Las revelaciones de los cielos

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Las revelaciones de los cielos
Élder L Aldin Porter
De la Presidencia de los Setenta

L. Aldin Porter«Debemos aplicar las revelaciones a fin de llegar a saber con seguridad que la doctrina es verdadera.

Hace unos años me encontraba en la sala de emergencia de uno de los hospitales de Salt Lake City con mis hijos y el hijo de un vecino, que se habían accidentado jugando al fútbol en el patio de casa.

Mientras esperábamos allí que el doctor curara a uno de los muchachos, vimos que llevaban a una jovencita de unos diecisiete años, alta, atractiva y bien vestida; había tenido una mala reacción a una dosis excesiva de drogas. Mientras la observábamos, se desmayó; yo pensé: De ninguna manera saldrá con vida de esto. Y me pregunte que le habría pasado para que llegara a tan lamentable situación. ¿No había escuchado las palabras de los profetas? ¿O las había escuchado, pero se había burlado de ellas como si provinieran de hombres anticuados ajenos a la realidad de este mundo? ¿Habría uno de nosotros dejado pasar las oportunidades de enseñarle? ¿Sería posible que sus padres hubieran conocido la verdad pero que no se la hubiesen enseñado por no querer o no saber hacerlo?

Mientras esperaba en el hospital, pensando y orando por ella, recordé un principio que el Señor nos enseña en la sección 89 de Doctrina y Convenios. Se encuentra en el versículo 4:

«…Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación».

Reflexionemos sobre este principio: «…os he amonestado y os prevengo… por revelación».

Nosotros, los de esta Iglesia, con toda humildad y sinceridad declaramos al mundo que José Smith fue nombrado por nuestro Señor Jesucristo y llamado para ser el instrumento por el cual se restauraran a la tierra las doctrinas, el poder, las llaves, el sacerdocio y las ordenanzas. Desde ese día se ha recibido una constante corriente de revelación por medio de los que han sido llamados después por el Señor para ser Apóstoles y profetas.

Ayer sostuvimos a Howard W. Hunter como Presidente de la Iglesia y como Profeta, Vidente y Revelador. Me pregunto si nos damos cuenta en realidad de la importancia de ese acontecimiento; es tan serio que merece que meditemos y oremos al respecto. Debo recalcar que el presidente Hunter es uno de esos hombres que ha poseído ese sagrado poder revelador durante treinta y cinco años. Este hombre a quien el Señor ha llamado y al que hemos sostenido no es un principiante en cuanto a los principios, el proceso y la práctica de recibir revelaciones de Dios. Seguir leyendo

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Las llaves que nunca se enmohecen

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Las llaves que nunca se enmohecen
Elder James E. Faust
Del Quórum de los Doce Apóstoles

James E. Faust«Insto enfáticamente a todos los miembros de esta Iglesia a seguir las enseñanzas y el consejo de los que ahora tienen las llaves como profetas, videntes y reveladores.»

Hace pocos meses, mi amada Ruth, el élder Holland, su amada esposa Patty y yo acompañamos a un grupo de personas a la fascinante y antigua ciudad de Jerusalén para buscar la puerta en la cual está grabado el nombre «Hyde». El agradable aroma de las especias de las vasijas abiertas y las voces de los hombres que vendían sus mercancías era vivificante. Al entrar en el monasterio St. Saviour, en busca de la mencionada puerta, nos introdujimos por antiquísimos pasadizos cercados por murallas de piedra. Nos dijeron que algunas partes de las murallas databan de la época de las cruzadas. De una de ellas colgaba un manojo de llaves antiguas y enmohecidas. Algunas de esas llaves eran enormes; y todas eran más grandes que las que usamos hoy en día. Un buen número de ellas eran muy ornamentadas. Muchas de las puertas para las cuales las llaves se hicieron ya no existen, o, si existieran, no podrían abrirse puesto que las cerraduras y las llaves están muy enmohecidas.

Hoy hablaré de llaves que no son de metal, de llaves que nunca se enmohecen. Esas son las llaves de la vida y la salvación en el Reino de Dios. El profeta José Smith dijo: «Os daré una llave que nunca se enmohecerá: si permanecéis con la mayoría de los Doce Apóstoles, y con los anales de la Iglesia, nunca os llevaran por mal camino» («Young Women’s Journal», diciembre de 1906, pág. 543).

Además, el Profeta dijo: «El sacerdocio es eterno. El Salvador, Moisés y Elías entregaron las llaves a Pedro, Santiago y Juan en el monte de la transfiguración» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 184). Pedro, Santiago y Juan otorgaron las llaves del Reino de Dios al profeta José Smith y lo ordenaron Apóstol y testigo especial del nombre del Salvador, y para poseer las llaves de Su ministerio (D. y C. 27:1213). Las llaves que pertenecen al recogimiento de Israel, la dispensación de Abraham, e, imprescindiblemente, las llaves para sellar, fueron otorgadas al Profeta por Moisés, Elías y Elías el profeta en 1836 (véase la sección 110 de Doctrina y Convenios).

Antes del martirio, sin duda por un presentimiento, el profeta José Smith se preparó para su muerte. El presidente Joseph Fielding Smith dijo: Seguir leyendo

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Las decisiones correctas

Conferencia General Octubre 1994

Las decisiones correctas

Elder Richard G. ScottÉlder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Mantente moralmente limpio; si haces tú parte con todas tus fuerzas, el Señor hará que eso sea posible.”


A que presentes se encuentran muchos jóvenes que poseen el Sacerdocio de Dios (Discourses of Wilford Woodruff, sel. G. Homer Durham, Salt Lake City: Bookcraft, 1946, pág. 64). Algunos están preparándose entusiasmados para ir a una misión cuando sean mayores; otros planean ir pronto; y otros ya la han cumplido y están buscando una compañera eterna. Me preocupa mucho la idea de que algunos de ustedes no lleguen a alcanzar esas metas tan dignas debido a las decisiones que estén tomando ahora.

Aprecio el hecho de que esta sea una reunión privada del sacerdocio, porque he recibido la impresión de hablar de asuntos delicados pero muy importantes; y, aunque lo que diré se aplica a todos los presentes, deseo hablarles en particular a los jóvenes. Lo haré como si estuviera con uno de ustedes en una entrevista privada donde nadie pudiera oírnos. Mi objeto es ayudarles a entender cómo tomar las decisiones correctas, lo que, a su vez, les hará sentir mayor estima por sí mismos. Así, tendrán la confianza de hacer lo correcto y superar las presiones fuertes y negativas de las amistades y las malas influencias.

Cuando yo era un muchacho, me parecía que no estaba bien hablar de ciertas cosas, como oía a mis compañeros de escuela hacerlo, de las partes privadas del cuerpo; pero, no estaba muy seguro de hasta qué punto era malo, ni por qué. Quizás tú tengas pensamientos similares. Puesto que esta noche no puedes hacerme las preguntas directamente, utilizaré algunas de las que me han hecho confidencialmente los jóvenes de todo el mundo con los que he hablado, y las responderé de acuerdo con lo que he aprendido de las Escrituras y de los profetas. Entonces, tendrás normas claras para tomar tus decisiones. Ruego que, mientras hablemos, el Espíritu Santo te haga sentir la verdad de lo que vas a oír. Sé que al escuchar y pensar en la forma en que nuestra entrevista se aplica a ti, sentirás impresiones sobre lo que tú mismo debes hacer para aplicar estos consejos a tu vida.

Pregunta: ¿Nos puede dar sugerencias sobre la forma de resistir la presión de las amistades? ¿Porque hay personas que, después de hacer algo malo, cuentan a todo el mundo lo mucho que se divierten haciéndolo? Y como yo no tomo parte, me hacen sentir que soy bobo porque no hago lo mismo que ellos. Seguir leyendo

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Las cosas simples

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Las cosas simples
Elder Rex D. Pinegar
De la Presidencia de los Setenta

Rex d .Pinegar«No debemos dejar de hacer las cosas sencillas y fáciles que el evangelio requiere y de esa manera negarnos a nosotros mismos y negar a nuestras familias los grandes bendiciones que el Señor ha prometido.»

Es una bendición el poder estar aquí y escuchar la instrucción que hemos recibido. Es un privilegio especial dar la bienvenida a estos hombres como lo es también despedirme, por un tiempo, de aquellos que nos dejan. A estos últimos, les expresamos nuestro agradecimiento por el servicio valiente que han prestado.

Presidente Hunter, lo amo y lo apoyo con toda mi alma y con todo mi corazón, como también lo hacen todos los Setenta. Declaramos a todos nuestro testimonio de que Jesucristo existe y de que usted ha sido llamado para ser Su profeta.

La primera vez que vi al presidente Howard W. Hunter fue en 1967 cuando me presente en su oficina para que se me apartara para un nuevo llamamiento. Después de hablar unos momentos de mi nuevo cargo, me sorprendió cuando me dijo algo por el estilo: «Hermano Pinegar, no necesitamos a nadie para que desempeñe ese cargo, ¿sabe lo que precisamos?» Yo me quede sin saber que responder; me pregunte si no habría entendido bien lo de mi llamamiento. Con su tono agradable me dijo que si detuviéramos a los próximos cien miembros de la Iglesia que pasaran enfrente de las Oficinas Administrativas de la Iglesia para preguntarles si estarían dispuestos a desempeñar el mismo llamamiento, casi todos responderían que sí. «Lo que necesitamos», me dijo, «son maestros orientadores. Eso es lo que más se necesita en la Iglesia hoy día».

Entonces dijo sonriendo: «Esta bien, hermano Pinegar, de todas formas lo voy a apartar». Cuando colocó las manos sobre mi cabeza, no sabía lo que el élder Hunter me diría. Pensé que quizás me iba a apartar como maestro orientador. Con tono bondadoso me bendijo, asegurándome que iba a poder llevar a cabo mi llamamiento… Y yo me prometí que de ese momento en adelante cumpliría mejor con mi deber como maestro orientador.

Lo que dijo el presidente Hunter ese día sobre los maestros orientadores está de acuerdo con el hincapié que da a los temas sencillos del Evangelio de Jesucristo. La gran obra del Señor se realiza principalmente por medio de pequeños actos de bondad que ejemplifican las enseñanzas básicas de Su evangelio. El obedecer, aun en las cosas sencillas, siempre ha sido la manera de obtener las bendiciones del Señor. Seguir leyendo

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Las asambleas solemnes

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Las asambleas solemnes
Elder David B. Haight
Del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight«Cuando sostenemos al Presidente de la Iglesia con la mano levantada,… hacemos convenio con Dios de que obedeceremos la dirección y los consejos que recibamos por medio de Su Profeta.»

Desde lo más profundo de mi alma, he rogado tener la guía y la influencia del Espíritu Santo en este acontecimiento dirigido desde los cielos. Los discursos de esta conferencia han sido muy edificantes y han marcado otro capítulo en la historia de la Iglesia.

Hace unos pocos meses, lloramos la pérdida de un gran líder, el presidente Ezra Taft Benson, que paso toda una vida prestando servicio fiel y que dedico su tiempo y su inspirada dirección a edificar, aquí sobre la tierra, el Reino de Dios y a servir a sus coterráneos con gran lealtad y con un profundo interés en el bienestar de la nación. Él se ha ido al más allá, a unirse a su compañera eterna, Flora, y a los otros seres queridos de ellos, para continuar su llamamiento preordenado.

Hoy somos testigos y participantes de un suceso sumamente sagrado: una asamblea solemne para tratar asuntos celestiales. Como ocurría en la antigüedad, los santos en todas partes del mundo han hecho mucho ayuno y oración para recibir en abundancia el Espíritu del Señor, que se ha sentido muy fuertemente aquí en esta ocasión.

Una asamblea solemne, tal como el nombre lo indica, es una ocasión reverente, sagrada y seria en que los santos se reúnen bajo la dirección de la Primera Presidencia. Estas asambleas se realizan por tres motivos: para dedicar un templo, para dar instrucciones especiales a los líderes del sacerdocio y para sostener a un nuevo Presidente de la Iglesia. Esta que se lleva a cabo hoy, en esta sesión, tiene por objeto sostener al recién llamado Presidente de la Iglesia y a otros oficiales de ella. Seguir leyendo

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La verdad restaurada

Conferencia General Octubre 1994logo 4
La verdad restaurada
Elder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard«Quizás la lección más importante que el joven José Smith aprendió en la Arboleda Sagrada es esta importante verdad eterna: Los cielos no están cerrados.»

Hace tres semanas, recibí la asignación de actuar como anfitrión de una recepción que tuvo lugar en el Templo de Orlando, Florida, para los líderes representantes del clero, la prensa, el gobierno, la educación y los negocios. Antes de acompañar a estos distinguidos invitados por el templo, les explique la posición y la doctrina básica de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Yo quería que ellos supieran por que el Evangelio de Jesucristo se había restaurado a la tierra por medio del profeta José Smith, para que comprendieran el divino propósito y el significado eterno del templo. Mi mensaje esta mañana tiene como fin recordar a los miembros de la Iglesia lo que tenemos y la necesidad que existe de enseñar a las personas que no son miembros de la Iglesia a comprender que era preciso que hubiera una restauración del evangelio.

El ministerio terrenal del Señor Jesucristo fue relativamente corto, ya que sólo cubrió un período de tres años de sus treinta y tres años de vida. Sin embargo, en ese corto tiempo, El enseñó a la humanidad lo que era necesario hacer para recibir todas las bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene guardadas para Sus hijos. El terminó Su ministerio terrenal dando el servicio más compasivo y demás significado que el mundo jamás haya visto: la Expiación.

Uno de los logros más importantes del Salvador fue el establecer Su Iglesia sobre la tierra. Pablo enseñó que Cristo «…constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4:1112).

Cuando Jesús llamó a los Doce Apóstoles, puso las manos sobre ellos y los ordenó, confiriéndoles la autoridad para actuar en Su nombre y gobernar Su Iglesia. Es de público conocimiento que Pedro se convirtió en el Apóstol principal, o sea, el Presidente de la Iglesia, después de la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo. Los antiguos cristianos padecieron duras persecuciones y penurias. A Pedro y a los demás discípulos les resultaba suma mente difícil mantener la Iglesia unida y la doctrina pura. Ellos viajaban extensamente y se escribían los unos a los otros acerca de los problemas que enfrentaban. Sin embargo, los medios de comunicación eran tan lentos y la Iglesia y sus enseñanzas tan nuevas que resultaba sumamente difícil corregir las enseñanzas falsas antes de que estas se arraigaran firmemente. Seguir leyendo

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La importancia de recibir un testimonio personal

Conferencia General Octubre 1994

La importancia de recibir un testimonio personal

Robert D. HalesÉlder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

«Nuestro testimonio proporciona una luz orientadora que nos guía hacia un cometido que dirige nuestra conducta y nuestra forma de vida.»


Mis queridos hermanos, esta mañana fue una ocasión histórica y, para mí, un gran honor y privilegio unirme a ustedes en asamblea solemne para sostener al presidente Howard W. Hunter como Profeta, Vidente y Revelador, y Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Al levantar la mano para sostener al Profeta, es importante que cada uno de nosotros tenga un testimonio personal de que Dios vive y de que Jesús es el Cristo, quien dirige a Su Iglesia en la actualidad por medio del Profeta que El mismo ha elegido.

El testimonio lo recibimos por medio del don y el poder del Espíritu Santo. El testimonio que recibimos y llevamos en nuestro interior nos permite mantener un curso estable en tiempos de prosperidad y vencer las dudas y el temor en épocas de adversidad. Todos debemos saber que es un testimonio, como obtenerlo y cuáles son nuestras responsabilidades una vez que lo hayamos recibido.

Un testimonio es el espíritu de profecía (véase Apocalipsis 19:10). Es una revelación personal de Dios, que nos revela la veracidad del Evangelio de Jesucristo. Un testimonio se recibe por medio del Espíritu Santo, dejando una profunda y perdurable huella en nuestra alma.

Los testimonios personales son el cimiento y la fortaleza de la iglesia. Nuestro testimonio proporciona una luz orientadora que nos guía hacia un cometido que dirige nuestra conducta y nuestra forma de vida. Nuestro testimonio es el norte certero de nuestra brújula espiritual; es una fuerza impulsante que no se puede ver pero se puede sentir; es un ardor interior que nos dice lo que está bien; es cuando «el corazón nos hace saber lo que la mente desconoce» (Harold B. Lee, «Be Loyal to the Royal within You», Speeches of the Year: BYU Devotional and Ten Stake Fireside Addresses 1973, Provo: Brigham Young University Press, 1973, pág. 101). Seguir leyendo

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La caridad y el aprendizaje

Conferencia General Octubre 1994logo 4
La caridad y el aprendizaje
Aileen H. Clyde
de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Aileen H. Clyde«Creemos que nuestros actos de bondad… tendrán significado en el mismo grado en que atraigan el Santo Espíritu a nuestra alma.»

Las hermanas de nuestra Iglesia se han movilizado muchas veces para prestarse cariñoso servicio unas a otras, así como a sus familiares y a su comunidad. Si bien las tareas que emprendemos son muy diversas, creemos que la forma en que las realizamos nos separa del mundo por motivo de nuestro deseo de ser guiadas espiritualmente y de actuar con caridad. Nuestras Escrituras nos indican que la caridad, la palabra que empleamos para definir el amor más elevado, o sea, «el amor puro de Cristo» (Moroni 7:47) se aprende. Al aprender a ejercer ese amor puro, somos capaces de ser bondadosas, de no tener envidia, de no irritarnos fácilmente, de regocijarnos en la verdad, de creer, esperar y soportar todas las cosas (véase 1 Corintios 13:47). La caridad va formando parte de nuestro ser a medida que vamos avanzando de gracia en gracia y absorbiendo precepto por precepto.

«Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría…» (2 Nefi 28:30).

Las hermanas de la Sociedad de Socorro buscamos aprender sabiduría, pero ponemos en primer lugar el aprender la caridad.

La caridad se va asentando en nuestra alma al ir dejando a un lado lo que sirva primero para nuestra comodidad y egoísmo a fin de ir dando paso al amor a la familia y a los amigos, y, más aun, al llegar a comprender el amor incondicional de nuestro Señor por nosotros que nos manifiesta parentesco divino de las unas con las otras y con El. Ese amor, o caridad, no brota de pronto ni permanece en forma constante en la mayoría de las personas, pero podemos adquirirlo al aprender y progresar, y esforzarnos por conocer el amor de Dios. Las Escrituras nos ayudan en gran medida a entender eso; en ellas leemos que el amor precede al conocer a Dios. En 1 Juan 4:8-11, dice: Seguir leyendo

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Hazte un arca

Conferencia General Octubre 1994logo 4
«Hazte un arca»
Elder W. Don Ladd
De los Setenta

W. Don Ladd«Debemos escuchar a los portavoces del Señor, seguir adelante con calma y prepararnos para lo que sin duda vendrá.»

«Tantas clases de idiomas hay… en el mundo», dijo el apóstol Pablo a los corintios hace dos mil años (1 Corintios 14:10). A ellos aparentemente les causaban inquietud los mismos mensajes conflictivos que escuchamos hoy, y es alarmante considerar lo frágil y voluble que es nuestra sociedad.

Siempre han existido los sonidos estridentes y las voces discordantes, y existen en nuestros días. Los periódicos, la televisión, las películas y la revistas nos bombardean diariamente con la violencia y la inmoralidad disimuladas en las voces atractivas de la liberalización.

En Su Sermón del Monte, el Maestro aconsejó esto:

«Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal» (Mateo 6:34).

Ciertamente, basta a este día de hoy su propio mal. Hay como una marea creciente de maldad, una inundación de iniquidad que se esparce por todo el mundo; el crimen y la violencia aumentan en forma alarmante. El temor acecha abiertamente en nuestras calles e invade nuestros hogares.

Se ha dicho que en la publicidad de una nación se pueden ver sus ideales, y mucho de lo que veo en la propaganda no habla favorablemente de nosotros. Oí el comentario de que había tiempos en que las películas se clasificaban por su calidad y no según a quien le estaba permitido verlas.

De acuerdo con lo que dice en el Libro de Mormón, el diablo «busca que todos los hombres sean miserables como el» (2 Nefi 2:27). Y es indudable que la evidencia de su obra nos rodea. El élder Richard L. Evans [Apóstol ya fallecido] dijo una vez: «Si no cambiamos de dirección, llegaremos al lugar hacia el cual nos encaminamos» (Richard Evans’ Quote Book, Salt Lake City: Publishers Press, 1971, pág. 244). Seguir leyendo

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Escuchemos la voz del profeta

Conferencia General Octubre 1994logo 4
Escuchemos la voz del Profeta
Elder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry«¡Que consuelo es saber que el Señor mantiene abierto un canal de comunicación con Sus hijos por medio del Profeta!»

Hermana Grassli, en nombre de mis nietos, y de cientos de miles de otros hermosos niños que tenemos en la Iglesia, a quienes usted ha dirigido fielmente y con gran inspiración, le agradezco desde lo más profundo de mi corazón. ¡Muchas gracias!

El 6 de abril de 1830 es una fecha importante para los Santos de los Últimos Días por ser el día en que se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La traducción y la impresión del Libro de Mormón se habían terminado, el sacerdocio se había restaurado y el Señor mandó entonces que Su Iglesia se organizara de nuevo sobre la tierra.

Los futuros miembros de la Iglesia se reunieron en la casa de Peter Whitmer, en Fayette, estado de Nueva York, para esa ocasión especial. La reunión fue sencilla: José Smith, que tenía veinticuatro años, dio comienzo a la reunión y nombró a cinco colegas para que, junto con él, tuvieran el número de personas que exigía el requisito legal de Nueva York para la formación de una sociedad religiosa. Después de arrodillarse en solemne oración, José Smith propuso que él y Oliver Cowdery fueran llamados como maestros y asesores espirituales en la recién organizada Iglesia. Todos levantaron la mano derecha, estableciéndose así el modelo del sostenimiento de los líderes de la Iglesia.

En aquella reunión, se recibió la revelación que aparece en la sección 21 de Doctrina y Convenios. En esa revelación, el Señor le dijo al profeta José Smith:

«He aquí, se llevara entre vosotros una historia; y en ella serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la voluntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo,

«habiendo sido inspirado por el Espíritu Santo para poner los cimientos de ella y edificarla para la fe santísima» (vers. 1-2).

Hoy tuvimos la oportunidad de levantar la mano derecha para sostener a Howard W. Hunter como nuestro Presidente. Es un suceso histórico, así como una oportunidad para meditar sobre la bendición de tener un Profeta de Dios para guiarnos. Creo que al concluir esta inolvidable sesión debemos detenernos a considerar lo que significa sostener al Presidente de nuestra Iglesia como Vidente y Profeta. Seguir leyendo

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Enseñemos a los niños

Conferencia General Octubre 1994logo 4
«Enseñemos a los niños»
Patricia P. Pinegar
Presidenta General de la Primaria

Patricia P. Pinegar«Enseñen y demuestren a los niños que nuestro Padre Celestial les ama y que tiene fe en ellos porque son Sus hijos. Enséñenles y demuéstrenles que ellos necesitan a Jesús.»

Presidente Hunter, presidente Hinckley, presidente Monson, les doy las gracias por esta oportunidad de expresar mi testimonio y mis sentimientos de gozo, gratitud y responsabilidad por el llamamiento que he recibido de prestar servicio a los niños de la Primaria de la Iglesia.

Agradezco lo que el élder Wirthlin nos ha enseñado; yo también he tenido una experiencia similar a la de él.

Hace ya varios años, mientras mi esposo Ed y yo prestábamos servicio en la Misión Inglaterra Londres Sur, se desató una inesperada tormenta. Los vientos soplaron con furia toda la noche. Cuando llego la mañana, nos aventuramos a salir de la casa de la misión para ver los daños; era devastador. Muchos árboles de nuestro jardín, del barrio y de todo el sur de Inglaterra habían sido desarraigados. Era asombroso ver los árboles caídos con sus gigantescas raíces, completamente intactas, proyectadas en el aire. Yo llegue a la conclusión de que «por la facilidad que presenta la senda» (Alma 37:46), -llueve mucho en Inglaterra-, los árboles no tenían necesidad de introducir sus raíces muy hondo en la tierra para obtener la nutrición que necesitaban. Sus raíces no eran lo suficientemente fuertes ni profundas para resistir la fuerza de los vientos huracanados. Por otro lado, las gigantescas secoyas que crecen en el norte de California tienen también un sistema de raíces sumamente superficial. Sin embargo, al estar rodeados de otras secoyas, los vientos más severos y fuertes no pueden arrancarlas. Las raíces de estos árboles gigantescos se entrelazan y se fortalecen unas a otras; por eso, cuando se desatan las tormentas, prácticamente mantienen a los árboles en pie.

Permítanme contarles de algunos ejemplos personales y agradecer a las personas que han sido en mi vida como gigantes secoyas; aquellos que han sido ejemplos por sus enseñanzas y su sincero interés; aquellos que han entrelazado sus raíces con las mías y me han ayudado a permanecer firme a medida que me enseñaban por medio de la palabra y del ejemplo de sus vidas. Seguir leyendo

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El único fundamento correcto y válido

Conferencia general Octubre 1994logo 4
El único fundamento correcto y válido
Élder Dieter F. Uchtdorf
De los Setenta

Dieter F. Uchtdorf«Debemos capacitarnos y acondicionarnos para oír la voz suave y apacible y nunca permitir que se nos. desvíe del rumbo fijo ni dejar de prestar atención por el hecho de que haya mucha estática en la frecuencia sagrada.»

Mis queridos hermanos, es maravilloso estar con ustedes esta noche en esta gran reunión de poseedores del sacerdocio. Agradezco en forma especial la solemne experiencia que tuvimos esta mañana en la que volví a aprender la forma en que el Señor dirige y guía a Su Iglesia en estos últimos días.

Hace unos cuantos días, como piloto de una aerolínea, viaje de Dallas, Texas, a mi hogar en Francfort, Alemania. No había luna y un sinfín de estrellas cubrían el cielo norte del Océano Atlántico. Al contemplar ese panorama imponente desde la cabina del avión, vino a mi mente el recuerdo de los muchos milagros que han sucedido en mi vida.

Hace cuarenta y cinco años, poco después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, a los ocho años de edad, fui bautizado en Zwickau, Sachsen, Alemania Oriental, gracias a una valiente y bondadosa Señora de cabello blanco que compartió el conocimiento del Evangelio de Jesucristo con mi abuela y con mis padres, quienes no vacilaron en aceptarlo. ¡Cuánto les amo por haberlo hecho!

En 1952, mi familia tuvo que partir de mi tierra natal, pensando que jamás la volverían a ver. Fuimos a Francfort, donde fui ordenado diácono y donde lideres exigentes pero bondadosos me enseñaron a apreciar el valor del trabajo y del servicio a los demás.

Al mismo tiempo, en el corazón de Alemania occidental, otra a maravillosa, que hacía poco había enviudado y que todavía no cumplía los cuarenta años de edad, estaba aterrorizada ante las dificultades que le deparaba el futuro. Tenía dos hijas y se sentía sola en un país sin esperanzas. En esa época, dos jóvenes misioneros llamaron a la puerta de su casa y le dieron el mensaje de luz, de verdad y de esperanza. Seguir leyendo

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El ser marido y padre con rectitud

Conferencia General Octubre 1994

El ser marido y padre con rectitud

Howard W. Hunter 1Presidente Howard W. Hunter

«El hombre que posee el sacerdocio debe considerar que la familia es ordenada por Dios.  El ser líder de su familia es su deber más importante y más sagrado.»

Mis queridos hermanos del sacerdocio, considero un privilegio reunirme con ustedes esta noche en esta reunión general del sacerdocio. El sacerdocio es la mejor y la más grande hermandad que hay sobre la tierra.  Me siento intensamente robustecido al ver su fidelidad, sentir su amor y recibir su voto de sostenimiento.  En particular, nos sentimos agradecidos porque han concurrido a esta reunión tantos de nuestros hermanos del Sacerdocio Aarónico con sus padres o asesores.

El tema de mi discurso en esta oportunidad está dirigido de forma especial a los que son maridos y padres de familia.  Todos ustedes, los que poseen el Sacerdocio Aarónico, pronto llegarán a la edad del matrimonio y la paternidad.  Por tanto, lo que diga en esta ocasión tendrá aplicación para todos los presentes.

Deseo hablar de la relación que el hombre que posee el sacerdocio debe tener con su esposa y con sus hijos.  Con el conocimiento del plan de salvación como base, el hombre que posee el sacerdocio debe considerar el matrimonio como un privilegio y una obligación sagrados.  No es bueno que el hombre ni que la mujer estén solos.  El hombre no es completo sin la mujer.  Ninguno puede cumplir la medida de su creación sin el otro (1 Corintios 11:11;  Moisés 3:18).  El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios (D. y C. 49:15-17).  Sólo por medio del nuevo y sempiterno convenio del matrimonio alcanzarán la plenitud de las bendiciones eternas (D. y C. 131:1-4; 132:15-19).  Como parte importante de la responsabilidad del sacerdocio, el hombre, en circunstancias normales, no debe innecesariamente posponer el matrimonio.  Hermanos, el Señor ha hablado con claridad sobre este asunto.  Es la sagrada y solemne responsabilidad de ustedes seguir el consejo del Señor y las palabras de Sus profetas.

Los profetas del pasado también han hablado de los que quizá no tengan la oportunidad de casarse en esta vida.  El presidente Lorenzo Snow dijo:

«Ningún Santo de los últimos Días que muera después de haber llevado una vida fiel perderá bendición alguna por no haber hecho ciertas cosas si no se le presentaron las oportunidades de hacerlas.  En otras palabras, si un joven o una joven no tienen oportunidad de casarse y llevan una vida fiel hasta la hora de su muerte, tendrán todas las bendiciones, la exaltación y la gloria que tendrá cualquier hombre o mujer que tenga esa oportunidad y la aproveche.  Eso es seguro y verdadero» (The Teachings of Lorenzo Snow, compilación de Clyde J. Williams, Salt Lake City: Bookcraft, 1984, pág. 138). Creo que lo que dijo el presidente Snow es verdadero.

El hombre que posee el sacerdocio debe ser perfecto en su fidelidad moral a su esposa y no darle motivos para que ella dude de su fidelidad.  El marido debe amar a su esposa con todo su corazón y allegarse a ella y a ninguna otra (D. y C. 42:22-26).  El presidente Spencer W Kimball explicó que «las palabras ninguna otra eliminan a cualquier otra persona o cosa.  De manera que el cónyuge llega a ocupar el primer lugar en la vida del esposo o de la esposa, y ni la vida social, ni la vida laboral, ni la vida política, ni ningún otro interés, persona o cosa deben recibir mayor preferencia que el compañero o compañera correspondiente» (Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 256).

El Señor prohíbe y Su Iglesia condena cualquier y toda relación íntima fuera del matrimonio.  La infidelidad por parte del hombre quebranta el corazón de su esposa y hace que él pierda la confianza de ella y la confianza de sus hijos (Jacob 2:35).

Sean fieles a sus convenios matrimoniales en pensamiento, palabra y hecho.  La pornografía, el flirteo y las malsanas fantasías corroen la integridad personal y asestan un feroz golpe a los cimientos de un matrimonio feliz.  De ese modo se destruyen la unidad y la confianza de un matrimonio. El que no domine sus pensamientos y cometa así adulterio en su corazón, si no se arrepiente, no tendrá el Espíritu, sino que negará la fe y temerá (D. y C. 42:23; 63:16).

El hombre que posea el sacerdocio debe tener reverencia por la maternidad.  A las madres se les ha dado el sagrado privilegio de engendrar «las almas de los hombres; pues en esto se perpetúa la obra de Padre, a fin de que él sea glorificado» (D. y C. 132:63).

La Primera Presidencia ha dicho:

«La maternidad está cerca de la divinidad.  Es el más elevado, el más santo servicio que el género humano puede tomar sobre sí» (en James R. Clark, comp., Messages of The First Presidency, 6 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1965-1975, 6:178).  El sacerdocio no puede alcanzar su destino, ni los propósitos de Dios pueden cumplirse sin la compañera, la esposa.  Las madres realizan una labor que el sacerdocio no puede realizar.  Por ese don de la vida, el poseedor del sacerdocio debe tener un amor ilimitado a la madre de sus hijos.

Honren la función exclusiva y divinamente señalada de su esposa como madre en Israel y su don especial de tener los hijos.  Hemos recibido el mandato divino de multiplicarnos y henchir la tierra, y de criar a nuestros hijos en la luz y la verdad (Moisés 2:28; D. y C. 93:40). Ustedes comparten, como compañeros cariñosos, el cuidado de los hijos.  Ayuden a su esposa a administrar y a mantener el hogar.  Ayúdenle a enseñar, a formar y a disciplinar a los hijos.

Expresen con regularidad a su esposa y a sus hijos su reverencia y respeto hacia ella.  En realidad, una de las mejores cosas que un padre puede hacer por sus hijos es amar a la madre de ellos.

El hombre que posee el sacerdocio debe considerar que la familia es ordenada por Dios.  El ser líder de su familia es su deber más importante y más sagrado.  La familia es la unidad más importante en esta vida y en la eternidad y como tal supera a todos los demás intereses de la vida.

Reiteramos lo que dijo el presidente David O. McKay: «Ningún otro éxito [en la vida] puede compensar el fracaso en el hogar» (David O. McKay, citando a J. E. McCulloch, «Home, the Savior of Civilization», en Conference Report, abril de 1935, pág. 116) y el presidente Harold B. Lee: «Lo más importante de la obra del Señor que ustedes y yo hagamos jamás será dentro de las paredes de nuestro propio hogar» (Harold B. Lee, Stand Ye in Holy Places, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974, pág. 255).  El ser eficaces líderes de familia, hermanos, requiere el dar a ésta tiempo en cantidad y calidad.  No deben dejar por entero la enseñanza y el gobierno de la familia sólo en manos de su esposa, ni de la sociedad, ni de la escuela y ni siquiera de la Iglesia.

El hombre que posee el sacerdocio debe aceptar a su esposa como compañera en la dirección del hogar y de la familia, por lo que ella debe participar de forma total, y con sin conocimiento pleno de los detalles, en todas las decisiones que atañan a éstos.  Necesariamente debe haber en la Iglesia y en el hogar un oficial presidente (D. y C. 107:21).  Por decreto divino, la responsabilidad de presidir en el hogar descansa sobre el poseedor del sacerdocio (Moisés 4:22).  El Señor dispuso que la esposa fuese ayuda idónea para el hombre, o sea, una compañera apropiada y necesaria para él e igual en todo sentido.  Para presidir con rectitud, es preciso que se compartan las responsabilidades entre marido y mujer; deben actuar juntos con conocimiento y participación en lo que respecta a todos los asuntos familiares.  El que el hombre actúe por su propia cuenta, sin pedir la opinión ni el consejo de su esposa en el gobierno de la familia, es ejercer injusto dominio.

Eviten cualquier proceder dominante o indigno en la delicada e íntima relación entre marido y mujer.  Por motivo de que el matrimonio ha sido ordenado por Dios, la relación íntima entre marido y mujer es buena y honorable a los ojos de Dios. Él ha mandado que sea una sola carne y que se multipliquen e hinchan la tierra (Moisés 2:28; 3:24).  Ustedes deben amar a su esposa como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (Efesios 5: 25-3 l).

La ternura y el respeto -nunca el egoísmo- deben ser los principios que rijan la relación íntima entre marido y mujer.  Cada lino debe ser considerado y sensible para con las necesidades y los deseos del otro.  Cualquier proceder tiránico, indecente o desenfrenado en la relación íntima entre marido y mujer es condenado por el Señor.

El hombre que maltrate o rebaje a su  esposa física o espiritualmente es culpable de grave pecado y tiene necesidad de arrepentirse sincera y seriamente.  Las diferencias deben arreglarse con amor y con bondad y con el espíritu de mutua reconciliación.  El hombre siempre debe hablarle a su mujer con amor y con amabilidad, tratándola con el mayor respeto.  El matrimonio es como una delicada flor, hermanos, y hay que cuidarlo con cariño constantemente y con expresiones de amor y de afecto.

Ustedes, los que poseen el sacerdocio, no deben tratar mal a sus hijos.  Siempre procuren emplear los principios del gobierno del sacerdocio que se exponen en las Escrituras (D. y C. 93:40; 121:34-36, 41-45).  El presidente George Albert Smith con sabiduría aconsejó: «No debemos enfadarnos ni tratarnos mal unos a otros… Nunca nadie que haya tenido el Espíritu del Señor ha maltratado a otra persona.  Eso sólo ocurre cuando tenemos algún otro espíritu» (en Conference Report, octubre de 1950, pág. 8).

Ningún hombre que haya sido ordenado al sacerdocio de Dios podrá impunemente maltratar a su esposa o a su hijo.  El abusar sexualmente de niños ha sido causa de excomunión de la Iglesia.

Los exhortamos, hermanos, a recordar que el sacerdocio es una autoridad que obra únicamente en rectitud.  Gánense el respeto y la confianza de sus hijos, tratándolos con cariño.  Un padre recto y justo protege a sus hijos dándoles de su tiempo y su presencia en las actividades y los deberes sociales, escolares y espirituales de ellos.  Las tiernas expresiones de amor y de cariño hacia los hijos son tanto la responsabilidad del padre como de la madre.  Díganles a sus hijos que los quieren.

Ustedes, los que poseen el sacerdocio, tienen la responsabilidad, excepto que sean minusválidos, de proporcionar el sustento temporal de su esposa y de sus hijos.  Ningún hombre puede trasladar esta responsabilidad a otra persona, ni siquiera a su mujer.  El Señor ha mandado que las mujeres y los niños tienen el derecho de recibir sostén de su marido y de su padre respectivamente (D. y C. 83; 1 Timoteo 5:8).  El presidente Ezra Taft Benson dijo que casando el marido insta a su esposa a trabajar fuera del hogar, o insiste en que lo haga, para su conveniencia y comodidad, «en tales casos, no sólo sufrirá la familia… sino que se dificultará el propio progreso espiritual de él» (Ensign, nov. de 1987, pág. 49).

Los instamos a hacer todo lo que esté a su alcance por permitir que su esposa se quede en el hogar cuidando a los hijos mientras ustedes proveen para la familia lo mejor que puedan.  Además, volvemos a poner de relieve que los hombres que abandonan a su familia y no cumplen con su responsabilidad de cuidar a los hijos que han engendrado harán peligrar su derecho a tener la recomendación para el templo y su posición en la Iglesia.  En los casos de divorcio o separación, los hombres deben demostrar que están cumpliendo con el pago de la pensión alimenticia que manda la ley y que obligan los principios de la Iglesia a fin de hacerse merecedores de las bendiciones del Señor.

El hombre que posee el sacerdocio está a la cabeza de su familia en lo que toca a participar en la Iglesia para que ellos conozcan el evangelio y estén bajo la protección de los convenios y las ordenanzas.  Si desean recibir las bendiciones del Señor, tienen que poner su propia casa en orden.  Junto con su esposa, determinan el ambiente espiritual de su hogar.  La primera obligación de ustedes es poner en orden su propia vida espiritual valiéndose del estudio regular de las Escrituras y de la oración diaria.  Afiancen y honren su sacerdocio y sus convenios del templo e insten a su familia a hacer lo mismo.

Tomen seriamente su responsabilidad de enseñar el evangelio a su familia, realizando para ello la noche de hogar con regularidad, la oración familiar, la lectura de las Escrituras y de mensajes espirituales, y aprovechando momentos propicios para enseñar.  Hagan hincapié sobre todo en la preparación para el servicio misional y el matrimonio en el templo.  En calidad de patriarcas de su hogar, ejerzan su sacerdocio efectuando las ordenanzas correspondientes por su familia y dando bendiciones a su esposa y a sus hijos.  Después de su propia salvación, hermanos, no hay nada tan importante para ustedes como la salvación de su esposa y de sus hijos.

Hermanos, les he hablado con claridad con respecto a sus responsabilidades como poseedores del sacerdocio. Si hay en su vida aspectos en los que precisan mejorar, los insto a hacerlo con oración.

Testifico que esto es lo que el Señor desea que los hermanos del sacerdocio reciban en esta ocasión.  Que sean bendecidos en sus esfuerzos por ser maridos y padres de familia llenos de rectitud, ruego, al dar solemne testimonio de la veracidad de lo que se ha dicho esta noche, y lo hago en el nombre del Señor Jesucristo.  Amén.

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El progreso del reino en Africa

Conferencia General Octubre 1994
El progreso del reino en África
Elder James O. Mason
De los Setenta

James O. Mason«El crecimiento de la Iglesia en África avanza seguro y constantemente, de acuerdo con un plan inspirado.»

Al entrar en la casa alquilada que utiliza la Rama Cuatro de Lagos, Nigeria, para efectuar las reuniones, escuchamos la música y las conmovedoras palabras de «Con valor marchemos». Los que cantaban—dieciocho élderes, dos hermanas y un matrimonio misionero—estaban preparándose Para la conferencia de zona. Nos impresionó ver las simpáticas sonrisas y las caras que brillaban de entusiasmo. Los misioneros solteros eran Ghana, Sierra Leona y Nigeria; el matrimonio, de Canadá, estaba cumpliendo su segunda misión.

Cantamos con convicción el primer himno de la conferencia:

Al mundo ve a predicar el plan del Salvador;
que Cristo Hijo es de Dios, anuncia con valor.
Al mundo ve con gran poder y firme corazón.
Anuncia que de Dios los hombres todos hijos son.
Al mundo ve a proclamar la gran Restauración;
que Cristo da eterna vida, santa bendición.
(«Al mundo ve a predicar», Himnos, # 169.)

Unos días antes, había yo presidido una conferencia de estaca que hubo en la ciudad de Benin, Nigeria. Sólo hacía un año que la estaca se había organizado y, durante ese período, el número de miembros había aumentado a doscientos sesenta, y casi todos eran familias. A pesar de que muy pocas familias de Benin tienen auto o teléfono, el porcentaje de familias que reciben visitas de orientación familiar en esa ciudad grande y esparcida es comparable al de las estacas organizadas de los países desarrollados. Seguir leyendo

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El guarda de mi hermano

Conferencia General Octubre 1994logo 4
El guarda de mi hermano
Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson«Los esfuerzos humanitarios que realizan los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días han llegado a todos los rincones del mundo.»

Mis queridos hermanos, sin duda ustedes, al igual que yo, habrán visto los informativos en la televisión y los habrán escuchado en la radio; habrán leído artículos publicados en revistas semanales y mensuales, y habrán reparado en los titulares consternadores de los periódicos. Todos ellos describen las luchas en Bosnia, los conflictos entre las tribus africanas y las extensas inundaciones en los estados de Georgia y Florida, en los Estados Unidos. Este desfile de devastación, de pérdida de casas, de grandes daños en las granjas, de negocios arruinados y, sobre todo, del tremendo sufrimiento humano y de muerte continúa casi sin interrupción.

Luego de expresar nuestro pesar, indicar nuestra total incredulidad ante estos trágicos eventos, y aun retorcernos las manos en señal de frustración, surge la siguiente pregunta: «¿Cuándo van a hacer ellos algo para aliviar este terrible sufrimiento?»

Hace ya muchos años, se originó una pregunta similar, la cual se preservó en las sagradas Escrituras, la Biblia:

«Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.
«Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?» (Génesis 4:8-9).

Esta tarde quiero darles la contestación a esa pregunta, la cual representa la respuesta colectiva de los miembros de la Iglesia de todas partes y de la Iglesia misma. Pero antes, algunos breves antecedentes. Seguir leyendo

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