La adversidad y el divino propósito de la mortalidad

Conferencia General Abril 1989logo 4
La adversidad y el divino propósito de la mortalidad
por el élder Ronald E. Poelman
del Primer Quórum de los Setenta

Ronald E. Poelman«Hay consuelo y solaz en saber que no seremos probados mas allá de nuestra capacidad para soportarlo y que se nos proveerán los medios y condiciones necesarios para lograrlo.»

«La felicidad», según las palabras del profeta José Smith, «es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad» (José Smith, Enseñanzas del Profeta José’ Smith, pág. 312). A menudo ese camino incluye la aflicción, la tribulación, la vejación y el sufrimiento físico, mental y hasta espiritual.

La adversidad, o lo que percibimos como adversidad, forma parte de la vida de cada individuo en diversas maneras. Esa adversidad puede ser la consecuencia de nuestra desobediencia a las leyes de Dios. Sin embargo, mis palabras van dirigidas a aquellos que, con justos deseos, tratan honestamente de aprender y se esfuerzan diligentemente por hacer la voluntad de Dios, y que, a pesar de todo, sufren adversidades. Hay mucho al respecto de este tema que no comprendemos, pero veamos algunas de las cosas que el Señor ha revelado.

La adversidad en la vida de las personas obedientes y fieles puede ser el resultado de enfermedades, accidentes, ignorancia, o la influencia del adversario. Para poder preservar nuestro libre albedrío, el Señor permite que a veces los justos sufran las consecuencias de la maldad de otros (I Nefi 18:16).

Algunos pueden responder a dicho sufrimiento con resentimiento, rencor, amargura, duda o temor (I Nefi 17:20). Otros, con un conocimiento y testimonio del divino plan de salvación, a menudo responden con fe, paciencia, y esperanza que nace de esa «paz . . . que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:6-7).

El plan de salvación, que nos fue presentado y lo aceptamos en nuestra existencia premortal, incluye un periodo de probación en la tierra durante el cual experimentamos oposición en todas las cosas. Tomamos decisiones, aprendemos las con secuencias de esas decisiones y nos preparamos para regresar a la presencia de Dios. El experimentar la adversidad es una parte esencial de ese proceso. Aun sabiéndolo, decidimos venir a la mortalidad (2 Nefi 2: 16).

El Salvador mismo «por lo que padeció aprendió la obediencia» (Hebreos 5:8). Los profetas y apóstoles antiguos y modernos han luchado contra la adversidad en sus propias vidas, así como con las tribulaciones relacionadas con su divino llamamiento. Nadie esta exento.

Sin embargo, Pablo enseña que «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28). De manera similar, el profeta Lehi le dijo a su hijo Jacob lo siguiente: «Jacob, . . . tu has padecido aflicciones y mucho pesar en tu infancia a causa de la rudeza de (otros), . . . No obstante, . . . tu conoces la grandeza de Dios; y Él consagrara tus aflicciones para tu provecho» (2 Nefi 2:1-2).

¿Cómo, pues, podemos responder a la adversidad inmerecida en nuestras propia vida? ¿Cómo puede nuestra reacción a la adversidad y al sufrimiento acercarnos mas al Salvador, a nuestro Padre Celestial y al logro de nuestro potencial celestial? Quisiera sugerirles algunos ejemplos y modelos que se encuentran en las escrituras.

Los hijos de Mosíah, durante su misión «padecieron mucho, tanto corporal como mentalmente . . . y también mucha tribulación en el espíritu» (Alma 17:5). En parte debido a experiencias, ellos se «habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; . . . y habían escudriñado diligentemente las Escrituras para poder conocer la palabra de Dios . . . (y) se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación» (Alma 17:2-3). Por haber reaccionado en forma positiva ante la adversidad, ellos crecieron espiritualmente.

En los tiempos de Nefi, el hijo de Helamán, «la parte más humilde del pueblo [sufrió] . . . muchas aflicciones», pero ellos ayunaron y oraron frecuentemente v se volvieron «mas y más fuertes en su humildad, y más y más firmes en la fe de Cristo, hasta henchir sus almas de alegría y de consolación» (Helamán 3:34-35).

Por medio de su ejemplo, podemos aprender a reaccionar positivamente cuando sufrimos adversidad inmerecidamente. Así como ellos lo hicieron, nosotros debemos mirar hacia el Salvador para recibir ayuda divina. Pablo nos recuerda que tenemos »un gran sumo sacerdote. . . (a) Jesús el Hijo de Dios, . . . (quien puede) compadecerse de nuestras debilidades. » Se nos invita a que busquemos su »gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4: 14-16).

Debido a que el Salvador sufrió »dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases . . . (y tomó) sobre sí los dolores y enfermedades de su pueblo. . . (Él sabe), según la carne, . . . cómo [socorrer] a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos» (Alma 7: 12). Por consiguiente debemos seguir el consejo de Amulek, «dejad que rebosen vuestros corazones, entregados continuamente en oración a él por vuestro bienestar, así como por el bienestar de los que os rodean» (Alma 34:27).

Nuestras oraciones deben acompañar al estudio diario de las Escrituras. La perspectiva eterna que logremos por este medio nos recordara quienes somos, cual es el verdadero propósito de esta existencia mortal y quien nos colocó aquí. Se confirma repetidamente que tenemos a disposición la ayuda divina. El estudio diario de las Escrituras también nos hace conscientes constantemente de los convenios que hemos hecho con el Señor y l as bendiciones que nos ha prometido.

Conforme cumplimos con nuestros convenios bautismales, llevamos «las cargas de unos y otros para que sean ligeras», por consiguiente, nuestras propias cargas se aligeran. »Consolamos a los que necesitan de consuelo» y a la vez somos consolados. Cuando somos «testigos de Dios. . . en todas las cosas», podemos sentir su amor redentor y ver nuestras circunstancias presentes mas claramente en la perspectiva de la vida eterna (Mosíah 18:8-9). En cierto sentido, estamos aceptando la invitación del Salvador cuando dijo: » Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera es mi carga» (Mateo 11:28-30) ¿No es acaso probable que el llevar su yugo y su carga incluya el olvidarse a uno mismo al servir a los demás?

La paciencia también debe ser parte de nuestra reacción a la adversidad. Ammón, el hijo de Mosíah, al recordar los problemas personales que había tenido, admitió: «Y cuando nuestros corazones se hallaban desanimados y estabamos a punto de regresar (o, en otras palabras, darnos por vencidos), . . . el Señor nos consoló y dijo: . . . sufrid con paciencia vuestras aflicciones, y (yo) os daré el éxito» (Alma 26:27).

En estos días el Señor nos ha dicho: «No temáis, consuélense vuestros corazones; . . . regocijaos para siempre y en todas las cosas dad gracias; esperando pacientemente en el Señor; . . . y todas las cosas con que habéis sido afligidos obraran juntamente para vuestro bien» (D. y C. 98:1-3).

Nos han hablado constantemente respecto a las ventajas y bendiciones que se reciben al reaccionar positivamente a la adversidad, aun cuando esta sea injusta. El testimonio del Espíritu, y la manifestación de cosas superiores, a menudo se reciben después de la prueba de la fe (Eter 12:6, 3 Nefi 26:79). Nuestro refinamiento espiritual se puede lograr con el fuego de la aflicción (I Nefi 20: 10). Gracias a ello podemos estar preparados para experimentar un contacto personal y directo con Dios.

La revelación moderna nos instruye: «Por tanto, santificaos para que vuestras mentes sean sinceras para con Dios, y vendrán los días en que lo veréis, porque os descubrirá su faz; y será en su propio tiempo y en su propia manera, y de acuerdo con su propia voluntad» (D. y C. 88:68). Los profetas antiguos nos enseñan que «cuando él aparezca, . . . lo veremos tal como es. . . (y seremos) purificados así como él es puro» (Moroni 7:48,1 Juan 3:2).

La manera en que el Señor nos prepara para verle como él es, puede muy bien incluir el fuego refinador de la aflicción, para que podamos ofrecerle el «sacrificio. . . de un corazón quebrantado y un espíritu contrito,» siendo la recompensa prometida, «la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero» (D. y C. 59:8, 23).

Cada uno de nosotros es un hijo espiritual de Dios. Venimos a esta tierra a prepararnos para regresar a su presencia y ahí compartir de su plenitud, o sea, de la vida eterna. Sin adversidad podemos tener la tendencia a olvidar el divino propósito de la mortalidad y vivir nuestras vidas buscando sólo las cosas temporales del mundo.

¿Quiere decir esto que debemos desear o buscar la adversidad y el sufrimiento? ¡No! ¿Podemos tratar de evitarlos? ¡Sí! ¿Es correcto que pidamos ayuda? ¡Si!, siempre recordando el ejemplo del Salvador, «Pero no sea como yo quiero, sino como tu» (Mateo 26:39).

Hay consuelo y solaz en saber que no seremos probados mas allá de nuestra capacidad para soportarlo y que nos beneficiaremos de nuestras adversidades, así como que se nos proveerán los medios y condiciones necesarios para lograrlo (1Corintios 10:13).

El Libro de Mormón corrobora este principio. Aquellos con quienes Alma compartió las inspiradas enseñanzas de Abinadí entraron en el convenio bautismal y comenzaron a vivir completamente de acuerdo con las enseñanzas del evangelio. No había contención entre ellos. Estaban unidos y se amaban unos a otros, velando por los pobres y necesitados y por unos y otros tanto temporal como espiritualmente. A causa de su industriosidad y armonía, prosperaron (Mosíah 23:15-20). Ellos no merecían sufrir adversidad. Sin embargo, recibieron la oportunidad de progresar aun más desde el punto de vista espiritual. El relato de las Escrituras continua con estas palabras: «Con todo, el Señor lo considera oportuno castigar a su pueblo; si, él prueba su paciencia y su fe» (Mosíah 23:21). A pesar de su rectitud y de su fidelidad, sufrieron muchas aflicciones. Naturalmente, le pidieron ayuda al Señor, tal vez esperando que sus cargas fueran quitadas. En respuesta a sus plegarias el Señor les reconfortó y les aseguró que les ayudaría (Mosíah 24: 18-14). Y luego les «fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor» (Mosíah 24: 15). Finalmente, a causa de su fe y paciencia, fueron librados de sus aflicciones. Habiendo sido refinados espiritualmente, y con una fe aun mayor, ellos »elevaron sus voces en alabanzas a su Dios» (Mosíah 24:16-22).

En los días finales de la civilización nefita, el profeta Mormón le escribió una carta a su hijo, Moroni, describiendo la maldad, la crueldad y la depravación que eran la causa del sufrimiento de aquellos que eran inocentes. Luego añadió las siguientes palabras de admonición y consuelo: «Hijo mío, se fiel en Cristo; y que las cosas que he escrito no te aflijan, para apesadumbrarte, . . . sino Cristo te anime, y sus padecimientos y muerte. . . y su misericordia. . . y la esperanza de su gloria y de la vida eterna reposen en tu mente para siempre. Y la gracia de Dios el Padre, . . . y de nuestro Señor Jesucristo, . . . te acompañe y quede contigo para siempre» (Moroni 9:25-26). Esta es también mi oración para cada uno de vosotros, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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