Diciembre de 1982
La Iglesia Cristiana
Por T. Edgar Lyon
Los cristianos del siglo XX, empeñados en reconstruir la historia de los principios de la Iglesia, comprendieron claramente la gran deuda que tienen con un escritor del primer siglo de nuestra era, un médico llamado Lucas, autor del Evangelio que lleva su nombre y del libro Hechos de los Apóstoles. En realidad, ambas obras componen una historia de la fundación del cristianismo.
A pesar de lo mucho que apreciamos los escritos de Lucas, hay muchos detalles que desearíamos que él hubiera registrado. No hay en ellos ningún registro de la organización de la Iglesia en los días de Jesús, ni de los oficiales que dirigían, sus correspondientes títulos, o la autoridad que tenían. Tampoco menciona el término con que se denominaba a la comunidad cristiana en Jerusalén, ni qué pensaban los judíos cristianos acerca del templo y sus alrededores, de los sacrificios diarios que ofrecían allí los sacerdotes levitas o del día sabático que guardaban los judíos. Quizás esa falta se debiera a que Teófilo, a quien están dedicadas ambas obras, estuviera tan familiarizado con todas esas cosas que Lucas no viera ninguna necesidad de hablarle de ellas.
El progreso de la Iglesia
En el libro Hechos de los Apóstoles continúa la narración sobre la comunidad cristiana, que había quedado en suspenso al finalizar el Evangelio que él escribió. Luego de la ascensión del Señor Jesucristo desde el Monte de los Olivos, Lucas relata una reunión de los santos en Jerusalén, “cómo ciento veinte en número” (Hechos 1:15). Pedro había dicho que los Apóstoles tendrían que seleccionar candidatos entre los cuales se eligiera uno que llenara la vacante dejada por Judas Iscariote, y había mencionado dos condiciones que ese hombre debía poseer: Tenía que haber andado con Jesús y sus discípulos desde el bautismo del Salvador, y haber sido un testigo de la resurrección de Cristo. De acuerdo con estos requisitos, encontraron dos hombres que parecían igualmente calificados; entonces oraron al Señor pidiéndole que, por conocer El corazón de las personas, les indicara “cuál de estos dos has escogido” (véase Hechos 1:24). Luego fueron inspirados para elegir a Matías, quien pasó a formar parte de los Doce. Es muy significativo notar la insistencia de los Apóstoles en que la Iglesia fuera guiada por el Espíritu y no por el discernimiento humano.
Después de esto, Lucas conduce a sus lectores a un emocionante acontecimiento ocurrido diez días después de la ascensión de Jesús, durante la festividad judía de la Pascua. Él nos dice que en aquel día memorable, estando reunidos los judíos procedentes de diferentes provincias del Imperio Romano en un lugar que no se menciona, ocurrió en los Apóstoles una milagrosa manifestación de lenguas extranjeras. Los que los oyeron se admiraban de que aquellos galileos pudieran enseñar el evangelio en idiomas desconocidos para ellos. (Véase Hechos 2:1-37.)
Luego de esa milagrosa manifestación, Pedro hizo un extraordinario resumen de la misión mesiánica de Jesucristo, testificando que era el Redentor del mundo, y que había resucitado. Los de la congregación, comprendiendo súbitamente su necesidad de arrepentirse por haber rechazado al Maestro como su Mesías, le preguntaron a Pedro cómo podrían escapar al castigo que tan justamente merecían. Este les respondió predicándoles los primeros principios del evangelio, y Lucas registró que “aquel día como tres mil personas” entraron en la Iglesia por medio de las aguas del bautismo. (Véase Hechos 2:37-42.)
Como consecuencia de otro acontecimiento extraordinario, hubo más conversos que se unieron a la Iglesia. Pedro y Juan habían ido al templo “a la hora novena, la de la oración” (Hechos 3:1), y al entrar encontraron en el portal a un mendigo que pidió dinero a Pedro. Este le respondió que no tenía nada, pero le dijo: “lo que tengo te doy”, y sanó al hombre, que había sido inválido de nacimiento. Este milagro, presenciado por muchas personas, atrajo a todo el pueblo “al pórtico que se llama de Salomón”. Allí Pedro les habló recordándoles la forma en que ellos había rechazado a Jesús de Nazaret como su Mesías y los llamó al arrepentimiento por tan grave pecado. Lucas registra que esa prédica fue tan elocuente que “muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil”. (Véase Hechos 3:11,4:4.)
Los santos “tenían en común todas las cosas”
El entusiasmo que reinaba entre el gran número de personas que se convirtieron en ambas ocasiones y el compromiso que hicieron de llevar una vida de hermandad eran tales que, de acuerdo con las enseñanzas del evangelio acerca del interés y el cuidado que se debían los unos a los otros, deseaban compartir entre sí todo lo que poseían: Seguir leyendo



































