Señor, ¿cuándo te vimos hambriento?

Conferencia General Abril 1989logo 4
Señor, ¿Cuándo Te Vimos Hambriento?
por la hermana Joy F. Evans
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Joy F. Evans«Cuando tenemos compasión por los que sufren. . . y respondemos al llamado del corazón con actos de bondad, estamos prestando ayuda de la forma en que Dios desea que lo hagamos.»

En el libro de Mateo leemos que cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, todas las naciones de la tierra se reunirán delante de él, y él apartara los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Los que estén a su derecha heredarán el reino que ha sido preparado para ellos desde la fundación del mundo, y el Rey les dirá:

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

«Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?

»¿Y cuando te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?
«¿O cuando te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?
«Y respondiendo el Rey, le dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.»  (Mateo 25:35-40.)

Casi todos los días se nos presenta la oportunidad de alimentar al hambriento, de visitar al enfermo, de ayudar a llevar las cargas de unos y otros, tal como el Salvador lo enseñó. A veces prestamos servicio a los miembros inmediatos de la familia, a nuestros hijos, a nuestro cónyuge, a nuestros padres o a otros seres queridos; otras veces es a un vecino, a un amigo en desgracia o a un desconocido.

Cuando tenemos compasión por los que sufren, sea cual sea la razón, y respondemos al llamado del corazón con actos de bondad, estamos prestando ayuda de la forma en que Dios desea que lo hagamos.

Cuando se organizó la Sociedad de Socorro, el profeta José Smith dijo a las hermanas que ya estaban en condiciones de obrar de acuerdo con la conmiseración que Dios había puesto en sus corazones. (Véase History of the Church, 4:605. )

Actualmente, miles de mujeres de la Iglesia se allegan a los demás por medio del programa de las maestras visitantes y del servicio caritativo, lo cual sigue siendo el corazón de dicha organización. Ellas bendicen la vida de los demás y dan animo a los desalentados, a los descorazonados, a los que sufren nostalgias, a los que son inseguros o están descorazonados. Ellas tienen presente el consejo que nos dio el presidente Kimball: «Dios nos tiene presente y nos vigila, mas es a menudo a través de otro mortal que satisface nuestras necesidades; por lo tanto, es imperativo que nos sirvamos mutuamente en su reino» («Esos actos de bondad», Liahona, diciembre de 1976, pág. 1). En Proverbios se nos dice: «No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo» (Proverbios 3:27).

Quizás una experiencia personal me ayude a aclarar ese amoroso cuidado que debemos brindarnos los unos a los otros.

Mi esposo y yo hemos sido bendecidos con diez hijos, tres de los cuales han fallecido. Cuando estaba embarazada, debía guardar cama la mayor parte del tiempo y siempre teníamos la preocupación de que pudiera conservar aquella vida hasta que naciera. Por varias semanas mis maestras visitantes me llevaron el almuerzo o la cena para toda la familia; cuidaron a mis pequeños y me llevaban libros de la biblioteca para que yo los leyera.

La llegada de los mellizos nos tomó totalmente de sorpresa. ¡Que hermoso fue tener dos hijos con un sólo embarazo! Pero el gozo no fue por mucho tiempo, al menos en esta vida. El varoncito vivió dos días y la niña tres. Y las hermanas se hicieron presentes otra vez, no sólo con comida, sino con un hermoso rosal llamado «dúo», que creció y floreció, y que nos ayudo a rememorar a nuestros dos pequeñitos, a nuestros amigos y la gratitud que tenemos por el evangelio y por la Iglesia.

Debemos considerar muy seriamente la responsabilidad que tenemos de allegarnos con amor a aquellos que estén solos o que sufran, los que tengan problemas o tentaciones, porque ellos encontraran amigos y consuelo en alguna parte. Si tuvieran que acudir a otra parte porque nosotros no estabamos cuando nos necesitaron, ¿en qué habremos fallado? Sería como si ellos nos dijeran: «Te necesite. No pude encontrarte. Ya no te necesito». No debemos permitir que eso suceda si hay algo que nosotros podamos hacer cuando se nos necesita.

La obra de amor que se le asignó a la Sociedad de Socorro desde sus comienzos fue prestar ayuda a los enfermos, especialmente a los desahuciados, y sus familias. Pero las cosas han cambiado mucho desde aquellos tiempos en Nauvoo, en que las hermanas brindaban el único cuidado que recibían los enfermos y los desahuciados, hacían los forros de los féretros y las ropas para vestir a los muertos así como prestaban consuelo a los demás. La vida no es tan dura en esta época y para nuestra generación y, por el contrario, se ha prolongado y simplificado para muchos de nosotros.

Pero aun existen las enfermedades crónicas y sigue habiendo personas desahuciadas, tanto jóvenes como ancianos, y todavía debemos enfrentar la muerte. Todavía debemos sobrellevar «los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2), «consolar a los que necesitan de consuelo. . . llorar con los que lloran» (Mosíah 18:9).

Por medio del servicio caritativo se puede brindar la ayuda que un enfermo y su familia necesiten. «Estuve. . . enfermo y me visitasteis» (Mateo 25:36).

Muchas veces, la gente no hace nada en una situación así porque no sabe que hacer. Quizás no sepan cómo actuar ante una persona que esta por morir y su familia. Temen pasar por entrometidos u ofender a las personas. También pueden sentir pena, enojo o desconcierto. No obstante, hay muchas cosas que pueden hacer para ayudar.

Una hermana contó la tragedia de haber perdido a cinco de sus familiares en un horrendo accidente automovilístico. Ellos vivían en otro estado, y además de tener que aceptar la terrible noticia, tuvo que empacar las cosas de sus hijos a fin de viajar al día siguiente para ir al funeral. Un buen amigo y vecino llegó a la casa y le dijo que iba a lustrar los zapatos. ¡Ella ni había pensado en eso!

Él, de rodillas en la cocina, con un recipiente lleno de agua jabonosa, una esponja, lustre y un cepillo, limpió y lustró todos los zapatos de la familia. ¡Incluso las suelas! Una vez que hubo terminado, se fue en silencio, dejando los zapatos limpios y brillantes, listos para ser empacados.

Esa hermana dijo: »Ahora, cuando sé de alguien que ha perdido a un ser querido, ya no pregunto: ‘¿En que puedo servirles?’ En cambio, pienso en algo específico que puedan necesitar, como lavar el auto, cuidar del perro o estar en la casa durante el funeral. Y si me preguntan: «¿Cómo supo que necesitábamos eso?», les contestó: «Porque una vez, un hombre nos lustró los zapatos». (Madge Harrah, «He Cleaned our Shoes», Reader’s Digest, diciembre de 1983, págs. 21-24.)

Cuidar de una persona con una enfermedad cronica o que esta desahuciada no es fácil. En la mayoría de los casos se requiere un esfuerzo tanto físico como emocional. Por eso, generalmente tanto la familia como el enfermo agradecen que se les dé el apoyo emocional y espiritual que necesitan.

Cuando una persona que cuida a un enfermo crónico o desahuciado descansa, recupera fortalezas y la habilidad para lidiar con la situación. El tiempo que dediquemos depende de las circunstancias, pero una hora o dos puede ayudar mucho en esos casos.

La madre que no puede dedicar tiempo a su hija adolescente por tener que cuidar a su madre anciana que ha sufrido una hemiplejía, la familia que se siente culpable ante el deseo de alejarse del problema por un rato, los padres que se sienten abrumados ante la responsabilidad de criar niños pequeños, la madre que atiende mas a un hijo lisiado que a los demás, todos estos se sienten abandonados, y a veces lo están. Todos ellos necesitan apoyo y descanso.

Para ayudar a otros en momentos difíciles se requiere comprensión y paciencia. La gente reacciona de distintas formas ante el dolor. No todos se recuperan en el mismo período de tiempo ni todos actúan de la misma forma. Pueden actuar en forma irascible, estar deprimidos, callados o aislarse de los demás, pero por medio de actos bondadosos y una amistad sincera, casi todos se recuperan y llegan a aceptar la situación.

El tener un testimonio de Jesucristo y de su resurrección es lo que nos apoya y nos consuela en momentos difíciles. Ese conocimiento guía a los que sufren y los saca de las sombras a la luz; por eso debemos darlo a los demás. «Yo sé que vive mi Señor; consuelo es poder saber que vive aunque muerto fue. . . » (Himnos de Sión, 170).

Ser receptivo a los problemas de los demás ayuda a sentir gozo en la hermosa realidad del diario vivir y a seguir adelante con confianza en el futuro, con el conocimiento de que la pena, el dolor y la perseverancia de perdurar hasta el fin son partes necesarias de la vida mortal.

Se ha dicho que el amor se pone a prueba en el fuego del sufrimiento y de la adversidad. Debemos ser caritativos con los que sufren, con los que tienen problemas: con la hermana que ha perdido a un hijito; con aquella cuyo hijo nació prematuro o lisiado; con la que ha quedado viuda; con la que aun no se ha casado o con la que no tiene hijos; con la que acaba de bautizarse y ha sido rechazada por su familia debido a la Iglesia.

Lo que hagamos o digamos no es importante; lo que si cuenta es que digamos o hagamos algo. Por ejemplo: «Me preocupa tu situación», o «déjame ayudarte». Cuando hay amor, se establecerá un vinculo de corazón a corazón, y las cargas serán más livianas y más fáciles de sobrellevar.

Nunca debemos pensar que ya hemos cumplido con nuestra responsabilidad. Siempre me ha gustado mucho lo que dijo Dag Hammarskjold: «No has hecho lo suficiente, nunca habrás hecho lo suficiente, mientras haya algo mas que puedas hacer» (Richard L. Evans, hijo, Richard L. Evans, The Man and the Message, Salt Lake City: Bookcraft, 1973, pág. 256).

Para aquellos que, por la edad, la salud o cualquier otra razón, no puedan prestar la clase de servicio del que he hablado, les decimos lo que alguien declaró una vez: «Entre nuestros conocidos, no son precisamente los que andan fugaces como meteoritos, haciendo visiblemente obras buenas, aquellos a quienes debemos más. A menudo, son las personas que, como las estrellas, derraman sobre nosotros la luz serena de su ser luminoso y fiel, las que nos brindan la calma y el valor más profundos. Es bueno saber que aun cuando ya no podamos hacer algo por nuestros semejantes, podemos todavía ser alguien para ellos; es bueno saber, y esto con certeza, que no hay hombre o mujer, por humilde que sea, que, por ser fuerte, manso y bueno, no logre que el mundo sea mejor debido a esa bondad».

Casi todas las personas pueden hacer algo o ser alguien para el que lo necesite.

Es posible que haya momentos o etapas de la vida en que, abrumados por los problemas, queramos tener fe; que estando preocupados, agobiados o con dudas, aun queramos creer. Es reconfortante para mi saber que el Señor, sabiendo que iba a ser así, nos hace saber, en el libro de Marcos, un relato maravilloso acerca de un padre desesperado que llevó a su hijo a ver al Salvador para que lo sanara de una enfermedad que bien pudo haber sido epilepsia. Y Jesus contestó: «Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:14-24).

Nosotros podemos ayudarnos mutuamente en nuestros días de incredulidad; podemos fortalecernos y edificarnos y bendecir a aquellos cuya fe no sea firme. Tal como dijo Alma: » . . . aunque no sea mas que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros» (Alma 32:27). Ahí es donde plantamos la semilla de la fe.

Debemos reconocer que la vida es un don maravilloso (Florence Nightingale le llamó un «don magnifico»); que la confianza y la ternura son frágiles; que debemos amarnos y servirnos los unos a los otros; que debemos animarnos y perdonarnos mutuamente, y no sólo una vez, sino una y otra vez. Sólo entonces podremos estar a la diestra del Señor cuando él venga en su gloria.

«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? y ¿cuando te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?
«¿O cuando te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?
«Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. » (Mateo 25:37-40.)

Ruego que cada uno de nosotros así lo haga conforme se nos presente la oportunidad, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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