Volver a casarse: Una aventura de paciencia y de amor

Volver a casarse: Una aventura de paciencia y de amor
Por Heidi Eljarbø Morrell Andersen
La autora vive en Noruega

La combinación de dos familias exige el doble de paciencia, pero también puede producir el doble de amor.

El divorcio nunca fue parte de mi vocabulario hasta que me sucedió a mí. Durante mucho tiempo sentía el bochorno de lo negativo del vocablo cada vez que alguien me preguntaba cuál era mi estado civil. “Soy divorciada”. Me costaba muchísimo decirlo en voz alta, como si estuviera diciendo una mala palabra.

No obstante, esa era mi situación en aquel momento de la vida y me resultaba difícil sentirme parte de un grupo. “Ya encontrarás a alguien”, me decían mis amigos. Pero yo no tenía interés en casarme otra vez ni sentía el deseo de hacerlo; mis cuatro hijos me mantenían bastante ocupada.

Hasta que un día, sin ninguna expectativa ni planes para el futuro, conocí a Arnfinn y, para mi sorpresa, nos comprendíamos tan bien que empecé a disfrutar cada vez más de su compañía; era inteligente, apuesto y divertido. Cuando me propuso matrimonio, yo no sabía lo que nos deparaba el futuro, pero sabía que quería tener ese futuro con él. Nos tomamos el tiempo necesario para “alisar las arrugas”, como decía Arnfinn, y en el otoño de 1997 nos casamos en el Templo de Estocolmo, Suecia.

El ser recién casados cuando tenía casi cuarenta años no fue lo mismo que la primera vez. El estar enamorados produjo la misma emoción maravillosa, y el entusiasmo ante una nueva relación era similar; pero ahora teníamos dos excónyuges, un perro desobediente, un pájaro bullicioso y nueve hijos, de entre tres y diecisiete años de edad. Felizmente, la novedad de nuestro romance fue suficiente para sostenernos a través de los desafiantes días que teníamos por delante. Seguir leyendo

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Cómo dirigir un análisis en grupo para que sea eficaz

Cómo dirigir un análisis en grupo para que sea eficaz
Por Dustin West
Seminarios e Institutos

Lograr que los análisis del Evangelio sean significativos es como dirigir música hermosa; una de las funciones principales del maestro es dirigir el análisis de manera que los alumnos tengan la oportunidad de sentir el Espíritu y de descubrir las verdades por sí mismos.

Cuando dirija un análisis del Evangelio, tal vez le sea útil imaginar que es un director de orquesta, y que las personas a quienes enseña no son el público que viene a escuchar el concierto sino la orquesta, cada uno tocando lo que le corresponde para crear la música. El director coordina a los músicos, hace que se destaque lo mejor de cada uno y contribuye a que la música de ellos se convierta en una obra de arte inspiradora.

Lograr que los análisis del Evangelio sean significativos es como dirigir música hermosa. Un buen análisis da como resultado una comprensión más profunda de las doctrinas del Evangelio que se analizan, así como un deseo sincero de aplicar las verdades del Evangelio.

A continuación, se presentan varios principios que mejorarán los análisis que usted dirija:

Al enseñar, enfóquese en las personas, no en las lecciones. Sus alumnos estarán más dispuestos a participar en los análisis si sienten que ellos son más importantes para usted que cubrir todo el material de la lección; ellos desean sentir que usted se ha preparado para fortificar y aumentar la fe que tienen en el Señor en lugar de limitarse a presentar información. Los alumnos que sienten que su maestro y los demás miembros de la clase los quieren están más dispuestos a compartir ideas y experiencias.

Fomente la inspiración. Su tiempo juntos es una oportunidad para que usted y aquellos a quienes enseñe reciban revelación, no una ocasión para que exponga todo lo que sabe. Una de las funciones principales del maestro es dirigir el análisis de manera que los alumnos tengan la oportunidad de sentir el Espíritu y de descubrir las verdades por sí mismos. Cuando fluye la revelación, todos son edificados —tanto el que enseña como los que aprenden— y se regocijan juntamente (véase D. y C. 50:22). Usted sabrá que sus análisis son edificantes cuando aprenda del Espíritu y cuando enseñe por medio del Espíritu. Seguir leyendo

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Cuando un hijo se aparta de la Iglesia

Cuando un hijo se aparta de la Iglesia
Por Robin Zenger Baker
La autora vive en Massachusetts, EE. UU.

Podemos aceptar el principio de que nuestros hijos son bendecidos con el albedrío, aun cuando lo utilicen para tomar una dirección con la que no estemos de acuerdo.

Habían pasado semanas desde que mi hija se había mudado a otra ciudad, y cada domingo que faltaba a la Iglesia me causaba las mismas preocupaciones. ¿Volvería alguna vez? Intenté todo lo que me fue posible pensar para lograr que fuera a la Iglesia: darle ánimo, usar la lógica, rogarle, hacer las veces de despertador personal, orar, ayunar e incluso llamar al obispo. Como vivíamos a más de 3.200 km de distancia, era muy difícil para mí asistir con ella, ¡pero hasta eso intenté!

Me imaginaba continuamente que si yo pudiera manipular un poco la situación, ella volvería a establecer su trayectoria espiritual. Pensaba que solo necesitaba que se colocara en su camino a la persona adecuada —la maestra visitante, el obispo, un amigo o un miembro de la familia—, para que dijera o hiciera exactamente lo que la motivaría a volver. Pero nada daba resultado. La cabeza me daba vueltas y tenía el corazón lleno de culpa y angustia con la idea de que le había fallado como madre.

Hay muchas otras personas que están en la misma situación. Cuando los hijos se apartan del camino del Evangelio, es muy difícil para los padres fieles hacer frente a la situación. Una madre quedó tan alterada por las decisiones de su hija que dijo que hasta sentía dolor al respirar; un padre comentó que le parecía que sus hijos lo rechazaban y se oponían a su manera de vivir; y a una joven le preocupaba que sus propios hijos pequeños se apartaran un día de la Iglesia por cuestionar los principios.

¿Cómo hacemos frente a esos sentimientos de dolor cuando los miembros de la familia deciden dejar la Iglesia? Hay varias cosas que podemos hacer. Seguir leyendo

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El gozo de la obra de historia familiar

El gozo de la obra de historia familiar
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Quentin L. Cook

La promesa de Elías el Profeta deja en claro que cada uno de nosotros tiene una obligación con las generaciones que nos preceden y con las generaciones que nos siguen.

Nunca olviden que la historia familiar —y las ordenanzas del templo que son posibles gracias a ella— es una parte esencial de la obra de salvación y que la participación en esa obra sagrada por los muertos bendice la vida de los vivos. Fortalece nuestra fe en el Evangelio y nuestro compromiso con él, nos ayuda a resistir la tentación, acerca a las familias y fortalece a nuestros barrios y estacas.

Deseo hacer hincapié en los aspectos de “encontrar, llevar y enseñar” de la obra de Historia Familiar. Al decir encontrar, nos referimos al uso del sitio web de FamilySearch o del cuadernillo Mi familia: Historias que nos unen1 para encontrar el nombre de uno o más de sus antepasados o de los descendientes de ellos. Luego,lleven esos nombres al templo o compártanlos con otras personas para que ellos los lleven. (Si es posible, vayan al templo como familia). Finalmente, enseñen a su familia y luego enseñen a otras personas a hacer lo mismo.

Ilustración por Brad Teare; ilustraciones fotográficas por Welden C. Andersen, Alexander Borges y Les Nilsson.

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El libro milagroso de Mormón

El libro milagroso de Mormón
Por John L. Sorenson
Profesor emérito de antropología, Universidad Brigham Young

Mormón llevó a cabo la abrumadora tarea de compendiar los registros nefitas de una manera eficaz y milagrosa.

Cuando Mormón vio que su pueblo nefita estaba a punto de ser exterminado, se propuso escribir “un breve compendio” de sus anales (Mormón 5:9). Ese proyecto comenzó en el último lugar en el que los nefitas acamparon antes de congregarse finalmente en la tierra de Cumorah. Las condiciones en las que los nefitas estaban viviendo no pudieron haber sido sino duras; el pueblo se componía de refugiados cuyas fuentes de alimento, vestimenta y refugio eran inciertas. Mormón probablemente siguió escribiendo aun durante el periodo de cuatro años de preparación para la batalla final que habían convenido con el comandante lamanita; pero, en cualquier caso, la historia compendiada se completó y el archivo se enterró en el cerro de Cumorah mucho antes del conflicto final (véase Mormón 6:6).

Es evidente que la creación del Libro de Mormón fue una hazaña abrumadora, especialmente cuando se consideran las condiciones del “campo” en que Mormón tuvo que trabajar y los deberes adicionales que tenía al estar al mando de sus fuerzas mientras se preparaban para la batalla final. Es comprensible entonces que el producto final no estuviera falto de imperfecciones1.

Limitaciones en la obra de Mormón

Consideren algunas de las limitaciones que Mormón enfrentó en la realización de su objetivo:

  1. El tamaño de su nuevo registro tendría que restringirse drásticamente. El libro debía ser lo suficientemente portátil como para que Moroni pudiera transportarlo a un lugar seguro.

  2. El producto físico se debía preparar de manera que perdurara durante siglos.

  3. De los posibles sistemas de escritura que Mormón podía utilizar, solo uno de ellos era lo suficientemente conciso para caber en el libro.

  4. La narración debía ser de una longitud práctica, fiel a los hechos de la historia contenida en los anales que estaba resumiendo y expresada de una manera que él considerara apropiada.

  5. El tiempo para realizar el trabajo era poco. Mormón tuvo un poco más de tres años para llevar a cabo toda la compilación y redacción de más de seiscientos años de historia. Posiblemente ni siquiera tuvo tiempo de leer todos los registros que tenía en las manos, y seguramente no tuvo tiempo para afinar el estilo o volver a editar.

Teniendo en cuenta todas esas limitaciones, ¿cómo escogió Mormón qué información incluir y cuál omitir?

En algunas formas su logro inspirado de producir el Libro de Mormón fue tan sorprendente y admirable como el logro posterior de José Smith de traducir los anales en tan poco tiempo.

Escoger un sistema de escritura

El texto del Libro de Mormón indica en varios lugares la dificultad que los escribas tenían para expresarse claramente (véanse Jacob 4:1; Mormón 9:33; Éter 12:23–25, 40). Mormón dijo: “… hay muchas cosas que, de acuerdo con nuestro idioma, no podemos escribir” (3 Nefi 5:18). “Nuestro idioma”, en ese sentido, se refiere obviamente a su sistema de escritura, no al idioma que hablaban. Moroni también nos dice que no habría habido “ninguna imperfección” (Mormón 9:33) si hubieran utilizado escritura hebrea, que es un sistema alfabético.

Los historiadores nefitas denominaron los “caracteres” que utilizaron para escribir “egipcio reformado” (Mormón 9:32). Ese sistema consistía en “la ciencia de los judíos y el idioma de los egipcios” (1 Nefi 1:2). Ocasionalmente, se utilizaron símbolos egipcios en la Palestina antigua para escribir los sonidos de palabras hebreas2. De la muestra de caracteres de la “Transcripción Anthon”3, la cual se afirma que es una copia de caracteres de las planchas que José Smith tradujo, es evidente que no se basaron directamente en la escritura egipcia que se utilizaba a diario en la época de Lehi. Tienen más la apariencia de los símbolos del egipcio hierático, un sistema paralelo y más antiguo de símbolos que también utilizaban cuando empleaban pincel y tinta en vez de grabar en piedra.

El sistema hierático era más conciso que la escritura hebrea alfabética, pero también más ambiguo porque una gran cantidad de los caracteres representaban morfemas o palabras completos y complejos (que actualmente se llaman logogramas) en vez de sonidos deletreados para formar palabras, como en un alfabeto. El significado de cada logograma se tenía que memorizar. Esa ambigüedad pudo haber sido parte del problema de “la manera de colocar nuestras palabras” (Éter 12:25) del que habla Moroni.

Una causa adicional de “imperfecciones” pudo haber sido que, como el egipcio hierático se utilizaba principalmente para escribir en forma cursiva, el usarlo para grabar un registro en planchas de metal podía significar que los pequeños deslices de la mano del grabador y el no tener un “borrador” eficaz a su disposición para hacer correcciones podían resultar en que se malentendieran los caracteres.

Muchos juegos de anales

Además de las planchas mayores de Nefi, se utilizaron documentos suplementarios en ciertas partes de la creación de la narración de Mormón. Él observó varias veces su dependencia del “propio registro [de Alma]” (Alma 5:2; encabezamiento del capítulo 7; 35:16). También utilizó “los anales de Helamán” y “de sus hijos” (introducción del libro de Helamán), y también leemos en cuanto a “los anales de Nefi” (3 Nefi 5:10).

En ocasiones, Mormón también dependió de otros escritos originales, algunos de los cuales no identificó claramente. Entre algunos de los posibles anales suplementarios se encuentran:

  • El texto del gran discurso del rey Benjamín (Mosíah 2:9Mosíah 5).

  • Los anales de las planchas de Zeniff (Mosíah 9–22).

  • La predicación de Alma en primera persona en Zarahemla, Gedeón y Melek (Alma 5, 7 y 8).

  • La historia de las experiencias de Alma y Amulek en Ammoníah (Alma 9–14).

  • La relación detallada del ministerio de los hijos de Mosíah y sus compañeros entre los lamanitas (Alma 17–27).

  • Los discursos de Alma a sus hijos Helamán, Shiblón y Coriantón (Alma 36–42).

Moroni también incluyó su traducción y resumen de la historia de Éter sobre los jareditas, preparada y agregada por Moroni como el libro de Éter; así como extractos de enseñanzas y cartas de su padre, Mormón (Moroni 7–9)4.

Los anales sagrados más importantes se conservaron en metal para asegurar su permanencia; ellos supusieron que los anales conservados en substancias más perecederas, con el tiempo, serían ilegibles (véase Jacob 4:2). El uso de ejemplares de las Escrituras en papel para el uso cotidiano se insinúa en el hecho de que se quemaron los que poseían los conversos de Alma en Ammoníah (véase Alma 14:8; compárese con Mosíah 2:8; 29:4 y Alma 63:12). Las planchas de metal no eran fáciles de elaborar (véase Mormón 8:5) ni de grabar, de modo que su disponibilidad era limitada.

Haciendo uso de la diversidad de materiales que tenía disponibles, Mormón redactó su historia “según el saber y el entendimiento que Dios” le había dado (Palabras de Mormón 1:9). La ayuda divina a veces era directa y específica, como cuando el Señor le instruyó no incluir una descripción más larga de las enseñanzas de Jesús a los nefitas (véase 3 Nefi 26:6–12); pero no se da ninguna indicación de que se le haya revelado información histórica adicional.

“Y así vemos”

Mormón dijo varias veces que su compendio no podía incluir mas que una fracción del material histórico que se encuentra en las planchas mayores de Nefi (véansePalabras de Mormón 1:5; 3 Nefi 5:8; 26:6; véanse también Jacob 3:13–14; 4:1). ¿Cómo, entonces, seleccionó sus materiales?

Su criterio principal se manifiesta repetidamente en su libro. El objetivo era asegurarse de que sus lectores, especialmente los futuros habitantes de la tierra prometida en el continente americano, y particularmente los descendientes de Lehi, captaran la importancia para ellos de la promesa y la profecía que se dieron al padre Lehi: “Según guardéis mis mandamientos, prosperaréis en la tierra” (Jarom 1:9). En realidad, es a la versión negativa que Amarón usó de lo que dijo Lehi a la que Mormón da su atención principal: “Si no guardáis mis mandamientos, noprosperaréis en la tierra” (Omni 1:6; cursiva agregada).

Las lecciones de Mormón delinean el contraste entre el bien y el mal de manera dramática. Las personas que figuran en sus anales hacen hincapié en la obediencia y la virtud por un lado, en comparación a la maldad obstinada, por el otro. Describe a los malhechores como totalmente malos y merecedores de su suerte; mientras que describe a los héroes como loables en casi todo sentido. A los personajes de la zona gris casi ni se les hace notar. Mormón no quería dejar pregunta alguna en la mente de sus lectores de que el bien y el mal son completamente opuestos (noten las propias palabras de Mormón en cuanto a ese contraste en Moroni 7:5–19). Sin duda, Mormón agregó su propia interpretación personal inspirada a lo que estaba relatando. Esa postura a menudo se ve señalada mediante el uso de una frase similar a “y así vemos” (por ejemplo, en Alma 42:4, 7, 14; Helamán 3:23–31; 6:34–40).

Mormón y Moroni presentan sus “breves” anales a los futuros lectores como un tipo singular de historia interpretativa. Lo presentan a las épocas futuras no de la manera en que un historiador escribiría una historia, sino como un poderoso mensaje moral que tenía la intención de educar a los lectores en cuanto a las lecciones que ambos habían aprendido durante su largo y arduo servicio a su pueblo y a Dios. Hicieron uso de las mejores fuentes disponibles de la manera más eficaz que pudieron. La labor y dedicación que se manifiestan en su obra han sido para el beneficio de todas las personas de nuestros días,

y por ello les expreso mi más profundo agradecimiento.

Notas

  1. Por ejemplo, es posible que algunos errores menores (el equivalente de los errores tipográficos modernos) se encuentren entre las “faltas” a las que Moroni se refiere como “equivocaciones de los hombres” en la portada del Libro de Mormón. Incluyen el informe erróneo de la captura de la ciudad de Nefíah (Alma 51:26; compárese con Alma 59:5) y un error en el que el mismo acontecimiento se dice en un pasaje que tuvo lugar en el año veintiséis de los jueces (Alma 56:9) y en otro en el año veintiocho (Alma 53:22–23). Dichas fallas muestran el lado humano de la tarea del historiador, aun cuando no deben causar ningún problema de gravedad en la lectura de los anales.

  2. Véase de John A. Tvedtnes y Stephen D. Ricks, “Jewish and Other Semitic Texts Written in Egyptian Characters”, Journal of Book of Mormon Studies, tomo V, nro. 2, 1996, págs. 156–163; y de John A. Tvedtnes, “Linguistic Implications of the Tel-Arad Ostraca”, Newsletter and Proceedings of the Society for Early Historic Archaeology, nro. 127, 1971.

  3. Véase de B. H. Roberts, New Witnesses for God, 3 tomos, 1909, tomo II, págs. 93–104.

  4. Para obtener mayor información en cuanto a las diferentes fuentes para los anales, véase “Una breve explicación acerca del Libro de Mormón”, en el Libro de Mormón.

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Aférrense a la barra

Aférrense a la barra
Por el élder Daniel L. Johnson
De los Setenta

Daniel L. JohnsonEl estudiar continuamente las Escrituras nos ayuda a mantener los ojos, la mente y el corazón centrados en el Salvador; y a medida que ponemos en práctica y vivimos las enseñanzas que se encuentran en las Escrituras, llegamos a ser más como Él.

Durante su viaje por el desierto, Lehi y su familia despertaron una mañana y encontraron “una esfera de bronce fino, esmeradamente labrada” en el suelo. Tenía dos agujas, “una de las cuales marcaba el camino que [debían] seguir” (1 Nefi 16:10).

La Liahona, o esfera, también proporcionaba “una escritura nueva” que les daba “conocimiento respecto a las vías del Señor”. Dicha escritura “cambiaba de cuando en cuando, según la fe y diligencia que [ellos] le [daban]” (véase 1 Nefi 16:28–29).

Lehi y su familia ya tenían las planchas de bronce, las cuales contenían los escritos y las profecías de varios profetas del Antiguo Testamento. Las planchas de bronce y la Liahona constituían sus Escrituras, y se esperaba que el pueblo de Lehi las estudiara y les prestara atención continuamente. Si lo hacían, avanzaban en su trayecto; si no lo hacían, se retrasaban en el desierto y se veían afligidos por el hambre y la sed.

¿Qué trataba el Señor de enseñarles a ellos, y a nosotros, por medio del funcionamiento de la Liahona?

Uno de los propósitos principales de las Escrituras es ayudarnos a conocer y entender al Salvador, y a llegar a ser más como Él (véase 3 Nefi 27:27). El estudiar continuamente las Escrituras nos ayuda a mantener los ojos, la mente y el corazón centrados en Él; y a medida que ponemos en práctica y vivimos las enseñanzas que se encuentran en las Escrituras, llegamos a ser más como Él. Conforme llegamos a ser más como Él, nos convertimos en candidatos para la vida eterna (véase Juan 5:39).

El sueño de Lehi

En el sueño o visión de Lehi, se representaron a cuatro grupos de personas. Los primeros tres grupos entraron al camino que conducía al árbol de la vida. La puerta del camino es el bautismo (véase2 Nefi 31:17–18); así que, en esos tres primeros grupos se habla de miembros de la Iglesia.

No me referiré al cuarto grupo: aquellos que se dirigían directamente al grande y espacioso edificio; sin embargo, al considerar a los otros tres grupos, quizá deseen hacer una evaluación interna a fin de determinar a qué grupo pertenecen y preguntarse a qué grupo preferirían pertenecer.

Grupo 1

“Y vi innumerables concursos de gentes, muchas de las cuales se estaban apremiando a fin de llegar al sendero que conducía al árbol al lado del cual me hallaba.

“Y aconteció que se adelantaron y emprendieron la marcha por el sendero que conducía al árbol.

“Y ocurrió que surgió un vapor de tinieblas, sí, un sumamente extenso vapor de tinieblas, tanto así que los que habían entrado en el sendero se apartaron del camino, de manera que se desviaron y se perdieron” (1 Nefi 8:21–23).

Al parecer, los integrantes de ese grupo no leyeron ni estudiaron las Escrituras, no escucharon ni vieron la conferencia general, no leyeron la revista Liahona ni asistieron a las reuniones dominicales, todo lo cual ofrece la palabra de Dios; como consecuencia, se apartaron del camino.

Grupo 2

“Y sucedió que vi a otros que se adelantaban, y llegaron y se asieron del extremo de la barra de hierro, y avanzaron a través del vapor de tinieblas, asidos a la barra de hierro, hasta que llegaron y participaron del fruto del árbol…

“Y después que hubieron probado del fruto, se avergonzaron a causa de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se perdieron” (1 Nefi 8:24, 28).

Observen que los de ese grupo se asieron a la barra de hierro; se mantuvieron asidos hasta que llegaron al árbol de la vida y participaron de su fruto; pero se avergonzaron del evangelio de Jesucristo, dejaron de concentrarse en el Salvador y se distrajeron con las atracciones, tentaciones y riquezas del mundo. Entonces ellos también se perdieron.

La clave para entender esos versículos se encuentra en la frase “asidos a la barra de hierro”. Yo comparo la palabra asidos con una experiencia del tipo que resulta en “nudillos blancos”. Si alguna vez han descendido en balsa por las aguas rápidas de un río, recordarán que se asieron tan fuertemente a la balsa que los nudillos se les pusieron blancos. Luego, cuando llegaron a aguas tranquilas, ¿qué hicieron? ¡Se soltaron!

En el contexto del Evangelio, eso puede suceder cuando se les pide que preparen un discurso o cuando enfrentan una crisis, tal como la muerte de un familiar o la ruptura de una relación. Entonces, buscan discursos de conferencia que casi nunca escuchan o consultan las Escrituras que por lo general tienen en el olvido. Buscan guía y apoyo espiritual a causa de su debilidad espiritual; luego, cuando la crisis ha pasado, ¡se sueltan!; ponen las Escrituras nuevamente en la repisa, vuelven a sus viejos hábitos de asistencia infrecuente a la Iglesia y abandonan la oración diaria, por lo menos hasta que llegue la siguiente crisis o experiencia “de nudillos blancos”. En otras palabras, se vuelven al Señor en busca de ayuda solo cuando surge una necesidad desesperante, en vez de hacerlo continuamente.

Los integrantes de ese grupo se habían bautizado, y muchos de ellos probablemente habían sido ordenados al sacerdocio, recibido las ordenanzas del templo, prestado servicio en misiones de tiempo completo y casado en el templo. Pero, ¡se soltaron! Dejaron de leer las Escrituras continuamente, cayeron en senderos prohibidos y se perdieron.

Afortunadamente, la mayoría de los jóvenes adultos y los exmisioneros se mantienen fieles a las verdades del Evangelio que han aprendido y compartido. También centran su vida en el Salvador mediante el estudio de las Escrituras y la oración diarios. Expresamos gratitud por ellos y por su fidelidad; ellos son el futuro de la Iglesia y los futuros padres de los que llevarán adelante la Iglesia.

Grupo 3

“[He] aquí, [Lehi] vio otras multitudes que avanzaban; y llegaron y se agarraron del extremo de la barra de hierro; y siguieron hacia adelante, asidos constantemente a la barra de hierro, hasta que llegaron, y se postraron, y comieron del fruto del árbol” (1 Nefi 8:30).

Noten la frase “asidos constantemente a la barra de hierro”. Ese grupo leía las Escrituras continuamente y se centraban en el Salvador continuamente.

Las Escrituras son lo más importante que podemos estudiar; deben tener prioridad sobre la química, la física, la contabilidad, el baile, la música, los deportes y cualquier otro estudio o actividad secular.

Comiencen todos los días con las Escrituras. La oración y el estudio de las Escrituras van de la mano; son compañeros inseparables. La oración constante los conducirá a las Escrituras, y el estudio continuo de las Escrituras los conducirá a la oración. Ambos nos mantienen centrados en el Salvador y nos dan acceso a la revelación y a la paz que solo se pueden obtener al estar “asidos constantemente a la barra de hierro”. La oración y las Escrituras los conducirán al templo, harán que deseen santificar el día de reposo, y les ayudarán a evitar y a vencer las tentaciones del adversario.

Ahora deseo dirigir su atención a la frase “llegaron, y se postraron y comieron del fruto del árbol”. Una de las claves para entender esa frase se encuentra en 1 Nefi capítulo 11:

“Y sucedió que después que hube visto el árbol, le dije al Espíritu: Veo que me has mostrado el árbol que es más precioso que todos.

“Y me preguntó: ¿Qué deseas tú?

“Y le dije: Deseo saber la interpretación de ello”.

El ángel respondió: “¡Mira!”. Entonces Nefi vio en visión a la Virgen María, a quien el ángel identificó como “la madre del Hijo de Dios”. A continuación, Nefi vio a María llevando a un niño —“el Cordero de Dios”— en los brazos.

Ahora presten atención al versículo 24: “… Y miré, y vi al Hijo de Dios que iba entre los hijos de los hombres; y vi a muchos que caían a sus pies y lo adoraban” (véase1 Nefi 11:9–24; cursiva agregada).

El árbol representa el amor de Dios, demostrado mediante Su Hijo Jesucristo (véase1 Nefi 11:21–22). Los del grupo 2 que llegaron al árbol no se postraron, como lo hicieron los del grupo 3. ¿Es posible estar en la presencia del Hijo de Dios y no saberlo? Uno solamente necesita leer el Nuevo Testamento para encontrar la respuesta. El Salvador ministró durante tres años, enseñando y llevando a cabo milagros, pero muy pocos lo reconocieron por quien realmente era.

Escudriñen las Escrituras

Háganse estas preguntas:

  • ¿Qué puedo hacer para asegurarme de que me mantenga continuamente asido a la barra de hierro a fin de que cuando llegue al árbol de la vida reconozca al Salvador y me postre ante Él y lo adore?

  • ¿Qué puedo hacer para mantener los ojos, la mente y el corazón centrados en el Salvador?

  • ¿Qué puedo hacer para llegar a ser más como el Salvador?

La respuesta a esas tres preguntas se encuentra en las Escrituras. “Escudriñad las Escrituras”, dijo el Salvador, “porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Si se sumergen en las Escrituras todos los días de su vida, tendrán la fortaleza para resistir transgresiones serias; y lo que es más importante, llegarán a conocer al Salvador y podrán mantener los ojos, la mente y el corazón centrados en Él.

A medida que lleguen a conocer a Jesucristo, pongan en práctica Sus enseñanzas y sigan Su ejemplo, llegarán a ser como Él. Al llegar a ser como Él, tendrán la posibilidad de vivir para siempre en Su presencia.

Para obtener fe

President Thomas S. Monson

“… a fin de obtener y mantener la fe que necesitamos, es esencial que leamos, estudiemos y meditemos las Escrituras”.

Presidente Thomas S. Monson “Sean un ejemplo y una luz”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 87.

Tomado del discurso “Continually Holding Fast to the Rod of Iron”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young–Idaho, el 12 de mayo de 2015. Para leer el texto completo en inglés, visite web.byui.edu/devotionalsandspeeches.

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El matrimonio es ordenado por Dios

El matrimonio es ordenado por Dios

Estudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender el documento “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” aumentará su fe en Dios y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

Profetas, apóstoles y líderes continúan [proclamando] solemnemente “que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador”1.

El élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La familia edificada en el matrimonio de un hombre y una mujer proporciona el mejor entorno para que el plan de Dios prospere…

“Ni nosotros ni ningún otro ser humano puede alterar ese divino orden del matrimonio”2.

Bonnie L. Oscarson, Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, dijo: “Toda persona, sea cual sea su estado civil, o cuántos hijos tenga, puede ser defensora del plan del Señor que se describe en la proclamación sobre la familia. Si es el plan del Señor, ¡también debe ser nuestro plan!”3.

El élder Christofferson continuó: “Algunos de ustedes no gozan de la bendición de un matrimonio por razones que incluyen la falta de candidatos viables, la atracción hacia el mismo sexo, las discapacidades físicas o mentales… Quizás se hayan casado, pero ese matrimonio terminó… Algunos que están casados no pueden tener hijos…

“Aun así… todos pueden contribuir al desarrollo del plan divino en cada generación”4.

Historias vivas

El hermano Larry M. Gibson, que fue Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes, recordó cuando Shirley, actualmente su esposa, dijo:

“‘Te amo porque sé que amas al Señor más de lo que me amas a mí’…

“Esa respuesta me llegó al corazón…

“[Y] deseé que ella siempre sintiera que yo amaba al Salvador por encima de todo”5.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “El Señor Jesucristo es el punto principal en la relación del convenio del matrimonio… [Imaginen que] el Salvador está ubicado en la cúspide de este triángulo, y en la base figura una mujer en una esquina y un hombre en la otra. Consideren, ahora, lo que ocurre en la relación entre el hombre y la mujer a medida que cada uno, gradualmente, ‘[viene] a Cristo’ y se esfuerza por ser perfeccionado en Él (Moroni 10:32). A causa del Redentor, y por medio de Él, el hombre y la mujer se acercan más el uno al otro”6.

Considere lo siguiente

¿Cómo me esfuerzo de forma individual y constante por “venir a Cristo”?

Notas

  1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  2. D. Todd Christofferson, “El porqué del matrimonio, el porqué de la familia”,Liahona, mayo de 2015, pág. 52.

  3. Bonnie L. Oscarson, “Defensoras de la Proclamación sobre la Familia”,Liahona, mayo de 2015, pág.15.

  4. D. Todd Christofferson, “El porqué del matrimonio, el porqué de la familia”, pág. 52.

  5. Larry M. Gibson, “Fulfilling Our Eternal Destiny”, Ensign, febrero de 2015, págs. 21–22.

  6. David A. Bednar, “El matrimonio es esencial para Su plan eterno”, Liahona,junio de 2006, pág. 54.

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Aterrizar a salvo durante la turbulencia

Aterrizar a salvo durante la turbulencia
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Dieter F. UchtdorfNo hace mucho, mi esposa, Harriet, y yo estábamos en un aeropuerto viendo aterrizar magníficos aviones. Era un día ventoso y las intensas ráfagas de viento azotaban las aeronaves que se acercaban, haciendo que cada una zigzagueara y se sacudiera al aproximarse.

Al observar esa lucha entre la naturaleza y la máquina, mi mente se remontó a mi propio entrenamiento de vuelo y a los principios que aprendí allí —y que después enseñé a otros pilotos en formación.

“No luchen contra los mandos durante la turbulencia”, les solía decir. “Permanezcan serenos; no reaccionen de manera exagerada y mantengan la vista fija en la línea central de la pista. Si se desvían de la ruta de aproximación deseada, hagan correcciones rápidas pero calculadas. Confíen en el potencial de la aeronave y capeen la turbulencia”.

Los pilotos experimentados entienden que no siempre pueden controlar las cosas que suceden a su alrededor. No pueden disipar la turbulencia sin más, ni hacer que la lluvia o la nieve desaparezcan. No pueden hacer que el viento deje de soplar, ni cambiar su dirección.

Pero también entienden que es un error temer la turbulencia o los fuertes vientos —y sobre todo quedarse paralizado ante ellos. La manera de aterrizar a salvo cuando las condiciones no son ideales es permanecer en el camino y la senda de planeo correctos lo más perfectamente posible.

Mientras observaba a un avión tras otro hacer su aproximación final y recordaba los principios que aprendí en mis años como piloto, me pregunté si no había en ello una lección para nuestra vida diaria.

No siempre podemos controlar las tormentas que la vida pone en nuestro camino; en ocasiones, las cosas simplemente no salen como queremos. Tal vez nos sintamos sacudidos o zarandeados por la turbulencia de la desilusión, la duda, el temor, la tristeza o el estrés.

En esos momentos, es fácil quedar atrapados en todo lo que va mal y hacer de nuestros problemas el centro de nuestros pensamientos. La tentación está en centrarnos en las pruebas que afrontamos en lugar de hacerlo en el Salvador y en nuestro testimonio de la verdad.

Pero esa no es la mejor manera de sobrellevar los desafíos de la vida.

Tal como un piloto experimentado no fija su atención en la tormenta, sino en el centro de la pista y en el punto de aterrizaje correcto, también nosotros debemos fijar nuestra atención en el centro de nuestra fe —nuestro Salvador, Su evangelio y el plan de nuestro Padre Celestial—, y en nuestra meta final: regresar a salvo a nuestro destino divino. Debemos confiar en Dios y hacer de la permanencia en la senda del discipulado el centro de nuestro esfuerzo. Debemos mantener la vista, el corazón y la mente centrados en vivir como sabemos que debemos hacerlo.

El mostrar nuestra fe y nuestra confianza en el Padre Celestial al guardar con gozo Sus mandamientos nos traerá felicidad y gloria y, si permanecemos en la senda, superaremos cualquier turbulencia, no importa cuán fuerte pueda parecer; y regresaremos a salvo a nuestro hogar celestial.

Ya sea que los cielos a nuestro alrededor estén despejados o llenos de nubes amenazantes, como discípulos de Jesucristo, buscamos primero el Reino de Dios y Su justicia, sabiendo que, si lo hacemos, todas las demás cosas que necesitamos finalmente se nos proporcionarán (véase Mateo 6:33).

¡Qué importante lección para la vida!

Cuanto más nos obsesionemos por nuestras dificultades, nuestras pruebas, nuestras dudas y nuestros miedos, más se pueden complicar las cosas. Sin embargo, cuanto más centrados estemos en nuestro divino destino final y en el gozo de seguir la senda del discipulado —amar a Dios y prestar servicio al prójimo—, más probabilidades hay de que superemos con éxito los momentos de tribulación y de turbulencia.

Queridos amigos, no importa cuán violentamente rujan a nuestro alrededor los vientos de nuestra existencia terrenal, el evangelio de Jesucristo siempre ofrecerá el mejor camino hacia un aterrizaje seguro en el reino de nuestro Padre Celestial.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Uchtdorf nos aconseja que “[confiemos] en Dios y [hagamos] de la permanencia en la senda del discipulado el centro de nuestro esfuerzo”. Considere la posibilidad de preguntar a aquellos a quienes enseña cómo se han mantenido centrados “en nuestro divino destino final y en el gozo de seguir la senda del discipulado” en los momentos en que han afrontado pruebas. Si lo desea, invítelos a pensar en maneras en que se pueden centrar en su testimonio y en Cristo en los momentos de dificultad, y a decidir, con espíritu de oración, cómo aplicar una o más de esas ideas en su vida.

Jóvenes

El fundamento para mi testimonio

Cuando tenía dieciséis años, un amigo apareció en nuestra casa con los misioneros y, un mes después de la primera charla, todas mis preguntas habían recibido una clara respuesta. Sentí el Espíritu Santo testificar de la veracidad de los mensajes acerca de la Restauración; no se parecía a nada de lo que había sentido antes, y supe que todo era verdad.

Sin embargo, experimenté más rechazo y oposición que nunca antes; me sentía sola, cansada y confusa. Si estaba haciendo lo correcto, ¿por qué hallaba tanta adversidad? No podía entender cómo mis pruebas eran para mi bien. Los misioneros me enseñaron a ayunar y a orar, aun en medio del día en la escuela. Cuando las cosas se hacían insoportables, oraba con fervor e inmediatamente sentía el consuelo del Espíritu.

La semana de mi bautismo estuvo lleno de pruebas: mi jefe me amenazó con despedirme si no iba a sustituir a otra persona el día de mi bautismo, acabé en el hospital con piedras en el riñón y mis padres me pidieron que me fuera de casa. Con tantas cosas fuera de mi control, lo único que podía hacer era volverme al Señor.

Cada una de esas pruebas resultó ser para mi beneficio; me ayudaron a aprender en cuanto a las doctrinas del Evangelio, y eso me proporcionó el fundamento para mi testimonio.

Niños

Él nos guiará a casa

Cuando seguimos el ejemplo de Jesucristo, ¡es como si siguiéramos un camino recto que lleva hacia Él! Podemos estar seguros y contentos, tal como el avión que aterriza a salvo en la pista. ¡Dirige el avión de regreso a la pista a través del laberinto!

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Nuestras hermanas, desde el principio

Nuestras hermanas, desde el principio
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce Apóstoles

élder Bruce R. McConkie(Discurso pronunciado durante la dedicación del monumento a la mujer, en Nauvoo, Illinois.)

«He aquí, herencia de Jehová son los niños.» (Salmos 127:3.)

“Cualquiera que comparta los momentos de goza de la vida con los niños… ayuda a que éstos llenen los primeros años de su vida con recuerdos de amor.” Hermana Barbara B. Smith.

A todas las madres en Israel, las hijas en Sión:

Siento una gran humildad ante esta oportunidad de dirigirme a vosotras; me siento honrado, y, al mismo tiempo, deseo someterme al Espíritu Santo para recibir de El guía y elocuencia, a fin de que lo que diga sea lo que el Señor desea. Quiero hablar de lo que han sido nuestras hermanas, desde el principio de los tiempos, y he tomado mi tema de las siguientes palabras de Alma:

«Y Él comunica su palabra a los hombres por medio de ángeles; sí, no sólo a los hombres, sino a las mujeres también. Y esto no es todo; muchas veces les son dadas palabras a los niños que confunden al sabio y al instruido.” (Al. 32:23.)

En todas las cosas espirituales, en todo lo relativo a los dones del Espíritu, en lo relacionado con la revelación, la obtención de un testimonio y las visiones, en todo lo concerniente a la santidad y a lo divino como resultado de una conducta recta y justa, hombres y mujeres ocupan una posición de absoluta igualdad ante el Señor. El no hace acepción de personas o de sexo, sino que bendice a todos los hombres y mujeres que lo busquen, lo sirvan y guarden Sus mandamientos.

El Señor es misericordioso e imparte de Su gracia a todos aquellos que lo aman, y se deleita en honrar a los que le sirven en justicia hasta el fin, sean hombres o mujeres. A ellos les ha prometido revelarles todos los misterios de Su reino; la comprensión de éstos irá más allá del velo, y a ellos Él les revelará cosas que el ojo mortal no ha visto, ni el oído ha escuchado, ni han entrado en el corazón del hombre. (Véase D. y C. 76:5-10.) Y al hablar así, me refiero tanto a hombres como a mujeres; desde luego, no vacilo en afirmar que desde el principio, éstas han poseído grandes talentos espirituales.

El Señor, en su infinita bondad y sabiduría, siempre ha estimado altamente a la mujer, la ha honrado y dignificado en Su reino terrenal y en Sus tratos con el hombre en una forma que algunos de nosotros quizás no podamos siquiera imaginar.

Desearía ahora invitaros a repasar conmigo algunas escenas que muestran a nuestras hermanas, en el presente, el pasado y el futuro, escenas que se encuentran o se encontrarán registradas en las Escrituras o en nuestra historia.

MARÍA, LA VIRGEN BENDECIDA
Encontramos a María en Nazaret de Galilea, una joven de alrededor de dieciséis años, que recibe la visitación del ángel Gabriel, el ministro angélico que sigue a Miguel en importancia en la jerarquía celestial. Gabriel ha venido para anunciarle:

«.. .concebirás… y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.

. . .será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.

El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. . . será llamado Hijo de Dios.” (Lu. 1:30-35.) Seguir leyendo

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Somos dirigidos por revelación

1 de noviembre de 1891. Palabras pronunciadas por el presidente Wilford Woodruff en una conferencia de estaca.

Somos dirigidos por revelación
por Wilford Woodruff

Wilford WoodruffEsta mañana, antes de asistir a la reunión, tuve la oportunidad de observar algunas pinturas que se encuentran en la casa del hermano Moses Thatcher, intituladas, «Cristo ante Pilato» y «Cristo en el Calvario». Al observarlas pensé que el Salvador, tal como lo ha expresado el hermano Joseph F. Smith, en verdad’ ‘descendió debajo de todas las cosas» (D. y C. 88:6). Vino a la tierra, nació de una mujer en una dispensación determinada por el Padre, y recibió un cuerpo mortal… Pensemos en el corto tiempo que laboró en la carne después de su llamamiento por el Padre; tres años y medio. Pensemos en el sufrimiento por el que pasó, el trabajo que llevó a cabo, la organización de la Iglesia de Dios, el llamamiento de los Doce Apóstoles, de los Setenta. . . y los pocos discípulos que le siguieron durante aquel periodo.

Recordemos entonces que no sólo El mismo fue condenado y crucificado, derramando su sangre por la redención del mundo, sino que cada uno de sus apóstoles también fue ejecutado, muerto por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo, con la excepción de Juan el Revelador; a él no pudieron matarle porque el Señor le prometió que habría de sobrevivir; de otro modo, él también habría sido asesinado como los demás.

AI observar al Salvador clavado a la cruz, pensé en nosotros y en nuestras propias convicciones. Han transcurrido sesenta años desde nuestra llegada a las montañas, en los que hemos vivido como pueblo, ¿y por qué tenéis con vosotros a la presidencia? ¿Por qué tenéis también apóstoles que viven en vuestro medio, caminando libremente por las calles, después de sesenta años? ¿Por qué tenemos más de 200.000 Santos de los Últimos Días congregados en estos valles de las montañas, en medio de un país de 60 millones de habitantes? Estas son las preguntas que deben ser contestadas por los Santos de los Últimos Días. Todo esto tiene una razón de ser hermanos y hermanas; nosotros vivimos en una dispensación diferente, y en un sentido, bajo un orden diferente de cosas al que vieron el Salvador y sus Apóstoles. Aquel fue un tiempo de sacrificios. Aquellos devotos hombres que tuvieron sobre sus hombros el apostolado, estuvieron dispuestos a dar su vida con el Salvador, y su vida fue corta comparada con la historia de la Iglesia de Dios en la actualidad. Con una excepción, todos ellos fueron asesinados y Dios los llevó junto a Él; también retiró el Sacerdocio de la tierra, el que permaneció en manos de Dios el Padre y su Hijo Jesucristo hasta el año 1829.

Largos siglos transcurrieron, millones de seres humanos nacieron, vivieron en la tierra, murieron, volvieron al mundo espiritual; y ni siquiera una de esas almas, según nuestro conocimiento, tuvo el poder de administrar a la humanidad las ordenanzas del evangelio de vida y salvación. Indudablemente, se trataba de millones de buenas personas, que actuaron de acuerdo con la mejor comprensión que pudieron obtener. Hubo hombres como Juan Wesley, Martín Lutero, Wiclef, Zwinglio , Melanchton, y miles de otros que nacieron a su debido tiempo y predicaron el evangelio de acuerdo con el conocimiento y comprensión que poseyeron. Pero ellos no tuvieron el poder de administrar ni siquiera una sola ordenanza que tuviera algún efecto después de la muerte, porque no poseían el Sagrado Sacerdocio.

En nuestro tiempo y generación hemos arribado a un Sacerdocio que se encuentra restaurado. El Señor llamó a José Smith a su debido tiempo, y él organizó la Iglesia. ¿Quién era José Smith? Era sólo un jovencito ignorante de las cosas del mundo. Pero fue también un hombre puro, perteneciente al linaje de Abraham, Isaac y Jacob. Su nacimiento fue profetizado por los antiguos patriarcas y profetas. El Libro de Mormón nos da su nombre. José Smith fue inspirado por el Espíritu Santo, y el Padre y el Hijo le manifestaron su presencia en respuesta a sus oraciones; el Padre le dijo: «Este es mi Hijo Amado, escúchalo.» Seguir leyendo

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La bondad del profeta José Smith

Diciembre de 1978
La bondad del profeta José Smith
por Kenneth W. Godfrey

José SmithLuego de un considerable estudio y con más de dieciséis años de experiencia en la enseñanza de la historia de la Iglesia, una de las cualidades más importantes que he encontrado en el profeta José Smith es su benevolencia. Este gran atributo parece haber sido parte de su vida entera, y fue extendido a gente de todas las razas, como así también al reino animal.

Encontrándose detenido con alguno de sus compañeros en la cárcel de Liberty, Missouri, él escribió varias cartas a su esposa, Emma. Frecuentemente le preguntaba en las mismas acerca de su salud y el bienestar espiritual de sus hijos. En una de esas cartas sumamente interesantes, le pide a Emma que le cuente cómo están sus hijos; también indaga acerca de su caballo, y su perro, a quienes amaba y trataba con mucha bondad.

Es bien conocido el hecho de que José y Emma adoptaron a los mellizos de los Murdock, y que también criaron como si fuera una hija a Julia, niña que había sobrevivido el ataque del populacho en Hiram, Ohio. Luego de haber pasado por un matrimonio sumamente difícil, Julia regresó al lado de Emma Smith, quien le concedió la misma atención y amor con que la habían criado. Quizás menos conocidos son varios actos benevolentes del Profeta, que se encuentran asentados en los diarios personales de los primeros miembros de la Iglesia.

En el año 1841 la familia Walker, que consistía del padre John Walker, la madre Lydia Adams Holmes, y sus diez hijos, se mudó a Nauvoo. En los terribles días de 1838 y 1839, esta familia había sobrevivido la masacre y persecución llevada a cabo en Missouri. Muy pobres, arribaron a la capital mormona llenos de esperanzas y expectativa. En aquella primera noche, mientras se alojaban en casa de un hermano del señor Walker, conocieron a José Smith. Con el cambio de clima al comienzo del verano, la hermana Walker cayó enferma. Al oír acerca de su delicada condición de salud, José y su esposa Emma fueron a visitar a esta buena hermana y la llevaron consigo a su propio hogar, con la esperanza de que el cambio pudiese ayudar a mejorar su salud. Ella extrañaba mucho a sus hijos y no pudiendo estar lejos de ellos por mucho tiempo, persuadió a José Smith que le permitieran regresar a su hogar, a pesar de encontrarse aún enferma. Para ese entonces, ya había entrado el invierno; prepararon un trineo donde la colocaron, cubriéndola con frazadas, para transportarla a su hogar. Allí, ella juntó a todos sus hijos y les exhortó a que jamás se alejaran de la verdad, y que vivieran de tal forma que todos pudiesen reunirse algún día » en el mundo donde no hay más sufrimiento, ni lágrimas de angustia». Entonces, cerrando los ojos falleció, mientras en su rostro aparecía una sonrisa celestial.

La muerte de la hermana Walker dejó a diez niños sin madre; el menor de ellos no tenía todavía dos años. El peso de la angustia pareció debilitar la salud del hermano Walker, y muy pronto los miembros de la familia temieron por su vida.

Cuando José se enteró de su gran angustia, nuevamente acudió en su ayuda. Él le dijo al hermano Walker que a menos que descansase por un tiempo, iría a reunirse con su esposa, y entonces le aconsejó:

«Usted tiene una hermosa familia, a la cual yo quiero mucho. Mi hogar será un hogar para sus hijos. Le aconsejo que venda su casa y deje a sus niños pequeños con amigos bondadosos; los cuatro mayores vendrán a mi casa y serán tratados como mis propios hijos. Si me enterara de que los niños pequeños no viven felices donde están o que no son tratados en forma correcta, también a ellos traeré a mi hogar, donde los mantendré hasta que usted regrese.» Seguir leyendo

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El espíritu navideño no se compra

(De un discurso pronunciado en 1976, ante los profesores de religión de la Universidad de Brigham Young.)
El espíritu navideño no se compra
por Jeffrey R. Holland

Jeffrey R. HollandSon tantas las lecciones que podemos aprender del sagrado relato del nacimiento de Cristo, que muchas veces tratamos de evitar darle énfasis a sólo una. Pero esto es precisamente lo que yo deseo hacer.

Uno de los detalles en que más he pensado últimamente, es que el mencionado relato es una historia de extremada pobreza. Me pregunto si Lucas no tendría un propósito especial al decir que «no había lugar para ellos en el mesón», en vez de «no había lugar en el mesón» (Lu. 2:7; cursiva agregada). Aunque no podemos probarlo, yo me atrevería a asegurar que el dinero tenía en aquellos días la misma influencia que tiene en la actualidad; y no puedo menos que pensar que si José y María hubieran sido personas adineradas, habrían encontrado alojamiento aun en aquella época del año en que había tanta gente en el lugar.

También me he preguntado si la Versión Inspirada de la Biblia sugerirá que ellos no conocían a ninguna persona de influencia, cuando dice que «no había nadie que les diera un cuarto en las posadas» (Versión Inspirada, Lu. 2:7).

No podemos tener la seguridad de la intención que tenía el historiador al escribir tales cosas, pero sabemos que aquellas personas eran tremendamente pobres. Cuando fueron a hacer la ofrenda de la purificación, que los padres debían hacer después del nacimiento de su hijo, substituyeron el cordero del sacrificio por un par de tórtolas; esta substitución fue permitida por el Señor en la Ley de Moisés, a fin de aliviar la carga de los que eran muy pobres. (Véase Lev. 12:8.)

Los tres reyes magos llegaron más tarde con sus regalos, dando un poco de esplendor y pompa a la ocasión. Es importante recalcar el hecho de que ellos viajaron una distancia considerable, probablemente desde Persia, en una jornada de por lo menos varios cientos de kilómetros; a menos que hubieran comenzado el viaje mucho antes de que la estrella apareciera, es muy improbable que hubieran llegado a destino la misma noche del nacimiento del Niño. Mateo registra que para ver a Jesús y adorarle, entraron «en la casa», lo que indicaría que la familia ya estaba viviendo en su casa. (Véase Mat. 2:11.)

Todo esto nos indica un importante detalle que deberíamos recordar siempre en la época navideña. Quizás deberíamos separar, aunque fuera un poco, la compra de regalos, el árbol de Navidad y los preparativos para la cena navideña, de aquellos momentos de silenciosa meditación en que debemos considerar el verdadero significado del Nacimiento.

El oro, el incienso y la mirra fueron obsequios dados con humildad, y con humildad apreciados y recibidos. Quizás nos entusiasmemos al dar y recibir regalos y, por ese motivo es necesario que imaginemos aquel escenario sencillo y pobre, aquella noche en la que no hubo guirnaldas, ni manjares, ni regalos, ni bienes de este mundo. Solamente si enfocamos nuestra atención en el sencillo y sagrado objeto de nuestra devoción – el Niño de Belén – podremos dar los regalos en la forma apropiada. Seguir leyendo

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Una visión del programa de las maestras visitantes

16 de septiembre de 1958. El presidente Kimball pronunció este discurso, cuando era miembro del Consejo de los Doce, Su mensaje, presentado en una convención de maestras visitantes en la Estaca Monument Park de Salt Lake City, sigue siendo actual e importante.

Una visión del programa de las maestras visitantes
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis queridas hermanas, creo que mi primer descubrimiento de la existencia e importancia de la Sociedad de Socorro tuvo lugar a muy temprana edad en mi vida.

MI familia se mudó de Salt Lake City a Atizona cuando yo tenía tres años. En aquel entonces mi madre tenía seis hijos y durante el tiempo en que pasó por cinco embarazos y sus respectivos alumbramientos, era presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio.

Nos mudamos a una región nueva, donde el agua se extraía de pozos, donde había tantas moscas que por la noche era casi imposible ver a través de las telas metálicas de una puerta; donde también prevalecían la fiebre tifoidea y muchas otras enfermedades; donde la ayuda médica era sumamente limitada ya que no había hospitales, enfermeras o personas entrenadas, excepto el doctor del distrito, quien ya tenía más trabajo del que podía atender.

No hace mucho leí en el diario de mi madre expresiones como la siguiente:

«Dejé a los niños con… y fui a casa de la hermana Smith, donde una de las mellizas acababa de morir y había otros niños gravemente enfermos de fiebre tifoidea.» «Hoy pasé el día con otras hermanas confeccionando mortajas para los niños fallecidos de la hermana Jones», y así continuaba.

Así conocí la Sociedad de Socorro, y estoy seguro de que hasta cierto grado continúa llevándose a cabo esa clase de trabajo, porque según lo interpreto, éste incluye no solamente el bienestar espiritual y moral de la gente del barrio, sino también el físico.

Cada vez que pienso en las maestras visitantes, considero que en muchas maneras vuestros deberes son semejantes a los maestros orientadores, quienes deben «velar siempre por los de la Iglesia» – no solamente veinte minutos al mes, sino siempre ~ «y fortalecerlos» – no sólo tocar la puerta, sino estar con ellos, alentarlos y fortificarlos, habilitarlos y fortalecerlos – «ver que no haya iniquidad … ni dureza … ni calumnias, ni mal decir» (D. y C. 20:53-54).

¡Qué gran oportunidad! Pero lamentablemente muchos prefieren hablar acerca de otras cosas como el tiempo, la política, de algo que acaba de tener lugar en el barrio, la división del mismo, la reorganización de un obispado, la reorganización de la presidencia de la Sociedad de Socorro, o cualquiera de las muchas cosas que pueden suceder en el barrio, dando lugar a la gente para dudar o criticar. Cuan privilegiadas son dos hermanas que van a un hogar, mantienen a un mínimo lo que podría ser perjudicial y además, edifican y apoyan a todas las autoridades de la Iglesia, a la Iglesia misma, sus doctrinas, sus programas y prácticas. Seguir leyendo

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Visión de la redención de los muertos

3 de octubre de 1918
Visión de la redención de los muertos
por el presidente Joseph F. Smith
Joseph F. Smith

Visión manifestada al presidente Joseph F. Smith en Salí Lake City, Utah, el 3 de octubre de 1918, la cual ilustra la visita del Señor Jesucristo al mundo de los espíritus y declara la doctrina de la redención de los muertos. El presidente Joseph F. Smith medita los escritos del apóstol Pedro y la visita de nuestro Señor al mundo de los espíritus. Ve a los espíritus de los justos reunidos en el paraíso, y el ministerio de Cristo entre ellos. Se organiza la predicación del evangelio entre los espíritus justos. Los justos que mueren en esta dispensación continúan sus obras en el mundo de los espíritus.

El día tres de octubre del año mil novecientos dieciocho, me hallaba en mi habitación meditando sobre las Escrituras, y reflexionaba sobre el gran sacrificio expiatorio que el Hijo de Dios realizó para redimir al mundo, así como el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida de este último como Redentor del mundo, a fin de que el género humano pudiera salvarse mediante la expiación de Cristo y la obediencia a los principios del evangelio.

Mientras me ocupaba en esto, mis pensamientos se tornaron a los escritos del apóstol Pedro a los santos de la Iglesia primitiva esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia y otras partes de Asia Menor, donde se había predicado el evangelio después de la crucifixión del Señor. Abrí la Biblia y leí el tercero y cuarto capítulos de la primera epístola de Pedro, y al leer me sentí sumamente impresionado, más que en cualquiera otra ocasión, por los siguientes pasajes:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua.” (1 Pe. 3:18-20.)

“Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.” (1 Pe. 4:6.)

Mientras meditaba estos escritos, fueron abiertos los ojos de mi entendimiento y el Espíritu del Señor descansó sobre mí, y vi las huestes de los muertos, pequeños así como grandes, Y, en un lugar, se hallaba reunida una compañía innumerable de los espíritus de los justos que habían sido fieles en el testimonio de Jesús, mientras vivieron en la carne, y quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor. Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección mediante la gracia de Dios el Padre y de su Hijo Unigénito, Jesucristo.

Vi que estaban llenos de gozo y de alegría y juntos se regocijaban porque estaba próximo el día de su liberación. Se hallaban reunidos esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declararles que serían redimidos de las ligaduras de la muerte. Su cuerpo inerte, convertido en polvo, iba a ser restaurado a su forma perfecta, cada hueso con su hueso, y los nervios y la carne sobre ellos; el espíritu y el cuerpo iban a ser reunidos para nunca más ser separados, a fin de que pudieran recibir una plenitud de gozo. Seguir leyendo

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Con miras al templo

Con miras al templo
por el élder John A. Widtsoe

John A. WidtsoeEl templo es la Casa del Señor, y si el Señor visitara la tierra, vendría a su Templo. Nosotros somos la familia del Señor y somos sus hijos, engendrados en nuestra vida preexistente. Por consiguiente, así como el padre y la madre terrenales, se reúnen con su familia en el hogar, del mismo modo, los miembros dignos de la familia de Dios pueden reunirse, como lo hacemos, en la Casa del Señor.

El templo es un lugar de instrucción. Allí se repasan los principios del evangelio y se dan a conocer profundas verdades pertinentes al reino de Dios. Si vamos al templo con el debido espíritu y prestamos atención, saldremos de él con un mayor conocimiento del evangelio y con más sabiduría.

El templo es un lugar de paz; allí pueden dejarse de lado las preocupaciones y problemas del turbulento mundo exterior, allí, nuestra mente debe concentrarse en las realidades espirituales, puesto que en este recinto solamente interesan las cosas del espíritu.

El templo es un lugar donde se hacen convenios que nos ayudan a vivir virtuosamente. Allí declaramos que obedeceremos las leyes del Señor y prometemos emplear el precioso conocimiento que tenemos del evangelio, tanto para nuestro propio beneficio como para el bien de todas las personas. Las sencillas ceremonias nos ayudan a salir del templo con la firme determinación de llevar una vida digna de los dones del evangelio.

El templo es un lugar de bendición. Dentro de sus muros, se nos hacen promesas que se extienden de esta vida a la eternidad, con la única condición de que seamos fieles; esas promesas nos ayudarán a entender la cercanía de nuestros padres celestiales. El poder del Sacerdocio nos es dado allí en nuevas y grandes dimensiones.

El templo es un lugar donde se presentan ceremonias pertinentes al progreso eterno del hombre. Allí se aclaran los grandes misterios de la vida a los cuales el hombre no puede dar respuesta: “¿De dónde venimos?” “¿Por qué estamos aquí?” “¿A dónde iremos después de la muerte?” Y se ponen de manifiesto, en toda su magnitud e importancia, las necesidades del espíritu, de las cuales se derivan todas las demás cosas de la vida.

El templo es un lugar de revelación. Allí, el Señor puede dar revelación, y cada persona puede recibirla como guía para su vida. Todo conocimiento, toda ayuda proviene del Señor, ya sea directa o indirectamente.

Aun cuando Él pueda no estar allí en persona, siempre está presente por medio de su Santo Espíritu y por medio de los hombres mortales poseedores del Sacerdocio; es mediante ese Espíritu, que ellos guían la obra del Señor aquí en la tierra. Cada persona que entra en este lugar sagrado, con fe y oración, encontrará la ayuda que necesite para solucionar los problemas de su vida.

Es hermoso y agradable estar en el templo, la Casa del Señor, el lugar donde se recibe instrucción del Sacerdocio; un lugar de paz, de convenios, de bendiciones y de revelación. En nuestro corazón debiera rebosar la gratitud por este privilegio, así como el ardiente deseo de captar el espíritu de la ordenanza que se esté llevando a cabo. Seguir leyendo

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