Conferencia General Abril 1989
La belleza e importancia de la Santa Cena
por el élder John H. Groberg
del Primer Quórum de los Setenta
«Al participar dignamente de la Santa Cena, adquiriremos conciencia de lo que nos. haga falta mejorar y recibiremos la ayuda y la determinación de hacerlo. Sean cuales fueren nuestros problemas, el sacramento siempre nos infundirá
Una de las invitaciones mas importantes que se nos. han hecho a los seres humanos es la de «venir a Cristo, y perfeccionarnos en El» (Moroni 10:32). ¿Cómo hacemos eso? Una de las formas mas bellas e importantes de venir a Cristo es por medio de la ordenanza de la Santa Cena.
El Señor instituyó la Santa Cena, como la conocemos hoy en día. en la ocasión que comúnmente llamamos la Ultima Cena. En cierto sentido, esta fue la ultima cena, pero en otro, fue la primera: el principio de innumerables festines espirituales.
El Señor resucitado dijo a las gentes del Libro de Mormón:
» . . . [partiréis el pan y lo bendeciréis y lo daréis] a los de mi iglesia, a todos los que crean y se bauticen en mi nombre.
«Y siempre procurareis hacer esto, tal como yo he hecho. . .
«Y haréis esto en memoria de mi cuerpo que os he mostrado. Y. será un testimonio al Padre de que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que este con vosotros.» (3 Nefi 18:5-7.)
La profunda y conmovedora importancia de ese suceso trascendental se nos of rece a nosotros hoy; pero debemos hacer lo que hicieron ellos y seguir la doctrina de Cristo, la cual es creer en Jesús, confiar en El, arrepentirnos de nuestros pecados, tomar su nombre sobre nosotros al ser bautizados en su Iglesia, recibir el don del Espíritu Santo y obedecer a Cristo con fidelidad toda la vida.
Puesto que El sabe que necesitamos gran ayuda para hacer eso, ha dispuesto que la ordenanza de la Santa Cena se repita a menudo.
Esta invitación del Salvador de venir a El esta siempre vigente y es universal; es para todos: hombres, mujeres y niños. Jóvenes y ancianos participan por igual. No se excluye a nadie, sólo nos excluimos por nuestra propia voluntad.
El Señor dijo: «Y habéis visto que he mandado que ninguno de vosotros se alejara, sino mas bien he mandado que vinieseis a mí» (3 Nefi 18:25).
Pero el Señor, que conoce las espantosas consecuencias de la hipocresía, también advirtió:
» . . . no permitiréis que ninguno a sabiendas participe indignamente de mi carne y de mi sangre . . .
«porque quien come mi carne y bebe mi sangre indignamente, come y bebe condenación para su alma.» (3 Nefi 18:28-29.)
-,Que significa participar de la Santa Cena dignamente? ¿Cómo sabemos si no somos dignos?
Si deseamos mejorar (lo cual es arrepentirnos), y si las autoridades del sacerdocio no nos han impuesto alguna restricción, entonces, en mi opinión, somos dignos. Pero si no tenemos deseos de mejorar, si no tenemos intención de seguir la guía del Espíritu, debemos preguntarnos si somos dignos de participar o si nos estamos burlando de la mismísima finalidad del sacramento, la cual es la de servir de catalizador del arrepentimiento y el progreso personales. Si recordamos al Salvador y todo lo que El ha hecho, y lo que . . .hará, por nosotros, mejoraremos nuestro proceder y así nos acercaremos mas a El, lo cual nos. conservara en la senda que conduce hacia la vida eterna.
Pero si nos negamos a arrepentirnos y mejorar, si no recordamos al Señor ni guardamos sus mandamientos, detendremos nuestro progreso y eso será condenación para nuestras almas.
La Santa Cena es un sacramento sumamente personal, y cada cual sabe si es digno o no.
¿Recordáis lo que experimentasteis cuando os bautizaron: esa grata sensación del alma limpia y pura, habiendo sido perdonados y purificados por los méritos del Salvador? (Moroni 6:4.) Si participamos de la Santa Cena siendo dignos, nos sentiremos así de continuo, ya que renovaremos ese convenio, el cual comprende el que el Señor nos perdone.
Los que se niegan la bendición de la Santa Cena al no ir a la reunión sacramental y, por ende, al no pensar _ en el Salvador durante el sacramento, evidentemente no comprenden la gran oportunidad de ser perdonados, de que el Espíritu del Señor los guíe y los consuele. ¿Y, que mas se puede pedir?
Al participar dignamente de la Santa Cena, adquiriremos conciencia de lo que nos haga falta mejorar y recibiremos la ayuda y la determinación de hacerlo. Sean cuales fueren nuestros problemas, el sacramento siempre nos infundirá esperanza.
La mayoría de esos problemas tenemos que resolverlos nosotros mismos; por ejemplo, si no estamos pagando los diezmos, sencillamente resolvemos empezar a hacerlo. Pero hay problemas de los que tenemos que hablar con el obispo: el Espíritu nos lo hará saber. El hacer lo que el Espíritu nos indique invariablemente nos reportara bendiciones.
Os daré un ejemplo. Hace unos años, un matrimonio joven al que llamaremos los Abril, habló con su obispo de un problema que tenia la esposa. Los detalles no importan. Por la guía del Espíritu Santo, la decisión del obispo fue, entre otras cosas, que la hermana Abril no participara de la Santa Cena durante un tiempo en el cual había de superar algunas actitudes y resolver algunos problemas.
Con crecido amor y apoyo, ella siguió yendo a las reuniones con su familia, y casi nadie, aparte de su esposo y del obispo, estaba al tanto de la situación y ni siquiera repararon en que semana tras semana ella no tomaba la Santa Cena. Al principio, la hermana no notó mucho el cambio; pero, al pasar el tiempo, llegó a desear cada vez con mayor anhelo ser digna de participar del sacramento. Estimaba que ya se había arrepentido; pero, al intensificarse su examen de conciencia junto con su deseo de ser digna de tomar la Santa Cena, empezaron a verificarse en ella verdaderos cambios fundamentales, tanto en sus pensamientos como en sus actos.
Pasó un tiempo mas. Por fin, durante una reunión sacramental, el Espíritu testificó tanto al obispo como a la hermana Abril y a su marido que había llegado el momento en que ella participara otra vez de la Santa Cena. «El próximo domingo», le. dijo el obispo.
Llegado ese día. la hermana fue a la Iglesia con su familia; pero estaba nerviosa y llena de expectación. «¿Seré realmente digna? ¡Cuanto deseo serlo!», se decía. El himno sacramental tuvo para ella mas significado que nunca y lo entonó con tanto sentimiento que le resultó difícil contener las lagrimas. Las oraciones sacramentales . . . ¡cuán profundas! Las escuchó con tal atención que cada palabra penetró en lo mas profundo de su alma: » . . . tomar sobre uno el nombre del Señor, recordarle siempre, guardar sus mandamientos, tener siempre su Espíritu. . . » (D. y C. 20:77, 79.) «¡Cuánto he deseado todo eso!», pensaba.
Los diáconos avanzaron por los pasillos y las bandejas comenzaron a pasarse de persona a persona. Al ir acercándose uno de los diáconos cada vez mas a donde ella estaba, la hermana sentía que el corazón le palpitaba cada vez con mas fuerza. Poco después, pasaban la bandeja por la fila donde estaba ella y en breve su marido se la pasó. Las lagrimas le rodaron por las mejillas y se escapó de sus labios un casi imperceptible sollozo de regocijo al tomar el emblema del amor del Señor por ella. Los de la congregación no oyeron aquel sollozo, pero si notaron las lagrimas en los ojos del obispo.
Vida, esperanza, perdón y fortaleza espiritual se habían dado y recibido. Nadie era mas digno. La hermana Abril en verdad deseaba tener consigo el Espíritu del Señor; deseaba tomar Su nombre sobre si. De todo corazón, deseaba recordarle y guardar sus mandamientos; deseaba arrepentirse, mejorar y seguir la guía del Espíritu del Señor.
Pensad en ello. Pensad en lo que podría y debiera ocurriros, en vuestro barrio, en vuestra estaca, en toda la Iglesia, en todo el mundo si cada domingo las personas cientos, miles y millones, bajo la autoridad del sacerdocio de Dios, tomaran la Santa Cena siendo dignas, habiéndose por tanto arrepentido y resuelto con sinceridad seguir con mayor eficacia la guía del Espíritu del Señor.
¡Que bella seria entonces la vida, el perdón que se obtendría, la fortaleza espiritual que se recibiría! La luz que ello produciría haría brillar radiantemente a Sión y prepararía a un pueblo puro de corazón para la segunda venida del Señor de una manera extraordinaria y digna de contemplarse.
Hermanos, los lideres tenemos que hacer mas por lograr que mas personas asistan a la reunión sacramental y participen de la Santa Cena siendo mas dignas. Tenemos que enseñarles en mayor amplitud, con mayor intensidad y mayor poder la doctrina de Cristo que contiene el sacramento de la Santa Cena.
Vosotros, los jóvenes, debéis ser dignos y comprender el gran privilegio que es servir el pan y el agua, que son los emblemas del amor del Señor hacia todos. Pensad en las bendiciones que ofrecéis: esperanza, amor, regocijo, perdón, libertad y vida sempiterna. Que grande es el contraste que se advierte cuando se os compara con tantos jóvenes que hoy en día »sirven» otro tipo de substancias blancas y otra clase de líquidos que acarrean tristeza y decadencia, cautiverio y muerte con la apariencia engañosa de la felicidad. ¡Ah, cuan grandes son la bondad y la misericordia de nuestro Dios al vencer la astucia del maligno!
Testifico desde lo mas profundo de mi alma que estos principios son verdaderos. Jesús padeció y murió por nosotros. Por medio de El, y sólo por El, tendremos vida y el regocijo de ella tanto en esta existencia terrenal como en la eternidad.
Amo al Salvador. Pienso que cuando contempló desde la cruz el triste cuadro que tenia ante El, vio mas que soldados burlones y crueles escarnecedores; vio mas que mujeres que lloraban y amigos temerosos; recordó y vio mas que mujeres junto a un pozo y multitudes en los montes o a orillas del mar. Vio mas, mucho mas. El, que todo lo sabe y que tiene todo poder, lo vio todo a lo largo de la historia humana. Su grande, magnánima y amorosa alma abarcó toda la eternidad, a todas las personas, todas las épocas, todos los pecados, todo el perdón y absolutamente todo. Si, El os vio a vosotros y a mi, y nos proporcionó la oportunidad de escapar de las terribles consecuencias de la muerte y el pecado.
Y aun cuando padecía por todos nosotros, pronunció la mas bella de las plegarias al decir: «Padre, perdónalos» (Lucas 23:34).
Tenemos que hacer nuestra parte y clamar con todo el fervor de nuestra alma:» ¡Padre, perdóname, por los méritos de tu Hijo Amado, al participar yo de estos emblemas de su cuerpo quebrantado y su sangre que derramó por mi. Te ruego, Padre, por medio de El, perdóname! Ayúdame a ser mejor».
Toda vida que conocemos se ha producido por la unión de dos elementos separados: necesario cada uno de ellos. El Salvador, por medio de su expiación infinita, nos proporciona ese elemento vital, y nos pide que proporcionemos el otro, el cual es un corazón quebrantado y un espíritu contrito, porque El no nos forzara.
Pensad en el símbolo; pensad en el poder de comenzar una vida nueva (véase Romanos 6:4) al participar dignamente de la Santa Cena.
Testifico que Dios nuestro Padre vive. Testifico que Jesús es el Cristo. Se que El vive; se que El perdona; se que El ama; se que sonríe suplicante y lleno de ternura; se que esta siempre presto a ayudarnos: siempre. Se que guía, dirige y bendice con indecibles bendiciones e inefables tesoros de la eternidad; se que da conocimiento de cosas de trascendencia eterna, ello es, si lo deseamos. Se que el participar dignamente de la Santa Cena es de importancia eterna tanto para El como para nosotros.
Si, se que El da vida: en toda la extensión de la palabra. Al servírsenos los emblemas de su amor cada semana, escuchemos: «Padre, perdónalos», y roguemos: »Padre, perdóname». Eso conduce a la vida -la vida eterna- en el nombre de Jesucristo. Amén.

























