El testimonio de Cristo de una familia

Marzo 2000
El testimonio de Cristo de una familia
por Kent P. Jockson

Kent P. JocksonAl leer sobre cómo Lehí y su familia llegaron a comprender el Evangelio de Jesucristo, también nosotros lo comprendemos.

En el Libro de Mormón leemos el registro de una familia israelita que fue bendecida con gran conoci­miento relacionado con la doctrina de Cristo. Una comparación superficial del Libro de Mormón con la Biblia incluso nos indica que los descendientes de Lehi tenían un mayor entendimiento de esta doctrina que el pueblo del cual procedían.

El Antiguo Testamento nos ofrece solamente unos pocos pasajes preciosos que aluden a la doctrina cristiana, y hasta en la Traducción de José Smith, la cual revela que el Evangelio estuvo en la tierra desde Adán hasta Moisés, no vemos una comprensión generalizada ni clara de Cristo desde los días de Moisés hasta los de Juan el Bautista. Mas el Evangelio de Jesucristo es el tema central del Libro de Mormón. En la página de la portada se afirma que, entre otras razones, este libró fue escrito “para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones».

La revelación moderna explica que Dios no siempre ha dado un entendí- miento pleno de Su Evangelio a la gente sobre la tierra, ni aun a los de la casa de Israel. Por motivo de rebelión, a los is­raelitas desde Moisés hasta Juan el Bautista se les negó el sacerdocio mayor y las bendiciones del sacerdocio reser­vadas para los fieles (véase D. y C. 84:23-27; Traducción de José Smith, Exodo 34:1-2). Alma enseñó:

“…el que endurece su corazón recibe la menor porción de la palabra; y al que no endurece su corazón le es dada la mayor parte de la palabra, hasta que le es concedido conocer los misterios de Dios al grado de conocerlos por completo.

“Y a los que endurecen sus corazones les es dada la menor porción de la palabra, hasta que nada saben concerniente a sus misterios” (Alma 12:10-11).

La rebelión nos hace perder oportunidades y el antiguo Israel, a través de gran parte de su historia, sufrió las consecuencias de la rebelión al habérsele retirado mucha de la doctrina del Evangelio o al haber sido privado de ella (véase Alma 12:9; 29:8; 3 Nefi 26:9-10)1. Pero cuando Lehi y su familia se separaron de su sociedad natal, recibieron una “mayor parte de la palabra”. El Señor restauró a Lehi la plenitud del Evangelio y nosotros, lectores del Libro de Mormón, somos bendecidos por lo que él y su familia aprendieron y registraron. De hecho, el aspecto más relevante del Libro de Mormón es su clara enseñanza y testimonio de Jesucristo.

EL REGISTRO DE NEFI

Nefi dio comienzo a su registro al hacer las planchas mayores, un acontecimiento que probablemente tuvo lugar más de diez años después de que su familia saliera de Jerusalén. Sobre esas planchas incluyó el registro de su padre, un relato de sus viajes por el desierto, así como profecías propias y de su padre (véase 1 Nefi 19:2). Cerca de treinta o cuarenta años después de la partida de la familia, Nefi hizo las planchas menores y sobre ellas escribió el registro que tenemos en 1 y 2 Nefi (véase 2 Nefi 5:28-34). De modo que, nuestra infor­mación referente a las primeras visiones de Lehi y de Nefi proceden del registro escrito al menos treinta años después de que pasaran muchos de los acontecimientos que en él se describen. Seguir leyendo

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Lo más importante

9 de febrero de 1999
Lo más importante
por el élder Dallin H. Oaks
del Quorum de los Doce Apóstoles

De un discurso dado en una reunión espiritual celebrada en la Universidad Brigham Young el 9 de febrero de 1999.

Dallin H. OaksLa diversidad y las elecciones no son lo más importante de la ley. Lo más importante que contribuye al progreso hacia nuestra meta de la vida eterna es el amor a dios, la obediencia a sus mandamientos y la unidad en el cumplimiento de la obra de su iglesia.

El libro de Mateo contiene las palabras conde­natorias del Salvador a los escribas y fariseos: “…diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23; cursiva agregada). Quisiera comentar algunas de las cosas “más importantes” que podríamos pasar por alto si nos centramos exclusivamente en las cosas sin trascendencia. Lo más importante a lo que quiero referirme son cuali­dades como la fe y el amor a Dios y Su obra, las cuales nos ayudan a avanzar con firmeza hacia nuestras metas eternas.

Al hablar de lo más importante, quisiera contrastar nuestras metas más elevadas de la eternidad con los métodos mortales u objetivos a corto plazo que empleamos en el intento de alcan­zarlas. El apóstol Pablo describió la diferencia exis­tente entre las perspectivas terrenales y las eternas con las siguientes palabras: “no [miramos] nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18).

Si nos concentramos con demasiado celo en nuestros obvios métodos u objetivos terrenales, podemos perder de vista las metas eternas, a las que el Apóstol llamó “las cosas… que no se ven”. Si hacemos esto, podemos olvidar la dirección que debemos tomar y no alcanzar nada de importancia eterna. No mejoramos en nada nuestra posi­ción en la eternidad si tan sólo nos dedicamos, mientras estamos en la mortalidad, a alcanzar lo más posible lo antes posible, sino que sólo logramos esa posición al avanzar conscientemente en la dirección correcta. Tal y como el Señor nos dijo en la revelación moderna: “…y lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente ante mí, considerando el fin de vuestra salvación” (D. y C. 46:7; cursiva agregada).

No debemos confundir el fin con los medios. El vehí­culo no es el destino. Si perdemos de vista nuestras metas eternas, pensaremos que lo más importante será lo rápido que nos movamos y que cualquier camino nos llevará a nuestro destino. El apóstol Pablo describió esta actitud como “[tener] celo de Dios, pero no conforme a ciencia” (Romanos 10:2). El celo es un método, no una meta. El celo, incluso el celo de Dios, tiene que ser “conforme a ciencia” de los mandamientos de Dios y de Su plan para Sus hijos. En otras palabras, lo más importante, que es la meta eterna, no debe ser desplazada por el método mortal, a pesar de lo excelente que éste sea.

Hasta el momento he hablado en general, más ahora pasaré a dar tres ejemplos.

LA FAMILIA

Todos los Santos de los Últimos Días entienden que el tener una familia celestial es una meta eterna. La exaltación es un asunto familiar y no es posible fuera del sempi­terno convenio del matrimonio, el cual hace realidad la perpetuación de la gloriosa relación familiar. Ello no quiere decir que todo lo relacionado con las familias mortales sea una meta eterna. Hay muchos objetivos a corto plazo asociados con las familias, como la cercanía, la solidaridad familiar o el amor, que son métodos, y no las metas eternas que perseguimos como prioridad por encima de todas las otras. Por ejemplo, la solidaridad familiar para llevar a cabo una mala acción obviamente carece de virtud. Tampoco la solidaridad familiar debe ser motivo para esconder o perpetuar una práctica malvada como el abuso. Seguir leyendo

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Sed Hacedores de la Palabra…

Conferencia General Abril de 1963

Sed Hacedores de la Palabra…

Hugh B. Brownpor el presidente Hugh B. Brown
Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Quisiera comenzar citando dos definiciones bien conocidas de lo que es religión—una del Antiguo Testamento y la otra del Nuevo—que bien podrían constituir un preludio para esta conferencia. Primero del profeta Miqueas:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8.)

Y el apóstol Santiago amonesta:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan sola­mente oidores, engañándoos a vosotros mismos. . .

“Más el que mira atentamente en la perfecta ley, a de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

“Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no sirena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el adre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” Santiago 1:22, 25-27.) Seguir leyendo

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Dios y Nosotros

Dios y Nosotros

Henry D. Moylepor el presidente Henry D. Moyle

Con todo mi corazón y toda mi alma, creo que la solución de nuestros problemas en la vida, tanto en la actualidad como en el futuro, se encuentra en el conocimiento y apreciación de la relación entre Dios y el hombre, en nuestra dependencia con respecto a Él y en la obediencia de las leyes divinas.

El mundo no es un simple reloj al que el Señor ha dado cuerda y abandonado a su propia rotación. Por medio del ejercicio de la fe, los hombres pueden recurrir a Dios y obtener Su ayuda para cada una de sus realizaciones. Asimismo, de Su propia voluntad, el Señor interviene y controla los asuntos de los hombres, las naciones y cada uno de los elementos del universo, cuando esto se hace necesario para la preservación de Sus divinos propósitos.

Hablando de estos últimos, el apóstol Pablo escribió a los Efesios:

“. . . Según su beneplácito,. . . se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.” (Efesios 1:9-10.)

En las modernas Escrituras encontramos lo siguiente:

“Lo que se ha propuesto en sí mismo’, en la escena final de la última dispensación, es que todas las cosas que pertenecen a esta dispensación sean conducidas precisamente de acuerdo con las dispensaciones anteriores.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 200.)

Los ejemplos y preceptos que Cristo estableció en lo que es conocida como la “dispensación del meridiano de los tiempos,” constituyen en la actualidad un método que controla nuestra conducta y nuestras creencias. Nosotros “creemos en la misma organización que exis­tió en la Iglesia primitiva.” Asimismo, “creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.”

Tan impresionantes como las palabras de Pablo, son también las nuestras:

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos. . . ” 2 Pedro 1:19.)

Las profecías y revelaciones dadas al profeta José Smith procedieron de la misma fuente que las que recibió Pedro. Para el Señor no hay diferencia entre los días de la actualidad y aquéllos de Pedro y Pablo. Este último escribió a los Romanos que el evangelio de Jesucristo “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.” (Romanos 1:16.) Considerando específicamente estos términos, la salvación constituye una fase no sólo espiritual sino también temporal en nuestras vidas. No podemos separar al hombre mortal del espíritu eterno que en él habita. Es por ello, en con­secuencia, que mediante la obediencia a las leyes de Dios podremos encontrar la respuesta a nuestros interrogantes, ya sean domésticos, políticos, sociales, económicos o espirituales.

Os aseguro que una gran evidencia, sí no una prueba concluyente, de este hecho, puede encontrarse estudiando las Escrituras. La admonición del Señor a Sus discípulos es aplicable a cada uno de nosotros en la actualidad. Tarde o temprano en nuestras vidas, tenemos que enfrentar alguna crisis que requerirá nuestra autodeterminación: ¿Deseamos o no seguir los consejos que Cristo dio a todos los hombres durante Su ministerio terrenal? ¿Por qué demorar, por qué no hacerlo ahora, si finalmente habremos de escoger el sendero que hemos de seguir?

A medida que vamos determinando el curso de nuestra vida, convendría que recordáramos el sermón sobre la fe contenido en la Epístola a los Hebreos:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

“. . . Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios. . .

“. . . Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:1, 3, 6.)

Mediante nuestra fe en Dios podemos alcanzar cabalmente el propósito de la vida.

En Su sermón del monte, pronunciado al principio de Su ministerio, Jesucristo dijo:

“. . . Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas,” (Mateo 6:33.)

Más adelante, agregó:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Ibid., 7:7-8.)

Satisfacemos nuestras más altas potencialidades cuando recibimos el gozo, la seguridad y el conoci­miento que provienen del Espíritu Santo, el Consolador, quien nos enseña todas las cosas que son esenciales para esta vida y que finalmente lo serán para nuestra exaltación en el reino de Dios. El Apóstol de los Gen­tiles declaró a los Corintios:

“. . . Os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.” (1 Corintios 12:3.)

Cuando el testimonio del Espíritu Santo se mani­fiesta en nuestra conciencia, y llegamos a saber que Jesús es nuestro Señor y Salvador, el Redentor de toda la humanidad, el Hijo del Dios Viviente, tenemos en­tonces la promesa de la vida eterna. El mismo Cristo declaró al mundo:

“Y ésta es la vida eterna; que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has en­viado.” (Juan 17:3.)

Este es un asunto acerca del cual no tenemos razón para estar en la duda. Nosotros sabemos. Este cono­cimiento es de valor incalculable. Los principios del evangelio pueden ser comprendidos y vividos por toda la humanidad. Las leyes y ordenanzas del evangelio son simples; y también son naturales. No todos los hombres pueden obtener las riquezas del mundo, pero las bendiciones del Señor están al alcance de cualquiera que las busque. Por supuesto, igual que la adquisición de todo lo que es valioso, las riquezas espirituales exigen también esfuerzos. Para poder acercarnos a nuestro Padre Celestial debemos tener fe, dedicación y devoción. Podemos disfrutar de nuestra comunión con Dios aquí y ahora, en nuestra vida mortal. No necesi­tamos esperar la vida venidera para disfrutar de los resultados de nuestras obras espirituales. A medida que nos acercamos al Señor, mediante la observancia de Sus mandamientos, vamos aprendiendo a apreciar más y más el Espíritu de Dios. Sabemos que cuanto más duro golpeamos, más de par en par se nos abrirá la puerta.

Es necesario que comprendamos que nunca somos dejados solos para depender de nuestros propios recursos; que contamos con el poder y la influencia sustentadores de nuestro Padre Celestial, quien cons­tantemente nos guía y orienta a través de nuestras vidas en cada una de nuestras actividades honestas. Todos los que guardan los mandamientos de Dios, reconocen en verdad estas bendiciones. Nuestros misioneros lo saben. Es precisamente este conocimiento el que les alienta a ayudar a otros con un entusiasmo inspirado por el Espíritu de nuestro Padre Eterno.

No fue sino hasta que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se organizó en 1830, que la población de este planeta alcanzó a un billón de personas. En la actualidad, sólo 133 años más tarde, esa misma población se ha triplicado. Los expertos es­timan que en esta precisa época viven sobre la tierra una vigésima parte de todos los que jamás han vivido. Si el mismo promedio actual de crecimiento—unos 50 a 60 millones por año—continúa su progresión geomé­trica, para el año 2000 el mundo tendrá seis billones de seres humanos. Esto está basado en un cálculo del doctor Jorge Alberto Smith, Jr., del Colegio de Negocios de la Universidad de Harvard.

Cualquiera sea la población ahora o en el futuro, la verdad permanecerá constante. Conocer la verdad nos hará libre. La verdad es eterna. Debemos procurar la verdad de su propia fuente. La verdad emana de Dios. Valiosas son las palabras del presidente Juan Taylor, expresadas en 1861:

“Creemos que no hay hombre o conjunto de hombres que por su propia sabiduría y talentos sea capaz de gobernar correctamente a la familia humana.”

No hay desasosiego cuando sabemos adónde vamos espiritualmente:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6.)

Nuestro mensaje al mundo, predicado por nuestros misioneros, trata de iluminar a nuestros semejantes que se hallan espiritualmente en las tinieblas. No existe absolutamente nada más grande para el hombre que conocer a Dios. Alguien ha dicho que “llegamos a conocer a Dios cuando nos conocemos a nosotros mis­mos.” Pues bien, para conocemos a nosotros mismos, debemos saber la respuesta a estas preguntas simples— ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? Y estando aquí, ¿qué debemos hacer?

Las multitudes a las que el Salvador habló fueron físicamente alimentadas con panes y peces, pero después de ello’ se esperaba que las mismas efectuaran una decisión importante en cuanto a su alimentación espiritual; y así lo encontramos ilustrado en la siguiente admonición del Salvador:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la per­dición, y muchos son los que entran por ella;

“Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Ibid., 7:13,14.)

¿Seguimos a la mayoría o nos conservamos espiri­tualmente como uno de los pocos? Para hacer esto último, debemos agregar, a la sustentación física, la palabra del Señor, a fin de obtener también un creci­miento y desarrollo espirituales.

Tomás Dídímo preguntó al Maestro:

“. . . Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:5-6.)

Tomás era un Apóstol del Señor Jesucristo, quien había recibido de Él Su poder, Su sacerdocio y la autorización para predicar Su evangelio.

Nosotros sabemos que hemos sido llamados de Dios y recibido Su sacerdocio para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas. Por tanto, también la siguiente Escritura es de gran significado para nosotros e importante para el mundo:

“De cierto, de cierto os digo: el que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” (Ibid., 13:20.)

Doce mil hombres y mujeres, nuestros amados hijos e hijas, hermanos y hermanas, han dejado su hogar, su familia, sus amigos, sus posiciones, profesiones, negocios, etc., y emprendido la obra misionera de la Iglesia a través del mundo, a expensas propias, por un período de dos a tres años. Y así lo han hecho obe­deciendo a una absoluta comprensión del hecho de que han sido llamados por nuestro Padre Celestial para predicar el evangelio al mundo y administrar las ordenanzas del mismo; estos jóvenes saben que han recibido el mismo sacerdocio de Dios que los apóstoles de la antigüedad recibieron. Hay familias en la Iglesia cuyos miembros han rendido este servicio durante seis generaciones.

Este proceso se ha estado desarrollando durante 133 años y el número de nuestras misiones en el mundo aumenta anualmente. Nuestro propósito es puramente abnegado. Nuestros misioneros diseminan la luz del evangelio de Jesucristo a toda la humanidad, en­señando el arrepentimiento de los pecados, la oración en fe y el convencimiento de que nuestras oraciones, conforme a la promesa proclamada por Santiago, serán contestadas:

“. . . Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5.)

Asimismo, manifiestan al mundo su testimonio de que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que mediante el don y el poder del Espíritu Santo todos podemos recibir este mismo testimonio, independiente y firmemente. Este testimonio, cuando es recibido, es abrasador y vivificante. Nosotros sabemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde, mediante una estricta obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio, podemos ir. El propósito de la vida es algo absoluto e invariable. Sabemos que sólo por medio de la trans­gresión podríamos perder nuestro testimonio y cono­cimiento de Dios. Y también que sólo mediante la transgresión podemos perder el privilegio de ser asistidos y consolados por el Espíritu Santo.

Como misioneros y poseedores del Sacerdocio de Dios, es nuestro deber, nuestra prerrogativa, nuestro privilegio el testificar de nuestro conocimiento acerca de Dios, predicar el evangelio e invitar a nuestros seme­jantes a abandonar las sendas mundanales, las riquezas, los aplausos de los hombres, y seguir el evangelio de nuestro Salvador y Redentor, para nuestra propia redención.

Ninguno que desee regresar finalmente a la presencia de Dios en el reino celestial, tiene necesidad de deambular a lo largo del camino de la vida. Durante Su misión terrenal, el Salvador especificó lo que se espera de nosotros si es que hemos de hacer la volun­tad de nuestro Padre en los cielos.

Consideremos por un momento el caso de Nicodemo, uno de los gobernadores de los judíos, cuando vino a Jesús una noche, manifestando su asombro por los milagros que el Señor realizaba:

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:3-5.)

En efecto, Jesús había establecido ya el modelo en base al cual la humanidad debía conformarse:

“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él.

“Más Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?

“Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre él.

“Y hubo una voz en los cielos, que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:13-17.)

Desde aquel momento en que Cristo fue bautizado por Juan, la necesidad del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados nunca ha podido ser ade­cuadamente discutida. Recordemos la maravillosa experiencia de los apóstoles en Jerusalén, en aquel día de Pentecostés, después de la crucifixión, resurrección y ascensión de Jesucristo, cuando fueron inspirados a declarar:

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Is­rael, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

“Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:36-38.)

Este es el sendero que conduce, a través de la puerta estrecha, hacia la vida eterna. Para ello debemos adorar verdaderamente a Dios con todo nuestro poder, mente y fuerza.

No importa si hay tres o seis billones de hermanos y hermanas en la tierra; el sendero para la trayectoria de nuestra vida será siempre el mismo. Nuestra respon­sabilidad para llevar a cabo la comisión final dada por Cristo a Sus apóstoles en la antigüedad y reiterada en nuestra presente dispensación, es obligatoria para cada uno de nosotros: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Marcos 14:15.) Esto se va haciendo cada vez más fácil, año tras año, a medida que la Iglesia crece y florece a través del mundo. Cada día tenemos más grandes cantidades de personas que participan en la obra y mejores medios de comunicación para ayudarnos.

No tenemos razón para preocuparnos por los pro­blemas del mundo, no importa cuán complicados éstos lleguen a ser, Pero sí debemos meditar acerca de nuestra apreciación de las leyes que Dios ha dado para controlar la conducta de los hombres sobre la tierra. ¡Cuán agradecidos debemos estar por las siguientes palabras del Señor!:

“. . . Es preciso, al iniciarse la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la cual ya está entrando, que se efectúen una unión entera, completa y perfecta, y un encadenamiento de dispensaciones, llaves, poderes y glorías, y que sean revelados desde los días de Adán aun hasta hoy. Y no sólo esto, sino que aquellas cosas que desde la fundación del mundo jamás se han revela­do, más han sido escondidas de los sabios y prudentes, serán reveladas a los pequeños y a los niños dé pecho en ésta, la dispensación del cumplimento de los tiempos.” (Doc. y Can. 128:18.)

Estamos viviendo en la era más iluminada de la historia de la humanidad, tal como los profetas lo predijeron. Por lo tanto, se espera de nosotros mucho más que de cualquier generación precedente. “Cuando mucho se da, mucho se espera.” Dios nos ayude para que podamos aprovechar cabalmente la luz y el cono­cimiento que nos han sido revelados.

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El Evangelio Restaurado: Un Estandarte para las Naciones

Conferencia General Abril de 1963

El Evangelio Restaurado:
Un Estandarte para las Naciones

David O. McKaypor el presidente David O. McKay


Grande en su pretensión, amplia en su extensión fue la declaración hecha por el Señor al profeta José Smith, a poco de ser fundada la Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días:

“Y así también he enviado mi convenio eterno al mundo, para que sea una luz al mundo, y sea un estandarte para mi pueblo… y sea un mensajero delante de mi faz, para preparar el camino delante de mí” (D. y C. 45:9).

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenía apenas un año cuando se hizo esta declaración. José Smith, a quien llegó la inspiración, tenía tan solo veinticinco años. Es una declaración maravillosa, grande en su pretensión, amplia en su alcance: “Mi convenio eterno [el evangelio] es enviado al mundo para ser una luz al mundo”.

En la isla Bedloe, en la entrada del puerto de Nueva York, se encuentra la Estatua de la Libertad, una luz para las naciones. Lo que ha significado para miles y cientos de miles de oprimidos de Europa ha sido expresado gráficamente por Israel Zangwill en su obra The Melting Pot, de la cual cito (David, el inmigrante judío, está hablando):

“Cuando miro nuestra Estatua de la Libertad, me parece escuchar la voz de América: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os daré descanso—descanso’”.

Lo que esa Estatua de la Libertad ha simbolizado para los oprimidos y desfavorecidos de Europa, el evangelio de Jesucristo lo es para el mundo. Seguir leyendo

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La amenaza de una decadencia moral

La amenaza de una decadencia moral

N. Eldon Tannerpor N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia
Liahona Junio 1965

Fue en realidad una gran bendición tener con nos­otros a nuestro amado director y profeta, el presidente David O. McKay, y recibir la inspiración de su mensaje leído en forma tan elocuente por su hijo Robert. Su espíritu y bendiciones continúan con nosotros esta tarde. Esta conferencia se está llevando adelante bajo su dirección, y él está reci­biendo la transmisión por televisión en su casa. Nues­tros corazones están con él, y rogamos que las bendi­ciones más ricas de Dios le acompañen siempre.

Hermanos y hermanas, con una profunda sensa­ción de humildad y pesada responsabilidad me pre­sento ante vosotros esta tarde, y sinceramente ruego que el Espíritu y las bendiciones del Señor nos acom­pañen y orienten nuestros pensamientos en esta oca­sión.

Deseo felicitar al coro por sus hermosas selec­ciones, y expresar mi agradecimiento por las bellas oraciones y palabras inspiradoras de nuestros her­manos durante la primera sesión de nuestra confe­rencia esta mañana.

Por parte de la Primera Presidencia os hacemos presentes nuestros saludos y bendiciones a todos los que os halláis unidos en este histórico tabernáculo esta tarde, así como a los que nos escuchan por radio y televisión en todas partes.

Mi corazón se siente lleno de agradecimiento por las muchas bendiciones de que disfruto. Estoy agra­decido por vivir en este país de paz y abundancia, oportunidad y libertad; por ser miembro de esta Iglesia; por el conocimiento que tengo—conocimien­to que no admite dudas o incertidumbre—de que Dios es un Dios personal; que vive, y que de tal manera amó al mundo que envió a su Hijo Unigénito por amor a vosotros y a mí, para que todo aquel que en El cree no se pierda más tenga vida eterna. Sé, como sé que vivo, y como Pedro lo sabía cuándo respondió a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16.)

Estoy sumamente agradecido por mi esposa y familia, por mis primogenitores, por mis nietos, mis amigos y compañeros; por la salud y fuerza que mi familia y yo y todos nosotros gozamos,» y también, porque mi familia y yo podemos ponernos de rodi­llas y orar a un Dios personal que sabemos que está interesado en nosotros, que puede escuchar y con­testar nuestras oraciones, que nos ha dado el evan­gelio, el cual, si lo cumplimos, nos guiará a la in­mortalidad y la vida eterna. ¡Qué fuerza tan grande viene de saber que somos los hijos espirituales de Dios, que hemos sido hechos a su imagen y que pode­mos presentarle nuestros problemas en calidad de Padre Celestial. Seguir leyendo

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Religión y filosofía de la Iglesia restaurada

Religión y filosofía de la Iglesia restaurada

Hugh B. Brownpor Hugh B. Brown
de la Primera Presidencia
Liahona Junio 1965

Esta es una experiencia inspiradora y humilde al mismo tiempo, en la que pido la ayuda di­vina. Nos llena de alegría tener a nuestro lado al presidente de la Iglesia y saber que contamos con su apoyo, bendiciones y buenos deseos.

Damos la bienvenida a todos los presentes, y para destacar lo que ya se ha dicho en las sesiones anteriores, así como para informar a nuestros amigos y miembros; repasemos por unos momentos, algunos aspectos de la religión y la filosofía de esta Iglesia modernamente restaurada, pero antigua en sus orígenes.

Esta es la filosofía religiosa de origen divino que enseñaron los profetas y los apóstoles de la anti­güedad y que fue llamada por ellos:

“. . . La restauración de todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.” (Hechos 3:21.)

Es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos de que habló Pablo en Efesios:

“. . . Reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.” (Efesios 1:10.)

Es esta una filosofía que da solución a los problemas de este mundo confuso y lleno de peligros.

La piedra fundamental de este evangelio res­taurado es la fe en la existencia de un Dios viviente y personal, el Ser Supremo. Y la principal piedra del ángulo es Jesucristo, el Hijo de Dios, el mismo que Pedro defendió tan ardientemente durante su minis­terio. En los Hechos de los Apóstoles está registrado un pasaje que dice:

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. (Hechos 4:11-12.)

Creemos que el hombre fue creado a la imagen dé Dios y colocado sobre la tierra como un espíritu encamado para que pueda tener la experiencia de la vida mortal, que es un estado intermedio entre la preexistencia y la inmortalidad.

De acuerdo con el plan divino, hubo una trans­gresión de parte de nuestros primeros padres y como resultado se les dio cuerpos mortales y tanto ellos como sus descendientes quedaron sujetos a la sepa­ración del espíritu y del cuerpo por medio de la muerte.

En el plan divino, también se previó un redentor que rompería las cadenas de la muerte y por medio de la resurrección haría posible la reunión del espí­ritu y del cuerpo de todos los que moren en la carne. En esta forma se previó la redención de la muerte de todo el género humano, por medio de la expiación de Cristo, y su salvación mediante la obediencia a los principios de su evangelio. Seguir leyendo

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Salvaguardia contra la delincuencia juvenil

Salvaguardia contra la delincuencia juvenil

David O. McKaypor el Presidente David O. McKay
Liahona Junio 1965

Mis hermanos y hermanas, amigos que me escuchan y ven en la radio y la televisión, al dirigirme a ustedes, suplico vuestro apoyo y particularmente la influencia del Espíritu del Señor.

“Te encarezco—escribió Pablo a Timoteo,— delante de Dios y del Señor Jesucristo . . . que pre­diques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Timoteo 4:1-2.)

En la misma carta declara proféticamente que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos,. . . amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la efi­cacia de ella. . (2 Timoteo 3:1-2, 4-5.)

Con el espíritu que Pablo hizo esta denuncia y profecía, encararé el tema de la salvaguardia contra la delincuencia juvenil. Respecto a este tema no hay nada nuevo, se habla de él muy frecuentemente, pero, lo mismo que con los principios del evangelio, es conveniente que estemos listos para actuar en cualquier momento, que redarguyamos, reprendamos, aconsejemos y exhortemos con paciencia cuando contemplamos el aumento de la delincuencia. De­bemos llevar a nuestro hogar, a cada uno de nosotros si es posible, la idea de que necesitamos actuar con diligencia.

Nadie duda que estamos viviendo tiempos peligrosos, que muchos se han extraviado, siendo “… llevados por doquiera de todo viento de doc­trina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.” (Efesios 4:14.)

Entre todos los males de estos días, hay dos que parecen ser los más dañinos y que debemos frenar, si queremos preservar los verdaderos ideales cris­tianos. Ellos son, PRIMERO: la creciente tendencia a deshonrar los votos matrimoniales y SEGUNDO: el aumento de la delincuencia juvenil. Un estudio cuidadoso demuestra que hay una relación muy íntima entre ambos factores.

Como evidencia de la primera situación, no tenemos más que ver la cantidad de divorcios en el país. Recientemente se ha comprobado que de cada cuatro matrimonios, uno termina en divorcio.

Pero esta mañana quiero llamar vuestra aten­ción especialmente sobre el aumento de la delin­cuencia. Ha llegado a corromper a los niños, los jóvenes han caído en sus lazos y han sido con­taminados por su influencia destructora.

J. Edgar Hoover, Director del Servicio de Inves­tigaciones, probablemente una autoridad nacional en la materia, en una cena ofrecida en su honor en Chicago, el 24 de noviembre de 1964, hizo la siguiente alarmante declaración: “A cada nación y a cada hombre, le llega un momento en el que debe tomar decisiones en cuanto a problemas graves. El aplazamiento de estas decisiones puede provocar un desastre. A los Estados Unidos le ha llegado este momento. Seguir leyendo

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El peligro del cigarrillo

Octubre 1965
El peligro del cigarrillo
por el presidente David O. McKay

David O. McKayMis queridos hermanos del sacerdocio: ¿Cuál es el fin y propósito de la religión y la manera en que ha “dominado la vida de los hombres a través de los siglos»? Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, contestan con las palabras que el Señor reveló por medio del profeta José Smith, que el fin y pro­pósito de la verdadera religión es, . . .llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. (Moisés 1:39.)

Y ¿cuál es la gloria máxima que el hombre puede al­canzar aquí en la tierra, concerniente a sus realizaciones personales? Es el carácter—la personalidad que se logra mediante la obediencia a las leyes de la vida reveladas por Jesucristo, que vino para que podamos tener vida y para que la tengamos en abundancia.

La principal ambición del hombre en la vida, no debe ser adquirir oro, fama o bienes materiales. No debe ser el desarrollo de la destreza física, o de la fuerza intelectual, sino que su meta, la mira más alta en la vida, debe ser lograr un carácter como el de Cristo.

Una de las declaraciones más importantes de la Pala­bra de Sabiduría y la que demuestra la inspi­ración del profeta José Smith, se encuentra en estas palabras: “Por motivo de las malda­des y los designios que existen y que existirán en los corazones de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado, y os pre­vengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación.” (Doc. y Con, 89:43.)

El significado de estas palabras me ha im­presionado desde los años veinte y treinta de este siglo.

Quiero pediros que recordéis los métodos que los fabricantes de cigarrillos emplearon para inducir a las mujeres al hábito de fumar. Recordad cuán astutamente hicieron sus planes: primeramente dijeron que el cigarrillo ayudaba a reducir de peso. Su lema era: “Un cigarrillo en lugar de una golosina.” Más tarde, en los anuncios de cine, aparecía una mujer joven encendiendo el cigarrillo a un hombre. A continuación en la pantalla mostraban a una mujer aceptando o encendiendo un cigarrillo. Pasaron un año o dos y con todo des­caro empezaron a mostrar mujeres fumando. Seguir leyendo

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Las bendiciones de la experiencia

29 de septiembre de 1965.
Las bendiciones de la experiencia
por Belle S. Spafford
presidenta de la sociedad de socorro

Belle S. SpaffordLa historia de la Iglesia narra muchas de las tribulaciones y problemas que caracterizaron la vida del profeta José Smith—elegido del Señor para comenzar esta dispensación. Sin embargo, la narración que revela con más claridad las penalidades del Profeta, es la del encarcelamiento en la Prisión de Liberty, donde lo insultaron sin ninguna consideración.

En medio de sus tribulaciones, oró a Dios con apasionada insistencia, diciendo:

«Oh Dios, ¿en dónde estás? y ¿dónde está el pabellón que cubre tu escondite?
«¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y desde los cielos eternos verá tu ojo, los sufrimientos de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus llantos tus oídos?
«Oh Señor, extiende tu mano; ablándese tu corazón y conmuévanse tus entrañas con compasión hacia nosotros.» (Doc. y Con. 121:1-4.)

Y Dios contestando el llamado del Profeta le dijo:

«Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más de un momento;
«Y entonces, si lo sobrellevas debidamente, Dios te ensalzará; triunfarás sobre tus enemigos.
«Si te es requerido pasar tribulaciones; si te encuentras en peligro entre hermanos falsos; si corres peligro entre ladrones; si peligras en tierra o mar;
«Si te acusan con toda clase de acusaciones falsas; si te acometen tus enemigos; si te arrancan del lado de tu padre, madre, hermanos y hermanas; si con la espada desenvainada te arrancan del seno de tu esposa y de tus hijos.
«Si te echan en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para atajar la vía; y si, sobre todo, las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.» (ídem., 121:7-8; 122:5-7.)

Esto nos conduce a preguntarnos: ¿Qué es lo que el Señor quiere decir cuando había de experiencia, y cuáles son los valores que la misma involucra, no sólo para el Profeta sino para todos los hijos de nuestro Padre? Seguir leyendo

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El Dios viviente y verdadero

Marzo 1965
El Dios viviente y verdadero
por Marion G. Romney
del consejo de los doce

Marion G. RomneyMis amados hermanos y hermanas, tanto los presentes como los que no están aquí, pues incluyo a todos en mi saludo: Espero que el Espíritu dará testimonio de lo que intento decir hoy. Yo sé que todos nosotros somos hermanos y hermanas. . . .

Bajo el título de «El Dios viviente y verdadero», me propongo en esta ocasión exponer la doctrina de la Deidad, tal cerno la conoce y enseña la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El hecho de que el concepto de Dios que uno tiene está basado en su propia religión, tiende a convertir el asunto en algo objetable. Espero que este detalle dispense toda intolerancia que mis palabras puedan insinuar. No quiero ser intolerante y tampoco creo serlo. No obstante, sinceramente deseo presentarles un claro concepto del Dios viviente y verdadero.

Recuerdo haber leído, cuánto fue el furor que Pablo despertó el intentar hacer lo mismo en Atenas y cómo lo acusaron de ser un «proclamador de dioses falsos». (Hechos 17:18.)

Aún así, me siento un poco como Pedro y Juan, cuando los gobernantes judíos les ordenaron no enseñar o predicar más en el nombre de Jesús, y ellos les contestaron: «Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.» (Ibid. 4:19-20.)

He procurado y sigo implorando —e invito a cada uno de vosotros que me acompañe en mi oración— por la guía y la comunión entre el viviente y verdadero, ustedes y yo, para que todos podamos instruirnos.

La doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días acerca del Dios viviente y verdadero está basada en las experiencias y enseñanzas de su profeta fundador, José Smith. Hablando sobre este importante asunto, él dijo una vez:

«. . . Sabemos que hay un Dios en el cielo, quien es infinito y eterno, de eternidad en eternidad al mismo invariable Dios, el organizador del cielo y de la tierra, y todo cuanto en ellos hay. Y que creó al hombre, varón y hembra, según su propia imagen, y a su propia semejanza los creó. Y les dio mandamientos que lo amaran y lo sirvieran, el único Dios verdadero y viviente, y que él fuese el único ser que habrían de adorar.» (Doc. y Con. 20:17-19.) Seguir leyendo

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En busca de la verdad

Mayo 1965
En busca de la verdad
por Thomas S. Monson
del consejo de los doce

Thomas S. MonsonMis hermanos y hermanas, con esta responsabilidad de estar frente a vosotros me siento muy humilde, y sinceramente pido que me sostengáis con vuestras oraciones, a fin de que tenga la ayuda del Señor.

Esta mañana mientras me dirigía con mi esposa a este bello tabernáculo, oí un sonido familiar, la campana de una escuela; y vi cantidad de niños y niñas que corrían aquí y allí para llegar a tiempo a las aulas. Comprendí que iban en busca de la verdad, y al ver a estos profesores de las universidades y presidentes de los colegios sentados delante de nosotros, recuerdo que esta es la época del año en que nuestras universidades y colegios por todo el país abren sus puertas de par en par a fin de que los alumnos puedan continuar esta misma búsqueda de la verdad. Sus profesores y científicos en todo ámbito del saber continúan su constante labor de estudiar y experimentar, siempre buscando la verdad.

¿Es realmente tan importante esta búsqueda de la verdad? ¿Es tan esencial? ¿Es necesario que abarque todas las edades, comprenda todo ramo de conocimiento y penetre todo corazón humano? El presidente McKay ha dicho: Afortunadamente, existe una sensación natural que impulsa a los hombres y las mujeres hacia la verdad. Es una responsabilidad que se ha impuesto al género humano.

Aun nuestros tribunales celosamente protegen este principio. Si vosotros y yo tuviésemos que testificar en calidad de testigos, se nos impondría un juramento solemne de que el testimonio que usted esté a punto de dar…. es la verdad, la verdad completa, y nada más que la verdad.

Sin embargo, opino humildemente que sólo el poeta captó el significado verdadero de la búsqueda de la verdad cuando escribió estas palabras:

«¿Qué es la verdad? Es el supremo don
Al que puede el mortal o un Dios aspirar;
En abismos su brillo buscad con anhelo,
O sus huellas seguid hasta el diáfano cielo;
Es la mira más noble que hay.

«¿Qué es la verdad? Es principio y fin
Y sin límites siempre será.
Si la tierra y los cielos dejan hoy de existir
La verdad, la suma del bien, lo podrá resistir,
Eterna, invariable, sin fin.»

Nuestro Padre Celestial, en una revelación dada al profeta José Smith define la verdad como el «conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser». Seguir leyendo

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La Restauración de la Iglesia

Mayo 1965

La Restauración de la Iglesia

por Joseph Fielding Smith
presidente del consejo de los doce

Joseph Fielding SmithMe siento emocionado en extremo por el mensaje del presidente McKay, y ruego que las bendiciones del Espíritu del Señor continúen con él, a fin de que sea restablecido y pueda reunirse con nosotros otra vez.

En mi niñez, cuando era todavía demasiado joven para poseer el Sacerdocio Aarónico, mi padre colocó un Libro de Mormón en mis manos solicitándome que lo leyera. Recibí esta historia nenia con agradecimiento, y me apliqué a la tarea que se me había señalado. Contiene ciertos pasajes que se han grabado en mis pensamientos y que jamás he olvidado.

Uno de estos se encuentra en el capítulo 27 del Tercer Nefi, versículos 19 y 20. Son las palabras de nuestro Redentor a los nefitas, en las instrucciones que les dio después de su resurrección, y dicen lo siguiente:

«Y nada impuro puede entrar en su reino, por tanto, nadie entra en su reposo, sino aquel que ha lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados.

«Arrepentios, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y bautizaos en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os halléis en mi presencia, limpios de toda mancha.»

El otro pasaje es el versículo 10, capítulo 41 del Libro de Alma, que dice:

«No vayas a suponer, porque se ha hablado acerca de la restauración, que serás restablecido del pecado a la felicidad. He aquí te digo que la maldad nunca fue felicidad.»

He tratado de obedecer estos dos pasajes todos los días de mi vida, y me siento agradecido al Señor por este consejo y orientación; y he procurado grabar estas palabras en mis pensamientos así como en los de otros. ¡Qué guía tan marvillosa pueden ser estas enseñanzas para cada uno de nosotros, si podemos inculcarlas firmemente en nuestros pensamientos! Seguir leyendo

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El duodécimo Artículo de Fe

Octubre 1965
El duodécimo Artículo de Fe
por N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerPresidente McKay, hermanos, hermanas y todos aquellos que me estén escuchando, es un verdadero privilegio y una bendición poder participar del espíritu de esta conferencia, recibir ins­trucciones de estos hombres devotos y sentirnos ins­pirados a vivir mejor.

Queremos agradecer al Señor porque nuestro amado líder, el Presidente McKay, se encuentra bastante restablecido físicamente, de tal manera que puede estar hoy con nosotros. Pocas personas se han sentido tan inspiradas por un profeta de Dios, como los que estamos hoy aquí por su presencia, su emo­tivo discurso de ayer por la mañana y su dirección inspirada. Nos unimos en oración para que con­tinúe gozando de salud y fuerza. Y quiero personal­mente agradecer al Señor por la asociación que ten­go con él y con todos ustedes, mis queridos colegas.

Hace exactamente cinco años, me sentí muy hon­rado al recibir el llamado del Profeta de Dios para servir como ayudante del Consejo de los Doce. Como la mayoría de ustedes sabrán, soy ciudadano cana­diense. Amo al Canadá, país que fue beneficioso para mí en todo sentido, el cual ha logrado ubicarse en el lugar que le corresponde en el mundo y es un alto exponente de libertad para todos; pero a pesar de esto tengo planes de convertirme en ciudadano de los Estados Unidos de Norteamérica, tan pronto como llene los requisitos.

Cuando me convierta en ciudadano de este gran país, tengo decidido unirme a los demás ciudadanos y dedicarme a los ideales de esta nación que apoyan la igualdad y la justicia, y a cumplir nuestra respon­sabilidad como hombres libres. Estoy muy preocu­pado por la falta de respeto a la ley en el mundo, y principalmente aquí en los Estados Unidos. En calidad de futuro ciudadano y por el puesto que ocupo en la Iglesia, quisiera referirme por unos mo­mentos al duodécimo Artículo de Fe, el cual dice:

“Creemos en estar sujetos a los reyes, presiden­tes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.”

Es el deber de todo hombre, estar al tanto de los esfuerzos que su país hace para darle más libertad y oportunidades, restringir las infracciones a la ley y proclamar la igualdad y la justicia. En su Decla­ración de Fe, la Iglesia manifiesta claramente su posición en cuanto a los gobiernos y las leyes, al­gunas de las cuales son las siguientes: Seguir leyendo

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La soberanía de nuestro país

Octubre 1965
La soberanía de nuestro país
por Hngh B. Brown
de la Primera Presidencia

Hngh B. BrownDurante las distintas sesiones de esta confe­rencia hemos oído los discursos de varios ora­dores sobre temas diversos. Nosotros, a los que nos toca hablar en las últimas sesiones, nos damos cuen­ta que lo que teníamos pensado decir ya ha sido tra­tado, pero hay un tema sobre el que quiero hacer hincapié. Creemos en la paz, el patriotismo, la leal­tad; creemos que América es un territorio escogido, guardado y descubierto por inspiración divina, con una constitución que creemos fue inspirada de Dios, y que debemos apoyar bajo cualquier circunstancia.

Esta es una Iglesia universal y aconsejamos a los miembros que viven en todos los países cristianos, que sean patriotas y leales a sus naciones. Todo lo que digamos aquí acerca de los Estados Unidos, no tiene por objeto ofender a nadie, sino que queremos que los miembros de la Iglesia que viven en otros países, lo tomen como un llamado a su lealtad y buena ciudadanía.

De vez en cuando oímos comentarios desprecia­tivos en cuanto al gobierno o previsiones desafortu­nadas en cuanto al futuro de los Estados Unidos. Todos nos preocupamos cuando vemos evidencias de duda, recelo o falta de confianza en el futuro de nuestro país, especialmente en momentos en que se enfrenta a serios problemas. Creemos, sin embargo, que todos los buenos ciudadanos de este país se sienten profunda y sinceramente agradecidos por la abundancia de bendiciones que han llovido sobre nosotros, vertidas por un amoroso Padre Celestial.

No quiero ser de esos que se niegan a reconocer la gravedad de los problemas de nuestro tiempo. Pero me niego a contarme entre los que están per­diendo la fe en nuestro país.

Recordemos que a través de la historia, cada país ha tenido que encarar problemas diversos y buscarles una solución. Creemos que ejercitando la fe, y con la inspiración divina, nuestro país estará en condiciones de resolver cualquier problema que se le presente.

Esta idea no se originó en nosotros. Nuestro Padre Celestial nos ha dado abundantes promesas concernientes a esta tierra de América. Seiscientos años antes del nacimiento de Cristo, predijo que ésta sería la tierra de la promesa para nuestras genera­ciones. Sin embargo, nos puso una condición muy importante: . . . Si tan sólo sirve al Dios del país, que es Jesucristo. . . (Eter 2:12.) Esto es lo que quiero destacar hoy.

Dios dijo a los antiguos habitantes de estas tierras; Seguir leyendo

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