El maravilloso y verdadero relato de la Navidad

El maravilloso y verdadero
relato de la Navidad

Gordon B. Hinckleypor el presidente Gordon B. Hinckley


Qué época tan maravillosa es la Navidad, donde los corazones se enternecen, se elevan voces de adoración y la bondad y la mise­ricordia vuelven a ocupar su lugar de importancia en nuestra vida. Hay un mayor esfuerzo por tender una mano de ayuda a los necesitados, un sentimiento de paz que embarga nuestros hogares y una demostración de amor que no se percibe hasta ese mismo grado en cualquier otro momento del año.

Al igual que ustedes, y junto con otras personas a lo largo de tres siglos, yo he cantado la letra que Isaac Watts compuso para la música de Georg Friedrich Handel:

¡Regocijad! Jesús nació,dd137ece593e8525d847cdb846fc77af
del mundo Salvador;
y cada corazón
tomad a recibir al Rey…

¡Regocijad! El reinará;
cantemos en unión;
y en la tierra y en el mar
loor resonará.
(Himnos, número 123)

Me siento muy humilde al pensar en el gran amor de mi Padre Celestial Cuán agradecido estoy al saber que Dios nos ama. La incomprensible profundidad de ese amor halló su expresión en el don de Su Hijo Unigénito, en venir El al mundo para traer esperanza a nuestro corazón, bondad y cortesía a nuestras relaciones y, por encima de todo, para salvarnos de nuestros pecados y guiarnos por el camino que conduce a la vida eterna.

Maravillosa es la crónica que comenzó con el canto de los ángeles en Belén y terminó en la cruel cruz del Gólgota; Su vida no se puede comparar con la de nadie más.

Él fue el único hombre perfecto que caminó sobre la tierra, el mejor ejemplo de excelencia, el ejemplo singular de perfección.

En cierta forma, percibo el signifi­cado de Su Expiación, aunque no puedo comprenderla por completo; es tan extensa en su alcance, y a la par, tan íntima en su efecto, que es incomprensible.

“¡Oh, muerte elocuente, grandiosa y poderosa!”, dijo Sir Walter Raleigh cuando estaba a punto de morir en la Torre de Londres.

Recuerdo haber hablado en el funeral de un buen hombre, un amigo cuya bondad me motivó a ser un poco mejor. A través de los años, había conocido su sonrisa, sus palabras bondadosas, el uso de su brillante intelecto, la magnitud de su servicio a los demás; y entonces, aquel que había sido tan brillante y bueno falleció de repente. Observé su cuerpo sin vida, en el que no había seña alguna de reconocimiento, de movimiento ni de palabra. El manto de la muerte, con tan severa irrevocabilidad, había descendido sobre él, transformándole en alguien muy diferente.

Observé a su viuda e hijos, que lloraban; ellos sabían, al igual que yo, que nunca volverían a oír su voz en la mortalidad, mas una tierna dulzura, de naturaleza indes­criptible, trajo paz y alivio. Parecía decir: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10).

Parecía añadir: “No se preocupen; todo esto forma parte de mi plan. Nadie puede escapar a la muerte; aun mi Hijo Amado murió en la cruz, mas al hacerlo llegó a ser las maravillosas Primicias de la Resurrección. Le quitó a la muerte su aguijón y a la tumba su victoria”.

En mi mente podía oír al Señor hablando a la apenada Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 1 L25-26).

A fin de cuentas, cuando toda la historia se haya examinado, cuando se hayan explorado las más hondas profundidades de la mente humana, nada es tan maravilloso, tan majes­tuoso ni tan formidable como este acto de gracia, en el que el Hijo del Todopoderoso, el Príncipe de la casa, real de Su Padre, Aquel que una vez hablara como Jehová, el que había condescendido a venir a la tierra como un bebé nacido en Belén, cedió Su vida en igno­minia y dolor para que todos los hijos y las hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo, cada uno de los que tendrá que morir, pueda caminar de nuevo y vivir eternamente. El hizo por nosotros lo que ninguno podía hacer por sí mismo.

Maravillosa es la crónica que comenzó con el canto de los ángeles en Belén y terminó en la cruel cruz del Gólgota; Su vida no se puede comparar con la de nadie más.

Tengo un relato sencillo que me gustaría contarles; es algo parecido a una parábola. Desconozco el nombre de su autor. Quizás sea de interés especial para nuestros pequeños, pero espero que sirva de recordatorio para todos.

“Hace años había una pequeña escuela de un solo cuarto en las montañas del estado de Virginia, donde los muchachos eran tan rudos que ningún maestro había logrado disciplinarlos.

“Un maestro joven e inexperto solicitó la plaza, y el viejo director le miró de arriba abajo y le preguntó: ‘Joven, ¿sabe usted que está pidiendo que le den una tremenda paliza? Todos los maestros que hemos tenido durante años ha recibido una’.

“ ‘Acepto el riesgo’, contestó.

“Llegó el primer día de escuela y el maestro se presentó para cumplir con su deber. Un muchacho llamado Tom susurró: ‘No voy a necesitar ayuda con éste; yo mismo me encargaré de él’.

“El maestro dijo: ‘Buenos días, muchachos, hemos venido para comenzar las clases’; todos gritaron y se rieron hasta que no pudieron más. ‘Bien, quiero tener una buena escuela, pero confieso que no sé cómo a menos que ustedes me ayuden. Qué les parece si estable­cemos unas cuantas reglas; ustedes me las dicen y yo las escribiré en la pizarra’.

“Un joven gritó: ‘¡Nada de robar!’. Otro exclamó: ‘Ser puntuales’. Finalmente había diez reglas en la pizarra.

“ ‘Ahora bien’, dijo el maestro, ‘ninguna regla es buena a menos que se le asocie un castigo. ¿Qué haremos con aquel que quebrante las reglas?’

“ ‘Quitarle el abrigo y darle diez azotes en la espalda’, fue la respuesta de la clase.

“ ‘Eso es demasiado severo, muchachos. ¿Están seguros de que están dispuestos a atenerse a su deci­sión?’ Y otro gritó: ‘Secundo la moción’, y el maestro dijo: ‘¡De acuerdo, la acataremos! ¡Clase, mantengan orden!’

“Uno o dos días después, Tom descubrió que le habían robado el almuerzo. Encontraron al ladrón, un hambriento muchachito de unos diez años. ‘Hemos encontrado al ladrón y se le debe castigar de acuerdo con las reglas que ustedes establecieron: diez azotes en la espalda. ¡Jim, ven aquí!’, dijo el maestro.

“El jovencito se acercó lentamente, temblando, con un gran abrigo abrochado hasta el cuello y suplicó: ‘Maestro, puede pegarme tan fuerte como lo desee pero, por favor, ¡no me quite el abrigo!’.

“‘Quítate el abrigo’, dijo el maestro, ‘¡tú colaboraste en la creación de las reglas!’

“ ‘¡Ay, maestro, no me obligue!’, y comenzó a desabro­charse; y ¿qué fue lo que vio el maestro? El muchacho no tenía camisa, y su delgado y escuálido cuerpo quedó al descubierto.

“ ‘¿Cómo voy a azotar a este niño?’, pensó. ‘Pero debo, debo hacer algo si quiero seguir en esta escuela’. Reinaba un silencio de muerte.

“ ‘¿Cómo es que no tienes puesta una camisa, Jim?’

“El joven contestó: ‘Mi padre murió y mi madre es muy pobre. Sólo tengo una camisa y ella la está lavando hoy. Me puse el abrigo de mi hermano para no tener frío’.

“El maestro, con la vara en la mano, vaciló. En ese momento, Tom se puso de pie y dijo: ‘Maestro, si no tiene inconveniente, yo recibiré los azotes de Jim’.

“ ‘Muy bien, existe cierta ley mediante la cual uno puede tomar el lugar del otro. ¿Están todos de acuerdo?’

“Tom se quitó el abrigo y después de cinco azotes la vara se quebró. El maestro agachó la cabeza en sus manos y pensó: ‘¿Cómo puedo poner fin a esta amarga tarea?’. Entonces oyó el sollozo de la clase y, ¿qué fue lo que vio? El pequeño Jim se había puesto de pie y echado sus brazos alrededor del cuello de Tom con ambas manos. ‘Tom, lo siento que te robé tu almuerzo, pero tenía mucha hambre. ¡Tom, te amaré hasta que muera por haber recibido los azotes qué eran para mí! ¡Sí, te amaré para siempre!’ ”.

Empleando una frase de este sencillo relato, Jesús, mi Redentor, ha recibido “los azotes que eran para mí” y para ustedes.

El profeta Isaías declaró:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…

“…Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4-5).

Este es el maravilloso y verdadero relato de la Navidad, El nacimiento de Jesús en Belén de Judea es el prefacio y el ministerio de tres años del Maestro es el prólogo. Su sacrificio constituye la magnífica esencia del relato, el acto plenamente desinteresado de morir de dolor en la cruz del Calvario para expiar los pecados de todos nosotros.

El epílogo es el milagro de la Resurrección, que nos proporciona la certeza de que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección.

Creo en el Señor Jesucristo, el Hijo del Dios Eterno y Viviente. No ha habido nadie tan grande que haya cami­nado sobre la tierra; ningún otro ha hecho un sacrificio comparable o ha concedido una bendición semejante. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Creo en El. Declaro Su divinidad de manera directa y total. Le amo; pronuncio Su nombre con reverencia y asombro. Le adoro como adoro a Su Padre, en espíritu y en verdad. Le doy gracias y me arrodillo ante Su Amado Hijo, quien tiempo ha estrechó su mano y dijo a cada uno de nosotros: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Deseo que para cada uno de ustedes ésta sea una feliz Navidad, pero, más importante aún, deseo que cada uno de ustedes pase un tiempo, quizás sólo una hora, en callada meditación y tranquila reflexión sobre la maravilla y la majes­tuosidad de éste, el Hijo de Dios. La dicha que sentimos en esta temporada se debe a que Él vino al mundo. La paz que emana de Él, Su amor infinito que cada uno de nosotros puede percibir, así como el sobrecogedor sentimiento de gratitud por lo que gratuitamente nos dio a un precio tan alto para Él, consti­tuyen la verdadera esencia de la Navidad.

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Qué es la navidad?

Diciembre de 1998

¿Qué es la navidad?

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia



Esta es una maravillosa época del año: simple en origen, profunda en significado, bella en tradiciones y costumbres, rica en recuerdos y generosa en espíritu; posee un atractivo al que con rapidez se sienten atraídos nuestros corazones. Está feliz estación brinda a cada uno de nosotros una medida de felicidad que se adapta en proporción al grado en el que fijemos nuestra mente, nuestros sentimientos y nuestras acciones en el espíritu de la Navidad.

Reina la Navidad en la iglesia y el hogar;
abunda también en el mercado;
pero su significado no habrás de conocer
a menos que en el corazón esté anidado.

De las campanas se oye el repicar;
villancicos vibran por doquier;
si la Navidad no se ha de celebrar,
el corazón se habrá de entristecer.

LA NAVIDAD ES LOS NIÑOS
Cuando era un joven élder, había recibido la asignación de ir al antiguo Hospital de Niños de la Primaria, ubicado en un tiempo en la calle North Temple de Salt Lake City, para dar una bendición a algunos de los niños. Era la época navideña, y yo nunca había estado en un hospital de niños.

Al entrar nuestro grupo en el vestíbulo, captó nuestra atención un árbol de Navidad decorado de manera muy atractiva y bajo el cual había regalos hermosamente envueltos.

Un sentimiento de compasión empezó a invadir mi interior al ver a esos pequeños niños; muchos de ellos tenían las piernas o los brazos enyesados; algunos estaban sumamente débiles y pálidos.

Un jovencito imploró: «¿Podrían darme una bendición?». Naturalmente ésta le fue conferida. Siempre tendré presente el momento en el que coloqué mis manos sobre la cabeza despeinada de aquel fiel muchacho que estaba terriblemente enfermo. Cuando nos disponíamos a marcharnos, me miró a los ojos y me dijo: «Gracias, hermano Monson».

Nos alejamos, y de inmediato lo oímos decir: «Ah, hermano Monson, feliz Navidad». Casi no podía verlo debido a las lágrimas que me anegaban los ojos. De él emanaba un resplandor que sólo se aprecia en la época de la Navidad; ese jovencito confiaba en su Padre Celestial; estaba agradecido por el sacerdocio de Dios y su fe era inquebrantable. Me dio la impresión de que estaba yo en terreno sagrado. Seguir leyendo

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El espíritu de la Navidad

El espíritu de la Navidad

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de lo Primero Presidencia

Discurso pronunciado por el presidente Monson en el programa religioso de Navidad presentado por la Primera Presidencia, el 6 de diciembre de 1992,

La Manzana del Templo, en Salt Lake City, siempre es hermosa, pero esta noche tiene un aspecto particularmente encantador. La nieve recién caída, el frío cortante de la noche invernal, las luces intermitentes de Navidad, el son de los villancicos, las familias que se juntan y los que tomados del brazo disfrutan del paseo, todo nos recuerda que la Navidad se acerca.

Símbolos de Navidad. ..
¡Los vemos por todas partes!
Y una emoción peculiar
que se percibe en el aire.
(Autor desconocido).

En el histórico Tabernáculo, que ya cuenta con más de cien años, los colores y las decoraciones tradicionales de la Navidad nos remontan suavemente en la memoria a una escena de la época de los pioneros, registrada en el diario de la hermana Rebecca Riter, el 25 de diciembre de 1847, en el Valle del Gran Lago Salado:

«El invierno ha sido frío. Llegó la Navidad y los niños tienen hambre. Yo traje una bolsa pequeña de trigo a través de las llanuras y la escondí detrás de una pila de leña. Pensé que debería cocinar un puñado de trigo para el bebé. Pero luego pensé en cuánta falta nos hará en la primavera para sembrar como semilla, así que no lo toqué.»

walter-rane-nativity-183368-wallpaperFe, sacrificio, amor y lágrimas formaron parte de aquella primera Navidad en el Valle de Salt Lake. Y han continuado a lo largo de los años, y se han anidado en nuestros hogares y en nuestro corazón. Por cierto que forman parte de lo que llamamos el espíritu de la Navidad.

Soy el espíritu de la Navidad.

Entro en las casas de los pobres y hago que los ojos de los niños de caritas pálidas se agranden de complacido asombro.

Hago que el mísero afloje su mano apretada y le abro así una brecha de luz en su alma.

Hago que el anciano se rejuvenezca y vuelva a reír con la risa alegre de antaño.

Mantengo vivo el fuego del romance en los corazones jóvenes y alumbro los sueños entretejiéndolos con magia.

Hago que pies nerviosos suban velozmente escaleras oscuras cargando cestas repletas y, por su causa, dejando atrás corazones maravillados ante la bondad del mundo.

Hago que el despilfarrador se detenga un momento en su manera de vivir desenfrenada e inútil y envíe un pequeño recuerdo al amor que espera ansioso, un recuerdo que arranca lágrimas de alegría que borran las duras líneas causadas por el pesar.

Entro en las oscuras celdas de la prisión, haciendo recordar a los condenados lo que pudo haber sido y dándoles la esperanza de mejores días por venir.

Entro suavemente en los ámbitos blancos y silenciosos donde reina el dolor, y los labios demasiado débiles para pronunciar palabras tiemblan con elocuente gratitud.

De mil maneras diferentes, hago que el fatigado mundo dirija la mirada a Dios y, durante un breve momento, olvide todo lo que es bajo y mezquino.

Soy el espíritu de la Navidad. (Autor anónimo)

El presidente Hugh B. Brown (consejero de la Primera Presidencia desde 1961 hasta 1970) aconsejó que dejemos que el espíritu de la Navidad ilumine el ventanal de nuestra alma y que contemplemos al mundo tan ocupado y nos interesemos más en las personas que en las cosas. A fin de captar el verdadero significado del espíritu de la Navidad, sólo tenemos que recordar de quién es la natividad que celebramos, y entonces se convierte en el Espíritu de Cristo.

Ese es el espíritu que estuvo presente el día de la Natividad, un día que los profetas de la antigüedad habían predicho. Recordemos las palabras de Isaías, cuando dijo: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel». Y también dijo: «Porque un niño nos es nacido… y se llamará su nombre… Príncipe de Paz» (Isaías 7:14; 9:6).

En el continente americano, un profeta dijo: «…Viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente… morará en un tabernáculo de barro…

«Y he aquí, sufrirá tentaciones, y dolor…

«Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios…» (Mosíah 3:5,7-8).

Entonces llegó la noche de noches, en la que los pastores se hallaban en los campos y «se les presentó un ángel del Señor», anunciándoles:

«…No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo…

«Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lucas 2:10-11).

Los pastores se apresuraron a ir al pesebre para adorar a Cristo el Señor. Hubo también unos magos que viajaron desde el oriente hasta Jerusalén, diciendo:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle…

«Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.

«Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra» (Mateo 2:2, 10-11).

Con el nacimiento del Niño de Belén, surgió una investidura grandiosa, una investidura de poder más fuerte que las armas, una riqueza más duradera que las monedas de César. El Niño iba a ser el Rey de reyes, el Señor de señores, el Mesías prometido, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios.

Desde aquella época, al conmemorarse la Navidad, todo cristiano ha llevado en el corazón el espíritu de generosidad que lo mueve a hacer regalos. Se me ocurre que podríamos sacar algún beneficio si nos preguntáramos: «¿Qué regalo querría Dios que yo le hiciera o que hiciera a otras personas en esta venerada época del año?» Recordemos las palabras del escritor Ralph W. Emerson, cuando dijo: «Los anillos y otras joyas no son regalos sino una forma de disculparse por no hacer un regalo de valor. El único regalo verdadero es una parte de sí mismo» (The Cúmplele Writings of Ralph. Waldo Emerson, Nueva York: Wm. H. Wise and Company, 1929, pág. 286).

«La verdadera felicidad», dijo el presidente David O. McKay, «sólo se encuentra haciendo felices a otras personas, o sea, con la aplicación práctica de la doctrina que enseñó el Salvador cuando dijo que debemos perder nuestra vida para volverla a tener. En resumen, el espíritu de la Navidad es el Espíritu de Cristo, que hace arder nuestro corazón con amor fraternal y amistad, y nos motiva a llevar a cabo actos de servicio. Es el espíritu del Evangelio de Jesucristo, que, cuando se obedece, trae paz en la tierra, porque significa ‘buena voluntad para con los hombres'» (Cospel Ideáis: Selections from tke Discourses of David O. McKay, Salt Lake City: Improvemenc Era, 1953, pág. 551).

Y al recordar que cuando nos hallamos al servicio de nuestros semejantes, sólo estamos al servicio de nuestro Dios (véase Mosíah 2:17), no nos encontraremos nunca en la indeseable situación del espectro de Jacob Marley, que le habló a Ebenezer Scrooge en la inmortal obra de Carlos Dickens Canción de Navidad. Cuando Scrooge notó las grandes cadenas que rodeaban el cuerpo de Marley, le dijo: «Estás encadenado… Dime por qué».

Marley le respondió: «Llevo la cadena que forjé en la vida… La hice eslabón por eslabón, metro por metro…»

Scrooge trató de consolarlo, diciéndole: «Pero siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob».

«¡Negocios!», respondió el espectro. «La humanidad era mi negocio… Sin saber que cualquier espíritu cristiano que actúe con bondad en su pequeña esfera, sea ésta cual sea, encontrará que su vida terrenal es demasiado corta para la vasta utilidad que pueda prestar en ella. Sin saber que no hay remordimiento que pueda compensar el haber hecho mal uso de las oportunidades que la vida nos da. ¡Sí, así era yo! ¡Ah, así era yo!»

Y después, Marley agregó: «¿Por qué atravesé tantas multitudes con los ojos cerrados, sin elevarlos hacia la bendita Estrella que guio a los Magos a la morada del pobre? ¿No había pobres a los cuales me guiara su luz?» (véase Canción de Navidad, Editorial TOR, Buenos Aires, págs. 12-14).

Felizmente, el privilegio de prestar servicio a los demás está al alcance de todos nosotros. Con sólo mirar alrededor, también nosotros veremos cierta estrella muy brillante que nos guiará hacia la oportunidad que nos esté reservada.

Quiero referirme a un hermoso mensaje que aparece en una tarjeta de Navidad enviada por Dick y Mary Headlee, y al que podríamos titular, «Un milagro de nuestros días». Los Headlee escribieron lo siguiente:

«Junto con nuestros familiares y amigos, trabajando con el ‘Proyecto Cuidado Internacional’ y con la ayuda del programa Socorro Humanitario de la Iglesia, estuvimos juntando alimentos, ropa, suministros médicos, frazadas y juguetes durante varios meses. Al fin llegó la fecha en que debíamos despachar el gigantesco bulto desde Salt Lake City; ese último día, al prepararnos para sellar la gran caja de 12 metros de largo con destino a un orfanato de Rumania, fue muy agitado; al fin, terminamos de empacar las dieciocho toneladas de las provisiones que tanto se necesitaban. A último momento, llegó una amiga de Provo, Barbara Brinton, que tenía varios artículos más, entre ellos un andador ortopédico para niños; su vecina la había oído hablar con interés de nuestro proyecto de enviar cosas al orfanato y sintió la impresión de sugerirle que tal vez el andador de su hijita le sirviera a alguien en Rumania. Nuestra hija Kathy le agradeció lo que había llevado y contempló el andador con cierta perplejidad; no se mencionaba en la lista de artículos que habían pedido, pero ella pensó: ‘Y bueno, no pesa mucho. Lo pondremos’. Y lo metió con las otras cosas.

«Cuando llegamos con nuestra familia a Rumania, conocimos allí a un médico que tenía en tratamiento a un niñito inválido de cuatro años, de nombre Raymond, que había nacido con los pies deformes y era ciego. Una operación quirúrgica que le habían hecho hacía poco le había corregido el problema de los pies, y el Dr. Lynn Oborn se hallaba entonces abocado a la tarea de enseñarle a caminar, algo que el niño nunca había hecho. Las primeras palabras que el médico nos dirigió fueron: ‘¡Ah!, ustedes son los que traen el cargamento con provisiones. ¡Espero que me hayan traído un andador de niños para Raymond!’ Kathy le contestó: ‘Me parece recordar vagamente algo parecido a un andador, pero no sé de qué tamaño es’. A continuación, le pidió a su hermano que fuera a mirar; él se metió dentro del cargamento y empezó a buscarlo entre las cajas de alimentos y los atados de ropa. Cuando por fin lo encontró, lo levantó en alto para que lo viéramos, exclamando: ‘¡Es chiquito!’. Todos empezaron a vitorear alborozados, y pronto los vítores se convirtieron en lágrimas de emoción al darnos cuenta de que habíamos tomado parte en un milagro de nuestros días.

«Habrá algunos que digan: ‘Ya no se ven más milagros’. Pero aquel doctor cuyas oraciones fueron contestadas aquel día íes respondería: ‘Sí, por supuesto que se ven: ¡Raymond camina!’ La señora que regaló el andador fue un instrumento en las manos del Señor, y ella también estaría de acuerdo con que ocurren milagros.

«Nuestra familia, cuya vida se ha visto ennoblecida por esta hermosa experiencia, da testimonio de que Dios escucha y contesta las oraciones, y por eso le estamos agradecidos».

Al hablar de milagros, quizás Dick y Mary Headlee hayan estado recordando también el día en que los médicos le dieron a Dick un diagnóstico muy pesimista, después de haber sufrido un ataque al corazón. Le diagnosticaron sencillamente: «No podemos hacer nada para repararle el corazón. Para poder vivir, necesita otro». A continuación, la familia ejerció una fe inalterable y oró fervientemente; después, sobrevino el milagro: un corazón nuevo, una vida que se había salvado, un alma desbordante de gratitud por la bondad de Dios.

Otra línea del relato de Dickens personifica a los Dick Headlees del mundo: «Honraré la Navidad en mi corazón, y trataré de observarla durante todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir… Los espíritus de los tres no se apartarán de mí, ni olvidaré las lecciones que me enseñaron» (véase Canción de Navidad, referencia anterior, pág. 48).

Una profunda lección que podemos aprender en la época navideña nos la da este lamento del Señor: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza» (Mateo 8:20).

Las palabras «no había lugar… en el mesón» siguieron encarnizadamente Sus pasos y entristecieron Su corazón. Recordemos cuál es el don supremo al que se refirió el apóstol Pablo cuando dijo: «…La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:23). Y la promesa de Él es válida para siempre: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él…» (Apocalipsis 3:20).

El verdadero espíritu de la Navidad se halla en esta afirmación del Maestro:

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

«Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…» (Juan 11:25-26).

Siendo tan pobre,
¿qué puedo darle yo?
Le daría un cordero
si fuera pastor.
Y si Rey Mago fuera
‘le daría otro don.
Mas yo ¿qué he de darle?
Le daré el corazón.

(Christina Rossetti, «In the Bleak Midwinter», Sourcebook of Poetry, comp. por Al Bryant. Grand Rapids, Michigan: Zondervan Publishing House, 1968, pág.161).

Si hacemos esto, el espíritu de Navidad será el don que recibamos. Ruego que podamos ganarnos ese preciado don y compartirlo con otros de buena gana.

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Hacer siempre el bien

Diciembre de 1994
Hacer siempre el bien
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyCada uno de nosotros atesora en su recuerdo lo que ha hecho durante su niñez en la época de Navidad. Todos disfrutamos de la alegría de la Navidad: el dar y recibir regalos especiales, el cantar villancicos favoritos, el saborear esos dulces y cosas sabrosas que jamás comemos en otra época y el reunirse con familiares y amigos para pasarla bien.

Pero hay algo más que hacemos, algo aún mejor, y es el sentarnos en familia y leer de nuevo el fascinante relato del nacimiento de Jesús, el que nació en Belén, en Judea. Es una historia maravillosa que los autores de los evangelios de Mateo y Lucas relataron en un lenguaje realmente sencillo y hermoso.

Todos nosotros la hemos escuchado desde que éramos muy pequeños y forma parte de nuestra vida, una parte muy importante. Todo niño, toda criatura que realmente se considere cristiana, debe conocer y disfrutar del relato de la vida del Señor, del Hijo de Dios, que vino a la tierra y murió por cada uno de nosotros.

Esa historia ha sido relatada por muchos autores, los cuales se basaron en los escritos del Nuevo Testamento. Ha sido contada en forma bella y comprensiva por quienes la han escrito con amor y respeto. Uno de ellos fue Carlos Dickens, el autor Inglés más popular de su época, el cual vivió desde 1812 hasta 1870 en Inglaterra. Escribió obras famosas tales como A Tale of Two Gities, Great Expeetations, Cuentas de Navidad, Nicolás Nickleby, Oliverio Twist y David Gopperfield. Fue padre de diez hijos, y evidentemente los deleitaba con relatos que brotaban de su vasta imaginación.

2015-12-00-liahona-spa-16Amó al Señor y deseó que sus hijos aprendieran también a amarlo. En el correr de 1849, mientras se encontraba escribiendo David Gopperfield, se tomó el tiempo para escribir de su puño y letra The Life of Our Lord [La vida de nuestro Señor], no para ser publicada, sino para deleite de sus queridos hijos. El autor no permitió que la obra fuera impresa debido a que se trataba de algo personal, un sencillo testimonio para ellos, sus hijos. Cuando éstos crecieron, no permitieron tampoco su publicación, por lo que continuó siendo un preciado tesoro de carácter familiar por ochenta y cinco años. En 1933, su hijo menor murió y, con la desaparición de esa generación, los descendientes decidieron publicar la obra.

Hace sesenta años, yo prestaba servicio como misionero en Londres, en el año 1934, y recuerdo claramente la propaganda que hizo uno de los periódicos de más circulación de la época anunciando que la obra de Dickens, The Life of Our Lord, sería publicada por episodios, pero le presté muy poca atención. Después de terminada la publicación por episodios en el diario, la obra fue publicada como libro. Al salir al mercado, surgió un repentino interés por el mismo que luego pareció esfumarse. Seguir leyendo

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Venid, adoremos

Diciembre 2013
Venid, adoremos
Por el élder Bruce D. Porter
De los Setenta

Tomado del discurso “Un niño nos es nacido”, pronunciado en un devocional llevado a cabo el 9 de diciembre de 2008 en la Universidad Brigham Young. Para el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.
Bruce D. Porter

Sea lo que sea que nos tenga atados —pecados, circunstancias o acontecimientos del pasado— el Señor Jesucristo, el gran Emanuel, ha venido a liberarnos.

Más de 700 años antes del nacimiento de Jesucristo, Isaías profetizó acerca de Él en palabras inmortalizadas por George Frideric Handel en el oratorio El Mesías: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Sans titre-1El Mesías de Handel también da gloriosa vida musical a la siguiente exhortación, que se basa en Isaías 40:9: “…tú que anuncias buenas nuevas de Sión… tú que anuncias buenas nuevas de Jerusalén; levanta [tu voz], no temas; di a las ciudades de Judá: ¡He aquí al Dios vuestro!”1.

He aquí al Dios de ustedes, nacido como niño en Belén y envuelto en pañales; he aquí a su Dios, nacido en la pobreza y sencillez a fin de andar entre la gente común y corriente como un hombre común y corriente; he aquí a su Dios, sí, el infinito y eterno Redentor revestido de carne que vino a vivir sobre la tierra que Él mismo había creado.

Volvamos a esa sagrada primera Navidad en Belén para contemplar el nacimiento de nuestro Señor. Vino en la quietud de la noche, en el meridiano de los tiempos, Él, que es Emanuel (véase Isaías 7:14), la Vara de Isaí (véase Isaías 11:1), la Aurora (véase Lucas 1:78), el Señor Todopoderoso (véase 2 Corintios 6:18). Su nacimiento señaló la visita prometida del Creador a la tierra, la condescendencia de Dios para con el hombre (véase1 Nefi 11:16–27). Tal como Isaías escribió sobre el acontecimiento: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; a los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9:2).

Por medio de la revelación moderna sabemos que el Rey de Israel, quien había sido preordenado, vino a la tierra durante la primavera (véase D. y C. 20:1). Miqueas profetizó que Él nacería en Belén, “pequeña… entre los millares de Judá” (Miqueas 5:2). El pueblo de Su nacimiento se encontraba a la sombra de la poderosa Jerusalén, que estaba a 8 kilómetros hacia el norte. Jerusalén era la capital de Judea, sede del templo y bastión del poder romano. Belén, por el contrario, era un pueblo pastoral, rústico y rural. Su único atributo a la fama fue que era el lugar de nacimiento de David, el antiguo rey de Israel, a través de cuyo linaje nacería Cristo; por lo tanto, al pequeño pueblo comúnmente se lo conocía como la Ciudad de David. Su nombre hebreo,Beth Lechem, significa “casa de pan”2, nombre que no tenía significado particular hasta que nació Aquél a quien se conocería como el Pan de Vida.

En los campos que rodeaban Belén había muchos rebaños de ovejas, y el inicio de la primavera era la época en la que por lo general nacían los corderos. Seguramente, la mayoría de las noches los pastores habrían permanecido despiertos cuidando las ovejas bajo el claro cielo nocturno; por esa razón, los ángeles que anunciaron el nacimiento del Salvador no habrían tenido necesidad de despertarlos.

El Cordero de Dios

Al bebé que nació durante la época del nacimiento de los corderos se lo conoce como “el Cordero de Dios” (Juan 1:29; 1 Nefi 11:31; D. y C. 88:106). Es un título de profundo significado, ya que Él llegó con los corderos y algún día sería llevado “como cordero… al matadero” (Isaías 53:7). Sin embargo, paradójicamente, Él también era el Buen Pastor (véase Juan 10:11), el que cuida los corderos. Por consiguiente, ese doble símbolo de Su vida representa tanto a los que prestan servicio como a quienes se sirve. Era lógico que Cristo desempeñara ambos papeles ya que, en vida Él “descendió debajo de todo” (D. y C. 88:6), y en la eternidad Él “ascendió a lo alto”; y está en todas las cosas, en medio de todas las cosas y “circunda todas las cosas” (D. y C. 88:6, 41). Él conocía la vida desde todo punto de vista y aspecto, tanto en lo alto como abajo. Él, que fue el más grande, se ofreció a Sí mismo como el menor, el Pastor Celestial que llegó a ser el Cordero.

Su venida fue más que simplemente el nacimiento de un gran profeta, el advenimiento de un heredero prometido al trono real, o incluso la llegada de la única persona perfecta que caminaría sobre la tierra. Fue la llegada del Dios de los cielos “de carne revestido…”3.

Jesucristo es el Creador del mundo y el Gran Jehová del Antiguo Testamento. Fue la voz de Él la que resonó en el monte Sinaí; fue Su poder el que sostuvo a Israel cuando andaba errante, y fue Su presencia lo que reveló a Enoc, Isaías y a todos los profetas la gloria de las cosas que habrían de venir. Allí yace el grandioso milagro de la Natividad: cuando el Dios y Creador del cielo y de la tierra se reveló por primera vez en persona al mundo, decidió hacerlo como un niño, desvalido y dependiente.

Una antigua tradición hebrea afirmaba que el Mesías nacería durante la Pascua. Sabemos que en el meridiano de los tiempos, ese abril efectivamente coincidió con la semana de la fiesta de la Pascua, la sagrada conmemoración judía de cuando Israel fue protegido del ángel destructor que trajo la muerte a los primogénitos de Egipto. Toda familia israelita que sacrificó un cordero y pintó el marco de la puerta de la casa con su sangre, fue preservada (véase Éxodo 12:3–30). Treinta y tres años después de la Pascua del nacimiento de Cristo, Su sangre se derramó sobre los postes de madera de una cruz para salvar a Su pueblo de los ángeles destructores de la muerte y del pecado.

Tal vez la fiesta de la Pascua haya sido la razón por la que no hubo lugar en el mesón para María y José. La población de Jerusalén aumentaba por decenas de millares durante la Pascua, obligando a los viajeros a buscar alojamiento en pueblos circunvecinos. María y José fueron a Belén, el hogar de los antepasados de José, a fin de cumplir con los requisitos de un censo imperial impuesto por Augusto César. Las estipulaciones del censo les permitían presentarse en Belén en cualquier momento del año; sin embargo, probablemente escogieron la época de la Pascua porque la ley mosaica requería que todos los varones se presentaran en Jerusalén durante la Pascua4. Debido a que Belén prácticamente estaba al lado de la Ciudad Santa, la pareja de Nazaret podía cumplir dos obligaciones a la vez.

A lo largo de la historia, el mesonero ha adquirido una notoriedad un tanto triste. No obstante, dada la gran afluencia de personas por toda la región durante la Pascua, en realidad no podemos culparlo por no tener lugar para la pareja de Nazaret. Si bien la mayoría de los peregrinos durante la Pascua acampaban en miles de tiendas que asentaban en las colinas alrededor de Jerusalén, otros miles buscaban refugio en posadas locales conocidas como caravaneras o khans. Indudablemente el mesón de Belén estaba repleto, y el ofrecimiento que les hizo el mesonero de disponer del establo fue posiblemente un acto de verdadera bondad.

Aunque la pareja hubiese encontrado lugar en el mesón, sólo habría proporcionado condiciones primitivas de alojamiento. Un khan típico de esa época era una estructura de piedra que consistía en una serie de cubículos de tres paredes cada uno y abierto a la vista del público en un lado. Sin embargo, el establo era posiblemente un patio vallado o incluso una cueva de piedra caliza donde ponían a los animales que pertenecían a los huéspedes5. Ya fuese en un patio, una cueva u otro refugio, el nacimiento de Cristo entre los animales en vez del concurrido interior del mesón tuvo una obvia ventaja: por lo menos allí tenían paz y privacidad. En ese sentido, el ofrecimiento del establo fue una bendición, lo que permitió que el nacimiento más sagrado de la historia humana se llevara a cabo en reverente soledad.

Libertad a los cautivos

Setecientos años antes de aquella primera Navidad, el profeta Isaías escribió una profecía mesiánica, la cual el Salvador leyó más tarde a Sus conciudadanos de Nazaret: “El espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ha ungido Jehová para proclamar buenas nuevas a los mansos; me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel” (Isaías 61:1; véase también Lucas 4:18–19).

Cuando leemos sobre la misión de Cristo de proclamar libertad a los cautivos y de abrir la cárcel a los prisioneros, probablemente pensemos primeramente en Su ministerio en el mundo de los espíritus entre los muertos. Pero todos somos cautivos —cautivos de la corrupción y de la debilidad de los cuerpos mortales y sujetos a las tentaciones de la carne, a las debilidades y, finalmente, a la muerte— y todos tenemos necesidad de que se nos ponga en libertad.

Sea lo que sea que nos tenga atados —pecados, circunstancias o acontecimientos del pasado— el Señor Jesucristo, el gran Emanuel, ha venido a liberarnos. Él proclama libertad a los cautivos y libertad de los lazos de la muerte y de la prisión del pecado, de la ignorancia, del orgullo y del error. Se profetizó que Él diría a los prisioneros: “Salid” (Isaías 49:9). La única condición para nuestra libertad es que vayamos a Él con corazones quebrantados y espíritus contritos, nos arrepintamos y procuremos hacer Su voluntad.

Hace aproximadamente 30 años conocí a un hombre a quien llamaré Tomás; tenía 45 años cuando lo conocí. Sus padres se habían unido a la Iglesia veinte años antes, pero Tomás no tenía ningún interés en la nueva religión de sus padres. Sin embargo, ellos lo amaban, y conservaban la esperanza de que algún día su hijo llegase a conocer la verdad del Evangelio restaurado. Con el paso de los años, intentaron muchas veces convencerlo de que por lo menos se reuniera con los misioneros y oyera su mensaje. Él se negó una y otra vez, y se burlaba de sus padres por su fe religiosa.

Un día, su madre, desesperada, le dijo: “Tomás, si escuchas las lecciones misionales una vez, entonces nunca volveré a hablarte de la Iglesia”. Tomás decidió que sería un buen acuerdo y accedió a reunirse con los misioneros. Durante las primeras tres lecciones, permaneció sentado, lleno de orgullo, burlándose a veces de lo que los élderes enseñaban.

Durante la cuarta lección, que hablaba de la expiación de Jesucristo y de los primeros principios del Evangelio, Tomás no dijo nada y, extrañamente, permaneció en silencio y escuchó con atención. Al final de la lección, los misioneros testificaron del Salvador. Uno de ellos tuvo entonces la inspiración de abrir su Biblia y leyó estas palabras:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28–29).

De repente, Tomás empezó a llorar. “¿Me están diciendo que Cristo puede perdonar mis pecados?”, preguntó. “He vivido una vida terrible; estoy obsesionado por el recuerdo de mis pecados; haría cualquier cosa por librarme del remordimiento que siento”.

Su orgullo había sido una fachada que ocultaba un alma aprisionada por el pecado y el remordimiento. Los élderes le aseguraron que Cristo lo perdonaría y lo libraría de la carga del remordimiento si tan sólo se arrepentía, se bautizaba y era confirmado. Después, testificaron del poder de la Expiación. A partir de ese momento, todo cambió en la vida de Tomás. Tenía mucho de qué arrepentirse y mucho que superar, pero mediante las bendiciones del Señor, logró estar listo para el bautismo.

Más de veinte años después, al encontrarme sentado en la capilla del Templo de Fráncfort, Alemania, un hombre de pelo cano que estaba enfrente de mí se dio vuelta y dijo: “¿No es usted el élder Porter?”. Para mi gran alegría, reconocí a Tomás, un hombre liberado de la esclavitud por medio del poder de Jesucristo, y que aún era fiel en la Iglesia del Señor.

Tal vez en esta época navideña cada uno de nosotros podría tomar la determinación de acudir humildemente en oración a nuestro Padre Celestial y suplicar que el poder de Su Amado Hijo nos acompañe en nuestro diario recorrido y nos libre de nuestras formas personales de cautiverio, sean grandes o pequeñas.

Oh noche santa

En diciembre de 1987, aproximadamente dos semanas antes de la Navidad, viajé a Israel por razones de negocios. Lamentablemente, no era un tiempo de paz en la Tierra Santa; había manifestaciones en Cisjordania, las calles de la vieja Jerusalén estaban desiertas y las tiendas estaban cerradas con paneles de madera. En el aire se sentía la tensión política y, para empeorar las cosas, casi toda la semana había caído una fría llovizna. Los turistas, temerosos de la violencia, se mantenían alejados en masa. No obstante, al caminar por Jerusalén, sentí paz en el corazón al saber que ésa era la ciudad que el Redentor amó tanto.

Regresé a los Estados Unidos ya tarde por la noche del viernes previo a la Navidad. Cuando amaneció el día de reposo, dos días después, el despertador sonó con la música de “Oh noche santa”:

El Rey de reyes yacía así en el humilde pesebre,
nacido para ser nuestro amigo en todas nuestras pruebas6.

La música y el mensaje me conmovieron profundamente y los ojos se me llenaron de lágrimas al contemplar el glorioso sacrificio y la vida perfecta del Redentor de Israel, Aquél que nació para ser el amigo de los humildes y la esperanza de los mansos. Pensé en la experiencia que tuve en Jerusalén y todo mi ser se llenó de amor por Aquél que había venido a la tierra y había tomado sobre Sí las cargas de todos nosotros. Me sentí profundamente conmovido al pensar que Él me podría considerar un amigo. Nunca he olvidado los tiernos sentimientos de aquella temprana mañana de domingo, que fue uno de los testimonios más puros que he recibido.

Doy mi testimonio del Salvador del mundo. Sé que Él vive. Sé que fue preordenado antes de la creación del mundo para proclamar libertad a los cautivos. Sobre Su nacimiento y Su vida digo: “Venid, adoremos”7.

Notas

  1. The Messiah [El Mesías], ed. T. Tertius Noble, 1912, pág. VI.

  2. Véase la Guía para el Estudio de las Escrituras,“Belén”, scriptures.lds.org.

  3. “Oh Dios, Eterno Padre”, Himnos, Nº 104.

  4. Véase Bible Dictionary (en inglés), “Feasts” [Festividades].

  5. Véase Russell M. Nelson, “La paz y el gozo de saber que el Salvador vive”, Liahona, diciembre de 2011, pág. 21.

  6. “Cantique de Noël” (“O Holy Night”), Recreational Songs, 1949, pág. 143, traducción libre.

  7. “Venid, adoremos”, Himnos, Nº 124.

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Familia y amigos para siempre

Diciembre 2013
Familia y amigos para siempre
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. Eyring

Dondequiera que vivan, tienen amigos que buscan esa felicidad más profunda que ustedes han encontrado al vivir el evangelio restaurado de Jesucristo. Ellos tal vez no puedan describir esa felicidad con palabras, pero pueden reconocerla al verla en la vida de ustedes. Tendrán interés de saber cuál es la fuente de esa felicidad, en especial cuando vean que ustedes pasan por pruebas al igual que ellos.

Ustedes han sentido felicidad al guardar los mandamientos de Dios; ése es el fruto prometido de vivir el Evangelio (véase Mosíah 2:41). Ustedes no obedecen los mandamientos con fidelidad para que los demás lo noten, pero el Señor está preparando a aquellos que observan lo felices que ustedes son a fin de que oigan las buenas nuevas de la restauración del Evangelio.

Las bendiciones que se les han concedido han creado obligaciones y maravillosas oportunidades para ustedes. Como discípulos de Jesucristo bajo convenio, ustedes están obligados a brindar a otras personas la oportunidad de encontrar mayor felicidad, especialmente a sus amigos y a los miembros de su familia.

El Señor vio la oportunidad que ustedes tenían y describió la obligación que les corresponde con este mandamiento: “…conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo” (D. y C. 88:81).

El Señor hace que sea más fácil obedecer ese mandamiento mediante el cambio que ocurre en el corazón de ustedes a medida que aceptan y viven el evangelio de Jesucristo. Como resultado, su amor hacia otras personas aumenta, al igual que su deseo de que ellos sientan la misma felicidad que ustedes han sentido.

Un ejemplo de ese cambio es la manera en que aceptamos con gusto la oportunidad de ayudar en la obra misional del Señor. Los misioneros de tiempo completo aprenden rápidamente que un verdadero converso responderá de forma amable cuando le pidan referencias. El converso tiene el deseo de que sus amigos y parientes sientan la misma felicidad que él o ella siente.

Cuando el líder misional de su barrio o los misioneros les piden nombres de personas a quienes enseñar, les están haciendo un gran cumplido. Saben que sus amigos ven lo felices que ustedes son y, por lo tanto, que esos amigos han sido preparados para oír el Evangelio y escoger aceptarlo. Además, confían en que ustedes serán el amigo que esas personas necesitarán al entrar en el reino. Seguir leyendo

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La realidad de la Navidad

La realidad de la Navidad

Gary E. StevensonPor el obispo Gary E. Stevenson
Obispo Presidente

Sin el nacimiento y la expiación del Salvador, no tendríamos Intercesor, ni Abogado ante el Padre, ni Mediador que hiciese posible que volviésemos a la presencia de nuestro amado Padre Celestial y viviésemos juntos como familias eternas.


Cuando mi padre era niño, vivía en un pueblito del centro del estado de Utah (Estados Unidos), cerca del Lago Utah. En los días previos a los pioneros, los indígenas cazaban y pescaban en esa región, y ciertos lugares alrededor del lago se hicieron famosos a causa de los que buscaban puntas de flechas.

Cuando mi padre tenía cinco años, los padres de su barrio, junto con sus hijos, fueron a una actividad al Lago Utah en busca de puntas de flechas. Después de que el grupo hubo pasado el día buscando, mi abuelo le preguntó a mi padre si había encontrado alguna punta.

“No, no encontré ninguna”, respondió mi padre. Entonces se metió la mano en el bolsillo y dijo: “Pero sí encontré esta bonita piedra que tiene forma de árbol de Navidad”.

Después de todo, mi padre había encontrado la punta de una flecha, pero no lo sabía; tenía en la mano una punta auténtica, pero no la reconoció.

Reconocer al Redentor

Para muchas personas hoy en día, la visión que tienen de lo que es real y más importante: Jesucristo, el Salvador del mundo, está nublada por cosas que no son reales.

Hace poco vi un programa de televisión sobre Jesucristo que cuestionaba si en realidad había nacido de la virgen María; incluso profesores eminentes de reconocidas instituciones de aprendizaje especulaban en cuanto a si eso sería cierto.

Respondiendo a esos escépticos, el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Los que se consideran eruditos tratan de convencernos de que el nacimiento divino de Cristo, tal como se proclama en el Nuevo Testamento, no fue para nada divino y que María no era virgen en el momento en que concibió a Jesús. Nos quieren hacer creer que José, el padre adoptivo de Jesús, era Su padre biológico y que, por lo tanto, Jesús era humano en todo atributo y característica. Aparentan ser generosos al alabarlo cuando dicen que fue un gran filósofo moral, tal vez el más grande de todos, pero el propósito fundamental de sus esfuerzos es repudiar el atributo divino de Jesús como hijo, ya que en esa doctrina se basan todas las demás afirmaciones del cristianismo”1.

He esquiado en nieve artificial, y he decorado árboles de Navidad artificiales con adornos artificiales en forma de tiritas de hielo. A veces puede resultar difícil discernir lo que es real, especialmente en una época en que abunda la realidad virtual. Entonces, ¿cómo sabemos qué es real? ¿Cómo obtenemos un testimonio de la realidad de Jesucristo?

Obtenemos un testimonio de lo que es real cuando leemos la palabra de Dios en las Escrituras, tanto antiguas como modernas. Aprendemos en cuando a la realidad del Salvador al escuchar a los profetas y apóstoles vivientes y al leer sus testimonios. Encontramos la verdad al orar “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo” (Moroni 10:4). Descubrimos “la senda verdadera” al “creer en Cristo y no negarlo” y al “[inclinarnos] ante él y adorarlo con todo [nuestro] poder, mente y fuerza, y con toda [nuestra] alma” (véase 2 Nefi 25:29).

Profecías del nacimiento de Cristo

Abundan las Escrituras que profetizan el nacimiento de Cristo: la primera Navidad. Cuando leemos esas profecías de las Escrituras, quizás olvidemos que en verdad eran profecías. Nos proporcionan muchos detalles en cuanto a lo que iba a ocurrir pero que aún no había sucedido.

Ochocientos años antes del nacimiento de Cristo, Isaías dijo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Seiscientos años antes del nacimiento del Salvador, Nefi describió una visión que tuvo de la madre del Hijo de Dios:

“…miré, y vi la… ciudad de Nazaret, y en ella vi a una virgen, y era sumamente hermosa y blanca…

“Y [el ángel] me dijo: “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios…

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios!” (1 Nefi 11:13, 18, 20–21).

Ciento veinticuatro años antes del nacimiento del Salvador, el rey Benjamín dijo:

“Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente… descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros…

“Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5, 8).

Ochenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, Alma dijo: “Y he aquí, [el Hijo de Dios] nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados… siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido” (Alma 7:10).

Y sólo seis años antes de la primera Navidad, Samuel el Lamanita declaró:

“Y he aquí, esto os daré por señal al tiempo de su venida: porque he aquí, habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida…

“Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal” (Helamán 14:3, 5).

Los judíos esperaban con anhelo ese grandioso acontecimiento; sabían que el Mesías vendría, y esperaban que viniera en gloria, que los librara temporalmente, que estableciera un reino terrenal y gobernara como Su rey.

¿Quiénes serían los primeros en enterarse del nacimiento del Mesías? ¿No serían los del Sanedrín u otros que ocuparan puestos de poder e influencia?

En la Biblia nos dice que fueron los humildes pastores que dormían en el suelo a quienes un ángel declaró las “nuevas de gran gozo” (Lucas 2:10) y que fueron los magos de tierras lejanas los que vieron “su estrella en el oriente y [fueron] a adorarle” (Mateo 2:2). Los poderosos y los influyentes, cuya visión estaba empañada por las filosofías de este mundo, no se encontraban con el Salvador en el momento de Su nacimiento ni durante Su ministerio. Habían tenido frente a ellos lo que era real, pero no lo reconocieron ni lo aceptaron.

Llegar a ser más semejantes a Cristo

El presidente Benson dijo que una de las cosas más maravillosas acerca de la Navidad es el hecho de que aumenta nuestra sensibilidad hacia las cosas de Dios:

“Nos hace meditar en la relación que tenemos con nuestro Padre y en el grado de devoción que tenemos por Dios; nos motiva a ser más tolerantes y dadivosos, más conscientes de los demás, más generosos y sinceros, más llenos de esperanza, caridad y amor; todos los cuales son atributos divinos. Es por eso que el espíritu de la Navidad llega al corazón de la gente de todo el mundo… Al menos por un tiempo, se presta mayor atención y devoción a nuestro Señor y Salvador Jesucristo”2.

Esta Navidad, a medida que el espíritu de la época envuelva nuestro corazón, hagamos algo que exprese nuestros sentimientos de manera externa, manifestando de ese modo que comprendemos que el niño que nació en Belén es el verdadero Redentor. El presidente Howard W. Hunter (1907–1995) dio unos consejos prácticos que nos sirven para lograr ese propósito:

“Esta Navidad, resuelvan una discrepancia. Busquen a un amigo olvidado; desechen una sospecha y remplácenla con la confianza; escriban una carta; den una respuesta amable; alienten a la juventud; manifiesten su lealtad de palabra y obra. Guarden una promesa; olviden una ofensa; perdonen a un enemigo; pidan disculpas; traten de comprender; examinen lo que exigen de los demás; piensen primero en alguien más. Sean bondadosos, amables; rían un poco más; expresen gratitud; den la bienvenida a un desconocido. Hagan feliz a un niño; regocíjense en la belleza y en la maravilla de la tierra. Expresen su amor con palabras y vuelvan a hacerlo”3.

Sin Cristo, no habría Navidad; sin Cristo, no habría plenitud de gozo; sin Su nacimiento y Su expiación, no tendríamos Intercesor, ni Abogado ante el Padre, ni Mediador que hiciese posible que volviésemos a la presencia de nuestro amado Padre Celestial y viviésemos juntos como familias eternas.

Al igual que ustedes, celebro la bella y milagrosa realidad del nacimiento y de la misión del Hijo de Dios, y doy testimonio de que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor: el Mesías prometido.

Encontrar al Salvador

Presidente Dieter F. Uchtdorf

“A veces tenemos frente a nosotros las cosas más valiosas y sagradas, a plena vista, pero no podemos o no deseamos verlas…

“Les prometo que si despejamos un poco nuestra vida, y si con sinceridad y humildad buscamos al Cristo puro y tierno de todo corazón, lo veremos y lo encontraremos… en esta Navidad y durante todo el año”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “How to See the Christ in Christmas”, New Era, diciembre de 2013, pág. 48.

Notas

  1. The Teachings of Ezra Taft Benson, 1988, pág. 128.

  2. Ezra Taft Benson, en Larry C. Porter, “Remembering Christmas Past: Presidents of the Church Celebrate the Birth of the Son of Man and Remember His Servant Joseph Smith”, BYU Studies, tomo XL, Nº 3, 2001, pág, 108.

  3. Antiguo Testamento: Manual de consulta del maestro de seminario, pág. 94.

Liahona Diciembre 2014Diciembre de 2014 Liahona

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Llenar el mundo con el amor de Cristo

Diciembre 2014Diciembre de 2014 Liahona
Llenar el mundo con el amor de Cristo
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Dieter F. Uchtdorf

Al pensar en la Navidad, con frecuencia pensamos en dar y recibir regalos. Los regalos pueden ser parte de una tradición entrañable, pero también pueden restarle valor a la sencilla solemnidad de esta época del año y privarnos de celebrar el nacimiento de nuestro Salvador de una manera significativa.

Sé, por propia experiencia, que las Navidades más memorables pueden ser aquéllas que son más humildes. Los regalos de mi infancia eran ciertamente modestos según los criterios actuales. A veces recibía una camisa remendada o un par de guantes o de calcetines. Recuerdo una Navidad especial en la que mi hermano me regaló un cuchillo de madera que él había tallado.

Para hacer que la Navidad sea significativa no se requieren regalos caros. Recuerdo una historia que contó el élder Glen L. Rudd, que sirvió como miembro de los Setenta entre 1987 y 1992. Hacía algunos años, mientras era gerente de un almacén del obispo, en la víspera de Navidad, un líder de la Iglesia le habló de una familia necesitada que se había mudado recientemente a la ciudad. Cuando fue a visitarla en su pequeño apartamento, encontró a una joven madre soltera con cuatro niños menores de diez años.

Las necesidades de la familia eran tan grandes, que aquella Navidad la madre no podía comprar golosinas ni regalos para sus hijos; ni siquiera tenía lo suficiente para comprar un árbol. El hermano Rudd habló con la familia y descubrió que a las tres niñitas les encantaría tener una muñeca o un animal de peluche. Cuando preguntó al niño de seis años qué quería él, el hambriento pequeño respondió: “Me gustaría un tazón de avena”.

El hermano Rudd le prometió al niño la avena y tal vez alguna cosa más. Luego fue al almacén del obispo y recogió alimentos y otros artículos para cubrir las necesidades inmediatas de la familia.

Esa misma mañana, un generoso Santo de los Últimos Días le había dado cincuenta dólares “para alguna persona necesitada”. El hermano Rudd abrigó a tres de sus propios hijos y, con ese donativo, fue a hacer compras de Navidad, e hizo que sus hijos eligieran los juguetes para los niños necesitados.

Tras cargar el auto con alimentos, ropa, regalos, un árbol de Navidad y algunos adornos, la familia Rudd se dirigió al apartamento de la familia. Allí, ayudaron a la madre y a sus hijos a poner el árbol. Luego colocaron los regalos debajo y entregaron al pequeñito un enorme paquete de avena. Seguir leyendo

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El poder infinito de la esperanza

Conferencia General 4 de octubre de 2008

El poder infinito de la esperanza

Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

La esperanza en Dios, en Su bondad y en Su poder nos renueva con valor durante desafíos difíciles.


Estimados hermanos y hermanas y amigos, qué día tan glorioso; hemos sido testigos del anuncio de cinco templos nuevos por nuestro amado profeta. Qué día tan hermoso para todos nosotros.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, a mi padre se le reclutó para servir en el ejército alemán y lo enviaron al frente occidental, lo que hizo que mi madre quedara sola al cuidado de nuestra familia. Aunque tenía sólo tres años, aún recuerdo esa época de temor y hambre; vivíamos en Checoslovaquia y, día tras día, la guerra se acercaba más y el peligro aumentaba.

Por fin, durante el frío invierno de 1944, mi madre decidió huir a Alemania donde vivían sus padres. Ella nos abrigó y de alguna manera logró que abordásemos uno de los últimos trenes de refugiados con rumbo hacia el oeste. Viajar en esa época era peligroso; por dondequiera que íbamos, el sonido de las explosiones, los rostros de ansiedad y el hambre constante nos recordaban que estábamos en una zona de guerra.

A lo largo del camino, el tren se detenía de vez en cuando para adquirir provisiones. Una noche, durante una de esas paradas, mi madre bajó rápido del tren en busca de alimentos para sus cuatro hijos. Al regresar, para su gran horror, ¡el tren y sus hijos se habían ido!

La preocupación la consumía y oraciones de desesperación colmaron su corazón. Frenéticamente buscó en la grande y obscura estación de trenes, y con rapidez cruzaba entre las diferentes vías con la esperanza de que el tren aún no hubiese partido.

Tal vez nunca llegue a saber todo lo que pasó por el corazón y la mente de mi madre esa obscura noche al buscar entre una deprimente estación de trenes a sus hijos perdidos. No tengo duda alguna de que estaba aterrorizada y estoy seguro de que pensó que si no encontraba ese tren posiblemente nunca volvería a ver a sus hijos. Sé con certeza que su fe venció su temor y su esperanza venció su desesperación. Ella no era el tipo de mujer que se sentaría a lamentarse de su tragedia. Ella actuó y puso su fe y esperanza en acción.

Por esa razón, corrió entre las vías y los trenes hasta que finalmente encontró nuestro tren, el cual habían movido a una sección alejada de la estación. Allí, por fin, encontró a sus hijos. Seguir leyendo

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Porque mi padre leyó el Libro de Mormón

Conferencia General 4 de octubre de 2008
Porque mi padre leyó el Libro de Mormón
Élder Marcos A. Aidukaitis
De los Setenta

Marcos A. Aidukaitis

Invito a todos los que me oyen hoy a leer el Libro de Mormón y a poner en práctica la promesa que éste encierra. Quienes lo hagan, sabrán que el libro es verdadero.

Buenos días, queridos hermanos y hermanas. Siento un profundo gozo y honor al hablarles hoy. Ruego que Dios guíe mis palabras y que Su Espíritu esté con nosotros a fin de que “el que la[s] predica y el que la[s] recibe [puedan comprenderse] el uno al otro, y ambos [sean] edificados y se [regocijen] juntamente” (D. y C. 50:22).

Considero el 2 de junio de 1940 un día sumamente importante en la historia de mi familia. Ese día mi padre fue bautizado en esta Iglesia.

Al escribirle a su padre, el élder Jack McDonald, uno de los misioneros que bautizó a mi padre, describió ese día con estas palabras:

“El domingo pasado fue un día especialmente hermoso. Los misioneros fuimos a un lugar apartado en el campo, junto a la orilla del río, y allí el élder Jones y yo [el élder McDonald] efectuamos nuestro primer bautismo. Antony Aidukaitis entró en el agua helada y se convirtió en miembro de la Iglesia…Todo era perfecto, el cielo azul, el campo tan tranquilo, verde, tan hermoso que ninguno podía evitar sentir la presencia de una gran influencia.

“[Al caminar] con nuestro nuevo miembro, él nos dijo que no podía explicar lo maravilloso que había sido ese día para él, que en realidad se sentía como un hombre nuevo… Ese fue nuestro primer bautismo, pero ni yo ni nadie puede acreditárselo: él se convirtió a sí mismo”.

Ese acontecimiento cambió la historia de mi vida. No estoy seguro de que mi padre haya podido prever la sabiduría de sus acciones, pero lo amo por lo que hizo ese día; él falleció hace más de treinta años, pero yo honraré y bendeciré su nombre para siempre.

Mi padre era hijo de lituanos, pero había nacido en Escocia; se mudó a Brasil cuando todavía era joven. Su aptitud para hablar inglés facilitó su conversión dado que pudo leer el Libro de Mormón en inglés cuando todavía no había una traducción fiable en portugués. Esa barrera del idioma impidió que mi madre se uniera a la Iglesia hasta unos pocos años después, pero, cuando lo hizo, fue un poderoso ejemplo, para nuestra familia, de dedicación hacia los demás y de amor a Dios; ella tiene noventa y dos años y se encuentra aquí hoy. Me da gran gozo decir que la amo por su extraordinaria fidelidad; también honraré y bendeciré su nombre para siempre. Seguir leyendo

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La reunión sacramental y la Santa Cena

Conferencia General 4 de octubre de 2008

La reunión sacramental y la Santa Cena

Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La ordenanza de la Santa Cena hace que la reunión sacramental sea la más sagrada e importante de la Iglesia.


Vivimos en los tiempos peligrosos sobre los que profetizó el apóstol Pablo (véase 2 Timoteo 3:1). Los que tratan de andar por el estrecho y angosto camino ven seductores desvíos por todos lados; eso puede distraernos, degradarnos, entristecernos o deprimirnos. ¿Cómo logramos el Espíritu del Señor para guiarnos en nuestras decisiones y mantenernos en el camino?

En la revelación moderna el Señor dio la respuesta en este mandamiento:

“Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;

“porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo” (D. y C. 59:9–10).

Es un mandamiento con promesa: Si participamos semanalmente y en forma apropiada en la ordenanza de la Santa Cena, nos hacemos merecedores de la promesa de “que siempre [tendremos] su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77). Ese Espíritu es el fundamento de nuestro testimonio; nos testifica del Padre y del Hijo, nos recuerda todas las cosas y nos conduce a la verdad. Es la brújula que nos guía por nuestro camino. El presidente Wilford Woodruff enseñó que ese don del Espíritu Santo, “es el don más grandioso que se le puede otorgar al hombre” (Deseret Weekly, 6 de abril de 1889, pág. 451).

I.

La ordenanza de la Santa Cena hace que la reunión sacramental sea la más sagrada e importante de la Iglesia. Es la única reunión del día de reposo a la que toda la familia puede asistir junta. Además de la Santa Cena, el programa de esa reunión siempre debe planearse y presentarse para enfocar nuestra atención en la expiación y en las enseñanzas del Señor Jesucristo.

Mis primeros recuerdos de la reunión sacramental se remontan al pequeño pueblo de Utah donde se me ordenó diácono y donde tomé parte en repartir la Santa Cena. Si las comparo con esos recuerdos, las reuniones sacramentales a las que asisto ahora en diversos barrios han mejorado notablemente. Por lo general, la Santa Cena se bendice, se reparte y los miembros la reciben en una atmósfera de apacible reverencia; se dirige la reunión, incluso los asuntos necesarios, de manera breve y digna. Los discursos son espirituales en su contenido y presentación; la música es apropiada, así como las oraciones. Ésta es la norma y ello representa un gran progreso desde las experiencias de mi juventud.

De vez en cuando hay excepciones. Me doy cuenta de que algunos jóvenes e incluso algunos adultos todavía no han llegado a entender el significado de esta reunión ni la importancia que tienen en ella la reverencia y la adoración individual. Lo que siento la inspiración de enseñar aquí está dirigido a los que aún no han comprendido ni practicado estos principios importantes ni están disfrutando todavía de las bendiciones espirituales prometidas de tener siempre consigo Su Espíritu guiador.

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Sabes lo suficiente

Conferencia General 4 de octubre de 2008
Sabes lo suficiente
Élder Neil L. Andersen
De la Presidencia de los Setenta

Neil L. Andersen

Como discípulos del Señor Jesucristo contamos con inmensos depósitos espirituales de luz y verdad… en nuestros días difíciles, escogemos el camino de la fe.

Me regocijo junto con ustedes de ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Cuando el presidente Monson compartió la maravillosa noticia de los cinco templos nuevos, pensé cómo en todo el mundo, en cada continente, en ciudades grandes o pueblos pequeños, somos una gran familia de creyentes. Nos hemos encaminado juntos hacia la vida eterna; es la mayor de todas las jornadas. Marchamos hacia adelante tomando sobre nosotros “el nombre de Cristo, teniendo la determinación de servirle hasta el fin” 1 .

Aunque existen muchas experiencias como la de hoy, llenas de poder espiritual y confirmación, también hay días en los que nos sentimos incompetentes y sin preparación, cuando la duda y la confusión inundan nuestro espíritu, cuando se nos dificulta hallar nuestro fundamento espiritual. Parte de nuestra victoria como discípulos de Cristo es lo que hacemos cuando nos sentimos de ese modo.

Hace casi cuarenta años, al meditar en los desafíos de servir en una misión, me sentí muy inepto y sin preparación. Recuerdo que al orar decía: “Padre Celestial, ¿cómo puedo servir en una misión si tengo tan poco conocimiento?”. Creía en la Iglesia, pero sentía que mi conocimiento espiritual era muy limitado. Al orar, tuve este sentimiento: “No lo sabes todo, ¡pero sabes lo suficiente!”. Ese consuelo me brindó el valor de dar el siguiente paso para ir a la misión.

Nuestra jornada espiritual es un proceso de toda la vida. No lo sabemos todo al principio ni aun durante el camino. Nuestra conversión llega paso a paso, línea por línea. Primero edificamos los cimientos de la fe en el Señor Jesucristo; atesoramos los principios y las ordenanzas del arrepentimiento, del bautismo y de la recepción del don del Espíritu Santo; después incluimos el compromiso continuo de orar, la disposición a ser obedientes y un testimonio constante del Libro de Mormón. (El Libro de Mormón es un potente alimento espiritual.) Seguir leyendo

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La felicidad es su legado

Conferencia General Octubre 2008

La felicidad es su legado

Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Nuestro derecho inalienable, y el propósito de nuestro gran trayecto en esta tierra, es buscar y sentir felicidad eterna.


Mis queridas hermanas: Agradezco ésta, la primera oportunidad que tengo de hablar a las mujeres de la Iglesia congregadas en todas partes del mundo. En especial, es un honor contar hoy día con la presencia del presidente Monson y del presidente Eyring. El coro nos ha llegado al corazón y nos han inspirado los mensajes de la hermana Thompson, de la hermana Allred y de la hermana Beck.

Desde que supe que estaría con ustedes hoy, he pensado en las muchas mujeres que han moldeado mi vida: mi maravillosa esposa Harriet, mi madre, mi suegra, mi hermana, mi hija, mi nuera y muchas amigas. Toda la vida me han rodeado mujeres que me inspiraron, enseñaron y alentaron. Soy quien soy hoy día en gran parte a causa de estas mujeres excepcionales. Cada vez que me reúno con las mujeres de la Iglesia, siento que estoy en la presencia de almas igualmente admirables. Estoy agradecido por estar aquí, por sus talentos, su compasión y servicio; más que nada, estoy agradecido por quienes son ustedes: preciadas hijas de nuestro Padre Celestial y de inmensa valía.

Estoy seguro de que para ustedes no es novedad, pero las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres a menudo son muy notables, tanto en el aspecto físico y mental así como en el emocional. Uno de los mejores ejemplos que acuden a mi mente para ilustrar esto es la forma en que mi esposa y yo preparamos una comida.

Cuando Harriet prepara una comida, es una obra de arte. Su cocina es tan variada como el mundo, y con frecuencia prepara platos de países que hemos visitado. La presentación de la comida es majestuosa; de hecho, muchas veces tiene una apariencia tan hermosa que parece un crimen comerla. Es un deleite tanto para la vista como para el sentido del gusto.

Pero sin fallar, no importa lo perfecto que todo esté, la presentación y el gusto, Harriet se disculpará por algo que ella cree que no está perfecto. Ella dirá: “Me parece que usé demasiado jengibre”, o “La próxima vez sería mejor usar un poco más de curry y otra hoja de laurel”.

Permítanme comparar eso con la manera en que yo cocino. Para dar este discurso, le pedí a Harriet que me dijera qué es lo que cocino mejor.

Ella respondió: huevos fritos por un solo lado.

Pero eso no es todo. Tengo un plato especial que se llama Knusperchen. El nombre suena como un manjar que encontrarían en un restaurante exclusivo; permítanme decirles cómo se prepara: Cortan el pan francés en pequeñas rodajas y las tuestan dos veces. Seguir leyendo

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Ya regocijemos

Conferencia General, 27 de septiembre de 2008
Ya regocijemos
Barbara Thompson
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Barbara Thompson

El participar en la Sociedad de Socorro es parte de nuestro glorioso legado y bendición como mujeres de la Iglesia del Señor.

Mis queridas hermanas, ¡qué bendecidas somos! No sólo somos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sino que también somos miembros de la Sociedad de Socorro, “la organización del Señor para las mujeres” 1 . La Sociedad de Socorro es evidencia del amor de Dios por sus hijas.

¿No se les llena el corazón de emoción al recordar la historia de la Sociedad de Socorro y de nuestros apasionantes comienzos? El 17 de marzo de 1842, en la primera reunión de la Sociedad de Socorro, el profeta José Smith declaró que “la Iglesia nunca estuvo perfectamente organizada hasta que se organizó a las mujeres de esa manera” 2 . Entonces organizó a las hermanas “bajo la dirección del sacerdocio y de acuerdo con el modelo de éste” 3 . El pequeño y diverso grupo de mujeres congregadas en la primera reunión de la Sociedad de Socorro eran mujeres dedicadas, similares a las integrantes de la Sociedad de Socorro de hoy. Eran mujeres jóvenes y mujeres mayores; mujeres que tenían formación académica y mujeres sin estudios formales. Había mujeres casadas, madres y mujeres solteras; también mujeres que eran ricas y algunas que eran muy pobres. Cada una sentía amor por la otra, amor por el Señor y un deseo de servir. Al recordar lo que las hermanas de la Sociedad de Socorro hicieron en el pasado, hoy podemos tener mejor guía y entendimiento.

En la primera reunión de la Sociedad de Socorro, José Smith pidió a las hermanas que ayudaran a los hermanos “a atender a las necesidades de los pobres, buscar a los que necesiten caridad y satisfacer sus carencias” 4 . También las amonestó a actuar “de acuerdo con esa compasión que Dios ha puesto en el corazón de ustedes” 5 .

Las hermanas tomaron esa amonestación seriamente y se convirtieron en una sociedad dedicada a servir al pobre y al necesitado. La hermana Emma Smith dijo: “Vamos a hacer algo extraordinario. Cuando un barco se atasque en los rápidos con una multitud de mormones a bordo, consideraremos eso como un llamado de auxilio; esperamos oportunidades extraordinarias y llamamientos apremiantes” 6 . Seguir leyendo

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Templos santos, convenios sagrados

Conferencia General, 27 de septiembre de 2008
Templos santos, convenios sagrados
Silvia H. Allred
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Los templos son lugares santos y sagrados; son una fuente de poder y fortaleza espirituales; son un lugar de revelación.

Mi corazón está lleno de gozo y gratitud al contemplar esta singular concurrencia de mujeres de todo el mundo. Qué privilegio es formar parte de esta gran hermandad, unidas en nuestro deseo de fortalecer nuestra fe en el Señor Jesucristo y edificar Su reino. Ruego tener la guía del Espíritu al hablarles sobre el sumamente sagrado tema de la adoración en el templo.

Los lugares más santos sobre la tierra son los templos. En el templo, los miembros dignos de la Iglesia, al hacer sagrados convenios con Dios, reciben las bendiciones más sublimes a las que alguien pueda aspirar. También colaboramos para que esas mismas bendiciones estén al alcance de nuestros antepasados que murieron sin recibir las ordenanzas de salvación necesarias.

Hablaré del profundo significado de construir templos, de por qué las ordenanzas que se efectúan en los templos son esenciales para nuestra salvación y de cómo prepararnos para entrar en el templo.

He observado y me han impresionado mucho los sacrificios que llevan a cabo muchos miembros para ir al templo. Permítanme narrarles un relato. Seguir leyendo

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