-35.)

Cada hecho de nuestra vida puede convertirse en un compromiso con el Señor cuando tomamos Su nombre sobre nosotros. Y cuando no somos lo que quisiéramos, a pesar de nuestro esfuerzo por llegar a la perfección, nos hallaremos esperando ansiosamente, con un sentido más profundo de gratitud que nunca, el día de reposo y el momento de participar de la Santa Cena, para poder experimentar esa gloriosa transformación que nos hace sentir bien espiritualmente cuando de nuevo nos comprometemos a seguir Sus pasos.

Con un nuevo día y una nueva semana llega también una nueva oportunidad, y con ella la ocasión de percibir el Espíritu más profundamente, poder interesarnos con más sinceridad y ser más sensibles al sentir de los demás; tener un propósito mayor cuando enseñamos y recordar siempre al Señor para tener su Espíritu con nosotros.

Al tomar la manito de Shelly por última vez, antes de salir de su cuarto esa noche, me invadió un sentimiento de gratitud y reverencia al darme cuenta de que así como su manito había estado en la mía la mayoría de la tarde mientras cruzábamos el arroyo, saltábamos entre las piedras y ella contemplaba el milagro de la vida en un nido, también me había encaminado hacia el comienzo de una búsqueda que me daría mayor conocimiento de una gran verdad eterna. Es la verdad que el rey Benjamín nos explicó así:

“Ahora pues, a causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de él, porque he aquí, hoy él os ha engendrado espiritualmente; pues decís que vuestros corazones han cambiado por medio de la fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de él y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas.” (Mosíah 5:7.)

Todos podemos ser miembros de la misma familia. Si estamos haciendo algo incorrecto, consideremos la pregunta de Shelly: “¿Por qué no dejas de hacerlo?” Tal vez no sea fácil, pero con la ayuda del Señor podemos vencer cualquier obstáculo.

Liahona Abril 1983

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Y… Lloró amargamente

Abril de 1983
«Y… Lloró amargamente»
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyUna vez que la Ultima Cena hubo concluido, Jesús y sus discípulos salieron de Jerusalén y se dirigieron al Monte de los Olivos. Sabiendo que pronto tendría que pasar la amarga prueba, El habló con aquellos a quienes amaba y les dijo:

“Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche…” (en otras palabras se apartarán del verdadero sendero).
“Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.
“Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.
“Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré.” (Mateo 26:31, 33-35.)

Poco después sobrevino la agonía terrible en el Jardín de Getsemaní, a la que siguió la traición de uno de sus Apóstoles. Cuando los que prendieron a Jesús lo llevaban ante el sumo sacerdote Caifas, “Pedro le seguía… hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin” (Mateo 26:58).

Mientras la farsa del juicio continuaba y los acusadores de Jesús le escupían el rostro, le daban puñetazos y lo abofeteaban, una criada vio a Pedro y le dijo:

“Tú también estabas con Jesús el galileo.
“Más él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.
“Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.
“Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.
“Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.
“Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.
“Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.” (Mateo 26:69-75; cursiva agregada.)

¡Qué palabras tan patéticas! Pedro, queriendo afirmar su lealtad, su determinación, su resolución, le dijo a Jesús que nunca lo negaría; sin embargo, el temor a los hombres le dominó y fue agobiado por sus propias flaquezas humanas, y entonces, al sentir la presión de sus acusadores, su temple y su resolución se desmoronaron y, dándose cuenta de su pecado y debilidad, salió del lugar y “lloró amargamente”. Seguir leyendo

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Es malo ser “diferente»?

Marzo de 1983
¿Es malo ser “diferente»?
Por el élder William Grant Bangerter
Del Primer Quórum de los Setenta

William G. BangerterUno de los grandes pasajes de las Escrituras se encuentra en la Primera Epístola de Pedro en la cual nos dice la clase de personas que debemos ser. Yo pienso en esto especialmente relacionado con la juventud:

‘‘Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1 Pedro 2:9.)

No sé si todos los jóvenes entienden lo que se espera de ellos como miembros de la Iglesia de Jesucristo, pero somos una generación escogida, hemos sido llamados del mundo por medio del conocimiento de la restauración del evangelio, para vivir en estricto acuerdo con los principios del Evangelio de Jesucristo. Llegamos a ser “real sacerdocio” al ser bendecidos por las ordenanzas del evangelio y sellados a otras personas en la tierra.

“Y haré de ti una nación grande y te bendeciré sobremanera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu descendencia después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.” (Abraham 2:9.)

Nos convertimos en “nación santa” por las bendiciones que se nos administran. Las podemos contar, y en algunos casos empiezan al poco tiempo de nuestro nacimiento cuando recibimos un nombre y una bendición. Posteriormente recibimos la bendición del bautismo y la confirmación en la Iglesia; a esto le sigue una bendición patriarcal en el tiempo debido, para guiarnos y dirigirnos en nuestro paso por la tierra. Los jovencitos reciben el Sacerdocio Aarónico, y la bendición continúa cuando reciben el Sacerdocio de Melquisedec. Las hermanas reciben las bendiciones del sacerdocio en sus hogares, en sus barrios, en sus matrimonios, y en sus experiencias en el templo. Todos los miembros de la Iglesia tienen el derecho especial de recibirlas por medio de sus padres, cuando se les bendice por motivo de enfermedad, o en muchas otras ocasiones en su vida. Todo esto nos hace una nación santa.

La última parte de la explicación que nos da Pedro nos dice que somos un “pueblo adquirido por Dios”, lo cual significa que somos diferentes. No sé si a los jóvenes les gustaría saber que, desde ese punto de vista, se les podría catalogar de “raros”; por supuesto, éste a menudo no es un término halagador. Pero el hecho es que no somos simplemente como los demás, y debido a esta diferencia algunas personas nos llamarían “anticuados”.

He tenido muchas experiencias que me han ayudado a comprender que el tener fama de “anticuado” no siempre es malo. Seguir leyendo

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Honra a tu padre y a tu madre

Marzo de 1983
Honra a tu padre y a tu madre
Por el élder Hugh W. Pinnock
Del Primer Quórum de los Setenta

Hugh W. PinnockRecuerdo que cuando tenía diecisiete años de edad, mi padre, con razón, comenzó a criticarme cuando hacía algo mal. Esto llegó a molestarme, y un día .me volví a él y le dije:

—Papá, deja de criticarme; ésta es la primera vez en mi vida que soy adolescente.

Mi padre, de una manera enternecedora me contestó:

—Hugh, también es la primera vez en mi vida que soy padre.

Con esto, quizás sin darse cuenta me enseñó una gran lección. Como jovencito, tenía responsabilidades hacia mis padres y tenía que ser paciente con ellos, en la misma forma que yo esperaba que ellos lo fueran conmigo y me comprendieran.

Durante todo su ministerio, Jesucristo se refirió a la relación que Él tenía con su Padre Celestial; El enseñó a sus discípulos:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” (Juan 6:38.)

Con frecuencia, Jesús recordaba este mandamiento a aquellos con quienes se vinculaba:

“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.” (Éxodo 20:12.)

Este mandamiento es casi tan antiguo como la religión misma. El no solamente se lo había dado al antiguo Israel, sino que lo repitió al hombre que le preguntó: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16.) Entre los mandamientos que el Salvador le reiteró se encontraba éste:

“Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 19:19.)

Estos son mandamientos afines, y con mucha razón.

El Salvador nos enseñó a honrar y a respetar a nuestros padres terrenales, sabiendo que lo que llegamos a ser depende grandemente de lo que recibamos de ellos. Y también, a todos, incluyendo a los padres, nos exhortó a volvernos como niños (véase Mateo 18:3), “porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14). Pienso que El espera que los padres realcen la absoluta pureza e inocencia, la total ausencia de picardía o engaño, y otras virtudes como las de Cristo, que todo niño posee cuando nace en esta vida mortal.

Muchas de las actitudes de una persona provienen directamente de sus padres. Cuando un padre enseña los privilegios y las ventajas de cumplir las normas del Evangelio de Jesucristo, y lo hace de una manera amorosa, sus hijos usualmente responden aceptando dichas enseñanzas y aplicándolas en su vida. Seguir leyendo

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Lo que salvó nuestro matrimonio

Marzo de 1983
Lo que salvó nuestro matrimonio
Por Judith Long

Vamos a tratar de salvar nuestro matrimonio, o vamos a dejarlo que fracase? —me preguntó.

Hacía sólo siete meses que nos habíamos casado. Yo estaba sentada en la cama, embarazada de seis meses y las lágrimas me corrían por las mejillas mojándome el camisón. ¡No podía dar respuesta a la pregunta de mi esposo!

Jim no era miembro de la Iglesia. Era alférez de navío en un destructor de la Marina de los Estados Unidos, en el puerto de San Diego, California, y tenía que salir en maniobras durante toda una semana y luego trabajaba en tierra la siguiente. A él le encantaban su trabajo, sus amigos de a bordo, y también el momento de regresar a casa. Pero yo, encontrándome sola una semana entera de cada dos, en una ciudad desconocida, lejos de mis familiares y amigos y completamente inactiva en la Iglesia, a menudo me dejaba hundir en un estado de depresión. Los malestares propios del embarazo y mi cuerpo cada día más pesado no contribuían en nada a mejorar mi actitud. ¡Me sentía como atrapada!

Al finalizar las semanas en el mar, mi marido volvía a casa con su optimismo característico, esperando encontrar allí una esposa feliz y sonriente. Pero después de una semana de solitaria espera, mi estado de ánimo no era precisamente alegre.

Una nube oscura y funesta iba cubriendo nuestro hogar. Las dudas me asaltaban y ni siquiera estaba segura de amarlo; por su parte, él no parecía comprenderme ni darse cuenta de mis necesidades. ¿Esa era la gran felicidad conyugal que se suponía debíamos tener? Habíamos tratado de analizar el problema serenamente, pero cada vez que lo hacíamos, sólo encontrábamos soluciones superficiales, sin llegar al fondo del asunto.

Ese día, sentados frente a frente, vimos que nuestro matrimonio se tambaleaba peligrosamente. ¿Qué podíamos hacer? Como una sombra amenazadora se levantó entre nosotros la palabra divorcio. ¿Era eso lo que buscábamos? Tenía tal significado de algo final, absoluto y permanente que nos hizo estremecer. Pero ¿cómo podríamos cambiar?

Nos quedamos en silencio, meditando. De pronto, Jim levantó la vista y me dijo: Seguir leyendo

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El evangelio de arrepentimiento

Marzo de 1983
El evangelio de arrepentimiento
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEstamos tan agradecidos a nuestro Padre Celestial por habernos bendecido con el evangelio de arrepentimiento, que es el eje de todo el plan del evangelio. El arrepentimiento es la ley de progreso del Señor, es su principio para nuestro desarrollo y su plan para nuestra felicidad. Estamos muy agradecidos por tener su clara promesa de que el pecado y el error pueden reemplazarse con un arrepentimiento sincero y completo, cuyo premio será el perdón.

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, dijo el Maestro. (Mateo 11:28.)

El aspecto glorioso del arrepentimiento es que las Escrituras están tan llenas de las promesas de perdón del Señor como de sus mandatos a arrepentimos, a cambiar nuestra vida y a vivirla conforme a sus hermosas enseñanzas.

Dios es bueno. Él está ansioso por perdonarnos. El desea que nos perfeccionemos y mantengamos control sobre nosotros mismos. Él no quiere que Satanás u otros controlen nuestra vida. Debemos aprender que la obediencia a los mandamientos de nuestro Padre Celestial es el único camino para llegar a tener un control total de nuestra vida, que es la única senda para encontrar gozo, verdad y satisfacción total en esta vida y en la eternidad.

De esta manera, el Señor nos ha dicho a aquellos a quienes ha dado a conocer estas verdades en esta última dispensación:

“No prediquéis sino el arrepentimiento a esta generación; guardad mis mandamientos, y ayudad a que salga a luz mi obra, según mis mandamientos.” (D. y C. 6:9.)

“Así que, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo.” (D. y C. 18:14.)

Cuando los primeros santos se dirigían a Misuri, el Señor instruyó a los líderes de la siguiente forma:

Spencer W. Kimball“Prediquen por el camino y den testimonio de la verdad en todo lugar, llamando al arrepentimiento al rico y al noble, al plebeyo y al pobre.

“Y organicen ramas de la Iglesia, si se arrepienten los habitantes de la tierra.” (D. y C. 58:47-48.)

Hoy es nuestro día para arrepentimos. Es un día en el que debemos estudiar cuidadosamente nuestra propia situación y cambiar de manera de vivir, si nos fuera necesario. Seguir leyendo

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La crítica…

Febrero de 1983
La crítica…
Por Dan Workman

La crítica puede ser uno de los mayores obstáculos para el amor; pero por otra parte, éste es también el método más eficaz para sobreponernos a la crítica.

Habían llegado los maestros orientadores, y apenas se habían sentado para hablar con la familia, cuando el hijo adolescente se apresuró a preguntar:

— ¿Cómo podemos decir que la nuestra es la única Iglesia verdadera, cuando algunos de mis mejores amigos no son mormones y creen tanto en la veracidad de su religión como nosotros en la nuestra?

Una mirada al padre del joven dio por resultado un leve encogimiento de hombros como diciendo: Nosotros ya hemos tratado de contarle. Ahora les toca a ustedes. El mayor de los maestros orientadores quedó en silencio un momento, v después dijo: —Bueno, Carlos, tu pregunta me parece sincera. Me recuerda algo que me sucedió cuando yo mismo tenía un par de años más de los que tú tienes ahora. Cuando me alejé de la casa de mis padres y decidí ir a la universidad por primera vez, metí en las valijas ciertas ideas fijas que tenía. Llamémoslas prejuicios. Pensaba que dejaba la vida simple de una granja, donde había llevado una existencia protegida, para ir a una gran ciudad inicua, donde tendría que poner a prueba en todo momento los principios que se me habían enseñado; esto, por supuesto, no sucedió. Me sorprendió que la mayoría de mis compañeros fueran personas excelentes. Algunos de ellos concurrían a una iglesia distinta de la mía, y otros ni siquiera iban a ninguna. Al observar su comportamiento, a veces me preguntaba si yo habría sido capaz de ser tan honrado como muchos de ellos si no me hubiera criado con las creencias de la Iglesia Mormona. Tal vez tú mismo te hayas hecho esa pregunta.

Carlos asintió con la cabeza, y el maestro orientador continuó.

—De manera que, cuando decimos que somos miembros de la única Iglesia verdadera, no estamos diciendo que somos superiores a otras personas ni que somos los únicos que se preocupan por hacer el bien. Queremos decir que ésta es la única Iglesia que el Señor ha autorizado, por medio del poder del sacerdocio, para predicar su evangelio y efectuar las ordenanzas necesarias para la salvación. Queremos que todas las personas posean este conocimiento, que es de beneficio para su vida espiritual…

La charla continuó tranquilamente. Después de buscar el pasaje que dice: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5), y algunos otros similares, Carlos sintió que había recibido una respuesta satisfactoria a su pregunta.

La respuesta del maestro orientador a la pregunta que inquietaba a Carlos ilustra una variedad de principios que pueden ayudarnos a enfrentar la crítica de manera positiva y eficaz.

  1. No se sobresalte; esté preparado. A veces los maestros orientadores tienen que contestar preguntas o declaraciones que parecen criticar a la Iglesia, los principios del evangelio, otros miembros o líderes de ella.’ La manera de responder a tales críticas puede dejar una impresión duradera en las familias a quienes se les asignó ayudar. Pero, si los maestros orientadores se preparan para contestar de una forma razonable, ejerciendo su influencia “por la persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro” (D. y C. 121:41—42), rara vez habrá ocasión de sorprenderse, sentirse avergonzado, o de que se desate una lucha de opiniones.

La contención y la discusión no tienen lugar en el programa de orientación familiar. Al responder con suavidad y confianza, este maestro orientador preparó la vía para que Carlos estuviera de acuerdo con su razonamiento, una vez que el muchacho estuviera listo para hacerlo. Seguir leyendo

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Todo el que procure salvar su vida

Todo el que procure salvar su vida

Gordon B. Hinckley

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Aquel que se olvida de sí en el servicio a sus semejantes evolucionará y progresará, tanto en esta vida como en la eternidad.


Mace varios años, en una mañana dominical, me encontraba en la casa de un presidente de estaca, en un pequeño pueblo de Idaho. Antes de la oración matutina toda la familia se reunió para leer algunos versículos de las Escrituras, entre los cuales se leyeron algunas palabras de Jesús que se encuentran registradas en Juan 12:24:

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Sin duda alguna el Maestro se estaba refiriendo a su propia muerte que habría de venir, declarando que a menos que El muriera, su misión en la vida sería totalmente en vano. Sin embargo, para mí estas palabras contienen un significado adicional; me parece que el Señor nos está diciendo a cada uno de nosotros que a menos que nos perdamos a nosotros mismos en el servicio a nuestros semejantes, estamos viviendo una vida sin gran propósito. Y continúa diciendo:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” (Juan 12:25.)

O, como se encuentra en el Evangelio de Lucas:

“Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará.” (Lucas 17:33.)

En otras palabras, aquel que sólo se preocupa por sí mismo se marchitará y morirá, mientras que aquel que se olvida de sí en el servicio a sus semejantes evolucionará y progresará, tanto en esta vida como en la eternidad.

Esa mañana en la conferencia de estaca, el presidente con quien yo había estado fue relevado después de trece años de haber servido fielmente. Se podía percibir el amor y el aprecio que todos sentían hacia él, no por su riqueza material, ni por su posición en la comunidad, sino por el gran servicio que había prestado en forma tan desinteresada. Sin ningún deseo de obtener beneficio personal, había manejado miles y miles de kilómetros bajo toda condición de clima, y literalmente había pasado miles de horas sirviendo a los demás. Había dejado a un lado sus asuntos personales para ayudar a quienes necesitaban de su ayuda, y al hacerlo se había convertido en alguien muy especial para aquellos a quienes había servido.

Ese día un nuevo presidente tomaba su lugar, y había muchos que se sentían orgullosos de él y felices por la oportunidad que se le presentaba. Sin embargo, había un hombre que se sentía más orgulloso y feliz que todos los presentes y ocupaba el lugar del secretario de la estaca, un cartero rural de profesión. Él había sido quien doce años antes, en forma tranquila y paciente, persuadiera al vecino, que se encontraba totalmente inactivo, a que regresara a la Iglesia,

Hubiera sido mucho más fácil no haberse inmiscuido en la vida de su indiferente vecino, y hubiera sido más fácil también simplemente haberse olvidado de los demás y dedicado a su propia vida. Sin embargo, él había dejado a un lado sus intereses personales para preocuparse por alguien, y ese alguien se convertía aquel domingo en un líder respetado y honorable de una gran estaca de Sión. En el momento en que toda la congregación sostenía a su nuevo presidente, el hombre que ocupaba la mesa del secretario derramaba lágrimas de gratitud. Por medio de su ejemplo él había llevado nuevo sentido a la vida del hombre que esa mañana era sostenido como presidente de estaca.

En una ocasión alguien dijo una frase de gran significado:

“Cuán cuidadosamente la mayoría de los hombres pasan por esta vida sin dejar huella alguna, mientras que de vez en cuando uno o dos, al olvidarse de sí mismos, pasan a la inmortalidad.” Seguir leyendo

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El está cerca, dispuesto a ayudarnos

Diciembre de 1982
El está cerca, dispuesto a ayudarnos
Por el élder Ted E. Brewerton
Del Primer Quórum de los Setenta

Teddy E. BrewertonNunca nadie debe dar cabida a la idea de que está solo, porque tenemos muchas evidencias para demostrar lo contrario. Nosotros, como hijos e hijas literales de un Dios viviente, tenemos todos los derechos de saber que nuestro Padre Celestial nos ama y que siempre está disponible y deseoso de ayudamos. De todas maneras, debemos tener en cuenta que Él puede ver más allá de todas las cosas y, conociendo mejor que nosotros nuestras verdaderas necesidades, nos ayuda de acuerdo con su propia sabiduría. Por esta razón, es de suma importancia que confiemos en El.

Por medio del profeta José Smith, el Señor nos hace llegar esta invitación reconfortante:

“Junto con este mandamiento que os doy, de llamarme mientras estoy cerca. . .

“Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá.” (D. y C. 88:62-63.)

Cuando yo servía como presidente de misión en América Central, tuve la oportunidad de conocer a un misionero que tuvo una maravillosa experiencia, la cual demuestra la proximidad del Señor y su deseo de ayudamos en momentos de necesidad. Este élder apenas era algo mayor que el resto de los misioneros. Era converso a la Iglesia y, después de haber estado en el servicio militar, se había preparado para ir a la misión. Cuando recibió su llamamiento, fue al centro de capacitación misional en Salt Lake City y estando ya allí, se preguntó: “Yo tengo un testimonio, ¿pero dónde está? Si en la misión voy a gastar mis propios ahorros, debo saber en verdad si José Smith fue un verdadero Profeta de Dios”.

Esa noche se hincó en su habitación y abrió su corazón a nuestro Padre Celestial, rogándole le hiciera saber si José Smith era realmente un profeta. Para su desilusión, no tuvo una experiencia que le diera la confirmación que deseaba, de modo que, al día siguiente, continuó asistiendo a las reuniones. Era el día en que una Autoridad General iba a dirigirles la palabra. Sin mucho interés, se sentó en la parte de atrás, detrás de otros 305 misioneros. Cuando el presidente N. Eldon Tanner entró en la habitación, el élder pensó: “Pues él tiene el mismo aspecto que cualquier otro hombre de negocios bien vestido; esto no quiere decir que parezca un profeta”. Seguir leyendo

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Antes del llamamiento

Diciembre de 1982
Antes del llamamiento
Por David R. Mickel

Algunos presidentes de misión aconsejan cómo prepararse para una misión regular

Se siente un magnetismo especial en la casa de la misión a la llegada de nuevos élderes y hermanas. Los recién llegados se notan ansiosos y el personal de la misión está entusiasmado ante la posibilidad de ayudarles a adaptarse rápidamente dentro del sistema del proselitismo. El presidente de la misión está ansioso también por asegurarse de que para cada misionero la misión sea una hermosa y compensadora experiencia al servicio del Señor.

El presidente de la misión hace entrevistas personales a los nuevos élderes y hermanas, y rápidamente se da cuenta de que algunos están entusiasmados y otros preocupados, algunos son tímidos y otros se sienten orgullosos, pero todos demuestran interés en saber la mejor forma de cumplir sus llamamientos. A medida que aprenden y progresan, casi todos se van transformando en buenos misioneros.

Hay algunos que parecen estar excepcionalmente bien preparados ya desde el comienzo de su misión. Si un presidente tuviera la oportunidad de compartir sus observaciones sobre sus trabajadores más eficaces, ¿qué diría?

Entrevistas hechas a varios presidentes y ex presidentes de misión en el mundo indican que muchos de aquellos misioneros que son más felices y tienen mayor éxito comienzan a prepararse para su servicio mucho antes de que el sobre de las Oficinas de la Primera Presidencia, en Salt Lake City, Utah, llegue a su casa. Hablamos con el presidente Roland R. Wright de la Misión Nueva York—Ciudad de Nueva York, con el presidente Marión C. Robinson de la Misión Uruguay—Montevideo, con el presidente Ben E. Lewis de la Misión Inglaterra—Londres, con el presidente Lindsay R. Curtís de la Misión California—Oakland, y con el presidente R. Dean Robinson de la Misión Francia—París. He aquí un resumen de sus sugerencias a aquellos que se preparan para «embarcarse en el servicio de Dios”.

¿Existen algunas características personales específicas que la gente joven que planea servir en una misión regular deba tratar de desarrollar?

El presidente Lewis dice:

“Deben tener el deseo de servir al prójimo. Deben desarrollar una actitud de optimismo y felicidad, y ser capaces de ver las cosas buenas en la gente y no sus fracasos y faltas. Necesitan ser obedientes a los mandamientos del Señor y no tratar de oponerse a los reglamentos. Necesitan obtener un firme testimonio del Salvador y pasar cierto tiempo preparándose para conocer a fondo las Escrituras.”

El presidente Dean Robinson está de acuerdo.

“Mis mejores misioneros tienen fe en que el Señor les dirigirá en sus esfuerzos si se imponen metas. Literalmente invocan los poderes del cielo.” (Véase D. y C. 121:36.)

Agrega que los buenos misioneros han aprendido a llevarse bien con su Padre Celestial, y lo hacen a menudo durante el día.

El presidente Lewis también explica que los élderes y hermanas que desempeñan bien su deber son los que parecen haberse sobrepuesto a la nostalgia, porque saben cómo hacerlo.

“A veces”, dice, “un corto período de la universidad les ayuda a obtener un panorama más amplio sobre otras gentes y culturas; pero nunca deben ir a la universidad en vez de cumplir una misión, en el caso de personas que están capacitadas para servir.”

Todos los presidentes están de acuerdo en que la dignidad es esencial.

“Los misioneros deben vivir una vida recta antes de llegar a la misión; deben aprender cómo mantenerse a sí mismos bajo control”, el presidente Lewis dice. “El vocabulario y los hábitos personales deben ser irreprochables”.

¿Qué más deben hacer para prepararse aquellos que desean salir como misioneros?

“Los cinco puntos básicos deberían comprender la obediencia, el sacrificio, el trabajo intensivo, la oración y la fe. La fe hace posibles las cosas imposibles; abre el entendimiento y las puertas cerradas. Hasta que los misionemos no aprenden a entender y a andar por la fe, (véase 2 Corintios 5:7) no son eficaces”, dice el presidente Dean Robinson. Seguir leyendo

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