Una generación real

Conferencia General Abril 1983

Una generación real

Dean L. LarsenPor El Élder Dean L. Larsen
de la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

“Debemos entender que ir en la dirección que sigue el mundo no es seguro ni es aceptable ante el Señor.”


En esta reunión del sacerdocio, hablaremos de la importancia de las familias; también analizaremos otros asuntos importantes, pero la atención se enfocará en las familias. Cuanto más aprendemos sobre el poder que tiene la influencia que se ejerce en la familia, más podemos apreciar el consejo que hemos recibido de nuestros líderes desde los primeros días de la Iglesia, de que nos aseguremos de tener en nuestros hogares el ambiente debido. A lo largo de los años, mucho se ha dicho sobre la responsabilidad de los padres de proveer a sus hijos un ambiente de integridad en el hogar, y hoy recibiremos más consejos al respecto. Es vital que lo hagamos.

Recientemente hemos terminado algunos estudios muy extensos que confirman el poder de la influencia que tenemos unos sobre otros en el seno familiar. La influencia de la familia sobre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos con nuestra vida es mayor que cualquier otra. El modelo que establecemos en el hogar, los valores que allí aprendemos, sean buenos o malos, difícilmente podrán ser superados.

Todos tenemos la responsabilidad de contribuir a que haya un buen ambiente en nuestros hogares. Los padres aportan una gran contribución, pero la de los hijos también es importante.

Esta noche quisiera hablar a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico sobre su responsabilidad de vivir en forma tal que sean una buena influencia en su hogar, cualesquiera sean sus condiciones, de manera que puedan hacer todo lo que el Señor espera de ellos en el período de su vida terrenal.

Jóvenes, no creo que os encontréis en la tierra en esta época por accidente. Pienso que en la vida premortal fuisteis dignos de venir a la mortalidad en una época en que se os requerirían cosas muy importantes; creo que antes de venir demostrasteis que erais dignos de confianza bajo circunstancias particularmente difíciles, que seríais capaces de enfrentar los mayores problemas y pruebas. No me interpretéis mal. No estoy diciendo que seáis mejores ni superiores a ninguna otra generación que haya habitado la tierra; ni que merezcáis automáticamente bendiciones o ventajas sobre cualquier otra persona que haya vivido desde la creación del mundo. Podéis desviaros, caer en el pecado y la transgresión, y sufrir el juicio de Dios igual que cualquier otro ser humano; en realidad, el medio en que vivís podría descalificaros con mayor facilidad que los de todas las generaciones que han vivido antes.

Pero Dios confía en que no os dejaréis descalificar, confía eh que os mantendréis dignos de llevar a cabo las monumentales labores que os tiene reservadas.

Estáis creciendo en un período de la historia del mundo que los grandes profetas de todas las épocas han esperado ansiosamente. Es un período final de preparación antes de que la tierra y sus habitantes sufran una extraordinaria transformación, una época llamada apropiadamente “el cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 112:30). Es el período durante el cual el Señor y sus siervos harán un gran esfuerzo final por llevar el mensaje de la verdad a todas las naciones y por reclamar para sí a los descendientes del antiguo Israel que han olvidado su verdadera identidad.

El profeta Zenós, a quien cita Jacob en el Libro de Mormón, compara este esfuerzo con la labor de los jornaleros que podan y nutren la viña, y recogen su fruto por última vez. Zenós compara al Salvador con el amo de la viña que dice a sus siervos:

“Por tanto, vayamos y trabajemos con nuestra fuerza esta última vez; porque he aquí, se acerca el fin, y ésta es la última vez que podaré mi viña.” (Jacob 5:62.)

Vosotros habéis venido a la tierra cuando ya se han colocado los cimientos para esta gran obra. El evangelio ha sido restaurado por última vez, y la Iglesia se ha establecido ya en casi todo el mundo. El escenario está listo para que se desarrollen las últimas escenas dramáticas, y vosotros seréis los actores principales. Sois parte de los últimos siervos que trabajarán en la viña. Ese es el yugo que se ha colocado sobre vuestros hombros; ése es el servicio para el cual habéis sido elegidos.

Ahora os describiré el medio en el cual tendréis que laborar. El Salvador mismo dijo que las condiciones existentes hacia el fin de esta dispensación serían muy similares a aquellas de los días de Noé, inmediatamente antes del diluvio.

“Mas como en los días de Noé”, dijo El, “así será la venida del Hijo del Hombre.” (Mateo 24:37.)

La descripción que hace Moisés es muy clara:

“Y Dios vio que la iniquidad de los hombres se había hecho grande en la tierra; y que todo hombre se ensoberbecía en el designio de los pensamientos de su corazón, siendo continuamente perversos.” (Moisés 8:22. )

Joel vio esta época en que vivimos como un gran campo de batalla para las almas de los hombres:

“Proclamad esto entre las naciones, proclamad guerra, despertad a los valientes, acérquense, vengan todos los hombres de guerra.
“Forjad espadas de vuestros azadones, lanzas de vuestras hoces; diga el débil: Fuerte soy.” (Joel 3:9-10. )

Joel sabía que esa batalla no podría mirarse con indiferencia ni habría lugar en la contienda para la debilidad.

El apóstol Pablo escribió a su joven compañero de misión, Timoteo: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.” (2 Timoteo 3:1.)

Las condiciones difíciles en que se encuentra hoy el mundo no deberían tomarnos de sorpresa. Y al acercarnos al momento del regreso del Salvador, la iniquidad aumentará, habrá más tentaciones en nuestra vida diaria, y serán más intensas; será cada vez más tolerable quebrantar la ley de Dios o pasarla completamente por alto; y el estigma de la conducta inmoral y deshonesta desaparecerá.

En este ambiente turbulento se espera que nosotros sigamos un curso ascendente. Como el presidente Kimball nos lo ha advertido, no será aceptable ni seguro que permanezcamos en el nivel en que nuestra presente conducta nos mantiene. Las abruptas fuerzas destructoras, representadas por la iniquidad en constante aumento, sólo pueden contrarrestarse con fuerzas igualmente poderosas que empujen hacia el bien. Nuestra vida debe ser mejor de lo que ha sido. Esto quiere decir que seremos cada vez más diferentes de aquellos que nos rodean y siguen el curso del mundo. Pero no es fácil ser diferente. Hay fuertes presiones que nos impulsan a transigir. No obstante, debemos entender que ir en la dirección que sigue el mundo no es seguro ni es aceptable ante el Señor, aun cuando nos mantuviéramos un poco al margen de lo que hacen los demás. Ese camino nos conduciría a las mismas dificultades y aflicciones que ellos tienen, no nos dejaría realizar la obra que el Señor nos ha designado y nos haría indignos de su bendición y protección.

El Señor ha dicho que llegará el momento en que “se hará una separación completa de los justos y los malvados” (D. y C. 63:54). Y en el Libro de Mormón leemos lo que dijo Nefi:

“Porque rápidamente se acerca el tiempo en que el Señor Dios ocasionará una gran división entre el pueblo, y destruirá a los inicuos . . .” (2 Nefi 30:10.)

Al meditar estas promesas, no debemos olvidar la advertencia del Señor a los Santos de los Últimos Días: “Sin embargo, Sión escapará si procura hacer todo lo que le he mandado.

“Mas si no procura hacer lo que le he mandado, la visitaré según todas sus obras, con penosa aflicción, con pestilencia, con plagas, con la espada, con venganza y fuego devorador.” (D. y C. 97:25-26.)

Por estas palabras debemos reconocer que no es suficiente ser Santo de los Últimos Días sólo de nombre; no es suficiente limitarnos a proclamar que somos un pueblo escogido del Señor. Debemos ser dignos de la confianza que El ha depositado en nosotros, debemos ser merecedores de sus bendiciones siendo diferentes del mundo en nuestra obediencia a Sus leyes. De otra manera, no tenemos ninguna promesa, y nuestro destino será el mismo destino del mundo.

Una de las razones por las cuales me preocupo tanto por vosotros, jóvenes, es que vemos evidencias de que nuestra juventud tiene inclinación a seguir las tendencias del mundo; no siempre se mantiene a la par con los que marcan el paso, pero no va tampoco demasiado alejada de ellos. Sé que hay muchos que son excepciones, que obedecen fielmente los mandamientos de Dios y cuya vida permanece pura, “sin mancha del mundo” (véase D. y C. 59:9), aun cuando se enfrentan con problemas y grandes tentaciones. Sentimos profundo respeto y gran fe hacia los que sois así de fieles; vuestra vida está de acuerdo con la confianza que el Señor ha depositado en vosotros.

Pero hay demasiados cuya vida está contaminada y malograda por las tendencias mundanas. Este no es un asunto sin importancia. Los juicios de Dios no se detendrán ante aquellos que intencionalmente, sabiendo quiénes son y qué se espera de ellos, permiten que los desvíen hacia el precario sendero de la conducta mundana. A los que lo hayan hecho, y estén escuchando estas palabras, les digo: Tomad el camino ascendente.

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará.” (Gálatas 6:7.)

Hace unos años, la revista Liahona publicó un artículo escrito por mí cuyas observaciones se aplican a mi tema de hoy. Quiero ahora repetir algunas de ellas:

“Hace algún tiempo entrevisté a un joven que deseaba servir en una misión, quien hacía un año había confesado a su obispo una falta grave cometida en sus primeros años de adolescencia. Este era un joven Santo de los Últimos Días muy activo, lo mismo que su familia. Aun durante el tiempo de su transgresión era un miembro que participaba en la Iglesia activamente. Pero por más de un año su vida se había visto libre de los problemas pasados y entonces ansiaba ir a una misión.

“Al comentar en cuanto a su situación y a las decisiones que había tomado en sus primeros años de adolescencia y que tuvieron como resultado una reputación dudosa en la Iglesia, él me dijo: ‘Yo sabía que lo que estaba haciendo era malo, y que algún día me arrepentiría e iría a una misión.’

“Al mismo tiempo que sentía agrado por el deseo que tenía este joven de poner su vida en orden y servir al Señor como misionero, me molestaba la acción premeditada, la forma calculada con que él había permitido desviar su vida del sendero correcto para conducir sus pasos hacia la destrucción espiritual y moral, y luego, como si estuviera siguiendo un itinerario establecido por él mismo, había empezado a enmendar sus faltas y a ser obediente.

“Si yo sólo hubiera tenido una experiencia de esta categoría con un solo joven, no valdría la pena mencionarla aquí, pero desafortunadamente, no es la única. Parece que la juventud tiende a experimentar con las cosas prohibidas del mundo, no con la intención de someterse a ellas permanentemente, sino ceder momentáneamente a sabiendas como si estas cosas tuvieran un valor demasiado importante como para dejarlas pasar. Esta es una de las mayores pruebas en estos tiempos.

“Mientras que muchos vuelven o se recobran de estas excursiones por los ‘territorios prohibidos’, aumenta el gran número de tragedias que sólo traen desgracia y desesperación para muchos y que tienen consecuencias perdurables. No existe tal cosa como el pecado privado. Aunque su comisión puede ser calculada . . . la persona culpable no puede regular sus efectos. Pensar lo contrario es creer una de las mentiras más insidiosas perpetradas por el padre de las mentiras.

“Hace poco asistí a una ceremonia de graduación en una escuela secundaria. Los alumnos a los que se les había pedido dirigir la palabra a sus compañeros expresaron sus ideas en cuanto a los grandes y nobles desafíos que les esperaban al entrar al mundo de los adultos. Los oradores mayores de edad hablaron a los jóvenes que se estaban graduando y alabaron las virtudes y el potencial de la juventud de la actualidad; hablaban en cuanto a los horizontes que ésta tendría que conquistar en los años futuros, las nuevas fronteras que abriría en el campo de la ciencia, las terribles enfermedades a las que tendría que hallar cura y los avances que conseguiría en la diplomacia y las relaciones humanas, y que traerían consigo una paz perdurable a la tierra. ¡Fue una ceremonia estimulante e inspiradora!

“En esta ocasión, mientras escuchaba los emocionantes discursos, me puse a planear mentalmente las cosas que me hubiera gustado decir a este grupo de jóvenes. Yo sabía que la mayoría eran Santos de los Últimos Días y que provenían de familias que se enorgullecían de sus logros. También sabía que algunos de estos jóvenes habían planeado tener ciertas experiencias en las horas y días posteriores a la ceremonia de graduación. Sentí el deseo de tratar de convencer a aquel grupo de graduados, no acerca de los años gloriosos en un futuro vago en el que esperaban hacer tanto por la humanidad, sino sobre lo que harían allí y en esos momentos. Deseaba decirles: ‘No me preocupa mucho lo que vais a hacer el próximo año o en la próxima generación; me preocupa lo que vais a hacer esta noche y mañana. ¿Cuáles son vuestros planes? ¿A dónde iréis? ¿Qué haréis esta noche?’

“Ahora sé, al anotar estos pensamientos, que hubo algunos entre los graduados, como en otros grupos similares, que por su voluntad y premeditadamente después de la ceremonia de graduación, se deshonraron a sí mismos, como también a sus familiares, a su Iglesia, y a su Padre Celestial. No era su intención comportarse siempre así, sino que lo habían hecho únicamente para divertirse, como una emoción pasajera, un reto. Pero el efecto de esas transgresiones es siempre desolador. Los resultados formarán parte de su vida y de la vida de aquellos que los amen y confíen en ellos, y se manifestarán en formas desdichadas e inesperadas por tiempo indefinido; y por su causa la humanidad se habrá deslizado a un nivel más bajo. Algunos jamás se recuperarán completamente, y el mundo sentirá inevitablemente su pérdida.” (“Porque éste es un día de amonestación”, Liahona, marzo de 1981, págs. 32-35.)

Jóvenes, recordad quiénes sois. Recordad el propósito por el cual vinisteis a la tierra, el servicio para el que habéis sido elegidos. Manteneos fieles al divino encargo que nuestro Padre Celestial y su Hijo Jesucristo os han dado. Vosotros podéis contribuir tanto como cualquier otro miembro de la familia al ambiente espiritual de vuestro hogar, y tenéis la obligación de hacerlo. Estudiad las Escrituras y alentad a los demás de vuestra casa a que también lo hagan; tened vuestras oraciones y haced todo lo posible por influir en vuestros familiares para que oren; pagad el diezmo; obedeced la Palabra de Sabiduría; sed castos. Si hacéis vuestra parte, quizás tengáis en los demás una influencia mucho mayor de la que creéis que podéis tener. Pensad en las siguientes palabras:

“Una vez convencidos . . . de que estamos aquí con un propósito, de que se nos ha dado la semilla de la energía divina y que depende de nosotros el cultivarla hasta que florezca plenamente, entonces se nos mostrará el camino. Nuestra parte consiste en hacer el esfuerzo y poner toda nuestra fortaleza e integridad al hacerlo. El joven de poca fe dice, ‘No soy nada’. Pero el que tiene verdadera comprensión afirma ‘Lo soy todo’, y se dedica a probarlo.”

Jóvenes, probemos por la forma en que vivimos y servimos que somos todo lo que el Señor espera que seamos. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


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