El propósito de vuestra vida

Junio de 1980
El propósito de vuestra vida
por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonEs probable que alguna vez hayáis pensado: “No soy muy importante y realmente nadie presta atención a lo que yo digo. ¿Qué puedo hacer que sirva de algo? ¿Qué puedo hacer para ayudar realmente a los demás y hacer que su vida sea diferente, que sea mejor? ¿Tengo en realidad algún talento que valga la pena? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar a quien lo necesite? No soy nada especial; si no ayudo, habrá alguien que lo haga en mi lugar aún mejor que yo.”

Uno de los grandes problemas de la vida consiste en vencer el sentimiento de que no tenemos importancia, que no somos especiales y únicos. ¿Pensáis acaso que el Padre Celestial mandaría a uno de sus hijos a esta tierra, sin que éste tuviera la posibilidad de una obra significativa que efectuar?

Ciertamente, todos tenemos rasgos, talentos, personalidad y habilidades diferentes; hay que admitir que algunos tienen más dones, o por lo menos dones diferentes que los demás; algunos alcanzan mejores calificaciones en sus .estudios o son mejores deportistas; otros son más altos o más bajos, unos más gruesos y otros más delgados. Sí, sabemos que hay quienes son bien parecidos, más hermosos o atrayentes, de manera que muchas veces pensamos o decimos: “Si yo fuera como Juan”, o, “Si yo fuera como Ana… entonces podría hacer algo realmente fantástico, algo que los demás notarían. Entonces todos querrían ser como yo. ¿No sería maravilloso?”

Desearía contaros acerca de simples miembros de la Iglesia, que han llegado a hacer grandes cosas por medio de hechos aparentemente insignificantes.

Compañeros de misión
El misionero que estaba dando su testimonio se sostenía con muletas, pues se había lastimado una rodilla en un accidente cuando iba en bicicleta; quería decir a los demás misioneros cuánto amaba a su compañero, contarles cómo había aprendido de él una nueva dimensión del amor. El accidente había ocurrido dos o tres semanas antes, y el médico había dicho que no podría andar más en bicicleta. El presidente de la misión había decidido transferirlo para que su compañero siguiera trabajando. ¿Qué iba a poder hacer si no podía andar en bicicleta? El otro misionero rogó al presidente que no lo cambiara todavía; estaban teniendo éxito en la obra; él quería mucho a su compañero momentáneamente incapacitado y estaba seguro de que encontrarían la manera de seguir trabajando. “Por favor, ¡permítanos intentarlo!”, había rogado. El presidente estuvo de acuerdo en dejarlos probar. Seguir leyendo

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Obedecer todas las reglas

Junio de 1980
Obedecer todas las reglas
por H. Kent Rappleye

El estar acostado boca arriba, mirando la complejidad mecánica de una máquina de rayos-X, no era parte programada de mi experiencia en el Centro de Capacitación de Misioneros. Pero allí me encontraba, con el tobillo derecho muy inflamado y dolorido como consecuencia de un accidente ocurrido en el período de actividades físicas. Quince minutos antes había estado participando en un emocionante partido de fútbol; mi equipo iba ganando y quedaba solamente un minuto de tiempo; repentinamente nuestra defensa se vio debilitada y la pelota fue arrojada en dirección al arco. Corrí hacia la pelota mientras el élder Duran, mi mejor amigo que integraba el otro equipo, se arrojó al suelo para bloquear mi jugada. ¡Crac! el ruido semejante al de una rama que se quiebra, hizo que todos se estremecieran. Yo caí arrollado, sosteniéndome la pierna derecha entre las manos y gritando que llamaran a un médico.

Traté de levantarme, pero el dolor de la pierna me convenció de que debía quedarme acostado, apretando los dientes. Llegó la ambulancia y pronto me encontré acostado en la mesa de rayos-X esperando que el daño no pasara de un disloque o torcedura; sin embargo, mis esperanzas de un milagro se vieron destruidas cuando, a través de una puerta entreabierta, oí que una enfermera decía: “Es una de las peores fracturas que he visto”.

Nadie me tocó durante cuarenta y cinco minutos; luego llegó un especialista y confirmó el comentario de la enfermera en cuanto a la fractura del tobillo. A eso de las once de la noche yo estaba medio inconsciente en mi cama del hospital, todavía adormecido por la anestesia que me habían administrado para la operación, en la que me insertaron un tornillo en el hueso. Todo lo que ‘podía pensar en ese momento era que tendría que quedarme allí cuando los veintiún misioneros de mi grupo partieran para la Misión de Guatemala—El Salvador, dos semanas después.

Luego de cuatro días en el hospital, volví al Centro de Capacitación usando muletas. No encuentro palabras para describir la situación de tener que estar allí durante cinco semanas más, después de haber aprendido todas las lecciones. Ya podía repetirlas de atrás para adelante, dormido, mientras me bañaba, estando cabeza abajo y en cualquier orden.

Había un grupo de misioneros que iba a partir para Guatemala cuatro días después que me sacaron el yeso, pero yo tenía que someterme a dos semanas de fisioterapia. Sin embargo mediante el poder de persuasión ferviente que solamente un misionero puede tener, logré convencer al médico de que me dejara ir si prometía no caminar en exceso durante las primeras semanas. Seguir leyendo

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Cuando el profeta habla

Cuando el profeta habla

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

En una conferencia especial realizada para las mujeres de la Iglesia en septiembre de 1978, la Presidenta de las Mujeres Jóvenes, Elaine Cannon, hizo la siguiente declaración: “Cuando el Profeta habla… el debate se da por terminado” (Liahona, febrero de 1979).

Esa sencilla declaración me impresionó; pues encierra un significado espiritual muy profundo para todos nosotros. Dondequiera que voy, mi mensaje a la gente es éste: ¡Seguid al Profeta! ¿Para qué más el Señor ha puesto profetas en la tierra a través de las dispensaciones? En su sabiduría infinita y como parte del plan de vida y salvación para sus hijos, Él nos ha dado un plan para seguir, los líderes para dirigimos y mantenernos en la vía y la organización de la Iglesia para ayudarnos a establecer el cimiento y desarrollar nuestra capacidad, o, en otras palabras, prepararnos, para llevarnos de regreso a nuestro hogar eterno.

No tiene sentido suponer que el ser humano pueda quedar a la deriva y aun así lograr los propósitos de Dios; eso es tan irrazonable como sería dejar a un bebé recién nacido librado a su propia suerte y esperar que aprenda a caminar, hablar, alimentarse y vestirse, sin ayuda de parte de quienes son responsables de su atención y enseñanza. La criatura dejada en esas condiciones pronto perecería.

Así sucede con nosotros. Sin el conocimiento y la comprensión del evangelio, el plan de Dios para sus hijos, no podemos vivir de acuerdo con la ley que resulta necesaria para nuestra salvación; y, por lo tanto, quienes olvidan su entrenamiento espiritual, o dejan de escuchar y obedecer la voz de amonestación de los profetas, sufrirán una muerte espiritual.

Es difícil entender la razón por la que tantas personas luchan contra el consejo del Profeta y en pro de la preservación de aquellas cosas que les acarrearán la desgracia y aun la muerte. Como ejemplo consideremos la Palabra de Sabiduría. Poco después de la restauración del evangelio y de la organización de la Iglesia, el Señor dio a José Smith, el Profeta, una revelación a la cual nosotros llamamos la Palabra de Sabiduría, que nos advierte que el té, el café, el alcohol y el tabaco, entre otras cosas, no son buenos para el hombre y que no deben ser ingeridos por los santos.

En aquella época esto fue bastante sorprendente, pues el consumo de esas cosas no era considerado dañino para la salud. Durante muchos años después que se recibió la revelación, la gente consideraba que los mormones eran singulares porque se abstenían de dichas substancias aparentemente inofensivas. Luego los científicos comenzaron a descubrir muchos efectos dañinos del tabaco y hoy en día se nos advierte, cada vez con más insistencia, en cuanto a los riesgos que encierra para la salud el consumo de tabaco, té, café y alcohol, además de los peligros que implican para el hijo en gestación cuando la madre los ingiere. Seguir leyendo

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La prioridad en nuestras decisiones

La prioridad en nuestras decisiones

por el obispo Víctor L. Brown

Una de las lecciones más valiosas que podemos aprender, es saber tomar nuestras decisiones en orden de prioridad y asegurarnos de que no nos desviamos del camino trazado.

Hace algunos años, mientras me encontraba en la ciudad de Osaka, en Japón, recibí un llamado- telefónico de uno de nuestros oficiales japoneses de la Iglesia que deseaba reunirse conmigo. Lo invité a que fuera a mi hotel y allí tuve la oportunidad de hablar con uno de los jóvenes más inteligentes y criteriosos que conozco.

Este joven tenía un grado universitario en una rama especial de la ciencia y se encontraba empleado en una compañía estable y conservadora. Uno de sus antiguos compañeros de universidad, que se había graduado en la misma especialidad que él, trabajaba para una firma nueva y progresista en la ciudad de Tokio y en los meses anteriores había tratado varias veces de atraer a su amigo hacia su compañía, y hacerlo que cambiara de trabajo; más aún, uno de los vicepresidentes de la firma de Tokio se había puesto en contacto con él, diciéndole que estaba dispuesto a pagarle un salario tres o cuatro veces mayor del que ganaba. Su respuesta fue:

«Si existe la más mínima vacilación de parte de las autoridades de mi Iglesia sobre mi traslado de Osaka a Tokio, lo cual requeriría que me relevaran del cargo que actualmente ocupo, no obstante cuánto dinero pueda usted ofrecerme, no tendría interés en su propuesta.»

El vicepresidente le replicó:

«Yo no soy cristiano ni sé nada de su religión, pero usted es exactamente la clase de persona que deseo tener en mi organización.»

Ese era el motivo de su visita. Tenía dudas con respecto a su traslado a Tokio, lo cual traería como consecuencia el relevo de su cargo en la Iglesia. Yo le aseguré que debía aceptar, puesto que podría servir al Señor tan bien en aquella ciudad como en Osaka. Por lo tanto, aceptó el empleo y se mudó a Tokio.

Más adelante mientras me encontraba visitando la ciudad, recibí otro llamado telefónico del mismo hombre. Fue a visitarme y estuvimos hablando por largo tiempo. Había tenido gran éxito en los negocios, había ampliado su experiencia y en el presente tenía un cargo muy importante enseñando al personal de las grandes corporaciones, la mejor forma de manejar sus compañías; su tiempo era muy escaso y ganaba un excelente salario. Pero se daba cuenta de que estaba descuidando su trabajo en la Iglesia y sus responsabilidades familiares.

Le expliqué que yo no iba a decirle lo que debía hacer, pero que había una escritura que le indicaría si verdaderamente estaba convertido:

«Mas buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas.» (Mat. 6:33.)

Aunque al citarle la escritura pensé que quizás pudiera molestarse un poco, nos despedimos como buenos amigos.

Unas semanas después de haber regresado a mi hogar, recibí una carta de él en la que me decía que había puesto en orden la prioridad de sus decisiones; había renunciado a su empleo en la compañía y había decidido dar precedencia a su familia y a la Iglesia, colocando su trabajo en segundo lugar. Una de las lecciones más valiosas que podemos aprender, es saber tomar nuestras decisiones en orden de prioridad y asegurarnos de que no nos desviamos del camino trazado.

Por supuesto, para hacer esto es necesario que nos establezcamos metas, a las cuales llegaremos manteniendo ese orden de prioridad en las cosas importantes. Quizás hayáis oído el cuento del piloto que hablando a sus pasajeros les dijo que tenía que darles una buena noticia y una mala noticia; la buena noticia era que estaban viajando a una velocidad de 965 kilómetros por hora; la mala era que estaban perdidos. Supongo que la meta de aquel piloto era llegar a destino, pero había perdido de vista el orden de importancia de sus decisiones. Hay muchas personas que tienen este mismo problema.

Recientemente una jovencita fue a verme a mi oficina con sus padres. Provenía de una buena familia, pero se había extraviado y se encontraba en serias dificultades; era soltera, estaba esperando un hijo y se preguntaba que debía hacer. Me conmoví mucho al oírla. Estoy seguro de que ella amaba al Señor, pero había olvidado que aquellos que aman al Señor se mantienen en contacto con El y obedecen sus mandamientos. Al principio mantuvo la compostura mientras hablábamos: pero cuando le pregunté si se acordaba de decir sus oraciones, comenzó a llorar.

¡Cuán importante es que recordemos comunicarnos diariamente, tantas veces como sea necesario, con nuestro Padre Celestial! Tengamos presente que Él siempre nos ama, seamos buenos o malos; pero es necesario que nosotros hagamos un esfuerzo, si deseamos que Él nos bendiga.

El primer jueves de cada mes, las Autoridades Generales se reúnen en un cuarto del Templo de Salt Lake, bajo la dirección de la Primera Presidencia. Una de las cosas que más me impresionan del cuarto en el cual nos reunimos, es observar los tres cuadros que hay allí y que representan puntos importantes en la vida del Salvador; uno muestra a Jesús en la costa del Mar de Galilea, en otro aparece el Salvador en la cruz, y el tercero lo muestra cuando acaba de levantarse de la tumba; este último es el que más capta mi atención. El artista ha manifestado en el cuadro lo que yo imagino son los sentimientos que uno tendría en presencia del Señor resucitado. El Salvador se encuentra de pie, contemplando con una sonrisa el rostro de una hermosa mujer que está reverentemente arrodillada ante El, con la mirada clavada en sus ojos y una expresión de adoración en su cara.

Pienso que el ser digno de ser recibido algún día por el Salvador debería ocupar el primer lugar en las decisiones. Por supuesto, estrechamente ligada a ella debería de estar la meta del matrimonio en el templo y de ser un buen padre en Sión; el establecimiento de una familia justa y eterna es nuestra responsabilidad más importante. El Señor nos mandó que multiplicáramos e hinchiéramos la tierra. También nos dijo:

«He aquí herencia de Jehová son los hijos. . .

Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos. . .» (Sal. 127:3,5.)

En nuestra sociedad actual resuenan estridentes voces que enseñan lecciones que vienen directamente de Satanás. Nos dicen que el matrimonio no es necesario para que un hombre y una mujer vivan juntos: que las relaciones sexuales sin el beneficio del matrimonio son parte de una relación normal y aceptable: que si una pareja decide casarse no debe tener más de dos hijos o mejor aún para el mundo en general no debería tener ninguno. Conozco una joven, hija de una excelente familia de la Iglesia, que recientemente comunicó a sus padres que no piensa tener hijos y que se siente avergonzada del tamaño de su familia: tiene tres hermanos y les ha dicho a sus padres que no deberían tener más hijos. Sin embargo, el Señor ha dicho que los hijos «herencia de Jehová son»: pero no estoy seguro de que el Señor haya determinado un número limitado para cada familia.

Algunos de vosotros, jóvenes, formaréis un hogar dentro de pocos años; no habrá responsabilidad mayor para vosotros en esta vida, que enseñar correctamente a vuestra familia.

Otra de las decisiones a la que debemos dar prioridad se puede expresar mejor con las primeras palabras del himno No. 69: «Escucha al Profeta». ¡Que maravillosa bendición la de tener en la tierra un Profeta que habla con el Señor! Cuando él se dirige a nosotros como Profeta, es el Señor mismo quien nos habla. Por lo tanto, es esencial que tengamos el valor de obedecer. Si lo escuchamos, pero no le obedecemos, ¿de qué nos valen sus palabras?

Una de las más grandes lecciones sobre la obediencia se encuentra en la Biblia:

«Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria… Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.»

El rey de Siria envió a Naamán al rey de Israel, pensando que éste podría curarlo de la lepra; pero él no pudo hacer nada. El profeta Elíseo se enteró de lo que pasaba y envió a decir a Naamán que fuera a verlo.

«Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo.

Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán y tu carne se te restaurará, y serás limpio.»

Ante una solución tan sencilla, Naamán se enojó en extremo pues pensó que lo que el Profeta le mandaba estaba por debajo de su dignidad; por lo tanto se alejó enfadado.

«Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el Profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?

El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.» (2 Reyes 5:1-14.)

El Salvador mismo demostró ser obediente:

«Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;

y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.» (Heb. 5:8-9.)

Ciertamente, la obediencia es una digna meta, y debe ocupar un lugar de preferencia en nuestra vida.

Esta empresa de establecer la prioridad de nuestras decisiones, parece no tener fin; y todas ellas son igualmente importantes; aun así, podemos enfocar nuestra atención en varias a la vez. Por ejemplo, el hecho de servir a nuestro prójimo, como lo enseño el Salvador y está registrado en el Evangelio de Lucas:

«Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, .para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

Aquél respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?»

Entonces Jesús le habló del buen samaritano que encontró al hombre a quien los ladrones habían robado y herido; un sacerdote y un levita habían pasado junto a él sin ayudarle, mas el samaritano vendó sus heridas y se encargó de atenderlo. Luego, el Maestro le preguntó al abogado:

«¿Quién, pues, de estos tres’ te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.» (Luc. 10:25-19, 36-37.)

El servicio a la humanidad debe ser una característica en la vida de todo sincero Santo de los Últimos Días.

Hay muchos otros principios que se deben recordar al tomar decisiones con respecto a aquello que es más importante en nuestra vida, y aunque no todos se pueden encerrar en un breve artículo, quisiera mencionar el sacrificio como uno de los más fundamentales.

Recordaréis la historia que se encuentra en las Escrituras sobre el joven príncipe que obedecía todos los mandamientos pero que no pudo renunciar a sus riquezas.

«Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.

Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste, porque era muy rico.

Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡cuán difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» (Luc. 18:22-24.)

Aquellos que pagan el diezmo, las ofrendas de ayuno y las demás contribuciones que se les piden, se están preparando para vivir de acuerdo con la ley de consagración. Estoy convencido de que tan pronto como estemos preparados, se nos dará esa gran ley.

Hay muchos que ya están preparados en la actualidad, pero eso no es suficiente. Conozco una encantadora hermana que está preparada. Ella había resultado herida en el accidente que costó la vida a su esposo, dejándola viuda por segunda vez cuando era muy joven todavía. Además del terrible dolor por la pérdida que había sufrido, tenía una familia de hijos pequeños para criar. Sin embargo, cuando recibió el dinero del seguro de vida de su esposo, pagó el diezmo. El secretario del barrio le dijo al obispo:

«Esta hermana necesita el dinero mucho más que la Iglesia. ¿No cree que deberíamos devolvérselo?»

El obispo me preguntó a mí qué debía hacer, a lo cual respondí con una pregunta:

«Cree usted que esa hermana necesita más el dinero, que las bendiciones que recibirá por pagar el diezmo?»

Imaginad cómo abrirá el Señor la ventana de los cielos para esta joven madre, a causa de su fe y su devoción.

Me causa profunda emoción el pensar en toda la energía que poseen los jóvenes de la Iglesia y en cuán importante es que ésta se dirija hacia los deseos justos y las acciones correctas.

Sé que Dios vive, lo sé sin sombra alguna de duda. Sé que Jesucristo es el Hijo de Dios y que El y su Padre aparecieron a José Smith, jovencito de sólo catorce años. Sé que durante muchos años después de aquella magnífica visión, José estudió y oró y se le enseño y capacitó para su misión. Las cosas no sucedieron por casualidad, como tampoco os sucederá nada a vosotros por casualidad. Debemos capacitarnos y aprender a disciplinarnos, si es que deseamos cumplir en su plenitud el propósito para el cual fuimos creados.

La llave para todo esto es establecer la prioridad en nuestras decisiones; y la más grande de todas es buscar primeramente el reino de Dios.

(Liahona Mayo 1980)

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Todo tiene su tiempo

Todo tiene su tiempo

por Robert R. Bohn

De la forma en que conduzcamos el compás y el volumen de las voces que reclaman nuestro tiempo, dependerá que nuestra vida se transforme en un himno armonioso o en una ruidosa confusión.

Quizás muchas veces nos preguntemos cómo es posible cumplir con todo lo que queremos hacer en la vida cuando hay tantas voces que reclaman nuestro tiempo. Las voces provienen de seres que amamos y respetamos; las actividades que nos alientan a realizar son encomiables e importantes. Pero ése es el problema, ¿cómo podemos cumplir con todo?

«Nunca hay que decir ‘no’ a un llamamiento de la Iglesia.»

«Una mujer debe participar en muchas actividades edificantes.»

«Sea un triunfador en su trabajo»

«Sea un buen vecino.»

«Participe en actividades y proyectos cívicos y políticos.» «Pase más tiempo con su familia.»

«La maternidad es la responsabilidad más importante de la mujer.»

«Pase más tiempo en su hogar.»

«Dedique más tiempo a sus llamamientos de la Iglesia.» «No se vaya a los extremos… y recuerde sus obligaciones para con su familia y la Iglesia.»

Así viene la pregunta: ¿Cómo puede un Santo de los Últimos Días dedicado encontrar tiempo para todo, cuando hay tantas voces que lo reclaman -familia, Iglesia, trabajo y comunidad— y le piden tanto de su tiempo?

Un tiempo para cada proyecto.

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.»(Ecl. 3:1.)

Esta advertencia se aplica hoy como en la antigüedad; no es una idea feliz tratar de vivir en el pasado ni en el futuro.

Por ejemplo, es triste ver que una madre que tiene niños pequeños vuelve a los estudios tratando de eludir sus responsabilidades en el hogar, porque es intelectualmente estimulante y le recuerda sus días en la universidad. Es igualmente triste ver que una jovencita se casa demasiado pronto, teniendo que enfrentarse a la responsabilidad de la maternidad antes de haber terminado sus estudios en la escuela secundaria.

La proporción de tiempo que una persona emplee en distintas actividades difiere significativamente según la etapa de la vida por la cual esté pasando. Cada época de nuestra vida tiene un propósito especial, y éste se completa pasando por las experiencias de cada ciclo a su debido tiempo.

Establezcamos la prioridad en cada caso

Para decidir qué es lo mejor para nosotros en un determinado tiempo y situación, tenemos que decidir qué es lo de mayor prioridad. Pero ¿qué pasa cuando hay dos principios «justos» en oposición en lo que se refiere a dedicarles nuestro tiempo? Por ejemplo la familia y los llamamientos de la Iglesia.

La clave es darse cuenta que cada situación se debe considerar aparte y orar al respecto, porque lo que puede ser justo en una, puede que no sea aplicable en la otra. Al vernos enfrentados a una decisión, debemos determinar qué alternativa es la más importante para cada caso. Por ejemplo, un momento crítico en la vida de un hijo que requiere la atención de los padres puede tener prioridad sobre una responsabilidad específica en la Iglesia; pero en otra oportunidad, el bienestar espiritual ele un miembro del barrio puede tener prioridad sobre una actividad recreativa a la que se pensaba asistir con uno de los hijos. De acuerdo con esto, la pregunta «¿qué atendemos primero, la familia o la Iglesia?» no es la correcta si tratamos de encontrar una sola respuesta para todos los casos. La familia y la Iglesia son de primordial importancia; las dos provienen de Dios, y cualquiera de ellas puede tener precedencia. Todo depende de cada situación en particular. Ambas forman parte del gran todo llamado el Evangelio de Jesucristo. Una de las necesidades individuales más grandes que tenemos es aprender a dejarnos guiar por el Espíritu que se nos promete cuando recibimos el don del Espíritu Santo para que las decisiones que tomemos en cada momento y circunstancia sean aceptables y agradables al Señor.

¿Cuándo terminará esto?

Oyendo tantas voces que reclaman nuestro tiempo, puede que a veces nos sintamos deprimidos y nos preguntemos: «¿Cuándo terminará esto?» Terminará cuando aceptemos el hecho de que salir adelante con los problemas es parte de la vida, cuando no tratemos de escapar de ellos sino de enfrentar la realidad y ser felices viviendo cada día como se presente.

En relación con esto, podemos hacer una comparación: Cuando un ciclista pedalea, la bicicleta avanza, y él se mantiene en balance; pero si no pedalea, pierde el equilibrio y cae.

Lo mismo sucede cuando nos sentimos deprimidos o desorientados. Si permanecemos inactivos esperando que se acallen las muchas voces que reclaman nuestro tiempo, comenzaremos a compadecernos de nosotros mismos y nuestra perspectiva se distorsionará. Si en cambio estamos en movimiento y actividad, esto nos ayudará a que nuestra vida sea productiva y se encauce correctamente.

El principio del «director de coro»

Para encontrar armonía en la vida, debemos aprender a controlar los distintos llamados que reclaman nuestro tiempo. Consideremos la similitud con un director de coro. Un buen director tiene muchas voces diferentes que cantan contralto, soprano, bajo y tenor; aunque cada cantante puede ser un vocalista excelente, si cada uno de ellos cantara su canción favorita tan alto como quisiera sin considerar a los demás, el resultado sería ruido en lugar de música. El coro es hermoso cuando el director ayuda a cada cantante a entrar en el tiempo justo, cantando con la expresión y el volumen correctos. Teniendo control sobre la virtud especial da cada vocalista, el director convierte la confusión en un himno melódico y armonioso.

Pasa exactamente lo mismo con las distintas «voces que reclaman» en nuestra vida: familia, genealogía, orientación familiar, obra misional, asignaciones de bienestar, obra en el templo reuniones, responsabilidades cívicas, vecinos y profesión. En vez de permitir que estas voces -todas ellas buenas- determinen su himno favorito y su volumen, el Señor espera que cada uno de nosotros sea el director de su propia vida. Fue El quien dijo a José Smith:

«Porque el poder está en ellos, por lo que vienen a ser sus propios agentes.» (D. y C. 58:28)

Y ya sea el resultado un ruido desentonado o una música armoniosa, dependerá de la forma en que nosotros guiemos las diferentes voces y las hagamos entrar en el momento apropiado y con el volumen requerido. Tenemos la responsabilidad de utilizar la inspiración para controlar el balance. Al hacer uso de nuestro libre albedrío, la responsabilidad máxima descansa sobre nuestros hombros.

Cada cosa a su tiempo

Para responder a la pregunta «¿Cómo podemos hacer todo lo que queremos en la vida cuando hay tantas voces que reclaman nuestro tiempo?», debemos establecer un orden de prioridad en todas nuestras cosas, consultando con el Señor para atender a las exigencias en el tiempo y momento apropiados. Luego nos sentiremos satisfechos con lo que podemos hacer y felices al tratar de hacerlo en vez de estar desanimados por lo que no nos es posible realizar. Podemos buscar la forma de encontrar un balance en nuestra vida, estando «anhelosamente consagrados a una causa justa» (D. y C. 58:27) para superar así muchos momentos de depresión. De la forma en que conduzcamos el compás y el volumen de las voces que reclaman nuestro tiempo dependerá que nuestra vida se transforme en un himno armonioso o en una ruidosa confusión. Aplicando estos principios generales a cada ocasión específica que se nos presente, lograremos alcanzar lo que el profeta José Smith dijo que era el «objeto y propósito de nuestra existencia», la felicidad.

(Liahona Mayo 1980)

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El arte de delegar responsabilidades

El arte de delegar responsabilidades
por William G. Dyer

Quizás no exista otro principio directivo que haya sido peor interpretado que el de la delegación. Es muy común que al oír hablar de un líder recargado de trabajo se hagan comentarios como los siguientes:      «Debería delegar más», o «Esta hermana no ha aprendido a delegar». Muchas personas suponen que todo el secreto de delegar consiste en entregar el trabajo a otra persona y sentirse súbitamente libre de esa responsabilidad. Sin embargo, todo buen líder sabe que la delegación de responsabilidades no necesariamente le ha de dar más tiempo libre. A la larga, el saber delegar por supuesto debe dar al líder más tiempo para atender otros asuntos; pero al principio quizás le exija aún más tiempo que el empleado hasta el momento.

Asignaciones, proyectos y tareas especiales
¿Cómo podemos hacer que la delegación de responsabilidades sea un instrumento útil en lugar de una pesada carga? Un importante punto para comenzar es comprender qué clase de trabajo se necesita en la tarea que se delega a otra persona.

  1. Asignaciones. Una asignación por lo general es una tarea clara, específica y simple que se da una vez, ofrecer un discurso, presentar parte ele una lección, y cumplir con un recado, son ejemplos de algunas asignaciones. Cuando nuestro hijo de dieciséis años necesitaba que lo llevaran todas las mañanas muy temprano a una práctica de basquetbol, le pedí a uno de sus hermanos mayores si podría hacerse responsable de esa tarea; esa fue una asignación delegada que me dejaba libre de un deber a cierta hora del día; por su naturaleza, las asignaciones por lo general dan lugar solamente a limitado desarrollo de conocimiento o habilidades; sin embargo éste puede ser el principio de un nuevo interés.
  2. Proyectos. Un proyecto es una serie más compleja y extensiva de tareas que exige más de la persona pero que, al igual que una asignación, no significa un trabajo continuo. Por ejemplo, nuestro obispo delegó en el líder del grupo de los sumos sacerdotes el proyecto de hacer los arreglos para la cena del barrio, lo cual incluía todo lo necesario para la comida, las mesas, las decoraciones, el servicio y el programa; a su vez, el líder del quorum delegó en otras personas cada una de estas responsabilidades específicas, mediante asignaciones.

Los padres deben dar a sus hijos la responsabilidad de un proyecto entero, siempre que sea apropiado. Por ejemplo, se les puede delegar un proyecto como planear las actividades de la noche de hogar, hacer las compras semanales, planear el menú para una semana entera, hacer un recuento de los alimentos almacenados, etc.; esto es mejor que darles pequeñas asignaciones como hacer la cama, llevar algo a un vecino, guardar el abrigo, sacar la basura, lavar los platos. Seguir leyendo

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La oración

La oración

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

Las Escrituras dicen:

«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» (Prov. 22:6.)

También se ha dicho que el «árbol que crece torcido nunca su tronco endereza». Por estos dos sabios dichos es obvio que si en la juventud se establecen hábitos correctos de pensamiento y acción, se evitarán las caídas y se desarrollará una generación grande y extraordinaria.

¿Por qué debemos orar? Porque somos los hijos de nuestro Padre Celestial, de quien hemos recibido todo lo que gozamos: la comida y la ropa, la salud y la misma vida, la vista y el oído, la voz, la habilidad de movernos e incluso nuestro intelecto. Sin embargo, hay muchas personas que no saben orar: pero nuestro sabio Padre Celestial nos manda que lo hagamos:

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche y le será dada.» (Sant. 1:5.)

Hubo un joven adolescente a quien le faltaba sabiduría, pero no fe ni sinceridad: su oración abrió los cielos que habían estado sellados y un mundo nuevo y desconocido para el hombre; ese día, una arboleda común y corriente se convirtió en un sitio sagrado y refulgió de gloria: los árboles y el suelo de aquel lugar se santificaron.

El Señor nos ha dado este solemne mandamiento: «Quien no cumpla con sus oraciones ante el Señor, cuando sea tiempo, será tenido en cuenta ante el juez de mi pueblo.» (D. y C. 68:33.)

«Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.» (D. y C. 68:28.)

«Y además, te mando que ores, tanto vocalmente como en tu corazón; sí, ante el mundo así como en secreto; en público así como en privado.» (D. y C. 19:28.)

¿Cuándo debemos orar? La respuesta es: siempre. Para ser más específico diré que la Iglesia exhorta a que se ofrezca una oración con toda la familia siempre que sea posible; no es necesario que estas oraciones sean largas, especialmente si hay niñitos pequeños que deben arrodillarse; pero todos los miembros de la familia, incluyéndolos a ellos, deben tener la oportunidad de decir la oración en nombre de los demás.

En nuestras oraciones debemos expresar gratitud por las bendiciones recibidas. Además, la obra misional debe ser uno de nuestros temas constantes cuando oramos; si cada niño se acostumbra a orar desde pequeño por los misioneros, cuando crezca será él mismo un gran misionero. Oramos para pedir comprensión, sabiduría, discernimiento; oramos por nuestros amados, por los enfermos y por aquellos que necesitan una ayuda especial; oramos por los frustrados, los inadaptados, los pecadores. Esas oraciones son más bien generalizadas. Nuestras oraciones personales deben ser más específicas y podríamos clasificarlas dentro de dos categorías:

Unas son las oraciones solemnes; en este caso nos arrodillamos y hablamos con el Señor en una forma más íntima; quizás pidamos lo mismo que hemos pedido en nuestras oraciones familiares, pero además le comunicamos nuestras necesidades inmediatas y más serias; le expresamos nuestros pensamientos más íntimos, le confesamos nuestras debilidades, le rogamos ayuda para sobreponernos a ellas y perdón para nuestras transgresiones y nuestros malos pensamientos. En una palabra le desnudamos nuestra alma. ¿Podría alguien tener como enemigo u odiar a aquel por quién ora? En estas oraciones nos despojamos de todo fingimiento y falsedad, y nos presentamos frente a nuestro Creador como realmente somos, sin afectaciones ni subterfugios.

Por otra parte hay las oraciones espontáneas; éstas son las que tenemos siempre en el corazón para que podamos dar lo mejor de nosotros y recordar las cosas que hemos aprendido; oramos al ponernos de pie para hablar en una reunión, mientras damos un paseo caminando, mientras vamos en el autobús; recordamos a nuestros amigos y a nuestros enemigos; oramos pidiendo sabiduría y discernimiento;» oramos para recibir protección en lugares donde nos sentimos en peligro y para recibir fortaleza en momentos de tentación; a veces, musitamos una oración rápidamente en forma oral o en pensamiento, en voz alta o en el más profundo silencio. ¿Puede una persona dedicarse al mal cuando tiene en su corazón y sus labios una oración sincera?

La mayoría de nosotros se ve enfrentada constantemente a importantes decisiones; pero el Señor nos ha dado una forma para poder tomarlas juiciosamente. Si la duda que tenemos se refiere a la universidad que debemos asistir, la ocupación que debemos aceptar, el lugar donde viviremos, la persona con quien nos casaremos o cualquier otra que sea esencial para nuestra vida, debemos hacer todo lo posible por resolverlo primeramente. A menudo hacemos como Oliverio Cowdery y queremos obtener las respuestas sin poner ningún esfuerzo de nuestra parte. A él el Señor le dijo:

«He aquí no has entendido: has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en preguntarme.

Pero he aquí, te digo que tienes que estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere causaré que arda tu pecho dentro de ti; por lo tanto, sentirás que está bien.

Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que vendrá sobre ti un estupor de pensamiento que te hará olvidar la cosa errónea; por lo tanto no puedes escribir lo que sea sagrado; a no ser que te lo diga yo.» (D. y C. 9:7-9.)

El Señor contesta siempre nuestras oraciones, pero algunas veces no somos lo suficientemente sensibles como para saber cuándo y cómo recibimos esa respuesta; esperamos algo espectacular como la aparición ele un ángel o una voz celestial que nos hable. A menudo nuestros pedidos son tan absurdos que el Señor ha tenido que decirnos: «No juegues con estas cosas; no pidas lo que no debes pedir» (D. y C. 8:10).

Junto con la fe debemos poner en práctica las obras. Sería totalmente inútil pedirle al Señor que nos diera conocimiento, si no estuviéramos dispuestos a tratar de adquirirlo, a estudiar, a tener claridad de pensamiento y retener todo aquello que hemos aprendido. En la misma forma, sería tonto pedirle al Señor que nos protegiera si nos ponemos en peligro innecesariamente, si bebemos o comemos elementos destructivos. ¿Podemos pedirle que nos dé cosas por las cuales no hacemos un esfuerzo? «. . . la fe sin obras es muerta . . .» (Sant. 2:20). Vosotros, los que oráis de vez en cuando, ¿por qué no hacerlo más regularmente, más a menudo, con mayor devoción? ¿Os es el tiempo tan escaso, la vida tan corta o la fe tan inexistente?

¿Cómo debemos orar? ¿Debemos hacerlo como los publícanos, arrogantes oficiales de la época de Jesús? (véase Lúeas 18:11-13).

En vuestras oraciones secretas, ¿os presentáis con vuestra alma desnuda, o la disfrazáis e importunáis a Dios para que vea vuestras virtudes? ¿Tratáis de hacer resaltar vuestra bondad y esconder vuestros pecados con una cubierta de falsedad? ¿O suplicáis la misericordia al Rey de la Providencia?

¿Obtenéis respuesta a vuestras oraciones? Si no es así, quizás no estéis haciendo lo debido. ¿Ofrecéis unas pocas palabras bonitas y frases gastadas, o tratáis de hablar íntimamente al Señor? ¿Oráis ocasionalmente, cuando deberíais hacerlo en forma regular y constante?

Cuando oráis, ¿Os limitáis a hablar o también escucháis? El Salvador dijo: «He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.» (Ap. 3:20.)

Esta promesa es para todos. No hay discriminación, no hay favoritismos. Pero el Señor no nos ha prometido que echará la puerta abajo, sino que estará a la puerta y llamará; si no lo escuchamos, El no permanecerá ni responderá a nuestras oraciones. ¿Sabéis cómo escuchar, interpretar, comprender? El Señor llama a nuestra puerta y jamás se retira; pero tampoco nos obligará jamás a recibirlo; si nos apartamos somos nosotros quienes lo hacemos y no El. Y si alguna vez no recibimos respuesta a nuestras oraciones, debemos examinar nuestra propia vida en procura del motivo; quizás hayamos hecho algo que no debíamos o dejado de hacer algo que se esperaba de nosotros; algo que nos dificulte oír o nuble nuestra vista.

Un joven me dijo una vez: «A veces me siento muy cerca de mi Padre Celestial y puedo sentir su influencia dulce y espiritual, ¿por qué no puede ser así siempre?» Yo le respondí: «La respuesta está en ti y no en el Señor, porque Él está siempre listo y ansioso por entrar».

Si habéis perdido el espíritu de paz y resignación, entonces es cuando debéis hacer todo esfuerzo posible para recuperarlo y retenerlo. ¿Podéis escuchar, ver, sentir, u os encontráis alguna vez en una situación similar a la de los hermanos de Nefi? A éstos él les dijo:

«. . . habéis oído su voz de cuando en cuando. . . pero habíais perdido todo sentimiento, de modo que no pudisteis percibir sus palabras . . .»(1 Nefi 17:45.)

Cuando nos alejamos del Señor, parece como si nos recubriera una capa de tendencias mundanas, similar a la capa de grasa con que cubren su cuerpo los nadadores que quieren recorrer largas distancias; esta grasa cubre los poros y la piel de tal manera que impide que el frío penetre. Pero cuando tratamos de atravesarla, mostrándonos humildes, desnudando nuestra alma y limpiando nuestra vida, y elevamos una súplica sincera, nuestras oraciones son siempre contestadas. Podemos llegar al estado que Pedro alcanzó y como él ser «participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (véase 2 Pedro 1:4).

Al orar ¿Agradecéis o simplemente pedís favores? ¿O sois como los leprosos que se encontraron con Jesús en el camino? (Véase Lucas 17:12-13.)

Si oramos en público no debemos ser como los fariseos hipócritas, quienes gustaban de orar en las sinagogas y en las calles para poder ser vistos por los hombres. (Véase Mateo 6:5.)

Todos tenemos una seria obligación hacia el Señor; ninguno de nosotros ha alcanzado la perfección, ninguno está libre de error. A todas las personas se les requiere que oren, al igual que se les exige la castidad, la observancia del día sabático, y del pago del diezmo, la obediencia a la Palabra de Sabiduría y a la ordenanza del matrimonio celestial. Este es un mandamiento del Señor igual que cualquier otro.

Aquellos de nosotros que tengamos la tendencia a hacer pequeños pagos en nuestra enorme deuda, recordemos a Enós quien, como muchos hijos de buenas familias, se había extraviado del camino. No tenemos idea de cuan terribles eran sus pecados, pero deben haber sido muy graves porque él escribió:

«Y os diré de la lucha que tuve ante Dios antes de recibir la remisión de mis pecados.»

Su relato es muy gráfico y sus palabras causan una profunda impresión. «He aquí salí al bosque a cazar . . .», pero no cazó ni capturó animal alguno. Se encontraba recorriendo un sendero en el que jamás había caminado; buscó, llamó, pidió, suplicó; fue como un nuevo nacimiento. Estaba en busca de su alma y podía ver los hermosos valles más allá del árido desierto; había vivido toda su vida en un campo de hierbas dañinas, pero buscaba un fresco jardín.

«… y las palabras que frecuentemente había oído de mi padre sobre la vida eterna y el gozo de los santos penetraron en mi corazón profundamente.»

La memoria le era al mismo tiempo cruel y bondadosa. Las imágenes que su padre había dibujado llegaban a conmover su alma y le hicieron sentir calidez e inspiración; pero entonces la memoria le abrió las puertas a su repugnante pasado y su alma se rebeló al revivir toda aquella bajeza, mas sintió un anhelo de algo mejor. Se encontraba en el proceso de renacer, un proceso doloroso pero compensador.

«Y mi alma tuvo hambre…»

Lo invadía el espíritu del arrepentimiento; sentía remordimiento por sus transgresiones, y estaba ansioso por enterrar al hombre de pecado y hacer resucitar a uno nuevo con fe y pureza.

«. . . y me arrodillé ante mi Hacedor, a quien clamé con ferviente oración y súplica por mi propia alma…» Había llegado a comprender que nadie puede salvarse en sus pecados, que nada impuro puede entrar en el reino de Dios, que debe existir una purificación, que las manchas se deben eliminar y es necesario que nazca nueva piel sobre las cicatrices de las heridas pasadas. Había comprendido que debe existir la purgación del arrepentimiento, como un corazón nuevo para el nuevo hombre; pero también sabía que no es fácil cambiar el alma ni la mente.

«. . . y clamé a El todo el día. . .»

Aquella no fue una oración rápida; no hubo en ella palabras vanas ni frases gastadas, ni nada casual. «Podo el día duró aquella oración, con los segundos transformándose en minutos, los minutos en horas, y las horas en el día entero. Pero cuando el sol se ocultó todavía no había recibido alivio; porque el arrepentimiento no es una acción simple ni el perdón una dádiva que se recibe inmerecidamente. Tan preciosa le era la comunicación con su Redentor y la aprobación que de El recibiera, (pie insistió con determinación y sin detenerse.

«… sí, y cuando anocheció aún elevaba mi voz hasta que llegó a los cielos.» (Enós 1:2-4.)

¿Podía el Salvador resistirse a tan determinada imploración? ¿Cuánto habéis persistido en una situación así? ¿Cuántos habéis orado por muchas horas, hayáis o no cometido transgresiones serias? ¿Cuántos habéis orado durante cinco horas? ¿Una hora? ¿Treinta minutos, diez minutos? Si tenéis errores de los cuales arrepentiros, ¿habéis luchado ante el Señor? ¿Habéis encontrado vuestro «bosque solitario» donde pudierais orar? ¿Ha tenido hambre vuestra alma? ¿Cuán profundamente os han impresionado vuestras necesidades espirituales? ¿Cuándo os arrodillasteis ante vuestro Hacedor en absoluta soledad? ¿Orasteis por vosotros mismos? ¿Cuánto tiempo orasteis? ¿Fue todo el día? Y cuando anocheció, ¿todavía elevabais vuestra voz en oración o le disteis fin con alguna palabra vana?

Mientras vuestro espíritu se encuentre luchando, si clamáis con fervor y hacéis un convenio sincero, la voz del Señor Dios hablará a vuestra mente como lo hizo a la de Enós’:

«Tus pecados te son perdonados y serás bendecido.» (Enós 1:5.)

¿Pensáis que vuestra oración no recibe respuesta porque no comprendéis? Algunas personas oyen un sonido, otras creen que es un trueno, mientras que otras oyen y comprenden la voz de Dios y lo ven personalmente,

Cuando oramos a solas a Dios, nos despojamos de toda vanidad y falsedad, de toda hipocresía y arrogancia.

Todos necesitamos de la oración a fin de que nos acerque a Dios, que nos permita renacer. Y al orar debemos recordar nuestras limitaciones, nuestra dependencia, nuestra falta de sabiduría. Somos como niños ante el Señor, sin saber siempre qué es lo mejor para nosotros, qué es lo más conveniente; por lo tanto, en todas nuestras oraciones debemos decir «que se haga tu voluntad»; decirlo y sinceramente pensarlo. Así como no molestaríamos a un líder de la Iglesia pidiéndole un consejo para luego desatenderlo, tampoco debemos pedir al Señor bendiciones, para luego no prestar atención a la respuesta.

Siempre debemos decir: «Que se haga tu voluntad, Señor. Tú sabes más que yo, bondadoso Padre. Me conformaré y aceptaré tu respuesta con gratitud».

(Liahona Mayo 1980)

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La revelación personal

15 de octubre de 1952
La revelación personal
por el presidente Harold B. Lee

Discurso pronunciado ante el estudiantado de la Universidad de Brigham Young, el 15 de octubre de 1952.

harold b. leeEl élder John A. Widtsoe del Consejo de los Doce, dijo que en cierta ocasión, durante una reunión con un grupo de oficiales de estaca, alguien le preguntó: «Hermano Widtsoe, ¿cuándo fue la última vez que la Iglesia recibió una revelación? «El hermano Widtsoe se quedó pensativo y luego respondió: «Probablemente el jueves pasado».

Esta frase se repite a menudo en las Escrituras:

«El que tiene oídos para oír, oiga.» (Mat. 11:15.)

Lamentablemente, no todos somos tan bendecidos como para poder oír lo que tenemos la obligación de oír.

En cierta ocasión, poco antes de la crucifixión, cuando el Maestro se hallaba en el templo se le acercaron algunos griegos, sin duda con el deseo de verlo, pues Él había logrado ya cierto prestigio. Allí, en ese santo lugar, se arrodilló y oró a su Padre para que lo librara de esa prueba, y luego dijo:

«Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.» (Juan 12:28.)

Hubo algunos que oyeron aquello y dijeron que había tronado; otros dijeron que un ángel del Señor le había hablado. Como podemos ver hubo muchos que tenían oídos para oír, pero no oyeron.

El apóstol Pablo fue convertido en una oportunidad en que se dirigía a Damasco, con decretos judiciales para perseguir a los santos que se hallaban congregados en ese lugar. De pronto cayó al suelo por la fuerza de un resplandor que lo rodeó y cegó, y oyó una voz del cielo que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9:4). Y Pablo comentando el incidente dice:

«Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz… pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.» (Hechos 22:9.)

Ellos también tenían oídos para oír, pero no oyeron.

Muchos de nosotros vivimos de tal forma que no podemos comprender el mensaje que viene de Dios; pero si nos comprometiéramos a obedecer los mandamientos y vivir como deberíamos, ocurriría en nosotros un cambio maravilloso y podríamos oír los mensajes que vienen de ese mundo invisible.

Deseo ilustrar lo anterior con una experiencia que tuve hace años, cuando servía como presidente de estaca. Tuvimos un caso grave que llegó al sumo consejo y a la presidencia de la estaca, y que resultó en la excomunión de un hombre que había perjudicado a una encantadora jovencita. Después de una sesión que duró casi toda la noche, a la mañana siguiente fui a mi oficina sintiéndome bastante cansado; allí me encontré con el hermano del hombre a quien habíamos hecho juicio la noche anterior, que me dijo:

—Quiero decirle que mi hermano no es culpable de lo que le han imputado.

—¿Cómo sabe usted que no es culpable? —le pregunté.

—Porque oré, y el Señor me dijo que es inocente —contestó el hombre.

Le pedí que entrara a mi oficina y nos sentamos; luego le pregunté:

—¿Le molestaría si le hago algunas preguntas personales?

—Claro que no.

—¿Qué edad tiene usted?

—Cuarenta y siete años.

—¿Qué grado tiene en el sacerdocio?

Me dijo que creía que era maestro.

—¿Guarda usted la Palabra de Sabiduría?

A lo que él repuso: Seguir leyendo

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Guardad los mandamientos a cualquier precio

Marzo de 1980
Guardad los mandamientos a cualquier precio
por el élder Gene R. Cook
del Primer Quórum de los Setenta

Gene R. CookEn mi juventud, dudaba con frecuencia de la importancia de guardar los mandamientos del Señor. Por ejemplo, me preguntaba si en realidad El necesitaría mi diezmo, ya que yo ganaba muy poco; o si sería necesario santificar el día de reposo. Pero no pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que El no necesitaba mi dinero, ni mi obediencia, sino que al contrario, era yo quien necesitaba ser fiel a Su palabra para poder recibir la fortaleza espiritual y las bendiciones que sólo se pueden obtener al obedecer los mandamientos del Señor.

Cuando apenas tenía once años traté de conseguir mi primer trabajo. Es muy común en mi país que los jóvenes repartan periódicos en el vecindario y éste era mi deseo, aunque sabía que no tenía la edad suficiente pues para ese empleo se requería haber cumplido los doce años. Fue muy difícil al principio tratar de convencer al que estaba encargado de dar los trabajos, de que un muchacho tan joven pudiera ser lo suficientemente responsable como para ser empleado, pero con la ayuda de mi padre lo convencimos de que me dejara probar.

Siento que el Señor verdaderamente me bendijo en mi juventud pues pude realizar en forma eficaz aquel trabajo, el cual fue muy importante para mí porque en esos años tempranos de mi vida aprendí a ser responsable con el dinero, a vender las suscripciones del periódico, cobrar, y también a tratar con las diferentes personas. Cada mes pagaba sin falta y de todo corazón la décima parte de todo lo que ganaba.

A la edad de dieciséis años, después de haber repartido periódicos por cinco años, quedé muy sorprendido cuando el gerente de circulación me pidió que fuera supervisor de todos los muchachos de la ciudad que hacían el mismo trabajo. Para mí eso constituía un gran honor, porque era bastante joven como para tener semejante responsabilidad. Recuerdo el sentimiento de gratitud hacia el Señor que embargaba mi corazón y consideré esto como una bendición directa de mi Padre, que me permitía progresar y obtener un mayor desarrollo. Seguir leyendo

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Tribulaciones

Marzo de 1980
Tribulaciones
Por Homer G. Ellsworth

«¡Miren, el niño es ciego! ¡No tiene ojos!» Incrédulas, las enfermeras se agruparon alrededor para ver al recién nacido, que empezaba a tomar el color de la vida después de su entrada en este mundo. Era cierto: él bebe era ciego, el lugar que debían ocupar los ojos estaba vacío. Habría que decírselo a los padres: la madre era una hermosa enfermera, y el padre un estudiante de medicina. ¿Cómo reaccionarían?

Al igual que el escritor del Antiguo Testamento, yo como médico, «he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él» (Ecles. 3:10). También he visto y observado cuidadosamente la forma en que «los hijos de los hombres» han respondido a esos trabajos, a esas aflicciones que Dios ha permitido que tuvieran.

Es evidente que el Padre no nos ha prometido jamás inmunidad alguna contra la tribulación; en realidad puede que nos haya prometido justamente lo contrario, porque nos dice: «Porque el Señor al que ama, disciplina» (Heb. 12:6). Si estudiamos las Escrituras pronto veremos que todos aquellos que han estado cerca de Dios, como David que era Su amigo, han pasado por grandes tribulaciones.

Consideremos por un momento a Job, cuyo nombre es sinónimo de aflicción. Él había perdido su tierra, sus riquezas, sus amigos, sus hijos: estaba cubierto de llagas y con la piel llena de gusanos; y sin embargo, no flaqueó. Aun cuando su misma esposa al ver su tormento le sugirió que maldijera a Dios y muriera, su respuesta fue una reafirmación de su fe. A pesar de que este Profeta había demostrado una gran fe y rectitud. Dios no lo protegió de las tribulaciones, sino que su promesa a él como a lodos nosotros, consistía en bendiciones inconmensurables para toda la eternidad si era capaz de tomar decisiones correctas, mantener la fe y obedecer los mandamientos; también lo consolaría en sus sufrimientos, lo sostendría y tranquilizaría mientras se mantuviera firme hasta la muerte. Esta promesa se repite a lo largo de las Escrituras.

Mientras el Salvador estaba en la tierra, enseñó por medio de una parábola la necesidad de pasar por pruebas y salir vencedor. Habló de un hombre que había edificado su casa sobre la arena y de otro que la había edificado sobre la roca: cuando surgieron los problemas, el viento soplo y la tormenta las sacudió, una de las casas cayó, pero la otra permaneció. En este caso el factor preponderante eran los cimientos, como los cimientos de fe que sostuvieron a Job. Seguir leyendo

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Amor entre padre e hijo

Marzo de 1980
Amor entre padre e hijo
por el élder Marion D. Hanks
de la Presidencia del Primer Quorum de los Setenta

Marion D. HanksEn una de esas raras mañanas de domingo en que por un motivo determinado me encontraba asistiendo a mi propio barrio, sentado en la última fila de bancos, observé a nuestro hijo (único varón), un joven muy especial, caminando hacia el pulpito por invitación del obispo.

Este habló sobre él y lo presentó a la congregación, a fin de que le dieran su voto de sostenimiento para ser adelantado en el Sacerdocio Aarónico. El voto de aprobación fue unánime y más tarde, habiendo sido invitado por el obispo, tuve el privilegio de ordenar a mi hijo.

Ese mismo día a la hora de la cena, él les contó a sus hermanas cómo se había sentido en la reunión, diciéndoles que había estado bastante nervioso al tener que caminar hasta el pulpito y pararse allí con el obispo frente a toda la congregación; y agregó: «Pero cuando todos votaron, miré hacia donde estaba papá y vi su mano más alta que todas las demás; entonces me tranquilicé».

Tenía razón; yo había levantado la mano tan alta como la extensión de mi brazo me lo permitió, porque él es mi hijo y me siento muy orgulloso de él. La relación entre un hombre y sus hijos, es muy especial.

Tengo en muy alta estima el Libro de Mormón y, aunque no recuerdo cuando empecé a darme cuenta de ello, sé que lo que más me gusta de él es la instrucción, la enseñanza y los testimonios que los padres dan a sus hijos varones, y que se encuentran registrados allí. El Señor nos ha dado un cometido muy sagrado a los padres, y nos ha dicho lo que desea que enseñemos y aquello de lo cual debemos testificar. Además, nos ha indicado que es nuestra responsabilidad enseñar a nuestros hijos, y nos ha dado ejemplos muy particulares en el Libro de Mormón, en el cual hay registros de una cantidad de padres que cumplieron con este cometido, hombres como Lehi, Alma y Mormón.

¿Os preguntáis qué enseñaban? 1) Enseñaban la verdad revelada, principios de significado eterno, teología que es al mismo tiempo básica y hermosa y que encuentra eco en el corazón de quienes escuchan. 2) Daban consejos prudentes y eficaces, inspirados por experiencias personales. 3) Enseñaban valores sobre los cuales se podía edificar una vida, un país, una civilización. 4) Y en voz unánime, daban ferviente testimonio personal de Jesucristo, del Padre Celestial y del eterno plan de salvación.

Consideremos primeramente a Lehi, cuyo ejemplo e instrucción fueron extraordinarios dones para sus hijos. A uno de éstos, Nefi, su padre le participó las grandes visiones y las advertencias y promesas que había recibido del Todopoderoso. Esto fue básico en la formación de Nefi y le dio motivo para el testimonio con el cual comienza el registro:

«Y sé que la historia que escribo es verdadera…

Sí, tú sabes que creo todas las palabras de mi padre.» (1 Nefi 1:3; 11:5.)

¿Cuáles eran las cosas que Lehi deseaba que Nefi conociera? Por una parte, le relató a su hijo la visión que había tenido de un árbol en un campo, el fruto en el árbol, un sendero que conducía hasta él, una barra de hierro, un río y un espacioso edificio. Estos eran simples símbolos. El árbol era el árbol de la vida y representaba el amor de Dios; el sendero era el que conduce a la rectitud; el fruto del árbol era precioso y deseable, más que cualquier otro; y el edificio representaba el orgullo y la vanidad de este mundo. Seguir leyendo

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Nuestro Amigo bienamado

Marzo de 1980
Nuestro amigo bienamado
por David A. Whetten

David A. WhettenTarde o temprano, cada persona que haya vivido en la tierra recibirá conocimiento de la divinidad de Jesucristo. Las Escrituras nos dicen que cuando El venga por segunda vez las señales de su divinidad serán tan abrumadoras que «toda rodilla se doblara, y toda lengua confesará» que Jesús es el Cristo (D. y C. 88:104).

Pero el conocerlo no es suficiente. El conocimiento que salva proviene de nuestros esfuerzos personales por desarrollar una amistad íntima con el Señor, por medio de la oración y la meditación. El Salvador declaró:

«Y ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3.)

Notad las palabras: alcanzaremos la vida eterna conociendo a Dios y a Jesucristo, y no conociendo algunas cosas sobre ellos. Se me ocurre que hay una gran diferencia entre estos dos tipos de conocimiento.

«La más grande e importante de todas las condiciones que nuestro Padre Celestial y su Hijo Jesucristo nos imponen», dijo Brigham Young, «es… creer en Jesucristo, reconocer que es nuestro Salvador, procurar acercarnos a Él, aferramos a Él, ser sus amigos; y hacer lo necesario para establecer y mantener una comunicación abierta con nuestro Salvador.» (Journal of Discourses, 8:339.)

Generalmente, nos interesamos en conocer mejor a alguien si lo que se nos ha dicho de esa persona, o lo que nosotros mismos hemos observado en ella, nos indica que podemos tener una buena relación mutua. Cuatro atributos de Jesús —que se pueden observar por Su manera de tratar a los demás— me han convencido de que debo hacer un esfuerzo por procurar una amistad íntima con El y cultivarla constantemente.

El primero de estos atributos es la capacidad del Salvador para conocernos íntimamente. Puesto que El conocía los deseos del corazón de las personas y sus cualidades íntimas y espirituales, frecuentemente se mostraba amigo de los destituidos, de aquellos que eran despreciados por sus semejantes. Al seleccionar a los que formarían parte del primer Quorum de los Doce Apóstoles, Jesús no fue a las casas de los ricos o de los nobles ni a las importantes cámaras del Sanedrín, sino que buscó los sencillos botes de los pescadores junto a la costa, y la modesta mesa de trabajo del recolector de impuestos que todos despreciaban.

Prestad atención a las palabras que el Señor dirigió a una congregación hace ciento cincuenta años, en 1831, y que se encuentran registradas en Doctrinas y Convenios:

«He aquí, escuchad vosotros, oh élderes de mi Iglesia que os habéis congregado, cuyas oraciones he oído, cuyos corazones conozco y cuyos deseos han ascendido a mí.

He aquí, he puesto mis ojos en vosotros…» (D. y C. 67:1-2.)

En Doctrinas y Convenios se hallan registradas instrucciones específicas que dio a más de sesenta personas, llamándolas por su nombre y apellido. El Señor conoce a cada uno de nosotros. En muchas ocasiones, durante pruebas que he sufrido, he sentido su influencia sustentadora; cuando sentí temor después de sufrir una dolorosa herida en la rodilla mientras estaba en la misión, cuando sentí soledad en la traumática época de separación de mi familia durante la guerra de Vietnam, cuando experimenté un terrible vacío después de la muerte de un ser amado, en todas estas oportunidades no he encontrado otro bálsamo tan calmante como la seguridad dulce, pacificadora y reconfortante que se recibe de divina fuente: «No temas», «Serénate», «Estoy aquí», «Yo sé». Seguir leyendo

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….Servid a Jehova!

Marzo de 1980
«….¡Servid a Jehová»
por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEl objeto de mi mensaje es el de estimular al lector a obedecer la exhortación de Josué a los hijos de Israel, y emular su convicción y dedicación a la causa. Él dijo:

“…temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad y quitad de en medio de vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid a Jehová.

…escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.» (Josué 24:14-15.)

Sería imposible decir que hacemos demasiado hincapié en la importancia de los dos puntos que Josué pone de relieve en esta magistral declaración. Primero, servir al Señor; y segundo, hacerlo ahora («escogeos hoy»). Analizando la exhortación y la sumisión de Josué, me viene a la memoria la gran declaración de Amulek:

«Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios: sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

…os ruega, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día debida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer nada.

No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré; me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto: porque el mismo espíritu que posee vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno.

Porque si habéis: demorado el día de vuestro arrepentimiento, aun hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo que os sellará como cosa suya; por tanto, se retira de vosotros el Espíritu del Señor y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y éste es el estado final del malvado.» (Alma 34:32-35.)

Tal como se registra en el capítulo doce, Alma revela el fundamento de la declaración de Amulek cuando dice que «esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios». El recalca que la vida mortal fue dada a nuestros primeros padres mortales, Adán y Eva, y que también nos ha sido dada a nosotros como un «estado de probación; un tiempo de preparación para presentarse ante Dios; un tiempo de preparación para aquel estado sin fin… que llegará después de la resurrección de los muertos» (Alma 12:24). Seguir leyendo

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El glorioso evangelio en nuestros días

Abril de 1980
El glorioso evangelio en nuestros días
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

élder Bruce R. McConkieQue cada persona sobre la faz de toda la tierra sepa que el glorioso Evangelio de Dios existe y prospera en nuestros días.

Que cada alma viviente sepa que la piedra cortada de la montaña “no con mano” ha comenzado a rodar y pronto desmenuzará todos los “reinos” de los hombres, y llenará toda la tierra. (Véase Daniel 2:31-45.)

Que todos sepan que aquello que “nuestros antepasados con ansiosa expectación han aguardado que se revelara en los postreros tiempos” está fluyendo abundantemente sobre los santos, y que hemos comenzado la época prometida en que “nada se retendrá” (véase D. y C. 121:27-28). Los rayos de luz celestial, que ahora atraviesan la oscuridad de nuestras almas, pronto estallarán en esplendoroso fulgor celestial. Se han puesto los cimientos; la Casa del Señor se está edificando sobre la tierra.

Dios, nuestro bondadoso Padre, ha restaurado en estos últimos días de la tierra su eterno Evangelio para beneficio y bendición de todos sus hijos, y para la salvación y exaltación de aquellos que crean y obedezcan.

Dios, nuestro Padre, y su Hijo Jesucristo, por la voz y la presencia de ministrantes angélicos, les dieron a José Smith y a otros todas las llaves, los poderes y sacerdocios que hay o ha habido en la tierra, estableciendo nuevamente el reino terrenal de Dios; ese reino es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que administra el evangelio y pone la salvación al alcance de todo aquel que crea en Cristo y viva de acuerdo con Sus leyes.

¿Qué es la plenitud del evangelio eterno?

Es el plan de salvación, el plan eterno del Padre para salvar a sus hijos.

Es la procreación de hijos espirituales, las enseñanzas y pruebas de nuestra existencia premortal, la creación de innumerables mundos, y para nosotros, nuestra vida aquí, en el planeta Tierra.

Es la caída de Adán, con su muerte temporal y espiritual; es el poder redentor del Hijo de Dios, quien abolió la muerte y, por medio de Sus leyes, sacó a luz la inmortalidad y la vida eterna.

Es el conjunto de todas las leyes, los ritos y las ordenanzas, todas las verdades y los poderes, todas las llaves, los sacerdocios y los privilegios que ayudarán a “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. (Véase Moisés 1:39.)

Es la expiación de Cristo, la redención del hombre, la resurrección de los muertos, la maravilla y la gloria de la vida eterna.

Es fe, arrepentimiento y bautismo;’ es los dones del Espíritu, las revelaciones de los cielos y el indescriptible don del Espíritu Santo.

Es matrimonio, vida y exaltación eternos. Es ser uno con el Padre y con el Hijo, y reinar para siempre junto a su trono.

Es las pruebas y aflicciones de esta vida mortal de probación; es dolor, sufrimiento y muerte; es sobreponerse a las cosas de este mundo y seguir un derrotero divino, sean cuales sean las influencias que nos rodeen. Es obedecer los mandamientos y servir a nuestros semejantes.

Finalmente, es estar con Abraham, Isaac y Jacob, y con todos los otros santos profetas en el reino de Dios, para ya no salir de él. Seguir leyendo

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Hasta los confines de la tierra

29 de septiembre de 1978
Hasta los confines de la tierra
por el presidente Spencer W. Kimball

(Discurso pronunciado ante los Representantes Regionales, en el seminario que se llevó a cabo el 29 de septiembre de 1978.)

Spencer W. KimballMis amados hermanos, la obra está progresando y podemos ver las bendiciones del Señor sobre los Santos de los Últimos Días en todo el mundo; pero debemos esforzarnos más, (parecería que siempre nos queda todavía mucho por hacer).

No me preocupa tanto la idea de que los miembros de la Iglesia puedan ser indiferentes a las necesidades de los demás, sino el hecho de que podamos no ver esas necesidades. Moroni advirtió a los pudientes de toda época sobre el peligro de sentirse cómodos y amar todas las cosas de este mundo “más de lo… que a los pobres, a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos” (Mormón 8:37); también hizo notar que “el hambriento, el desnudo, el enfermo y ¡el afligido” muchas veces pasan junto a esas personas y éstas las miran “sin hacerles caso” (Mor. 8:39). Os ruego, mis hermanos del sacerdocio, que no os mantengáis tan ocupados con los programas de la Iglesia que descuidéis estos deberes básicos a los cuales el apóstol Santiago se refirió como “La religión pura y sin mácula” (San. 1:27).

Me gusta leer la historia de Rode en el libro de los Hechos; ella era la muchacha que salió a abrir cuando el profeta Pedro llamó a la puerta de la casa de María, “donde muchos estaban reunidos orando”. Rode lo reconoció y fue a llevar las buenas nuevas de su llegada a los demás; éstos no le creyeron, “Pero ella aseguraba que así era”. (Véase He. 12:6-17.)

Aseguremos también nosotros constantemente la realidad de la presencia de profetas vivientes en esta dispensación, aunque los demás duden y aun se burlen de nuestras afirmaciones. El poder afirmar constantemente la veracidad del evangelio, es un maravilloso privilegio que tenemos como líderes y como discípulos. Os pido que notéis que he dicho constantemente.

Hay casos en los que los miembros fieles empiezan a ser inconstantes y negligentes en el servicio a sus semejantes. Quizás fuera esto lo que quiso decir Alma a aquellos que habían “experimentado un cambio en el corazón”, cuando les dijo:

“… si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, he aquí, quisiera preguntaros: ¿Podéis sentir esto ahora?” (Al. 5:26; cursiva agregada.)

Debemos ser constantes en hacer el bien y no cansarnos nunca (véase D. y C. 64:33). Que el Señor nos bendiga para que podamos vivir de tal forma que en nuestro diario comportamiento y al cumplir con nuestro deber, podamos “cantar la canción del amor que redime”, y hacerlo con igual entusiasmo hoy como ayer, y mañana como hoy.

“…el campo está blanco, listo para la siega; y he aquí, quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí de modo que no perece, sino que obra la salvación de su alma.” (D. y C. 4:4.) Seguir leyendo

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