La familia puede ser eterna

Conferencia General Octubre 1980

La familia puede ser eterna

Presidente Spencer W. Kimball

Mis queridos hermanos, me siento feliz de daros la bienvenida a esta sesión de apertura de la Conferencia General de la Iglesia siendo el centésimo quincuagésimo año de esta.

Desde sus principios, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días ha dado énfasis a la vida familiar. Siempre hemos sabido que los fundamentos de la familia como unidad eterna se establecieron aun antes de que esta tierra fuera creada. La sociedad sin una vida familiar básica no tendría cimientos y se desintegraría en la nada. Por lo tanto, en cualquier momento en que una institución tan básica como la familia eterna esta en peligro, tenemos la solemne obligación de hablar, no sea que aquellos que deliberadamente están tratando de destruirla le hagan un grave daño.

Los mandamientos y las normas de moral instituidos por el Señor mismo son atacados a diestra y siniestra; por todos lados hay falsos maestros que hacen uso de la palabra y la literatura pornográfica, las revistas, la radio, la televisión y la propaganda callejera para diseminar herejías que destruyen las normas morales.

A causa de lo serio de este tema, he preparado un articulo que aparecerá en el numero de febrero de 1981 de la Liahona, en el cual hablo franca y extensamente respecto a la moralidad. Esta es una grave responsabilidad, la cual no es nada fácil y deseo instar a todos los miembros de la Iglesia a que lo lean.

Vivimos en tiempos peligrosos, en los que cada vez mas personas violan el voto matrimonial, y la delincuencia juvenil aumenta notablemente. En los Estados Unidos el numero de divorcios ha aumentado en un 65% desde 1970; la cantidad de parejas que conviven sin casarse se ha elevado a mas de un 157% en la década pasada; hay muchos mas niños que crecen en hogares donde falta uno de los padres. En 1979, una de cada cinco familias con hijos tenia sólo uno de los padres en la casa.

El aborto ha alcanzado las proporciones de una plaga. Por ejemplo, «en Inglaterra, desde que se creó el decreto pro-aborto, ha habido más muertes en una década a causa de este, que todas las que hubo durante la Primera Guerra Mundial». Sobre esto, Malcolm Muggeridge ha dicho:

«Fui educado en la creencia de que uno de los grandes problemas de nuestro mundo occidental era que en la Primera Guerra Mundial perdimos la flor y nata de nuestra población. Pero ahora, en nombre de principios humanos hemos destruido un número equivalente de vidas, aun antes de que nacieran

Más aun, muchas de las restricciones sociales que en el pasado ayudaron a reforzar y apuntalar a la familia están diluyéndose y desapareciendo. Llegará un momento en que solo aquellos que crean profunda y activamente en la familia podrán preservar a la suya en medio de las iniquidades que nos rodean.

Ya sea por inadvertencia, ignorancia u otras causas, los esfuerzos que a menudo hacen los gobiernos, y que aparentemente tienen como objeto ayudar a la institución familiar, solo sirven para perjudicarla más. Hay quienes harían una definición tan contradictoria de esta que la colocarían en el plano de lo inexistente. Cuanto más se esfuerzan en vano los gobiernos por usurparle su lugar, menos eficaces son para cumplir con el papel tradicional y básico para el cual fueron creados.

Aunque nos disguste reconocerlo, muchas de las dificultades que acosan a la familia actualmente nacen de la violación del séptimo mandamiento. La castidad antes del matrimonio y la fidelidad absoluta después de él todavía son las normas de las cuales no podemos desviarnos sin caer en el pecado, la miseria y la desgracia La violación del séptimo mandamiento significa, generalmente, la destrucción de uno o más hogares.

Los adultos delincuentes producen hijos delincuentes; esta desagradable realidad no cambiara simplemente por el hecho de que rebajemos nuestras normas al definir lo que es la delincuencia, ya sea en adultos, jóvenes o niños.

Precisamente nosotros, mis hermanos, no debemos dejarnos convencer por los engañosos argumentos que afirman que la unidad familiar esta de algún modo relacionada con las fases por las cuales pasan las sociedades en su desarrollo. Tenemos la libertad de resistir a los movimientos que rebajan el concepto de la familia y ensalzan la importancia de un individualismo egoísta. Sabemos que la unidad familiar es eterna y que cuando esta funciona mal, el funcionamiento de todas las demás instituciones sociales también es malo

Aquellos que la atacan, sea por ignorancia o por malicia, están poniendo los cimientos de un desgraciado e innecesario ciclo de miseria y desolación, pues buscaran en vano y dolorosamente un substituto, y la sabiduría de los sabios mundanos perecerá públicamente por su insensatez.

La deterioración de muchas de nuestras familias ocurre en una época en que las naciones están encaminándose hacia unos de los tiempos más difíciles que se han conocido. El libertinaje no nos sacara incólumes de esas crisis; el materialismo no nos sostendrá, porque la polilla y el orín continuaran minando y corroyendo todos los tesoros mundanos.

Nuestras instituciones políticas parlamentos, congresos y asambleas no pueden rescatarnos si nuestra institución básica, la familia, no permanece intacta. Los tratados de paz no pueden salvarnos cuando en el hogar hay hostilidad en lugar de amor; los programas para los desocupados no pueden mejorar la situación, cuando hay muchos a quienes no se les enseña a trabajar o no tienen la posibilidad de hacerlo y, en algunos casos, tampoco la inclinación; las leyes no pueden protegernos cuando hay demasiadas personas que no desean disciplinarse ni someterse a la disciplina.

Las presentes generaciones a las que se haya enseñado que la autoridad y la disciplina amorosa son innecesarias no obedecerán el quinto mandamiento, el de honrar a sus padres (Ex. 20:12). ¿Cómo pueden estas generaciones honrar a sus progenitores, si ellos mismos se han deshonrado, especialmente quebrantando el séptimo mandamiento?

Casi toda clase de estadísticas que vemos con respecto a la familia se convierte en un trágico esquema que nos recuerda la necesidad de hacer frente a la corriente y contenerla.

Una vez más os exhorto a que seáis diligentes en escribir vuestra historia familiar. Estamos muy complacidos con el éxito de la reciente Conferencia Mundial sobre Registros, en la cual se reunieron más de 11.000 personas procedentes de más de 30 naciones, para compartir sus conocimientos y aprender sobre este tema. Que podamos ser un ejemplo en esto, y cosechar los beneficios de ver a nuestras unidades familiares más fuertes al tratar de conservar nuestros respectivos patrimonios.

Esperamos que los padres estén aprovechando el tiempo extra que les da el programa integrado de reuniones, a fin de enseñar, amar y nutrir espiritualmente a sus hijos; también esperamos que no olvidéis la necesidad de tener actividades y entretenimientos juntos, para lo cual también tenéis tiempo. Que vuestro amor por cada integrante de la familia sea incondicional. Y cuando surjan problemas, recordad: ¡Sólo fracasáis cuando dejáis de esforzaros!

Sinceramente aceptamos con gusto la ayuda animosa de iglesias, escuelas, colegios y universidades, de las personas de toda raza, credo y costumbres, que tengan interés en salvaguardar la familia. Pero, como ya lo indiqué, si todas las demás instituciones no hacen su parte en forma adecuada, de todos modos nosotros haremos la nuestra. No hay nada dudoso en lo que el Señor nos ha dicho. No podemos eludir nuestro deber. Él ha colocado la responsabilidad donde corresponde, y nos hará responsables con respecto al deber que tienen los padres de enseñar a sus hijos los principios correctos y la importancia de que anden rectamente delante del Señor; y, al tratar de hacerlo, no hay nada que substituya la elocuencia del buen ejemplo.

¡Mis queridos hermanos! ¡La familia puede ser eterna! La divinidad, la eternidad y la familia pueden y deben ir juntas. No permitáis que los goces pasajeros os alejen de esa meta.

Os doy mi solemne testimonio de que Dios vive, que Jesucristo vive y que es nuestro Salvador y Redentor. Os dejo mi amor y mi bendición, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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