Las cimas espirituales

Conferencia General Octubre 1995

Las cimas espirituales

Jack H. GoaslindÉlder Jack H Goaslind
de los Setenta

«El poder del testimonio de Jesucristo es una de las grandes y desaprovechadas fuentes de dirección de nuestra vida.»

Hace poco, tuve la oportunidad de asistir a unas reuniones en Lago Jackson, cerca de las majestuosas montañas Teton, del estado de Wyoming, en el oeste de los Estados Unidos. Los agrestes picos de las montañas y el paisaje indescriptiblemente hermoso se combinaban con el fresco y límpido aire otoñal para elevar y renovar el espíritu de todo visitante. Tengo que reconocer que el trabajo que se me había enviado a hacer allí parecía mucho menos arduo que lo que nos parece el trabajo diario a la mayoría de nosotros. El sereno panorama de las montañas tenía un efecto renovador en mí y en otros de los presentes. Los problemas del mundo parecían entonces menos insuperables; las dificultades con que me enfrentaba se me hacían menos amenazadoras. Salí de allí con una visión más elevada y con el espíritu iluminado por una esperanza y un entusiasmo nuevos. Esos paisajes montañosos me inspiraron también otras reflexiones, de algunas de las cuales me gustaría hablar hoy.

Muchas veces, el Señor ha empleado las cimas de las montañas como santuarios. En la época del Antiguo Testamento, cuando no había un templo disponible, El utilizaba los picos de las montañas como el lugar sagrado donde revelaba verdades a Sus profetas. Del mismo modo, tanto el Nuevo Testamento como el Libro de Mormón describen las cumbres sagradas donde Dios revelo verdades a Sus siervos. José Smith, arrodillado en la Arboleda Sagrada, estaba simbólicamente arrodillado en la cima de una alta montaña espiritual.

Hoy en día el Señor nos concede un amplio espacio que, en forma personal, se convierte en nuestra propia cima espiritual en la cual recibimos verdad e inspiración. Por ejemplo, escudriñar las Escrituras nos contesta muchas de nuestras preguntas cotidianas elevándonos el espíritu a una altura que nos ofrece una visión más clara de todo. Además, el mundo está lleno de templos santos a los que podemos asistir para recibir instrucciones e inspiración y para efectuar ordenanzas sagradas. Y las conferencias como esta, las proféticas expresiones escritas de nuestros queridos líderes, las reuniones sacramentales y las conferencias de estaca, todo ello nos provee oportunidades magnificas de escuchar la verdad y de que esta penetre en lo profundo de nuestra alma.

Nosotros mismos, en nuestro mundo de diaria labor, podemos crear una experiencia «de cima» espiritual tan personal y exclusiva que me pregunto por qué no hay más personas que lo hagan. La cima espiritual a la que me refiero es el desarrollar y refinar el testimonio de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Del mismo modo en que podemos contemplar un maravilloso panorama desde la cima de una montaña alta, creo que podemos, en cualquier parte que nos hallemos! sentir el sobrecogedor asombro de saber que el Salvador, en un acto de amor que supera la comprensión humana, dio Su vida para tomar sobre Si nuestro dolor y sufrimiento.

Creo que el poder del testimonio de Jesucristo es una de las grandes y desaprovechadas fuentes de dirección de nuestra vida. Estoy convencido de que cada uno de nosotros, por bueno, leal y dedicado que sea al evangelio y a la Iglesia, podría hacer mucho más, si lo hiciera con el poder y la influencia de una fe inalterable en el Señor. Quiero dar un ejemplo de esto.

Pienso que la mayoría de los padres que me escuchan tratan de enseñar a sus hijos a distinguir el bien del mal, a ser honestos, a respetar a los demás y a la propiedad ajena, a llevar una vida moralmente limpia y a amar a su familia; se esfuerzan por enseñarles la importancia de las ordenanzas salvadoras, tal como el bautismo para la remisión de pecados; desean que sus hijos varones reciban el sacerdocio y sean ordenados a la edad apropiada; enseñan a todos sus hijos que casarse en el lugar debido, con la persona debida, en el momento debido y por la debida autoridad es esencial para la exaltación.

Estas importantes lecciones y otras similares, tan cruciales para todo Santo de los Últimos Días, son la marca inconfundible de todo lo que creemos y consideramos de máximo valor. Si se aprenden por medio del Espíritu, cuando se hayan enseñado por la influencia de un fuerte testimonio de la expiación del Salvador, se habrán enseñado y aprendido en una atmósfera de amor y confianza que asegure con certeza que se recordaran. Como enseña este pasaje de las Escrituras: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartara de él» (Proverbios 22:6). La creencia y, al final, la convicción de que Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, el Redentor de Israel-nuestro Señor y Salvador Jesucristo-, dio Su vida en un abnegado sacrificio a fin de que nosotros alcanzáramos la inmortalidad y la vida eterna pone en la debida perspectiva cualquier enseñanza que impartamos a nuestros hijos o a otras personas de quienes tengamos responsabilidad.

A veces pienso que sentimos aprensión injustificada de relacionar nuestras enseñanzas con este fundamento de las verdades del evangelio; quizás nos excedamos en enseñar a nuestros hijos a obedecer una ley o principio solo porque la familia espera que lo hagan. Pueden tal vez obedecer una verdad con el fin de complacer al obispo o a un vecino y alguna otra por una razón diferente; pero cuando les enseñamos una verdad eterna y no la explicamos dentro del contexto de un firme testimonio de nuestro Salvador, desperdiciamos así el poder del ejemplo del Maestro más grandioso que el mundo haya conocido.

Del mismo modo, muchos hemos logrado un estado de obediencia en el cual guardamos continuamente la letra de la ley, b sea, no cometen los pecados graves; si miramos alrededor, vemos que no somos peores que esta o aquella familia, y nos sentimos satisfechos y cómodos; estamos a la par de otros en nuestra meseta, que se halla a mitad de camino hacia la cima de la montaña, y nos gusta ese lugar panorámico donde mantenemos a raya todo lo que debemos y no debemos hacer. Es preciso que aprendamos-y luego enseñemos-que somos obedientes a las leyes y los principios del evangelio por nuestra creencia, nuestro conocimiento, nuestro testimonio y nuestra fe en Jesucristo. Nefi, que en las Escrituras declara que su «alma se deleita en la claridad», nos recuerda lo siguiente en el capítulo 25 de 2 Nefi:

«Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados» (vers. 26).

El presidente Harold B. Lee nos aconsejó, quizás dándose cuenta de lo difícil que nos resultaría a veces concentrar nuestra fe en nuestro testimonio del Salvador:

«Caminen hasta el límite de la luz y quizás unos cuantos pasos en la oscuridad, y verán que la luz aparece y se pone delante de ustedes» (citado por el presidente Boyd K. Packer en el seminario para Representantes Regionales, 1 de abril de 1917).

Al desarrollar nuestro testimonio, al salir de nuestra posición cómoda y movernos aunque sea un poco hacia la cima de la montaña, creo que es entonces que empezamos a acercarnos a nuestra propia cima espiritual en la que recibiremos inspiración y verdad como nunca. Es allí, tal como lo experimente aquel día en la cumbre de las montañas, que podemos pensar más claramente, ver las cosas como realmente son y comprender la verdad con una luz pura y límpida. Allí, con la guía y la influencia del Espíritu Santo, comenzamos a comprender y sabemos cómo enseñar y bendecir a otros con nuevo significado y mayor percepción.

Si se me concediera un solo deseo esta mañana, lo que haría sería plantar profundamente en el corazón de los que me escuchan el recuerdo indeleble de Jesucristo. Hace poco, el presidente Howard W. Hunter nos inspiró con estas palabras:

«Debemos llegar a conocer a Cristo mejor de lo que lo conocemos; debemos recordarle con más frecuencia de lo que le recordamos; debemos servirle más valientemente de lo que le servimos» («¿Qué clase de hombres habéis de ser?», Liahona, julio de 1994, pág. 72).

Quizás lo que haya querido decirnos el presidente Hunter con esas palabras de admonición haya sido lo mismo que Alma enseñó cuando habló de experimentar un gran cambio en el corazón. El enseñó a los miembros de la Iglesia en Zarahemla que debían elevar el corazón a un plano espiritual más alto; les habló de la importancia de confiar en Dios y les dijo lo esencial que era ejercer la fe; luego les hizo esta pregunta fundamental que debemos hacernos nosotros mismos en la actualidad:

«Y ahora os digo, hermanos míos, si habéis experimentado un cambio en el corazón, y si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera preguntaros: ¿Podéis sentir esto ahora?» (Alma 5:26).

Mis hermanos, nuestra bondad -todo empeño de rectitud-, nuestras buenas obras, nuestra obediencia y nuestros esfuerzos por bendecir a los demás tienen que estar basados en nuestra fe en Cristo y motivados por ella, por el testimonio que tengamos de Su misión y de Su sacrificio y por nuestra disposición a abandonar la situación cómoda en que nos  hallamos. No nos será posible responder afirmativamente a la pregunta de Alma hasta que hayamos encontrado el modo de fortalecer, aumentar y magnificar nuestro testimonio de Jesucristo y el efecto de la Expiación en nosotros mismos.

Satanás quiere impedirnos alcanzar esa cima que nos permita desarrollar un testimonio tan fuerte que él no pueda tener influencia en nosotros. Su obra consiste en malograr nuestros esfuerzos, pero el Señor nos ha dicho:

«Así que, no temáis, rebañito; haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y cl infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer» (D. y C. 6:34).

Tenemos toda confianza en que la tierra y el infierno no prevalecerán sobre ustedes, pero es indispensable que abandonen las mesetas bajas en que se encuentran y asciendan a terrenos más elevados.

Quisiera terminar con las magníficas palabras de nuestro amado Profeta, Gordon B. Hinckley, que dijo:

«Sigan adelante. Lo mejor está por venir. Inculquen a nuestros jóvenes algo más de espiritualidad; cultiven en el corazón de cada uno un sentido de la relación que tiene con el Señor, al mismo tiempo que ellos empiezan a conocer al Salvador del mundo entendiendo algunos de los elementos de la expiación del Redentor por medio de los cuales se pone la vida eterna al alcance de cada uno de nosotros» (Graduación del seminario de la es cuela «West High», Salt Lake City, 14 de mayo de 1995; reunión de liderazgo del sacerdocio, Conferencia Regional de Springville y Heber City, 13 de mayo de 1995).

Que Dios bendiga a los padres. Nosotros los queremos y sabemos que no es fácil hacer lo que están haciendo; sabemos que cada día les trae dificultades y pruebas que les parecen insuperables. Que mediante el aumento de su fe y de su confianza en el Señor puedan obtener fortaleza, vigor y resistencia renovados para enseñar y bendecir a aquellos que son parte de su mayordomía paternal. Que por los consejos del presidente Howard W. Hunter, del presidente Gordon B. Hinckley y de todos los que han dado su inalterable testimonio de Jesucristo, sepan que sólo por medio del amor y las enseñanzas de Aquel de quien testificamos, y gracias a las bendiciones de Su expiación por nosotros, podemos enseñar con el poder de bendecir y salvar a nuestras familias en el reino de Dios. De esto testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Las bendiciones del Sacerdocio

Conferencia General Octubre 1995

Las bendiciones del sacerdocio

Robert D. HalesÉlder Robert D. Hales
del Quórum de los Doce Apóstoles

«El sacerdocio de Dios provee luz a Sus hijos en este mundo de obscuridad y tribulación.»


Hace unas semanas, estaba en Santiago, Chile, participando en reuniones de capacitación del sacerdocio. Durante la reunión del sábado, tuvimos una charla acerca de cuán importante es que los hermanos reciban el sacerdocio después del bautismo. En la madrugada del domingo, me desperté sintiendo un fuerte testimonio del poder del sacerdocio en nuestra vida. Durante unas horas, antes de empezar el día reflexione acerca de lo que el sacerdocio significa para mí, para mi familia y para el mundo entero.

Hermanos y hermanas, se imaginan que obscura y vacía sería la vida terrenal si no existiera el sacerdocio? Si el poder del sacerdocio no estuviera sobre la tierra, el adversario tendría la libertad de andar errante y reinar sin ninguna restricción. No tendríamos el don del Espíritu Santo para dirigirnos e iluminarnos; ni profetas para hablar en el nombre del Señor, ni templos donde hacer convenios sagrados y eternos; ni autoridad para bendecir y bautizar, para sanar y consolar. Sin el poder del sacerdocio «…toda la tierra sería totalmente asolada» (véase D. y C. 2:13). No habría luz, ni esperanza, sólo tinieblas.

Sin el sacerdocio, ¡qué mundo tan obscuro sería este para todos nosotros!

Nuestro amoroso Padre Celestial ha enviado a Sus hijos aquí a la tierra para obtener experiencia y ser probados; nos ha proporcionado la senda de regreso a Él y nos ha brindado la luz espiritual indispensable para encontrar nuestro camino. El sacerdocio de Dios provee luz a Sus hijos en este mundo de obscuridad y tribulación. Por medio del poder del sacerdocio, recibimos el don del Espíritu Santo, que nos guía hacia la verdad, el testimonio y la revelación. Este don está al alcance en forma equitativa de hombres, mujeres y niños. Mediante las bendiciones del sacerdocio, nos vestimos con «toda la armadura de Dios, para… pod[er] estar firmes contra las asechanzas del diablo» (Efesios 6:1118). Esta protección está al alcance de cada uno de nosotros.

Por medio del sacerdocio, muchas otras bendiciones se encuentran también accesibles para todos los hijos y las hijas de Dios, haciendo posible que hagamos sagrados convenios y recibamos las santas ordenanzas que nos permitan viajar por el angosto camino que nos llevara de regreso a nuestro Padre Celestial (véase Mateo 7:1314).

El sacerdocio es el poder de Dios, el cual es dado al hombre para actuar en Su nombre. El sacerdocio de Dios es eterno, «existió en el principio, existirá también en el fin del mundo» (Moisés 6 7; History of the Church, 3:386). Antes de que este mundo fuera creado, se llevó a cabo un concilio preterrenal en los cielos bajo la dirección del sacerdocio. La formación del universo y del mundo en el que vivimos no ocurrió por casualidad, sino por medio del poder del sacerdocio. El gran Creador habló, y los elementos le obedecieron. Los procesos de la naturaleza que nos permiten existir en este planeta, los recursos del  mundo para sostener la vida, todos ellos fueron activados y continúan su curso a través del poder del sublime sacerdocio de Dios. Aun cuando la mayoría de los habitantes de la tierra no creen en el poder de este sacerdocio, toda criatura viviente se beneficia con él.

La creación de esta tierra proporcionó un lugar para que los hijos de Dios vivieran y progresaran, un lugar donde nuestro Padre pudiera conferir sobre nosotros las bendiciones de Su prodigioso sacerdocio. Este poder se le dio primeramente a Adán, que poseyó las llaves de generación en generación; Adán ordenó al sacerdocio a siete generaciones de su posteridad, a partir de sus hijos Abel y Set (D y C. 84:16;  107:40,53). Después de la muerte de Adán, el sacerdocio continuó de padre a hijo, hasta Melquisedec.

Originalmente, este sacerdocio «se llamaba el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios.

«Mas por respeto o reverencia al t nombre del Ser Supremo, para evitar L la demasiado frecuente repetición de su nombre, la iglesia en los días antiguos dio a ese sacerdocio el nombre de Melquisedec» (D. y C. 107:3 4), debido a «que Melquisedec fue un gran sumo sacerdote» (versículo 2).

Abraham recibió el sacerdocio de manos de Melquisedec (véase D. y C. 84: 14). Más tarde, el Señor hizo convenio con Abraham, diciendo:

«…en ti (es decir, en tu sacerdocio) y en tu descendencia… serán bendecidas todas las familias de la tierra, si, con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, si, de vida eterna» (Abraham 2: 11).

Fue por intermedio del sacerdocio que el Hijo de Dios, el Salvador, Jesucristo, estableció Su iglesia, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. En ambos continentes, El estableció convenios sagrados y ordenanzas que son indispensables para entrar por la «estrecha… puerta… que lleva a la vida [eterna]» (Mateo 7:1314; 3 Nefi 14:1314). En ambos lugares, ordenó doce testigos especiales para gobernar los asuntos de la Iglesia y llevar Su palabra a los hijos de Dios.

Jesucristo expió los pecados de todos los que se arrepintieran y se bautizaran por el poder del Santo Sacerdocio. Mediante la Expiación, nuestro Salvador quebrantó las lazos de la muerte y se convirtió en el «autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9).

Después de la muerte de Jesús y de Sus Apóstoles, la tierra se cubrió de obscuridad. Ese período, la Edad Media, conocido también como el obscurantismo, fue una época de gran apostasía en la que a los mortales se les privó de las bendiciones y las ordenanzas del sacerdocio (véase de Joseph Fielding Smith, Answers to Gospel Questions, comp. por Joseph Fielding Smith, hijo, 5 tomos, Salt Lake City: Deseret Book Co., 19571966, 2:45).

Pero, como se había profetizado, el sacerdocio glorioso de Dios, junto con la plenitud de sus bendiciones, se ha restaurado sobre la tierra en nuestra época. La restauración del sacerdocio y sus bendiciones dio comienzo en 1820, cuando José Smith, un joven Profeta, contempló a Dios el Padre y Su Hijo, Jesucristo, y habló con los dos en una sagrada arboleda.

Más tarde, otros mensajeros celestiales: Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan; Moisés, Elías y Elías el profeta; y otros, le confirieron al profeta José Smith el poder, la autoridad y las llaves necesarias para la salvación y exaltación de la humanidad. Como resultado, la Iglesia de Jesucristo se restauró sobre la tierra, juntamente con los Sacerdocios Aarónico y de Melquisedec de la antigüedad. Ahora, de acuerdo con el convenio que Dios hizo con Abraham, todas las personas y familias sobre la tierra serán bendecidas.

Piensen en ello, hermanos y hermanas: el sacerdocio ha sido restaurado y se encuentra hoy sobre la tierra. El presidente Gordon B. Hinckley es el Profeta actual. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce son los Apóstoles del Señor Jesucristo en nuestros días. Bajo la dirección de esos profetas, videntes y reveladores, que poseen las llaves de esta dispensación, los poseedores del sacerdocio de la Iglesia hoy día tienen el derecho legítimo de actuar en el nombre de Dios. Como Sus agentes autorizados, están comisionados para ir a bendecir a otras personas por medio del poder y la autoridad del sacerdocio, y efectuar todos los convenios, las ordenanzas y las bendiciones del sacerdocio disponibles en la actualidad.

Las bendiciones del sacerdocio se encuentran a disposición de todos. En verdad, el Padre «invita a todos… a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a cl vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres… y todos son iguales ante Dios» (2 Nefi 26:33).

¿Cuáles son algunas de las bendiciones del sacerdocio? Repasemos juntos lo que sería la jornada espiritual ideal de un niño por la vida. Examinemos la cantidad de posibilidades que tiene durante su vida de recibir bendiciones por medio del sacerdocio.

De recién nacido, se le arrulla tiernamente entre manos amorosas, mientras el padre, el abuelo, el obispo u otro poseedor del sacerdocio pronuncia su nombre y le da una bendición sagrada según lo dicte la inspiración del Espíritu Santo.

Pocos años después, el niño comienza a asistir a la Primaria y luego a la Escuela Dominical, y a recibir lecciones e instrucciones de maestros fieles, hombres y mujeres a quienes se ha llamado y apartado por el poder del sacerdocio para enseñar las vías del Señor.

Cuando el niño llega a la edad de ocho años, la edad de responsabilidad, un poseedor del sacerdocio lo sumerge en las aguas del bautismo. Luego, un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec lo confirma miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; durante esa ordenanza, se le confiere también el don del Espíritu Santo, el cual, si presta atención a Su voz suave y apacible, le ayudara a permanecer en el camino estrecho y angosto que conduce a la vida eterna.

Todos los domingos, a medida que va creciendo, el niño recibe junto con otros santos dignos la Santa Cena de manos de poseedores del sacerdocio: el pan, que representa el cuerpo de Cristo y el agua, que representa Su sangre que fue derramada para expiación de nuestros pecados. Durante la Santa Cena, recuerda el sufrimiento del Salvador, testifica que está dispuesto a tomar sobre sí el nombre del Salvador y promete recordarle siempre y guardar Sus mandamientos. A su vez, el Salvador promete «que siempre puedan tener su Espíritu consigo» (D. y C. 20:77).

A medida que el joven continúa madurando, puede buscar la orientación y el consejo espiritual del obispo y otros líderes de los jóvenes. Los líderes del Sacerdocio Aarónico y de las Mujeres Jóvenes son personas que han sido llamadas y apartadas por la autoridad del sacerdocio con el fin de guiar e inspirar a la juventud de la Iglesia.

Cuando precisa consejo o consuelo especiales, o durante una enfermedad, el jovencito puede recibir una bendición de su padre, del maestro orientador, del obispo o de otro poseedor del sacerdocio. Una bendición patriarcal-dada por un patriarca ordenado-contiene palabras inspiradas por Dios para Sus hijos, que les sirven de guía y consuelo para toda la vida y que incluso encierran un significado eterno. Piensen en lo maravilloso que es eso.

Si al joven se le encuentra digno, recibe el Sacerdocio Aarónico, o sea, el sacerdocio preparatorio, y a medida que madura, se le ordena diácono, luego maestro y finalmente presbítero. Más adelante, si sigue siendo digno, recibe el Sacerdocio de Melquisedec y se le ordena al oficio de élder. La jovencita pasa a ser miembro de la organización de las Mujeres Jóvenes y más tarde de la Sociedad de Socorro. Todas esas experiencias dan a los jóvenes muchas oportunidades de aprender y de prestar servicio, de disfrutar una hermandad que es más preciada que las amistades típicas del mundo.

Sea varón o mujer, al joven se le puede apartar como misionero regular para prestar servicio bajo la dirección del sacerdocio de un presidente de misión, y dar testimonio del Señor Jesucristo a todos los que deseen escuchar. Mediante las bendiciones que se reciben al prestar servicio y sacrificarse, experimenta un humilde cambio de corazón que le permite discernir la diferencia entre tomar lo que es del mundo en contraste con dar lo que es del reino de Dios. Entonces, al haber establecido el hábito de dar, presta servicio a la Iglesia y a la comunidad durante toda su vida, mientras que a la vez, recibe bendiciones por medio del servicio que los demás le brinden.

Las bendiciones más sublimes del sacerdocio disponibles para este joven se encuentran en el templo. Allí, vislumbra el cielo. En ese lugar santo, a pesar de encontrarse en el mundo, no es del mundo. En el templo, se ve a sí mismo como descendencia real, un hijo o una hija de Dios. Los gozos de la eternidad, que se consideran tan distantes fuera del templo, de pronto parecen estar al alcance de la mano.

En el templo se explica el plan de salvación y se efectúan convenios sagrados. Esos convenios, junto con el uso del gárment sagrado del templo, fortalecen a la persona que ha recibido su investidura y la protegen de los poderes del adversario. Luego de recibir su propia investidura, el joven puede continuar asistiendo al templo y efectuar ordenanzas vicarias con el fin de hacer posible que las bendiciones del sacerdocio estén al alcance de aquellos que hayan muerto sin la oportunidad de recibirlas en este mundo.

En la ordenanza culminante del templo-el matrimonio eterno-a los novios se les promete que, si son fieles, disfrutaran de una unión familiar, junto con sus hijos y con el Señor, por toda la eternidad, en lo que se conoce como la vida eterna.

Cuando esa persona establece un hogar junto con un compañero o compañera eterna, continua disfrutando de las bendiciones del sacerdocio. A medida que escuche y siga el consejo de los profetas videntes y reveladores actuales, Dios le dará a conocer revelación durante toda su vida. El esposo dedica la casa de la familia «como santuario… en donde todos ellos pueden adorar, encontrar seguridad, progresar espiritualmente y vivir en forma tal que puedan prepararse para vivir juntos como una familia eterna» (Sujetaos a la palabra de Dios, Guía de estudio personal del Sacerdocio de Melquisedec, 1, pág. 176).

A medida que los hijos crecen, los padres les enseñan el evangelio en las noches de hogar; también les enseñan a orar en forma individual y en familia. Estudian las  Escrituras, incluso el Libro de Mormón y otras Escrituras de la Restauración, escritas y preservadas a través de las generaciones de los tiempos por los santos profetas. Les enseñan el plan de salvación y ayudan a cada uno de sus hijos a prepararse para recibir las bendiciones y ordenanzas del sacerdocio que ellos mismos han recibido.

Cada vez que esta madre esté a punto de dar luz, su dedicado esposo puede colocarle las manos sobre la cabeza y, por medio del poder del Sacerdocio de Melquisedec, pronunciar una bendición especial. Más tarde, con ternura mecerá en sus brazos al recién nacido, que ha nacido dentro del convenio del sacerdocio, y pronunciará sobre el palabras L inspiradas de una bendición de padre.     .

Y de esa forma, el ciclo de las bendiciones del sacerdocio comienza una y otra vez con cada generación subsiguiente, todas ellas con el sagrado propósito del Padre de «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna» de Sus hijos (Moisés 1:39).

Mis hermanos, he sido testigo del extraordinario poder del sacerdocio para elevar y bendecir, para sanar y | consolar, para fortalecer y dar potestad a los hombres, mujeres y niños de todo el mundo. De todo corazón, deseo que las bendiciones del sacerdocio estén al alcance de todos.

Hermanos, ustedes que poseen el sacerdocio, magnifíquenlo; los que lo hayan poseído pero no lo utilicen, reactívenlo; y los que no lo tengan, esfuércense diligentemente por obtenerlo. Y que todos luchemos con más ahínco para recibir y dar a otros las bendiciones del sacerdocio, con el fin de incorporar más plenamente los poderes del cielo en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos.

Desde esas horas de la madrugada en Santiago, he reflexionado y meditado mucho acerca del sacerdocio y en lo que significa para el mundo entero. Permítanme expresar mis más profundos sentimientos en un poema de testimonio de las bendiciones del sacerdocio.

Por el sacro poder del sacerdocio, divino don,
alabamos tu bendito nombre, oh amado Señor
pues tu poder que eleva, da guía y bendición nos.
brinda la certeza de tu infinito amor.
En la más profunda y lóbrega desesperación
se hundiría nuestra vida sin tu santo poder;
Satanás nos tendería su red de tentación
y en abismos de tormento nos haría caer.
Tu Santo Espíritu llena de luz nuestra vida,
y de los ardientes dardos del malo nos libera.
Tus convenios exaltan, la esperanza se anida;
tu poder nos conduce hacia tu eterna esfera.
¡Cantemos hosannas! ¡Tu nombre sea alabado!
¡EL santo sacerdocio ha sido restaurado!

Les prometo que, mediante nuestra obediencia, podemos gozar de las abundantes bendiciones del sacerdocio, y que todas las magníficas y eternas bendiciones que Dios ha dispuesto para el hombre, la mujer y la familia sobre la tierra están a nuestro alcance por medio del poder del sacerdocio. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Las bendiciones del Sacerdocio

Conferencia General Octubre 1995logo 4
Las bendiciones del sacerdocio
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust«Si mediante estas bendiciones pudiésemos percibir, aunque fuera en parte, la clase de persona que Dios desea que seamos, se nos. quitaría el temor y nunca volveríamos a dudar.»

Mis amados hermanos, hermanas y amigos, quisiera afirmar mi amor y agradecimiento a todos ustedes por su fidelidad y devoción. Con fervor suplico su fe y sus oraciones al hablar sobre un tema muy sagrado e importante: el poder divino, magnificador y fortalecedor que podemos recibir de las bendiciones del sacerdocio.

Una bendición del sacerdocio es sagrada, y puede ser una declaración santa e inspirada de nuestros deseos y necesidades. Si estamos en armonía con el Espíritu, recibiremos un testimonio que confirme la veracidad de las bendiciones prometidas. Las bendiciones del sacerdocio nos darán guía en las decisiones que tomemos en la vida, ya sean importantes o de menor trascendencia. Si mediante estas bendiciones pudiésemos percibir, aunque fuera en parte, la clase de persona que Dios desea que seamos, se nos quitaría el temor y nunca volveríamos a dudar.

Recuerdo lo intrigado que estaba cuando era niño con una lupa que mi abuela usaba en su vejez para leer y tejer. Al enfocar el lente, todo lo que miraba me parecía mucho más grande. Pero lo que más me llamaba la atención era lo que sucedía cuando el lente hacia que se concentraran los rayos del sol en un objeto; al pasar a través del lente de aumento, el poder de la luz solar era absolutamente extraordinario.

Este grandioso efecto magnificador se puede comparar con una gran bendición que Dios le dio a Jacob, al luchar el la mayor parte de la noche para recibirla:

«Así se quedó Jacob solo; y lucho [con un mensajero de Dios (véase de Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 3 tomos, 1:16)] hasta que rayaba el alba…

«Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices.
«Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob.
«Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (Génesis 32:24, 26-28). Seguir leyendo

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La trama de la fe y del testimonio

Conferencia General Octubre 1995logo 4
La trama de la fe y del testimonio
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley«El gran propósito de la obra en la que estamos embarcados es ayudarnos en el camino hacia la inmortalidad y la vida eterna.»

Esta conferencia ha sido un acontecimiento magnifico. Hemos escuchado en ella a veintiocho discursantes, a ninguno de los cuales se le asignó el tema del que debía hablar: cada uno tenía la libertad de elegir el mensaje que deseara comunicar. En ese sistema, siempre existe el riesgo de la repetición. Pero, que extraordinario es ver que todo se ha entretejido para formar una hermosa trama de expresiones de fe y testimonio. Siento inmensa gratitud por lo que hemos escuchado. Siento que seré una persona mejor si pongo en práctica los conceptos que se me han recordado en estas sesiones, y les aseguro que también cada uno de ustedes lo será si aplica en su vida algo de lo que ha escuchado en esta grandiosa conferencia.

Mis hermanos, sé que ustedes oran, y eso es algo maravilloso en esta época en que el hábito de la oración ha desaparecido de la vida de muchas personas. Suplicar al Señor para recibir una sabiduría Superior a la nuestra, para pedir fortaleza a fin de hacer lo que debamos hacer, para obtener consuelo y expresar gratitud, es una acción maravillosa y trascendental. Sabemos que oran por nosotros y agradecemos esas oraciones, pues nos sostienen y nos recuerdan la gran confianza que ustedes nos tienen. Quiero que sepan que también nosotros oramos por ustedes siempre; oramos para que sean felices y para que, al vivir de acuerdo con el evangelio, haya amor y paz en su hogar y una abundancia de bondad en su vida. Esa es la esencia de todo lo que hacemos, porque Dios mandó a Su Unigénito Hijo Amado «para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). El gran propósito de la obra en la que estamos embarcados es ayudarnos en el camino hacia la inmortalidad y la vida eterna.

Tengan la seguridad de que los amamos. Cada mañana de mi vida agradezco al Señor la restauración del evangelio y la importancia fundamental que tiene en la vida de los fieles Santos de los Últimos Días.

Padres, amen a sus hijos y valórenlos. ¡Son tan preciados y tan extremadamente importantes! Ellos son el futuro. Para criarlos, necesitan algo más que su propio conocimiento, necesitan la ayuda del Señor; oren para obtenerla y obedezcan la inspiración que reciban.

Ahora, al despedirnos a la conclusión de esta conferencia, les reafirmamos el afecto que sentimos por cada uno de ustedes. Aun los que han transgredido, sepan que los amamos. No podemos aceptar el pecado, pero amamos al pecador.

Que Dios los bendiga. Dejo mi bendición con ustedes para que, al andar por la fe, haya paz en su corazón y bondad y alegría en su vida, y que el Espíritu del Señor more con ustedes en su hogar para nutrirlos espiritualmente, junto con sus seres más queridos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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La Sociedad de Socorro: Un bálsamo de Galaad

Conferencia General Octubre 1995logo 4
La Sociedad de Socorro: Un bálsamo de Galaad
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Elaine L. Jack«Hermanas, testifico que una de nuestras funciones más importantes como miembros de la Sociedad de Socorro es fortalecernos mutuamente«

Mi mensaje de hoy es sencillo: sepan que amo a la Sociedad de Socorro. Conozco el amor, la paz y la unidad que lleva a la vida de las mujeres de esta Iglesia. Esta organización ha sido una fuente de fortaleza para mí y me ha ayudado a criar a mi familia; debido a ella he hecho amistades muy queridas, me ha impulsado a aprender y progresar en el evangelio y me ha servido para mantener la mira puesta en Jesucristo y en lo que Él quiere que haga.

Cuando fui llamada como Presidenta General de la Sociedad de Socorro, recibí consejos del presidente Thomas S. Monson. Quisiera mencionar una porción de lo que él me dijo:

«Vivimos en una época de grandes cambios en el mundo y en la Iglesia, por las modificaciones en los estilos y en las características familiares. Reconocemos que hay muchas familias con un solo padre, otras en las que hay dificultades entre marido y mujer, y más aún, la invasión de las drogas y otros problemas que causan tensión en la familia. En esta hora de necesidad, usted ha sido llamada… para dirigir la organización que puede brindar esa influencia reconfortante, ese bálsamo de Galaad para unir a todas las hermanas de la Iglesia».

Esta noche quiero hablar sobre el consejo del presidente Monson: hablar de nuestras familias, de la Sociedad de Socorro y de la forma en que esta gran organización puede ser un bálsamo de Galaad para todas, particularmente en nuestro hogar.

Me entere de dos maestras visitantes que apenas habían empezado a hablar con una hermana en su casa cuando las dos hijas adolescentes de esta entraron emocionadas, diciendo que iban a la reunión de las Mujeres Jóvenes; el esposo, que también salía para asistir a reuniones esa noche, entretuvo un momento al hijito de tres años que estaba empeñado en acompañar a sus hermanas; otras dos hijas discutían en su habitación sobre cual video iban a ver. Al irse cada uno a lo suyo, la hermana empezó a llorar y les confesó que había sido una semana muy difícil. Seguir leyendo

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La paciencia: una virtud celestial

Conferencia General Octubre 1995

La paciencia: una virtud celestial

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de lo Primero Presidencia

«El problema es que muchas veces esperamos soluciones instantáneas para las dificultades, olvidando que frecuentemente es necesario que pongamos en práctica la virtud celestial de la paciencia.»


Hace poco, me encontré con un amigo al que no había visto desde hacía tiempo y que me saludó con las palabras: «¿Cómo te está tratando el mundo?» Yo no recuerdo mi respuesta exacta, pero esta provocativa pregunta me hizo reflexionar sobre mis muchas bendiciones y la gratitud que siento por la vida misma, y por el privilegio y la oportunidad que tengo de servir.

A veces, la reacción a esta pregunta trae una respuesta inesperada. Hace unos años asistí a una conferencia de estaca en Texas. El presidente de la estaca me recibió en el aeropuerto y, mientras íbamos en auto hacia el centro de la estaca, yo le dije: «Presidente, ¿cómo va todo?»

El me respondió: «¡Ojalá me hubiera hecho esa pregunta la semana pasada! Esta semana ha sido desastrosa: El viernes me despidieron del trabajo, esta mañana mi esposa amaneció con bronquitis y esta tarde nuestro perro murió atropellado por un automóvil. Pero, aparte de eso, creo que todo anda bien».

La vida está llena de dificultades, algunas más penosas que otras. Parecería que hay una infinidad de pruebas para todos. El problema es que muchas veces esperamos soluciones instantáneas para las dificultades, olvidando que frecuentemente es necesario que pongamos en práctica la virtud celestial de la paciencia.

Los consejos que escuchábamos en nuestra juventud son todavía aplicables hoy en día y deberíamos prestarles atención: «Espera un poco»; «No pierdas la paciencia»; «Toma las cosas con calma»; «No te apresures tanto»; «Sigue las reglas»; «Ten cuidado», son mucho más que meras expresiones; son buenos consejos, resultado de la sabiduría que brota de la experiencia.

Un automóvil, lleno de jovencitos imprudentes, que baja por un cañón sinuoso a alta velocidad puede perder el control, haciendo que el auto caiga en el precipicio, con las trágicas consecuencias de causar a veces incapacidad permanente a los pasajeros o quizá una muerte prematura, dejando así destrozado el corazón de los seres queridos. El júbilo momentáneo puede cambiar, en un solo instante, para convertirse en una vida llena de remordimiento. Seguir leyendo

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La luminosa mañana del perdón

Conferencia General Octubre 1995

La luminosa mañana del perdón

President Boyd K. PackerPresidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

«Con excepción de unos pocos que han optado por seguir la vía de la perdición, no existen el habito, la adicción, la rebelión, la transgresión, la apostasía ni el crimen en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo.»

En abril de 1847, Brigham Young guio a la primera compañía de pioneros que partió de Winter Quarters. Al mismo tiempo, dos mil seiscientos kilómetros hacia el oeste, los patéticos sobrevivientes del grupo de Donner bajaban desorganizados por las laderas de las montañas de la Sierra Nevada hacia el valle de Sacramento.

Habían pasado el crudo invierno atrapados en los ventisqueros, justo debajo de la cima. Es casi imposible creer que alguien haya podido sobrevivir los días, las semanas y los meses que pasaron expuestos al hambre y a un sufrimiento indescriptible.

Entre ellos se encontraba John Breen, de quince años de edad, que en la noche del 24 de abril llego a la hacienda de los Johnson; años más tarde, el mismo escribió:

«Hacía mucho que había anochecido cuando llegamos a la hacienda de Johnson, por eso, la primera vez que realmente la vi fue a horas tempranas de la mañana. El tiempo estaba bueno, el suelo cubierto de verde hierba, los pájaros cantaban en las ramas de los árboles y nuestra jornada había llegado a su fin. Me parecía mentira estar todavía con vida.

«La escena que se me presento ante los ojos esa mañana permanece grabada en mi mente. Me he olvidado de la mayoría de las cosas que sucedieron, pero aquel campamento junto a la hacienda de Johnson jamás se borrara de mi memoria. (John Breen, «Pioneer Memoirs», inédito, citado en «The Americanization of Utah», programa de televisión de PBS.)

Al principio me sentí sumamente desconcertado por su declaración de haber «olvidado la mayoría de las cosas que sucedieron». ¿Cómo podía haber olvidado los largos meses de intenso sufrimiento? ¿Cómo era posible que una mañana luminosa reemplazara en su memoria aquel brutal y tenebroso invierno?

Sin embargo, luego de reflexionar más detenidamente, me di cuenta de que no tenía por qué asombrarme esa reacción, puesto que he observado algo semejante en gente conocida. He visto personas a quienes, después de pasar un largo invierno de remordimiento y hambre espiritual, les ha amanecido la mañana del perdón.

Al llegar esa mañana, aprendieron lo siguiente:

«He aquí, quien se ha arrepentido de SUS pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más» (D. y C. 58:42).

«Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo, y no me acordaré de tus pecados» (Isaías 43:25; cursiva agregada).

«…porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:34).

«Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades» (Hebreos 8:12).

De joven, el profeta Alma paso por una época así: «…me martirizaba», dijo, «un tormento eterno», y tenía el «alma… atribulada en sumo grado» (Alma 36:12; cursiva agregada).

Incluso llegó a pensar: «¡Oh si fuera desterrado… y aniquilado en cuerpo y alma…!» (Alma 36:15; cursiva agregada.)

Pero su mente se concentró en un pensamiento, y al reflexionar sobre la idea y ponerla en práctica, amaneció la mañana del perdón, que el describe con estas palabras:

«…ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.
«Y ¡oh que gozo, y que luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor» (Alma 36:19-20).

Muchos de los que han cometido faltas graves nos escriben cartas, preguntando: «¿Podré ser perdonado alguna vez?»

La respuesta es «¡Sí!»

El evangelio nos enseña que por medio del arrepentimiento se logra el alivio del tormento y la culpa. Con excepción de unos pocos que han optado por la vía de la perdición luego de haber conocido la plenitud, no existen un habito, una adicción, una rebelión, una transgresión, ni una ofensa en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo.

«Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana». Eso será, continua diciendo Isaías, «Si quisiereis y oyereis» (Isaías 1:18-19).

Aun la gracia de Dios que se promete en las Escrituras se recibirá solo «después de hacer cuanto podamos» (2 Nefi 25:23).

Ustedes podrán decirse que las transgresiones que han cometido no son verdaderos pecados, pero eso no vale de nada, como tampoco vale rebelarse, enojarse ni hacer bromas sobre las transgresiones. Eso no los beneficia, y no tienen por qué hacerlo.

Hay un camino de regreso Yo no les ayudaría si, por temor a lastimar sus sentimientos , no les hablara de la parte ardua.

John Breen no llego a disfrutar de aquella mañana gloriosa en la hacienda de Johnson sólo con desearlo, sino que lucho con gran denuedo y sacrificio para atravesar el desfiladero, sufriendo en cada paso del camino. Una vez que supo que sobreviviría y que el sufrimiento llegaría a su fin, con seguridad no protesto por las penurias que había pasado. Había recibido ayuda en su descenso porque sus salvadores lo acompañaban.

Cuando una afrenta es pequeña, se satisface la ley con algo tan sencillo como pedir perdón. La mayoría de las faltas se pueden resolver entre nosotros y el Señor, y eso debe hacerse cuanto antes (D. y C. 109:21). Para ello, es necesario que nos confesemos con El y hagamos las reparaciones que sean necesarias.

Cuando el arrepentimiento sincero es parte de nuestra vida, según la disposición que tengamos para confesar los pecados y abandonarlos (D. y C. 58:43; Ezequiel 1&:21-24, 31-32), el Señor ha prometido que «siempre retendr[emos] la remisión de [n]uestros pecados» (Mosíah 4:12).

Alma le dijo de manera contundente a su hijo que «el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo» (Alma 42: 16).

El castigo puede consistir, en gran parte, en el tormento que nosotros mismos nos infligimos por el remordimiento; puede constituir también la perdida de privilegios o el retraso en nuestro progreso. Al final, toda alma arrepentida que no haya cometido el pecado imperdonable recibirá el perdón (véase Mateo 12:31); sin embargo, como sucede en el caso de David, el perdón no significa tener asegurada la exaltación (D. y C. 132:38-39; véase también Salmos 16:10; Hechos 2:25-27; Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 419). 0 sea, si no recibimos un castigo a causa de nuestros pecados, de todos modos somos castigados por ellos.

Hay algunas transgresiones por las cuales se requieren medidas disciplinarias con el fin de recibir el alivio que se experimenta con la mañana del perdón. Si sus faltas han sido graves, vayan a ver al obispo. Al igual que las personas que rescataron a John Breen y le ayudaron a bajar la cordillera, el obispo los guiara a través de los pasos necesarios para obtener el perdón en lo que a la Iglesia se refiere. Por otra parte, cada uno de nosotros debe esforzarse individualmente por obtener el perdón del Señor.

Para obtener el perdón debemos restituir; ello significa que debemos devolver lo que hayamos tomado y aliviar el dolor de aquellos a quienes hayamos lastimado.

No obstante, a veces es imposible devolver lo que se ha tomado ya que no se tiene para restituir. Si han causado a otra persona un sufrimiento insoportable-por haberle mancillado la virtud, por ejemplo-, no tienen el poder de restituirla.

Hay ocasiones en que no se puede reparar lo que se ha quebrado. Quizás el agravio se haya cometido mucho tiempo atrás, o las personas a las cuales hayan ofendido rehúsen aceptar su arrepentimiento. Puede ser también que el daño haya sido tan grave que les sea imposible hacer nada para repararlo, por más que deseen con desesperación hacerlo.

Su arrepentimiento no puede aceptarse a menos que haya restitución. Si no les es posible reparar lo que hayan hecho, están en un grave aprieto. Es fácil de comprender cuan impotentes y desesperados se sienten entonces y por qué, como Alma, sienten también el deseo de darse por vencidos.

La reflexión que rescató a Alma, cuando él la puso en práctica, fue la siguiente:

Restaurar lo que no se puede restaurar, curar las heridas incurables reparar lo que se ha quebrado y no tiene arreglo, es el propósito principal de la expiación de Cristo.

Cuando el deseo que nos guía es firme y estamos dispuestos a pagar hasta «el ultimo cuadrante» (Mateo 5:2526), la ley de restitución queda sin efecto; nuestra deuda se transfiere al Señor. Él se hará cargo de nuestras deudas.

Lo repito, con excepción de unos pocos que han optado por seguir la vía de la perdición, no existen el hábito, la adicción, la rebelión, la transgresión, la apostasía ni el crimen en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo. Esa es la promesa de la expiación de Cristo.

En qué forma se puede reparar todo, no lo sabemos; es posible que no todo se logre en esta vida. Por medio de visiones y visitaciones sabemos que los siervos del Señor continúan la obra de redención del otro lado del velo (véase D. y C. 138).

Ese conocimiento debe dar no sólo consuelo al culpable sino también al inocente. Pienso en los padres que sufren en forma intolerable por las faltas de sus hijos descarriados y que están perdiendo las esperanzas.

Algunos miembros se preguntan por qué los líderes del sacerdocio no los aceptan como son y sencillamente los consuelan con lo que se da en llamar puro amor cristiano.

El puro amor cristiano, el amor de Cristo, no significa aprobar todo tipo de conducta. Sin duda, las experiencias más comunes de la paternidad enseñan que se puede tener un amor intenso por otra persona y no por eso aprobar una conducta indigna.

A la Iglesia le es imposible aprobar una conducta indigna o aceptar a un miembro con todos sus derechos si esa persona vive o enseña normas que sean contrarias a lo que el Señor requiere de los Santos de los Últimos Días.

El hecho de que, por conmiseración, aprobemos una conducta indigna, quizás pueda dar solaz temporal a alguien, pero no contribuirá finalmente a su felicidad.

En el más tierno de los sermones en las revelaciones acerca de la bondad, la longanimidad, la benignidad y el amor sincero, el Señor nos instruyó diciendo que debíamos reprender «en el momento oportuno con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces [demostrar] mayor amor hacia el… reprendido» (D. y C. 121:43).

El Señor nos proporciona las formas de pagarle nuestras deudas. En un sentido, nosotros mismos podemos participar en un tipo de expiación. Cuando estamos dispuestos a restaurar a los demás lo que no hayamos tomado, a sanar las heridas que no hayamos infligido o a pagar una deuda que no hayamos contraído, estamos emulando Su parte en la Expiación.

Hay tantos que viven sufriendo de sentimientos de culpabilidad cuando el alivio esta siempre al alcance de la mano. Hay muchos como la mujer inmigrante que ahorró todo lo que pudo y se privó aun de lo necesario hasta que, vendiendo todo lo que poseía, pudo comprarse un pasaje de tercera clase para América.

Durante el viaje, racionó las pocas provisiones que había podido llevar consigo, pero aun así, se le terminaron a los pocos días de travesía. Cuando los demás iban a comer, ella se quedaba debajo de cubierta, determinada a sufrir. Finalmente, el último día pensó que debía pagar una comida para alimentarse y adquirir la fortaleza necesaria para emprender la jornada que le esperaba. Y al preguntar cuanto costaba la comida, le dijeron que todas las comidas estaban incluidas en el precio del pasaje.

La gran mañana del perdón quizás no llegue en seguida. Pero no se den por vencidos si fracasan en el primer intento; muchas veces la parte más difícil del arrepentimiento es perdonarse a sí mismo. El desaliento es parte de la prueba. No se den por vencidos: esa mañana luminosa llegara.

Entonces, volverán a sentir «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7). Y ustedes, como El, no recordaran más sus pecados. ¿Cómo lo sabrán? ¡Les aseguro que lo sabrán! (Mosíah 4: 13.)

Hace unos años me encontraba en Washington D. C., con el presidente Harold B. Lee, cuando una mañana temprano me llamó a su cuarto del hotel. Todavía tenía puesta la bata y se hallaba sentado, leyendo Doctrina del Evangelio, por el presidente Joseph F. Smith. Me dijo: «Escuche esto», y leyó lo siguiente:

«Jesús no había completado su obra cuando fue muerto Su cuerpo, ni la terminó después de Su resurrección de los muertos; aun cuando había realizado el propósito para el cual vino a la tierra en esa época, todavía no cumplía toda su obra. ¿Y cuándo será esto? Sólo cuando haya redimido y salvado a todo hijo e hija de nuestro padre Adán que han nacido o que nacerán sobre esta tierra hasta el fin del tiempo, salvo a los hijos de perdición. Esta es Su misión. Nosotros no terminaremos nuestra obra sino hasta que nos hayamos salvado a nosotros mismos, y en seguida, hasta que hayamos salvado a todos los que dependen de nosotros; porque nosotros hemos de llegar a ser salvadores en el Monte de Sión, así como Cristo. Somos llamados a esta mí. Sión» (Doctrina del Evangelio, págs. 435436).

El profeta José Smith enseñó: ‘El espíritu nunca es demasiado viejo para allegarse a Dios. Todos pueden alcanzar la misericordia y el perdón, si no han cometido el pecado imperdonable» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 230; cursiva agregada).

Por eso oramos, ayunamos, rogamos e imploramos. Amamos a los que se han extraviado y nunca perderemos la esperanza.

Doy testimonio de Cristo y del poder de Su expiación. Sé que, tal como dice en la traducción que el profeta José Smith hizo de Salmos 30:5, «su ira se enciende contra los inicuos; ellos se arrepienten, y en un instante cesa su ira, y hallan su favor, y él les da vida. Por tanto, una noche durará el lloro, pero a la mañana vendrá la alegría» (Salmos 30:5; véase también D. y C. 61:20). En el nombre de Jesucristo. Amén.

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La inminencia de la perfección

Conferencia General Octubre 1995logo 4
La inminencia de la perfección
Elder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles

Russell M. Nelson«No debemos desalentarnos si nuestros esfuerzos más sinceros en busca de la perfección nos parecen demasiado arduos e interminables. La perfección… Llegará en su totalidad únicamente después de la resurrección y solo por medio del Señor.»

Si les preguntara cuál de los mandamientos del Señor es el más difícil de guardar, muchos de nosotros tal vez citaríamos Mateo 5:48: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».

El guardar este mandamiento puede ser una preocupación ya que todos estamos muy lejos de ser perfectos, tanto en el aspecto espiritual como temporal. Y las pruebas de ello se nos presentan muy a menudo. Podemos dejar olvidadas las llaves dentro del auto o incluso olvidar donde lo estacionamos; y con frecuencia caminamos resueltamente de un lado a otro de la casa y nos damos cuenta de que hemos olvidado lo que Íbamos a hacer.

Cuando comparamos nuestro desempeño personal con la norma suprema de lo que el Señor espera de nosotros, la realidad de nuestra imperfección puede resultar a veces desalentadora. Me siento muy triste por aquellos miembros de la Iglesia que, por motivo de sus defectos, permiten que la depresión les prive de la felicidad de sus vidas.

Es preciso que recordemos lo siguiente: «existen los hombres para que tengan gozo» ¡sin sentimientos de culpabilidad! (2 Nefi 2:25.)

Asimismo, debemos recordar que el Señor no nos da mandamientos que sean imposibles de obedecer, sino que a veces no los comprendemos plenamente.

Tal vez podríamos comprender mejor la perfección si la clasificáramos en dos categorías: la primera podría tener que ver únicamente con esta vida: la perfección mortal; la segunda categoría podría aplicarse únicamente a la vida venidera: la perfección Inmortal o eterna. Seguir leyendo

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La fe que hace cambiar a las personas

Conferencia General Octubre 1995

La fe que hace cambiar a las personas

Henry B. EyringÉlder Henry B. Eyring
del Quórum de los Doce Apóstoles

«Pueden confiar en que El los calificará para ser. Sus siervos y para ayudarle a cambiar vidas con fe a fin de llevar a cabo la vida eterna del hombre.»

Siento gratitud por estar reunidos aquí los del Sacerdocio de Dios, presididos por el Profeta que posee y ejerce el derecho de usar las llaves del Santo Sacerdocio en todo el mundo. El presidente Hinckley habló en la sesión del domingo por la mañana, durante la conferencia del pasado mes de abril, y hacia el final del discurso dijo:

«Ahora, hermanos y hermanas, para concluir quiero dejarles un pensamiento que espero nunca olviden».

Después de esas palabras, las que captaron nuestra atención, agregó:

«Esta Iglesia no pertenece a su Presidente. A la cabeza de ella está el Señor Jesucristo, cuyo nombre cada uno de nosotros ha tomado sobre sí. Todos estamos embarcados juntos en esta obra; estamos aquí para ayudar a nuestro Padre en Su obra y en Su gloria, que es ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre’ (Moisés 1:39). La obligación de ustedes es tan seria en su esfera de responsabilidad como lo es la mía en mi esfera de responsabilidad. En esta Iglesia no hay ningún llamamiento pequeño o insignificante. Todos, en el desempeño de nuestras tareas, surtimos una influencia en la vida de los demás. El Señor nos ha dicho, refiriéndose a nuestras respectivas obligaciones: ‘De manera que, se fiel; ocupa el oficio al que te he nombrado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas (D. y C. 81:5)» («Esta es la obra del Maestro», Liahona, julio de l995, págs. 80-81).

Esa idea de que el llamamiento de ustedes es de tanta responsabilidad como el de el les habrá hecho pensar. Pero, es obvio él porque es así. Ustedes y el son llamados por el mismo Salvador, a quien esta Iglesia pertenece; están haciendo la misma obra, que es la de ayudar al Señor a llevar a cabo la vida eterna del hombre. Ustedes, por medio de su llamamiento, tienen influencia en los demás, y la vida que afecten con su servicio será de tanto valor para Dios como cualquier otra. Por eso, su influencia sobre los demás es un asunto tan serio para ustedes como lo sería para cualquiera de los otros siervos de Dios.

El propósito que se les ha asignado hace que sea asunto serio: tienen la responsabilidad de influir en los demás de manera que ellos tomen las decisiones que los encaminen hacia la vida eterna, que es el más grandioso de todos los dones de Dios. Algunos de nuestros jóvenes quizás se sientan incómodos ante la idea de que lo que parecen ser asignaciones sencillas y actos cotidianos puedan tener consecuencias eternas.

Pero es posible que hayan hecho más de lo que creen. Quizás la semana que viene, el presidente del quórum de diáconos les pida que inviten a la reunión del domingo a un jovencito que nunca haya asistido, ni su familia tampoco; van a su casa algo desganados, lo llevan a la iglesia unas cuantas veces, y un día él se muda. Entonces pensaran que no han hecho gran cosa. Sin embargo, el abuelo de un muchacho como ese fue a hablar conmigo en una conferencia de estaca; me contó con detalles cómo un diácono había hecho eso mismo por su nieto diez años atrás y a una gran distancia, y con lágrimas en los ojos me pidió que agradeciera en su nombre a ese diácono, ahora mucho mayor, que no tenía idea de que el Salvador se había valido de un siervo de doce años que había recibido una asignación de un presidente de quórum de trece años.

Algunos de ustedes sabrán lo que sentía aquel abuelo. La madre de su nieto lo estaba criando sola, sin ningún contacto con la Iglesia, él había tratado de muchas maneras de influir en ellos, porque los amaba y se sentía responsable de ella y de su nieto, y sabía lo que ustedes saben: que algún día. cuando ellos vieran las cosas como realmente son, desearían con todo el  corazón haber tomado las decisiones que los hiciera dignos de la vida eterna, decisiones que no se toman ni se pueden tomar sin la fe suficiente en Jesucristo para llevarnos a la salvación.

Su pesar era el mismo que la mayoría de nosotros hemos sentido por alguien a quien queremos y en quien no hemos podido influir. Y ese pesar nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo puedo cambiar a alguien por medio de la fe?

Para empezar a reflexionar sobre eso, pensemos en el Salvador y Sus discípulos. Al principio de Su ministerio, ellos querían que El los cambiara con la fe.

«Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe.
«Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicomoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería» (Lucas 17:5-6).

No es de sorprender que el Señor haya respondido hablando de una semilla. Para pensar en cómo aumenta la fe en El, lo primero es compararla con el crecimiento de un árbol. Recordaran que Alma empleó esa ilustración. La semilla es la palabra de Dios, y deben plantarla en el corazón de la persona a quien estén prestando servicio y cuya fe deseen ver aumentada. Alma lo describe de esta manera:

«Compararemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora bien, si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezara a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que esta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; si, empieza a iluminar mi entendimiento; sí, empieza a ser deliciosa para mí.

«He aquí, no aumentaría esto vuestra fe? Os digo que sí; sin embargo, no ha llegado a ser un conocimiento perfecto» (Alma 32:28-29).

Del mismo modo en que es necesario preparar el suelo para una semilla, también hay que preparar el corazón humano para que la palabra de Dios germine en él. Antes de hablar a las personas de plantar la semilla, Alma les había dicho que tenían el corazón preparado; habían sido perseguidos y expulsados de las iglesias.

El amor de Alma y la condición en que se hallaban los había llevado a ser humildes, y eso los había preparado. Ahora estaban dispuestos a escuchar la palabra de Dios. Si decidían plantarla en su corazón, su alma progresaría y eso aumentaría su fe.

En esos ejemplos verán claramente lo que deben hacer para influir en alguien con fe. Para empezar, reconozcan que lo que esa persona decida hacer, y lo que haga el Señor, será más importante para ella que lo que ustedes hagan; pero hay cosas que ustedes pueden hacer para que haya más posibilidades de que esa persona tome las decisiones que la lleven hacia la vida eterna.

Primero, como saben, para plantar la semilla, necesitan algo más que oír la palabra de Dios; tienen que ponerla a prueba obedeciendo los mandamientos. El Señor lo dijo así:

«Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía sino de aquel que me envió.

«El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:16-17).

No será suficiente que solo escuchen la palabra de Dios, sino que deben decidirse a guardar los mandamientos porque sienten por lo menos el comienzo de un deseo de saber la voluntad de nuestro Padre Celestial y de someterse a ella. Pero con toda probabilidad, ese deseo no surgirá si no sienten que los aman y que vale la pena ser mansos y humildes de corazón.

Ustedes pueden ayudar, además, con su ejemplo; si los aman porque sienten el amor que Dios les tiene, ellos también lo sentirán. Y si son mansos y humildes porque reconocen que dé El dependen, también eso lo sentirán.

Además del ejemplo, pueden enseñarles la palabra de Dios de una manera que haga más factible el que se arrepientan y traten de vivirla. Quizás piensen que han oído bastantes discursos, pero deben hacer algo más que escuchar la palabra de Dios: deben plantarla en su corazón poniéndola a prueba.

Eso será más probable si hablan con ellos al respecto de una manera que les haga sentir cuanto los ama Dios y cuanto necesitan de Él.

Aarón, uno de los grandes misioneros del Libro de Mormón, sabía cómo enseñar así. Recordaran que le enseñó al padre del rey Lamoni, el rey viejo.

El corazón del rey ya había sido preparado al haber visto el amor y la humildad con que el hermano de Aarón había tratado a Lamoni, su hijo. Pero aun cuando el viejo rey estaba preparado, Aarón le enseñó la palabra de Dios de una forma que hizo resaltar el amor de Dios y la necesidad que tenemos de Él. Esta es la descripción de lo que hizo:

«Y aconteció que al ver que el rey creería sus palabras, Aarón empezó por la creación de Adán, leyendo al rey las Escrituras, de cómo creó Dios al hombre a su propia imagen, y que Dios le dio mandamientos, y que, a causa de la transgresión, el hombre había caído.

«Y Aarón le explicó las Escrituras, desde la creación de Adán, exponiéndole la caída del hombre, y su estado carnal, y también el plan de redención que fue preparado desde la fundación del mundo, por medio de Cristo, para cuantos quisieran creer en su nombre» (Alma 22:12-13).

No tendrán ustedes muchos resultados tan extraordinarios como el que tuvo Aarón. Después de oír la palabra de Dios así ensenada, en lo que las Escrituras llaman el plan de la felicidad, el viejo rey dijo que estaba dispuesto a dar todo lo que tenía por eliminar de si la maldad y tener vida eterna. Cuando Aarón le dijo que orara suplicando a Dios el perdón, en el acto el rey se inclinó a orar. La semilla se había plantado y el hizo la voluntad de Dios (véanse los versículos 15-18).

Cuando influyan en alguien a quien sirvan, no lo harán todo exactamente como Aarón, pero harán algunas de las mismas cosas. Querrán hacerle sentir, por su manera de tratarlo, que Dios lo ama; serán humildes, para que a él le sea más fácil ser manso y humilde; le enseñarán la palabra de Dios, cuando el Espíritu se lo indique, en una forma que testifique del amor que Dios le tiene y de la necesidad que él tiene de recibir el beneficio de la expiación de Jesucristo; y le enseñarán mandamientos que pueda obedecer. Por eso, cuando van a la misión, aprenden a exhortar a aquellos a quienes enseñan, a orar, a leer el Libro de Mormón, a asistir a la reunión sacramental y a bautizarse; porque saben que una vez que obedezcan mandamientos, plantaran la semilla, y saben que esta crecerá, les ensanchara el alma y, cuando esto suceda, SU fe aumentara.

No sólo saben lo que deben hacer, sino también cuales son las ocasiones en las que es más factible que el Espíritu les inspire a hacerlo. El momento en que es más probable que la gente ponga a prueba la palabra de Dios y se arrepienta es cuando empieza a sentir por lo menos algo del amor que Él le tiene y la forma en que depende de Él.

Por ejemplo, los obispos experimentados han aprendido que un funeral ofrece esa oportunidad. Cuando muere una persona, el obispo, los miembros del quórum y los maestros orientadores y maestras visitantes se ocupan de la familia porque la aman. Los familiares por lo general se sienten abatidos y necesitan consuelo y paz. Muchos de ellos estarán preparados entonces para oír la palabra de Dios.

Al planear el servicio funerario, el obispo sabe eso y se asegurara de que se expresen testimonios del plan de salvación, de la expiación de Jesucristo, de la Resurrección y de la gloriosa reunión del más allá, porque sabe que esos mensajes darán consuelo y esperanza a la familia. Pero esas enseñanzas harán más aún: La palabra de Dios llegara a las personas que tienen el corazón ablandado por el amor y el dolor y que, por ese motivo, están más preparadas para aceptarla y vivirla más plenamente. Y al hacerlo, su fe aumentara y habrá en ellas cambios que las impulsaran hacia la vida eterna.

No solo en tiempos de tragedia o de gran necesidad tendrán esa oportunidad. La vida presenta dificultades que hacen que aun la persona más endurecida para lo espiritual se pregunte: «no hay algo más?» Si han sido un amigo constante, si han probado su afecto por medio del servicio y se han hecho dignos de confianza, quizás les haga a ustedes esa pregunta. Y cuando eso suceda, sabiendo que la persona está preparada, pueden decir: «Si, hay algo más, y yo te diré dónde y cómo encontrarlo».

La enseñanza se hará más fácil a medida que aquellos a quienes sirven pongan a prueba la palabra de Dios. Por ejemplo, un diácono o un élder puede seguir la admonición de escudriñar las Escrituras y leer pasajes que hablen del honor y de la gloria que se confieren por medio del Santo Sacerdocio (véase D. y C. 124:34). Al obedecer de esa manera leyendo las Escrituras, quizás reciban la impresión del Espíritu Santo diciéndoles que ese honor, ese llamamiento sagrado, merece el uso de prendas mejores cuando efectúan ordenanzas del sacerdocio o de un lenguaje más refinado dondequiera que estén. Como habrá otros que no honren el sacerdocio de esa manera, la obediencia en este caso requiere fe; pero la fe aumenta al ejercerla, y ese aumento traerá mayor poder para escuchar y para obedecer.

Tendrán momentos hermosos en el servicio a los demás, cuando estos descubran el origen de la fe o cuando su te los lleve a pasar el dolor del arrepentimiento para lograr la paz del perdón.

Pero aun las personas que tienen una fe basada en la obediencia y que han sido limpiadas de pecados necesitaran ayuda de ustedes para reavivar y fortalecer esa fe. Hay razones para ello. Cuando las bendiciones ya no se ven como dones de nuestro Padre Celestial, pueden conducir al orgullo; la paz que sentimos después de recibir el perdón puede llevar a un exceso de confianza, haciendo que se olvide de la oración que nos protege de la tentación. Incluso los que han ejercido una fe tal que les ha proporcionado grandes experiencias espirituales más tarde se han dejado engañar y llevar a la apostasía o vencer por las pruebas de la vida. Todos necesitaran ayuda para nutrir su fe y aprender a poner toda su confianza en Dios.

La forma de ayudar a todos los que sirvan, sea cual sea la prueba de la vida que pasen, será más o menos igual: les demostraran afecto; los alentaran en sus deseos de ser humildes; le s presentaran la palabra de Dios de la forma que más los motive a ejercer la fe para arrepentirse y ver así que Dios tiene mucho más reservado para ellos. Eso les ayudara a soportarlo todo con fe.

Quizás piensen que la responsabilidad de influir en la gente sea demasiado pesada. Que les aliente el saber que fue el Salvador quien los llamó; y les hace la misma promesa que hizo a los que llamo al principio de Su ministerio terrenal. Él había llamado a hombres humildes, sin educación, con menos instrucción y menor conocimiento del evangelio que el que tenga el jovencito más recientemente ordenado. Pero fíjense en lo que les dijo, que se aplica a ustedes por igual:

«Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.
«Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.
«Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron (Mateo 4: 18-20).

Y El los hará a ustedes pescadores de hombres, aun cuando se sientan muy incapaces de serlo. No será un proceso misterioso, sino el resultado natural de haberse decidido a seguir al Señor. Piensen en lo que deben hacer para ser pescadores de hombres, para influir con fe en los demás, por El. Es preciso que amen a los que sirvan, que sean humildes y estén llenos de esperanza; tendrán que tener como compañero al Espíritu Santo, para saber cuándo hablar, que decir y como testificar.

Pero todo eso surgirá natural mente, poco a poco, de los convenios que hagan y obedezcan al seguir al Señor. En el capítulo 8 de Moroni hay una descripción de lo que sucederá:

«Y las primicias del arrepentimiento es el bautismo; y el bautismo viene por la fe para cumplir los mandamientos; y el cumplimiento de los mandamientos trae la remisión de los pecados;

«y la remisión de los pecados trae la mansedumbre y la humildad de corazón y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto, amor que perdura por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos moraran con Dios» (Moroni 8:25-26).

Quizás todavía no hayan visto ese gran cambio en ustedes, pero ocurrirá si continúan siguiendo al Señor. Pueden confiar en que El los calificara para ser Sus siervos y para ayudarle a cambiar vidas con fe a fin de llevar a cabo la vida eterna del hombre. Y encontraran en ese servicio una satisfacción con la que ni siquiera han sonado.

Testifico que Dios el Padre vive y que los ama. Testifico que Jesús es el Cristo, que El los ha llamado, y que expió los pecados de ustedes y de todos aquellos a quienes sirvan. Testifico que el presidente Gordon B. Hinckley posee las llaves que nos permiten ofrecer a los hijos de nuestro Padre los convenios y las ordenanzas que los haga dignos de la vida eterna. Y ruego de todo corazón que todos podamos cambiar a las personas con la fe que las lleve al arrepentimiento y hagan y guarden esos sagrados convenios. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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La confianza en el Señor

Conferencia General Octubre 1995

La confianza en el Señor

Elder Richard G. ScottÉlder Richard G. Scott
del Quórum de los Doce Apóstoles

Tenemos «la absoluta seguridad de que, cuando el Señor lo disponga, aparecerá la solución, la paz prevalecerá y el vacío se llenara».

El no recibir la respuesta deseada a una oración ferviente y sincera es muy difícil, y más aún, si el Señor contesta no cuando hemos pedido algo que consideramos digno y que sabemos nos daría gran gozo y felicidad. Sea el alivio de una dolencia o de la soledad, la recuperación de un hijo extraviado, la entereza frente a un impedimento o el ruego de prolongar la vida de un ser querido que se nos va, parece tan razonable y de acuerdo con nuestra felicidad recibir una respuesta favorable. Es difícil entonces comprender por qué, habiendo sido siempre obedientes, el ejercer una fe sincera y profunda no nos trae el resultado deseado.

Nadie quiere pasar adversidades. Las pruebas, las desilusiones, la tristeza y el dolor surgen de dos origines que son fundamentalmente diferentes: los que quebrantan las leyes de Dios siempre las tendrán; la otra razón de la adversidad es que se cumplan los propósitos del Señor de que seamos refinados por las pruebas. Para cada uno de nosotros es esencial reconocer de cual de esos dos origines provienen nuestras tribulaciones y dificultades, puesto que la conducta a seguir para corregir la situación es muy diferente en ambos casos.

Si sufres por los descorazonadores efectos de la transgresión, te pido que reconozcas que la única senda hacia un alivio permanente de la tristeza es el arrepentimiento sincero, con el corazón quebrantado y el espíritu contrito. Date cuenta de que dependes totalmente del Señor y de la necesidad que tienes de encaminar tu vida con Sus enseñanzas; no hay ningún otro modo de lograr una paz duradera. Posponer el arrepentimiento humilde sólo demorara o impedirá que recibas el alivio. Reconoce tus errores y busca ayuda ahora; el obispo es tu amigo y tiene la autoridad para ayudarte a hallar paz de conciencia y contentamiento. Así tendrás fortaleza para arrepentirte y recibir el perdón.

Ahora deseo dar unas ideas a los que enfrentan la adversidad del otro origen, el de las pruebas que nuestro sabio Padre Celestial considera necesarias aun para los que viven dignamente y obedecen Sus mandamientos.

En el preciso momento en que todo parece ideal, a veces surgen simultáneamente múltiples dificultades. Si esas pruebas no son resultado de tu desobediencia, son evidencia de que el Señor sabe que estás preparado para progresar más (véase Proverbios 3:1112). Entonces te da experiencias que estimulen tu progreso, tu comprensión y compasión y que te refinan para tu bienestar eterno. Llegar de donde estas adonde Él quiere que estés exige un penoso esfuerzo que generalmente va acompañado de pesar y dolor.

Cuando enfrentas la adversidad, quizás tengas la propensión a hacer muchas preguntas, algunas buenas, otras no. El preguntar «¿Por qué tiene que pasarme esto?, ¿Por qué tengo que sufrir?, ¿Que hice para merecerlo?», te llevara a callejones sin salida. No es bueno hacer preguntas que impliquen oposición a la voluntad de Dios. Es mejor preguntarse: «¿Qué debo hacer? ¿Qué aprenderé con esto? ¿Qué puedo cambiar? ¿A quién debo ayudar? ¿Estoy dispuesto a recordar mis muchas bendiciones en medio de la prueba?» La disposición a sacrificar los anhelos personales más profundos sometiéndose a la voluntad de Dios es muy difícil. Pero, el pedir con real convicción: «Dame a saber tu voluntad» y «Hágase tu voluntad», es la mejor forma de recibir la máxima ayuda de tu amoroso Padre.

Esta vida es una experiencia de profunda confianza en Jesucristo, en Sus enseñanzas y en nuestra capacidad, guiados por el Santo Espíritu, de obedecer las que nos darán felicidad ahora y una existencia eterna significativa y de supremo gozo. Confiar quiere decir obedecer voluntariamente desde el principio sin saber el fin (véase Proverbios 3:57). Para producir fruto, tu confianza en el Señor debe ser más fuerte y duradera que la que tengas en tus propias ideas y experiencia.

Ejercer la fe es confiar en que el Señor sabe lo que hace contigo y que lo lograra por tu bien eterno aun cuando tu no entiendas cómo lo hará. Somos como infantes para comprender los asuntos eternos y el efecto que tienen en nosotros aquí, y sin embargo, a veces nos portamos como si lo supiéramos todo.

Cuando pasas una prueba para que se cumplan Sus propósitos, si confías en El, si ejerces la fe en El,

Él te ayudara. Lo hará paso a paso, poco a poco. La aflicción y el pesar continuaran al pasar cada fase de este proceso; si todo se resolviera después de la primera suplica, no progresarías. Tu Padre Celestial y su Amado Hijo te aman con amor perfecto, y no te exigirán pasar un solo momento más de dificultad que los indispensables para tu beneficio o el de tus seres queridos.

Como en todo lo demás, el Maestro es nuestro ejemplo perfecto de esto también. Nadie habría podido pedir con fe más perfecta, con mayor obediencia ni con una comprensión más completa que El cuándo le dijo a Su Padre en Getsemaní: «Padre mío, si es posible, pase de mi esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39). Más tarde, oro dos veces más: «Padre mío, si no puede pasar de mi esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mateo 26:42, 44).

Cuan agradecido estoy de que el Salvador haya enseñado que debemos terminar las oraciones más fervientes, aquellas en las que pedimos lo que es de máxima importancia para nosotros, con las palabras: «Hágase tu voluntad» (Mateo 26 42).

Tu disposición a aceptar la voluntad del Padre no cambiara lo que en Su sabiduría El haya decidido hacer, pero cambiara el efecto que esa decisión tenga en ti. La evidencia del uso apropiado del albedrío hará que Sus decisiones te brinden bendiciones mucho mayores. He aprendido que, por el deseo del Padre de vernos progresar nos dará impresiones suaves, casi imperceptibles, que después ampliara, si aceptamos la prueba sin quejas, para que nos iluminen dándonos una indicación muy clara de Su voluntad. Esa luz es el resultado de nuestra fe y disposición a hacer lo que Él nos pida aun cuando nosotros desearíamos otra cosa.

Nuestro Padre Celestial te ha invitado a expresarle tus carencias, esperanzas y deseos; pero no debes hacerlo con la idea de negociar sino con la determinación de obedecer Su voluntad, te lleve adonde te lleve. Sus palabras: «Pedid, y recibiréis» (3 Nefi 27:29), no te aseguran que recibirás lo que quieras; pero te garantizan que, si eres digno, recibirás lo que necesites de acuerdo con el juicio de un Padre que te ama con amor perfecto y desea tu felicidad eterna aún más que tú.

Testifico que cuando el Señor cierra una puerta muy importante, demuestra Su amor y compasión abriendo, mediante el ejercicio de nuestra fe, muchas otras que nos compensen. El coloca a tu paso haces de luz espiritual que iluminan tu camino y que surgen muchas veces después de las pruebas más grandes como demostración de la compasión y el amor de un Padre que todo lo sabe; además, te indican la senda hacia una felicidad y comprensión mayores, fortaleciendo tu determinación de aceptar Su voluntad y obedecerla.

La fe en el Salvador y el testimonio de Sus enseñanzas son una bendición maravillosa. Muy pocos tienen esa brillante luz que los guíe. La plenitud del evangelio restaurado nos da perspectiva, propósito y comprensión, y nos permite enfrentar lo que de otro modo parecerían dificultades injustas y sin razón. Aprende esas provechosas verdades meditando sobre el Libro de Mormón y las otras Escrituras; trata de entender esas enseñanzas no solo con la mente sino también con el corazón.

La felicidad real y duradera, acompañada de la fortaleza, el valor y la capacidad de sobreponerse a las peores dificultades, se obtiene concentrando la vida en Jesucristo. La obediencia a Sus enseñanzas provee una base segura sobre la cual edificar. Pero exige esfuerzo, y no hay garantía de resultados inmediatos sino la absoluta seguridad de que, cuando el Señor lo disponga, aparecerá la solución, la paz prevalecerá y el vacío se llenara.

Hace poco, un gran líder que sufría los impedimentos físicos propios de una edad avanzada, dijo: «Me alegro de tener lo que tengo». Es sabio abrir las ventanas a la felicidad reconociendo nuestras abundantes bendiciones.

No dejes que los pesares de la adversidad absorban tu vida por completo. Trata de entender lo que sea posible; haz lo que puedas y deja el asunto en manos del Señor por un tiempo, mientras te dedicas a dar de ti a los demás hasta que llegue el momento de ocuparte de lo tuyo otra vez.

Entiende que al mismo tiempo que enfrentas un problema que te causa tristeza puedes sentir también paz y regocijo. S i, e l dolor, la desilusión, la frustración y la angustia son actos pasajeros en el escenario de la vida; detrás de ellos puede encontrarse un fondo de paz y la seguridad de que el Padre amoroso cumplirá Sus promesas. La determinación de aceptar Su voluntad, la comprensión del plan de la felicidad, el recibir todas las ordenanzas y guardar los convenios que aseguran su cumplimiento te harán digno de esas promesas.

El plan del Señor es exaltarte para que vivas con El y recibas grandes bendiciones. Tu capacidad de madurar, de progresar, de amar y de dar de ti determinaran el tiempo que te lleve ser digno de ello. Él te está preparando para ser un dios y, aunque no entiendas por completo lo que eso significa, Él lo sabe. Al confiar en Él, conocer y seguir Su voluntad, recibirás bendiciones que tu mente limitada no puede comprender acá en la tierra. Tu Padre Celestial y Su Santo Hijo saben mejor que tú lo que trae felicidad. Ellos te han dado el plan de la felicidad y, al comprenderlo y seguirlo, tendrás la bendición de ser feliz. Si obedeces de buena gana, recibes y honras las ordenanzas y los convenios de ese santo plan, tendrás la satisfacción más grande de esta vida; si, incluso momentos de maravillosa felicidad. Y te prepararas para una gloriosa eternidad con tus seres queridos que sean dignos de ese reino.

Sé que estos principios de los que te he hablado son verdaderos y los he probado en el crisol de la experiencia propia. El reconocer la mano del Señor en tu vida y aceptar Su voluntad sin quejas es el comienzo, y esa decisión no eliminara las luchas que tendrás para tu progreso, pero te aseguro que es la mejor manera que existe de desarrollar fortaleza y comprensión; te librara de los callejones sin salida a los que te conduzcan tus propios pensamientos y hará que tu vida sea una experiencia fructífera y significativa, mientras que de otro modo quizás no supieras como seguir adelante (véase D. y C. 24:8).

Testifico que tienes un Padre Celestial que te ama y que el Salvador dio Su vida por tu felicidad. Yo lo conozco. El comprende todas tus necesidades. Se sin dudas que si aceptas la voluntad de Ellos sin quejas, te bendecirán y te sostendrán. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Iré y haré

Conferencia General Octubre 1995logo 4
Iré y haré
Obispo H. David Burton
Primer Consejero del Obispado Presidente

H. David Burton«La promesa más importante que todos podríamos hacer seria: Seguiré a los profetas.»

Hermanos, me siento muy humilde al compartir este histórico estrado con otras Autoridades Generales, en especial con los quince profetas, videntes y reveladores sentados a mis espaldas, a quienes amo y respeto. Doy testimonio de que estos extraordinarios hombres de Dios que integran la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han sido preparados, refinados, probados, y llamados a presidir y dirigir esta labor del sacerdocio que está en progreso constante.

En un centro comercial de Manila, en Filipinas, hay un cartel colocado en un lugar muy visible, que dice: «Su voluntad es mucho más importante que su inteligencia». Al meditar sobre el significado de esa frase, me vienen a la memoria las palabras de una hermosa canción de la Primaria, basada en 1 Nefi 3:7: «Iré y haré lo que el Señor me mande. La vía El preparara y obedeceré» (Canciones para los niños, pág. 65). Al mismo tiempo, me pongo a tararear y a silbar el estribillo de este famoso himno de la Restauración:

A donde me mandes iré, Señor…
diré lo que quieras que diga, Señor,
y lo que tú quieras, seré’.
(Himnos, N° 175.)

Hay muchas personas que han sido bendecidas con gran capacidad y una inteligencia excepcional, pero que no están dispuestas cuando hay que ir, hacer, decir y ser lo que el Señor manda.

Las palabras iré’, haré’, diré, seré’, implican una resuelta obediencia. Nuestro tercer Artículo de Fe declara:

«Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.»

Por cierto el más magnífico acto de obediencia tuvo lugar en Getsemaní. Recordemos la sincera suplica del Salvador: «Padre, si quieres, pasa de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). Seguir leyendo

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Hyrum Smith, firme como un pilar

Conferencia General Octubre 1995

Hyrum Smith, firme como un pilar

M. Russell BallardÉlder M. Russell Ballard
del Quórum de los Doce Apóstoles

«José Smith dijo una vez que sus seguidores harían bien en emular el ejemplo de la vida de Hyrum.»

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido de encontrarme de pie ante ustedes hoy día. Después de haber tenido una operación al corazón hace dos meses, estoy agradecido de poder estar de pie en cualquier parte. Sentí el poder de la fe y de la oración de los miembros de la Iglesia en mi favor estos últimos meses, y sinceramente lo agradezco. He sido grandemente bendecido y públicamente expreso mi humilde gratitud a mi Padre Celestial.

A principios de julio, mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de viajar a los lugares históricos de la Iglesia en Palmyra, Kirtland y Nauvoo, con nuestros siete hijos, sus cónyuges y veinte de nuestros nietos. Algunas personas me sugirieron que eso quizás haya contribuido a causarme los problemas del corazón… Lo dudo, pero sí sé que nuestro viaje a esos lugares llenó nuestra alma con un mayor amor y respeto por el profeta José Smith, por su familia y por la gente fiel y fuerte que abrazó el evangelio restaurado y se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. ¡Qué experiencia extraordinaria enseñar a mi familia usando Doctrina y Convenios en el mismo lugar donde se recibieron muchas de esas revelaciones e instrucciones!

El visitar esos lugares de inspiración y sumergirnos con la familia en los acontecimientos de la Restauración, me recordaron el maravilloso privilegio que tenemos de vivir en una época en que poseemos un conocimiento doctrinal tan claro del plan de salvación y de exaltación de nuestro Padre Celestial para nosotros. La claridad de nuestra relación con el Señor Jesucristo y Su Iglesia restaurada es un conocimiento preciado que nos fortalece. Agradezco a Dios que en estos días difíciles de decadencia moral y alejamiento de los valores íntegros no nos falten las verdades reveladas que guíen nuestra vida.

Durante varias de estas últimas semanas de recuperación física me encontré con más tiempo libre del que acostumbro tener, lo que me dio la oportunidad inesperada de pensar, meditar y orar. No recomiendo los medios por los que recibí ese regalo de tiempo, pero creo que todos nos beneficiaríamos si dejáramos algo del que tenemos para pensar y meditar. El Espíritu nos puede enseñar mucho durante los silenciosos momentos de introspección.

El Espíritu me ha confirmado la importante responsabilidad que tenemos de que nunca se pierda el legado de fe que nos dejaron nuestros antepasados pioneros. Podemos obtener gran fortaleza, en especial los jóvenes, del conocimiento de la historia de la Iglesia. Como descendiente de Hyrum Smith, considero una obligación solemne el asegurarme de que la Iglesia jamás olvide el importante ministerio de ese gran líder. Reconociendo que nadie, con la excepción de Jesús, sobrepasó la gran obra y el singular cometido del profeta José Smith, mi alma se conmueve al recordar y respetar la valiente vida y las contribuciones extraordinarias de su hermano mayor, el patriarca Hyrum Smith.

En septiembre de 1840, Joseph Smith reunió a su familia. El venerable patriarca estaba agonizante y deseaba dejar una bendición a su amada esposa y a sus hijos. Hyrum, el mayor de los hijos que todavía vivían, le pidió a su padre que intercediera en los cielos a su llegada para que los enemigos de la Iglesia «no tuvieran tanto poder» sobre los santos. Luego, el padre le puso las manos sobre la cabeza y lo bendijo para que tuviera «paz… suficiente… para cumplir la obra que Dios le habla encomendado». Conociendo la vida de fidelidad de su hijo, concluyó esa última bendición que le dio con la promesa de que Hyrum «sería tan firme como un pilar de los cielos hasta el fin de sus días» (Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, ed. por Preston Nibley. Salt Lake City: Bookcraft, 1958, pág. 309).

Esta bendición define la característica más fuerte de Hyrum Smith: la cualidad que más se destacaba en él es que era «firme como un pilar de los cielos». A través de su vida, se combinaron en contra de él las fuerzas del mal en un intento de vencerlo, o por lo menos de alejarlo del camino recto.

Después de la muerte de su hermano mayor, Alvin, ocurrida en 1823, heredó responsabilidades importantes en la familia Smith. En esa misma época, ayudó y sirvió a su hermano, el profeta José, en el largo y arduo proceso de la Restauración. Finalmente, se unió al Profeta y a otros mártires de dispensaciones pasadas: Se vertió su sangre como póstumo testimonio al mundo.

Hyrum Smith se mantuvo firme a pesar de las circunstancias adversas; él sabía el curso que tomaría su vida y con conocimiento de causa decidió seguirlo; con el tiempo, llegó a ser compañero, protector, proveedor y confidente del Profeta y al fin murió como un mártir junto a él. Vivieron rodeados de injustas persecuciones durante toda su vida y, aun cuando era mayor, el reconocía el llamamiento de autoridad divina de su hermano. Aunque en ciertas ocasiones le daba firmes consejos, siempre obedeció a su hermano menor.

José Smith le dijo una vez: «Hermano, ¡que corazón tan fiel tienes! ¡Que el Eterno Jehová corone tu cabeza con bendiciones sempiternas como recompensa por el cuidado que has brindado a mi alma! ¡Cuántos dolores hemos compartido juntos!» (History of the Church, 5: 107108).

En otra oportunidad, el Profeta se refirió a su hermano con estas palabras profundas y tiernas: «Lo amo con un amor que es más fuerte que la muerte» (History of the Church, 2:338).

Hyrum Smith sirvió fielmente a la Iglesia. En 1829 estuvo entre las pocas personas a quienes se les permitió ver las planchas de oro de las cuales se tradujo el Libro de Mormón, y durante el resto de su vida testificó de la naturaleza divina del libro, como uno de los Ocho Testigos que «habían visto las planchas con sus ojos y las habían tocado con sus manos» (citado por Richard Lloyd Anderson en Investigating the Book of Mormon Witnesses, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1981, págs. 158159).

Él estuvo entre los primeros que se bautizaron en esta dispensación del evangelio. En 1830 tenía treinta años y era el mayor de los seis hombres elegidos para organizar formalmente La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En 1831 habló en una conferencia en Ohio y se comprometió diciendo que «todo lo que tenía pertenecía al Señor y que estaba preparado para hacer la voluntad del Señor» (citado por Donald Q. Cannon y Lyndon W. Cook, editores, en Far West Record, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1983, pág. 21). En 1833, cuando el Señor reprendió a la Iglesia por demorar el comienzo del Templo de Kirtland, Hyrum Smith fue el primero en empezar a cavar para los cimientos. Como presidente del comite del templo, reunió a la gente de la Iglesia para llevar a cabo la tarea casi imposible de edificar el Templo de Kirtland cuando la mayoría de los miembros no tenían nada, literalmente, para dar a la causa. Pocos años después repitió ese servicio con la edificación del Templo de Nauvoo.

Hyrum Smith prestó servicio como integrante del obispado de Ohio, en el primer sumo consejo, como patriarca; fue consejero en la Primera Presidencia y, finalmente, fue uno de los dos únicos hombres que tuvieron el oficio de Presidente Asistente de la Iglesia.

Cumplió muchas misiones para la Iglesia; durante una de ellas, mientras viajaba de Kirtland a Indiana, sufrió una de sus más grandes pruebas cuando su primera esposa, Jerusha, murió poco después de haber dado a luz al sexto hijo de ambos. La madre de los Smith, Lucy Mack Smith, escribió que la muerte de su nuera «nos estrujó el corazón con un dolor muy grande… Era una mujer que todos amábamos» (Smith, History of Joseph Smith, pág. 246).

Aun cuando Hyrum Smith quedó muy dolorido, su fe era inquebrantable, y la determinación que tenía de servir a nuestro Padre Celestial y a Su Iglesia nunca disminuyó. Creo que el Señor lo recompensó por su fidelidad dándole una de las mujeres más grandes de la historia de la Iglesia, Mary Fielding, con quien se casó más tarde. Juntos edificaron un legado extraordinario de amor y de ejemplo.

En realidad, Hyrum Smith fue uno de los pilares firmes de la Restauración; pero lamentablemente, muchos miembros de la Iglesia saben muy poco sobre el fuera de que murió junto a su hermano, en la Cárcel de Carthage; eso es de gran importancia, pero el hizo mucho más. En verdad, el mismo José Smith dijo una vez que sus seguidores harían bien en emular el ejemplo de la vida de Hyrum (véase History of the Church, 5:108). Deseo mencionar algunos de los ejemplos de su vida que quizás deberíamos seguir.

En 1829, cuando José Smith estaba terminando la traducción del Libro de Mormón, su hermano estaba ansioso por empezar a propagar el evangelio y a edificar la Iglesia y le pidió que le preguntara al Señor que debía hacer el. En la sección 11 de Doctrina y Convenios leemos la respuesta del Señor:

«No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla…

«…estudia mi palabra que ha salido… y también estudia mi palabra… lo que ahora se les está traduciendo» (D. y C. 1 1:2 1-22).

La vida de Hyrum Smith es un testimonio de obediencia a esta instrucción divina. Hasta el último día de su vida se dedicó a obtener la palabra por medio del estudio de las Escrituras. Estando en la cárcel de Carthage leyó e hizo comentarios de pasajes del Libro de Mormón. Indudablemente, las Escrituras formaban parte de su ser y se volvió a ellas en momentos en que más necesitaba consuelo y fortaleza.

Pensemos en la fortaleza espiritual que lograríamos y en cuanto más eficaces seríamos como maestros, misioneros y amigos si estudiáramos las Escrituras a diario. Estoy seguro de que, al igual que Hyrum Smith, podremos enfrentar las pruebas más grandes que se nos presenten si escudriñamos la palabra de Dios como él lo hizo.

El segundo gran ejemplo de la vida de Hyrum Smith que podríamos emular ocurrió muy a principios de la Restauración. De acuerdo con Lucy Mack Smith, la madre, cuando el joven José contó por primera vez al resto de su familia la experiencia en la Arboleda Sagrada, Hyrum y los demás recibieron el mensaje «con júbilo»; la familia se sentó formando un «círculo… prestando la mayor atención a un muchachito… que jamás en su vida había leído toda la Biblia» (Smith, History of Joseph Smith, pág. 82).

En contraste con la reacción de Laman y Lemuel ante el llamamiento divino de su hermano menor Nefi, y con los celos de los hermanos de José que fue vendido a Egipto, no había celos ni animosidad en Hyrum Smith. Por el contrario, nació una gran fe en su corazón como resultado de la simple y gozosa respuesta que sintió con respecto a la veracidad del mensaje de su hermano. El Señor le hizo saber en lo íntima de su ser que era verdad y siguió fielmente al Profeta por el resto de su vida.

«…yo, el Señor, lo amo [a Hyrum Smith]», reveló el Salvador en Doctrina y Convenios, «a causa de la integridad de su corazón, y porque el ama lo que es justo ante mi…» (DyC.124:15).

El fiel Hyrum tenía un corazón creyente; para creer, no necesitaba ver todo lo que José Smith veía sino que le era suficiente oír la verdad de los labios del Profeta y sentir la impresión espiritual de que era verdad. La fe para creer fue  su fuente de fortaleza espiritual y ha sido la fuente de fortaleza espiritual de los miembros fieles de la Iglesia de antaño y de hoy. No necesitamos miembros que cuestionen todo detalle, sino los que hayan sentido con el corazón, que vivan cerca del Espíritu y que sigan Sus impresiones con júbilo; necesitamos corazones y mentes inquisitivas que reciban con alegría las verdades del evangelio sin argumentos ni quejas y sin demandar manifestaciones milagrosas. ¡Cuán bendecidos somos cuando los miembros responden con gozo ante los consejos del obispo, del presidente de la estaca, de los líderes de los quórumes y las organizaciones auxiliares, algunos de los cuales pueden ser menores que ellos o tener menos experiencia! ¡Que bendición tan grande recibimos cuando seguimos «lo que es justo» contentos y sin protestas!

El tercer ejemplo proviene de la forma desinteresada en que Hyrum Smith sirvió a sus semejantes. El comentario de su madre al respecto fue que «era sumamente tierno y amable» (Smith, History of Joseph Smith, pág. 55). Cuando el pequeño José sufría fuertes dolores en una pierna, su hermano Hyrum reemplazó a la madre y se sentó junto a el para cuidarlo durante casi todas las veinticuatro horas del día y por un período de más de una semana.

Él era siempre el primero en demostrar amistad a un forastero, el primero en intentar pacificar en una disputa, el primero en perdonar a un enemigo; se sabía que el profeta José Smith había dicho que «si Hyrum no podía hacer las paces entre dos que se habían peleado, ni siquiera los ángeles tendrían la esperanza de lograrlo» (J. P. Widtsoe, «Hyrum Smith, Patriarch», The Utah Genealogical and Historical Magazine, abril de 191 1, pág. 56).

¿Existen exigencias similares en la Iglesia y en nuestras familias hoy día? ¿Somos sensibles a los intereses de aquellos que necesiten atención especial? ¿Percibimos los problemas de familias que luchen espiritual o emocionalmente, a quienes les hagan falta nuestro amor, aliento y apoyo? El ejemplo de servicio desinteresado de Hyrum Smith sería una fuerte influencia en el mundo de hoy día si muchos de nos otros decidiéramos seguirlo.

Otro gran ejemplo nos llega desde el obscuro calabozo de la cárcel de Liberty. Allí Hyrum y José Smith y otros hermanos sufrieron el frío, el hambre, el tratamiento inhumano y la separación de sus amigos. En esa cárcel, que fue una experiencia de aprendizaje, el Patriarca aprendió una lección de paciencia ante la adversidad y la aflicción. En medio de esta severa prueba, su preocupación primordial no era por sí mismo ni por sus compañeros, sino por su familia. En una carta a su esposa, escribió que «lo más duro de mi dificultad» era preguntarse  como estarían ella y la familia. «Cuando pienso en tus aflicciones, mi corazón se atormenta de dolor… Pero, ¿qué puedo hacer?… que se haga Tu voluntad, oh Señor» (carta de Hyrum Smith a su esposa, Mary Fielding, fechada el 16 de marzo de 1839).

Al viajar por toda la Iglesia, veo a miembros que han sido probados con aflicciones personales. Veo esposos, esposas y padres que viven en circunstancias difíciles de sobrellevar y que no pueden cambiar con respecto a SU cónyuge o sus hijos. Todos nosotros nos enfrentamos a veces con situaciones desagradables, con adversidades y aflicciones que no podemos cambiar. Muchas circunstancias se pueden encarar sólo con tiempo, lágrimas, oración y fe. Nosotros, como Hyrum Smith, sólo lograremos la paz cuando nos digamos: «Pero, ¿qué puedo hacer?… Hágase Tu voluntad, oh Señor».

Indudablemente, José Smith estaba inspirado cuando escribió sobre su hermano mayor, Hyrum: «Tu nombre será escrito… para que aquellos que vendrían después de ti lo consideren con veneración y puedan moldear su carácter según tus obras» (History of the Church, 5:108).

Ruego que podamos guardar la promesa que se le hizo a Hyrum Smith en la sección 124 de Doctrina y Convenios de que «su nombre se guarde en memoria honorable, de generación en generación para siempre jamás» (D. y C. 124:96). Su nombre seguramente será reverenciado si seguimos su ejemplo y moldeamos nuestro «carácter según [sus] obras». Ruego que el recuerdo de Hyrum Smith y el de todos nuestros fieles antepasados nunca se aleje de nuestra memoria, y lo hago humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Haced esto en memoria de mi

Conferencia General Octubre 1995

«Haced esto en memoria de mí»

Jeffrey R. HollandÉlder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

«Si recordar es lo más importante que debemos hacer, ¿en qué debemos pensar cuando se nos ofrecen esos sencillos y preciosos emblemas?»

Las horas que estaban por transcurrir cambiarían el significado de la historia de la humanidad; serían el momento más grandioso de la eternidad, el milagro más extraordinario de todos; serían la contribución suprema a un plan concebido desde antes de la fundación del mundo para la felicidad de todo hombre, mujer y niño que viviera en él. La hora del sacrificio expiatorio había llegado. El propio Hijo de Dios, Su Unigénito en la carne, pronto se convertiría en el Salvador del mundo.

El lugar era Jerusalén durante la época de la Pascua, una celebración llena de simbolismo por lo que habría de suceder. Mucho tiempo atrás, se había «pas[ado] por encima» de las casas de los afligidos y esclavizados israelitas, se les había perdonado la vida y finalmente liberado por medio de la sangre de un cordero, untada sobre el dintel y los postes de las casas egipcias (véase Éxodo 12:21-24). Eso, a su vez, había sido sólo una reiteración simbólica de lo que se les había enseñado a Adán y a todos los profetas que le sucedieron desde el comienzo del mundo: que los corderos puros y sin mancha de las primicias de los rebaños israelitas eran una semejanza, señal y representación del grandioso y supremo sacrificio del Cristo que habría de venir (Moisés 5:5-8).

En aquel día, después de todos esos años y de todas esas profecías y ofrendas simbólicas, el símbolo estaba por convertirse en realidad. La noche en la que el ministerio de Jesús estaba por llegar a su fin, la declaración que había hecho Juan el Bautista al comienzo de ese ministerio cobro mayor significado que nunca: «…He aquí el Cordero de Dios» (Juan 1:29).

Al estar por terminarse aquella ultima cena preparada en forma especial, Jesús tomo el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a Sus Apóstoles, diciendo: «Tomad, comed» (Mateo 26:26). «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mi» (Lucas 22:19). De igual manera, tomo la copa de vino, que tradicionalmente se diluía con agua, y, habiendo dado gracias, la paso para que bebieran de ella los que se encontraban presentes, diciendo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre», «que… es derramada para remisión de los pecados». «Haced esto en memoria de mi». «Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y beberéis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que el venga» (Lucas 22:20; Mateo 26:28; Lucas 22: 19; 1 Corintios 11:26).

Desde aquel acontecimiento que tuvo lugar en el aposento alto, en la víspera de Getsemaní y del Gólgota, los hijos de la promesa han estado bajo convenio de recordar el sacrificio de Cristo en esta forma nueva, más perfecta, más santa y personal.

Con el trozo de pan, siempre partido, bendecido y ofrecido primero, recordamos Su cuerpo herido y Su corazón quebrantado, Su sufrimiento físico sobre la cruz cuando clamo: «Tengo sed» y finalmente: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»  (Juan 19:28; Mateo 27:46).

El sufrimiento físico del Salvador garantiza que, por medio de Su misericordia y gracia (2 Nefi 2:8), todo miembro de la familia humana quedara libre de los lazos de la muerte y será resucitado triunfalmente de la tumba. Claro está que el momento de la resurrección y el grado de exaltación que obtengamos se basan en nuestra fidelidad.

Con un vasito de agua recordamos el derramamiento de la sangre de Cristo y la profundidad de Su sufrimiento espiritual, la angustia que comenzó en el huerto de Getsemaní, en donde dijo: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte» (Mateo 26:38).

«Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lucas 22:44).

El sufrimiento espiritual del Salvador y el derramamiento de Su sangre inocente, que El ofreció en forma tan amorosa y voluntaria, pagues la deuda de lo que las Escrituras llaman la «transgresión original» de Adán (Moisés 6:54). Además, Cristo sufrió por los pecados, los sufrimientos y los dolores de todo el resto de la humanidad, proporcionando también la remisión de todos nuestros pecados, a condición de que obedezcamos los principios y las ordenanzas del evangelio que El enseñó (2 Nefi 9:21-23). Como el apóstol Pablo escribió, fuimos «comprados por precio» (1 Corintios 6:20). ¡Qué precio tan caro y cuan misericordiosa compra!

Es por esa razón que toda ordenanza del evangelio se concentra, de una forma u otra, en la expiación del Señor Jesucristo; y no hay duda de que esa es la razón por la que recibimos esa ordenanza particular, con todos sus simbolismos, más regularmente y con más frecuencia que ninguna otra en la vida. Se presenta en lo que se conoce como «la más sagrada, la más santa de todas las reuniones de la Iglesia» (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, comp. por Bruce R. McConkie, 3 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1954-1956, 2:320).

Quizás no siempre le demos esa clase de significado a la reunión sacramental de todas las semanas. ¿Cuán «sagrada» y «santa» es? ¿La consideramos como nuestra Pascua, la forma de recordar nuestra protección, salvación y redención?

Por ser tan trascendental, esta ordenanza, que conmemora nuestra liberación del ángel de las tinieblas, debe tomarse con más seriedad de la que por lo general se le da. Debe ser un momento importante, reverente, de reflexión; que promueva sentimientos e impresiones espirituales. Por tanto, no debe realizarse de prisa; no es algo que se tenga que hacer «a la carrera» para de ese modo empezar con el verdadero propósito de la reunión sacramental, sino que esta ordenanza es el verdadero propósito de la reunión; y todo lo que se diga, se cante y se ore en esos servicios debe estar en armonía con la grandiosidad de tan sagrada ordenanza.

La administración y el reparto de la Santa Cena van precedidos de un himno, que todos debemos cantar, sea cual sea el talento que tengamos para hacerlo. De todos modos, los himnos sacramentales son como oraciones, ¡y todos podemos expresarnos en una oración!

Jamás podremos comprender
las penas que sufrió,
mas para darnos salvación
El en la cruz murió.
(Himnos, No. 119).

Un elemento importante de nuestra adoración es el unirnos en esas líricas y conmovedoras expresiones de gratitud.

En esa perspectiva sagrada, les pedimos a ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, que preparen, bendigan y repartan los emblemas del sacrificio del Salvador de una manera digna y reverente. ¡Que privilegio extraordinario y confianza tan sagrada se les ha otorgado a tan temprana edad! No puedo pensar en mayor elogio que el cielo les pudiera conceder. En verdad les amamos; traten de vivir lo mejor posible y de vestirse con lo mejor que tengan cuando participen en el sacramento de la Santa Cena del Señor.

Permítanme sugerir que, siempre que sea posible, tanto los diáconos, como los maestros y presbíteros que administran la Santa Cena lleven camisa blanca. Para las sagradas ordenanzas de la Iglesia, con frecuencia utilizamos ropa ceremonial; por tanto, una camisa blanca se podría considerar un tierno recordatorio de la ropa blanca que utilizaron en la pila bautismal y un precedente de la camisa blanca que pronto se pondrán en el templo y en la misión.

No deseamos que esta simple sugerencia tenga un tono farisaico ni formalista; no queremos diáconos ni presbíteros uniformados que se preocupen excesivamente por ninguna otra cosa excepto su propia pureza. Sin embargo, la forma en que la gente joven se vista puede enseñarnos un principio santo a todos y ciertamente dar a los demás una impresión de santidad. Como el presidente David O. McKay dijo una vez: «Una camisa blanca contribuye al carácter sagrado de la Santa Cena» (véase «Conference Report», octubre de 1956, pág. 89).

En el lenguaje sencillo y hermoso de las oraciones sacramentales que esos jóvenes presbíteros ofrecen, la palabra principal que escuchamos parecería ser: recordarle. En la primera y un poco más larga oración que se ofrece para bendecir el pan, se menciona nuestra disposición de tomar sobre nosotros el nombre del Hijo de Dios y de guardar los mandamientos que Él nos ha dado.

Ninguna de esas frases se menciona en la bendición del agua, aun cuando se da por sentado y se espera que las cumplamos. Lo que se recalca en ambas oraciones es que todo se hace en memoria de Cristo.

Cuando tomamos la Santa Cena, testificamos que siempre le recordaremos para que siempre podamos tener Su Espíritu con nosotros (véase D. y C. 20:77, 79).

Si recordar es lo más importante que debemos hacer, ¿en que debemos pensar cuando se nos ofrecen esos sencillos y preciosos emblemas?

Podríamos recordar la vida preterrenal del Salvador y todo lo que sabemos que hizo como el gran Jehová, el Creador de los cielos y de la tierra y de todas las cosas que hay en ella; podríamos recordar que aun en el gran concilio de los cielos Él nos amaba y fue maravillosamente fuerte, que aun allí triunfamos mediante el poder de Cristo y nuestra fe en la sangre del Cordero (Apocalipsis 12:10-11).

Podríamos recordar la sencilla grandeza de su nacimiento terrenal a una joven mujer, que posiblemente tuviera la edad de las jovencitas de nuestra organización de las Mujeres Jóvenes, que habló por cada una de las mujeres fieles de todas las dispensaciones de los tiempos, cuando dijo: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).

Podríamos recordar Su magnífico pero virtualmente desconocido padre «adoptivo», un humilde carpintero que nos enseñó, entre otras cosas, que han sido personas tranquilas, sencillas y sin pretensiones, las que han sacado adelante esta magnífica obra desde el comienzo y continúan haciéndolo en la actualidad. Si prestan servicio en forma casi anónima, recuerden que de esa forma también lo hizo uno de los mejores hombres que ha vivido sobre la faz de la tierra.

Podríamos recordar los milagros y las enseñanzas de Cristo, la forma en que El sanó y prestó ayuda a Sus semejantes; podríamos recordar que devolvió la vista al ciego, el oído al sordo y el movimiento al lisiado, al mutilado y al atrofiado. Entonces, en esos días en que sintamos que nuestro progreso se ha detenido o nuestra alegría y la visión del futuro se ha empañado, podremos seguir adelante con firmeza en Cristo, con una fe inquebrantable en El y un fulgor perfecto de esperanza (2 Nefi 31:19-20).

Podríamos recordar que aun a pesar de la misión solemne que se le había encomendado, el Salvador encontraba deleite en la vida, disfrutaba de la gente y les dijo a Sus discípulos que tuvieran ánimo. Él dijo que debíamos sentirnos tan llenos de regocijo con el evangelio como alguien que haya encontrado una verdadera perla de gran precio a las puertas de su casa. Podríamos recordar que Jesús encontró gozo y felicidad especiales en los niños, y recalcó que todos deberíamos ser como ellos: inocentes y puros, prestos para reír, amar y perdonar, y lentos para recordar cualquier ofensa.

Podríamos recordar que Cristo llamo amigos a Sus discípulos y que los amigos son los que nos dan su apoyo en los momentos de soledad o a las puertas de la desesperación; podríamos recordar a un amigo con el cual necesitemos ponernos en contacto o, mejor aún, a alguien a quien debamos ofrecer nuestra amistad. Al hacerlo, podríamos recordar que Dios muchas veces nos proporciona Sus bendiciones por medio del servicio oportuno y caritativo de otra persona. Para alguien que se encuentre cerca de nosotros, es posible que seamos el medio por el cual el cielo da contestación a una apremiante oración.

Podríamos, y deberíamos, recordar las cosas maravillosas que hemos recibido en nuestra vida y que «todas las cosas que son buenas vienen de Cristo» (Moroni 7:24). Los que recibimos abundantes bendiciones podríamos recordar el valor de aquellos que nos rodean y que enfrentan más dificultades que nosotros pero que permanecen animados, que hacen todo lo que está a su alcance y confían en que la Estrella Resplandeciente de la Mañana aparecerá nuevamente para ellos, como por cierto lo hará (Apocalipsis 22:16).

Habrá ocasiones en que tendremos razón para recordar el trato cruel que se le dio, el rechazo que sufrió y la injusticia-la terrible injusticia-que padeció. Cuando nosotros enfrentemos algo semejante en la vida, podremos recordar que Cristo también estuvo atribulado por doquier, mas no angustiado; confuso, mas no desesperado; perseguido, mas no desamparado; derribado, pero no destruido (2 Corintios 4:8-9).

Cuando nos lleguen esas épocas difíciles, podemos recordar que Jesús tuvo que descender debajo de todo antes de ascender a lo alto, y que sufrió dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases para estar lleno de misericordia y saber cómo socorrer a Su pueblo en sus enfermedades (véase D. y C. 88:6; Alma 7:1 1-12).

El está allí para sostener y fortalecer a los que vacilen o tropiecen. Al final, está allí para salvarnos, y por todo ello El dio su vida. Por más obscuros que parezcan nuestros días, para el Salvador del mundo han sido aún mucho más tenebrosos.

De hecho, en Su cuerpo resucitado y en toda otra forma perfecto, el Señor de esta mesa sacramental ha optado por mantener las heridas en las manos, los pies y el costado para beneficio de Sus discípulos, como señales, por así decirlo, de que aun los que son perfectos y puros pasan por trances dolorosos; señales de que el dolor en este mundo no es una evidencia de que Dios no nos ama. Es el Cristo herido el que es el capitán de nuestra alma, el que todavía lleva consigo las cicatrices de Su sacrificio, las lesiones del amor, la humildad y el perdón.

Son esas heridas las que El invita a ver y palpar, a viejos y jóvenes, antes y ahora (3 Nefi 11:15; 18:25). Entonces recordamos con Isaías que fue por cada uno de nosotros que nuestro Maestro fue «despreciado y desechado… varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isaías 53:3). En todo eso podríamos pensar cuando un joven presbítero arrodillado nos invita a recordar a Cristo siempre.

Esta ordenanza no se realiza más con una cena, pero continúa siendo un banquete. Por medio de ella podemos adquirir la fortaleza que precisaremos para hacer frente a lo que se nos presente en la vida, y al hacerlo, demostraremos más compasión hacia los demás a lo largo del camino.

En esa noche de profunda angustia y sufrimiento, Cristo les pidió a Sus discípulos una sola cosa: que le apoyaran y se mantuvieran junto a Él en esa hora de pesar y dolor. «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?», preguntó entristecido (Mateo 26:40). Yo creo que esa misma pregunta nos la hace a todos nosotros cada domingo en que se parten, bendicen y reparten los emblemas de Su vida.

Jesús, en la corte celestial,
mostró Su gran amor
al ofrecerse a venir
y ser el Salvador.
(Himnos, No. 116).

«Cuan asombroso es lo que dio por mí» (Himnos, No. 118). Testifico de Él, quien es el Autor de todo, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amen.

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Formemos una red viviente

Conferencia General Octubre 1995logo 4
Formemos una red viviente
Chieko N. Okazaki
de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Chieko N. Okazaki«Todas somos literalmente hermanas espirituales. Toda Sociedad de Socorro debe ser un lugar donde se junten hermanos que se aprecien entre sí.»

Mis queridas hermanas, iAloha! Al expresar nuestras ideas esta noche en cuanto a lo que podemos hacer para fortificar a toda familia, quiero hablar de la forma en que la Sociedad de Socorro ofrece ayuda entrelazándonos en una fuerte hermandad para lograr esa meta.

Esta es una red, una red de pescador que mi padre, Kanenori Nishimura, hizo en Hawai hace muchos años. La he tenido en mi posesión desde que el murió, hace treinta años, y yo la aprecio ya que me recuerda de él. Para mí, ese momento en que se lanza la red es de belleza suprema. Me encantaba ver a mi padre de pie sobre una roca de la playa, con la red en las manos; luego, con un movimiento fuerte y elegante y con la agilidad de un bailarín, lanzaba hacia arriba y a la distancia la red, que se abría en vuelo como un abanico o un paraguas, para luego caer sobre los peces que saltaban sobre las olas como flechas plateadas. Las pesas que había en el borde de la red hacían que esta se hundiera lentamente hasta el fondo, aprisionando a los peces.

Luego, mi padre se metía en el agua y recogía la red del fondo, juntando los extremos en sus manos, hasta poder levantarla como si fuera una bolsa. Después, subía a la playa, sosteniendo en las manos la red mojada llena de peces que se retorcían, la extendía y rápidamente escogía uno para nuestra cena y para el día siguiente, y muchas veces uno o dos peces para nuestros vecinos; el resto los devolvía al mar.

Quiero comparar nuestra hermandad en la Sociedad de Socorro con esta red. Nuestro Profeta es quien lanza la red, dirigiendo la Sociedad de Socorro en su misión; y hay tres formas en que la Sociedad de Socorro funciona como una red: primero, toda persona es importante, tal como cada una de las cuerdas que forman la red es importante. Segundo, la red necesita buen cuidado. Y tercero, el propósito de la red es pescar en abundancia.

Mi padre elegía los peces que quería y devolvía el resto, pero el evangelio nos enseña que toda persona es un hijo apreciado y de gran valor para sus Padres Celestiales. Todas somos literalmente hermanas espirituales. Toda Sociedad de Socorro debe ser un lugar donde se junten hermanas que se aprecien entre sí, sin elegir a algunas y apartar a las otras. Todas merecemos que se nos aprecie. Seguir leyendo

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Entre los brazos del amor del salvador

Conferencia General Octubre 1995

Entre los brazos del amor del Salvador

W. Craig ZwickÉlder W. Craig Zwick
de los Setenta

«Nuestra vida es bendecida al aprender lecciones de amigos de confianza cuyas deficiencias físicas y humildad invitan al Espíritu. Ellos nos enseñan una nueva dimensión de la fe, el valor, la paciencia, el amor y la dignidad individual.»

Mi corazón tiembla con profunda humildad al ocupar este lugar sagrado por primera vez. Se con toda seguridad que la voz y los pensamientos del presidente Hinckley representan los deseos del Salvador para cada uno de nosotros.

Era una hermosa mañana de verano, nuestra familia asistió a las Olimpiadas Especiales para ver participar a nuestro hijo Scott. Las Olimpiadas Especiales se realizan todos los años para dar a las personas con deficiencias físicas la oportunidad de disfrutar de una competición amistosa. Observamos que mientras los corredores tomaban sus puestos para la carrera de 50 yardas, había amigos especiales que los animaban y que se conocen afectuosamente como «abrazadores». Segundos antes de comenzar la carrera, esos «abrazadores» ocupaban un lugar junto a la meta. No tenía importancia quien cruzase la línea primero; lo que importaba era que cada participante terminara la carrera y recibiese un abrazo de felicitaciones. Tanto los bravos corredores como los cariñosos «abrazadores» enseñaban fundamentales principios de la verdad.

El Señor habló claramente cuando dijo: «Se fiel y diligente en guardar los mandamientos de Dios, y te estrecharé entre los brazos de mi amor» (D. y C. 6:20).

Todos queremos sentir el consuelo del abrazo del Señor.

Durante Su ministerio, el Salvador contempló con gran compasión más allá de las imperfecciones físicas y mentales de las personas, y vio el corazón. El ser discípulo implica la sagrada responsabilidad de seguir Su ejemplo, de preocuparnos por los que tienen deficiencias y amarlos. Los discípulos valientes procuran encontrar maneras significativas de extender su alma en el servicio y el amor hacia los demás.

Este consejo del élder Richard G. Scott es preciso:

«…te convertirás en un instrumento por medio del cual el Señor pueda bendecir a otra persona. El Espíritu te hará sentir el interés que el Salvador tiene en ti, y luego la calidez y la fortaleza de Su amor» («Para ser sanado», Liahona, julio de 1994, pág. 9).

Nuestra tarea, facilitada por la oración, es reconocer aun las más pequeñas limitaciones de cada persona que pueda estar sufriendo dolor o desaliento; puede que sea una deficiencia minúscula para aprender, una dislexia o un pequeño impedimento auditivo; pero sin nuestra ayuda, quizás ellos sean incapaces de participar de la bondad del Señor o de disfrutar de la plenitud de la vida.

Toda persona desea sentirse segura en este mundo, que a veces es cruel y competitivo. Todos somos de gran valor, porque somos hijos espirituales de Dios.

María, una jovencita con ciertas deficiencias mentales, que no era miembro de la Iglesia, tenía limitaciones, pero deseaba mucho participar en las actividades de otras jóvenes. Percibiendo sus necesidades, varias Mujeres Jóvenes la invitaron a participar en el «teatro ambulante» del barrio. Se invitó también a la familia a asistir a su actuación. El padre de María quiso saber más sobre esa religión cuyos miembros se interesaron tanto en su hija que la hicieron participar de sus actividades. Toda la familia abrazó el evangelio y fue bautizada.

Agradezco a todos los atentos amigos, maestros, obispos y a aquellos que se aseguran de que nadie se sienta solo ni fuera de lugar. Siempre existe la necesidad de saber que se forma parte importante de algo. Todos nos mejoramos y elevamos en ese proceso.

La hermana Navarro vive en una pequeña villa del sur de Chile. Tiene el cuerpo afectado por la artritis y sufre considerable dolor al caminar con la ayuda de un bastón. Pero todos los domingo, durante diecinueve años, ha tomado la mano de su hija que tiene un impedimento mental, y ha caminado arrastrando los pies la distancia de más de tres kilómetros que tiene que recorrer para ir a la Iglesia. Su llamamiento de directora de música en la Sociedad de Socorro significa todo para la querida hermana Navarro. Su deseo de elevar a los demás es como un imán para que, a su vez, le sirvan de ayuda a su hija minusválida.

El Salvador, en Su infinita bondad, permite que todos tengan gozo. «…todo hombre tiene tanto privilegio como cualquier otro, y nadie es excluido» (2 Nefi 26:28). Toda persona tiene dones especiales y todos necesitan contribuir.

Jamie Wheeler es un joven excepcional de dieciséis años. Nació con Síndrome de Down. Tiene un llama miento en cl barrio y ayuda al obispo en tareas importantes; además, participa activamente en el programa Scout. Verdaderamente contribuye y recibe amor y aprecio genuinos.

El profeta José Smith enseño lo siguiente: «Todas las mentes y espíritus que Dios ha enviado al mundo están capacitados para progresar» (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 438439).

Nuestra vida es bendecida al aprender lecciones de amigos de confianza cuyas deficiencias físicas y humildad invitan al Espíritu. Ellos nos enseñan una nueva dimensión de la fe, el valor, la paciencia, el amor y la dignidad individual.

Cuatro hombres jóvenes con severas incapacidades trabajan en el Templo de Sao Paulo. Cada uno tiene una dificultad diferente, pero todos son una bendición para miles de personas al contribuir al dulce espíritu que se siente dentro de ese hermoso templo. «Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios» (D.y C. 18:10).

Mi alma se emociona con profundo amor y aprecio por nuestro hijo mayor, Scott, mentalmente deficiente desde su nacimiento. Su valor y amor han permitido que muchos amigos y todos los miembros de nuestra familia sintamos por medio del Espíritu «el interés que el Salvador tiene… y luego la calidez y la fortaleza de Su amor» (Richard G. Scott, Liahona, julio de 1994, pág. 9).

Agradezco mi compañera eterna, Jan, cuya fe y tierno amor por cada uno de nuestros hijos ha hecho de nuestro hogar un lugar de paz. Ella realmente procura hallar maneras de hacer que cada hijo de Dios se sienta consolado.

Mediten en lo íntimo de su ser los sentimientos del Salvador al expresar El Su amor por cada hijo de Dios:

«…vio que estaban llorando, y lo miraban fijamente, como si le quisieran pedir que permaneciese un poco más con ellos.
«Y les dijo; He aquí, mis entrañas rebosan de compasión por vosotros.
«¿Tenéis… quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros…
«…veo que vuestra fe es suficiente para que yo os sane» (3 Nefi 17:5-7).

Ruego que nuestra fe sea suficiente para que cada uno de nosotros pueda sentirse envuelto en los brazos del amor del Salvador. Sé que Él vive y que nos conoce íntimamente. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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