La familia de la fe

Conferencia General Octubre 1980logo pdf
La familia de fe
Obispo J. Richard Clarke
Segundo Consejero en el Obispado Presidente

J. Richard ClarkeMis queridos hermanos, la prueba más grande que se le da a cada generación es ver cómo responde a la voz de los profetas.  Nuestros profetas nos han dicho que hagamos lo siguiente:

  1. Acrecentar nuestra dignidad como personas.
  2. No gastar más de lo que ganamos, y cancelar nuestras deudas.
  3. Producir y almacenar suficiente comida, ropa, donde fuere posible, combustible para un año.

Este consejo, claro y directo, no todos lo habéis seguido.  Algunos lo han obedecido inmediatamente; otros han esperado y siguen esperando hasta que estén seguros de que las nubes de la tormenta realmente se están acumulando; y aún otros han rechazado el consejo.

Una vez, los habitantes de una aldea le dijeron al joven pastor que cuidaba su rebaño: «Cuándo veas un lobo, grita ‘ ¡el lobo! ¡el lobo!’ y acudiremos con escopetas y horquillas».

Al día siguiente, el jovencito estaba cuidando las ovejas cuando vio a lo lejos un puma.  Gritó:

-¡Un puma! ¡un puma!, -pero nadie acudió, y el puma mató a unas cuantas ovejas. El joven estaba desesperado.

-¿Por qué no vinisteis cuando grité? -les preguntó.

-No hay pumas en esta región, -le respondieron-.  Sólo tememos a los lobos.

El joven pastor aprendió una lección muy valiosa:

La gente sólo reacciona ante lo que está preparada para creer. Las Autoridades Generales vacilan a veces en cuanto a hablar de la realidad de la economía actual y de la necesidad de la preparación personal y familiar; sucede que algunas personas interpretan esos consejos como que quiere decir que se cierne sobre nosotros un desastre general, y corren a los mercados a abastecerse para ganar la delantera a los acaparadores.

En abril de 1976, el obispo Featherstone nos sugirió, a los miembros de la Iglesia, que almacenáramos en un año el equivalente a un año de comestibles.  Algunos de los que todavía no habían empezado a almacenar comida se precipitaron a contraer grandes deudas para comprar cientos de dólares de comestibles.  Y luego se sentaron a esperar, como el profeta Jonás, para ver qué le iba a suceder a la ciudad de Nínive.  Fue como si el obispo Featherstone hubiera declarado el 10 de abril de 1977, como el día del desastre.  Esa no fue su intención; la manera del Señor siempre se ha caracterizado por la preparación y el orden, en la que no caben ni las adivinanzas ni la confusión ni el pánico.

Seamos mayordomos sabios.  Meditemos acerca de las enseñanzas que la historia nos da, y aprendamos de las experiencias de los que no han oído la voz de los profetas.  Los historiadores Gibbons, Toynbee, Durant, y otros han analizado las razones por las cuales han caído las grandes civilizaciones.  La repetición se hace monótona.  Un educador estadounidense hizo una lista de las seis razones más comunes por las cuales las civilizaciones han caído:

  1. Perdieron su convicción religiosa y se burlaron de las normas morales básicas.
  2. Llegaron al punto de obsesionarse con todo lo sexual.
  3. Desvalorizaron la moneda y dejaron que la inflación aumentara.
  4. El trabajo honrado dejó de ser una virtud para ellos.
  5. Desapareció el respeto por la ley, y la violencia pasó a ser el método aceptado para alcanzar los deseos individuales y del grupo.
  6. Finalmente, los ciudadanos Ya no estaban dispuestos a luchar Por la defensa de su nación y de su patrimonio.

Hermanos y hermanas, ¿serán las naciones modernas lo suficientemente sabias como para escapar la destrucción? ¿Estamos preparados para invertir el curso de la historia?  Por medio del ejercicio de nuestros derechos y responsabilidades civiles, mediante el servicio a la comunidad, y por la rectitud individual, debemos liberar nuestras naciones de la tiranía de la bancarrota fiscal y moral. Sin embargo, no debemos olvidar que la seguridad permanente sólo se puede lograr cuando se sigue el consejo de los profetas de Dios.

En la sección 101 de Doctrina y Convenios, el Señor nos recuerda que cuando los santos han sido lentos para obedecer sus palabras, El también. . . «es lento en escuchar sus oraciones y en contestarlas en el día de su angustia.  En los días de paz», El explica, «estimaron ligeramente mi consejo, mas en el día de su angustia por necesidad se allegan a mí» (D. y C. 101:78).

Más adelante, en la misma revelación, se enseña una lección muy importante con la parábola de los obreros.  Recordaréis que ciertos hombres fueron empleados por un noble para que plantaran en su viña doce olivos, los cercaran, pusieran guardias, construyeran una torre y pusieran allí un atalaya. Sin embargo, consultaron entre si, y no pudiendo entender por qué el Señor quería que edificaran una torre, se preguntaban para qué la necesitaría, «siendo esta una época de paz».  «Y mientras discordaban entre sí, se volvieron muy negligentes. . . y llegó de noche el enemigo y derribó el cerco; y los siervos del noble se levantaron atemorizados y huyeron; y el enemigo destruyó sus obras y derribó los olivos». (D. y C. 101:4351.) Aprendieron las consecuencias de la desobediencia de una manera muy dura.  Cuánto mejor hubiera sido simplemente obedecer las instrucciones del Maestro.

En cada dispensación del evangelio ha habido muchos adherentes valientes y fieles: los elegidos y nobles de Dios.  Han sido personas solas o familias enteras.  Estas son recordadas y honradas, no por las normas del mundo, sino por su sencilla y a la vez grandiosa fe.  Son personas que han hecho y que hacen de la obediencia a Dios su sagrada obligación.  Lo aman, confían en El, y se comprometen a servirlo.  Ellos son y han sido la fibra misma de la Iglesia de Dios en todas las épocas.  Forman la familia de la fe.  Cito a continuación algunas de sus ideas típicas:

«No sé, sino que el Señor me lo mandó.» (Moisés 5:6.)

«Pero yo y mi casa serviremos a Jehová.» (Josué 24:15.)

«Iré y haré lo que el Señor ha mandado.» (1 Nefi 3:7.)

He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.» (Lucas 1:38.)

«… Con humildad quiero decirle al Señor: ‘¡dame este monte!’ ¡Dame estos cometidos! . . . ‘Yo cumpliré siguiendo al Señor mi Dios’, con toda la fuerza de mi energía y de mis habilidades.» (Spencer W. Kimball, «Dame, pues, ahora este monte», Liahona de enero de 1980)

Hermanos y hermanas, no siempre sabemos por qué el Señor nos manda hacer ciertas cosas; sus caminos no son nuestros caminos.  Pero sí sabemos que son seguros no desviados como los de los hombres.  Aceptamos que la fe es el primer principio del evangelio; pero, ¿confiamos lo suficiente en el Señor como para actuar primero y recibir la confirmación más adelante?  Algunos llamarán a esto obediencia ciega, pero, como decía un obispo del Estado de Idaho (Estados Unidos): «Cualquier tipo de obediencia es mejor que cualquier clase de desobediencia».  La fe no es ciega.  Sin embargo, muchas veces no recibimos la confirmación de ella hasta después que nuestra fe se ha probado.  Si hemos sido desobedientes en el pasado, hagámonos el cometido de arrepentirnos y de ordenar nuestros asuntos.

Yo creo que la mejor manera de hacerlo es poner en práctica el consejo de los profetas acerca de tres problemas difíciles que nos atañen: 1) el manejo del sueldo y los gastos, 2) la disminución de la calidad del trabajo y de la productividad, y 3) la insuficiencia de reservas tanto de dinero como de bienes.

El manejo del sueldo y los gastos.

Acerca de este tema, quisiera pediros que estudiéis con mucho cuidado el discurso clásico que dio el presidente Tanner en la Conferencia General de Octubre del año pasado intitulado «La administración financiera» (Liahona de enero de 1980).  El organizar un presupuesto es esencial para el buen manejo del dinero. No hay duda de que todos necesitamos la disciplina que supone el hacer un presupuesto.

Se nos ha aconsejado que salgamos de las deudas, pero para muchos de nosotros este consejo no ha sido claro. ¿Cómo es posible salir de deudas y a la vez comprar una casa, financiar estudios o iniciar un negocio?  Cuando el presidente Clark nos recomendó que evitáramos las deudas como si fueran una plaga, creo que nos estaba enseñando un principio vital de equilibrio temporal.  Tener deudas es siempre una carga, pero algunas de ellas son necesarias.  Las deudas de negocios, la hipoteca de una casa, y otras deudas que están respaldadas son casi imposibles de evitar para la mayoría de nosotros.  Sin embargo, el uso indiscriminado del crédito, que proviene de ceder a nuestros deseos en lugar de ceder a la razón, constituye una carga demasiado pesada.

Para la mayoría de nosotros, el crédito es peligroso, difícil de evitar, porque se puede obtener con tanta facilidad.  Puede satisfacer tanto un capricho, como una necesidad genuina.  La propaganda comercial nos convence de que hay lujos que realmente necesitamos y que tenemos derecho a tener. ¿No es interesante el hecho de que una vez que disfrutamos de un lujo éste se transforma en una necesidad?

En cuanto al crédito, nuestra guía debe ser: Pedir prestado solamente cuando sea necesario, con el interés más bajo posible, y al plazo más corto posible.  Esto requiere que frenemos nuestros deseos y pongamos en práctica la virtud del ahorro la cual nunca pasa de moda.  Hay una filosofía que recomienda que nos hundamos en las deudas y que dejemos que la inflación las pague.  Yo rechazo este concepto.  Si todos lo hiciéramos, arruinaríamos nuestro sistema económico.

Mientras nuestras deudas estén respaldadas por bienes materiales ya obtenidos, podemos controlar la situación, pero llenarnos de deudas sólo con la base de nuestros sueldos futuros para saldarlas nos sumerge en arenas movedizas.

La disminución de la calidad del trabajo y de la productividad

Segundo, para que haya equilibrio entre nuestras entradas y los gastos que hagamos, es obvio que tenemos que reducir los gastos o aumentar las entradas de dinero.  Por lo general, a la gente le resulta más fácil ajustarse a un presupuesto más pequeño que encontrar medios de ganar más dinero.  Me pregunto si será posible que nuestros miembros estén formando una conspiración en pos de la mediocridad, contentándose con lo que ya saben.  El orgullo del trabajador por la obra de sus manos siempre ha sido el corazón del sistema del libre comercio.  Hay demasiadas personas que no quieren esforzarse por aprender un oficio, demasiados maestros que no enseñan, demasiados mecánicos que no hacen reparaciones, granjeros que no cultivan la tierra, líderes que no dirigen, y expertos que no resuelven problemas.

Nuestro trabajo debe ser honrado, de alta calidad.  La única forma honorable de adquirir una parte de la riqueza del mundo, es intercambiar, directa o indirectamente bienes o servicios con otras personas.  A los mormones nunca les faltaría trabajo y podrían esperar un buen sueldo, si aceptaran el cometido de trabajar con un «standard» mormón de calidad, distinguido por su excelencia.  Esto es parte de nuestra religión.

Permitidme repetir lo que se ha enseñado desde el principio: Adán aprendió, como parte de su primera lección en finanzas, que la tierra tenía que ser subyugada y dominada por medio de la labor física, con el sudor de su frente.  La ley divina del trabajo nunca será abolida, porque Dios la ha establecido.  El ha condenado la holgazanería y ha mandado a las madres de Sión que enseñen a sus hijos a trabajar.  Se paga un alto precio por la excelencia, pero a compensación y la satisfacción que brinda realmente valen la pena.  Trabajar por debajo de lo que somos capaces crea descontento en nuestra alma y es un desperdicio para la sociedad.  Nuestra doctrina del progreso eterno ciertamente incluye el progreso en nuestras ocupaciones.  Cada uno de nosotros debe seguir una carrera que nos impulse a alcanzar nuestro potencia divino.

La insuficiencia de reservas

Finalmente, concerniente a la insuficiencia de reservas, Dios dio a los animales que creó un instinto natural para que almacenaran lo que les sobrase a fin de usarlo mas adelante.  Mas el hombre es el único que tiene la tendencia a desperdiciar todo lo que cosecha y a dejar en manos de otros o de la suerte la satisfacción de sus necesidades futuras, lo que es contrario a la ley divina.  La economía, en cambio, está de acuerdo con dicha ley.  El consumo nunca debe exceder la producción; la independencia económica se crea por medio de lo que nos sobra.

Además de nuestra reserva de alimentos, podemos tener una reserva de dinero.  Debemos habituarnos a ahorrar y a enseñar a nuestros hijos que es indispensable guardar una parte de todo lo que ganemos.  Si bien es cierto que la inflación reduce el valor de los ahorros, también es cierto que tiene menos valor una cuenta de ahorros cerrada.

Otra reserva grande la constituye el valor de nuestra casa.  Lo malo es que demasiadas familias se han endeudado tanto para Comprar una, que el beneficio es mínimo. Vuelvo a repetir que no debemos confundir caprichos con necesidades.

También existe la necesidad de asegurarnos contra la más grande de las pérdidas.  Todos estamos de acuerdo con que nuestra capacidad de ganar dinero es nuestra más valiosa posesión.  Cuando el esposo contrata un seguro de vida, está asegurando el sueldo que podría haber recibido para su familia.  No forcemos nosotros, los esposos, a nuestras compañeras a tener que salir a ganarse la vida y ser amas de casa a la vez, dado el caso de que lleguemos a morir prematuramente.  Debemos tener un buen seguro de vida.

También os rogamos a todos que contéis con un buen seguro médico.  La atención médica está sumamente cara, v tratar de pagarla con los ahorros es correr riesgos.  En tiempos de inflación, el coste de la medicina aumenta con más rapidez que los ahorros que podamos acumular.

Siempre ha habido personas que han criticado el programa de los Servicios de Bienestar, pero lo que sucede es que nunca faltan quienes encuentran problemas en todas las soluciones.  Estoy seguro de que en Egipto hubo israelitas que no quisieron seguir a Moisés porque el no podía explicarles como iban a cruzar el Mar Rojo.  Sólo cuando llegaron a las orillas de dicho mar, el Señor les mostró cómo iban a cruzarlo.

Hermanos y hermanas, nunca sabemos cuándo ocurrirá una crisis en nuestra familia.  Sin que hubiera habido una depresión económica general en todo el país, los residentes del Estado de Michigan (Estados Unidos) sufrieron económicamente y muchos perdieron sus empleos.  Si yo quedara incapacitado por un largo período de tiempo, no percibiría ya mi sueldo, lo mismo que si ello hubiera sido causado por una catástrofe nacional.  Todos tendemos a ver lo desagradable como algo lejano; pero, como dijo recientemente uno de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, «si mi vecino pierde el empleo, lo llamo una recesión económica; si yo pierdo el empleo, es una depresión (económica)».  Algunos se sienten seguros si tienen dinero suficiente para comprar comida.  Pero el dinero no es comida.  Si no hay comida en los supermercados y los almacenes, no podemos alimentarnos con dinero.  Tanto el presidente Romney como el presidente Clark nos han advertido que llegará el día en que tendremos que vivir de lo que produzcamos.

Quisiera aclarar un punto: El programa de los Servicios de Bienestar de la Iglesia está constituido en esencia por miembros como vosotros y yo, autosuficientes dentro de nuestras familias.  El sistema de almacenes de la Iglesia es un recurso para un pequeño porcentaje de miembros que son pobres o tienen impedimentos físicos, o para los casos de emergencia o desastres.  De ninguna manera la Iglesia pretende asumir la responsabilidad que le corresponde a cada individuo.  El programa de bienestar no se creó para eso; la solución que dio el Señor es la preparación personal y familiar.  Entonces, si todos pagamos generosas ofrendas de ayuno y sumamos a esto los artículos de consumo que la Iglesia produce, podremos ayudar a nuestros semejantes que no pueden ayudarse a sí mismos.

Pero, sobre todo, hermanos y hermanas, junto con todo nuestro almacenamiento, almacenemos bondad para que podamos ser aprobados por el Señor.  En 1833 el Señor dijo:

«Por tanto, consuélense vuestros corazones; porque todas las cosas obrarán juntamente para el bien de los que andan en rectitud, así como para la santificación de la Iglesia.

Porque levantaré para mí un pueblo puro que me servirá en justicia.

Y todos los que invoquen el nombre del Señor, y guarden sus mandamientos, serán salvos.» (D. y C. 100:15-17.)

Tales personas serán conocidas como la familia de fe.  Que seamos contados entre ellas es mi oración, en el nombre de Jesucristo.  Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s