La esencia de esta obra

Conferencia general Octubre 1982

La esencia de esta obra

Gordon B. Hinckley

por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia


Mis hermanos y hermanas, creo hablar en nombre de todos nosotros cuando expreso mi agradecimiento al presidente Kimball por su mensaje.

Agradecemos al presidente Kimball su consejo, particularmente su testimonio de Dios, nuestro Padre Eterno, y de su amado Hijo, nuestro Salvador v Redentor. Al suyo agregamos el nuestro de que también sabemos que Dios vive, que es el Creador y Gobernante del universo v nuestro Padre Celestial; que Jesucristo, su Unigénito en la carne, nació en Belén de Judea v es el Mesías prometido; que fue un hombre de milagros, el único Ser perfecto que ha vivido sobre la tierra; que fue crucificado v dio su vida como sacrificio por los pecados de todos los hombres; que mediante su gran acto expiatorio, se transformó en el Redentor de la humanidad; que se levantó de la tumba al tercer día, transformándose de ese modo en las «primicias de los que durmieron» (1 Corintios 15:20) que en Jerusalén y sus alrededores, al igual que en este hemisferio, fue visto por muchos quienes testificaron haberle visto y haberle palpado A haber sido instruidos por el Señor resucitado. Por el poder del Espíritu Santo, que nos ha dado testimonio, podemos testificar, y así lo hacemos, de estas grandes y trascendentales verdades. A todo esto agregamos nuestro testimonio de que esta, «la dispensación del cumplimiento de los tiempos»(D. y C. 112:30), de la cual se habla en las Escrituras, fue inaugurada por medio de una gloriosa visita del Padre y Su Hijo, que es una bendición para todos los que busquen y aprendan.

Le aseguramos al presidente Kimball que las oraciones en su favor de este pueblo, que se extiende por todo el mundo, llegan a nuestro Padre. Nada mas apropiado para rendirle tributo que las estrofas de ese hermoso himno escrito por Evan Stephens a Wilford Woodruff cuando este cumplió noventa años:

Pedimos hoy por ti, profeta fiel,
que Dios te dé salud, gozo y paz;
felicidad tendrás en tu vejez,
y Dios hará brillar siempre tu faz.
(Himnos de Sión pág. 161.)

Y ya que estamos hablando de oraciones, quisiera expresar mi agradecimiento a todos los miembros de la Iglesia, de todas partes del mundo, por las oraciones que sabemos ofrecen en beneficio de todas las Autoridades Generales. Somos conscientes de la enorme y sagrada responsabilidad que descansa sobre nosotros. También conocemos de nuestras ineptitudes y la necesidad que tenemos de recibir ayuda divina para llevar adelante la gran obra que se debe realizar a fin de que nuestra causa alcance su prometido destino.

Agradecemos la fe y la devoción que ponéis de manifiesto, el inmensurable servicio que prestáis en favor del prójimo, la virtud de vuestra vida, la bondad de vuestras familias, y sobre todas las cosas, vuestra integridad. Por supuesto que hay quienes no alcanzan su potencial, pero aun en ellos existe en muchos casos el deseo y el esfuerzo. Ruego que las bendiciones del Señor os acompañen al procurar obrar conforme a Sus enseñanzas.

Y ahora, quisiera leeros algunos extractos de una carta que llego hasta mi oficina. Me he tomado la libertad de cambiar los nombres a fin de preservar el anonimato, y también la he abreviado tomándome la libertad de parafrasear algunas partes. La carta dice así:

Estimado presidente Hinckley:

Cuando me encontré con usted en el ascensor del hospital, sentí la necesidad de escribirle y contarle algunas cosas que me han sucedido.

Cuando tenía dieciséis o diecisiete años de edad, no tenía ningún interés en la Iglesia ni quería tener nada que ver con ella. Pero tenía un obispo que se interesaba en mí y que en una oportunidad fue a verme y me pidió que le ayudara a armar una escenografía para una producción teatral rodante; por supuesto, le dije que no.

Pues bien, después de diez días, el obispo fue a verme otra vez para pedirme que le ayudara con la escenografía, y una vez mas le dije que no. Entonces me explicó que les había pedido a otras personas y que no había encontrado a nadie que supiera cómo hacerlo. Me dijo que me necesitaba y por fin me convenció, así comencé a armar la escenografía.

Cuando termine mi trabajo, le dije: «Ahí tiene usted la escenografía», llegando a la conclusión de que ya había hecho mi parte.

Mas el obispo insistió en que me necesitarían en el escenario para armarla, asegurarme de que todo estuviera en orden y ocuparme de que se le trasladara con sumo cuidado de un barrio a otro. Así fue que también en esto me convencí.

Con su persuasión, me mantuvo ocupado por algún tiempo, y casi sin darme cuenta, llegué a disfrutar de mi asignación. El obispo Smith después se mudó de nuestro barrio y fue llamado un nuevo obispo, el que se aseguró de no perderme pisada.

El obispo Smith me había pedido anteriormente que fuera en una misión, pero yo no estaba muy decidido en cuanto a ello. Cuando el obispo Sorensen fue llamado, volvió a hacerme la propuesta. Finalmente, decide que saldría como misionero.

El obispo Sorensen me acompañó a hablar con mis padres ese cuanto a mi decisión.

Ellos le dijeron que no podrían pagar los gastos de una misión, y mi padre comentó que si yo estaba realmente interesado en la misión, debería trabajar y ahorrar dinero, y así pagármela yo mismo.

Para ese entonces padecía una afección a la vista y cuando tenía que trasladarme en auto alguien me tenía que llevar. Cuando cumplí los dieciséis años ninguna otra cosa me interesaba mas que el poder manejar un automóvil por lo que mi padre me llevó a ver a varios especialistas aunque los resultados siempre fueron los mismos: Mi capacidad de visión en el ojo derecho era de 20º800 y en el ojo izquierdo de 20º50, además de lo cual padecía de astigmatismo. Así que el ahorrar el suficiente dinero para ir en una misión no era tarea fácil. Trabajé en el taller gráfico de una tienda durante seis u ocho meses para poder ahorrarlo. El obispo pensó entonces que era ya tiempo de que saliera en la misión y volvimos a hablar con mis padres. Contaba con la suma de mil dólares y el le dijo a mi padre que el quórum de élderes me ayudaría con el resto pero este le respondió que si alguien habría de ayudarme sería él. Llené todos mis papeles y recibí mi llamamiento en Mayo de 1961 de 1961.

Serví en la misión de Japón,  en donde me enamoré de su gente y viví grandes experiencias misionales. Con mis compañeros bautizamos a varias personas en la Iglesia. Tras mi regreso volví a trabajar en el taller gráfico. Cada vez que salía para almorzar veía pasar por la calle a una joven que evidentemente trabajaba en las proximidades. Sabía que la había visto antes en algún lado, pero no podía determinar donde. Poco tiempo después, uno de mis ex compañeros regresó de la misión y comenzamos a tener actividades juntos. Claro está Claro esta que el actuaba prácticamente de guía debido a mi afección de la vista. Una noche me llamó para sugerirme que invitáramos a dos chicas a salir con nosotros así que me puse en campaña para conseguir a alguien a quien invitar. Fue así que fuimos a una fiesta y para mi sorpresa, la muchacha que iba con él era la hermana Marilyn Jones quien también había sido misionera en Japón y a quien recordé haber conocido brevemente allá en una oportunidad; se trataba de la joven que yo había visto pasar por la calle durante varios meses y no había podido reconocer.

Después, fui con mi familia a California por dos semanas, y cuando regresamos me enteré que mi amigo de la misión había estado saliendo con la joven a quien yo había llevado a la fiesta. Para tomarme una «revancha», llamé a Marilyn y la invité a salir conmigo. Debe usted comprender que no es fácil hacer esto [en los Estados Unidos] cuando uno no puede conducir un auto, así es que mi hermana menor manejó, e invitamos a otros ocho jóvenes para asistir con nosotros a una actividad deportiva. Eso de por sí hubiera sido suficiente para desanimar a cualquier señorita con respecto a la idea de salir conmigo otra vez pero volvió a aceptar cuando la invité para ir  con mi familia a las montañas a recoger boyas.

Por fin llegó la oportunidad de que pudimos salir solos un día en que mi padre me llevó en el auto para recogerla; volvimos a casa para dejar a mi padre y después salimos los dos solos, manejando ella. De regreso pasamos por mi casa y recogimos a mi padre, quien nos llevó hasta la casa de ella y luego yo volví con el a la mía. En la siguiente cita que tuvimos, le propuse matrimonio, y me respondió que no. Volví a salir con ella algunas otras veces en las que le pedí nuevamente que se casara conmigo, y por fin me dijo que tal vez. Pensé que ese era un gran adelanto, y persistí’. Seis meses después de haber comenzado a salir juntos, usted ofició en nuestro casamiento en el Templo de Salt Lake.

Presidente Hinckley, en aquel momento sentía que amaba a esta joven; pero después de diecisiete años, me doy cuenta de que la amo mas de lo que jamas pude imaginarme. En la actualidad, somos padres de cinco hermosos hijos.

He tenido varios cargos en la Iglesia: director del coro, asesor de quórum del Sacerdocio Aarónico, todas las posiciones dentro del quórum de élderes, ayudante del secretario del barrio, presidente de los setentas, secretario ejecutivo, y actualmente soy consejero en el obispado.

Todavía trabajo en el taller gráfico de la tienda. Hace trece años compramos una pequeña casa y a medida que nuestra familia crecía, la casa se fue haciendo chica. Debía hacer algo al respecto, así que la amplié casi al doble de su tamaño original. Come/ice la obra hace poco mas de tres años y desde entonces he estado trabajando en la ampliación. Creo que va a quedar muy bien.

Y ahora la novedad más extraordinaria de todas. Hace dos años tuve una consulta con otro oculista que me examinó la vista y me preguntó que restricciones tenia en mi licencia de conductor. Le respondí que no tenía licencia, y me dijo que no creía que mi grado de visión fuera un obstáculo para sacarla, a lo que mi esposa le preguntó: «¿Quiere decir que podría obtener su licencia de conductor?» respondiendo el médico: «No veo por que no».

Casi me caigo de espaldas. Al día siguiente mi esposa me anotó en un centro para aprender a conducir, y tras completarlo, me presenté a dar la prueba y allí me hicieron un examen de visión. El doctor había escrito una nota explicando mi problema e indicando que tal vez no debería manejar por la noche. El examinador me puso a cierta distancia una planilla con letras de diferentes tamaños, y pude leerlas sin dificultad. Después fue a hablar con su supervisor; regreso indicándome que me otorgaba la licencia con ciertas restricciones insignificantes.

Presidente Hinckley, el Señor me ha bendecido más de lo que yo pueda merecerlo. La gente comenta cuan afortunado soy por haber mejorado mi condición, pero yo se que esto es obra del Señor. Así lo siento porque he procurado servirle y siempre hago todo lo que esta a mi alcance para edificar su reino aquí en la tierra. Estoy seguro de que muchas veces El se desilusiona de mi, y creo que tiene motivos. Pero siempre trataré de dar lo mejor de mí y ser digno de las bendiciones que tanto yo como mi familia recibimos.

Este joven termina su carta agradeciendo y dando testimonio. Y luego la firma. He querido aprovechar la oportunidad esta mañana para leeros esta carta un tanto extensa porque considero que ella expresa simplemente, y al mismo tiempo en forma elocuente, el verdadero significado de esta obra.

Como miembros de la Iglesia de Jesucristo, tenemos el sagrado deber de efectuar una obra redentora, de edificar y salvar a los que necesitan ayuda. Tenemos la responsabilidad de devolver firmeza a aquellos de nosotros que no comprenden el gran potencial que poseen. Tenemos la responsabilidad de promover la autosuficiencia, de instar a crear la felicidad en el hogar donde el padre y la madre se amen y se respeten mutuamente y donde los hijos puedan crecer dentro de un clima de paz y comprensión.

Volviendo a la carta, tened presente que este hombre, cuando era un muchacho de dieciséis o diecisiete años apenas, tenía dudas y estaba peligrosamente a la deriva, en una forma similar a la de muchos jóvenes de esa edad; transitaba por el camino ancho que lleva a la destrucción. Advirtiendo su curso, el obispo, un hombre dedicado, reconoció su capacidad creativa y encontró la forma de instarlo a que usara su talento aplicándolo al servicio de la Iglesia. Ese obispo era muy sabio y sabia que la mayoría de los jóvenes aceptan un cometido de esa naturaleza cuando saben que se les necesita.

No había ninguna otra persona en el barrio que fuera igualmente capaz de armar la clase de escenografía que el obispo deseaba. Sin embargo, este joven inactivo si lo era, y el obispo lo halagó y lo instó con una petición que le hizo sentir la urgencia con que lo necesitaban. He aquí una gran clave para la reactivación de muchos que se han quedado por el camino. Todos tienen algún talento que puede ser empleado, y los élderes tienen la responsabilidad de encontrar necesidades para cada uno de esos talentos, y luego arrancar el contenido. El muchacho de esta carta, a quien llamaré Jack, reaccionó favorablemente, y casi sin darse cuenta comenzó a encaminar sus pasos en dirección a la Iglesia, en vez de ir en sentido contrario.

Mas adelante se enfrentó con la responsabilidad de ir en una misión. Jack, quien para ese entonces ya estaba acostumbrado a responder que si, aceptó el llamamiento. Su padre no estaba completamente convertido y estableció que el hijo debería ganar el dinero que necesitaría, lo cual fue positivo en muchos aspectos permitiéndole desarrollar la autosuficiencia. El consiguió trabajo y ahorró lo que necesitaba. Cuando completó la suma de mil dólares, el obispo, nuevamente bajo inspiración, sintió que había llegado el momento de llamarlo para la misión. Los miembros del quórum de élderes lo ayudarían, lo cual es apropiado. Pero el padre, con un cierto sentido de orgullo y de responsabilidad hacia lo suyo, decidió hacer frente a la situación, como los hombres generalmente lo hacen cuando se les insta debidamente.

Conocí a Jack en Japón cuando servia como misionero en ese país. Recuerdo que le entreviste en dos o tres ocasiones. Eso fue antes de que contáramos con el Centro de Capacitación Misional. Los misioneros iban en ese entonces sin recibir ninguna capacitación en idiomas, compenetrándose con la obra apenas llegaban al país de su misión. Me maravilló el hecho de que este joven, con serias deficiencias en la vista, se las ingeniara para aprender el difícil idioma y hablarlo con convicción. Cierto es que estaba respaldado por un gran esfuerzo y un gran sentido de devoción y, sobre todo, con cierta humildad y confianza en el Señor, a quien pedía constantemente ayuda. Os puedo asegurar, pues fui testigo de ello, que en este caso, como en muchos otros, se trató de un verdadero milagro.

Fue también en Japón donde conocí y entreviste en varias ocasiones a la joven con la que mas adelante se casó. Era poseedora de un hermoso espíritu, una fe profunda y un conmovedor sentido del deber. La relación que mantuvieron durante la misión no fue mas que el verse en una o dos ocasiones, pues trabajaron en zonas distantes entre si. Pero, por las experiencias que ambos tuvieron, contaban con un rasgo común, un nuevo idioma en el que cada uno de ellos había aprendido a dar su testimonio a otras personas mientras desempeñaban su obra en el servicio a los hijos de nuestro Padre.

Tal como el lo indicó en su carta, me dieron el privilegio de llevar a cabo su boda, la cual tuvo lugar en el Templo de Salt Lake. Ambos sabían que solamente en la Casa del Señor y bajo la debida autoridad del Santo Sacerdocio, podían ser unidos en matrimonio no s610 en esta vida sino por la eternidad, bajo un convenio que ni siquiera la muerte podría romper, ni el tiempo destruir. Ambicionaban ambos únicamente lo mejor y no se conformarían con ninguna otra cosa. Digamos en provecho de ambos que se han mantenido fieles a los sagrados convenios que hicieron en la Casa del Señor.

Su matrimonio se ha visto engalanado con cinco hermosos hijos. Constituyen una familia en la que reinan el amor, el aprecio y el respeto mutuos. Viven en un espíritu de autosuficiencia. Un hogar que comienza pequeño y se va ampliando es un hogar en el cual el padre, la madre y los hijos se reúnen, se aconsejan y aprenden el uno del otro; es un hogar en donde se leen las Escrituras. Es un hogar en donde se hacen oraciones, tanto familiares como personales; es un hogar en el cual se enseña y se da el ejemplo del servicio; es un hogar simple, no una familia ostentosa. No hay muchos bienes materiales mas existe mucha paz, bondad y amor. Los hijos crecen con disciplina y amonestación del Señor. El padre es fiel en su servicio a la Iglesia v siempre ha aceptado todos los llamamientos que se le han hecho; lo mismo sucede con la madre en las organizaciones correspondientes. Se trata de buenos ciudadanos de la comunidad y del país que están en paz con sus vecinos, aman al Señor, aman la vida, y se aman mutuamente.

Recientemente han presenciado el milagro de la mejoría de la vista del padre, quien expresa agradecimiento por ello a un Dios bondadoso. Esto también emana de la esencia del evangelio, el poder de Dios para sanar y restaurar, al cual deben seguir el reconocimiento y la gratitud. ¿No es esa acaso la sustancia misma de esta obra?

El Señor dijo:

«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.» (Juan 10:10.)

Aun cuando no tienen de la abundancia de las cosas del mundo, estos, mis amigos, viven abundantemente. Forman parte de la fortaleza de la Iglesia. En su corazón anida una convicción silenciosa pero sólida de que Dios vive y de que somos responsables ante El; de que Jesús es el Cristo, «el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6); que esta obra es Su obra; que es verdadera: y que el contentamiento, la paz y la sanidad se reciben como consecuencia de la obediencia a los mandamientos de Dios, tal como se establece en las enseñanzas de la Iglesia.

No estoy seguro de que los dos hombres que sirvieron como obispos de Jack sepan lo que ha sido de él. Si ellos saben que ha hecho con su vida, deben de sentir una gran satisfacción. Sabemos de miles de obispos como ellos que sirven día v noche en esta gran obra de reactivación. También sabemos de decenas de miles de personas como Jack en esta Iglesia que son atraídas y llevadas nuevamente a la actividad mediante un interés genuino, una notoria expresión de amor y la solicitud de parte de obispos y miembros para que sirvan en la Iglesia. Pero hay muchos otros que necesitan atención similar.

Esta es una gran obra de redención. Muchos de nosotros debemos hacer mas puesto que las consecuencias pueden ser extraordinarias y sempiternas. Esta es la obra de nuestro Padre, y El ha depositado sobre nosotros la divina responsabilidad de buscar y fortalecer a aquellos que estén necesitados y a quienes sean débiles. Al así hacerlo, los hogares de la gente se verán colmados de amor; la nación, sea cual sea, será fortalecida en razón de la virtud de sus hijos; y la Iglesia y reino de Dios avanzara en majestuosidad y poder hacia su misión divinamente señalada. De esto os testifico y por ello ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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