Libre albedrío o inspiración?

Mayo de 1978
¿Libre albedrío o inspiración?
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

élder Bruce R. McConkieRecientemente mi esposa y yo tuvimos una seria conversación en la que contamos nuestras innumerables bendiciones. Nombramos un sinnúmero de beneficios que hemos recibido a causa de la Iglesia, a causa de nuestra familia, a causa de la gloriosa restauración de la verdad eterna que se ha efectuado en esta época; y luego ella concluyó la discusión haciéndome la pregunta: “¿Cuál es la bendición mayor que ha llegado a tu vida?”

Sin vacilar un momento, respondí:

“La bendición mayor que ha llegado a mi vida ocurrió el 13 de octubre de 1947 a las 11:20 de la mañana, cuando tuve el privilegio de arrodillarme en el altar del Señor en el Templo de Salt Lake y recibirle como compañera eterna”.

Ella respondió: “Bueno, pasaste esa prueba”.

Creo que el acto más importante que cualquier Santo de los Últimos Días realiza en este mundo, es el de contraer nupcias con la persona adecuada, en el lugar adecuado, mediante la debida autoridad; y luego —cuando ha sido debidamente sellado a su cónyuge mediante el poder y la autoridad que restauró el profeta Elías— lo más importante que debe hacer es vivir de tal forma que los términos y las condiciones del convenio de este modo establecido, sean unificadores y efectivos por esta vida y la eternidad. De modo que me gustaría tener la inspiración para hacer algunas sugerencias que se aplican en todos los aspectos de la elección —en todos los campos de actividad, por lo menos en los más importantes— pero particularmente en el del casamiento eterno, destacándolo como uno de los acontecimientos que sobrepasa a todos los demás.

Cuando morábamos en la presencia de Dios, nuestro Padre Celestial, fuimos investidos con el don del libre albedrío; esto nos proporcionó la oportunidad, el privilegio de elegir lo que haríamos, de hacer una elección libre. Cuando Adán fue puesto en el Jardín de Edén, le fue concedido este mismo poder, el cual actualmente poseemos; y se espera que utilicemos los dones, talentos y habilidades, el sentido común, discernimiento y libre albedrío con los cuales hemos sido investidos.

Pero por otra parte se nos manda que busquemos al Señor, que deseemos su Espíritu, que obtengamos en nuestra vida el espíritu de revelación e inspiración. Ingresamos a la Iglesia, y un administrador legal impone sus manos sobre nuestra cabeza y dice: “Recibe el Espíritu Santo”. Esto nos concede el don del Espíritu Santo, el cual, basándose en nuestra fidelidad, es el derecho a la inspiración constante de ese miembro de la Trinidad.

De manera que nos encontramos ante dos perspectivas: una es que debemos ser guiados mediante el espíritu de inspiración, el espíritu de revelación; la otra es que nos encontramos aquí con el fin de utilizar nuestro libre albedrío para determinar por nosotros mismos lo que debemos hacer. Entonces necesitamos establecer un equilibrio definido entre estas dos, para poder seguir el camino que nos proporcione gozo, satisfacción y paz en esta vida, y que nos conduzca a una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Cuando nos encontrábamos con nuestro Padre en la preexistencia y poseíamos el conocimiento de que era nuestro Padre y que las enseñanzas que nos presentaban eran suyas, Él nos observó, estudió, y supo en qué manera responderíamos a sus leyes. Antes andábamos “por vista”; ahora le estamos demostrando cómo respondemos cuando andamos “por fe” (ver 2 Corintios 5:7), cuando estamos fuera de su presencia y tenemos que depender de otras cosas, en cambio del consejo personal que en una ocasión recibimos directamente de Él. Seguir leyendo

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La oración: eficaz medio misional accesible a todos

Mayo de 1978
La oración: eficaz medio misional accesible a todos
por el élder Dean L. Larsen
del Primer Consejo de los Setenta

Dean L. LarsenLas puertas están cerradas; las fronteras bloqueadas. A pesar de que miles de nuestros dedicados misioneros, trabajan arduamente en los países libres para salvar almas, hay muchas naciones (más de la mitad de la población mundial), donde aún no se oye el mensaje de la Iglesia restaurada.

Aun así, se nos ha dado el mandamiento de que prediquemos el evangelio a “…toda nación…” Más, ¿cómo podemos hacerlo? Como nuestro Profeta, Spencer W. Kimball, nos ha advertido, el encontrar un medio para destrabar los cerrojos de esas puertas, requerirá de todos los líderes y miembros de la Iglesia mucha diplomacia y oración.

“Yo pienso, mis hermanos, que cuando hayamos agotado todos los medios a nuestro alcance, el Señor nos proveerá la forma para allanar todo obstáculo. Esta es mi fe,” (Ensign, oct. de 1974, pág. 7.)

La Iglesia no está tratando de derribar esos obstáculos a fuerza de martillo. En cambio, los representantes del Señor se mueven lenta y cautelosamente, con el propósito de convencer a los prudentes dirigentes de estas naciones de que la Iglesia será un verdadero beneficio para sus habitantes; que el Evangelio de Jesucristo no insta al rechazo de las reglas establecidas, sino que predica un espíritu de cooperación; que la cultura local no será socavada por la obra misional, sino que será fortalecida, fortaleciendo a su vez el hogar y la familia.

¿Puede la mayoría de nosotros ayudar, a pesar de no estar directamente envueltos en esta dedicada obra? ¡Claro que sí!

El presidente Kimball nos mostró el camino con una “campaña de oración”, pidiendo a todos los miembros que se unieran a ella, “en una continua y seria petición al Señor para que ablande el corazón de reyes y dirigentes, con el propósito de que permitan la entrada de los misioneros a sus naciones, para predicar el evangelio de acuerdo con todas las normas establecidas” (Ensign, oct. de 1975, pág. 70).

¿Puede la oración cambiar los sentimientos de los líderes de las naciones? ¡Claro que sí! Nosotros no podemos menospreciar el poder que emana cuando todos, en oraciones familiares, individuales y en congregaciones, unimos nuestra fe rogando al Señor para que El establezca la rectitud en esta tierra, a fin de favorecer sus justos propósitos, De hecho, el Libro de Mormón contiene elocuente testimonio del poder que posee la oración para abrir puertas que antes se encontraban herméticamente cerradas.

Desde el instante de la primera división entre los hijos de Lehi, los nefitas justos trabajaron arduamente para convertir a sus rebeldes hermanos lamanitas, y así lo registra el profeta Jacob: Seguir leyendo

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Hablemos con bondad

Mayo de 1978
Hablemos con bondad
por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. Romney«Dulce cosa es vivir, cuando hay amor. (Himnos de Sión 192.)

Mi solicitud en este mensaje es que controlemos nuestra lengua, para que mediante la palabra bondadosa hacia aquellos que nos rodean, podamos emular la bondad y el amor que el Señor siente por sus hijos, tal como lo expresara Isaías cuando dijo:

“De las misericordias de Jehová haré memoria, de las alabanzas de Jehová conforme a todo lo que Jehová nos ha dado, y de la grandeza de sus beneficios hacia la casa de Israel, que les ha hecho según sus misericordias, y según la multitud de sus piedades.” (Isaías 63:7.)

Jesús dijo:
“Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es benigno para con los ingratos y malos.

Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.” (Lucas 6:35-36.)

La siguiente y breve declaración, resume la incomparable piedad del Salvador:

“Fue un ladrón el que habló la última palabra bondadosa a Cristo. Cristo se compadeció y perdonó al ladrón.” (por Robert Browning. Bardett’s Familiar Quotations, pág. 573-b.)

No es claro el hecho de que Jesús perdonara al ladrón, pero le habló con amor: “. . . de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).

Y por aquellos que lo crucificaron El rogó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas.23:34).

El apóstol Pablo, en su epístola a los efesios dijo:

“. . . y os ruego que andéis. . .

con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros con amor,

solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;

Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Seguir leyendo

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Maestros del Evangelio

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Maestros del Evangelio
por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Gordon B. HinckleyMis hermanos, he escogido un versículo de las Escrituras como tema del cual deseo hablar. Comienza con esta declaración hecha por el Señor:

“Las obras, los designios y los propósitos de Dios no pueden ser frustrados ni anulados.” (D. y C. 3:1.)

Al encontraros reunidos esta noche en tan elevado número, más de 11.000 personas, os sentís parte de una grande y creciente organización, sentís la seguridad mutua, la fe y la fortaleza; mas cuando regreséis a vuestros hogares mañana, os enfrentaréis nuevamente a la realidad de que sois apenas unos pocos miles de Santos de los Últimos Días en esta gran nación de millones de habitantes; sabréis que queda aún mucha obra por realizar.

La verdad del evangelio ha de cubrir esta tierra como el Señor ha encomendado que se hiciera, como vosotros sabéis que tiene que ser. La predicación del evangelio restaurado comenzó aquí en Argentina, se extendió desde este lugar hacia el resto de Sudamérica, en años más recientes fue llevado desde aquí hacia países del viejo mundo, a España y Portugal. Fue hace tan sólo nueve años que los primeros cuatro misioneros fueron enviados a España tras haber sido traspasados de la Misión de Córdoba. Con anterioridad a ese hecho, las puertas de la nación española habían estado cerradas para nuestros misioneros, mas el Señor en su poder determinó que había llegado el momento, y en la actualidad España cuenta con tres firmes misiones.

Desearía compartir con vosotros una de las más sublimes experiencias de mi vida. Hace un par de meses mi esposa y yo visitamos España, en donde participamos de un seminario para presidentes de misión. Se nos concedió una audiencia con el Rey de España quien nos recibió con la mayor cordialidad. Tuvimos también oportunidad de conocer a otra autoridades nacionales y provinciales. Se nos concedió tiempo en la televisión así como en varias estaciones de radio. El periódico de mayor tiraje publicó artículos relacionados con nuestra visita, pero lo más significativo fue nuestra visita a la ciudad de Sevilla. Allí, como presidente de misión se encuentra vuestro compatriota, el presidente Hugo Catrón, ese grande y humilde líder fue al campo misional con un sentimiento de incapacidad, pero depositó su confianza en el Señor y adoptó como lema de su obra: “enseñar y bautizar”, y tanto los misioneros como los santos locales captaron el espíritu del mensaje y el Señor escuchó y respondió sus oraciones.

En el pasado mes de agosto tuvieron más bautismos en un mes que los que habían tenido en el transcurso del año anterior. Un domingo por la mañana llegamos a una de las salas de espectáculos del centro de Sevilla, en donde realizamos la conferencia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a la que asistieron 772 personas. Hermosas personas en cuyas vidas había entrado el Evangelio restaurado de Jesucristo.

La Misión de Sevilla es presidida por un hombre de gran fe, y trabajan allí muchos misioneros argentinos.

Si es que la obra del Señor ha de cumplirse como Él lo ha mandado, habrá que enviar muchos más de vuestros jóvenes y señoritas a las misiones de Argentina y a las de otros países sudamericanos, deberán ser enviados a España y a otras áreas del gran mundo hispano. Vuestros jóvenes son capaces y tienen la ventaja de dominar el idioma, cosa que no sucede con los que provienen de los Estados Unidos. Jamás debemos encontramos otra vez en una situación similar a la que nos enfrentamos hace diez años en Argentina. En ese entonces uno de los mandatarios de vuestro gobierno decidió que no se permitiría la entrada de ningún misionero mormón a este país. Se suspendió la concesión de visas para aquellos que fueron asignados a venir a este país, mientras que se avisó a los que ya estaban aquí, que se les podría pedir que abandonaran el país dentro de un plazo de 24 horas. Se realizaron distintas apelaciones y pedidos ante el gobierno por parte de nuestras oficinas aquí, por medio del embajador de los Estados Unidos en Argentina y mediante otros canales diplomáticos oficiales, más todos los esfuerzos fueron en vano.

Todo hacía suponer que en poco tiempo quedaríamos sin misioneros en Argentina. Tras recibir instrucciones específicas de la Primera Presidencia, me dirigí a Washington donde me reuní con el presidente Scott quien viajó desde Argentina. Tuvimos una reunión con el embajador de la República Argentina ante el gobierno de los Estados Unidos. No creo tener que recordaros que se oró mucho, tanto en Argentina como en Salt Lake City, a fin de que el Señor llegara al corazón de las autoridades de vuestro gobierno, para que sus propósitos concernientes a esta tierra no se vieran defraudados. El embajador fue cordial pero frío; ninguno de los argumentos que expusimos parecían ejercer la más mínima influencia en él. Tras casi una hora de conversación, nos aprestamos a partir con el sentimiento de que todos nuestros intentos habían resultado vanos. Entonces, el presidente Scott sacó de su portafolio un álbum de fotografías de sus misioneros y dirigiéndose al embajador, dijo: “Señor Embajador, estos son los jóvenes de quienes hemos estado hablando”. El embajador miró las fotografías en las que aparecían los jóvenes pulcros y de buena presencia, quienes estaban prestando un servicio religioso en su país. Y comentó: “Son jóvenes bien parecidos” a lo que yo respondí: “Señor Embajador, son jóvenes bien parecidos y además poco comunes. No están en su país como turistas, sino que son maestros del Evangelio de Jesucristo, que es el evangelio de paz y bondad. Ellos sienten un gran amor por su pueblo, un amor que jamás dejarán de sentir. Tras dos años en Argentina regresarán a sus hogares y a sus estudios y llegarán algún día a ser doctores, abogados o banqueros o tal vez hombres de negocios; educadores o quizás líderes políticos, mas nunca olvidarán Argentina y su gente. Su nación jamás tendrá mejores amigos en ninguna parte del mundo que estos hombres, quienes en su juventud llegaron a reconocer las verdaderas virtudes de la gente de su pueblo durante el tiempo que vivieron y sirvieron entre ellos.” El embajador quedó en silencio por algunos minutos y luego manifestó: “Trataré de ayudarlos”.

No hay tiempo para entrar en detalles en cuanto a la serie de acontecimientos sumamente interesantes que siguieron a esta entrevista, por lo que diremos simplemente que éste fue el momento crucial. El embajador en cuestión regresó a Buenos Aires, y dos meses más tarde su sucesor viajó a Salt Lake City con el anuncio de que su gobierno había levantado todas las medidas restrictivas que afectaban a nuestros misioneros en esta tierra.

El Señor había dado respuesta a las oraciones de sus santos y desde entonces es mucho lo que hemos logrado, como quedó de manifiesto ante la recepción tributada el día de ayer al presidente Kimball y al hermano Kennedy por parte del primer mandatario.

Dos razones me impulsaron a compartir con vosotros este incidente, la primera de ellas, el hacer hincapié en el hecho de que si vuestros jóvenes y señoritas se preparan para salir como misioneros, jamás volveremos a enfrentamos a un problema como el que tuvimos que enfrentar entonces. Dispondremos de un amplio y creciente número de misioneros capaces y fieles, que lleven a cabo la gloriosa obra de predicar las verdades eternas a los hombres y mujeres de esta gran nación. En segundo lugar, a fin de reafirmar el hecho de que si somos fieles; si somos diligentes, si somos obedientes, y si somos humildes y oramos con fervor, el Dios de los cielos escuchará nuestros megos y nos abrirá el camino. Esto lo creo con toda certeza, de la misma forma que Nefi creía cuando tuvo que regresar en procura de las planchas de Labán.

De estas cosas os dejo mi testimonio. Sé que esta obra es divina; sé que Dios no permitirá que la misma se frustre, y que si hacemos todo lo que está de nuestra parte, recibiremos la bendición de ser testigos de un florecer aún mayor de la obra en esta tierra, mucho mayor de lo que jamás hayamos soñado ver, pues esto es parte del propósito de Dios y El no permitirá que se vea frustrado.

Invoco las bendiciones de los cielos sobre cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
“Habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad”
por el élder James E. Faust
del Consejo de los Doce

James E. FaustSiempre me siento feliz y agradecido por el privilegio de venir a Argentina; he estado aquí muchas veces, y he aprendido a amar a este país y a sus habitantes. Estamos reunidos en una de las grandes ciudades del mundo. Es un privilegio y un honor muy especial estar en la presencia de nuestro gran Profeta, el presidente Spencer W. Kimball, su magnífico Primer Consejero, el presidente N. Eldon Tanner, así como otras Autoridades Generales, y nuestros líderes locales que se encuentran reunidos aquí.

Debido al progreso tan grande que la Iglesia ha tenido en Argentina en un período de tiempo relativamente corto, me viene a la mente la declaración de Pedro:

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.” (II Pedro 1:16.)

Estamos felices de que la mayoría de nuestros líderes de la Iglesia aquí, sean argentinos. Vuestros ex misioneros serán los líderes del futuro.

En julio de 1976, mientras me encontraba aquí en Argentina, aprendí uno de los principios más grandiosos de liderazgo. El presidente Miguel Angel Fernández y yo viajamos al Norte del país; en ese tiempo, el hermano Fernández era Presidente de la Misión de Rosario. Conforme viajábamos por un camino en las afueras de la ciudad de Posadas, observamos un hato de ganado que era conducido a un lado del camino; los animales caminaban pacíficamente, en una manera uniforme y sin ningún problema. Al frente del ganado había tres gauchos que dirigían el grupo; iban al frente del ganado y no prestaban atención a los animales que tenían a sus espaldas; de hecho, parecía que fueran dormidos sobre los caballos. El ganado los seguía pacíficamente. Al final del hato venía un solo gaucho a caballo; el animal caminaba con toda calma, y parecía que el hombre tampoco se preocupaba por nada.

Mi propia experiencia en arrear ganado había sido diferente. En la granja de mi abuelo, cuando conducíamos a los animales, necesitábamos perros que fueran tras los que se extraviaban; nadie iba al frente del ganado, sino que los jinetes iban detrás. Los animales estaban asustados, se agitaban y eran ruidosos. Creo que en Argentina sabéis conducir mejor el ganado.

El principio de liderazgo que aprendí en esa ocasión es que los buenos líderes dirigen y muestran el camino, sin forzar; aprendí que tres cuartos de esta dirección consiste en mostrar el camino (como los tres gauchos que iban adelante), y un cuarto seguir la pista, como el que iba atrás. Los líderes del Sacerdocio no son jefes, ni tampoco dictadores, sino que están para dirigir y mostrar la senda. Las llaves de la dirección del Sacerdocio se dan en la Sección 121 de Doctrinas y Convenios:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del Sacerdocio, sino por persuasión, longanimidad, benignidad, y mansedumbre, y por amor sincero; Seguir leyendo

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Nos avergonzamos de nuestros principios?

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
¿Nos avergonzamos de nuestros principios?
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerAl dirigirme a vosotros esta noche, ruego humildemente que el Espíritu y las bendiciones del Señor nos asistan, para que lo que os diga, sea de beneficio para todos los presentes.

Pablo dijo:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.” (Rom. 1:16.)

Por lo que me pregunto: ¿Qué hay en el Evangelio de Jesucristo de lo cual pudiéramos avergonzarnos?

Refirámonos por un momento al comienzo de la existencia humana. En el concilio de los cielos, donde todos estuvimos presentes, Dios presidió y Jesucristo fue elegido como el Salvador del mundo; Satanás se rebeló, por lo que decidió destruir al hombre y al plan de vida y salvación. Todo lo malo está bajo su dirección.

Creemos que fuimos creados por Dios, a Su imagen y semejanza, y que somos Sus hijos espirituales. ¿Hay en ello algo de que avergonzarse? ¿O acaso preferiríais creer que descendéis del mono? ¿Preferís creer y saber que Jesucristo es el Salvador del mundo o no creer en Dios en absoluto?

Mucha gente en el mundo no cree en Dios, el Padre Eterno, y una gran mayoría no cree que Él sea un Dios viviente. ¿Deberíamos avergonzarnos de creer en El, y en Jesucristo, el Salvador del mundo? Deberíamos avergonzamos de saber que Jesucristo, ya sea directamente o por medio de los profetas de Dios, nos da el plan de vida y salvación? ¿Y que Dios amó tanto al mundo que permitió el sacrificio expiatorio de su único Hijo amado, para que quienquiera que creyera en Su nombre no pereciera y tuviera vida eterna?

Creemos que por medio de Su sacrificio expiatorio toda la humanidad resucitará, y que puede ser salva por medio del cumplimiento de los mandamientos. ¿Preferís avergonzaros de esto, y creer que todo termina con la muerte?

Mucha gente del mundo cree que con la muerte se acaba nuestra existencia. ¿Nos avergüenza el creer que resucitaremos, y que podemos volver a la presencia de Dios, nuestro Padre Eterno? Seguir leyendo

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Resistid las tentaciones

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Resistid las tentaciones
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerEs un placer para mí estar reunido con vosotras, madres e hijas de este gran país. He disfrutado muchísimo de los magníficos discursos que se han pronunciado aquí esta tarde, los cuales han sido una bendición para mí. Siento un gran respeto así como un profundo afecto por la mujer que se esfuerza por vivir de acuerdo con las enseñanzas de Dios. Creo firmemente en el dicho que reza: “Quien mece la cuna, gobierna el mundo’ ’.

La influencia que la madre ejerza en el hogar permanecerá patente en sus hijos durante toda la vida de los mismos. Recuerdo perfectamente a mis dos abuelas, las cuales influyeron intensamente en mi vida; y no es que me enseñaran como una madre enseñaría a su hijo, pero es innegable el hecho de que yo sentía la influencia de ambas cuando las tenía cerca. Lo mismo sucedía con mi madre, ya que en casa, su influjo reinaba día a día.

Al contemplar la congregación aquí presente, integrada por miembros de la Iglesia de Jesucristo, no puedo menos que pensar en lo afortunadas que sois vosotras, así como en lo afortunados que son vuestros hijos al temeros como, madres y hermanas.

Ahora, con el fin de poner de relieve la influencia que puede ejercer una jovencita en el joven que habitualmente la invita a salir, os relataré una experiencia. En cierta oportunidad en que asistí a una clase del instituto de religión en la cual se llevaba a cabo una reunión de testimonios, uno de los jóvenes presentes se puso de pie, y confesó públicamente que no siempre había tenido el mismo interés en la Iglesia como el que tenía en esa ocasión,, que había quebrantado la Palabra de Sabiduría, y hecho cosas indebidas, Añadió que sus compañeros y amigos que vivían las normas del evangelio, trataron por todos los medios de ayudarle y llegaron al punto de ofrecerle cincuenta dólares si observaba estrictamente la Palabra de Sabiduría, pero que a él le había sido imposible superar el problema, pues no podía substraerse a la tentación. Dicho todo eso, agregó que deseaba dar testimonio de lo que había, constituido un punto crucial en el cambio que se verificó en su vida, entonces relató que un buen día comenzó a salir con una jovencita que guardaba la Palabra de Sabiduría y que vivía de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Dijo que después de haber salido con la joven durante unos pocos meses., ella había tratado de ayudarlo a que cumpliera con la Palabra de Sabiduría, hasta que un día, la chica le dijo: “Si no observas la Palabra de Sabiduría, y vives como corresponde, no podré seguir saliendo contigo”. El muchacho continuó su relato diciendo: “Y como yo la amaba, tomé la firme determinación de empezar a vivir de acuerdo con los principios de la Iglesia, pues me di cuenta de que deseaba casarme algún día con ella, y de qué asimismo, mis deseos eran de que el casamiento se efectuara en el templo.”

Es necesario que cada día recordemos quiénes somos y que vivamos de acuerdo con el conocimiento que tenemos; como miembros de la Iglesia, debemos tener presente en todo momento que el mundo no comprende el propósito de la vida en la forma en que nosotros lo entendemos; no entiende que somos hijos espirituales de Dios, y por esa razón, me gustaría sugeriros, hermanas, que recordaseis cada día que sois en verdad hijas espirituales de nuestro Señor. Y mientras hagáis esto, y os acerquéis a Él en oración, esforzándoos diligentemente en vivir como es debido, el Señor os fortalecerá en vuestra determinación. Seguir leyendo

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Preparad a vuestros hijos

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Preparad a vuestros hijos
por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Gordon B. HinckleyMis queridas hermanas, estoy profundamente agradecido por la oportunidad de estar con vosotras en esta ocasión y ruego tener la inspiración del Espíritu Santo en todo aquello que diga.

He disfrutado la música de este coro maravilloso, este grupo de madres e hijas cantando unidas las canciones de Sión. No hay nada mejor que pueda desear a cada joven-cita de la Iglesia, que la oportunidad de casarse con un joven Santo de los Últimos Días, un poseedor del Sacerdocio, que lo honre y lo magnifique. Espero que cada una de vosotras tenga este privilegio.

Todos sabemos que, si bien el matrimonio es el deseo de toda mujer normal, habrá algunas que no tendrán esa oportunidad, y no porque les falte dignidad, talentos y belleza. Aunque no puedo explicar la razón para ello, ni creo que nadie pueda, me gustaría referirme a este tema. No os serviría de nada dedicar vuestro tiempo a preocuparos por esa circunstancia, o a buscar errores en vosotras mismas para justificarla; eso sólo empeoraría la situación, y con el tiempo borraría de vuestro rostro la hermosa sonrisa y empañaría la alegría de vuestra vida. Sé que fácilmente os sentiréis desanimadas, y la única cura que puedo sugeriros es haceros comprender que en alguna parte, hay alguien que os necesita. Si observáis a vuestro alrededor, veréis que hay muchas otras personas que se encuentran en circunstancias muy tristes, y que necesitan vuestra ayuda.

Mi consejo es que os olvidéis de vosotras mismas, y os alleguéis a vuestro prójimo con amor, con bondad y con el deseo de servirlo. El Señor mismo nos ha mostrado el camino cuando dijo:

“El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.” (Mat. 10:39.)

Me gustaría citar el ejemplo de una hermana a quien conozco muy bien; ella se convirtió a la Iglesia cuando era muy joven, y al recibir su bendición patriarcal, se le dijo que llegaría a ser madre. Estaba ansiosa por formar un hogar, pero los años fueron pasando y no se casaba; después de los veintiuno, cumplió una misión y fue una gran misionera; al regresar a su casa, aprovechó todas las oportunidades que se le presentaron para prepararse y poder conseguir empleos bien remunerados. Con el tiempo llegó a ocupar puestos de gran responsabilidad, y en la Iglesia la llamaron como presidenta de la organización de Mujeres Jóvenes de la estaca a la cual pertenecía. Así, cumplió los treinta años, los cuarenta, y seguía soltera.

Después de haber cumplido ya los cincuenta años, un buen hombre que había perdido a su primera esposa, reconoció las grandes cualidades que ella tenía y le propuso matrimonio. Se casaron cuando ella ya no podía tener hijos propios; pero se convirtió en una madre amorosa para los hijos de su esposo, en una cariñosa abuela para sus nietos, y todos la amaban y respetaban. Cuando él fue llamado como presidente de misión, ella hizo las veces de madre para los seiscientos jóvenes que servían como misioneros.

Después de relevarlos de su cargo, la llamaron como Presidenta de la Mesa General de la Asociación Primaria de la Iglesia; esto le dio la oportunidad de ser “madre” de unos doscientos mil niños de la Primaria, que recibieron el beneficio de su amor y talento hasta el día en que finalizó su jomada terrenal. La promesa recibida por intermedio de un siervo inspirado del Señor, se había cumplido de un modo extraordinario e insólito. Seguir leyendo

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Predicad el Evangelio a toda criatura

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Predicad el Evangelio a toda criatura
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballAmados hermanos, pocas veces tenemos la oportunidad de reunirnos con tantos miembros del Sacerdocio como en esta noche, y nos regocijamos por tener este gran privilegio.

Hace ya algunos años, el presidente David O. McKay, en ese entonces Presidente de la Iglesia, vino a Argentina, y presidió una reunión que se llevó a cabo en uno de los renombrados teatros de esta ciudad. Fueron muchas las personas que le acompañaron desde el aeropuerto y también las que asistieron a la reunión que se realizó, y entre éstas hubo una persona que no conocía mucho sobre la Iglesia; se trataba del editor de un periódico local. Cuando regresó a su oficina después de la reunión, se sentó detrás de su escritorio y por el espacio de algunos minutos su mirada se perdió en el vacío. (Ya sabéis que a menudo uno se sienta a meditar, dejando que sus pensamientos vaguen libremente.) En esa posición permaneció por unos momentos hasta que su jefe, quien en esos momentos pasaba por la oficina, advirtió su abstracción y acercándose le preguntó: “Juan, ¿en qué piensas que estás tan ensimismado?” Juan suspiró profundamente, miró al jefe a los ojos y le dijo: “Señor, hoy escuché a un Profeta de Dios”.

En esta oportunidad deseo hablaros sobre el Sacerdocio. El élder Packer nos ha dejado un magnífico discurso sobre el tema, y ahora quisiera referirme a otro aspecto del mismo.

A aquellos de vosotros que sois los padres de las generaciones futuras, os digo que todo lo que hagáis ahora marcará el ritmo de aquello que vendrá dentro de algunos años. Si les falláis a vuestros hijos, el daño que causaréis será cuantioso. Esto trae a la memoria la escritura que dice:

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46.)

El Señor espera que cumplamos con ciertos requisitos; Él quiere que sigamos el programa que ha establecido y nos hace responsables de ello; por lo tanto, es obligación de todo padre asegurarse de que su hijo siga los pasos que ha indicado el élder Packer.

Un niño se bautiza a los ocho años, no a los diez o a los doce, a menos que las circunstancias así lo exijan; y si buscamos en la sección 68 de Doctrinas y Convenios leemos que el Señor dice:

“Si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos,… el pecado recaerá sobre las cabezas de los padres.” (Vers. 25.)

No es suficiente con mandarlos a la Primaria y a la Escuela Dominical, sino que necesitan recibir una capacitación más concreta y deben saber que el Evangelio es verdadero y que hay requisitos que ellos también deben cumplir.

Los padres tienen que enseñarles a comprender. No es suficiente con que el niño escuche acerca de estas cosas tan importantes; debe entender el significado del bautismo y por qué él es bautizado; también de las promesas que hace al recibir esta ordenanza. Si los padres no cumplen con esta responsabilidad, el pecado recaerá sobre ellos. Seguir leyendo

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Sigamos las normas de virtud

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Sigamos las normas de virtud
por el élder Juan Carlos Avila
Representante Regional del Consejo de los Doce

Mis queridos hermanos y amigos, hace más de cinco mil años ocurrió aquí en América una escena maravillosa: Adán, nuestro primer padre terrenal, reunió a su descendencia, que incluía siete generaciones después de él. El Señor le reveló al profeta José Smith lo siguiente:

“Tres años antes de su muerte, Adán llamó a Set, Enós, Cainán, Mahalaleed Jared, Enoc, y Matusalén, quienes eran sumos sacerdotes, y junto con ellos al resto de los de su posteridad que eran justos, al valle de Adán-ondi-Ahman, y allí les confirió su última bendición.

Y Adán se puso de pie en medio de la congregación, y a pesar de que lo agobiaba el peso de sus años, lleno del Espíritu Santo predijo todo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación.” (D. y C. 107:53, 56.)

Mis hermanos, he tratado muchas veces de imaginar esa escena, y tal vez mi mente llevada por el Espíritu me ha hecho participar y saborear otra escena similar que seguramente deberá llevarse a cabo en ese mismo lugar llamado Adán-ondi-Ahman, precediendo la segunda venida del Salvador.

El presidente José F. Smith nos dice lo siguiente:

“Cuando esa reunión se celebre, el mundo no lo sabrá, los miembros de la Iglesia en general no se enterarán de eso, sin embargo, será preparatoria a la venida de nuestro Salvador Jesucristo en nubes de gloria.”

Como lo ha dicho el Profeta, el mundo no podrá saber de ello y los santos no podrán saber de ello, excepto aquellos que oficialmente serán convocados a ese concilio, porque precederá la venida de Jesucristo como ladrón en la noche, ignorado por todo el mundo.

Esta sesión del Sacerdocio, en la que muchos padres e hijos están congregados, me hace recordar que también hace muchos años, cuando yo era un adolescente, el Presidente de la Misión, Emest Young, hacía reunir en la vieja capilla de Liniers a todos los padres junto con sus hijos. Recuerdo que era todo un acontecimiento para mis hermanos y para mí, el hecho de que mi padre nos llevara a nosotros seis para tener esta actividad junto a los otros padres con sus hijos. Recuerdo la reunión de testimonios al finalizar la actividad, cuando los ojos de muchos padres se llenaban de lágrimas al expresar su gratitud por esta sublime experiencia vivida.

A veces he pensado si, como en aquella hermosa ocasión en que Adán se reunió con sus descendientes para darles sus últimas instrucciones y bendiciones, nosotros como padres, estaremos preparados para hacer lo mismo cuando lo requieran las circunstancias. ¿Hemos estado hablando a nuestros hijos de las normas por las que deben regir su vida? ¿Hemos hablado con ellos de la necesidad de mantenerse limpios? Decía nuestro querido élder Richard L. Evans: “Si no tenemos normas, no sabremos cómo conducir nuestra vida”. No habiendo normas, leyes y principios, no sabremos lo que es o no es aceptable; violar o eliminar cualquier norma o principio es como sacar las estrellas del firmamento, o quitar la aguja de la brújula, o las reglas de una misión; si lo hacemos nos quedaremos sin ninguna manera de saber dónde estamos, ni hacia dónde vamos.

Es importante que vosotros, hijos, seáis obedientes a estas normas de virtud. Debéis prepararos desde ahora para ser verdaderos líderes en nuestras misiones. El presidente

Kimball quiere más y mejores misioneros; entonces la meta de cumplir una misión debe estar siempre presente en todo joven. No hagáis experimentos con las cosas profanas. A veces la curiosidad por las cosas obscenas o la pornografía, hace caer a los jóvenes por una pendiente que desemboca en un gran precipicio. ¡Cuántas huellas dejan estas tristes experiencias!

Recuerdo cuando yo presidía la Misión del Sur, a un misionero que en una de las entrevistas descargó su alma dolorida por el pecado, confesándome las terribles faltas que había cometido entre los 16 y 18 años de edad. Me dijo: “Presidenta, ya no puedo vivir más siendo un hipócrita, y tal vez usted deje de amarme, pues no tendrá más confianza en mí cuando sepa lo que yo he hecho de mi vida.”

El Salvador dijo que no podemos esconder nuestra luz debajo del almud, el élder Sterling W. Sills dijo que cuando hacemos lo malo, a semejanza de Lucifer arrastramos a otras personas en pos de nosotros.

Siempre fueron una hermosa guía para mi vida las palabras del querido presidente Heber J. Grant: “Sueña, sueña, oh juventud, sueña noble y varonilmente, y tus sueños serán tus profetas”.

Solía decir el élder Richard L. Evans:

“No os dejéis engañar por la música ni por la luz de la luna. Escoged vuestra compañera consultando al Señor, confiaos a vuestros padres, tened en cuenta que la más fina pieza del universo es el cerebro, y que la naturaleza se cobrará cada centavo que le debamos. Joven, algún día tendrás que volver al mostrador de la naturaleza. Ten en cuenta que el éxtasis de un momento puede ser miseria para toda la vida; no coquetees con el pecado.”

Quiero testificaros que el vivir limpio trae una tranquilidad de espíritu, cuya paz no puede compararse con ningún otro valor terrenal. También os testifico que Jesús es el Cristo, a quien amo tanto; que José Smith fue y es un Profeta y que el presidente Kimball lo es en nuestros días. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Nuestro perfeccionamiento

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Nuestro perfeccionamiento
por el élder Robert E. Wells
del Primer Quorum de los Setenta y Supervisor de Área

Robert E. WellsMis queridos hermanos, os saludo con amor, como hermanos en la fe, con aprecio, estima y admiración como colegas en la obra del Señor, y sacerdotes de Israel.

Pablo en su carta a los Efesios hace una lista de los varios oficios del Sacerdocio, para hacemos entender que está hablando de su organización completa, tal como fue establecida por el Salvador. Él dice que en realidad, el Sacerdocio tiene tres metas, a las cuales yo voy a llamar “los tres caminos a la perfección”. Escuchad mientras las leo con la adaptación de una palabra:

“Y él mismo” (Cristo), “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos”, perfeccionar “la obra del ministerio”, o sea, la obra proselitista. (Véase Efe. 4:11-12.)

Me gustaría hablar hoy acerca de la perfección de los santos, que es el primer camino del Sacerdocio hacia la perfección. Nos llamamos santos, así que debemos empezar con nosotros mismos. La perfección es nuestra meta y es alcanzable. El mandamiento es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48). Este mandamiento se incluye en el Sermón del Monte, donde el Salvador dio una lista de atributos, que si los aplicáramos en nuestra vida, verdaderamente nos llevarían a una perfección celestial en esta tierra.

Aprendemos de Nefi que el Señor no da ningún mandamiento sin preparar la vía para que podamos cumplirlo. (Véase 1 Nefi 3:7.) Dejadme contaros la experiencia de la hermana paraguaya, cuya familia llegó a ser más perfecta gracias a haberse bautizado y unido a la Iglesia. Ella dice:

“Desde el momento en que tenía cinco años hasta que cumplí los dieciocho, nuestra vida de hogar era muy infeliz. Yo soy la mayor de nueve hijos, y sentía profundamente cuando mi madre y mis hermanos menores sufrían el mal genio de un padre borracho. Muy a menudo me preguntaba: ¿Qué puedo hacer para traer un poco de felicidad a nuestro hogar? Cuando tenía catorce años alguien me dijo que uno de los mandamientos de Dios era honrar a los padres. Con gran interés yo pensaba: ¿Cómo puedo honrar a mis padres? Alguien me dijo que estudiara para ser una buena alumna, y que esto haría a mis padres felices; y pensé que así quizás pudiera llevar algo de felicidad a nuestro hogar; así que estudié para ser la mejor de la clase, y traté de comportarme de tal forma que pudiera ser la mejor hija para mis padres. Todos me respetaban y me amaban por esto; pero en casa, nada cambiaba. Pensando que tendría que haber algo más que pudiera hacer, pregunté qué otro mandamiento de Dios podría cumplir y se me dijo que debía amar a mi prójimo como a mí misma. Así que empecé a trabajar en un hospital donde podía servir a los enfermos, algunos de los cuales eran sumamente pobres, y llegué a sentir un amor muy especial por todos ellos. Me sentía muy feliz de cumplir con este mandamiento. Pero en casa la situación seguía igual; ya para esa época yo tenía dieciocho años, y parecía que todos mis esfuerzos eran en vano. A pesar de todo, tenía una gran fe en Dios y no me desalentaba, pues sentía que habría algo más que yo podría hacer. Seguir leyendo

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Guardemos los mandamientos

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Guardemos los mandamientos
por el élder Arthur Haycock
Secretario personal del presidente Kimball

D. Arthur HaycockMis queridos hermanos, es para mí un gran honor y privilegio el estar presente en esta reunión del Sacerdocio. Me siento agradecido por el honor de acompañar al presidente Kimball, al presidente Tanner y a las Autoridades Generales que están en esta gran conferencia de área.

El coro acaba de cantar “Te quiero sin cesar” (Himnos de Sión, pág. 58). Quizás vosotros sabréis que se trata del himno predilecto del presidente Kimball, y si él me permite el honor, quisiera confesaros que también lo es para mí.

Considero que nunca sentí que necesitaba la ayuda del Señor como en este momento, y ruego, mis hermanos, que al hablaros en esta ocasión, podáis extraer algún provecho de mis palabras.

Reconozco que vosotros, quienes estáis presentes en esta reunión, tanto jóvenes como adultos, sois los líderes de la Iglesia en Argentina. Sobre vuestros hombros descansa la responsabilidad de llevar adelante la obra del Señor en esta gran nación.

Hemos experimentado un gran progreso. En la actualidad, hay en Argentina entre cincuenta y sesenta mil miembros; pero todavía hay millones de personas que jamás han escuchado el Evangelio, por lo que debemos hacer nuestros mejores esfuerzos a fin de compartir con ellas el mensaje de salvación.

Ayer por la tarde visitamos al Presidente de vuestro país, el general Videla. Él tuvo la gentileza de invitar al presidente Kimball a su casa, mostrando en todo momento gran amabilidad; indicó que había algo de especial en el hecho de tener al presidente Kimball en su hogar, porque él cree, de la misma forma que nosotros creemos, que el hogar y la familia componen la piedra angular de toda nación. Reconocemos que éstos son también elementos básicos de nuestra religión, y de ese modo, el padre, la madre y los hijos, conforman las familias de Santos de los Últimos Días y los ciudadanos de Argentina.

Vosotros, hermanos, sois poseedores del Sacerdocio de Aarón y del de Melquisedec, o sea, la autoridad para obrar en el nombre de Dios haciendo y diciendo las cosas que Jesús haría y diría si estuviese entre nosotros. Si es que hemos de obrar en Su nombre, debemos estar a tono con su Espíritu, como dice la escritura:

“Sed limpios, vosotros los que portáis los vasos del Señor.” (D. y C. 38:42.)

Es importante que nosotros, hermanos, magnifiquemos y honremos el Sacerdocio del cual somos poseedores; es importante que guardemos los mandamientos; que tengamos al Señor por compañero; que hagamos lo que esté de nuestra parte para que nuestros hijos sean buenos hijos, y los padres, buenos padres.

Muchas veces recibo llamados telefónicos de hermanas que están desconsoladas porque sus esposos las maltratan y les dicen: Seguir leyendo

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Las pruebas de la adversidad

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Las pruebas de la adversidad
por el élder Ernest Wilkinson

¡Qué espectáculo tan maravilloso éste, y cuán agradecido me siento por tener la oportunidad de encontrarme sentado a los pies del Profeta y de estar reunido con vosotros! Habiendo sido asignado por la Primera Presidencia, quisiera hablaros brevemente esta mañana con respecto al desarrollo espiritual que se logra mediante las pruebas de la adversidad.

Durante los primeros tiempos de la historia de la Iglesia restaurada, mientras los santos eran perseguidos y echados hacia el oeste a través de los Estados Unidos, entre sus himnos predilectos había uno nuevo: ¡Oh, está todo bien! El himno finaliza con las siguientes palabras:

Aunque morir nos toca sin llegar. . .
Alcemos alto el refrán
¡Oh, está todo bien!
(Himnos, 214.)

Aquellos santos fueron probados en la adversidad; los habían saqueado, violado, robado y asesinado; sus casas fueron destruidas y tuvieron que abandonar casi todas sus posesiones materiales. De esa forma fueron forzados a comenzar una nueva vida en un árido desierto, pero aún así sabían que Dios no habría de olvidarlos. Habían oído y comprendido el mensaje del Evangelio, y tenían una clara visión de lo que significaba la vida eterna; sabían sin duda alguna que llegaría el momento en que la justicia habría de triunfar.

Encontrándose José Smith preso en la cárcel de Liberty, se dirigió al Señor en desesperada oración, rogándole con las siguientes palabras:

“¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y desde los cielos eternos verá tu ojo, sí, tu ojo puro, los sufrimientos de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus llantos tus oídos?’ ’ (D. y C. 121:2.)

La respuesta que recibió, fue directamente de Dios, quien le dijo:

“Hijo mío, paz a tu alma, tu adversidad y tus aflicciones no serán más que un momento;

Y entonces si lo sobrellevas debidamente, Dios te ensalzará; triunfarás sobre todos tus enemigos.” (D. y C. 121:7-8.)

Y más adelante afirmó:

“. . .entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.” (D. y C. 122:7.)

Esto me recuerda a una dulce jovencita china, que había sido devota miembro de la fe budista. Su familia había llevado a cabo los preparativos para que ella entrara en un convento budista a los 18 años de edad. Tan sólo tres días antes de que esto ocurriera, una amiga la persuadió a que la acompañara a escuchar a unos misioneros mormones; así lo hicieron, y la consecuencia fue que el corazón de esta jovencita fue profundamente afectado por el mensaje; como resultado, volvió al día siguiente, y al otro, para seguir siendo instruida por los misioneros. Súbitamente, comprendió que el mensaje de los misioneros mormones había cambiado su vida, que no podría entrar al convento tal como antes lo había deseado, y de acuerdo con los planes que su familia tenía para ella.

Este desarrollo de los acontecimientos afectó profunda y negativamente a los miembros de la familia, quienes pensaron que no se trataba más que de una consecuencia de la inmadurez e indecisión de la juventud. La preocupación aumentó cuando ella fue bautizada sin la aprobación de sus parientes; pero aún así estaban seguros de que las fuertes relaciones familiares, al igual que la sociedad patriarcal en que se había criado, habrían de devolver a la joven al seno del hogar. Mas esas esperanzas se convirtieron en afrenta cuando, un año más tarde, la jovencita salió a cumplir una misión para la Iglesia Mormona.

El patriarca convocó entonces un consejo familiar, y demandó la presencia de la jovencita para que diera cuenta de sus transgresiones. A pesar de comportarse con respeto hacia sus mayores y con gran demostración de humildad, ella les expresó su ferviente testimonio de la veracidad del Evangelio.

El consejo, comprendiendo entonces que esto implicaba la total negación de su fe anterior, procedió a llevar a cabo la ceremonia de la excomunión familiar, durante la cual la piel de la joven fue quemada con incienso, como forma de demostrar su deslealtad y separación final de la familia. Con el espíritu destrozado y el corazón profundamente apesadumbrado, ella retornó a completar su misión.

Pocos meses después, un segundo miembro de la familia fue bautizado; y más adelante, en una comunidad distante, un tercer miembro. El consejo familiar comenzó a ceder, abrumado por el desconcierto e inundándoles la inquietud de saber cuál era el extraño poder e influencia que pudiera llevar a cabo tan grande cambio.

Al finalizar la misión, la familia invitó a la jovencita para que regresara al hogar y les explicara acerca de esa nueva religión. Así fue que, con verdadero amor cristiano y total devoción, ella regresó con humildad de corazón para cimentar una eterna relación familiar. Lo último que oí, fue que más de treinta miembros de su familia se habían unido ya a la Iglesia. Aquella pequeña adversidad que había tenido que enfrentar, se convirtió en su triunfo final.

Esa misma seguridad, hermanos, es la que me invade con respecto a quienes en esta audiencia sean en la actualidad víctimas de la adversidad. ¿Cuántos de vosotros habéis sido rechazados por familia y amigos, como consecuencia de haber aceptado el Evangelio restaurado? ¿Quién no ha sido sujeto al ridículo, a la crítica y a la discriminación? ¿Cuántos habéis sido víctimas de las trágicas consecuencias de enfermedades, imposibilidades de algún tipo, pérdida de seres amados, o desastres económicos? El presidente Kimball fue también víctima del mismo tipo de adversidades. Tuvo dos encuentros devastadores con el cáncer, siendo una de sus consecuencias la pérdida casi total de su voz. A los 78 años de edad, se vio sometido a una delicada operación al corazón a pesar de lo cual, con renovada fuerza y vigor y la ayuda de la mano del Señor, en la actualidad disfruta de salud y fortaleza, al igual que de una fe más firme en nuestro Padre Celestial.

Recordad, mis queridos amigos, que todavía no somos como Job. Aceptemos la adversidad y aprendamos de ella; desarrollémonos con ella y utilicémosla para nuestra ventaja. Resolvámonos a vivir dignamente y a llegar a saber que todas estas cosas nos habrán de dar la experiencia necesaria y habrán de ser para nuestro bien. Esto lo dejo en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Corrientes oceánicas e influencias familiares

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Corrientes oceánicas e influencias familiares
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballRecuerdo claramente la oportunidad en que vi por primera vez un témpano de hielo. Sucedió en el año 1937, cuando mi esposa y yo regresábamos de Inglaterra.

Un día, encontrándonos navegando en el océano, sentimos una gran conmoción entre los pasajeros del barco. Se había avistado un témpano y la mayoría de las personas se-precipitaron hacia cubierta para ver el maravilloso espectáculo. A la distancia pudimos ver la gran mole blanca que se destacaba contra el obscuro mar y el deslumbrante azul del cielo.

Flotaba en las tranquilas aguas a semejanza del pico de una alta montaña; era una vista verdaderamente hermosa de observar. Toda mi vida había oído hablar de ellos, pero nunca había tenido la oportunidad de ver uno.

La vista del témpano nos recordó el hundimiento del Titanic, el gran transatlántico británico que se encontró con el desastre en su primer viaje oceánico. Un enorme témpano chocó contra aquel enorme y flamante barco, en la tarde del 14 de abril de 1912. Mil quinientas personas se ahogaron con el hundimiento del Titanio, y sólo setecientas tres lograron salvarse.

En 1970, mientras viajábamos en avión desde Inglaterra hacia los Estados Unidos, sobrevolamos Groenlandia y tuvimos la oportunidad de verlos nuevamente. La mayor parte del viaje lo habíamos hecho por arriba de un manto de nubes, pero al pasar sobre Groenlandia, el cielo estaba claro y completamente libre de nubes. Brillaba el sol, y pudimos apreciar toda aquella belleza y grandeza. A la distancia se vislumbraba el espeso manto de hielo que recubre la gran isla ártica^ Vimos los espesos glaciares deslizándose lentamente hacia los valles en dirección al mar, donde se quebrarían en secciones y se convertirían en témpanos. Los fiordos o desfiladeros, se encontraban llenos de montañas flotantes de hielo a la deriva con rumbo al océano. Ese era el lugar de origen de incontable número de témpanos similares a los que habíamos visto hacía 33 años.

Los témpanos producidos por el manto ártico de Groenlandia, siguen un curso bastante certero. A medida que la silenciosa corriente oceánica del Labrador se mueve incesante hacia el sur a través de la bahía de Baffin y el estrecho de Davis, arrastra consigo esos enormes témpanos, aun en contra de la fuerza de los vientos, las olas y las mareas.

Comparé estos conflictos de los poderes de la tierra con los resultados que encontramos en la vida. Cuando la corriente de la vida familiar está definida y se desarrolla por medio de enseñanzas correctas, controlamos a menudo la dirección de las olas y los vientos de numerosas influencias adversas a que se ve sometida la familia. Seguir leyendo

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Trabajemos en la obra del Señor

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Trabajemos en la obra del Señor
por el élder Juan A. Walker
Representante Regional del Consejo de los Doce

En Doctrinas y Convenios, sección 50, versículo 5, podemos leer:

“Pero benditos son aquellos que son fieles y perseveran, sea en vida o muerte, porque heredarán la vida eterna.”

Hay una estrecha relación entre nuestra fidelidad al Señor y nuestra perseverancia en servirle. Tal vez muchos piensen que son fieles si guardan los mandamientos o si asisten a las reuniones más o menos regularmente, y no creen en la necesidad de dedicarse con determinación a cumplir con las obligaciones que han contraído con nuestro Padre Celestial, al aceptar sobre sí el nombre de su Hijo Jesucristo.

Somos muy privilegiados por haber podido conocer el Evangelio durante nuestra vida terrenal, y no hay duda de que en la preexistencia hemos convenido con nuestro Padre en responder al llamado, y hacer todo esfuerzo y sacrificio para magnificar debidamente este llamamiento y perseverar hasta el fin.

Podemos recordar al apóstol Pablo, quien fue elegido por el Señor para cumplir una tremenda obra misional entre los gentiles. Sin embargo, ¿no había sido Pablo un perseguidor de los cristianos?, ¿no fue testigo y consintió en que apedrearan a Esteban? ¿Por qué, pues, recibió tal privilegio?

Queridos hermanos, es evidente que Pablo estaba preparado para aceptar y cumplir con ese llamamiento. En su equivocada convicción, dedicaba su tiempo y sus dones, era persistente en perseguir lo que creía un atentado a su fe y su corazón era fiel a’ su causa.

Por supuesto, Dios lo conocía tal como era, y por eso le llamó para que sirviera en la causa de la verdad. Recordad con cuánto celo cumplió su misión entre los hombres, cómo soportó todo sinsabor, sufrimientos físicos, enfermedades y cárcel, utilizando siempre cada experiencia para predicar el Evangelio, a fin de que otros pudieran continuar su obra en la tierra y edificar la Iglesia en el mundo.

Podemos leer su palabra en 2 Timoteo 4:6-8:

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.

He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

Es un ejemplo de que la constancia en nuestros hechos, con seguridad nos permitirá gozar de la tranquilidad espiritual que mostró Pablo al final de su vida.

Jesucristo, quien debe ser una guía constante para nosotros, dijo en una oportunidad orando al Padre Celestial: Seguir leyendo

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