El espíritu vivifica

Conferencia General Abril 1985

El Espíritu vivifica

Thomas S. Monsonélder Thomas S. Monson
del Quórum de los Doce Apóstoles

“La capacidad para ‘hablar’ el idioma del Espíritu permite que se rompan barreras, se superen obstáculos y se llegue al corazón humano.”


Recientemente visite el Centro de Capacitación Misional en Provo, Utah, donde los misioneros llamados a servir por todo el mundo se esfuerzan con gran dedicación de aprender los rudimentos de los idiomas de aquellos a quienes enseñarán y testificaran.

Las conversaciones en español, francés, alemán y sueco tenían un eco vagamente familiar; no así las palabras en japonés, chino y finlandés, que me eran totalmente extrañas, como creo que lo serian para la mayoría de los misioneros. Al verlos luchar con lo que les es foráneo y aprender lo difícil, uno se maravilla ante la devoción y concentración absoluta de esos jóvenes.

Me he enterado de que, a veces, cuando un misionero opina que el español que debe aprender es demasiado difícil para el, a la hora del almuerzo lo hacen sentarse junto a los que están estudiando los complejos idiomas orientales. Allí los escucha; y, de pronto, el español ya no le parece tan incomprensible, y vuelve a estudiarlo con afán.

Sin embargo, hay un idioma que todos los misioneros entienden: es el lenguaje del Espíritu. Es un idioma que no se aprende en libros escritos por hombres de letras ni por medio de la memorización o la lectura. El lenguaje del Espíritu lo aprende aquel que procura con todo su corazón conocer a Dios y obedecer sus mandamientos. La capacidad para “hablar” ese idioma permite que se rompan barreras, se superen obstáculos y se llegue al corazón humano.

El apóstol Pablo, en su segunda epístola a los corintios, nos exhorta a salir del estrecho confinamiento de la letra de la ley y buscar la amplia visión de oportunidades que el Espíritu nos ofrece. Tengo en alta estima las palabras de Pablo: “La letra mata, mas el Espíritu vivifica” (2 Cor. 3:6).

En un momento de peligro o de prueba, ese conocimiento, esa esperanza, esa comprensión llevan consuelo a la mente preocupada y al corazón atribulado. De todo el Nuevo Testamento trasciende un espíritu vivificante para el alma humana. Las sombras del desaliento se ven desvanecidas por rayos de esperanza, el pesar da paso al gozo, y la sensación de encontrarse perdido en la vida desaparece ante la seguridad de que nuestro Padre Celestial se interesa en cada uno de nosotros.

El Salvador confirmó esta verdad al enseñar que ni un pajarito caerá a tierra sin que nuestro Padre lo sepa. Y concluyo ese hermoso pensamiento diciendo: “Así que, no temáis; mas valéis vosotros que muchos pajarillos”. (Mat. 10:29-31.)

Vivimos en un mundo complejo y lleno de problemas. Tenemos la tendencia a sentirnos separados, y hasta aislados, del Dador de todo don; y nos preocupamos pensando que estamos solos .

Pero, del lecho de dolor, de la almohada mojada con lagrimas de desolación, nos levanta esta divina confirmación y preciada promesa que El nos hizo: “No te dejare, ni te desamparare”(Jos. 1:5).

Ese consuelo es invalorable en nuestra jornada por el sendero de la mortalidad, con tantos recodos y bifurcaciones. Muy raramente se nos comunica esa confirmación con una señal o una voz; el lenguaje del espíritu es mas bien suave y apacible, alentador para el corazón y balsámico para el alma.

A veces recibimos la respuesta a nuestras preguntas y a nuestras oraciones diarias por medio de la silenciosa inspiración del Espíritu. Como lo escribió William Cowper:

Con maravillas obra Dios
en la profundidad;
y mécese en tempestad,
y pasa por la mar.

Pues no debéis a Dios juzgar,
mas si, confiad en El;
tras sombras de oscuridad,
sonríe con amor.
(Himnos de Sión, 124.)

Velamos y esperamos. Escuchamos para oír esa voz suave y apacible; cuando ella habla, las personas sabias obedecen. No podemos dejar a un lado la inspiración del Espíritu.

Para hablar de tan sagrado tema quisiera referirme, no a los escritos de otras personas, sino a las experiencias de mi propia vida. Atestiguo su veracidad, porque yo las he vivido. Compartiré hoy tres ejemplos especiales de lo que el presidente David 0. McKay llamaba “los pétalos del corazón”, que es el idioma del Espíritu, la inspiración de origen divino.

Primero, la inspiración inherente a un llamamiento para servir.

Segundo, la gratitud de Dios por una vida de rectitud.

Tercero, la certeza de que no estamos solos.

Cualquier obispo puede testificar de la inspiración que acompaña a un llamamiento en la Iglesia. A menudo, el llamamiento parece ser de mayor beneficio para la persona que lo recibe que para aquellos a quienes enseña o dirige.

Siendo obispo, me preocupaba por los miembros inactivos, que no asistían ni tenían cargos. Pensaba en ello el día en que pasaba por la calle donde vivían Ben y Emily. Eran personas de edad, ya en el ocaso de su vida. Las molestias de su avanzada edad les habían hecho retirarse de la actividad al refugio de su hogar, aislados, apartados, separados de la corriente del diario vivir y de toda relación.

A pesar de encontrarme en camino a una reunión, había sentido la inconfundible inspiración de ir a visitarlos. Era una tarde soleada. Me acerque a la puerta y llame. Emily me abrió; al reconocerme, exclamó:

-¡Todo el día he esperado oír sonar el teléfono! Pero no ha sonado. Esperaba que el cartero me trajera una carta; pero sólo trajo cuentas. Obispo, ¿cómo sabia usted que hoy es mi cumpleaños?

Le respondí:

-Dios lo sabe, Emily, porque El la quiere.

Ya sentados en la sala, les dije a los ancianos:

-No se por que fui conducido a su casa hoy, pero nuestro Padre Celestial lo sabe. Arrodillémonos a orar, y preguntémosle por que.

Oramos y recibimos la respuesta. Le pedí a Emily que cantara en el coro e incluso que presentara un solo en la conferencia del barrio, que se aproximaba. A Ben le pedí que les relatara a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico una experiencia que había tenido en la que, al responder a la inspiración del Espíritu, se salvó de un peligro. Ella cantó y el habló. Muchos se alegraron con su regreso a la actividad. Desde aquel día hasta que se fueron de esta vida, raramente faltaron a una reunión sacramental. El Espíritu había hablado en su idioma especial; se le había escuchado; se le había comprendido. Tocó el corazón de dos personas; se salvaron dos vidas.

El segundo ejemplo tiene que ver con el relevo de un presidente de estaca en Star Valley, Wyoming: E. Francis Winters, ya fallecido. Había servido fielmente por veintitrés años en ese cargo. Aunque de carácter y circunstancias modestos, había sido un constante pilar de fortaleza para todos los que lo rodeaban. El día de la conferencia de estaca, el edificio estaba atestado de gente. Todos parecían querer decir un silencioso “gracias” al noble líder que tan generosamente había dedicado su vida al beneficio de los demás.

Al ponerme de pie después de la reorganización de la presidencia de la estaca, me sentí inspirado a hacer algo que nunca había hecho y que nunca he vuelto a hacer. Mencioné el número de años que Francis Winters había presidido la estaca; luego, pedí que todos aquellos a quienes el hubiera bendecido o confirmado de niños se pusieran de pie y permanecieran así. Después, pedí que todas las personas a las que el presidente Winters hubiera ordenado, apartado, aconsejado o bendecido se pusieran también de pie. El resultado fue electrizante: Todos los presentes se pusieron de pie. Había muchas lagrimas, lagrimas que comunicaban mejor que las palabras la gratitud de los corazones conmovidos. Me volví hacia el presidente Winters y su esposa y les dije: “Hoy somos testigos de la inspiración del Espíritu. Esta gran multitud no só1o refleja los sentimientos personales, sino también la gratitud de Dios por su vida de rectitud”. Ninguna persona presente en esa congregación olvidará los sentimientos que experimentó al sentir la presencia del Espíritu del Señor y el idioma del Espíritu.

Finalmente, testifico que no estamos solos en la vida.

Un buen amigo, de nombre Stan, enfermó gravemente y quedó parcialmente paralizado. Había tenido excelente salud, buen físico y era muy dinámico. Pero ya estaba imposibilitado para caminar o estar de pie. Vivía en una silla de ruedas. Lo atendían los mejores médicos, y sus familiares y amigos ofrecían oraciones por el con fe y esperanza. Sin embargo, Stan seguía confinado a su cama en el hospital, lo cual lo desesperaba.

Un atardecer, estaba yo nadando de espaldas en el gimnasio, con la mirada perdida en el techo mientras avanzaba, brazada tras brazada. Sin palabras, pero con asombrosa claridad, me vino a la mente un pensamiento: “Ahí estas, nadando sin problemas, mientras tu amigo Stan languidece en su cama, sin poder moverse”. Y luego, la inspiración: “Vete al hospital y dale una bendición”.

Deje de nadar, me vestí y me apresure a dirigirme al hospital. La cama estaba vacía; una enfermera me dijo que estaba en su silla de ruedas preparándose para la terapia en la piscina. Lo encontré solo, al borde de la piscina de natación, junto a la parte mas profunda. Nos saludamos, y después volvimos a su cuarto, donde le di una bendición del sacerdocio.

Poco a poco, Stan recuperó la fuerza y el movimiento en las piernas. Al principio, los pies apenas lo sostenían; luego, aprendió de nuevo a caminar, paso a paso. Ahora, nadie sabría que hubiera una época en que estuvo tan cerca de la muerte y sin esperanza de recuperación.

Mi amigo habla a menudo en reuniones de la Iglesia y testifica de la bondad del Señor para con cl. A algunos confiesa las negras ideas depresivas que lo envolvían aquella tarde, mientras esperaba en la silla de ruedas, junto a la piscina, aparentemente condenado a una vida desgraciada; y habla de la alternativa que contemplaba: seria tan fácil mover la odiada silla hacia las aguas silenciosas de la piscina; entonces, todo se terminaría. . . Pero en ese preciso momento me vio a mi, su amigo. Aquel día Stan aprendió literalmente que no estamos solos. Yo también aprendí una lección: nunca, nunca, nunca dejemos pasar una inspiración.

Aprendamos el idioma del Espíritu mientras recorremos el camino de la vida. Que recordemos la dulce promesa del Maestro y respondamos a ella: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entrare a el” (Apoc. 3:20).

Ese es el idioma del Espíritu. Cristo lo habló, lo enseñó, lo vivió. Que nosotros podamos hacer lo mismo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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