Haced discípulos a todas las naciones

Conferencia General Abril 1995logo 4
«…Haced discípulos a todas las naciones»
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson«La cosecha es en verdad grande. Que no haya malentendido al respecto; la oportunidad misional es de ustedes, para toda la vida.»

Hermanos, es inspirador contemplarlos. Es muy grato pensar que en miles de capillas de todo el mundo hay poseedores del Sacerdocio de Dios que recibe n la transmisión de esta reunión vía satélite. Sus nacionalidades son diversas y también los idiomas que hablan, pero hay un lazo común que nos une; se nos ha confiado el poseer el sacerdocio y el actuar en el nombre de Dios. Hemos recibido ese sagrado deber, y mucho se espera de nosotros.

Con tristeza, hemos dicho adiós a ese grande y extraordinario hombre y Profeta de Dios, el presidente Howard W. Hunter. Hoy hemos sostenido al presidente Gordon B. Hinckley como Presidente de la Iglesia y el Profeta, Vidente y Revelador de Dios. Sé que el presidente Hinckley ha sido llamado por nuestro Padre Celestial para ser Su Profeta y que nos guiara por los senderos que nuestro Salvador ha señalado. La obra seguirá adelante y la gente será bendecida. Es un honor y un gran privilegio servir con el presidente Gordon R. Hinckley y con el presidente James E. Faust en la Primera Presidencia de la Iglesia.

Hace mucho tiempo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo dio un mandamiento divino al decir a sus amados once discípulos:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:19-20).

Marcos dice que «…ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor» (Marcos 16:20).

Ese sagrado mandato no ha sido abrogado; más bien, se ha puesto de relieve. El profeta José Smith expuso la finalidad de la Iglesia al decir: «Es llevar a hombres y mujeres al conocimiento de la verdad eterna de que Jesús es el Cristo, el Redentor y el Salvador del mundo, y de que solo creyendo en El, y por la fe que se manifiesta en las obras buenas, podrán los hombres y las naciones tener paz».

¿Necesita el mundo en el que vivimos las enseñanzas del Evangelio de Jesucristo? Casi en cualquier sitio al que dirijamos la mirada hay erosión, no sólo del ambiente, sino lo que es aún más grave, erosión de la espiritualidad y de la obediencia a los mandamientos eternos. Se ve un evidente desinterés por las valiosas almas de los seres humanos. Seguir leyendo

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Tu confianza se fortalecerá

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Tu confianza se fortalecerá
Élder Richard C. Edgley
Del Obispado Presidente

Richard C. Edgley«Toda decisión buena que tomemos, cada vez que ejerzamos en forma responsable el sacerdocio y todo servicio que rindamos al prójimo aumentaran nuestra confianza en el Señor.

Yo, como muchas otras personas, me deleito al observar la actuación extraordinaria de algunos deportistas de categoría en el campo de los deportes. Es siempre emocionante ver el resultado de miles de horas de práctica, de dedicación y sacrificio que se manifiesta en una jugada sobresaliente, en un pase genial en los últimos segundos del partido, en un gol que los lleve al triunfo y en los segundos de tensión de un tiro libre. Nunca deja de admirarme ver a un jugador de básquetbol que se acerca a tirar y, una y otra vez, bajo toda la presión del momento y, con gran calma, le acierta al aro sin siquiera tocarlo. El año pasado, Jeff Hornacek, después de entrar en el equipo Jazz de Utah en mitad del campeonato, acertó en treinta y tres tiros libres consecutivos, un récord para el equipo. Tiraba con gran confianza en sí mismo.

Me interesa estar al tanto de esos récords porque yo también batí uno en la escuela secundaria, aunque no quedó registrado; pero creo que ese récord se destacaría aun en la actualidad. Ocurrió en un partido entre el colegio del que me gradué, Preston High, y la escuela secundaria de Malad, estado de Idaho. Se jugó en el gimnasio de la vieja escuela de Malad en 1954.

A principios del partido, me hicieron una falta [«foul»] cuando estaba tirando, por la que me dieron dos tiros libres. Muy tranquilo, me acerque, coloque el pie a milímetros de la línea apropiada y trate de imitar a Bob Cousy, mi ídolo de básquetbol de aquella época, picando dos veces la pelota, haciéndola girar en las manos, respirando hondo y tirándola. Fue una buena imitación hasta que tire: no emboque ninguno de los dos.

Minutos más tarde, debido a las reglas del juego, tuve que volver a tirar. Para mi desgracia, volví a errar los dos tiros. Cuando el partido llevaba solo seis o siete minutos de empezado, quiso la mala suerte que volviera a errar otros dos tiros por tercera vez. Al volver a hacerme una infracción el equipo contrario y aproximarme para mi noveno y décimo tiros libres, de pronto vi que el aro, que al principio del partido era del tamaño reglamentario, como por arte de magia se habla empezado a encoger; cada vez que me acercaba a tirar, se hacía más y más chiquito. Seguir leyendo

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Sigamos al hijo de Dios

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Sigamos al Hijo de Dios
Presidente Howard W. Hunter
Presidente de la iglesia

Howard W. Hunter 1«Estamos en una época en la historia del mundo, así como en el progreso de la Iglesia, en que debemos dedicarnos a pensar más en las cosas sagradas y a comportarnos más como el Salvador espera que Sus discípulos lo hagan.»

Mis queridos hermanos, llegamos ahora a la conclusión de otra maravillosa conferencia de la Iglesia. Hemos sentido en forma extraordinaria la presencia del Espíritu. Les recomiendo que escuchen el consejo sabio e inspirado que han recibido de las Autoridades Generales y de los oficiales generales de las organizaciones auxiliares de la Iglesia. Ruego humildemente que mientras estos consejos estén vividos en nuestra mente, tomemos la determinación de incorporarlos a nuestra vida.

Quiero que sepan lo mucho que amo y aprecio a mis dedicados consejeros, el presidente Gordon B. Hinckley y el presidente Thomas S. Monson; son hombres de sabiduría, experiencia y conocimiento. Amo y apoyo a mis hermanos del Quorum de los Doce Apóstoles, con quienes he servido al Señor más de treinta y cuatro años. A los miembros de los Setenta y del Obispado Presidente, les expreso mi gratitud y amor por su sacrificio y por el servicio que prestan a la Iglesia en todo el mundo. De igual manera, rindo tributo a los oficiales generales de las organizaciones auxiliares.

Al meditar sobre los mensajes de la conferencia, me he hecho esta pregunta: ¿De qué forma puedo ayudar a los demás a participar en toda la bondad y las bendiciones de nuestro Padre Celestial? La respuesta para todos consiste en seguir la dirección que hemos recibido de aquellos a quienes sostenemos como Profetas, Videntes y Reveladores, y a las demás Autoridades Generales. Estudiemos sus palabras, pronunciadas con el espíritu de inspiración, y utilicémoslas con frecuencia. El Señor ha revelado Su voluntad a los santos en esta conferencia.

Testifico en forma solemne y agradecida que Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo. Ciertamente Él es la figura central de nuestra adoración y la clave para nuestra felicidad. Sigamos al Hijo de Dios en todo lo que hagamos y por todos los senderos de la vida. Que sea Él nuestro ejemplo y nuestro guía. Seguir leyendo

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Salvemos a los niños

Conferencia General Octubre 1994

Salvemos a los niños

Gordon B. HinckleyPresidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

«Dios nos bendiga para que los tengamos presentes, para que los ayudemos y los guiemos al caminar ellos por senderos peligrosos; para que oremos por ellos, para que seamos una bendición para ellos, para que los amemos.»

Mis hermanos y hermanas, me ha correspondido el deber de dirigirles la palabra al dar comienzo a esta sesión.

Busco la orientación del Santo Espíritu.  Siento sobre mí la enorme responsabilidad del dar un mensaje a cientos de miles de Santos de los últimos Días, quizá a millones, de todo el mundo.

Les agradezco la amable acogida que nos brindan dondequiera que nos reunamos con ustedes.  No creo merecer tanta bondad.  Ustedes nos escriben cartas de agradecimiento que nos alientan.  Ustedes procuran vivir el evangelio y criar a sus hijos en la luz y la verdad; ustedes son Santos de los últimos Días de verdad, y yo me siento profundamente agradecido por la oportunidad de ser uno con ustedes y de participar de su hermandad y su afecto.

Hace poco, mi esposa y yo participamos en una conferencia regional que se realizó en Rexburg, Idaho.  Como no habíamos ido al «Yellowstone National Park» (Parque Nacional Yellowstone) desde hacía muchos años, decidimos ir a la conferencia en automóvil y regresar a casa el lunes siguiente por la ruta de «Yellowstone».

En 1988, hubo allí gigantescos incendios de bosques.  Todos los días los medios de comunicación daban gráficos informes de la intensidad de los incendios que avanzaban vertiginosamente arrasando miles de acres y destruyendo millones de árboles.  Las llamas por fin se consumieron y la gente literalmente lloró de tristeza al ver la devastación de los bosques y los innumerables troncos de los pinos quemados que quedaron erguidos como solemnes indicadores de tumbas de un atestado cementerio.

Pero cuando visitamos el lugar hará un mes, vimos algo fascinante.  Los troncos de los pinos muertos todavía están en pie, pero entre los ennegrecidos restos han brotado nuevas plantas que suman millones.

Evidentemente, al llegar el fuego a la cima de los pinos, las piñas de éstos estallaron, esparciendo las semillas por el suelo.  Y así, hay ahora una nueva generación de árboles, jóvenes y hermosos, y llenos de promesa.  Los árboles viejos al fin caerán y los nuevos crecerán muy altos hasta formar un bosque de gran belleza y utilidad.

Al conducir por allí, pensé en las maravillas de la naturaleza, en el ritmo de nuestra vida, en que envejecemos, y en que yo me cuento entre los que han envejecido.  Nuestra vitalidad y nuestras energías disminuyen.  Pero viene una nueva generación… que son los niños.  Estos también son hijos e hijas de Dios cuyo momento de venir a la tierra a ocupar su lugar les ha llegado; son como los nuevos arbolitos de aquel parque: jóvenes, tiernos, sensibles, hermosos y llenos de promesa.

Como lo dijo Tagore, el poeta de la India: «Todo niño llega al mundo con el mensaje de que Dios todavía no ha perdido el interés por el hombre» (Charles L. Wallis, ed., The Treasure Chest, New York: Harper and Row, 1965, pág. 49).

Los niños son la promesa del futuro: son el futuro mismo.  Lo trágico es que muchos nacen para llevar una vida de dolor, de hambre, de temor, de inquietud y de estrecheces.  Los niños llegan a ser la víctimas, en tantos, santísimos casos, de la crueldad del hombre para con el hombre.  Hace unos meses los vimos en la pantalla del televisor: los niños de Somalia, con el vientre hinchado y, en sus ojitos, la mirada de la muerte.  Más recientemente, los hemos visto en Ruanda, víctimas del feroz cólera y del hambre implacable.  Incontables son los que han muerto.

Ellos habían sido la promesa de una nueva y mejor generación en esos países, donde las enfermedades, la desnutrición, las balas y el descuido los han arrasado como a tiernas plantas ante la afilada hoja de la hoz.

¿Por qué son los hombres tan malvados que originan las causas que llevan a tan horroroso conflicto fratricida?  Grande, creo, será su tribulación en el Día del Juicio cuando tengan que comparecer ante el Todopoderoso acusados del sufrimiento y la destrucción de esos pequeñitos.  Estoy agradecido por las personas bondadosas y generosas de diversos credos y religiones de todo el mundo cuyo corazón se ha con, movido de compasión, muchas de las cuales dan pródigamente de su substancia, de su tiempo y aun de su presencia para ayudar a los que se encuentran en tan atroz aflicción.  Estoy agradecido porque, como Iglesia, hemos aportado en forma considerable, como lo indicó anoche el presidente Monson, al enviar medicinas, alimentos, ropa y mantas para abrigo y refugio a los que sufren de manera tan espantosa, y, en particular, a los niños que, de otro modo, ciertamente morirían.

¿Por qué deben sufrir tanto en santísimos sitios?  Sin duda, Dios, nuestro Padre Eterno, debe de llorar al ver el maltrato de que son víctimas Sus pequeñitos, porque estoy convencido de que ellos ocupan un lugar especial en Su gran plan.  Ese lugar quedó confirmado cuando su Hijo, el Salvador del mundo, recorrió los polvorientos caminos de Palestina.

«Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viendo los discípulos, les reprendieron.
«Mas Jesús… dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
«De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lucas 18:15-17).

¡Qué grande es nuestra responsabilidad!, y qué serio el deber de todo cristiano y de los hombres y las mujeres de buena voluntad de todas partes de tender la mano para aliviar la difícil situación de los niños que sufren, para aminorar la desesperación en que viven.

Desde luego, ese sufrimiento no es nuevo.  Pestes en los pasados siglos arrasaron continentes enteros.  La guerra ha causado la muerte de millones de inocentes.  Se ha comerciado con los niños; amos malvados los han usado como instrumentos; pequeños han trabajado en minas de carbón durante largas horas y día tras día en las tenebrosas y frías profundidades de la tierra; niños han realizado trabajos forzados y han sido explotados como mercancías baratas.

Sin duda, después de todos los hechos que hemos leído, después de todo el sufrimiento que se nos ha hecho presente, después de toda la explotación de que estamos enterados, podremos hacer más de lo que al presente estemos haciendo con el fin de cambiar las difíciles condiciones que condenan a millones de niños a llevar una vida que conoce poco o nada de la felicidad, que es trágicamente breve y que está llena de dolor.

Y no hace falta viajar al otro lado de la tierra para hallar a niños que lloran.  Innumerables menores claman con temor y soledad por las malas consecuencias de la transgresión moral, el descuido y el maltrato. Hablo con claridad, quizá con falta de delicadeza; pero no sé de qué otro modo dejar en claro un asunto que me acongoja intensamente.

Uno de los problemas principales de hoy es el común fenómeno de las niñas que tienen niños, hijos sin padre.  En la mente de muchos hombres jóvenes, y de algunos no tan jóvenes, existe la idea de que no hay relación entre el engendrar un hijo y el asumir la responsabilidad de la vida de ese hijo de allí en adelante.  Todo hombre joven debe saber que, cuando se engendra un hijo fuera del vínculo matrimonial, ello es el resultado de la violación de un mandamiento de Dios que se remonta por lo menos hasta la época de Moisés.  Además, debe saberse con claridad y comprenderse sin asomo de duda que la responsabilidad es inevitable y que el peso de ella continuará a lo largo de toda la vida.  Aunque las costumbres de nuestra sociedad contemporánea se hayan desmoronado hasta el punto de que la transgresión sexual no se considera un pecado grave o de que se considera aceptable, llegará el día en que debamos dar cuenta ante el Dios de los cielos de todo lo que hayamos hecho al violar Sus mandamientos.  Creo, además, que tina sensación de responsabilidad debe pesar con fuerza en algún momento sobre la conciencia de todo hombre que haya engendrado un hijo y que después haya abandonado su deber de cuidar de él.  Debe de detenerse a pensar a veces qué habrá sido del hijo que engendró, del niño o de la niña que es carne de su carne y parte de su alma.

Las cargas que debe sobrellevar la joven que tiene que criar sola a su hijo son increíblemente pesadas y absorbentes.  Son igualmente pesadas sobre la sociedad por conducto de los impuestos que se recaudan para satisfacer las necesidades de esos niños y de sus madres.

En los Estados Unidos, «en los seis años transcurridos entre 1985 y 1990, se calcula que los gastos público relacionados con las adolescentes que tuvieron hijos sumaron más de ciento veinte mil millones de dólares…

«De esas jóvenes madres solteras, el 73 por ciento se acogerá al programa de asistencia social dentro de cuatro años [lo cual es casi tres de cada cuatro].

«En 1991 los gastos federales y estatales de ayuda a familias con niños menores… sumaron veinte mil millones de dólares, más los gastos administrativos de dos mil seiscientos millones de dólares» (Starting Points: Meeting the Needs of Our Youngest Children, Nueva York: Carnegie Corporation, abril de 1994, pág. 21).

Baste decir que los obstáculos a que se enfrentan los niños que nacen y se crían en tales circunstancias son enormes, por no entrar en mayores detalles.

La respuesta es sencilla y directa; consiste en obedecer los principios del evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, y reside en la autodisciplina.

Quisiera que todos los jóvenes comprendieran eso y lo pusieran en práctica.  Habría mucho menos sufrimiento y pesar.  Su importancia es extraordinaria porque las consecuencias son muy serias y muy duraderas.

Comprendo que pese a toda la enseñanza que se imparta, habrá quienes no escucharán ni obedecerán y que, con obstinación y desobediencia, harán lo que les dé la gana sólo para descubrir, con alarma y consternación, que van a ser padres, siendo ellos mismos apenas un poco mayores que los niños que van a traer al mundo.

El aborto no es la respuesta, ya que sólo complica el problema, puesto que es un escape maligno y repulsivo que algún día traerá pesar y remordimientos.

El matrimonio es lo más honorable: significa hacer frente a la responsabilidad, significa dar al hijo un nombre y padres que juntos lo criarán, lo protegerán y le darán cariño.

Cuando el matrimonio no es posible, la experiencia ha demostrado que la adopción, por difícil que sea para la joven madre, puede brindar a la criatura muchas más oportunidades de llevar una vida feliz. juiciosos y expertos consejeros profesionales y los obispos prestarán ayuda en esas circunstancias.

En seguida, existe el espantoso, inexcusable y maligno hecho del maltrato físico y del abuso sexual.

Eso es innecesario, es indebido e inaceptable.

En lo que respecta al maltrato físico, nunca he aceptado la máxima que dice «si no azotas al niño, lo malcriarás».  Estaré agradecido para siempre por mi padre que nunca alzó la mano a sus hijos; poseía el admirable talento de hacerles saber lo que se esperaba de ellos y de atentarlos para que lo hicieran.

Estoy convencido de que un padre violento origina hijos violentos; soy de la opinión de que el castigo físico, en la mayoría de los casos, hace más daño que bien.  Los niños no necesitan golpes, sino que necesitan amor e incentivos; necesitan un padre al que puedan mirar con respeto y no con temor.  Sobre todo, necesitan el buen ejemplo.

Hace poco leí la biografía de George H. Brimhall, que fue rector de la Universidad Brigham Young.  Refiriéndose a él, alguien dijo que «había criado a sus hijos con la caña: la caña de pescar» (Rii),iiiond Brimhall Holbrook and Estliei-Hamilton Holbrook, The Tall Pine Tree: The Life and Work of George H. Brimhall, no figura el lugar de la publicación, 1988, pág. 62).  Eso lo dice todo.

Y además existe la terrible y perversa práctica del abuso sexual.  Excede la capacidad de comprensión.  Es una afrenta a la decencia que debe existir en todo hombre y en toda mujer.  Es la violación de lo que es sagrado y divino.  Es destructivo en la vida de los niños.  Es reprobable y digno de la más rigurosa condenación.

¡Qué vergüenza para el hombre o la mujer que abuse sexualmente de un niño!  El que lo hace no sólo ocasiona el peor de los perjuicios, sino que está condenado ante el Señor.

El mismo Maestro dijo: «Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar» (Mateo 18:6).  Sus palabras son rigurosas y elocuentes.

Si alguno de los que me estén escuchando fuese culpable de tal práctica, le insto con todas las fuerzas de mi alma a ponerle fin, a alejarse de ella de inmediato, a conseguir ayuda, a suplicar perdón al Señor y a compensar a los que haya ultrajado.  Dios no será burlado en lo que toca al abuso de Sus pequeñitos.

Cuando el Señor resucitado apareció en este hemisferio y enseñó a la gente, el registro dice que, cuando les hubo hablado, «…lloró… y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

«Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo» (3 Nefi 17:21-22).

No hay cuadro más tierno ni más hermoso en todas las Santas Escrituras que el que representan esas sencillas palabras que describen el amor del Salvador por los niños pequeños.

De todas las alegrías de la vida, ninguna se iguala a la de ser padres felices.  De todas las responsabilidades que debemos cumplir, ninguna otra es tan seria.  Criar a los hijos en un entorno de amor, de seguridad y de fe es el más grato y el más valioso de los deberes.  El buen resaltado de esa labor viene a ser la más satisfactoria compensación de la vida.

El presidente Joseph E Smith dijo en tina ocasión: «Al fin y al cabo, el hacer bien las cosas que Dios dispuso fuesen la suerte común de todo el género humano constituye la nobleza más auténtica.  Lograr el éxito como padre o como madre es superior a lograr el éxito como general o estadista.  Una es grandeza universal y eterna, la otra, es efímera» (Doctrina del Evangelio, pág. 279).

Estoy convencido de que ninguna otra experiencia de la vida nos acerca más al cielo que la que viven padres felices con hijos felices.

Mi súplica -y cuánto desearía ser más elocuente para expresarla- es el ruego ferviente de salvar a los niños.  Demasiados de ellos viven con dolor y temor, en la soledad y en la desesperación.  Los niños necesitan la luz del sol; necesitan felicidad; necesitan amor y cuidado; necesitan bondad, alimento y cariño.  Todo hogar, no importa lo que cueste la vivienda que lo cobije, puede proporcionar un ambiente de amor que sea un ambiente de salvación.

Para concluir, quisiera leerles parte de una carta que recibí el otro día y que describe la clase de hogar a que me refiero.  Dice:

«He pensado escribirle para decirle que la vida es buena.  A través de la ventana contemplo las hermosas montañas, el manzano del patio posterior cargado de fruta casi madura, dos palomas que se arrullan, a las que hemos dado de comer todo el verano y… las condiciones del tiempo, que por fin ha refrescado.

«Mi esposo y yo estamos casados desde hace veintiséis años, tenemos cinco hijos maravillosos, dos yernos y un hogar tranquilo y feliz.  Me asombra el amor que nos da el Señor, el cual entreteje nuestro matrimonio y nuestra familia como una hebra.  No tengo nada de qué quejarme; la mayoría de mis ayunos son de acción de gracias.

«Mi marido está en la presidencia de la estaca… y yo enseño la clase de Doctrina del Evangelio.  Siempre hemos trabajado en la Iglesia y siempre ha sido un placer hacerlo.  Disfrutamos del evangelio y es espléndido ver a nuestros hijos crecer y hacer lo mismo.

«Sólo deseaba hacerle saber que grande es el amor, el regocijo, el contento, la alegría y la gratitud que tenemos en nuestra vida»

¿Es eso demasiado bueno para ser verdadero?  Quien lo escribió no lo cree así. ¿Es demasiado ideal?  No lo creo.  No sé cómo será la casa de ellos; pero eso no es importante, sino el espíritu que allí reina, la expansión del amor de un hombre bueno que posee el sacerdocio de Dios y de una mujer buena cuyo corazón está lleno de verdadero amor y de gratitud, y de hijos que nacieron a un matrimonio virtuoso y que se han criado en un ambiente de paz, de fe y de seguridad.

Tal vez ustedes no tengan al alcance de la vista montañas que contemplar, ni un manzano en el traspatio; quizá no lleguen hasta el lugar donde vivan aves a las que puedan dar de comer.  Pero pueden tenerse el uno al otro como marido y mujer, padre y madre, e hijos que vivan juntos con amor, respeto y autodisciplina… y con oración, naturalmente.

El viejo bosque se quema y muere; pero a sus pies viene creciendo uno nuevo, lleno de asombroso potencial.  Es bellísimo de contemplar y está destinado a crecer.  Es la obra de las manos de Dios, parte de Su divino plan.

Salvemos a los niños.  Son demasiados los que sufren y lloran. Dios nos bendiga para que los tengamos presentes, para que los ayudemos y los guiemos al caminar ellos por senderos peligrosos; para que oremos por ellos, para que seamos tina bendición para ellos, para que los amemos y los mantengamos seguros hasta que puedan correr con sus propias fuerzas, ruego, en el nombre del que los ama inmensamente, el Señor Jesucristo.  Amén.

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Revelación personal: el don, la prueba y la promesa

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Revelación personal: el don, la prueba y la promesa
Élder Boyd K. Packer
Del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer«Sean creyentes, y su fe será constantemente fortalecida; su conocimiento de la verdad aumentará.»

Cuando el cortejo fúnebre transportaba el cuerpo de nuestro querido presidente Ezra Taft Benson a su última morada en el estado de Idaho, donde nació, por todo el camino había gente a los lados de la carretera.  Se veían Boy Scouts de uniforme y portando la bandera; había personas ancianas sentadas en sillas de jardín e incluso en sillas de ruedas; se veían granjeros que habían interrumpido sus trabajos en los campos, y familias enteras vestidas con su mejor ropa para rendir tributo al presidente Benson.  Miles de personas expresaron espontáneamente el amor que sentían por él, el mismo afecto que ahora se expresa al presidente Howard W Hunter.  En realidad, las limitaciones físicas que él tiene hacen resaltar su capacidad como Profeta y Vidente.  Que Dios lo bendiga por el curso que ya ha establecido para la Iglesia y por la dirección que nos dará en el futuro.

Me dirijo a la juventud de la Iglesia que hace frente a los «tiempos peligrosos» que el apóstol Pablo profetizó sobrevendrían en los últimos días (2 Timoteo 3:1).

A fin de prepararlos y proteger, los, les diré, tan claramente como me sea posible, lo que he aprendido en cuanto a la revelación personal.

SOMOS SERES DUALES

Hay dos partes que componen su persona: el cuerpo físico, nacido de sus padres terrenales; y el espíritu inmortal que en él mora.  Todos ustedes son hijos de Dios.

Físicamente, tienen ojos para ver, oídos para oír y pueden palpar, sentir y aprender; con el intelecto, aprenden la mayor parte de lo que saben acerca del mundo en que vivimos.

Pero si aprenden únicamente por el razonamiento, nunca llegarán a comprender al Espíritu ni saber cómo obra Él, por mucho que sepan en cuanto a otras cosas. Seguir leyendo

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Rememos con los dos remos

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Rememos con los dos remos
Chieko N. Okazaki
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Chieko N. OkazakiHermanas, es preciso seguir progresando. Parte de nuestra responsabilidad terrenal es crecer en conocimiento y sabiduría.

Mis queridas hermanas y mis queridos hermanos, ¡aloha!

Grande es mi alegría al encontrarme con ustedes en esta reunión y percibir la gran magnitud de nuestra hermandad en el Evangelio de Jesucristo. Nos hemos reunido con un fin, las hermanas de la Sociedad de Socorro, que es la organización del Señor para la mujer. Junto con este hermoso coro, ruego que todas vengamos a Cristo y hallemos reposo en su amor eterno.

Quisiera hablarles de algunos puntos de vista sobre el poder del conocimiento y la relación que este tiene con la autosuficiencia. A los santos de esta dispensación, el Señor ha dado importantes instrucciones de buscar conocimiento equilibrado, o sea, con equilibrio entre lo espiritual y lo temporal. Los términos que figuran en las Escrituras son el estudio y la fe. Por ejemplo, en Doctrina y Convenios 88:118, el Señor nos dice: «…buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe». Esa misma invitación se repite dos veces más en Doctrina y Convenios (D. y C. 109:7, 14).

Para mí, las expresiones buscar conocimiento por el estudio y buscar conocimiento por la fe indican que la autosuficiencia se adquiere por esas dos vías. Todas las que hayan participado en el programa de alfabetización de la Sociedad de Socorro sabrán que la labor de alfabetizar requiere estudio y fe. Tenemos que valernos de los dos.

Por ejemplo, supongamos que deseamos saber cómo funciona el organismo humano. La fe nos dice que nuestro cuerpo fue creado mediante un proceso inspirado, que fue hecho a la imagen de nuestros Padres Celestiales, que tenemos una mayordomía para con él, la de conservarlo sagrado y saludable durante nuestra probación terrenal, y que lo recuperaremos perfecto después de la resurrección. Ese es el mensaje de la fe. Es como uno de los remos de un bote. Seguir leyendo

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Raíces profundas

Conferencia General Octubre 1994
Raíces profundas
Elder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

«Nosotros, los de la Iglesia, debemos vivir nuestra religión y sus principios y seguir al Profeta, Vidente y Revelador, haga lo que haga el mundo.»

Mis queridos hermanos, agradezco la oportunidad que hemos tenido todos en esta conferencia general de sostener al presidente Howard W. Hunter como el decimocuarto Presidente de la Iglesia en esta dispensación; él es un hombre en quien no hay engaño. Lo sostengo de todo corazón y ruego que pueda yo servir con fidelidad bajo su dirección inspirada y la de sus excelentes Consejeros.

Hace poco, mi esposa y yo nos encontrábamos en Molokai, una de las islas hawaianas, y pasamos frente a dos árboles muy grandes que el viento había arrancado de cuajo. Observe que tenían raíces muy chicas y me pregunte que habría sucedido si las raíces hubieran sido más grandes y más profundas. Hay árboles que con sólo una ráfaga de viento basta para arrancarlos de raíz, como por ejemplo, las elegantes palmeras, que se ven tan bonitas, pero que no soportan los vientos fuertes porque no están bien afianzadas en el suelo. Por contraste, los gigantescos robles tienen raíces profundas, que se extienden hasta alcanzar una medida que puede llegar a ser dos veces y media la altura del árbol. Es muy raro que las tormentas, por fuertes que sean, los derriben.

Los miembros fieles de la Iglesia deben ser como los robles y extender sus raíces en la tierra fértil de los principios fundamentales del evangelio; debemos entender las verdades básicas y sencillas y vivir de acuerdo con ellas, sin complicarlas. Nuestro fundamento debe ser sólido y de raíces profundas a fin de resistir los vientos de las tentaciones, de las doctrinas falsas, de la adversidad y de los ataques del adversario, sin vacilar y sin ser arrancados de cuajo. Los miembros cuyas raíces lleguen sólo a la superficie del evangelio necesitan profundizarlas hasta que se hundan en la roca sólida, más abajo de la capa blanda.

El alimento espiritual es tan importante como una dieta equilibrada para conservarnos fuertes y saludables. Nos alimentamos espiritualmente tomando la Santa Cena todas las semanas, leyendo las Escrituras todos los días, orando diariamente en forma personal y con la familia y haciendo la obra del templo con regularidad. Nuestra fortaleza espiritual es como las baterías: hay que cargarlas y volverlas a cargar con frecuencia. Seguir leyendo

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Quedaos en el lugar santo

Conferencia General Octubre 1994logo 4
«Quedaos en el lugar santo»
Elder Lance B. Wickman
De los Setenta

Lance B. Wickman«El templo es la clave de nuestra salvación,… es un sitio de acción de gracias, un sitio de instrucción y un sitio de entendimiento.»

Nunca olvidaré la noche de hace casi tres décadas: Hacía dos años que mi esposa Patricia y yo nos habíamos casado y vivíamos en un pequeño apartamento, en la costa norte de la isla de Oahu. Yo era oficial de infantería y líder de pelotón, y me habían asignado a una estación en Schofield Barracks, Hawai, y nuestra brigada había recibido la orden de ir a la guerra de Vietnam. El avión debía partir después de la medianoche y un buen amigo mío, también miembro de la Iglesia, me iba a llevar al campo de aterrizaje a las 23 horas.

Durante las horas interminables que precedieron mi partida, Pat y yo permanecimos sentados en el sofá de nuestra pequeña sala, con las manos entrelazadas, mirando las agujas del reloj, que se acercaban a la fatídica hora, y escuchando el romper de las olas en la costa. El tic tac del reloj parecía un metrónomo que medía el tiempo de nuestra vida mortal, haciendo un doloroso contraste con el sonido del vaivén del eterno mar. Y así llegó la hora de partir. En la puerta de entrada de nuestro pequeño hogar, estreché a mi esposa entre mis brazos, acercándola a mi pecho, le di el último beso de despedida y me fui. Al cerrar la puerta, me pregunté si ésa sería la última vez que vería a mi querida en esta vida. Fue una experiencia difícil.

Mientras viajábamos en la oscura noche junto a los sembrados de caña de azúcar y de pinas de Oahu, mi amigo y yo permanecimos en silencio. Yo sentía que se me partía el corazón.

Al pasar por Schofield, una unidad de infantería que estaba haciendo maniobras nocturnas arrojó una bengala, cuyo brillo momentáneo iluminó la intensa obscuridad y pareció encender una llama espiritual que invadió mi desolada alma. Me proyecté de ese día, el más triste de mi vida, al más feliz: aquel hermoso día del mes de diciembre en que Pat y yo entramos en el templo santo y fuimos sellados, el uno al otro, no sólo por esta vida sino por la eternidad. Pensé en los convenios eternos que habíamos hecho y, como una luz del sol naciente, me di cuenta de que, sucediera lo que sucediera en mi incierto futuro, Pat sería siempre mía. Cuando llegue a la base aerea, la llamé por teléfono, y con un espíritu de renovada esperanza y de paz, nacida de la fe y del conocimiento, hablamos y reímos juntos y nos volvimos a despedir. Era apenas la medianoche pero, para mí, era la aurora de un nuevo día. Seguir leyendo

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Preciosas y grandísimas promesas

Conferencia General Octubre 1994logo 4
«Preciosas y grandísimas promesas»
Presidente Howard W. Hunter

Howard W. Hunter 1«A medida que nos alejamos cada vez más del estilo de vida del mundo, la Iglesia se vuelve un refugio acogedor.»

Mis queridos hermanos y hermanas, les agradezco su voto de sostenimiento. Me dirijo a ustedes con humildad y mansedumbre, y también con tristeza por el reciente fallecimiento de nuestro amado Profeta, el presidente Ezra Taft Benson. Me duele sobremanera la muerte de mi querido amigo, particularmente en vista de las nuevas responsabilidades que han recaído sobre mí.

He derramado muchas lágrimas y he buscado a mi Padre Celestial por medio de sincera oración para desempeñar este santo e importante llamamiento. He orado para ser digno de llevar sobre mis hombros esta asignación que otros trece hombres de esta dispensación ya han desempeñado. Tal vez sólo ellos, que miran desde el otro lado del velo, comprendan plenamente el peso de la responsabilidad y lo mucho que dependo del Señor al aceptar este sagrado llamamiento.

Mi mayor fortaleza durante estos meses pasados ha sido mi constante testimonio de que esta es la obra de Dios y no la de los hombres. Jesucristo está a la cabeza de esta Iglesia y El la dirige de palabra y obra. Es un honor inexpresable el haber sido llamado, por una temporada, para ser un instrumento en las manos de Dios para presidir Su Iglesia. Pero sin el conocimiento de que Cristo está a la cabeza de la Iglesia, ni yo ni ningún otro hombre podrían sobrellevar la carga de este llamamiento que he recibido.

Al asumir esta responsabilidad, reconozco la milagrosa mano de Dios en mi vida. En repetidas ocasiones me ha preservado la vida y he recobrado las fuerzas; numerosas veces me ha rescatado del borde de la eternidad y me ha permitido continuar mi ministerio terrenal por otra temporada. A veces me he preguntado por qué me ha preservado la vida, pero por ahora he dejado de pensar en eso, y sólo pido que los miembros de la Iglesia oren por mí con fe para que podamos hacer esta obra juntos, yo trabajando al lado de ustedes, para cumplir con los propósitos de Dios en esta época de nuestra vida.

También reconozco las oraciones y la fe de mi esposa y de mi familia, de mis Hermanos de las Autoridades Generales y de la multitud de miembros fieles que han orado por mí, que me han cuidado y se han preocupado por mi salud. Seguir leyendo

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Perseverar hasta el fin con caridad

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Perseverar hasta el fin con caridad
Elder Hartman Rector, Jr.
Autoridad General emérita miembro de los Setenta

Hartman Rector, Jr«Para andar sin culpa ante Dios, debemos amarnos y servirnos el uno al otro.»

Cuando un Setenta del Primer Quórum cumple setenta años, pasa a ser Autoridad Emérita, o lo que se podría llamar «emerititis», una condición endémica; lo único que se tiene que hacer para adquirirla es seguir respirando. Parece que todo lo que he estado haciendo últimamente lo estoy haciendo por última vez, y así lo será al hablar en esta conferencia general.

No diría que esto me molesta, ya que nunca me he sentido demasiado cómodo al estar detrás de este micrófono.

Lo que si agradezco es la oportunidad de expresar mi amor por las Autoridades Generales, a cuya mayoría conozco desde que fueron llamados, y a los muchos miembros fieles de todo el mundo con quienes he trabajado y a quienes he tenido el privilegio de conocer.

Si, el Evangelio de Jesucristo nos hace en verdad hermanos y una gran familia de Jesucristo, a medida que tratamos de seguirle y de convertirnos en Sus hijos e hijas (véase Juan 1:12; Eter 3:14).

Como la mayoría de ustedes lo saben, soy converso a la Iglesia, habiendo sido bautizado en Tokio, Japón, en 1952, mientras prestaba servicio en la Marina de los Estados Unidos, durante el conflicto con Corea. Nací y me crié en Misuri, en donde se llevaron a cabo los primeros sucesos de la historia de la Iglesia. Pero nunca había oído nada acerca de la Iglesia Mormona. Estaba en busca de la verdad, y aunque había leído la Biblia y creía que Jesucristo había vivido en la tierra y había resucitado, aún tenía muchas preguntas para las que no tenía respuesta, preguntas tales como: )Por que no habla Dios al hombre hoy como lo hizo antiguamente cuando se estaba escribiendo la Biblia? ¿Cómo puede ser Jesús su propio padre y el Espíritu Santo a la vez? ¿Porque tuvo que ser bautizado Jesús cuando no tenía pecado? ¿Dónde estaba yo antes de nacer, y a dónde iré cuando muera? ¿En qué forma puede salvarme el sólo creer en Cristo, cuando no he guardado los Diez Mandamientos de Dios?

Sabía que debía de haber respuestas que no había escuchado. Estas las recibí cuando los élderes Ted Raban y Ronald Flygare tocaron a mi puerta en San Diego, California, en julio de 1951. Mi esposa Connie les dejó entrar y aceptó de ellos un ejemplar del Libro de Mormón. Yo me encontraba en Hawai en ese tiempo, recibiendo un curso de entrenamiento de catorce semanas antes de ir a Corea. Seguir leyendo

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Permanezcan firmes en la fe

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Permanezcan firmes en la fe
Presidente Howard W. Hunter

Howard W. Hunter 1«Les suplicamos que contribuyan con su poderosa influencia para el fortalecimiento de nuestras familias, de nuestra Iglesia y de la comunidad en que vivamos.»

Mis queridas hermanas, les recomiendo que sigan el consejo que han recibido esta noche de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro. Las saludo con amor y respeto; sé que son hijas de nuestro Padre Celestial y sé lo que cada una de ustedes tiene el potencial de llegar a ser.

En nombre de los oficiales generales de la Iglesia les doy las gracias por el servicio que prestan a la Iglesia, a sus respectivas familias, así como a los vecindarios y a las comunidades en que viven. Reconozco que muchos de los actos desinteresados y caritativos que ustedes realizan no reciben reconocimiento, aclamación ni agradecimiento, pero el Señor las tiene presente.

Oramos por el bienestar de ustedes, y agradecemos a Dios la influencia purificadora que tienen sobre nuestro mundo por medio del servicio que prestan, del sacrificio que hacen, de la piedad que demuestran y por el esfuerzo que hacen para preservar lo que es hermoso y ennoblecedor.

Gracias por hacer que nuestras vidas sean mucho mejores por ser quienes son. Su ejemplo constante de rectitud contrasta con las costumbres del mundo.

Muchas personas en la actualidad enfrentan graves problemas de la vida. Dada la incertidumbre, la confusión y la maldad que nos rodean, es natural que procuremos encontrar a alguien que nos ayude. Algunas mujeres anhelan esa inspiración que da consuelo al corazón, que cura las heridas y que brinda el conocimiento necesario para que nos señale el camino a seguir cuando nos parece que no hay otra salida.

Sin embargo, no estamos desamparados. Tenemos las Escrituras que contienen palabras de aliento de un amoroso Padre Celestial, que nos dice que para El somos lo más importante. Él declaró: «Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39). Seguir leyendo

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No dejemos caer la pelota

Conferencia General Octubre 1994logo 4
No dejemos caer la pelota
Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley«Como poseedores del sacerdocio debemos tener mayor lealtad que otros hombres; debemos vivir con lealtad hacia Dios, en cuyo nombre estamos autorizados para hablar y actuar.»

Mis hermanos, al escuchar todo lo que ha tenido lugar hoy en esta conferencia, he pensado en lo gloriosa que es esta organización, la Iglesia de Cristo, que avanza en estos últimos días bajo la dirección de un Profeta verdadero a quien amamos y sostenemos.

El obispo Edgley ha contado un relato de básquetbol, y yo contaré una historia de béisbol. La recordé hace poco tiempo, al mirar una noche un programa de televisión; era un programa sobre béisbol, que llegó a ser el gran pasatiempo de los estadounidenses.

Reconozco que el béisbol es algo de poco interés para la gente de la mayoría de las naciones del mundo, pero lo menciono con el fin de destacar un principio que es de valor para la gente de todas partes.

El suceso al que me refiero ocurrió durante las Series Mundiales de 1912. En esas series se jugaron ocho juegos porque un partido tuvo que suspenderse por la mitad por falta de luz ya que, en aquel tiempo, las canchas no tenían alumbrado eléctrico.

Era el último partido y el tanteo estaba empatado uno a uno. El turno de batear le correspondía a los Boston Red Sox, mientras que los New York Giants estaban en el campo. El bateador de Boston le acertó a la pelota, que salió volando por el aire a gran altura; dos de los jugadores del New York corrieron para agarrarla. Fred Snodgrass, que jugaba en el jardín central, le hizo una señal a su compañero de que el la agarraría; se colocó en el lugar preciso y la pelota le cayó en el guante, pero se le deslizó de la mano y cayó al suelo. Desde las tribunas se oyó un clamor de desazón; los espectadores no podían creerlo. ¡A Snodgrass se le había caído la pelota! Cientos de veces había agarrado la pelota en esas mismas circunstancias, pero en ese momento, el más crítico, se le había caído.

Los New York Giants perdieron. Los Boston Red Sox ganaron la serie. Seguir leyendo

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Los principios invalorables que llevan al éxito

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Los principios invalorables que llevan al éxito
Elder Claudio R. M. Costa
De los Setenta

Claudio R. M. Costa«Tener éxito significa ser siervo de Dios, servir a nuestros semejantes, estar verdaderamente dedicado al Evangelio de Jesucristo y guardar los mandamientos de Dios.»

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido a mi Padre Celestial por haberme enviado a esta tierra, a padres amorosos que desde niño me enseñaron los invalorables principios de la rectitud, la honradez, la fidelidad y la industria.

Nací en una familia pobre y desde niño tuve que trabajar; esto ha sido para mí una gran bendición. Cuando tenía doce años, tenía que ir a la escuela de noche, pues trabajaba diez horas durante el día; muchas veces, al ir a la escuela, dormía en el tren o el autobús; incluso a veces me quedaba dormido en la clase. Sin embargo, al llegar a casa tarde por la noche, siempre encontraba a mis amorosos padres esperándome.

En esa época, todo lo que deseaba de la vida era tener éxito, lo que para mí quería decir tener muchas posesiones materiales, comodidades y una existencia fácil; con eso como meta, persevere en estudiar y en trabajar.

Después de bautizarme en la Iglesia, llegue a comprender el verdadero significado de la palabra éxito: significa ser siervo de Dios, servir a nuestros semejantes, estar verdaderamente dedicado al Evangelio de Jesucristo y guardar los mandamientos de Dios.

Durante el tiempo en que presidí la Misión Brasil Manaos, presencie grandes ejemplos de verdadero éxito, experiencias de personas realmente dedicadas al evangelio y a sus convenios con Dios.

Un hombre al que conocí vivía sencillamente en un pequeño pueblecito en medio de la selva del Amazonas. Después que él y su familia se bautizaron, estaba ansioso porque pasara un año para poder llevar a su esposa y sus hijos al templo. El Templo de Sao Paulo está muy lejos del Amazonas, y por lo general lleva cuatro días en bote y cuatro días en autobús para llegar, o sea, aproximadamente una semana entera de viaje. El hermano era carpintero de muebles. ¿Cómo podía ahorrar lo necesario para pagar su viaje, el de su mujer y el de sus hijos? A pesar de trabajar duramente durante varios meses, había ganado muy poco dinero. Seguir leyendo

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Los milagros de la restauración

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Los milagros de la Restauración
Elder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland«Esta Iglesia, esta gran organización dirigida por Cristo, es una obra maravillosa y un prodigio, no solo por lo que hace por los fieles, sino por lo que los fieles hacen por ella.»

Mis amados hermanos, esta es la primera vez que me pongo de pie ante ustedes desde lo ocurrido el 23 de junio, que alteró para siempre el curso de mi vida y de mi servicio. Pasó hace cien días precisamente, y cada uno de esos días he orado para ser digno y capaz de cumplir esta sagrada responsabilidad. Quizás comprendan lo inadecuado que me siento y la profunda, y a veces dolorosa, introspección del alma por la que he pasado.

Por cierto, mi mayor gozo y mi mayor alegría es que tengo la oportunidad, como dijo Nefi, de «[hablar] de Cristo… [regocijarme] en Cristo,… [predicar] de Cristo, [y profetizar] de Cristo» (2 Nefi 25:26) dondequiera y con quienquiera que este, hasta el último aliento de mi vida. Ciertamente, no hay propósito más noble ni privilegio más grande que el de ser «[testigo especial] del nombre de Cristo en todo el mundo» (D. y C. 107:23).

Pero de esa misma responsabilidad se deriva mi mayor preocupación. Una potente declaración de las Escrituras dice que «los que anuncian el evangelio, que vivan… [el] evangelio» (1 Corintios 9:14). Además de mis palabras, enseñanzas y expresiones de testimonio, mi vida misma debe formar parte de ese testimonio de Jesucristo; mi propia persona debe reflejar la divinidad de esta obra. No podría soportarlo si por cualquier cosa que yo dijera o hiciera disminuyera la fe que ustedes tienen en Cristo, su amor por esta Iglesia, y su estima por el Santo Apostolado. Pero les prometo, como se lo he prometido al Señor y a estos, mis hermanos, que trataré de ser digno de esa confianza y de servir al máximo de mi capacidad.

Sé que no puedo tener éxito sin la dirección del Maestro, de quien es esta obra. A veces, la belleza de Su vida y la magnitud de Su don penetran mi corazón de tal forma que me sobrecoge la emoción. La pureza de Su vida, Su misericordia y compasión hacia todos nosotros me han hecho pensar una y otra vez en «la grandeza de Su poder y Su infinito amor» y proclamar desde el alma «Señor y Dios: ¡Grande eres Tú!» (Himnos, N° 41). Seguir leyendo

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Los huérfanos y las viudas, amados de Dios

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Los huérfanos y las viudas, amados de Dios
Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de lo Primera Presidencia

Thomas S. Monson«¡Qué gran poder, ternura y compasión demostró nuestro Maestro y modelo! Nosotros también podemos bendecir a los demás con solo seguir Su noble ejemplo.»

Hace muchos años, asistí a una concurrida reunión de miembros de la Iglesia en la ciudad de Berlín, Alemania. Mientras se tocaba un preludio de himnos en el órgano, reinaba entre la congregación un espíritu de reverencia. Observando a los que estaban sentados frente a mí, me fije en que había parejas de padres y unos pocos niños. La mayoría de las personas que estaban sentadas en los bancos repletos de gente eran mujeres de edad mediana, y se hallaban solas. De pronto se me ocurrió que tal vez fueran viudas que habían perdido al esposo durante la Segunda Guerra Mundial. Mi curiosidad me llevo a tratar de encontrar una respuesta a aquel interrogante, de modo que le pedí al oficial dirigente que hiciera algo para averiguarlo; cuando pidió que todas las viudas se pusieran de pie, pareció que la mitad de la congregación se había levantado. En sus rostros se reflejaban los terribles efectos de la crueldad de la guerra; destrozadas habían quedado sus esperanzas, su vida alterada, y se les había despojado del futuro. Detrás de cada rostro, se escondía una historia personal de lágrimas. Dirigí mis palabras a esas personas y a todas las que, como ellas, habían amado y perdido a los seres más queridos.

Frederick W. Babbel, que acompaño al entonces élder Ezra Taft Benson en una visita que hizo a Europa después de la guerra para ayudar a los santos en su lucha por recuperarse, relata en su libro On Wings of Faith (En alas de la fe) una historia enternecedora. Una mujer, madre de cuatro niños pequeños, acababa de enviudar. Su esposo, un joven atractivo a quien quería más que a su propia vida, había muerto durante los últimos días de las terribles batallas que hubo en Prusia Oriental, su tierra natal. Ella y sus hijos se vieron obligados a huir a Alemania Occidental, que estaba a más de mil seiscientos kilómetros de distancia. Cuando empezaron a pie su larga y difícil jornada, el clima era todavía templado. Ya era de por sí difícil tener que hacer frente a los peligros que presentaban los refugiados atemorizados y las tropas que andaban merodeando, pero después llegó el frío del invierno, con la nieve y el hielo; los escasos víveres se le habían acabado. Lo único que le quedaba era su firme fe en Dios y en el evangelio revelado al Profeta de los últimos días, José Smith.

Entonces, una mañana sucedió algo inconcebible. Al despertar, lo que vio le heló el corazón: el cuerpecito de su hijita de tres años estaba frío e inmóvil y se dio cuenta de que la muerte se la había llevado. Con arduos esfuerzos, la madre cavó una tumba no muy profunda y sepultó a su amada criatura. Seguir leyendo

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