La oración

La oración

Hermana Cheryl C. Lant
Presidenta General de la Primaria

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 9 de septiembre de 2007 Universidad Brigham Young


Me gustaría comenzar lo que hablaremos esta noche repasando una historia que todos conocemos muy bien. Es la de un joven que vivía en una ciudad grande. En muchos sentidos era como las ciudades en las que vivimos hoy: era ruidosa y estaba atestada de gente que realizaba sus actividades diarias del trabajo y el esparcimiento, personas frustradas y tensionadas por tratar de mantener el   ritmo de la vida que les rodeaba. La ciudad estaba llena de tentaciones. Muchas voces clamaban su atención, voces que lo invitaban a participar en deseos egoístas de cosas, poder, fama y placer; voces que lo animaban a hacer trampa un poco y a mentir otro tanto; voces que lo provocaban a unírseles porque todos lo hacían.

Ese joven tenía muchas decisiones que tomar. Tenía una familia que probablemente se parecía mucho a las nuestras, pues tenía virtudes y flaquezas. Sus padres eran personas buenas que tomaban en serio su responsabilidad de enseñar principios correctos a sus hijos y que deseaban que éstos siguieran al Señor, y que probablemente cometían errores de cuando en cuando al esforzarse por lograrlo. El padre era poseedor del sacerdocio. Era diligente en el cumplimiento de sus responsabilidades con su familia y con la Iglesia. Algunos de los hijos de esta familia eran respetuosos y obedientes, pero otros querían seguir su propia voluntad, tal como en nuestras familias.

Este joven era como ustedes, jóvenes, que están aquí esta noche. Él era inteligente, serio, respetuoso, diligente y obediente. Amaba a sus padres y a su familia, y amaba al Señor. Quería tomar decisiones correctas. Al igual que la mayoría de ustedes, escuchaba a su padre. Pero era difícil hacerlo, y al pasar el tiempo, llegó a ser cada vez más difícil. Las palabras de su padre lo separaban de sus amigos y del mundo que lo rodeaba. Quería y necesitaba saber por sí mismo si las cosas que su padre le enseñaba eran verdaderas.

En las Escrituras leemos cómo lo hizo y lo que ocurrió: “…teniendo grandes deseos de conocer los misterios de Dios, clamé por tanto al Señor; y he aquí que él me visitó y enterneció mi corazón, de modo que creí todas las palabras que mi padre había hablado” 1 Nefi 2:16.

Al verse ante decisiones que cambiarían el curso de su vida, ese joven humildemente acudió a su Padre Celestial en oración, y recibió una respuesta. El nombre de ese joven era Nefi.

Nefi tenía que tomar una decisión en su vida, muy similar a las que todos que tenemos que tomar diariamente. Aunque nuestro mundo aparente ser muy diferente del suyo, las influencias que lo presionaban eran muy similares a las que nos presionan a nosotros. Él tenía que elegir entre las cosas del mundo y las del Señor, y nosotros tenemos que hacer esa misma clase de elecciones. Nefi eligió poner su mente y su voluntad en manos del Señor. Eligió acudir a la única fuente de verdad y justicia por medio de la oración; eligió escuchar las respuestas que le diera el Señor, y eligió obedecer. Ese acto sencillo de orar no sólo abrió la puerta a una gran vida de oportunidad y bendiciones para Nefi, sino que también sirve como ejemplo para nosotros actualmente.

Nefi enseñó en 1 Nefi 19:23 que debemos “[aplicar] todas las escrituras a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción”. Así que esta noche vamos a hablar del gran principio del Evangelio demostrado por Nefi. Vamos a hablar de la oración. Vamos a acudir a las Escrituras y a los profetas para entenderla. Y vamos a “aplicar” esas enseñanzas a nuestra propia vida.

Al hacerlo, por favor piensen en la oración en su propia vida y piensen sincera y seriamente en las respuestas a algunas preguntas que les voy a hacer, preguntas como éstas: “¿Sobre qué debo estar orando en mi propia vida? ¿Cuándo y cómo puedo orar? Cuando oro, ¿lo hago con intensidad y con fe? ¿Siento que Dios escucha mis oraciones? ¿Realmente creo que el Señor me contestará? ¿Entiendo cómo se reciben respuestas a las oraciones? ¿Reconozco y acepto las respuestas, aún cuando no sean las que yo quisiera recibir? ¿Entiendo lo que significa esperar pacientemente en el Señor? ¿Oro con verdadera intención, y pongo mi vida en orden de acuerdo con las respuestas que recibo? ¿Sigo adelante y actúo de conformidad con las respuestas que recibo?

Antes de contestar estas preguntas, hablemos del principio de la oración La oración es simplemente un proceso mediante el cual podemos comunicarnos con nuestro Padre Celestial. Es una comunicación bidireccional. El élder Scott nos enseña que la oración es “el don supremo que nuestro Padre Celestial ha dado a toda alma” (Liahona, mayo de 2007, pág. 8). No importa quiénes seamos, en dónde estemos, qué necesitemos o lo que hayamos hecho, no estamos solos. Tenemos un amoroso Padre Celestial que está disponible si tan sólo acudimos a Él.

La oración hace muchas cosas. Es una de las formas de expresar gratitud, nos brinda consuelo y paz, y es por medio de la oración que podemos recibir un testimonio. La oración nos ayuda a definir nuestros sentimientos y pensamientos a medida que expresamos nuestras preocupaciones y deseos a nuestro Padre Celestial. Puede darnos respuestas específicas y nuestras mentes pueden ser iluminadas porque la revelación procede de la oración personal. La oración es donde comienza el arrepentimiento, y por medio de ella podemos saber que se nos ha perdonado. La oración nos ayuda a perdonarnos a nosotros mismos y a otros, a encontrar dirección y a tomar decisiones.

Podemos recibir ayuda de formas muy específicas. Es mediante la oración que encontramos fortaleza, tanto en el espíritu como en el cuerpo. La oración puede protegernos de toda fuente de daño y de mal. Podemos acceder a todo don espiritual al pedirlo en oración sincera. Encontramos respuestas a todas las preguntas de la vida cuando las pedimos en oración. Sé que la oración tiene un poder sanador, tanto para el cuerpo como para el espíritu.

En la oración participa la persona, ustedes y yo, y también participan los tres miembros de la Trinidad, y lo hacen de esta forma: Cuando oramos a nuestro Padre Celestial en el nombre de Jesucristo, que es nuestro defensor, las respuestas vienen de nuestro Padre Celestial por medio del Espíritu Santo, a través del cual sentimos el amor del Padre y del Hijo.

Quiero que sepan que yo sé que son verdaderos estos principios de la oración. Los encontramos en las Escrituras y en las palabras de los profetas. Tengo un testimonio personal del poder de la oración porque en mi vida he experimentado muchas bendiciones de la oración; pero lo que realmente quiero conversar con ustedes esta noche es lo que ustedes sienten acerca de la oración en su vida, de cómo la usan para tener acceso a los poderes del cielo. Para ello, regresemos a esas preguntas originales:

¿Sobre qué debo orar?

La primer pregunta es: ¿Sobre qué debo estar orando en mi propia vida?

Piensen en su situación en la vida ahora mismo. ¿Hay cosas que les preocupan? ¿Se sienten abrumados o confundidos? Estoy segura que tienen desafíos y preocupaciones. ¿Cuáles son? En el Libro de Mormón, Alma enseña acerca de algunas cosas por las que debemos orar. Al leer juntos este pasaje, tengan en mente las cosas específicas que mencionó. Leeremos en Alma 34, versículos 17-26.

“Por tanto, hermanos míos, Dios os conceda empezar a ejercitar vuestra fe para arrepentimiento, para que empecéis a implorar su santo nombre, a fin de que tenga misericordia de vosotros;

“sí, imploradle misericordia, porque es poderoso para salvar.

“Sí, humillaos y persistid en la oración a él.

“Clamad a él cuando estéis en vuestros campos, sí, por todos vuestros rebaños.

“Clamad a él en vuestras casas, sí, por todos los de vuestra casa, tanto por la mañana, como al mediodía y al atardecer.

“Sí, clamad a él contra el poder de vuestros enemigos.

“Sí, clamad a él contra el diablo, que es el enemigo de toda rectitud.

“Clamad a él por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperéis en ellas.

“Clamad por los rebaños de vuestros campos para que aumenten.

“Mas esto no es todo; debéis derramar vuestra alma en vuestros aposentos, en vuestros sitios secretos y en vuestros yermos”.

¿Les indica esto algo por lo que podemos orar? A mí me parece indicar que debemos orar por todo.

Alma imploró misericordia para ser salvo. Pedía que la Expiación se aplicara en su vida. Se estaba arrepintiendo. Oró por su familia y sus posesiones, y pidió tener éxito. Imploró protección contra Satanás y la tentación. Creo que cuando se le dijo que orara en sus aposentos, en sus sitios secretos y en sus yermos, el Señor no sólo hablaba de los lugares donde podía orar, o por lo menos no hablaba sólo de lugares. Creo que le estaba diciendo a Alma que fuera a los lugares secretos de su corazón y de su vida y que orara por todas sus luchas y flaquezas personales.

Si aplicamos este pasaje a nuestra propia vida, lograremos ver muchas cosas por las que podemos orar. Para ustedes podrían incluir cosas como sus estudios, encontrar una profesión, conocer y hallar a un compañero eterno y digno. ¿Y qué tal comenzar su familia y su hogar? ¿Su salud y su propia dignidad personal? ¿Podría incluir su testimonio personal, su deseo de saber cómo servirle a Él, su necesidad de arrepentirse y de ser fortalecidos ante la tentación? ¿Incluye rogar que el Espíritu Santo les guíe en todas las cosas?

Cuando oramos debemos ser conscientes de no pedir sólo lo que queremos. Debemos llegar al punto en que oramos por lo que el Señor desea para nosotros y, cuando lo hacemos, en esencia nos estamos entregando a Él y le estamos diciendo: “No puedo hacer esto solo; no quiero hacerlo solo. Lo haré a Tu manera”.

¿Cuándo y como puedo orar?

Esto nos lleva a la segunda pregunta: ¿Cuándo y cómo puedo orar?

Claro que tenemos las oraciones regulares que hemos aprendido que debemos hacer, como las oraciones personales por la noche y por la mañana. Tenemos las oraciones familiares y las de nuestras reuniones. Son las primeras oraciones que se nos enseña hacer, pero si no tenemos cuidado, pueden llegar a ser rutinarias y repetitivas.

¿Cuántas veces ofrecemos una oración rápida por la mañana y nos levantamos y salimos corriendo por la puerta, sin siquiera pensar en lo que oramos? ¿Cuántas veces nos dormimos diciendo la oración en la noche, o no la decimos porque estamos demasiado cansados? Cuando consideramos a quién nos dirigimos al orar, cuánto ha hecho por nosotros, y lo dependientes que somos de Él, nos da qué pensar. El tomar tiempo para meditar al orar dará al Espíritu la oportunidad de hablarnos.

Las oraciones familiares pueden ser poderosas; pueden unir a la familia y fortalecerla en tiempos difíciles. Pueden proteger y brindar consuelo y paz. Cuando nuestros hijos estaban en la misión, considerábamos la diferencia de horas entre la casa y la misión y calculábamos a qué hora, en el tiempo de ellos, estaríamos haciendo la oración familiar en casa para que supieran exactamente a qué hora estaríamos orando por ellos. Varios han dicho que sentían esas oraciones y que fueron fortalecidos por ellas en formas muy específicas en el mismo momento en que lo necesitaban.

Pero en las Escrituras se nos enseña que esas oraciones formales no son el único medio de acercarnos a nuestro Padre Celestial. En Alma 34:27, leemos: “Sí, y cuando no estéis clamando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, entregados continuamente en oración a él por vuestro bienestar”.

Siempre podemos llevar una oración en el corazón. ¿Y eso qué significa?

Creo que es la actitud de elevar nuestra alma al cielo, a nuestro Padre Celestial; es el sentimiento fugaz pero intenso de decir: “gracias”, “por favor ayúdame”, “¿qué es lo que debo hacer?”, “¿qué debo decir?”, “lo siento tanto”. Es la añoranza de consuelo, de fortaleza y de guía cuando estamos en medio de una situación. Es el sentimiento de gozo y felicidad al ver algo hermoso. Es el darse cuenta que el Espíritu Santo opera en nuestra vida; es abrir nuestro corazón a la comunicación continua. Ese tipo de oración puede ser más o menos constante, según lo permitamos. Lo controlamos mediante nuestras actividades, nuestro entorno, y la condición de nuestro corazón.

¿Cuáles son algunas de las cosas que pueden impedir que eso ocurra? La música fuerte y constante, incluso la buena música, puede llegar a convertirse en solo un ruido que sofoca un pensamiento de oración antes de formarlo en la mente. El rodearnos de caos, de desorden y de confusión puede reprimir el Espíritu. El estar demasiado ocupados, tensionados o estresados por la vida diaria puede distraernos del cielo. Estar en lugares donde sabemos que no puede morar el Espíritu bloqueará nuestras oraciones. El permitir que imágenes feas e impropias entren en nuestra mente por lo que vemos en internet, en las películas, la televisión o la lectura destruirá nuestra conexión con el cielo. El estar enojados, irritados y molestos con otros puede cerrar nuestro corazón.

Ustedes tal vez digan: “Esas cosas forman parte de nuestra vida diaria; ¿cómo podemos evitarlas?”. Yo creo que forman parte de la vida diaria si lo permitimos. Nosotros estamos o podemos estar al mando.

Es tan importante que cada uno considere nuestra vida y lo que debemos hacer para merecer las bendiciones del cielo. Si nos esforzamos por acercarnos al cielo, llegaremos a saber lo cerca que está. Y el mismo hecho de hacer este esfuerzo puede ayudarnos a poner nuestra vida en equilibro con las cosas del Espíritu. Cuanto más nos acerquemos al Espíritu, más se abrirá nuestro corazón y fluirá a nuestro Padre Celestial. Para mí, la oración del corazón me mantiene más cerca del Señor que cualquier otra cosa. Y la puedo hacer en cualquier momento y en cualquier lugar. Es vital para mí.

Cuando oro, ¿lo hago con intensidad y con fe?

La siguiente pregunta es: Cuando oro, ¿lo hago con intensidad y con fe?

Regresemos a Alma 34:17-27. Todo este pasaje de las Escrituras indica que necesitamos tanto intensidad como fe. Noten las palabras “ejercitar vuestra fe”, “implorar su santo nombre”, imploradle’”, “derramar vuestra alma”, “entregados continuamente en oración”. Esto es más que una oración ofrecida apresuradamente por deber.

Toda oración debe proceder de lo más profundo de la mente y el corazón. Debe ser ofensivo al Señor, que tanto nos ha ofrecido y que está presto para darnos toda bendición para nuestro bien, el que nos apuremos a orar o nos durmamos, o que nuestra mente divague o nuestras palabras sean casuales o irrespetuosas, usando palabras que no demuestran el debido respeto. ¿Con cuánta frecuencia lo olvidamos totalmente hasta que surge una necesidad urgente?

A veces nuestras oraciones sí son una súplica urgente de ayuda. Recuerdo una de las mías, cuando desapareció nuestro hijo que en ese entonces tenía tres años. Él estaba jugando con los otros niños en el patio; yo dejé de observar por un momento para ir a ver si estaba bien el bebé, y de repente desapareció.

Entonces, de inmediato ofrecí una oración desesperada pidiendo ayuda. Me llegó el pensamiento de que estaba en la piscina de unos apartamentos a tres cuadras de distancia.

Él nunca había estado allí; ni siquiera había ido a los apartamentos. La piscina estaba dentro de un edificio que siempre estaba con llave. Él ni siquiera sabía que estaba allí; pero el sentimiento era muy fuerte.

Corrí, gritándole a mi hijo de diez años que estaba en su bicicleta que fuera rápidamente a la piscina. Cuando llegó, encontró a su hermanito y a otro niño de la misma edad que conocía la piscina, y los dos empezaban a meterse en la orilla menos profunda de la alberca. Tenían puesta toda la ropa y los zapatos, y aun cuando la puerta estaba abierta, no había nadie más.

Algunas oraciones son intensas y, ¡necesitan respuestas inmediatas! Qué bueno que no todas las oraciones son así. Si acudimos al Señor en oración de manera regular, Él estará allí cuando lo necesitemos urgentemente.

El orar con intensidad parece indicar que se tiene fe en que la oración se contestará. Para algunos, la fe es muy sencilla y semejante a la de un niño. Puede surgir del amor a Dios o del hecho que nunca se haya visto probada, pero para la mayoría es algo por lo que tenemos que esforzarnos de manera constante. Podemos lograr una gran fe a través de una experiencia singular, pero la siguiente vez que enfrentemos una prueba, parece que tenemos que comenzar de nuevo a confiar realmente en el Señor. Les prometo que si oran, creyendo que nuestro Padre Celestial está allí, que les ama y que puede contestar todas las oraciones, su fe aumentará y se hará más firme, y podrán llegar a un punto en su vida en el que sabrán que estas cosas son verdaderas. Creer es el comienzo de la fe.

¿Realmente creo que mi padre celestial escucha mis oraciones y que las contestará?

Siguiente pregunta: ¿Realmente creo que mi Padre Celestial escucha mis oraciones y que me contestará?

Permítanme hablarles de la oración de un niño que se llama Brayden. En ese entonces era muy pequeño, de unos cinco o seis años, y había estado leyendo el Libro de Mormón con su familia. Leían varios versículos al día y luego tenían la oración familiar.

Un día leyeron en Moroni 10:4: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo”.

Ese día le tocaba orar a Brayden. Comenzó como de costumbre, usando las mismas palabras de siempre, pero entonces dijo algo diferente. Él dijo: “Padre Celestial, ¿es verdadero el Libro de Mormón?”. Luego hizo una pausa.

La pausa duró tanto que su padre lo miró para ver si necesitaba ayuda para terminar la oración. Pero no la necesitaba. Terminó diciendo sencillamente: “Gracias, Padre Celestial”, y concluyó la oración. El Espíritu penetró ese hogar y dio testimonio a toda la familia de la veracidad de las Escrituras; el niño había orado con una fe sencilla y hermosa.

Ustedes son hijos de Dios tal como lo es Brayden, y son de gran valor para Él. Él nos ha mandado repetidamente en las Escrituras que oremos siempre. Nos ha dado la Expiación para ayudarnos a regresar a casa. ¿Por qué no contestaría sus oraciones? Les prometo que lo hará. Pero tal vez no pongamos en duda al Señor, sino nuestra propia dignidad. Tal vez dudamos por no entender cómo Dios contesta nuestras oraciones.

Para entender mejor cómo el Padre Celestial contesta nuestras oraciones, unamos esta pregunta con las siguientes tres, que son:

“¿Entiendo cómo se reciben las respuestas a las oraciones?”

“¿Reconozco y acepto las respuestas aun cuando no sean las que yo quisiera recibir?”

“¿Entiendo lo que significa esperar pacientemente en el Señor?”

Cuando nuestra dignidad personal nos hace merecedores, nuestro Padre Celestial siempre contesta nuestras oraciones. Pero noten las palabras “hacernos merecedores”. Tenemos que esforzarnos mucho para ser dignos de las bendiciones del Señor.

El presidente Harold B. Lee dijo: “Si desean una bendición, no se limiten a arrodillarse y a orar. Prepárense de todas las maneras posibles a fin de ser dignos de recibir las bendiciones que buscan” (El Evangelio y la vida productiva, pág. 61).

Tenemos que estar cerca del Espíritu para saber qué pedir y para poder discernir Sus respuestas, pero eso no significa que hay que ser perfecto ni nada por el estilo para orar y recibir respuestas, porque la oración es una forma de arrepentimos y una de las maneras con las que podemos perfeccionarnos.

El Padre Celestial no sólo contesta nuestras oraciones, sino que las contesta en una forma que nos bendecirá eternamente. Este principio es absolutamente verdadero. Pero hay muchas formas en que nuestras oraciones se pueden contestar. Puede decir sí o no, o tal vez diga “todavía no”. A veces quizás sintamos que no nos contesta porque no discernimos la respuesta. Tenemos que confiar en el Señor y confiar en que Él sabe cuándo es mejor. Debemos aprender a reconocer las respuestas cuando vengan.

Algunas respuestas vienen poco a poco a fin de fortalecer nuestra fe. El élder Dallin H. Oaks dijo: “No se puede forzar lo espiritual. Así tiene que ser. El propósito de nuestra vida respecto a obtener experiencia y cultivar la fe quedaría truncado si nuestro Padre Celestial tuviera que dirigirnos en cada uno de nuestros actos” (véase “Ocho razones para recibir revelación” Liahona, septiembre de 2004, pág. I2).

El Señor ya nos ha dado algunas respuestas y confia en que las pongamos en práctica. A veces queremos decidir entre dos cosas igualmente buenas y el Señor nos da la oportunidad de usar el poder del albedrío que Dios nos ha dado.

Quizás en nuestro deseo urgente de recibir una respuesta especifica no estamos dispuestos a poner nuestra vida en las manos del Señor y aceptar la respuesta que nos da. ¡Queremos lo que queremos, y lo queremos ahora mismo!

Tal vez el problema radique en no reconocer cómo se reciben las respuestas. Sabemos que algunas oraciones se contestan de manera espectacular, como la Primera Visión de José Smith, pero con mayor frecuencia se reciben de manera más callada. En D. y C. 8:2-3 leemos en cuanto a dos maneras en que el Señor contesta nuestras oraciones:

“Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón.

“Ahora, he aquí, éste es el espíritu de revelación”.

La primera forma de recibirla es en la mente. Esas respuestas se reciben por la voz apacible del Espíritu Santo en forma de pensamientos e ideas, o sea, conocimiento. Pueden ser destellos de inspiración que reconozcamos inmediatamente o ideas que tengamos que procesar y que se desarrollen con el tiempo; por lo general, les acompaña un buen sentimiento.

La segunda es en el corazón, y tiene más que ver con los sentimientos. Quizás tengamos sentimientos negativos y confusos para advertirnos que la respuesta es no, o dulces, pacíficos, tranquilizadores y reconfortantes. Esos sentimientos nos dicen que la respuesta es sí, y a veces se describen como una sensación de intenso ardor, o un sentimiento muy sutil.

Los principios clave son que se nos ha mandado orar a nuestro Padre Celestial. Él escucha todas las oraciones, y las contestará para nuestro bien. Cuando esto lo sabemos muy en lo profundo del corazón, no nos desanimaremos ni nos alejaremos de Él. Cuando las respuestas no se reconocen de inmediato, seguiremos fieles y constantes, orando de continuo para descubrir Sus caminos. El Espíritu podrá ayudarnos y aprenderemos a discernir cómo se reciben las respuestas y cuáles son. Puede ser diferente para cada persona e incluso puede ser diferente en cada experiencia que tengamos. Sé que al hacernos merecedores de la compañía constante del Espíritu Santo, podremos ver y entender en forma más clara las respuestas a nuestras oraciones.

¿Sigo adelante y actúo?

La última pregunta es: ¿Pongo mi vida en orden de acuerdo con las respuestas que recibo? ¿Sigo adelante y actúo?

Yo sé que el Señor escucha y contesta oraciones, pero también creo que si continuamente oramos y luego no escuchamos ni obedecemos, Él no nos estará tan accesible en el futuro. En D. y C. 101:7-8 leemos:

“Fueron lentos en escuchar la voz del Señor su Dios; por consiguiente, el Señor su Dios es lento en escuchar sus oraciones y en contestarlas en el día de sus dificultades.

“En los días de paz estimaron ligeramente mi consejo, mas en el día de sus dificultades por necesidad se allegan a mí”.

Cuando recibimos respuestas del Señor, tenemos que ponerlas en práctica con confianza en Él. No creo que Él se sienta muy feliz cuando continuamente buscamos otra respuesta después de que ya recibimos una. Debemos recordar lo que nos ha dado y actuar de conformidad, con fe.

¿Siento a veces que no quiero orar?

Ahora, si me lo permiten, quiero hacerles una última pregunta. ¿Sienten a veces que no quieren orar?

En 2 Nefi 32:8 dice: “…Porque si escuchaseis al Espíritu que enseña al hombre a orar, sabríais que os es menester orar; porque el espíritu malo no enseña al hombre a orar, sino le enseña que no debe orar”.

El presidente Brigham Young enseñó: “No importa si sienten el deseo de orar, cuando llegue el momento de la oración, oren. Si no nos sentimos como para orar, debemos orar hasta lograrlo” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, pág. 49).

Mis queridos hermanos y hermanas jóvenes, están en un punto inicial de su vida. Es un nuevo año escolar, el momento de nuevas experiencias y relaciones, quizás relaciones eternas. Están comenzando la vida en muchos sentidos, y tienen ante ustedes muchas decisiones importantes; en cuanto a ellas, nuestro Padre Celestial espera mucho de nosotros: que hagamos todo lo que esté de nuestra parte, que pensemos, que trabajemos, que ampliemos nuestra capacidad. Pero si estamos dispuestos a hacerlo a Su manera, colocándonos en Sus manos, será tanto más fácil, y lo haremos bien.

En la Guía para el Estudio de las Escrituras, dice: “La finalidad de la oración no es cambiar la voluntad de Dios, sino obtener para nosotros y para otras personas las bendiciones que Dios esté dispuesto a otorgarnos, pero que debemos solicitar a fin de recibirlas” (“Oración”, pág. 153).

Todo lo que hay que hacer es acudir a Él con humildad, pedir y preguntar, y luego escuchar y obedecer. En palabras sencillas, la vida no tiene que ser tan difícil como a veces la hacemos. En 3 Nefi 18:18-20 leemos:

“He aquí, en verdad, en verdad os digo que debéis velar y orar siempre, no sea que entréis en tentación; porque Satanás desea poseeros para zarandearos como a trigo.

“Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre;

“y cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida”.

Sigamos el ejemplo de Nefi. Acudamos a nuestro Padre Celestial en oración humilde. Recibamos las abundantes bendiciones que nos tiene reservadas a nosotros y a nuestra familia.

¡Yo sé que Dios vive! ¡Jesucristo vive! Nos conocen y nos aman a cada uno. Ellos nos esperan. Seamos prestos para responder al acudir a Ellos en humilde oración. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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