El sacrificio al prestar servicio

Conferencia General Octubre 1995

El sacrificio al prestar servicio

Harold G. HillamÉlder Harold G. Hillam
de la Presidencia de los Setenta

«Que todo joven capacitado y todo matrimonio que esté en condiciones se una a aquellos que han pagado el precio necesario para cumplir una misión regular.»

Al contemplarles esta tarde, veo a muchos jóvenes sentados junto a sus valientes padres y sus leales líderes del sacerdocio. Estos padres y líderes están dispuestos a pagar el precio, aun con sacrificio, del éxito de ustedes, los jóvenes.

En relación con el espíritu de sacrificio, recuerdo una conversación que mantuve hace unos años con el presidente de la estaca a que asistía, en Idaho; estábamos deliberando sobre el próximo campamento Scout del Sacerdocio Aarónico, y le explique que sería necesario que cada persona llevara su propia bolsa de dormir, a lo cual el comentó: «Nunca he dormido en una bolsa de dormir». Yo le dije: «Presidente, no puede estar hablando en serio. Ha vivido todos estos años en este hermoso Idaho, ¿y nunca durmió en una bolsa de dormir?» «¡no, nunca; nunca he podido dormir!», contestó, «pero si me metí muchas veces en mi bolsa durante toda una noche». Y luego agregó: «Y estoy dispuesto a meterme muchas veces más si eso va a ayudar a salvar muchachos».

El sacrificio del que me gustaría hablar es el que acompaña al servicio misional. Desde el comienzo de los tiempos nuestro Padre Celestial ha llamado a siervos dignos para que vayan por el mundo a proclamar el evangelio y testificar del Mesías, Jesucristo. Muchos de los que han cumplido con sus llamamientos lo han hecho con grandes sacrificios.

Quisiera hablarles de cuatro misioneros que cumplieron sus misiones hace mucho tiempo; eran Ammón, Aarón, Omner e Himni, los hijos del rey Mosíah. Su conversión había sido tan ferviente, que deseaban que toda persona escuchara el mensaje del evangelio. Leemos esto en el Libro de Mormón:

«Pues estaban deseosos de que la salvación fuese declarada a toda criatura, porque no podían soportar que alma humana alguna pereciera; si, aun el solo pensamiento de que alma alguna tuviera que padecer un tormento sin fin los hacia estremecer y temblar» (Mosíah 28:3).

Suplicaron a su padre durante muchos días que les permitiera efectuar la obra misional entre los lamanitas; pero Mosíah temía por la seguridad de sus hijos en la tierra de sus enemigos.

«Y el rey Mosíah fue y preguntó al Señor si debía dejar ir a sus hijos entre los lamanitas para predicar la palabra».

La primera parte de la respuesta del Señor quizás no haya sido exactamente lo que Mosíah deseaba oír:

«Y el Señor dijo a Mosíah: Déjalos ir». Pero luego siguieron tres promesas maravillosas; una fue: «…porque muchos creerán en sus palabras»; otra: «…yo libraré a tus hijos de las manos de los lamanitas»; y esta otra «…y tendrán vida eterna» (Mosíah 28:6-7).

Él no les prometió grandes riquezas, sino el mayor de todos los dones de Dios, ¡la vida eterna! ¿Pueden imaginar una promesa más maravillosa para misioneros fieles?

Los cuatro hijos misioneros de Mosíah no escogieron un camino fácil. Su decisión no era conveniente ni popular: Renunciaron al reino, «…Mosíah no tenía a quien conferir el reino» (Mosíah 28.10), pues todos salieron en la misión; servir en una misión no era particularmente aceptable y fueron ridiculizados por otros miembros de la Iglesia. Ammón recordó la experiencia, diciendo:

«no os acordáis, hermanos míos, que dijimos a nuestros hermanos en la tierra de Zarahemla que subíamos a la tierra de Nefi para predicar a nuestros hermanos los lamanitas, y que se burlaron de nosotros?» (Alma 26:23; cursiva agregada).

Su decisión de cumplir una misión no fue dictada por la conveniencia. Ammón contó las dificultades que enfrentaron:

«…y nos han echado fuera, y hemos sido objeto de burlas, y han escupido sobre nosotros y golpeado nuestras mejillas, y hemos sido… atados con fuertes cuerdas y puestos en la prisión». Sin embargo, continua, «por el poder y sabiduría de Dios hemos salido libres otra vez» (Alma 26:29).

Las suyas no fueron misiones fáciles, pero tuvieron miles de conversos.

Ahora veamos otro grupo de misioneros, más cercano a nuestra época, en los tiempos de la Restauración. Existía entonces considerable persecución de los enemigos, tanto de los de afuera como de los mismos miembros de la Iglesia. En un momento en que parecía que el Profeta los necesitaba cerca, dos de los Apóstoles, Brigham Young y Heber C. Kimball, fueron llamados a cumplir misiones en el exterior. A continuación, el histórico relato del élder Heber C. Kimball sobre las patéticas condiciones de su partida:

«Fui hasta la cama y le estreche las manos a mi esposa, que temblaba con la fiebre palúdica y tenía acostados a su lado a dos de nuestros hijos, también enfermos; los abrace a ella y a los niños y me despedí de ellos. El único niño sano era el pequeño Heber Parley, y con gran dificultad apenas podía cargar un cubo con dos litros de agua del manantial que estaba en la base de una colina para mitigar la sed de los enfermos. Abrumados, subimos a la carreta y nos dirigimos colina abajo. Sentía como si las entrañas mismas se me fueran a derretir al tener que dejar a mi familia en esas condiciones, casi en los brazos de la muerte. Me parecía algo imposible de soportar. Después de recorrer unos cincuenta metros, le indique al conductor que se detuviera. Entonces le dije al hermano Brigham: Esto es muy duro, ¿no es cierto? Levantémonos y despidámonos alegremente. Nos pusimos de pie en el carro, y agitando tres veces los sombreros en el aire, gritamos: ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva Israel! Al oírnos, Vilate [Kimball] se levantó de la cama y salió a la puerta; tenía una sonrisa en los labios y ella y Mary Ann Young nos gritaron: ¡Adiós! ¡Dios les bendiga! Devolvimos el saludo y dijimos al conductor que siguiera. Luego de eso sentí un espíritu de gozo y gratitud por haber visto a mi esposa de pie en lugar de dejarla en la cama, sabiendo como sabía que no habría de verles nuevamente durante dos años o más» (citado por Helen Mar Whitney en «Life Incidents», Woman’s Exponent, 15 de julio de 1880, pág. 25).

Aquella fue una de las cuatro misiones que cumplieron estos dos Apóstoles misioneros.

Ahora, vayamos al presente, a una entrevista que tuve con un apuesto líder de zona en la Misión Brasil Sao Paulo Interlagos. Y le dije: «Cuénteme sobre su familia». Entonces me relató lo siguiente: Había nacido en una familia acomodada. Su padre tenía un puesto de importancia en una corporación multinacional y se mudaron de Brasil a Venezuela. Él era uno de siete hijos, todos miembros de la Iglesia.

Cuando este joven tenía quince años, un ladrón le disparó a su padre y lo mató. En consejo de familia, se tomó la decisión de volver a Brasil e invertir los ahorros en la compra de una pequeña casa. Un año y medio después, la madre informó a sus hijos que le habían diagnosticado cáncer; y aunque emplearon los ahorros para pagar parte de los gastos médicos, los esfuerzos fueron en vano y seis meses después la madre falleció, dejando huérfana a la joven familia.

Cuando nuestro joven misionero, el élder Bugs, tenía dieciséis años, encontró trabajo, primero vendiendo ropa y más tarde material para computadoras. Utilizo el dinero duramente ganado para mantener a sus hermanos menores. «Siempre fuimos bendecidos con lo necesario para comer», me dijo. «Trabajaba durante el día y luego ayudaba a los chicos en sus estudios por la noche. Extraño mucho a mi hermanita menor; yo le enseñé a leer».

El élder Bugs continuó contándome: «Un día el obispo me invitó a una entrevista, en la que me llamó a cumplir una misión. Le dije que antes de contestarle tenía que hablar con mi familia. En nuestro consejo de familia, mis hermanos me hicieron recordar que papa siempre nos había enseñado que debíamos prepararnos para servir al Señor como misioneros regulares. Así que acepte el llamamiento. Cuando recibí la carta del Profeta, retire todos mis ahorros, me compre un traje nuevo, un par de pantalones, camisas blancas y corbatas, y un par de zapatos. Entregue el resto del dinero al obispo (suficiente para sostener a mis hermanos unos cuatro meses). Abrace a mi pequeña familia y salí a la misión».

Mirando a aquel valiente joven, le pregunté: «Pero, élder, estando usted lejos, ¿quién cuida ahora a su familia?» «Oh», me contestó, «mi hermano tiene dieciséis años, la misma edad que yo tenía cuando mama murió. Ahora el está cuidando a la familia».

Hace poco tuve la oportunidad de hablar por teléfono con el élder Bugs, que hace ya seis meses regresó de la misión. Cuando le pregunte cómo estaba, me dijo: «Tengo nuevamente un buen trabajo y estoy cuidando de mi familia; pero extraño mucho la misión. Fue lo más grandioso que he hecho. Ahora estoy ayudando a mi hermano menor a prepararse para su misión».

¿Por qué han sacrificado estos grandes misioneros y muchos otros como ellos sus comodidades, su familia, sus seres queridos y sus afectos para responder al llamado a servir? Porque tienen un testimonio de Jesucristo. Y una vez que lo conocen a Él, no hay cama demasiado dura o pequeña, ni clima demasiado frío o caluroso, ni comida tan diferente o idioma tan extraño que les impida servir a su Maestro. No hay sacrificio demasiado grande para servir a Aquel que lo sacrificó todo con el fin de preparar la vía para que Sus hermanos pudieran volver a reunirse con su Padre Celestial. Y porque ellos han sido fieles, miles de almas han de reverenciar su nombre por toda la eternidad.

Testifico que no hay llamamiento de mayor majestad que el estar totalmente al servicio de nuestro Redentor, y ayudarle a llevar a los hijos de nuestro Padre Celestial al conocimiento de Aquel que ha hecho posible la vida eterna. Ruego que todo joven capacitado y todo matrimonio que esté en condiciones se una a aquellos que han pagado el precio necesario para cumplir una misión regular. Y esto lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El que honra a Dios, Dios le honra

Conferencia General Octubre 1995logo 4
El que honra a Dios, Dios le honra
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson«El sentimiento más dulce que se puede experimentar en la tierra es el de darse cuenta de que Dios, nuestro Padre Celestial, conoce a cada uno de nosotros y nos permite ver y compartir Su poder divino para salvar.»

No es empresa fácil el estar ante ustedes esta noche. Estoy impresionado por su fe, asombrado de su potencial e inspirado por su devoción al deber en la causa del Maestro.

Un querido amigo y colega en la obra del Señor, el élder Bruce R. McConkie, tenía un himno favorito que le gustaba escuchar. Decía que las palabras de esa canción lo inspiraban a tratar de hacer lo mejor. Estas son dos de las estrofas:

Oh vos que sois llamados a ministrar por Dios,
con santo sacerdocio, llamados por
Su voz a predicar al mundo palabras de solaz,
y alto en las montañas, verdad, amor y paz…
…El os para consuelo y os enseñara;
estará con vosotros, y os protegerá.
(«Oh vos que sois llamados», Himnos,  207).

¡Qué gran promesa proclaman estas bellas palabras! Se aplican a ustedes, jovencitos poseedores del Sacerdocio Aarónico, y a sus padres y a otros hermanos que han recibido el Sacerdocio de Melquisedec.

Parece que fue ayer que era secretario del quórum de diáconos de mi barrio. Nos instruían hombres sabios y pacientes que nos enseñaban de las Santas Escrituras, hombres que nos conocían bien. Ellos dedicaban el tiempo para escuchar y para reír, para edificar e inspirar, para recalcar que nosotros, como el Señor, podíamos aumentar en estatura y sabiduría, y en gracia para con Dios y los hombres (véase Lucas 2:52). Eran ejemplos para nosotros. Su vida era un reflejo de su testimonio. Seguir leyendo

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El poder de la bondad

Conferencia General Octubre 1995

El poder de la bondad

Janette C. HalesHermana Janette Hales Beckham
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

«Dios nos ha dado a todos el poder individual de actuar, de decidir, de servir, de amar y de realizar mucho bien.»

Una madre me dijo una vez: «Me gustaría que encerraran a todos los niños en el templo hasta que cumplieran los veintiún años». Y un padre comento: «Me siento totalmente impotente en mi propio hogar. Nuestra familia no tiene control». ¿Qué fuerza o poder hay que mitigue el anhelo humano de disfrutar de mayor seguridad, orden, control e incluso de paz?

Mi primer recuerdo de haber tenido necesidad de poder es de cuando mi familia se mudó, el año que comencé el tercer grado. Allí empecé a entender más sobre los amigos y la familia de otras personas. Al charlar con mis nuevos amigos y chicos de la vecindad, comparábamos posesiones y cantidades: quien tenía los mejores árboles de sombra o un gallinero en el que pudiéramos treparnos. Además de enterarme de que papa era el más fuerte, note que muchos chicos eran mayores que yo.

Por suerte, yo tenía dos hermanas mayores que contaban con muchos amigos. Y una vez dije que, si era necesario, toda la escuela secundaria iría a ayudarme. De este modo sentía que poseía el poder indispensable para mi seguridad y protección.

Poco a poco, el mundo de mis ocho años se fue ensanchando; también se hacía más necesaria la habilidad de enfrentar este mundo civilizado. Comencé a apreciar la seguridad del tamaño, de la cantidad y de los recursos. El empleo de lo que llamamos el «poder político» empieza a temprana edad; lo primero que se aprende es la importancia del tamaño: «¡Si no te sosiegas, llamo a mama!» «¡Ya verás cuando papa vuelva!» Los recursos pueden ser un suplemento al tamaño. Un juguete sirve para golpear; lo que empezó como un muñeco de nieve se transforma en un fuerte.

El mundo estaba en guerra en aquellos días, pero yo estaba en tercer grado y el peligro al que temía era el niño que tenía una pistola de madera con la que tiraba aros de goma de los frascos de conservas; su blanco eran las piernas de las niñas. Mis amigos me decían que si le daba aros de goma, él no me iba a tirar más a mí, pero contribuir a su arsenal me parecía un acto de traición, y dudaba de poder confiar en la palabra de un buscapleitos. Creo que al fin algún maestro le debe de haber quitado la pistola. En mi mundo, yo valoraba a la gente con poder, como los padres y los maestros, especialmente si sus reglas eran justas.

Ese mismo año, la comunidad compartió la alegría de nuestra familia cuando mi madre dio a luz al único varón después de cuatro niñas. Mi papa era el único varón de su familia, y pensó que ya tendría a alguien para que perpetuara su apellido. A los pocos meses, fue obvio que Tommy sufría de una grave anormalidad. Entonces empecé a sentir en mi interior una fuerza claramente diferente de la de mi mundo exterior. Empezó a tomar forma una nueva dimensión de amor, ternura y compasión; observe como mama y papa cambiaban su estilo de vida para cuidar amorosamente de un niño que en cinco años nunca aprendió a sentarse ni a hablar, pero que iluminaba el cuarto con su sonrisa. Todo el pueblo parecía más amable, más cuidadoso, más atento. Mis temores a lo externo disminuyeron; me sentía segura porque mi madre y mi hermano estaban allí; mis padres estaban en casa por la noche. Nuestro hogar estaba lleno de calidez. Había un poder diferente que parecía emanar desde adentro; era más permanente, no como el momentáneo que sentía con mis amigos; era sereno y lleno de paz; era el poder de la bondad, el poder del amor.

En la bondad hay un poder que se aprende a veces en el seno familiar. Y hay un vacío cuando esta falta. Conozco a una familia que dejo lo que llamaban «la buena vida» por el deseo de hacer el bien. Acordaron embarcarse en un noble propósito que los llevo a vivir un año en Filipinas. La madre de esta familia contó lo anonadados que estaban de ver lo difícil que era su nueva vida. Sin la rutina normal ni las comodidades del hogar, según dijo, «éramos los mismos insufribles de siempre». Entonces iniciaron una nueva rutina: ejercicio a las cinco y media de la mañana, estudio de las Escrituras a las seis y media, luego el desayuno y la escuela. Y todas las tardes visitaban orfanatos para jugar con los niños.

Gradualmente, la familia comenzó a notar un cambio: tenían más paciencia, gratitud y respeto.

Empezaron a hablar más unos con otros, pero realmente hablar y realmente escuchar. La madre comento: «Nunca olvidaré la lección que aprendimos el día en que llevaron al orfanato a un bebe de cinco meses al que le habían cortado la lengua y sacado un ojo.» Cuando supieron que la propia madre, una mendiga, era quien lo había dañado, la clase de estudios sociales que habían tenido en el hogar cobro nuevo significado. Empezaron a sentir mayor compasión, mas reverencia por la santidad de la vida. Esas personas pusieron su «confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno» (D. y C. 11:12), y gradualmente comenzaron a experimentar el poder que les permitió cambiar.

Los poderes del cielo están al alcance de todos por medio de la rectitud. Moroni enseña que «toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el don y el poder de Cristo» (Moroni 7:16; cursiva agregada).

A José Smith se le dio una revelación sobre el poder, precisamente cuando el poder político se había vuelto en su contra y se hallaba prisionero en la cárcel de Liberty. Su primer ruego al Señor fue para pedir ayuda para castigar a sus enemigos: «Permite que tu enojo se encienda en contra de nuestros enemigos», suplico. Nuestro Padre Celestial le respondió con una bendición mayor: «Hijo mío, paz a tu alma». Luego le hizo una promesa, si perseveraba y era fiel: «Dios te exaltara; triunfaras sobre todos tus enemigos» (D. y C. 121:5, 7, 8).

Fue en esa misma prisión que Dios enseño al Profeta acerca del poder del sacerdocio, diciendo:

«Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero» (D.y C. 121:41).

El poder del sacerdocio se emplea para ministrar, predicar, enseñar, bautizar, ordenar, sanar, sellar, restaurar, bendecir, profetizar, testificar y hacer el bien.

El poder político, por otra parte, puede ser una fuerza para bien o para mal y es siempre momentáneo. Todos tenemos poder político y cada uno de nosotros lo necesita; debemos emplearlo para el bien. Sin un ejercicio correcto de ese poder, estaría en peligro nuestra libertad; las religiones podrían desaparecer. Por supuesto, necesitamos reglas y leyes, pero debemos recordar que las Escrituras nos dicen que «los poderes del cielo… no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud» (D. y C. 121:36).

Una fiel hermana expreso este testimonio de la manera que el poder de la bondad influyó en ella:

«Hasta que tenía aproximadamente ocho años de edad, no me había dado cuenta de que mi madre tenía serios problemas de salud, diagnosticados más tarde como esclerosis múltiple. Cuando estaba en el primer año de Abejitas, desperté una mañana de mayo y la encontré paralizada del cuello para abajo; previamente había perdido la vista».

Confinada a su lecho, esta valerosa mujer se convirtió en el eje del hogar. Su hija escribe lo siguiente:

«Un día me tocaba limpiar el horno, una tarea que acometí con autoconmiseración y bastantes quejas. Fui al dormitorio de mama para lamentarme un poco y vi que estaba llorando. Me dijo: ‘¿Sabes cuánto daría por levantarme y limpiar ese horno?’ Logre entonces una nueva perspectiva de la naturaleza del trabajo; y hasta el día de hoy, cada vez que limpio el horno pienso en esa experiencia.

«Fue una bendición muy especial el tener a mi madre siempre disponible. Ella escuchaba pacientemente las preocupaciones y preguntas de mi adolescencia. Me hacía sentir la persona más importante e interesante del mundo. Ella estaba siempre EN CASA, atenta, llena de interés, y siempre disponible».

La madre falleció el año en que ella se graduó. Continúa el relato:

«Uno de los momentos más dolorosos de mi joven vida fue el día que volví de la escuela para entrar en una casa vacía y caminar por el largo pasillo hasta su dormitorio. Mi consejera y confidente ya no estaba allí, pero me había dado esos dones eternos e intangibles de amor, interés, sabiduría y aceptación. Y estaré siempre agradecida por su bondad».

Esa valiente mujer, aunque físicamente impedida, tuvo el poder para amar, motivar, inspirar, para perpetuar la rectitud y hacer el bien.

Mi ruego por cada uno de nosotros es que podamos reconocer que Dios nos ha dado a todos el poder individual de actuar, de decidir, de servir, de amar, y de realizar mucho bien. Quizás sea tiempo de tomar las riendas de nuestra vida. Nuestro Profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, ha dicho: «[Sean fieles]… considerados y buenos… No debemos temer; Dios está a la cabeza… El derramara Sus bendiciones sobre aquellos que caminen obedeciendo Sus mandamientos» («Esta es la obra del Maestro», Liahona, julio de 1995, pág. 81). Es mi oración que podamos buscar el poder de la rectitud en nuestro diario vivir al seguir el consejo de nuestro Profeta, y que vivamos según las enseñanzas de nuestro Salvador, Jesucristo, en Su nombre. Amén.

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El libro de Mormón: una antigua historia sagrada

Conferencia General Octubre 1995

El libro de Mormón: una antigua historia sagrada

Teddy E. BrewertonÉlder Ted E. Brewerton
Miembro Emérito del Primer Quórum de los Setenta

«Todo el que tenga dudas o inquietudes en cuanto a la Iglesia puede aferrarse con toda certeza a esta ancla firme.»

Hay muchos que basan su fe en símbolos de buena suerte, como por ejemplo una pata de conejo, pero no hay que olvidar que ese símbolo de nada le sirvió al conejo.

No quiero parecer trivial, pero creo que uno debería preguntarse si seriamente y en verdad basa su fe en lo que corresponde y confía en los méritos de Cristo. ¿Tenemos la certeza de que la salvación solo se logra por intermedio de Él y de que, si tenemos una fe firme en El, tomara sobre Si nuestra carga y nuestros pesares?

Las Escrituras declaran ser «las que dan testimonio de [Dios]» Juan 5:39). La vida eterna consiste en conocer a Dios y a Su Santo Hijo (Juan 17:3). Uno puede conocerlo al escudriñar el Libro de Mormón ya que cada una de sus páginas da testimonio de Él. Los cambios que se hicieron en 1981 en el Libro de Mormón están basados en algo aún más antiguo que la primera edición del libro que salió en 1830: se basaron en el manuscrito original, el que se escribió a mano.

El Libro de Mormón es un antiguo documento sagrado de las Américas que fue escrito a medida que se desarrollaban los acontecimientos, comenzando hace más de dos mil años.

Es la historia de unas familias a las que el Señor condujo a las Américas con un propósito específico. Varios siglos antes del nacimiento del Salvador, tres grupos distintos salieron de la región de Jerusalén y cruzaron los mares para llegar a esta tierra prometida: América.

Anales antiguos escritos por nativos de las Américas corroboran estos orígenes. Por ejemplo, un traductor del libro Titulo de los Señores de Totonicapán, cuyo texto original, basado en leyendas antiguas, fue escrito en 1554 en el lenguaje quiche de Guatemala, declara:

Los quiches «son descendientes de las diez tribus del Reino de Israel, que Salmanazar redujo a perpetuo cautiverio y que, hallándose allá en los confines de Asiria, determinaron la emigración…

«Estas, pues, fueron las tres naciones de Quiches y vinieron de allá E de donde sale el sol, descendientes E de Israel, de un mismo idioma y de unos mismos modales… pues eran hijos de Abraham y de Jacob…

«Ahora, a veinte y ocho de septiembre de 1554, firmamos este testimonio en que hemos escrito lo que por tradición nos dijeron nuestros antepasados, venidos de la otra parte del mar, de Civan-Tulan, confines de Babilonia» (Titulo de los Señores de Totonicapán, trad. por Dionisio José Chonay y Delia Goetz, Norman, Oklahoma: University of Oklahoma Press, 1953, págs. 10, 12, 14, 64).

El élder Mark E. Petersen, que en  vida integraba el Consejo de los Doce Apóstoles, escribió: «Así como los antiguos israelitas r padecieron una dispersión que los esparció entre todas las naciones, también los descendientes de Laman y de Lemuel [hijos de Lehi fueron diseminados por las regiones del hemisferio occidental. Hoy habitan las regiones de un polo al otro.» (The Children of the Promise, Salt Lake City: Bookcraft, 1982, pág. 31; cursiva agregada.)

Muchos grupos migratorios vinieron a las Américas, pero ninguno fue tan importante como los tres a los que el Libro de Mormón se refiere. La sangre de aquella gente corre por las venas de los indios blackfoot y de los blood de Alberta, Canadá; de los navajos y de los apaches del sudoeste norteamericano; de los incas del oeste sudamericano; de los aztecas de México; de los mayas de Guatemala y de otros grupos nativos del hemisferio occidental y de las islas del Pacifico.

Esta gente nativa es escogida y reconoce la verdad del Libro de Mormón, el cual escribieron para ellos sus propios antepasados. El presidente Spencer W. Kimball dijo:

«Los conversos lamanitas son muy devotos; muy pocos apostatan. Algunos se desvían del camino cuando participan de las cosas  mundanales que los rodean; pero, por lo general, los hijos de Lehi del siglo veinte han heredado esa buena voluntad y capacidad para creer que hace mucho tuvieron sus antepasados. En Helamán 6:36 leemos: ‘Y así vemos que el Señor comenzó a derramar su Espíritu sobre los lamanitas, por motivo de su inclinación y disposición a creer en sus palabras»‘ (The Teachings of Spencer \U Kimball, Edward L. Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1982, pág. 178; cursiva agregada).

Toda autoridad eclesiástica de cualquier iglesia y toda persona agnóstica debería regocijarse y alabar a Dios por habernos dado, tanto a ellos como a nosotros, el valioso Libro de Mormón. ¿Por qué? Porque es un segundo testamento sagrado e innegable para el mundo de que Dios vive y de que Jesús es el Cristo, nuestro Redentor.

El primer testamento es la Santa Biblia, que da testimonio del Maestro desde el Medio Oriente. En Juan 10:16, cl Señor dice que otras ovejas habrían de oír Su voz. Después de Su resurrección, El vino a las Américas y dijo:

«Y de cierto os digo que vosotros sois aquellos de quienes dije Tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo yo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor» (3 Nefi 15:21).

Estos dos testamentos no pueden negarse sin poner el alma en peligro.

El importante mensaje y propósito del Libro de Mormón se explica en su misma portada:

«…Para mostrar al resto de la casa de Israel cuan grandes cosas el Señor ha hecho por sus padres; y para que conozcan los convenios del Señor… Y también para convencer al judío y al gentil de que JESÚS es el CRISTO, el ETERNO DIOS, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones» (Portada del Libro de Mormón).

La literatura de la antigua América contiene referencias sobre un Dios blanco y barbado que descendió de los cielos. Se le dieron muchos nombres, y uno de ellos fue Quetzalcóatl.

Unos historiadores del siglo XVI, cuyos libros yo poseo, escribieron acerca de las creencias precolombinas con respecto a un Dios blanco y barbado que vino a las Américas mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles. Los siguientes párrafos contienen ejemplos en cuanto a esas creencias:

Bernardino de Sahagun (1499 1590) escribió: «Quetzalcóatl fue estimado y tenido por Dios y lo adoraban de tiempo antiguo en Tulla; tenía el cabello largo… y era barbudo… Adoraban a un solo Señor que tenían por Dios» (véase Historia General de las cosas de Nueva España, México: Editorial Porrúa, S.A., 1985, págs. 195, 598).

Diego Duran (11537?15823) escribió: «Un gran varón… una persona muy venerable y religiosa… con una venerable presencia… [de] barba… alto de cuerpo; el cabello, largo… con mucha mesura… sus hechos heroicos [y] con apariencia de milagros… Me atrevo afirmar que este varón puede haber sido algún apóstol bendito» (véase Historia de las Indias de Nueva España, 1867, primera edición, 2 tomos, México: Editorial Porrúa, S.A., 1 967, 1:910).

Bartolomé de las Casas (14741566) escribió que Quetzalcóatl, que significa la serpiente emplumada, era un personaje blanco, de barba redonda, alto, y que había venido del mar del este, de donde un día volverá (véase Los Indios de México y Nueva España, Antología, México: Editorial Porrua, S. A., 1982, págs. 54, 218, 223).

Los tamanacos, tribus indígenas de Venezuela, preservan la misma leyenda de un dios barbado: «[Amalivaca] tenía la cara color de las nubes ligeras de la mañana, y blanca era la larga cabellera… Y dijo: ‘Soy Amalivaca y vengo en nombre de InaUiki, mi Padre'» (Arturo Hellmund Tello, Leyendas Indígenas del Bajo Orinoco, traducido por Ted E. Brewerton, Buenos Aires, Argentina; Imprenta López, Perti 666, págs. 19, 22).

El Libro de Mormón contiene un relato verídico de la venida del Señor a la América primitiva. Una vez que aceptemos las raíces antiguas del libro y creamos que José Smith tuvo realmente en su posesión anales sagrados que no podían estar escritos en inglés, es natural preguntarnos cómo los tradujo. La única respuesta razonable es lo que el afirmó: por revelación divina.

¿Que podría ser más peligroso para nosotros, en la perspectiva eterna, que decir que el Libro de Mormón es Escritura sagrada si no lo fuera? Todo el que tenga dudas o inquietudes en cuanto a la Iglesia puede aferrarse con toda certeza a esta ancla firme, porque es una evidencia inmutable y tangible de su veracidad.

Nefi, un Profeta del Libro de Mormón, escribió lo siguiente:

«Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos» (2 Nefi 25:23) .

El élder B. H. Roberts escribió en 1909:

«[El Espíritu Santo] siempre debe ser la fuente principal de evidencia en cuanto a la veracidad del Libro de Mormón. Toda otra evidencia ocupa un lugar secundario, pues esta es la principal e infalible. Sea como sea que se presenten otras evidencias y cualquiera sea la exactitud con que se expliquen, ningún razonamiento, por más hábilmente que se exprese, podrá jamás reemplazar [al Espíritu Santo]…

«Toda evidencia secundaria que apoye la verdad, tal como las causas secundarias de los fenómenos naturales, posiblemente sean de gran valor e importantes factores en lograr los propósitos de Dios» (New Witnesses for Ciod, Salt Lake City, Deseret News, 1909).

El sol se levanta en silencio y a veces quizás pensemos que la voz del Señor es igualmente silenciosa; pero si oramos, meditamos y lo escuchamos, Su voz es audible e instila pensamientos claros en nuestra mente.

Así como es real la salida del sol, también lo es que Dios vive, al igual que Su Hijo Todopoderoso. Tan cierto como que el sol sale a diario, es también que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es de Él.

Gracias a que sale el sol, podemos ver todo lo demás.

Por cuanto Jesucristo vive, vemos mediante Su luz las invariables verdades eternas y una senda iluminada que nos muestra el propósito de nuestra vida preterrenal, la razón de nuestra existencia actual y el efecto que ambas tendrán en nosotros después de aquello que llamamos muerte.

La Biblia es un testamento.

El Libro de Mormón es un testamento.

Y yo soy uno de los testigos de que Él ha resucitado y de que vendrá. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Cuál es la función de la Sociedad de Socorro?

Conferencia General Octubre 1995logo 4
¿Cuál es la función de la Sociedad de Socorro?
Aileen H. Clyde
Segunda Consejera de la Presidencia General de lo Sociedad de Socorro

Aileen H. Clyde«La Sociedad de Socorro fue organizada por un Profeta de Dios, José Smith, y ha sido guiada… por un Profeta, para que seamos verdaderas discípulas de Jesucristo.»

Esta noche, en la presencia de nuestro Profeta y sus consejeros, con gratitud recordamos y testificamos al mundo que la Sociedad de Socorro fue divinamente organizada por un amoroso Padre Celestial por medio del profeta José Smith, y testificamos que aun la guían los profetas de Dios. Siento humildad al estar con ustedes en esta reunión general de la Sociedad de Socorro para escuchar los consejos del presidente Gordon B. Hinckley, nuestro profeta para nuestra época.

Necesitamos su voz que nos guíe ahora, tal como nuestras hermanas necesitaron la intervención de un Profeta en 1842, cuando en Nauvoo presentaron a José Smith la constitución para una sociedad femenina de benevolencia. Fueron a hablar con el Profeta y le pidieron su consejo sobre el deseo que tenían de servir en el reino y organizarse de acuerdo con ese plan. Él les dijo que tenía algo mejor para ellas: una orden y un propósito que precisaba el liderazgo del sacerdocio a fin de que sus buenos deseos dieran aún mejores frutos.

Muchas organizaciones compiten por nuestro tiempo. De hecho, nuestros llamamientos en las varias organizaciones de la Iglesia pueden hacernos pensar que por ahora «no estamos trabajando en la Sociedad de Socorro» o podemos decir: «Cuando estaba en la Sociedad de Socorro». Hermanas, las que somos miembros de la Iglesia siempre formamos parte de la Sociedad de Socorro. No es raro que las mujeres, especialmente las que son nuevas en la Iglesia o en la organización, pregunten: «¿Cuál es la función de la Sociedad de Socorro?», «¿Por qué debo participar?», «¿Cómo me puede ayudar?» Todas podemos sacar provecho de reflexionar sobre estas preguntas y sobre las respuestas que nos han dado nuestros profetas y que nos darán en lo futuro en ocasiones como esta.

Simplemente, participamos en la Sociedad de Socorro porque sabemos que esta es la organización de Dios para nosotras y porque tenemos la firme convicción de que, tal como El prometió por medio de Su Profeta, «nos regocijaremos y desde hoy empezaremos a recibir conocimiento e inteligencia» (History of the Church, 4:607; citado en History of Relief Society, 1842-1966, Salt Lake City: The General Board of Relief Society, 1966, pág. 21). Seguir leyendo

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Conceptos excelentes

Conferencia General Octubre 1995

Conceptos excelentes

Dallin H. OaksÉlder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles

«Todo Santo de los Últimos Días debe estar constantemente interesado en enseñar y recalcar esos grandes y excelentes conceptos que habrán de ayudarnos a encontrar el camino para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.»

El verano último asistí al funeral de una electa dama. Uno de los oradores describió tres de las cualidades que la destacaron: lealtad, obediencia y fe. Al escucharle hablar de la vida de esa dama en relación con estas cualidades, pensé cuan apropiado era que se tratara ese tema en un homenaje funerario. La vida no es algo trivial, y, cuando llega a su fin, no debiera comentarse con incidentes triviales. Los funerales son un momento para hablar de conceptos excelentes -ideas compatibles con la importancia de la vida, ideas que puedan ejercer una influencia positiva en quienes permanecemos aquí.

Mientras disfrutaba del espíritu que reinaba en aquel funeral inspirador, trate de enfocar mis pensamientos en la aplicación de este principio en otras circunstancias. Los padres también deberían enseñar conceptos excelentes a sus hijos; también deben hacerlo los maestros orientadores, las maestras visitantes y los instructores en varias clases. El Salvador nos advirtió que seremos juzgados «de toda palabra ociosa que [hablemos]» (Mateo 12:36). Las revelaciones contemporáneas nos mandan que cesemos «de todas [nuestras] conversaciones livianas, [y] de toda… frivolidad» (D. y C. 88:121) y que desechemos nuestros «pensamientos ociosos y risa excesiva» (D. y C. 88:69). Existen muchos comentaristas de cosas triviales. Todo Santo de los Últimos Días debe estar constantemente interesado en enseñar y recalcar esos grandes y excelentes conceptos que habrán de ayudarnos a encontrar el camino para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Hace unos treinta años, algunos expertos escribieron un libro sobre la educación formal-un compendio de las cosas que toda persona educada debe saber. El título del libro se refiere al Conocimiento de mayor valor (Wayne C. Booth, Chicago y Londres: The University of Chicago Press, 1967), y sugiere que no todo conocimiento es de igual valor. Algunos conocimientos son más importantes que otros. Y este principio corresponde también a lo que llamamos conocimiento espiritual.

Consideremos el excelente concepto que enseña ese himno predilecto titulado «Soy un hijo de Dios» (Himnos, 196), que tan bellamente interpretó el coro al comienzo de esta sesión. He aquí la respuesta a una de las principales preguntas de la vida: «¿Quién soy yo?» Soy un hijo de Dios, dotado del linaje espiritual de padres celestiales. Y tal ascendencia determina nuestro potencial eterno, lo cual es un concepto realmente confortante. Puede alentarnos a escoger con prudencia y cultivar lo mejor que hay en nosotros. Si inculcamos en la mente de los jóvenes el excelente concepto de que son hijos de Dios, les facilitaremos el respeto en sí mismos y la motivación necesaria para confrontar los problemas de la vida.

Cuando entendemos nuestra relación con Dios, entendemos también nuestra relación con los demás. Todos los hombres y todas las mujeres de la tierra son progenie de Dios, hermanos y hermanas espirituales. ¡Cuán poderoso es este concepto! No es de extrañarse entonces que el Hijo Unigénito de Dios nos haya mandado amarnos los unos a los otros. ¡Cuán maravilloso seria que lo hiciéramos! El mundo sería muy diferente si todos tuviéramos entre sí un amor fraternal, y el servicio abnegado al prójimo no conocería fronteras, creencias ni color. Un amor tal no eliminaría las diferencias de opinión o comportamiento, pero nos alentaría a basar nuestra oposición en las acciones más que en los actores.

La eterna verdad de que nuestro Padre Celestial ama a todos Sus hijos es un concepto de inmenso significado. Es un concepto particularmente poderoso cuando los hijos pueden reconocerla mediante el amor y el sacrificio de sus padres terrenales. El amor es la fuerza más poderosa del mundo. Arthur Henry King ha dicho que «el amor no es solamente éxtasis; no es sólo un sentimiento intenso, sino una fuerza dinámica, algo que nos impulsa a través de nuestra existencia de gozosas obligaciones» (The Abundance of the Heart, Salt Lake City: Bookcraft, 1986, pág. 84).

Todos tenemos nuestros propios ejemplos del poder del amor. Hace más de veinticinco años anote en mi diario algunos recuerdos que tengo de mi padre, quien murió cuando yo tenía ocho años de edad. Lo que escribí entonces refleja el efecto del amor en la vida de un muchacho:

«No es posible demostrar con ningún evento o palabra que pueda recordar, cual fue la más poderosa impresión que tengo de mi relación con mi padre. Es, en verdad, un sentimiento. Basado en las palabras y las acciones que han pasado al olvido, este sentimiento persiste en mí con toda la claridad de la fe perfecta. Él me amaba y estaba orgulloso de mí… Esta es la clase de recuerdo que tanto un niño como un hombre puede atesorar.» (Dallin H. Oaks, «Memories of My Father,» 15 de October de 1967.)

Otro concepto excelente que debiéramos enseñarnos mutuamente es que la vida terrenal tiene un propósito y que la muerte física no es el fin sino una simple transición hacia la próxima fase de nuestra existencia, que es inmortal. El presidente Brigham Young enseñó que «nuestra existencia aquí es con el solo propósito de llevar a cabo nuestra exaltación y restauración a la presencia de nuestro Padre y nuestro Dios» (Discourses of Brigham Young, compilados por John A. Widtsoe, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1975, pág. 37). Este concepto del progreso eterno es uno de los más poderosos de nuestra teología. Nos brinda esperanza cuando erramos y nos anima cuando triunfamos. Por cierto que esta es una de las mayores «solemnidades de la eternidad» que se nos ha ordenado «repos[ar] en [n]uestra mente]» (D. y C. 43:34).

Otro concepto valioso que nos rescatara del desaliento es que la obra de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de «llevar a cabo… la vida eterna del hombre,» (Moisés 1:39), es de carácter eterno. No todos los problemas se solucionan y no todas las relaciones necesarias se establecen en la vida terrenal. La obra de salvación se extiende más allá del velo de la muerte y no debe preocuparnos demasiado cuan incompleta sea nuestra actuación dentro de los límites de la vida terrenal.

Un concepto excelente de inmediata aplicación práctica es que podemos dirigirnos en oración a nuestro Padre Celestial y que Él nos escucha y nos ayuda en la manera más conveniente para nosotros. La mayoría de nosotros ha podido experimentar cuan terriblemente solos nos sentimos cuando estamos separados de quienes nos aman. Si recordamos que podemos orar y que se nos escucha y ayuda, podremos resistir ese sentimiento de soledad. Siempre podemos mantenernos en contacto con ese poderoso Amigo que nos ama y nos ayuda, en Su propio tiempo y a Su manera.

Hay miles de experiencias que demuestran que podemos orar y obtener respuesta a nuestras oraciones. Algunas de ellas tienen que ver con niños pequeños. La biografía del presidente Spencer W. Kimball nos relata lo siguiente:

«Una y otra vez Spencer había observado que sus padres siempre le llevaban sus problemas al Señor. Un día cuando Spencer tenía cinco años y estaba haciendo sus quehaceres, su hermanita Fannie, de un año de edad, salió de la casa y se perdió. Nadie podía encontrarla. Clare, de dieciséis años, sugirió: ‘Mama, si oramos el Señor nos guiara al lugar donde se encuentra Fannie.’ La madre y sus hijos oraron. Terminada la oración, Gordon se dirigió al lugar exacto donde se hallaba Fannie profundamente dormida en una caja grande… detrás del gallinero. ‘Le dimos gracias al Señor una y otra vez,’ anotó Olive en su diario» (Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball, hijo, Spencer W Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1977, pág. 31).

Todo discípulo de Jesucristo sabe que los conceptos más poderosos de la fe cristiana son la resurrección y la expiación de Jesucristo. Gracias a Él, nuestros pecados pueden ser perdonados y nosotros volveremos a vivir. Desde este púlpito y desde muchos otros se han explicado estos excelentes conceptos mediante innumerables sermones. Tenemos un buen conocimiento de estos conceptos, pero no siempre los aplicamos bien en nuestra vida.

Nuestro modelo ejemplar no es el más reciente héroe deportivo o personaje popular; ni las posesiones o el prestigio que hayamos adquirido, ni los juguetes o placeres más costosos que nos inducen a preocuparnos por lo temporal y olvidar lo que es eterno. Nuestro modelo ejemplar-nuestra prioridad cabal- es Jesucristo. Debemos testificar acerca de Él y enseñamos mutuamente en cuanto a cómo aplicar Sus enseñanzas y Su ejemplo en nuestra vida diaria.

Brigham Young nos dejó algunos consejos prácticos para ello. «La diferencia entre Dios y el Diablo», dijo, «es que Dios crea y organiza, mientras que la intención principal del Diablo es destruir» (Discourses of Brigham Young, pág. 69). Ese contraste es un importante ejemplo de la realidad de «una oposición en todas las cosas» (2 Nefi 2:11).

Tengamos presente que nuestro Salvador, Jesucristo, siempre edifica y nunca nos agravia. Es necesario que apliquemos el poder de ese ejemplo en cada ocasión de nuestra vida, incluso en nuestros pasatiempos y diversiones. Consideremos los temas de los libros, las revistas, las películas y los programas de televisión a cuya popularidad contribuimos con nuestro auspicio. Preguntémonos si los propósitos y las representaciones de nuestros pasatiempos son edificantes o perjudiciales para los hijos de Dios. A través de los años, he podido observar una fuerte tendencia a desplazarlo que edifica y dignifica a los hijos de Dios mediante representaciones y acciones deprimentes, perniciosas y destructivas.

El concepto excelente en este ejemplo es que todo lo que edifica a la persona ayuda la causa del Señor, y que aquello que perjudica a la gente sirve la causa de Satanás. Mediante nuestro auspicio personal, todos los días favorecemos una causa o la otra. Ello debería hacernos pensar en nuestras responsabilidades y motivarnos a cumplirlas en una manera aceptable para el Señor, cuyo sacrificio nos ofrece la esperanza y cuyo ejemplo nos muestra el camino a seguir.

Siempre debemos poner a nuestro Salvador en primer lugar. El primer mandamiento que Jehová dio a los hijos de Israel fue: «No tendrás dioses ajenos delante de mi» (Exodo 20:3). Esta parece ser una idea sencilla, pero en la práctica puede resultarnos difícil.

Lamentablemente, es fácil subordinar a otras prioridades lo que debería ser nuestro interés primordial. Hace cincuenta años, el filósofo cristiano C. S. Lewis ilustró esa tendencia con un ejemplo que lastimosamente se manifiesta hoy en día. En su obra Cartas Vermiformes, un diablo experto explica cómo corromper a los cristianos y malograr la obra de Jesucristo. Una de las cartas describe cómo una devoción exagerada puede alejar a los cristianos del Señor y de la práctica del cristianismo. Lewis sugiere dos ejemplos: el patriotismo en demasía y el pacifismo excesivo, y explica cómo el fanatismo puede corromper a cualquiera de sus adeptos. Y el diablo dice:

«Primero debe considerar el Patriotismo o el Pacifismo como una parte de su religión. Después, bajo la influencia del espíritu partidario, pasara a estimarlo como algo fundamental. Luego, tácita y gradualmente, lo ira nutriendo hasta el punto en que la religión pasara a ser una simple parte de su ‘causa’, y apreciara el cristianismo principalmente por las excelentes razones que puede ofrecer en favor del esfuerzo bélico británico o del pacifismo… Una vez que haya hecho del mundo un fin y de la fe un medio, habremos conquistado a esa persona y muy poco importa que clase de objetivo persiga.» (C. S. Lewis, The Screwtape Letters, Nueva York: MacMillan, 1982, pág. 35).

Podemos percibir muy bien esa tendencia en esta época, con tantas causas que, aunque bien intencionadas, pueden corromper espiritualmente a la gente cuando toman el lugar del Señor que les ha mandado: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Jesucristo y Su obra están en primer lugar. Todo lo que pretenda valerse de Él o aprovechar Su reino o Su Iglesia como un medio para otros fines, sólo ayudara a la causa de Satanás.

Cierta joven noble que logró superar una terrible experiencia demostró otros dos conceptos excelentes. Virginia Reed fue una de las sobrevivientes de la tragedia que sufrió la caravana pionera Donner Reed, cuando efectuaron en carretas una de las primeras peregrinaciones a California. Si la caravana hubiera seguido la ruta establecida por el Sendero Oregón, desde Fort Bridger (Wyoming) hacia el noreste, hasta Fort Hall (Idaho), y de allí hacia el suroeste, rumbo a California, habrían llegado a destino sin problemas. Sin embargo, fueron engañados por el especulador Lansford W. Hastings, quien los persuadió a que fueran por un camino más corto para ahorrar tiempo. La caravana Donner Reed así lo hizo, abandonando el sendero de Fort Bridger en camino hacia el suroeste. Abrieron una nueva ruta por las encrespadas montañas Wasatch y el sur del Gran Lago Salado, en medio de temperaturas extremas a traves del desierto salitroso.

Las demoras y el increíble esfuerzo físico requerido por esta ruta virgen costaron al grupo Donner Reed más de un mes adicional para llegar a las montañas de la Sierra Nevada. Al apresurarse para evitar las primeras tormentas de nieve, se vieron atrapados en un temporal de invierno a tan sólo un día de camino para llegar a la cima y después emprender el descenso hacia California; tuvieron que permanecer allí varios meses, durante los cuales la mitad del grupo pereció a causa del hambre y del frío.

Después de esos meses que pasó en la montaña y de las dificultades que sufrió por el hambre y el terror, Virginia Reed, entonces de trece años de edad, llego a California y le escribió una carta a su prima, que vivía al otro lado del país. Al relatarle sus terribles experiencias y el sufrimiento de su gente, concluyo la carta con este sabio consejo: «Nunca tomes un atajo y no malgastes tu tiempo» (Carta de Virginia E. B. Reed a su prima Mary Gillespie, 16 de mayo de 1847, citada en West Jrom Fort Bridger, Logan, Utah: Utah State University Press, 1994, pág. 238).

Este es un potente y verdadero consejo, especialmente para los adolescentes. Los jóvenes están rodeados de caminos tentadores y de especuladores que ofrecen consejos y atajos como substituciones del sendero apropiado. «Prueba este atajo» o «quédate un ratito aquí» son propuestas comunes en el viaje de nuestra vida. A mis jóvenes amigos les sugiero que recuerden el consejo de Virginia Reed: Nunca tomen atajos y no malgasten su tiempo.

Deseo terminar con un ejemplo de la vida del apóstol Pablo. Durante todo su ministerio pudo percibir gran frivolidad, pensamientos ociosos y frivolidades. En Atenas observo que «todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo» (Hechos 17:21). En una de sus epístolas a los Corintios, Pablo pone de manifiesto su determinación de concentrarse en conceptos positivos. Les dijo que no iba a ellos «con excelencia de palabras o de sabiduría,» agregando: «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado» (1 Corintios 2:12).

Cumplamos los mandamientos de Dios y sigamos el ejemplo de Sus siervos. Enfoquemos nuestras enseñanzas en esos grandes y excelentes conceptos que tienen un significado eterno para promover la rectitud y la edificación de los hijos de Dios, y ayudémonos mutuamente en el sendero hacia nuestro destino de la vida eterna. Ruego en ferviente oración que podamos lograrlo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Buscad primeramente el reino de Dios

Conferencia General Octubre 1995logo 4
«Buscad primeramente el reino de Dios»
Elder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight«Si buscamos primero el Reino de Dios y vivimos como debemos todo lo demás se coloca en la perspectiva apropiada y ocurren hechos maravillosos.

A medida que nos hacemos más viejos, actuamos con más lentitud, por lo tanto, les ruego que tengan paciencia y sean tolerantes con nosotros. Le agradezco al Señor Sus bendiciones, el haber podido asistir a esta conferencia y haber escuchado lo que se ha dicho hasta ahora. Este es un período trascendental en la historia de la Iglesia.

Cuando el élder LeGrand Richards iba entrando en años, por lo general los discursos que daba en la conferencia eran improvisados. Como sabrán, tenemos ciertas restricciones de tiempo; por consiguiente, surgió la preocupación de cómo podrían avisarle que se le había acabado el tiempo asignado para su discurso. La solución fue instalar en el púlpito una lucecita que se prendía y se apagaba para hacérselo saber. Durante uno de sus discursos, él dijo: «Aquí hay una lucecita que se prende y se apaga». Para la próxima conferencia hicieron la luz roja, pero el resolvió el problema poniéndole la mano encima. Así que tal vez hoy yo tenga que valerme de alguna de esas ideas. A nuestra edad, llega el punto en que el apuntador eléctrico ya no da resultado; luego, atribuimos los problemas a los que se encargan de la impresión y parecen no hacer un buen trabajo al imprimir el texto; además, encontramos que la tinta que se usa hoy no es tan buena como la que solíamos utilizar. De todos modos, es un honor y estoy muy agradecido de estar con ustedes.

Estoy seguro de que los que estuvieron presentes esta mañana sintieron lo mismo que yo sentí al escuchar a nuestro Profeta y líder: que el manto del Profeta de Dios descansa debidamente y con autoridad divina sobre Gordon B. Hinckley. Cuando el pronunció sus palabras de consejo esta mañana, con firme dirección e inspiración, y alentándonos a fijar metas más elevadas, sentí como si estuviéramos escuchando la voz del Señor. En la sección 88 de Doctrina y Convenios, el Señor nos enseña que Su voz es Espíritu (véase el versículo 66).

Estoy agradecido no solamente de estar aquí, sino también por la buena música y la influencia que esta tiene sobre nosotros; por el himno que el coro entonó esta mañana, «Por tus dones loor cantamos» (Himnos, N 19). Mientras entonaban esas palabras, pensé en la fortaleza que he recibido, no sólo en esta conferencia, sino a lo largo de mi vida, en la fuerza que recibimos cuando somos miembros fieles y obedientes de la Iglesia. El hecho de vivir como debemos se convierte en nuestra fortaleza de carácter. Seguir leyendo

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Actuar por nosotros mismos, sin ser obligados

Conferencia General Octubre 1995logo 4
Actuar por nosotros mismos, sin ser obligados
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust«El Señor puede llevar a cabo extraordinarios milagros con una persona de talento común que sea humilde, fiel y diligente en servirle, y que trate de mejorar.»

Es siempre una sagrada responsabilidad dirigirme al grupo numeroso que compone el sacerdocio de esta Iglesia. Esta noche quisiera hablar principalmente a los magníficos jóvenes del Sacerdocio Aarónico; lo hago porque reconozco que el futuro de la Iglesia, e incluso del mundo, depende de la manera en que ustedes, jovencitos, consideren y honren el sacerdocio que poseen.

Recientemente pregunte a unos jóvenes que debería yo saber en cuanto a su generación. Uno de ellos me respondió, hablando por todos: «Que vivimos al borde…» Desde ese entonces he pensado mucho en lo que esas palabras significan; naturalmente, pueden significar muchas cosas. Creo que mi buen amigo se refería al peligro de las motocicletas, de trepar por riscos y de otras formas de recreo en las que se exponen a riesgos innecesarios a fin de enfrentar un desafío o sentir una gran emoción.

Hace algunos años, el élder Marion D. Hanks habló de un grupo de Boy Scouts que había ido a explorar una caverna. El angosto sendero estaba marcado con piedras blancas y algunas secciones estaban iluminadas; después de más o menos una hora, llegaron a una enorme y elevada cúpula, debajo de la cual había un lugar al que se conocía como «el pozo sin fondo», llamado así porque el suelo de la caverna se había derrumbado, dejando expuesto un hoyo muy profundo. Era difícil no empujarse unos a otros sin querer en la angosta senda. Al poco rato, uno de los muchachos más grandes accidentalmente empujó a uno más pequeño que cayó en un lugar oscuro, lleno de lodo. Aterrorizado al sentir que resbalaba, el niño lanzó un grito en la oscuridad. El guía se acercó rápidamente al oír la exclamación de terror; el jovencito volvió a gritar cuando vio, a la luz de la linterna del guía, que se hallaba en el borde mismo del pozo (Historia adaptada de «Questions for the Iconoclast», Improvement Era, junio de 1957, págs. 444, 446-448, 450-451).

En esa oportunidad, se rescató al muchacho; pero esto no siempre sucede. Muchas veces los jóvenes son tentados a llegar hasta el borde, e incluso más allá; contando sólo con un precario punto de apoyo, es muy fácil salir gravemente herido e incluso morir. La vida es demasiado valiosa para desperdiciarla en favor de las emociones, o, como dice Jacob en el Libro de Mormón, «por traspasar lo señalado» Jacob 4:14). Seguir leyendo

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Absorbida en la voluntad del Padre

Conferencia General Octubre 1995

«…absorbida en la voluntad del Padre»

Neal A. MaxwellÉlder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles

«La sumisión de nuestra voluntad es la única cosa exclusivamente personal que tenemos para colocar sobre el altar de Dios.»

Cuando los miembros hablan de la consagración, deberían hablar con reverencia, reconociendo que estamos «destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23), y algunos muy destituidos. Ni siquiera los que hacen un esfuerzo consciente han llegado a la consagración total, pero esos perciben lo que les falta y se esfuerzan sinceramente. A modo de consuelo, la gracia de Dios no sólo alcanza a «los que [lo] aman y guardan todos [Sus] mandamientos» sino también a «los que procuran hacerlo» (D. y C. 46:9).

Otro grupo de miembros son «honorables» pero no «valientes»; ellos no perciben la diferencia que hay entre esas cualidades ni la importancia de eliminar esa diferencia (D. y C. 76:75, 79). Las personas honorables no son desgraciadas ni inicuas, ni injustas ni desdichadas su error no consiste en lo que hayan hecho sino en lo que han dejado sin hacer. Por ejemplo, si fueran valientes, podrían tener gran influencia en los demás en lugar de conformarse con dejarles solamente un recuerdo agradable.

En otro grupo están los que se hallan excesivamente enredados con la maldad del mundo, haciéndonos recordar, como escribió Pedro, que el que «es vencido» por las cosas del mundo «es hecho esclavo» (2 Pedro 2:19).

Los que «piensan en las cosas de la carne» (Romanos 8:5) no tendrán «la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16), porque sus pensamientos se hallan lejos de Jesús, así como los deseos y «las intenciones de su corazón» (Mosíah 5:13).

Por otra parte, si el Maestro es un extraño para nosotros, terminaremos sirviendo a otros amos; y el dominio de estos otros amos es real aunque a veces sea muy sutil, porque ellos hacen marcar el paso a quienes los sirven. En realidad todos «somos los soldados que combaten» en alguna causa (véase Himnos, N° 162), aun cuando sólo sea la causa de los indiferentes.

Si no estamos dispuestos a dejarnos guiar por el Señor, nuestros apetitos nos dominaran y más nos ocuparemos de las pequeñeces de la vida diaria. El remedio, sin embargo, está implícito en este lamento maravilloso del rey Benjamín:

«Porque como conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?» (Mosíah 5: 13.)

Mucha gente de nuestros días, al oír la pregunta: «¿Que pensáis del Cristo?» (Mateo 22:42), lamentablemente contestarían: «¡En realidad, nunca pienso en El!»

Consideremos tres ejemplos de personas honorables que retienen una porción, lo cual les impide consagrarse (Hechos 5:1-4):

Una hermana que rinde a la comunidad servicio digno de encomio y muy visible, y disfruta de su merecida fama; no obstante, se mantiene relativamente alejada de los templos de Jesucristo y de las Santas Escrituras, dos elementos vitales del discipulado. Sin embargo, todavía podría tener la imagen de Cristo en su semblante (Alma 5:14).

Un padre honorable que cumple con su deber de proveer para la familia, pero que no es bondadoso ni amable con ella. A pesar de que se mantiene relativamente ajeno a la bondad y a la amabilidad de Jesús, que se nos manda emular, si hiciera un poco más de esfuerzo, el cambio sería muy grande.

Consideremos al ex misionero, cuya capacidad se agudizó mientras cumplía una misión honorable, que se halla ahora embarcado en el esfuerzo de lograr el éxito en su carrera; siempre ocupado, llega al fin a una posición de cierta importancia en el mundo; pero ha abandonado su responsabilidad de antes edificar el reino, ocupándose primero de lo suyo. Una pequeña corrección en el curso que lleva le traería grandes bendiciones, sobre todo en cuanto a su destinación final.

Las deficiencias que acabo de citar consisten en la omisión. Una vez que se dejan de lado y se evitan los pecados «telestiales», se debe prestar más atención a los pecados de omisión. El cometer esta clase de pecado no nos permite llenar plenamente los requisitos para entrar en el Reino Celestial. Sólo la consagración sincera corregirá esas omisiones, que tienen consecuencias tan reales como los pecados de comisión. Muchos de nosotros tenemos bastante fe para evitar los graves pecados de comisión, pero no suficiente para sacrificar ciertas obsesiones que nos distraen ni para concentrarnos en las omisiones.

La mayoría de las omisiones ocurren por nuestra incapacidad de salir de nuestro propio yo; nos dedicamos con tanto afán a tomar nuestra temperatura, que no notamos las fiebres ardientes de otros aun cuando tenemos algunos de los remedios para aliviarlos: una sonrisa, un acto de bondad, un elogio. Las manos que más necesitan que las levanten son aquellas que, demasiado desalentadas, ya no se extienden pidiendo ayuda.

En realidad, todo depende de nuestros deseos, los cuales dan forma a los pensamientos. Los deseos preceden a las acciones y están en el fondo del alma, inclinándonos hacia Dios o alejándonos de El (véase D. y C. 4:3). Dios puede «educar nuestros deseos» (véase de Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 291) y otras personas trataran de manipularlos; pero somos nosotros quienes creamos «los pensamientos y… las intenciones [del] corazón» (Mosíah 5:13).

La regla es: «Conforme a tus deseos… te será hecho» (D. y C. 11:17), «pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones» (D. y C. 137:9; véase también Alma 41:5; D. y C. 6:20, 27). La voluntad es exclusivamente del individuo, y Dios no tratara de dominarla ni de forzarla. Por eso, ¡mejor que estemos dispuestos a aceptar las consecuencias de nuestros deseos!

Otra verdad eterna es que sólo si conformamos nuestra voluntad a la de Dios encontraremos una felicidad plena; cualquier otra cosa dará como resultado «la menor porción» (véase Alma 12:11). El Señor se ocupara de nosotros aun cuando al principio lo que tengamos «no sea más que un deseo» pero estemos dispuestos a dar «cabida a una porción de [Sus] palabras» (Alma 32:27). Todo lo que El necesita es una pequeña oportunidad, pero somos nosotros quienes debemos dársela.

Hay muchos de nosotros que nos privamos de llegar al punto de la consagración porque caemos en el error de creer que si dejamos que nuestra voluntad quede absorbida en la del Padre, perderemos la individualidad (véase Mosíah 15:7). Lo que en realidad nos preocupa no es renunciar al «yo» sino a las aspiraciones egoístas como la posición económica o social, el tiempo, el reconocimiento y las posesiones.

No es de extrañar que el Salvador nos haya mandado perder la vida (véase Lucas 9:24). Lo que Él nos pide es que perdamos el viejo «yo» para encontrar el nuevo. No es cuestión de perder la identidad sino de hallar la verdadera. Irónicamente, muchas son las personas que de todos modos ya se han perdido al dedicarse demasiado a sus pasatiempos y al estar absortas en cosas de mucho menor importancia que la salvación.

Tanto en Su primero como en Su segundo estado, Jesús sabía siempre lo que debía hacer: continuamente procuró emular a Su Padre:

«…No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente» Juan 5:19).

«…me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio» (3 Nefi 11:11).

Al ir gradualmente sometiendo nuestra voluntad a la de Dios, recibimos inspiración y revelación para hacer frente a las pruebas de la vida. En la difícil y decisiva experiencia con Isaac, Abraham no «dudó, por incredulidad» (Romanos 4:20). John Taylor comentó que «sólo el espíritu de revelación podría haber dado a Abraham esa confianza… y haberlo sostenido en esa peculiar situación» (Journal of Discourses, 14:361). ¿Confiaremos también nosotros en el Señor frente a una complicada e inexplicable prueba? ¿Comprendemos que Él sabe cuándo estamos tensos y perplejos? La total consagración que llevo a Jesús a efectuar la Expiación aseguró que Él tenga una comprensión perfecta en ese sentido; El experimentó todos nuestros dolores antes que nosotros y sabe cómo socorrernos (véase Alma 7:1 112; 2 Nefi 9:21). Puesto que el Inocente de inocentes fue el que sufrió más, nuestros lamentos de «¿Por qué?» al sentirnos desamparados no pueden compararse con el Suyo; en cambio, podemos decir las mismas palabras sumisas: «…pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39).

El progreso hacia la sumisión trae otra bendición: Un aumento en la capacidad de sentir gozo. El presidente Brigham Young aconsejó: «Si quieres gozar intensamente, hazte Santo de los Últimos Días y después vive según la doctrina de Jesucristo» Fournal of Discourses, 18:247).

De ahí que la consagración no es ni resignación fatalista ni un mero darse por vencido, sino más bien un deliberado esfuerzo por avanzar, haciendo que cantemos con mayor sinceridad: «Mas santidad dame, más consagración» (Himnos, No 71). Por consiguiente, la consagración no es aceptación pasiva con un encogimiento de hombros, sino en cambio es preparar los hombros para soportar mejor un yugo un poco más pesado.

El consagrarnos implica «seguir adelante con  firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres», mientras nos deleitamos «en la palabra de Cristo» (2 Nefi 31:20). Jesús siguió adelante, y lo hizo en forma sublime; El no desmayó quedándose a mitad de camino hacia la Expiación, sino que acabó Sus «preparativos» para toda la humanidad, introduciendo una resurrección universal, no una de la que algunos de nosotros hubiéramos quedado excluidos (D. y C. 19: 1819).

Tal vez sea bueno que nos preguntemos: «¿En qué sentido desmayo o retengo una porción?» Una introspección humilde puede darnos una comprensión muy clara. Por ejemplo, ¿de qué nos hemos despojado voluntariamente en la senda del discipulado? Ese es el único camino donde está permitido y hasta se alienta a tirar basura. En las primeras etapas, los desperdicios se componen de los pecados más graves de comisión; más adelante, los desechos son variados: nos despojamos de cosas que nos han hecho utilizar mal o desperdiciar nuestro tiempo y talento.

En el camino hacia la consagración, a veces las dificultades graves nos motivan a deshacernos de lastres, lo cual es necesario para llegar a un estado de mayor consagración (Helamán 12:3). Si nos hemos ablandado, quizás se hagan necesarios tiempos difíciles. Si nos hemos echado para atrás demasiado contentos, tal vez tengamos que recibir una dosis de descontento divino; la reprobación quizás nos ayude a comprender mejor. Un nuevo llamamiento nos saca de la cómoda rutina de cargos en los cuales ya nos hayamos capacitado. Se nos puede despojar de algunos lujos con el fin de extirpar el cáncer maligno del materialismo; o se nos puede abrasar en el fuego de la humillación con objeto de derretir el orgullo. Sea lo que sea que nos falte, Dios se ocupara del asunto.

John Taylor dijo que quizás el Señor decida retorcernos las fibras mismas del corazón (Journal of Discourses, 14:360). Si hemos puesto el corazón con mucho afán en las cosas de este mundo, tal vez sea necesario retorcerlo o quebrarlo o someterlo a un gran cambio (véase Alma 5:12).

La consagración es, al mismo tiempo, un principio y un proceso, y no se logra en un momento determinado. En cambio, se da generosamente, gota a gota, hasta que la copa se llena y se desborda.

Sin embargo, mucho antes de eso, como lo dijo Jesús, debemos tomar la determinación de hacer lo que Él nos pida (Lucas 14:28, en la Traducción de José Smith al inglés). El presidente Young aconsejo esto; «…que nos sometamos a la mano del Señor… y la reconozcamos en todo; entonces haremos exactamente lo correcto; pero hasta que lleguemos a ese punto, no podremos ser totalmente correctos. A eso tenemos que llegar» Journal of Discourses, 5:352).

El reconocer la mano de Dios incluye, según lo explicó el profeta José Smith, la confianza de que Él ha preparado todo de antemano para llevar a cabo todos Sus propósitos, incluso los que conciernen a nuestra vida. A veces, nos dirige claramente; otras, se limita a permitir que sucedan las cosas. Por lo tanto, no siempre comprendemos la acción de la mano de Dios, pero sabemos lo suficiente de Su amor y Su intención para ser sumisos. Al encontrarnos perplejos y apesadumbrados, no siempre recibiremos una ayuda que nos aclare la situación, pero tendremos una ayuda que nos compense. Por eso, en los momentos en que debemos «esta[r] quietos, y conoce[r] que yo soy Dios» (Salmos 46:10), el conocimiento da lugar a la sumisión.

Al mismo tiempo, cuanto más «absorbida» o consumida este nuestra voluntad, tanto más quedaran nuestras «aflicciones… consumidas en el gozo de Cristo» (Alma 31:38).

Hace setenta años, Lord Moulton inventó esta inteligente frase: «la obediencia a lo que no se puede imponer», que describe «la obediencia de una persona a aquello que no se le puede forzar a obedecer» («Law and Manners», Atlantic Monthly, julio de 1924, pág. 1). Las bendiciones de Dios, incluso las que provienen de la consagración, se reciben por la obediencia voluntaria a las leyes sobre las cuales se basan (D. y C. 130:20-21). De ahí que nuestros deseos más profundos sean lo que determinan hasta qué punto obedeceremos lo que no se nos puede imponer. Dios procura que nos consagremos más generosamente dándolo todo, y as;, cuando regresemos a Él en el hogar celestial, Él nos dará generosamente «todo lo que… tiene» (D. y C. 84:38).

Para terminar, la sumisión de nuestra voluntad es la única cosa exclusivamente personal que tenemos para colocar sobre el altar de Dios; todo lo demás que le «damos» es, en realidad, lo que Él nos ha dado o prestado a nosotros. Pero cuando nos sometemos dejando que nuestra voluntad sea absorbida en la voluntad de Dios, entonces, verdaderamente le estamos dando algo. ¡Es la sola posesión exclusivamente nuestra que podemos dar!

La consagración es entonces la única capitulación incondicional que constituye al mismo tiempo una victoria total.

Que podamos desear profundamente ese fin victorioso, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Jesús: el líder perfecto

Liahona de Agosto de 1983

Jesús: el líder perfecto
Por el presidente Spencer W. Kimball


Hay muchísimas cosas que uno podría decir tocante a la tremenda capacidad de liderazgo en el Salvador, mucho más de lo que podría expresarse en un discurso o en un libro, pero al menos quisiera señalar algunos de los atributos y aptitudes que El tan perfectamente demostró. Estas mismas aptitudes y cualidades resultan importantes para nosotros si es que deseamos tener éxito perdurable como líderes.

Principios concretos Jesús sabía quién era y la razón por la que estaba en este planeta, lo cual le permitía guiar a sus seguidores basado en la certeza personal y no en la incertidumbre o en la debilidad.

Jesús actuaba en base a principios o verdades concretos en vez de simplemente ajustarse al estilo de aquellos líderes que establecen las reglas sobre la marcha. Esto quiere decir que era un líder ceñido a principios de probada eficacia, lo cual dotó al estilo de Jesús no sólo de constancia sino también de exactitud. Quienes procuran el poder a expensas de los principios a menudo terminan por hacer casi cualquier cosa para perpetuarlo.

Recordarán que repetidamente dijo: «Ven, sígueme.» El Señor se regía por un método de imitación, como si dijera «Haz lo que yo hago», en vez de «Haz lo que yo digo». El prefería caminar y obrar junto con aquellos a quienes tenía por misión servir. El suyo no fue un liderazgo ejecutado a la distancia. No les temía a las amistades estrechas ni tampoco a que la proximidad que pudiera existir con El desilusionara a sus seguidores. La levadura del verdadero liderazgo no puede levantar a nadie a menos que acompañemos y sirvamos a aquellos a quienes dirigimos.

Jesús se mantuvo virtuoso y así, cuando quienes le rodeaban estaban tan cerca de Él que podían tocar el borde de su manto, el poder de la virtud surgía de Él. (Véase Marcos 5:24-34.)

Comunicación

Jesús era un líder que escuchaba. Puesto que amaba a su prójimo con un amor perfecto, escuchaba sin presunción. Nadie puede ser un gran líder a menos que sepa escuchar. Un gran líder es aquel que escucha no solamente a los demás sino también a su conciencia y a los susurros del Espíritu, ya que por medio de Él, Dios se comunica con nosotros, sus hijos. Seguir leyendo

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Vigías en la torre

Conferencia General Abril 1995logo 4
«Vigías en la torre»
Elder Helvecio Martins
de los Setenta

Helvecio Martins«Algunas de los experiencias más significativas que he tenido como poseedor del sacerdocio los viví como maestro orientador.»

El 8 de junio de 1978 es, sin duda, un día inolvidable: Ese día el sacerdocio y las bendiciones del templo se pusieron al alcance de todos los hombres dignos, miembros de la Iglesia. Sí, un día sumamente memorable, ya que afecto la vida de incontables multitudes, de millones de personas que tenían el pleno conocimiento de su significado, y de muchos otros que quizás aún ahora no hayan logrado comprender toda la extensión de sus consecuencias.

En esa fecha, la Primera Presidencia anunció a todo el mundo una revelación nueva y especial del Señor, la que había sido precedida por muchas oraciones y súplicas para obtener dirección divina.

¡Cuán grandes cambios ocasionó esa revelación en la vida de tantos hijos de nuestro Padre Celestial! Entre ellos, mi humilde familia en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil.

Parecía increíble; fue un acontecimiento inesperado que jamás sonaron aquellos a quienes el Padre, en Su perfecta sabiduría, preservó hasta el día en que estuvieran mejor preparados para responder a los serios requisitos de esta mayordomía verdaderamente honorable que es el sacerdocio.

A pesar del relativo conocimiento que había adquirido durante seis años de ser miembro de la Iglesia, mi primer llamamiento como poseedor del sacerdocio no fue el de servir de Autoridad General, ni de presidente de misión, ni obispo, ni el de ser miembro de dos presidencias de estaca; no fue para servir como secretario ejecutivo de la estaca y del barrio, sino que mi primera asignación y llamamiento fue el de servir como maestro orientador. Este llamamiento precedió a todos los demás, y es interesante y significativo pensar en él.

Desde entonces, he considerado ese llamamiento como uno de los más importantes y maravillosos. Siempre he sido relevado de los llamamientos anteriores, pero esta primera mayordomía ha permanecido inalterable.

«No hay llamamiento más sublime en la Iglesia que el de maestro orientador. No hay servicio más noble que se pueda efectuar por los hijos de nuestro Padre Celestial que el que presta un maestro orientador humilde, dedicado y abnegado» (Presidente Ezra Taft Benson, Liahona, julio de 1987, pág. 49). Seguir leyendo

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Una mesa rodeada de amor familiar

Conferencia General Abril 1995logo 4
Una mesa rodeada de amor familiar
Elder LeGrand R. Curtis
de los Setenta

LeGrand R. Curtis«Pensemos en el potencial de una familia que se arrodille alrededor de la mesa (sin el televisor) para orar, suplicar ayuda [y] agradecer a nuestro Padre Sus bendiciones.»

Se ha escrito mucho sobre la importancia del hogar. El presidente Marion G. Romney dijo una vez que «la inestabilidad de la familia es el núcleo de la enfermedad fatal que afecta a nuestra sociedad» (Ensign, feb. de 1972, pág. 57). Sabemos que hay hogares establecidos en casas grandes, bellas y hasta lujosas, y otros en viviendas muy modestas y con escaso moblaje. Pero cada uno puede ser «como el cielo, cuando hay amor» y «se parecerá al cielo, si en él hay bondad» (Himnos, N° 193), tal como nos lo hace recordar uno de nuestros himnos.

Una de las piezas más importantes del mobiliario de una casa es la mesa de la cocina, la cual puede ser muy grande o tan pequeña que ni siquiera tenga bastante espacio para la comida, la vajilla y los utensilios necesarios. Su función principal es la de proveer un lugar donde los miembros de la familia puedan recibir su alimento.

En esta ocasión, quisiera que prestáramos atención a una función mucho más profunda e importante de la mesa de la cocina, una gracias a la cual recibimos mucho más que el alimento necesario para nuestro bienestar físico.

Por lo general, una familia se compone de dos o más miembros de edades diferentes; y esta debe reunirse, si es posible, no sólo para comer, sino también para orar, para hablar, para escuchar, fortalecer los lazos familiares, aprender y progresar en unión. El presidente Gordon B. Hinckley lo ha dicho muy claramente:

«Mi suplica-y cuanto desearía ser más elocuente para expresarla- es el ruego ferviente de salvar a los niños. Demasiados de ellos viven con dolor y temor, en la soledad y en la desesperación. Los niños necesitan la luz del sol; necesitan felicidad; necesitan amor y cuidado; necesitan bondad, alimento y cariño. Todo hogar, no importa lo que cueste la vivienda que lo cobije, puede proporcionar un ambiente de amor que sea un ambiente de salvación» («Salvemos a los niños», Liahona, enero de 1995, pág. 67).

Casi siempre, los miembros de una familia están expuestos a las diversas fuerzas del mundo exterior, así como al potente influjo de la radio, la televisión, los videos, los casetes y otras influencias similares que introducimos en nuestro hogar. Seguir leyendo

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Una dama selecta

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Una dama selecta
Élder L Tom Perry
del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry«En medio de toda la confusión que existe en el mundo hoy en día en cuanto al papel de la mujer, la hermana Hinckley es un digno modelo para aquellos que luchen por dar a su vida el debido equilibrio.»

El matrimonio es una institución divina, ordenada por Dios. La tarea de lograr el éxito en el hogar es un cometido divino, y ningún otro éxito podría substituirlo. Por otro lado, a menos que ambos cónyuges aprendan a esforzarse juntos por lograrlo, el matrimonio podría resultar una experiencia infernal. Existen demasiados matrimonios desdichados en el mundo, demasiados matrimonios que no mantienen el rumbo necesario y terminan prematuramente en el divorcio. Existen demasiados niños que están sufriendo en silencio la falta de enseñanzas y cuidado, porque la unión de sus padres no es feliz o se ha disuelto.

Antes de crear a la mujer, Dios sabía que el hombre no debía estar solo. Después de la creación de Eva, la primera mujer, el Señor instituyó el matrimonio y le dijo a Adán, el primer hombre:

«Por tanto, dejara el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24).

Adán aprendió que los lazos del matrimonio son más fuertes que cualquier otro lazo familiar. Los sagrados lazos del matrimonio requieren unidad, fidelidad, respeto y apoyo mutuos. Sabemos, mediante las Escrituras, que Adán y Eva aprendieron esta lección. Se nos dice que, cuando fueron desterrados del jardín:

«…Adán empezó a cultivar la tierra, y a ejercer dominio sobre todas las bestias del campo, y a comer su pan con el sudor de su rostro, como yo, el Señor, le había mandado; y Eva, su esposa, también se afanaba con él» (Moisés 5:1).

El tema de mayor preocupación para los líderes religiosos y de las naciones es el alarmante número de divorcios que hay en la actualidad. Las estadísticas indican que un matrimonio fuerte produce una familia fuerte. La disolución de la familia es la causa principal de los problemas sociales que están destruyendo nuestras comunidades, incluso el aumento de la pobreza, los crímenes y la delincuencia juvenil. Seguir leyendo

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Un festín sin dieta

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Un festín sin dieta
Bonnie D. Parkin
de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Bonnie Dansie Parkin«Las Escrituras… les brindaron conocimiento, las elevarán, las consolarán y los fortalecerán.»

Hay algo más bonito que  ver a madres e hijas sentadas juntas? Contemplar la cantidad de rostros que inundan este Tabernáculo e imaginarme la inmensidad de jóvenes reunidas en las capillas de todo el mundo me maravilla de verdad. Para una persona del campo como yo, que se crió en la comunidad de Herriman, Utah, este es un espectáculo que me hace sentir muy humilde.

Hermanas, quiero revelarles un secreto: Me encanta comer. ¿A ustedes no? Cuando la comida está bien aderezada y cocinada a punto, y se sirve presentada como una obra de arte, me siento en las nubes. Puedo aumentar de peso con solo leer el menú.

¿Saben ustedes que el Señor no espera que hagamos dieta? ¡Créanme! Abran el Libro de Mormón en 2 Nefi 9:51 y lean la última frase que dice: «…deléitese vuestra alma en la plenitud». Pero, plenitud ¿de qué? ¿De chocolate? Lean con detenimiento habla de saciarse de la palabra del Señor. ¿Cuándo fue la última vez que se saciaron de Su palabra? ¿Saben que el tener un festín de este tipo no causa ningún remordimiento?

Una de las cosas que más disfruto de mi llamamiento es la de tener esa clase de festín con la presidencia de las Mujeres Jóvenes, porque nuestras reuniones comienzan con el estudio de las Escrituras. La presidenta, la hermana Hales, por lo general empieza diciendo: «¿Quién tiene un pasaje de las Escrituras que desee leer?» Y siempre hay alguien que tiene uno Buscamos entonces las referencias correlacionadas, miramos en la Guía para el Estudio de las Escrituras, aplicamos los conceptos a nuestra propia vida y pensamos en todas ustedes.

El saborear las Escrituras de esa forma invita la presencia del Espíritu; son momentos de unión en los cuales, además de compartir el lápiz rojo para marcar los pasajes, damos a conocer los sentimientos de nuestro corazón, compartimos nuestro conocimiento y nuestros deseos, haciéndonos más unidas y capaces para prestarles servicio a todas ustedes. ¿Participan de esa clase de festín en las reuniones de presidencia de las Abejitas, las Damitas, las Laureles, o de las Mujeres Jóvenes? Traten de dar comienzo a esas reuniones con un pensamiento de las Escrituras y les asombrara el espíritu que sentirán a causa de ello. Seguir leyendo

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Un convenio de amor

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Un convenio de amor
Aileen H. Clyde
de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Aileen H. Clyde«Debido a nuestra relación con El, podemos brindarnos luz y ternura el uno al otro y retener nuestras almas eternamente.»

Porque los montes se moverán, y los collados temblarán pero no se apartaran de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantara, dijo Jehová…» (Isaías 54:10; véase también 3 Nefi 22:10).

Este tipo de lenguaje bíblico me causa maravilla y de nuevo me inunda con la certeza del amor de Dios y de la importancia que tenemos para El. ¿Acaso habló El de esa manera a nuestras inteligencias en el concilio que se llevó a cabo hace mucho tiempo, cuando entendíamos lo suficiente para decidiros a seguir a Cristo? Sin duda, fue en aquel entonces, en la vida preterrenal, que empezamos a hacer nuestra parte por establecer con nuestro Salvador una relación que se basa en convenios y que es tan vital para nuestra vida eterna. Pienso que en aquella etapa tomamos la decisión de dejarnos guiar, igual que lo necesitamos ahora, por el amor que el Señor siente por nuestra naturaleza divina y única. La decisión que tomamos en aquel entonces fue de suma importancia. Ahora, cuando enfrentamos decisiones y dilemas, podemos recurrir nuevamente a esa misma fuente a fin de que nos de valor para seguir adelante en nuestra jornada por la vida.

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41: 10).

De las muchas bendiciones que he recibido por medio de mi conocimiento del Evangelio de Cristo, la bendición por la que más agradecida estoy es la doctrina que nos enseña que nuestra vida aquí tiene un significado eterno y es para la gloria de Dios. Nosotros somos esenciales para que se lleve a cabo Su gran obra. Él nos enseña que a medida que recibimos Su luz, podemos hacer que esa luz se refleje en el mundo.

Debemos esforzarnos constantemente por tener esa luz y ese conocimiento como un contrapeso del error y el miedo que caracterizan a este mundo. Todavía hoy vemos a nuestro alrededor las tentaciones que existían en tiempos antiguos, pero ahora se nos presentan de una forma distinta; vemos tentaciones que parecen grandiosas y atractivas, y que, por medio de la tecnología, pueden infiltrarse en dondequiera. Están dirigidas a los jóvenes, a los ingenuos y a los vulnerables; de hecho, están dirigidas a cada uno de nosotros. Vemos que se enseña la violencia en los juegos electrónicos e inclusive nos enteramos de horribles actos violentos que se perpetran en nuestras propias vecindades. En medio del peligro, el amor se enfría y quizás busquemos protegernos con la misma clase de armas con que nos están amenazando. Peor aún, debido al miedo, tal vez tratemos de protegernos el uno del otro en vez de ser una luz y una protección el uno para el otro. Seguir leyendo

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