Mayo de 1978
¿Libre albedrío o inspiración?
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce
Recientemente mi esposa y yo tuvimos una seria conversación en la que contamos nuestras innumerables bendiciones. Nombramos un sinnúmero de beneficios que hemos recibido a causa de la Iglesia, a causa de nuestra familia, a causa de la gloriosa restauración de la verdad eterna que se ha efectuado en esta época; y luego ella concluyó la discusión haciéndome la pregunta: “¿Cuál es la bendición mayor que ha llegado a tu vida?”
Sin vacilar un momento, respondí:
“La bendición mayor que ha llegado a mi vida ocurrió el 13 de octubre de 1947 a las 11:20 de la mañana, cuando tuve el privilegio de arrodillarme en el altar del Señor en el Templo de Salt Lake y recibirle como compañera eterna”.
Ella respondió: “Bueno, pasaste esa prueba”.
Creo que el acto más importante que cualquier Santo de los Últimos Días realiza en este mundo, es el de contraer nupcias con la persona adecuada, en el lugar adecuado, mediante la debida autoridad; y luego —cuando ha sido debidamente sellado a su cónyuge mediante el poder y la autoridad que restauró el profeta Elías— lo más importante que debe hacer es vivir de tal forma que los términos y las condiciones del convenio de este modo establecido, sean unificadores y efectivos por esta vida y la eternidad. De modo que me gustaría tener la inspiración para hacer algunas sugerencias que se aplican en todos los aspectos de la elección —en todos los campos de actividad, por lo menos en los más importantes— pero particularmente en el del casamiento eterno, destacándolo como uno de los acontecimientos que sobrepasa a todos los demás.
Cuando morábamos en la presencia de Dios, nuestro Padre Celestial, fuimos investidos con el don del libre albedrío; esto nos proporcionó la oportunidad, el privilegio de elegir lo que haríamos, de hacer una elección libre. Cuando Adán fue puesto en el Jardín de Edén, le fue concedido este mismo poder, el cual actualmente poseemos; y se espera que utilicemos los dones, talentos y habilidades, el sentido común, discernimiento y libre albedrío con los cuales hemos sido investidos.
Pero por otra parte se nos manda que busquemos al Señor, que deseemos su Espíritu, que obtengamos en nuestra vida el espíritu de revelación e inspiración. Ingresamos a la Iglesia, y un administrador legal impone sus manos sobre nuestra cabeza y dice: “Recibe el Espíritu Santo”. Esto nos concede el don del Espíritu Santo, el cual, basándose en nuestra fidelidad, es el derecho a la inspiración constante de ese miembro de la Trinidad.
De manera que nos encontramos ante dos perspectivas: una es que debemos ser guiados mediante el espíritu de inspiración, el espíritu de revelación; la otra es que nos encontramos aquí con el fin de utilizar nuestro libre albedrío para determinar por nosotros mismos lo que debemos hacer. Entonces necesitamos establecer un equilibrio definido entre estas dos, para poder seguir el camino que nos proporcione gozo, satisfacción y paz en esta vida, y que nos conduzca a una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.
Cuando nos encontrábamos con nuestro Padre en la preexistencia y poseíamos el conocimiento de que era nuestro Padre y que las enseñanzas que nos presentaban eran suyas, Él nos observó, estudió, y supo en qué manera responderíamos a sus leyes. Antes andábamos “por vista”; ahora le estamos demostrando cómo respondemos cuando andamos “por fe” (ver 2 Corintios 5:7), cuando estamos fuera de su presencia y tenemos que depender de otras cosas, en cambio del consejo personal que en una ocasión recibimos directamente de Él. Seguir leyendo

































