La Iglesia Cristiana

Diciembre de 1982
La Iglesia Cristiana
Por T. Edgar Lyon

Los cristianos del siglo XX, empeñados en reconstruir la historia de los principios de la Iglesia, comprendieron claramente la gran deuda que tienen con un escritor del primer siglo de nuestra era, un médico llamado Lucas, autor del Evangelio que lleva su nombre y del libro Hechos de los Apóstoles. En realidad, ambas obras componen una historia de la fundación del cristianismo.

A pesar de lo mucho que apreciamos los escritos de Lucas, hay muchos detalles que desearíamos que él hubiera registrado. No hay en ellos ningún registro de la organización de la Iglesia en los días de Jesús, ni de los oficiales que dirigían, sus correspondientes títulos, o la autoridad que tenían. Tampoco menciona el término con que se denominaba a la comunidad cristiana en Jerusalén, ni qué pensaban los judíos cristianos acerca del templo y sus alrededores, de los sacrificios diarios que ofrecían allí los sacerdotes levitas o del día sabático que guardaban los judíos. Quizás esa falta se debiera a que Teófilo, a quien están dedicadas ambas obras, estuviera tan familiarizado con todas esas cosas que Lucas no viera ninguna necesidad de hablarle de ellas.

El progreso de la Iglesia
En el libro Hechos de los Apóstoles continúa la narración sobre la comunidad cristiana, que había quedado en suspenso al finalizar el Evangelio que él escribió. Luego de la ascensión del Señor Jesucristo desde el Monte de los Olivos, Lucas relata una reunión de los santos en Jerusalén, “cómo ciento veinte en número” (Hechos 1:15). Pedro había dicho que los Apóstoles tendrían que seleccionar candidatos entre los cuales se eligiera uno que llenara la vacante dejada por Judas Iscariote, y había mencionado dos condiciones que ese hombre debía poseer: Tenía que haber andado con Jesús y sus discípulos desde el bautismo del Salvador, y haber sido un testigo de la resurrección de Cristo. De acuerdo con estos requisitos, encontraron dos hombres que parecían igualmente calificados; entonces oraron al Señor pidiéndole que, por conocer El corazón de las personas, les indicara “cuál de estos dos has escogido” (véase Hechos 1:24). Luego fueron inspirados para elegir a Matías, quien pasó a formar parte de los Doce. Es muy significativo notar la insistencia de los Apóstoles en que la Iglesia fuera guiada por el Espíritu y no por el discernimiento humano.

Después de esto, Lucas conduce a sus lectores a un emocionante acontecimiento ocurrido diez días después de la ascensión de Jesús, durante la festividad judía de la Pascua. Él nos dice que en aquel día memorable, estando reunidos los judíos procedentes de diferentes provincias del Imperio Romano en un lugar que no se menciona, ocurrió en los Apóstoles una milagrosa manifestación de lenguas extranjeras. Los que los oyeron se admiraban de que aquellos galileos pudieran enseñar el evangelio en idiomas desconocidos para ellos. (Véase Hechos 2:1-37.)

Luego de esa milagrosa manifestación, Pedro hizo un extraordinario resumen de la misión mesiánica de Jesucristo, testificando que era el Redentor del mundo, y que había resucitado. Los de la congregación, comprendiendo súbitamente su necesidad de arrepentirse por haber rechazado al Maestro como su Mesías, le preguntaron a Pedro cómo podrían escapar al castigo que tan justamente merecían. Este les respondió predicándoles los primeros principios del evangelio, y Lucas registró que “aquel día como tres mil personas” entraron en la Iglesia por medio de las aguas del bautismo. (Véase Hechos 2:37-42.)

Como consecuencia de otro acontecimiento extraordinario, hubo más conversos que se unieron a la Iglesia. Pedro y Juan habían ido al templo “a la hora novena, la de la oración” (Hechos 3:1), y al entrar encontraron en el portal a un mendigo que pidió dinero a Pedro. Este le respondió que no tenía nada, pero le dijo: “lo que tengo te doy”, y sanó al hombre, que había sido inválido de nacimiento. Este milagro, presenciado por muchas personas, atrajo a todo el pueblo “al pórtico que se llama de Salomón”. Allí Pedro les habló recordándoles la forma en que ellos había rechazado a Jesús de Nazaret como su Mesías y los llamó al arrepentimiento por tan grave pecado. Lucas registra que esa prédica fue tan elocuente que “muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil”. (Véase Hechos 3:11,4:4.)

Los santos “tenían en común todas las cosas”
El entusiasmo que reinaba entre el gran número de personas que se convirtieron en ambas ocasiones y el compromiso que hicieron de llevar una vida de hermandad eran tales que, de acuerdo con las enseñanzas del evangelio acerca del interés y el cuidado que se debían los unos a los otros, deseaban compartir entre sí todo lo que poseían: Seguir leyendo

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El mensaje de los cuatro Evangelios

Liahona, Diciembre de 1982

El mensaje de los cuatro Evangelios

Por Robert C. Patch

Al comenzar nuestro estudio, en 1983, de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, un conocimiento de los antecedentes de cada libro nos facilitará la comprensión de lo que contienen. En este artículo, el hermano Patch considera el significado de la palabra evangelio, por qué se les llama así a los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento, y cómo estos cuatro relatos, aunque diferentes, refuerzan y suplementan un testimonio unido de Cristo.


Evangelio es la versión española de una palabra griega, euaggelion, que significa buena nueva. Según parece, Jesús utilizó la expresión por primera vez en la sinagoga de Nazaret cuando afirmó que Dios le había ungido para predicar las buenas nuevas (véase Lucas 4:18; también Isaías 61:1).

Cabe preguntarse: ¿Qué es, precisamente, el evangelio? La revelación moderna perfecciona la definición. En D. y C. 76:4-44, el término evangelio comprende los conceptos relacionados con la misión de Jesús en el mundo: Que El vino para ser crucificado, para llevar sobre sí los pecados del mundo, para santificarlo, y para glorificar al Padre salvando a todos, menos a los hijos de perdición.

En otras dos revelaciones, evangelio encierra además las doctrinas tan importantes del arrepentimiento, el bautismo y el bautismo de fuego del Espíritu Santo para que se le pueda enseñar al individuo “las cosas apacibles del reino” (D. y C. 39:6).

El Libro de Mormón indica que cuando los doce discípulos de Jesús le preguntaron acerca del nombre de la Iglesia, el Salvador aclaró que sería su Iglesia si se la llamara por Su nombre y si estuviera fundada sobre su Evangelio. (Véase 3 Nefi 27:1-10.)

El evangelio, aparte de las ideas halladas en Isaías y Doctrina y Convenios, incluye otros cuatro conceptos: Que El vino para cumplir la voluntad del Padre, que el ser humano será levantado de la muerte para ser juzgado, que el mundo será juzgado, y que El glorifica al Padre. (Véase 3 Nefi 27:13-14, 16, 19; también Juan 14:13.)

Con la ayuda, pues, de la revelación moderna, podemos expresar las acepciones del término evangelio en la siguiente forma:

  1. La misión de Jesús es autorizada por el Padre y lo glorifica.
  2. Su Sacrificio redentor y muerte en la cruz hacen posible la santificación del mundo.
  3. Por medio de su propia resurrección, Jesús abrió las puertas de la prisión de la muerte.
  4. Así como los hombres de Su época lo levantaron sobre la cruz, así también el Padre levantará al hombre de la muerte para comparecer ante Jesús en el juicio.
  5. La exhortación de arrepentirse se da “a los extremos de la tierra” (D. y C. 1:11).
  6. Sólo aquellos que son santificados por la fe, el bautismo y por el Espíritu Santo pueden purificarse.

Por estas razones la proclamación del evangelio puede llamarse acertadamente la buena nueva; Jesús en Nazaret aplicaba este significado de la expresión, que también se halla en el Libro de Mormón y Doctrina y Convenios. Seguir leyendo

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Las bendiciones del ayuno

Diciembre de 1982
Las bendiciones del ayuno
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyUna de las enseñanzas importantes que el Señor nos ha dado es la de ser generosos en el pago de nuestras ofrendas de ayuno; por lo tanto, quiero que sepáis que al hacerlo recibiremos grandes recompensas, tanto de carácter espiritual como temporal. El Señor mismo dijo que la eficacia de nuestras oraciones dependía de nuestra generosidad hacia los necesitados (véase Alma 34:28).

En los días de Isaías las gentes murmuraban diciendo:

“. . . ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido.”

Y el Señor les contestó así:

“¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová?”

¡Cuán semejantes son nuestras acciones! Cuando ayunamos somos propensos a tener dolor de cabeza, y en ocasiones hasta fingimos estar muriéndonos de hambre. El Señor le hizo esta pregunta al antiguo Israel:

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí. . .

“. . . que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras. . .?

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.

“Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. . .

“y si dieres tu pan al hambriento, y saciares el alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía.”

Pensad en esas maravillosas bendiciones que han sido prometidas a quienes contribuyan generosamente al cuidado de los pobres y los afligidos.

“Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan.” (Isaías 58:3, 5, 6-10, 11.) Seguir leyendo

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Hoy mismo!

Noviembre de 1982
¡Hoy mismo!
Por el élder Derek A. Cuthbert
Del Primer Quórum de los Setenta

Derek A. CuthbertHazel, nuestra hija adolescente, tiene un letrero en la pared de su dormitorio que contiene un mensaje sencillo pero vital: “Hoy es el primer día del resto de tu vida”, posiblemente una aseveración bastante exacta, pero que bien podríamos examinar y meditar dentro del contexto del evangelio.

El día de hoy es como una encrucijada, un punto crucial en el cual se divide nuestra vida entre el pasado y el futuro. Si nuestro pasado no ha estado en armonía con el Señor, pero nos arrepentimos y hoy somos personas diferentes, Él no lo recordará. Por el contrario, si nuestro pasado está lleno de buenas obras —servicio en el sacerdocio, servicio caritativo, servicio en el campo misional— en nada nos beneficiará si hoy no somos fieles.

Es la manera en que nos comportamos hoy en pensamientos, palabras, obras e intenciones lo que en verdad determina al lado de quién estamos. El Señor ha hecho hincapié en esto continuamente por medio de los profetas de la antigüedad y de los de esta última dispensación. Por intermedio de Ezequiel proclamó:

“La justicia del justo no lo librará el día que se rebelare. . .

“Y cuando el impío se apartare de su impiedad, e hiciere según el derecho y la justicia, vivirá por ello.” (Ezequiel 33:12, 19.)

En los últimos días hemos recibido la misma promesa por medio del profeta José Smith:

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y, yo, el Señor, no los recuerdo más.” (D. y C. 58:42.)

El arrepentimiento, el cambio y la conversión deben acontecer hoy. ¿No somos todos acaso pecadores por comisión u omisión? ¿No fallamos todos en llevar a cabo lo que nuestro Padre Celestial espera de nosotros, sus hijos? Qué gran bendición es la de poder comenzar de nuevo, sin que el Señor tome en cuenta lo pasado. El apóstol Pablo dio un maravilloso consejo en cuanto a esta bendición cuando exhortó a los santos de Éfeso diciendo:

“. . . despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,
“y renovaos en el espíritu de vuestra mente,
“y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24.) Seguir leyendo

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Podemos substituir al señor?

Noviembre de 1982
¿Podemos substituir al señor?
Por Paul James Toscano

Nunca olvidaré el día en que recibí mi último cambio como misionero. Ya lo esperaba, pues el presidente había indicado que habría cambios entre los líderes misionales y yo estaba seguro de que sería nombrado líder de zona para los últimos seis meses que me quedaban en la misión.

Cuando me llegó la noticia, nerviosamente abrí el sobre y saqué la carta, escrita en el papel membretado de la misión. Rápidamente busqué en la página mi nueva asignación y, para mi consternación, no encontré lo que estaba buscando.

Me invadió una sensación de temor y sentí que se me formaba un nudo de dolor en la boca del estómago. Volví a leer la carta, esa vez con más atención. La asignación era para terminar la misión como compañero mayor en Génova, ciudad del norte de Italia situada a orillas del Mar Tirreno. Y nada más.

Hice grandes esfuerzos por esconder de mi compañero la amarga desilusión que sentía, pero comprendí que él se daba cuenta de que algo me había pasado. Afuera, los rayos del sol primaveral se filtraban a través de las nubes y la luz vespertina bruñía los adoquines de las calles y aceras de Florencia. En las ventanas de los edificios las macetas con flores ponían una nota de color.

Los tacos de nuestros zapatos golpeaban acompasadamente mientras caminábamos por los angostos pasajes que conducían al Mercado del Cerdo, un lugar de ventas al aire libre llamado así por el gran cerdo de bronce que guarda uno de sus muchos portones de entrada. El mercado estaba lleno de mujeres que palpaban suavemente las verduras y las frutas maduras; en los portales se veían colgados quesos de bonitas formas y sartas de chorizos que despedían un fuerte aroma; había puestos adornados con hilos y cintas y con piezas de telas multicolores: sencillos lienzos, ricos damascos, cálidas lanas, finos encajes, y cueros bien curtidos y suaves que todavía conservaban su olor característico. Mesas y mostradores estaban atestados de ídolos de madera, tapetes, cuadros, estatuillas de mármol y delicadas piezas de cristal de Venecia; por todos lados se oía el bullicio característico de los clientes que regateaban y los vendedores que se movían con destreza entre su mercancía. Seguir leyendo

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Defended vuestras convicciones

Agosto de 1979
Defended vuestras convicciones
Por el élder James E. Faust
Del Consejo de los Doce

(Discurso pronunciado en la Conferencia de Área de Canadá, en agosto de 1979.)

James E. FaustMis queridos hermanos y hermanas, siempre es un placer para mí reunirme con los santos.

La Iglesia a la cual pertenecemos tiene ahora un reconocimiento mundial. Representa muchas virtudes, incluyendo la integridad, la honestidad y un alto propósito moral. Y como institución defiende y practica algo que es contrario a las normas y moralidad actuales.

Nosotros, los miembros de la Iglesia, tenemos una identidad particular. Cada uno de nosotros es un ejemplo, ya sea fuerte o débil, bueno o mediocre.

Quisiera hablar de la importancia de que cada miembro defienda y observe plena, completa y abiertamente lo que la Iglesia debe representar en nuestra vida.

En Apocalipsis hay una fuerte amonestación para aquellos que no se manifiestan ni en pro ni en contra de algo:

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!

“Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15-16.)

Se me ha persuadido, casi en contra de mi propio criterio, a que os relate una historia. Os pido que seáis pacientes y me perdonéis, porque se trata de una experiencia personal.

En 1942, aciago año de guerra, me inscribí en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos como soldado raso. Una fría noche, me asignaron a servir de guardia durante la noche entera. Al caminar por mi puesto tiritando y tratando de mantenerme despierto, medité y reflexioné a lo largo de esa miserable noche. Ya para la mañana había llegado a algunas conclusiones bastante firmes.

Estaba comprometido para casarme, y comprendía que no podría mantener una esposa con el pago que recibía como soldado raso. Pensaba que tendría que llegar a ser oficial. Al cabo de un par de días, después de esa noche de guardia, hice solicitud para inscribirme en la escuela de entrenamiento de oficiales. Poco después, en el día fijado, se me notificó, junto con algunos otros, que compareciera ante la Junta de Investigación, la cual examinaría mi aptitud y calificaciones. Estas últimas eran muy escasas, pero había cursado dos años de estudios universitarios y había cumplido una misión para la Iglesia en Sud América. Además, tenía veintidós años y gozaba de buena salud. Como era tan carente de calificaciones, me alegró poder poner en el formulario de solicitud que había sido misionero para la Iglesia.

Las preguntas que me hicieron los oficiales de la Junta de Investigación me sorprendieron. Casi todas se concentraban en mi servicio misional y mis creencias: “¿Fuma usted?”

“¿Qué opina usted de otros que fuman y toman?” No me fue difícil contestar éstas.

“¿Acostumbra usted orar?” “¿Piensa usted que un oficial debe orar?” El oficial que me hacía estas últimas preguntas era un aguerrido militar de carrera y no me parecía ser una persona que orara muy frecuentemente. Pensé: “¿Le ofendería si le respondiera según realmente creo? ¿Debería darle una respuesta neutral y decir solamente que la oración es un asunto personal?” Deseaba mucho ser oficial para no tener que pasar las noches en vela como guardia y cumplir otros deberes insignificantes, pero mayormente para que mi novia y yo pudiéramos tener los medios para poder casarnos. Seguir leyendo

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Al dar bendiciones del sacerdocio

Noviembre de 1982
Al dar bendiciones del sacerdocio
Por Dennis L. Lythgoe

Los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec tienen el privilegio y la autoridad de participar en la ordenanza del sacerdocio de bendecir a los enfermos.

“¿Está alguno enfermo entre vosotros?” escribió Santiago. “Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.”

A la par de la autoridad, no obstante, viene la gran necesidad de actuar por medio de la fe y la inspiración:

“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará. . .” (Santiago 5:14-15.)

La fe, la inspiración y la autoridad son todas esenciales al dar bendiciones del sacerdocio.

Una vez escuché al élder Matthew Cowley, un Apóstol de nuestro siglo, contar el relato de una bendición solicitada por el padre de un recién nacido en Nueva Zelanda. Cuando estaba a punto de empezar, el padre del niño, un maorí, le dijo: “Al darle el nombre, por favor, dele también la vista ya que nació ciego”.

“Me sentí abrumado”, dijo el élder Cowley. “Dudé, pero sabía que dentro de aquel polinesio existía la simple fe de un niño, una fe que no estaba opacada por la sicología ni la sabiduría de los hombres, sino una fe sencilla en Dios y en las promesas que Él ha hecho por medio de su Hijo Jesucristo. Le di el nombre al niño y finalmente me armé de suficiente valor para bendecirlo con la vista.

“. . . Lo vi hace pocos meses. Ahora tendrá seis o siete años, corre por todos lados y puede ver tan bien como yo.”

Una experiencia de gran influencia en mi propia vida tiene que ver con una excelente hermana maorí, también de Nueva Zelanda, mientras servía una misión en ese lugar. Estando enferma de gravedad la llevaron al hospital para ser sometida a una operación; yo dudaba de que sobreviviera, debido a su excesivo peso y a su avanzada edad.

Me pidió que la bendijera y me dijo:

— ¡Élder, sé que me pondré bien si usted me da una bendición!

Sentí profundamente la responsabilidad que tenía y oré al lado de su cama antes de dársela. Entonces recibió una bendición que nos sorprendió tanto a mi compañero como a mí, por ser tan positiva; y me preocupé, pues temí que me hubiera dejado llevar por mis propios deseos de verla recuperada. Pero ella me tomó de las manos y me dijo:

—Gracias, élder. Lo veré el próximo domingo en la capilla.

No le creí; sin embargo, la operación fue un éxito, la recuperación total, y la hermana en verdad asistió a la reunión de testimonios el siguiente domingo. Aunque físicamente débil, se levantó para agradecer al Señor elocuentemente por haberla ayudado en aquel momento crucial. En esta circunstancia su fe jugó un papel preponderante en la bendición.

Sin embargo, es importante que recordemos que a veces los deseos del Señor son diferentes de los nuestros. Como agentes suyos en el cumplimiento de deberes del sacerdocio, es esencial que seamos receptivos a su inspiración. Un misionero que conocí tuvo una experiencia muy significativa al dar una bendición. Estaba trabajando en un proyecto de remodelación de una capilla en Nueva Zelanda cuando el presidente de la rama, que hacía algunas reparaciones en el techo, perdió el equilibrio y se estrelló contra el pavimento. Inmediatamente, el misionero corrió a su lado y pronunció una expresiva oración prometiéndole la vida y la completa restauración de la salud. Minutos más tarde, el presidente de la rama falleció. Seguir leyendo

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Los templos y la obra que se realiza en ellos

Noviembre de 1982
Los templos y la obra que se realiza en ellos
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyLos templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son una significativa forma de expresar a todo el mundo la fe que los millones de santos tenemos en la inmortalidad del alma. Todo lo que se lleva a cabo en estos templos sagrados se basa en la creencia de que todo ser mortal que ha vivido o viva sobre la tierra es realmente inmortal. Para aquellos que visitan estos lugares sagrados del Señor, esto es más que una creencia, es un hecho basado en una fuerte convicción personal.

Si no existiera tal convicción, las enormes cantidades de dinero que se gastan para la construcción y el mantenimiento de los templos no tendrían ningún objetivo, ni tampoco las incontables horas de servicio que allí se prestan.

Por supuesto, hay muchos que creen en la inmortalidad del alma. Todo cristiano que acepta la resurrección del Salvador como un hecho real cree en la inmortalidad del alma. De la misma manera, muchos que no son cristianos enseñan que la vida es eterna. Desde el principio de los tiempos, la muerte ha sido para la raza humana un gran misterio. Los hombres y mujeres de todas las épocas han reflexionado sobre la misma pregunta que se hizo Job: “Si un hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14.) Su respuesta se encuentra en las enseñanzas del Salvador y sus profetas, cuyas declaraciones sobre la vida eterna son tan claras que brillan como la luz del mediodía. Las palabras que Jesús dirigió a la desconsolada Marta se han convertido en un pilar de fortaleza para aquellos que creen:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:25-26.)

De la misma manera, las palabras de Pablo testifican de la redención divina a través de los siglos:

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Corintios 15:22.)

Verdaderamente, la salvación vino a todo el género humano a través del Hijo de Dios, quien dio su vida para que todos pudieran vivir nuevamente.

Pero existe una meta más allá de la resurrección: es la exaltación en el reino de nuestro Padre, y la podremos alcanzar únicamente mediante la obediencia a sus mandamientos. Comienza con el hecho de que lo aceptamos como nuestro Padre Eterno y a su Hijo como nuestro Salvador viviente, e incluye la participación en varias ordenanzas, todas las cuales son importantes y necesarias. La primera de ellas es el bautismo por inmersión, sin la cual, de acuerdo con el Salvador, una persona “no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Este bautismo va acompañado del nacimiento del Espíritu, el don del Espíritu Santo. Luego, con el correr de los años, el hombre es ordenado al sacerdocio y, consecuentemente, los hombres y mujeres dignos reciben la bendición de poder entrar en el templo. Estas bendiciones del templo incluyen el lavamiento y la unción para poder estar limpios ante el Señor; abarcan una ceremonia de investidura en la que recibimos instrucciones y contraemos obligaciones y se nos prometen bendiciones que nos inducen a comportamos de acuerdo con los principios del evangelio. También incluyen las ordenanzas selladoras por las cuales todo lo que se ate en la tierra “será atado en el cielo” (véase Mateo 18:18) para la continuidad de la familia. Seguir leyendo

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Así como El

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
Así como El
Por el élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce

Mark E. PetersenSí, sabemos quién es, este Cristo del cual hablamos. ¡Y sabemos que vive!

Él es la luz y la vida del mundo; por eso cantamos:

“Jesús es mi luz
y no temeré.” (Himnos de Sión, 226.)

Como Santos de los Últimos Días, reunidos esta noche en diversos lugares, gozosamente damos testimonio a todo el mundo de que Jesús de Nazaret es ciertamente el Cristo, nuestro Salvador, el divino Hijo de Dios.

Pero es aún más; es nuestro Creador, pues hizo todas las cosas en el cielo y en la tierra. Y más aún, es también nuestro Amigo.

A Él le adoramos, el Hijo de Dios.

Le obedecemos, nuestro Salvador y Redentor.

Le amamos, nuestro bondadoso Amigo.

Pero Él requiere obras de nosotros. No está satisfecho ni es feliz sólo con nuestra adoración, sino que requiere servicio, nuestro servicio diario en su Iglesia y Reino. Y nos pide que nos unamos a Él en la obra de salvación, una obra de salvación para nosotros y los demás. Ha dicho: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios;. . . Así que sois llamados”, cada una de vosotras, cada uno de nosotros, todos nosotros somos llamados para ayudarle a llevar luz y gozo eterno a nuestra propia vida y a la vida de los demás. (Véase D. y C. 18:10-14.)

Es el Señor mismo quien nos llama. Y, ¿cuál es su propósito? ¡La preparación para su segunda gloriosa venida!

Jesús vino al mundo como ser mortal, hace muchos siglos. Predicó el evangelio en Palestina, reunió a sus amigos y conversos y organizó su Iglesia con sólo un puñado de miembros.

Al enseñar y al obrar milagros, las multitudes le seguían. Hubo cuatro mil personas presentes en una de estas ocasiones, y cinco mil en otra. Los niños le amaban. Hombres y mujeres se convirtieron a Sus enseñanzas, y le dieron lugar en su vida. A menudo las mujeres parecían más devotas que los hombres, y por eso las honraba. Sin embargo, a pesar de Su bondad, muchos enemigos se levantaron para acusarle falsamente llamándolo blasfemo porque decía que era el Hijo de Dios.

Después, lo crucificaron, y para humillarlo aún más levantaron su cruz entre las de dos ladrones denunciándolo como un criminal, igual a ellos.

Cuando su cuerpo fue cuidadosamente colocado en la tumba de José de Arimatea, los hombres que lo cargaban se alejaron sin tardar, pero un grupo de fieles mujeres permaneció en las cercanías. Seguir leyendo

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Almas similares

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
Almas similares
Por la hermana Barbara B. Smith
Presidenta de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

Barbara B. SmithUna fría mañana en el pasado noviembre, Heidi, una joven madre mormona que vive en Salt Lake City, salió de su casa y se dirigió al Parque de los Pioneros y entró en la casa restaurada de Mary Fielding Smith.

Llevaba puesto un vestido parecido a cualquiera que Mary pudiera haber usado, y durante todo el día se dedicó a dar la bienvenida a los niños de una escuela cercana y a enseñarles a deshidratar manzanas.

Después que los niños se fueron, el sol salió por entre las nubes iluminando con sus rayos, no sólo el cielo vespertino, sino también los acontecimientos del día. Aquella noche Heidi escribió en su diario: “Me quedé sobrecogida por la excepcional belleza que podía contemplar desde aquella casita de adobe en la colina. Mi alma rebosó con la luz que entraba a raudales por la ventana, haciendo nacer en mí sentimientos muy cálidos y radiantes.”

Habló también del contraste que existía entre la casita que había visitado y su modesto mobiliario, y su propia casa tan hermosa, no lejos de allí. Escribió: “Espero que mi hogar sea un lugar de fortaleza y fe y un refugio para la familia, un lugar donde se confirme la verdad y se fortalezca el testimonio, como la casita de Mary lo fue para su familia hace mucho tiempo. A pesar de los estilos de vida tan diferentes, me conmovió sobremanera el que nuestras almas fueran tan similares. La mía suplica que la similaridad sea para el beneficio de mi familia, como lo fue para la familia de ella.”

Las circunstancias que rodearon la vida de Mary Fielding Smith fueron muy diferentes de las de Heidi.

En la trascendental época del éxodo de los santos desde Nauvoo, Mary Fielding Smith se encontró viuda y con niños pequeños. Quedarse en la ciudad la hubiera puesto en situación de constante conflicto con los populachos que perseguían a los santos. Pero ir con ellos significaba dejar su casa y afrontar sola las penurias y los inciertos problemas de una larga y fatigosa jornada en carreta.

Quedarse significaría renunciar a su relación con los santos y al evangelio que tanto amaba. Esto era algo que no podía hacer, pues quería que sus hijos crecieran siendo fuertes en el nuevo y sempiterno convenio.

Los vínculos del evangelio, que llevaron a Mary Fielding Smith a enfrentar las inmensas dificultades y el largo viaje con los santos, trascienden tiempo y pruebas uniendo a las hermanas ahora como entonces en la fe. Seguir leyendo

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A pesar de todo, podemos ser felices

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
A pesar de todo, podemos ser felices
Por la hermana Elaine A. Cannon
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Elaine A. CannonEl conocimiento de que las grandes pruebas por las que tenemos que pasar en nuestra vida pueden redundar en nuestro beneficio es parte del valioso legado que necesitamos recordar y renovar.

Hay un refrán muy conocido que dice: “No hay mal que por bien no venga”. La tragedia puede reanimar el corazón y enriquecer el alma. Las hojas brotarán en los tallos resecos por los fríos del invierno. “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría.” (Salmos 30:5.)

Mis queridas hermanas, la tarea diaria del Señor es hacer renacer la esperanza en las personas que se encuentran desesperadas. Depende de nosotros el que nos demos cuenta de que aun en lo más crudo del invierno podemos tener la certeza de contar dentro de nosotros con un cálido e indómito verano. En un mundo plagado de problemas es posible encontrar la felicidad.

Mis queridas hermanas, mi corazón late al compás del vuestro: junto al vuestro, jovencitas hermosas y llenas de vida; y al vuestro, mujeres con más experiencia, sabias y sufridas; con el de vosotras que soñáis con el porvenir y con el de las que han perdido las esperanzas; junto al de las que han sucumbido a las tentaciones de estos últimos días; al de las enfermas y al de las que han perdido la fe; junto al de las que han bañado la cara de un niño con sus lágrimas o mojado su almohada por las noches; a todas vosotras, os expreso mi cariño y comprensión y os doy mi testimonio de que nuestro Padre Celestial y nuestro Señor Jesucristo viven y nos apoyan y de que el Espíritu Santo nos testifica de que podemos obtener un gozo completo.

Pero antes de obtenerlo, conoceremos la amargura para apreciar la dulzura de la vida. Primero vienen las pruebas, luego recibimos el testimonio. (Véase Eter 12:6.)

Sabemos que en la existencia anterior a ésta, todos escuchamos a los Dioses presentar el plan de vida. Valiéndonos de nuestro libre albedrío, todos nosotros votamos venir a la tierra para ser probados. Yo creo que dijimos algo como: “Iré a la tierra y obtendré un cuerpo mortal y soportaré lo que me toque, ya sea un cuerpo defectuoso, que el hombre que ame se case con otra, situaciones desagradables en mi hogar, ser la única estudiante miembro de la Iglesia en mi escuela, pasar toda la vida luchando sin alcanzar el éxito. . . “no importa lo que me depare la vida, iré a probarme y aprender.” (Véase Abraham 3:25.)

Las pruebas son distintas en distintas épocas de la vida. Les resultará familiar la queja de una jovencita que le dice al hermano lo desgraciada que se siente: “No es justo; tú heredaste las pestañas largas y la nariz corta”. A lo que el hermano responde, tratando de consolarla, como sólo los hermanos pueden hacer: “Y qué, tú tienes la nariz larga y las pestañas cortas”. Seguir leyendo

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Una invitación al desarrollo

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
Una invitación al desarrollo
Por la hna. Dwan J. Young
Presidenta General de la Primaria

Dwan J. YoungAnnette, tu vocecita ha llenado de música este salón cuando cantabas: “Hazme, hazme en la luz andar” (Canta conmigo, B-45). En muchas partes del mundo he observado uno por uno a otros niños que cantaban la misma canción, y con una oración en mi corazón pedía que hubiera alguien cerca de ellos que pudiera enseñarles a “andar en la luz”.

Cada uno de nosotros llega a este mundo en forma separada, uno por uno. Esto no ocurre por accidente. Me parece que es la forma del Señor de hacernos recordar el infinito valor de cada alma.

Existe algo muy sagrado en el momento en que nace un niño. Recuerdo muy claramente el nacimiento de cada uno de mis hijos. El primero llegó después de tres largos años de ansiosa espera; era muy pequeñito, sólo pesaba dos kilos y cuarto. Me sentí muy responsable. Me parecía que era un milagro y surgió en mí un profundo sentimiento de gratitud por aquella criatura que era mía. Con cada niño obtuve la comprensión cada vez más fuerte de mis obligaciones en la vida. Arrullarlos para que se durmieran, cantarles canciones de cuna, susurrarles palabras suaves al oído, soñar con su futuro; me maravillo por este milagro potencial que acunamos en nuestros brazos, el broche de oro de la Creación: el ser humano.

El desarrollo es inevitable; es el fenómeno natural de la vida misma. Y es evidente que el niño se halla en un proceso dinámico de crecimiento físico sobre el cual uno tiene muy poco control. En corto tiempo el peso se duplica; rápidamente llega a los tres años, luego a los cuatro, y en un abrir y cerrar de ojos se convierte en un jovencito o jovencita que se casa y se aleja del hogar.

Cuando ellos principian a aprender es como si se abriera la compuerta de un dique, no se puede detener ni controlar su capacidad para crecer y aprender. Al principio imitan lo que ven, pero luego actúan por su propia iniciativa. Siempre me maravillaba al ver que sólo con mostrarles una vez cómo hacer algo se entusiasmaban tanto que empleaban su propia inventiva para ampliar el nuevo conocimiento.

Al observar el proceso del crecimiento natural, nos volvemos sensibles a ciertos principios eternos sobre los cuales se afirma todo progreso. Primero, el progreso es lo que se espera de todo ser, es la esperanza divina que se le da a cada alma al pasar a la mortalidad. Nuestro Padre Celestial espera que utilicemos el gran don de la vida para gozar y apreciar este principio básico. Debido a que tenemos vida, podemos crecer y desarrollarnos, y cumplir en la tierra algunos cometidos que no podríamos llevar a cabo en ningún otro lugar. Seguir leyendo

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Dios perdonará

Dios perdonará
Presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHe aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y, yo, el Señor, no los recuerdo más. Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará.” (D. y C. 58:42-43.)

La purgación del pecado sería imposible si no fuera por el arrepentimiento total del individuo y la amorosa misericordia del Señor Jesucristo en su sacrificio expiatorio. Sólo por estos medios puede el hombre recuperarse, ser sanado, lavado y depurado, y todavía ser considerado digno de las glorias de la eternidad. En cuanto al importante papel que el Salvador desempeña en esto, Helamán recordó a sus hijos las palabras del rey Benjamín:

“No hay otra manera ni medios por los cuales el hombre puede ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo, que ha de venir; sí, recordad que él viene para redimir al mundo.” (Helamán 5:9.)

Y al evocar las palabras que Amulek habló a Zeezrom, Helamán recalcó la parte que corresponde al hombre para lograr el perdón, a saber, arrepentirse de sus pecados:

“Le dijo que el Señor de cierto vendría para redimir a su pueblo; pero que no vendría para redimirlos en sus pecados, sino para redimirlos de sus pecados.

Y ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados por medio del arrepentimiento.” (Helamán 5:10-11. Cursiva agregada.)

Estos pasajes de las Escrituras infunden esperanza en el alma del pecador convencido. Por cierto, la esperanza es el gran aliciente que conduce hacia el arrepentimiento, porque sin ella nadie realizaría el difícil y extenso esfuerzo que se requiere, especialmente cuando se trata de uno de los pecados mayores.

Recalca lo anterior una experiencia que tuve hace algunos años. Pasó a verme una mujer joven en una ciudad lejos de mi casa, y vino instada hasta cierto grado por su esposo. Admitió que había cometido adulterio. Se mostró un poco rígida e inflexible, y finalmente dijo: “Yo sé lo que he hecho. He leído las Escrituras, y sé cuáles son las consecuencias. Sé que estoy condenada y que jamás podré ser perdonada, por tanto, ¿qué razón hay para que ahora trate de arrepentirme?”

Mi respuesta fue: “Mi querida hermana, usted no conoce las Escrituras. No conoce el poder de Dios ni su bondad. Usted puede ser perdonada de este abominable pecado, pero requerirá mucho arrepentimiento sincero para lograrlo. ”

Entonces le cité el llamado de su Señor:

“¿Acaso se olvidará la mujer de su niño de pecho y dejará de compadecerse del hijo de su vientre? Pues, aunque se olviden ella, yo no me olvidaré de ti.” (Isaías 49:15.)

Le recordé las palabras del Señor en nuestra propia dispensación de que quien se arrepienta y obedezca los mandamientos de Dios será per-donado (D. y C. 1:32). Mi visitante me miró confundida, pero parecía estar anhelando, como si quisiera poder creerlo. Continué, diciendo: El perdón de todos los pecados, menos los imperdonables, por fin tendrá al transgresor que se arrepienta con la intensidad suficiente, el tiempo suficiente y con la sinceridad suficiente.”

Protestó nuevamente, aunque ya empezaba a transigir. Era tan grande su deseo de creerlo. Dijo que toda su vida ella había sabido que el adulterio era imperdonable. Nuevamente me referí a las Escrituras para leerle la tan repetida afirmación de Jesús:

“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.

A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.” (Mateo 12:31, 32.)

Se le había olvidado ese pasaje. Sus ojos se llenaron de luz. Reaccionó gozosamente y preguntó: “¿Es realmente cierto? ¿Puedo en verdad ser perdonada?”

Comprendiendo que la esperanza es el primer requisito, continué leyéndole muchos pasajes de las Escrituras, a fin de desarrollar la esperanza que ahora había despertado dentro de ella.

¡Cuán grande es el gozo de sentir y saber que Dios perdonará a los pecadores! Jesús declaró en su Sermón del Monte: “Os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial” (Mateo 6:14). Esto se logra, desde luego, de acuerdo con ciertas condiciones.

El Señor ha dicho a su profeta en las revelaciones modernas: Seguir leyendo

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Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados

Conferencia General abril 2016

Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados


Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Y mediante la compañía constante del poder santificador del Espíritu Santo, podemos retener siempre la remisión de nuestros pecados.


 


Una frase profunda, que usó el rey Benjamín en sus enseñanzas acerca del Salvador y Su expiación, ha sido por muchos años un tema recurrente de estudio y meditación para mí.

En su conmovedor sermón de despedida al pueblo que había servido y amado, el rey Benjamín describió la importancia de conocer la gloria de Dios, probar Su amor, recibir la remisión de los pecados, recordar siempre la grandeza de Dios, orar diariamente y permanecer firme en la fe1. Les prometió, además, que al hacer estas cosas “siempre os regocijaréis, y seréis llenos del amor de Dios y siempre retendréis la remisión de vuestros pecados”2.

Mi mensaje se centra en el principio de retener siempre la remisión de nuestros pecados. La verdad que se expresa en esta frase fortalece nuestra fe en el Señor Jesucristo y nos ayuda a ser mejores discípulos. Ruego que el Espíritu Santo nos inspire y edifique mientras analizamos juntos estas verdades espirituales fundamentales.

Renacimiento espiritual

En la vida terrenal, experimentamos el nacimiento físico y la oportunidad de un renacimiento espiritual3. Los profetas y los apóstoles nos instan a “despertar en cuanto a Dios”4, a “[nacer] de nuevo”5 y llegar a ser “en Cristo, [nuevas criaturas]”6 al recibir en nuestra vida las bendiciones que la expiación de Jesucristo ha hecho posibles. “Los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”7 pueden ayudarnos a vencer las tendencias egocéntricas y egoístas del hombre natural y a volvernos más abnegados, benevolentes y santos. Se nos exhorta a vivir de tal manera que podamos “en el postrer día [presentarnos] ante [el Señor] sin mancha”8.

El Espíritu Santo y las ordenanzas del sacerdocio

El profeta José Smith resumió sucintamente la función esencial de las ordenanzas del sacerdocio en el evangelio de Jesucristo: “El nacer de nuevo viene por medio del Espíritu de Dios mediante las ordenanzas”9. Esta aguda declaración recalca tanto el Espíritu Santo como las ordenanzas sagradas en el proceso del renacimiento espiritual.

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Él es un personaje de Espíritu y da testimonio de toda verdad. En las Escrituras, se refieren al Espíritu Santo como el Consolador10, el Maestro11 y el Revelador12. Además, el Espíritu Santo es el Santificador13 que limpia y quema la escoria y el mal de las almas de los hombres como si fuera con fuego.

Las sagradas ordenanzas son fundamentales en el evangelio del Salvador y en el proceso de venir a Él y procurar el renacimiento espiritual. Las ordenanzas son actos sagrados que tienen significado espiritual, importancia eterna y están relacionados con las leyes y los estatutos de Dios14. Todas las ordenanzas de salvación y la de la Santa Cena han de ser autorizadas por alguien que posea las llaves del sacerdocio necesarias.

Las ordenanzas de salvación y exaltación que se administran en la Iglesia restaurada del Señor son mucho más que rituales o representaciones simbólicas. Más bien, ellas constituyen canales autorizados por medio de los cuales pueden fluir las bendiciones y los poderes del cielo en la vida de cada persona.

“Y este sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios. Seguir leyendo

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Cualquiera que los reciba, a mí me recibe

Conferencia General 2016
“Cualquiera que los reciba, a mí me recibe”

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Neil L. Andersen

Debemos tender la mano a los jóvenes que se sienten solos, excluidos o que están al otro lado de la cerca.

Dios ama a los niños. Él ama a todos Sus hijos. El Salvador dijo: “Dejad a los niños venir a mí… porque de los tales es el reino de los cielos”1.

Los niños hoy en día viven en muchas situaciones familiares diferentes y complejas.

Por ejemplo, en la actualidad, el doble de los niños en Estados Unidos vive solamente con uno de sus padres a diferencia de hace cincuenta años2 y hay muchas familias que no se encuentran unificadas en su amor por Dios y en su disposición de guardar Sus mandamientos.

En esta creciente conmoción espiritual, el Evangelio restaurado seguirá adelante proporcionando la norma, el ideal y el modelo del Señor.

“Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad…

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos… Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro [y] a observar los mandamientos de Dios”3.

Reconocemos en todo el mundo a los muchos padres buenos, de todas las religiones, que cuidan amorosamente a sus hijos y con gratitud, reconocemos a las familias de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días [en las que los niños] se encuentran bajo el cuidado amoroso de un padre y una madre convertidos al Salvador, sellados por la autoridad del sacerdocio y que están aprendiendo en su familia a amar y a confiar en su Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo.

Sin embargo, ruego hoy por los cientos de miles de niños, jóvenes y jóvenes adultos que no provienen de estas, a falta de un mejor término, “familias perfectas”. Hablo no solo de los jóvenes que han pasado por la muerte, el divorcio o la decreciente fe de los padres, sino también de las decenas de miles de jóvenes y jovencitas de todo el mundo que aceptan el Evangelio sin una madre o padre que se convierta a la Iglesia con ellos4.

Esos jóvenes Santos de los Últimos Días se unen a la Iglesia con gran fe y esperan formar la familia ideal en el futuro5. Con el tiempo, llegan a ser una parte importante de nuestra fuerza misional, de nuestros firmes jóvenes adultos y de quienes se arrodillan ante un altar para comenzar su propia familia.

Seguiremos enseñando el modelo del Señor para la familia, pero ahora, con millones de miembros y la diversidad que existe entre los niños de la Iglesia, debemos ser aún más considerados y sensibles. La cultura de nuestra Iglesia y su forma de hablar es muchas veces bastante única. Los niños de la Primaria no van a dejar de cantar “Las familias pueden ser eternas”6, pero cuando canten “Gozo siento cuando a papá veo regresar”7 o “papá y mamá me guían al bien”8, no todos los niños estarán cantando acerca de su propia familia.

Nuestra amiga Bette nos contó una experiencia que tuvo en la Iglesia cuando tenía diez años. Ella dijo: “La maestra enseñaba una lección acerca del matrimonio en el templo y me preguntó específicamente: ‘Bette, tus padres no se casaron en el templo, ¿verdad?’ [La maestra y el resto de la clase] sabían la respuesta”. La maestra siguió con la lección y Bette se imaginó lo peor. Ella dijo: “Pasé muchas noches llorando; y cuando tuve problemas al corazón dos años después y pensaba que iba a morir, me asusté mucho al pensar que iba a estar sola para siempre”.

Mi amigo Leif asistía solo a la Iglesia. En una ocasión, mientras estaba en la Primaria, se le pidió que diera un pequeño discurso. Él no tenía mamá ni papá en la Iglesia que estuviera a su lado y le ayudaran si se le olvidaba decir algo. Leif estaba aterrorizado y en vez de correr el riesgo de pasar vergüenza, permaneció sin asistir a la Iglesia por varios meses.

“Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos…

“Y [dijo] cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe”9.

Esos niños y jóvenes son bendecidos con corazones creyentes y profundos dones espirituales. Leif me dijo: “Yo sabía en lo profundo de mi mente que Dios era mi Padre y que Él me conocía y me amaba”. Seguir leyendo

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