Opongamonos al mundo

Opongamonos al mundo

Élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce Apóstoles con la hermana Kristen M. Oaks

Charla Fogonera del SEI para Jóvenes Adultos • 4 de noviembre de 2007 • Instituto de Religión de Pocatello


La hermana Oaks y yo estamos encantados de estar aquí en Pocatello y de estar en este instituto de Pocatello, Idaho, para la transmisión de esta noche que va a muchos lugares del mundo. Para el beneficio del público que no está aquí presente, quisiera decir que hay un grupo muy grande de jóvenes adultos en la zona de Pocatello. Hay aproximadamente diez mil, de los cuales unos siete mil forman parte del estudiantado de la Universidad Idaho State, cuyo presidente, Arthur Vailas, nos acompaña esta noche junto con su esposa. El número de estudiantes matriculados en esta universidad es de unos catorce mil, así que la representación de estudiantes Santos de los Últimos Días es de un cincuenta por ciento. Esta es una comunidad excepcional de Santos de los Últimos Días del sureste de Idaho, y sentimos que es una gran bendición estar aquí en esta ocasión para realizar esta transmisión del SEI.

Las salidas en pareja en lugar de juntarse para pasar el rato: 

En mayo de 2005, cuando hablé en esta charla fogonera del SEI, me referí al hecho de salir en pareja con alguien del sexo opuesto en vez de estar juntos para pasar el rato. Eso causó tantas reacciones que creo que voy a analizar nuevamente el asunto antes de dedicarme de lleno al tema principal de esta noche.

Para beneficio de quienes no han oído acerca de ello, y para refrescar la memoria de quienes sí lo oyeron, voy a dar un breve resumen de mi mensaje anterior.

Primero: Me uní a otras personas que también habían expresado preocupación por la tendencia que tiene mucha gente joven, de más de veinte años, de posponer las responsabilidades matrimoniales y la vida familiar.

Segundo: Compartí la opinión de observadores bien informados que indican que las salidas en pareja casi han desaparecido de los campus universitarios y entre los jóvenes mayores en general, y han sido reemplazadas por algo que llaman “juntarse para pasar el rato”. Definí lo que es juntarse para pasar el rato y lo que es salir en pareja para el beneficio de quienes no comprendieran lo que significa ni lo uno ni lo otro. Una de las cartas que recibí después de mi discurso —que creo que era de una hermana de aquí de Idaho— proporcionó una definición nueva y mejor. El juntarse para pasar el rato, dijo ella, es “estar ocioso en grupo”.

Tercero: Analicé por qué el salir en pareja se había convertido en algo tan complicado y poco popular.

Luego di el siguiente consejo, que cito de ese discurso:

“Muchachos: si han regresado de la misión y todavía siguen el modelo de salidas que se les aconsejó que siguieran cuando tenían [16] años, es tiempo de que crezcan, sean valientes y busquen a alguien para conocerse mejor y salir juntos. Comiencen con diferentes salidas y con diferentes jóvenes y cuando vean que esa fase fructifica en una buena perspectiva, sigan con el cortejo y el noviazgo. Es hora de contraer matrimonio. Eso es lo que el Señor quiere para Sus hijos e hijas jóvenes mayores. Los hombres tienen la iniciativa, y deben empezar a salir en citas. Si no saben lo que es salir en pareja, quizás esta definición les ayude. La oí de mi nieta de 18 años. Una “salida en pareja” debe pasar la prueba de las tres P. (1) se planea con anticipación, (2) se paga por ella y (3) se hace en pareja.

“Jovencitas, resístanse a juntarse demasiado para pasar el rato y fomenten las salidas en pareja que sean sencillas, no costosas y frecuentes. No hagan que sea fácil para los hombres pasar el rato en lugares en los que ustedes proporcionan la comida. No apoyen a los aprovechadores. Una actividad de grupo de vez en cuando está bien, pero cuando ustedes vean muchachos cuya principal interacción con el sexo opuesto es juntarse para pasar el rato, creo que deben ponerle candado a la despensa y cerrar la puerta.

“Si lo hacen, entonces también deberían colgar un cartel que diga: “Abierto para salidas en pareja”, o algo por el estilo. Jovencitas… si persuadimos a los hombres a pedir a las jóvenes a salir en pareja más frecuentemente, debemos establecer una expectativa mutua de que salir en pareja no implica un compromiso continuo.

“Mis queridos jóvenes solteros: les aconsejamos que canalicen su asociación con el sexo opuesto siguiendo el modelo de salidas en pareja que tengan el potencial de llegar a madurar hasta el matrimonio, y no siguiendo modelos de juntarse para pasar el rato, que sólo tienen la posibilidad de llegar a desarrollarse en un deporte de equipo, tal como el vóleibol. El matrimonio no es una actividad de grupo, no por lo menos hasta que los hijos llegan en gran cantidad” (La dedicación de toda una vida [charla fogonera del SEI para jóvenes adultos, 1° de mayo de 2005], pág. 6).

Y bien, ése es el fin de las citas de mi discurso de hace dos años y medio.

¿Qué sucedió después? Recibí algunas cartas de agradecimiento, la mayoría de chicas. “Usted tiene razón”, dijeron muchas. Algunas de ellas estuvieron de acuerdo en lo que una de ellas llamó “la lamentable situación de las salidas en pareja. en el mundo de solteros en general”. Algunos hombres se quejaron de que las mujeres los había rechazado cuando les pidieron salir con ellos o de que era la mujer la que no estaba dispuesta a adquirir compromisos familiares.

Una carta decía que “muchos jóvenes adultos solteros de la Iglesia se sentían frustrados con la cultura de ‘juntarse para pasar el rato’. pero se sentían incapaces de cambiar por sí solos todo el sistema”. Esa hermana me agradeció por poner en cada uno de nosotros “la responsabilidad personal de actuar”, y añadió que había encontrado algunas formas en las que ella podía “evitar fomentar el juntarse para pasar el rato y, en cambio, promover la cultura de salir en pareja”. Como ejemplo, otra carta (una de mis preferidas) tenía la fotografía de un cartel que había en la puerta de su apartamento que decía: “¡Se abrirá para salidas en pareja!”.

Otra mujer me contó que su hermana se casó con un hombre que conoció en una de esas reuniones para pasar el rato. Ninguno de los dos había salido mucho en pareja, por lo que ninguno de los dos había aprendido a estar en pareja en un ambiente social. Ahora el matrimonio se encontraba en problemas ya que cada cual seguía juntándose para pasar el rato en forma separada, él con sus amigos y ella con las suyas.

El tiempo no me permite seguir repasando más de esas cartas, pero voy a hablar de una más porque posiblemente represente experiencias típicas. Esta carta me llegó alrededor de un año después de mi discurso. La firmaba una pareja que me agradecía por su feliz matrimonio. Me contaron que ambos habían estado cursando estudios de posgrado y que se habían hecho amigos en un barrio de solteros. Él le pidió a ella si quería salir en pareja para divertirse y conocerse, pero después de pensarlo por algunos días ella le contestó que no estaba interesada.

Pasaron algunos meses y fue entonces que mi discurso de la charla fogonera proporcionó algunos ímpetus necesarios. Ellos escribieron: “Durante la charla fogonera, usted indicó que ‘parte de ello implica el evitar dar la impresión de que una salida en pareja es algo muy serio. Si persuadimos a los jóvenes a salir en pareja más frecuentemente, debemos establecer una expectativa mutua de que salir en pareja no implica un compromiso continuo’.

“Inmediatamente después de la charla fogonera”, continúa la carta: “[ella] se acercó a [él] y le preguntó si podían hablar”. Le dijo que había reconsiderado la idea de salir en pareja y que si él todavía estaba interesado en hacerlo, ella estaba dispuesta. “Todavía nos faltaba mucho para conocernos”, escribieron, “y había muchas cosas que teníamos que cambiar. Nos casamos en mayo del año siguiente en el Templo de Washington, D.C. Su claro y directo consejo nos ayudó a darnos cuenta de que el salir en pareja es una oportunidad de conocerse mejor y no de crear un compromiso inmediato que lleve a una relación por largo tiempo o al matrimonio”. ¡Así es!

Como dije en mi discurso: “Las salidas en pareja, sencillas y frecuentes, permiten tanto al hombre como a la mujer conocer a más personas y por lo tanto evaluar más a fondo a los futuros pretendientes. Las salidas chapadas a la antigua eran un magnífico modo de llegar a conocer a alguien del sexo opuesto, ya que fomentaban la conversación y permitían ver cómo uno trataba a los demás y cómo lo trataban a uno en situaciones en que sólo estaban los dos. Daban también la oportunidad de aprender a iniciar y sostener una relación madura. Nada de eso sucede cuando se juntan para pasar el rato” (La dedicación de toda una vida, pág. 5).

Permítanme ahora presentarles a la persona que invité a salir en pareja conmigo para esta charla fogonera: mi esposa, Kristen.

Hermana Kristen M. Oaks

Buenas noches. Me siento muy feliz de que el élder Oaks todavía me considere como la persona con la que está saliendo. Jovencitas: la esperanza nunca muere. Y jovencitos, lo mismo se aplica a ustedes. Les amamos y nos sentimos tan honrados de estar con la nueva, noble y gran generación de la Iglesia. Ustedes son el futuro, y son magníficos. Tienen tanto gozo y belleza por delante.

También sabemos que el ser solteros conlleva desafíos únicos, como las decisiones sobre los estudios, el matrimonio y la dedicación a su familia y a su religión. Esta noche quisiera hablar de cuatro cosas que llevo en el corazón: (1) su capacidad de fortalecer el hogar y la familia, (2) su capacidad de fortalecer y edificarse mutuamente, (3) el tiempo que pasen en un barrio de solteros o como solteros en un barrio de familias y (4) la decisión de con quién deben salir en pareja.

Uno: El Señor cuenta con ustedes para ayudar a lograr la exaltación de su familia eterna. La hermana Mary N. Cook habló sobre esto en la conferencia general de octubre de 2007. Ella dijo: “Todas las familias necesitan ser fortalecidas, tanto las ideales como las más atribuladas. Esa fortaleza puede venir de ustedes” (“El fortalecimiento del hogar y la familia”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 11).

Deseo testificar que lo que ella dijo es verdad. Su energía, entusiasmo y ejemplo tienen un gran impacto en su familia, aunque sea por medio de cartas o llamadas telefónicas. Los jóvenes solteros de mi familia son un encanto, y su devoción, dedicación, sentido del humor y fe constituyen el pegamento que literalmente mantiene unida a nuestra familia. Tal como dijo la hermana Cook: “El ejemplo de vida recta que ustedes den fortalecerá a su familia” (Liahona, noviembre de 2007, pág. 11). Ustedes son importantes e influyen en los demás.

Dos: Sean buenos el uno con el otro. Necesitamos desesperadamente palabras amables de aliento, y esas palabras pueden proceder de su boca. Empiecen a utilizarlas desde ahora y llegarán a ser una bendición eterna.

Hermanos varones: ahora les hablo a ustedes. Nunca teman edificar a los que les rodean. Lo que digan se recordará por mucho tiempo. El élder Oaks escribió en su anuario de la escuela secundaria líneas de elogio a una jovencita que, de adulta, llegaría a ser la presidenta de una organización auxiliar general de la Iglesia. Cincuenta años después de que él las escribió, ella las incluyó en su biografía.

Todos tenemos necesidad de ser edificados. Hermanas: ustedes están rodeadas de muchos jóvenes apuestos, buenos y rectos (lo cual recordé cuando pasé en mi auto por la ventanilla del banco la semana pasada y vi a dos nobles poseedores del sacerdocio en la cámara). Hermanas: las palabras de ánimo que den y la visión que tengan de ver el potencial y la bondad de los demás, especialmente de los hombres que les rodean, les producirá grandes resultados. Crecemos y florecemos cuando se nos elogia y valora. Las palabras bondadosas y de verdad son un don que se dan a sí mismas y a los demás, y continuará siendo así en su matrimonio.

Tres: Muchos de ustedes asisten a barrios de solteros. No hay una Iglesia separada para los solteros. Puede haber barrios o ramas o clases para solteros, pero todos somos parte de la misma Iglesia. Se puede experimentar gran gozo al asistir a un barrio de solteros, con sus actividades y fiestas y proyectos de servicio y guía espiritual. Se presentan oportunidades de establecer lazos de afecto con otras personas de su misma edad que comparten intereses similares y de conocer nuevos amigos. Sin embargo, en este ambiente de posibles compañeros futuros y con el corto período de tiempo disponible, algunos solteros concentran casi toda su energía en una búsqueda desesperada de un cónyuge. En vez de disfrutar este tiempo singular para reunirse con otros en una situación similar de solteros, no piensan en otra cosa que el insistente temor de que la oportunidad de casarse se les está escapando. Llegan a sentir más frustración y preocupación por su situación de soltería.

Están en el auge de su vida: no tienen arrugas, tienen tiempo libre que pueden utilizar a discreción, y están en un mundo floreciente de opciones y de oportunidades. Ustedes quieren tomar decisiones que valgan la pena, pero a veces el tomar estas decisiones parece ser muy difícil. ¿Por qué es tan difícil?

El élder Jeffrey R. Holland trató este problema al hablar a los misioneros sobre los desafíos del campo misional. Les habló sobre el precio que debemos pagar para regresar a nuestro Padre Celestial. Su consejo se aplica a cualquiera que esté luchando por conocer y servir a Dios. Muchos de los misioneros a los que les dirigió la palabra sentían frustración por ver un éxito limitado, y se preguntaban si su misión era de valor. Preguntaron: “¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué no hay mejores resultados? ¿Por qué no puede ser nuestro éxito más rápido? ¿Por qué no se unen más personas a la Iglesia? Es la verdad… Confiamos en que existen los milagros. ¿Por qué las personas no se unen a la [Iglesia] en grandes cantidades?… ¿Por qué no es más fácil?”.

El élder Holland respondió: “He reflexionado mucho en cuanto a esto, y les ofrezco lo siguiente como un sentimiento personal y no como doctrina de la Iglesia… Estoy convencido de que la obra misional no es fácil porque la salvación no es una experiencia barata”. (A lo cual yo agregaría que la experiencia universitaria o la de la vida no es fácil porque no es una experiencia barata). “La salvación nunca fue fácil. Somos la Iglesia de Jesucristo; ésta es la verdad; Él es nuestro Gran y Eterno Jefe Supremo. ¿Por qué creeríamos… que sería fácil para nosotros cuando nunca, nunca fue fácil para Él?… ¿Cómo podríamos dar un testimonio conmovedor y perdurable de la Expiación si nunca lo hemos conocido ni sentido? Como [miembros y] misioneros nos enorgullecemos de decir que somos discípulos de Cristo, y lo somos. Pero tengan presente lo que digo: Eso significa que [debemos] estar preparados para caminar parte del camino que Él caminó, sentir parte del dolor que Él sintió, y por lo menos de vez en cuando… derramar una de las lágrimas de pesar que Él derramó” (The Atonement [La Expiación] [discurso pronunciado en el seminario para nuevos presidentes de misión, 26 de junio de 2007], pág. 8).

La salvación no es una experiencia barata, y debemos recordarlo. Nunca dejen que prueba alguna se interponga entre ustedes y su lealtad a su Padre Celestial. Nunca permitan que insulto o desafío alguno les impida participar de la Santa Cena y los lleve a la debilidad espiritual y posiblemente a la muerte espiritual. Aférrense, y recuerden lo que saben que es verdad.

Cuatro: Decidir con quién salir en pareja. El élder Oaks y yo sabemos muy bien lo que es ser miembro soltero de esta Iglesia. Él fue viudo por dos años, y yo fui soltera por más de cincuenta. (¡Me parecía que era un récord mundial!) Sabemos lo que es la soledad y lo que se siente al llorar en la noche hasta que la almohada queda mojada.

Últimamente se nos ha hecho la misma pregunta muchas veces, y es más o menos ésta: “No hay nadie con quien pueda salir en pareja. ¿Qué debo hacer? ¿Qué me sugieren?”. Una hermana soltera le dijo a una amiga íntima que estaba cansada de esperar para casarse. Estaba cansada de estar sola, de mantenerse a sí misma, de tomar todas las decisiones sola y de esperar que sus sueños se hicieran realidad. La espera no la estaba llevando a ningún lado. Quería todas las cosas correctas. Quería ser esposa, madre y tener una familia, pero en su desesperación trató de lograrlo de la forma equivocada. Decidió buscar una relación con un hombre que no tenía los mismos valores que ella (y, hermanas, éste podría ser cualquier hombre). Descubrió demasiado tarde que la concesión que había hecho sólo le había causado profundo pesar, autodesprecio y desesperación. Descubrió demasiado tarde que el esperar al Señor hubiera valido grandemente la pena por la resultante paz y felicidad personal que le hubiera brindado.

De nuevo, la pregunta: “Parece que no hay nadie con quien pudiera salir en pareja. ¿Qué debo hacer?”. Les pido esta noche que ustedes mismos respondan a esa pregunta.

¿Qué es lo que esperan para ustedes mismos, para su futuro cónyuge y familia? Vivimos en la más grandiosa de las dispensaciones, y debemos saber por nosotros mismos por qué es tan maravillosa y lo que esperamos lograr. Les voy a pedir esta noche que se escriban una carta a ustedes mismos que sólo ustedes leerán: una carta a su “yo” del futuro y a su familia e hijos que desean tener; una carta que conteste preguntas y exprese los deseos de su corazón. Cuando sepan quiénes son, lo que desean y lo que buscan, lo encontrarán.

¿Desean que los miembros de su familia futura sepan que tienen un Padre Celestial que les ama, que está íntimamente involucrado en sus vidas y que los cuidará? ¿Un Padre Celestial que contestará sus oraciones? ¿Un Padre Celestial que se interesa en cada suspiro e incluso en el número de cabellos de su cabeza? ¿Un Padre Celestial que los cuida cuando salen por la mañana y cuando regresan por la noche y cuando toman decisiones en cuanto a lo bueno y lo malo?

¿Desean tener un cónyuge que haga convenios eternos con su Padre Celestial: convenios de serles fieles y leales y de mantenerse a su lado cuando la vida se torne difícil? En una ocasión recibí una bendición en la que se me dijo: “Si no puedes soportar los desafíos de ser soltera, no podrás soportar las presiones de la vida matrimonial”. Les testifico que esto es verdad. El Señor los fortalecerá y elevará.

¿Desean que su futuro esposo o futura esposa e hijos conozcan al Salvador y Redentor Jesucristo, que sufrió “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades [y la depresión y la tristeza] de su pueblo”? (Alma 7:11). ¿Es esto lo que desean, o quieren estar solos en sus creencias?

¿Desean que su familia esté unida en su testimonio de José Smith y del Libro de Mormón y que sientan el gran poder que este testimonio puede brindar a su familia? ¿Saben firmemente que pertenecen a la Iglesia verdadera de Cristo sobre la tierra y que tienen pleno derecho a las bendiciones de la vida eterna y la felicidad? ¿Y aman y sostienen al presidente Gordon B. Hinckley como profeta de Dios sobre la tierra?

Esta noche, o cuando sea conveniente, escríbanse una carta. Escríbanle a sus seres queridos futuros y díganles lo que desean que exista en su matrimonio, las normas que se han fijado para ustedes mismos, la forma en que visten y en que salen en pareja, y la amorosa bondad que desean para ellos. Hagan esto y obtendrán la respuesta a todas sus preguntas. El poder está en ustedes. Ustedes saben las respuestas, y lo que desean es ser felices eternamente, y tener paz y seguridad. Las respuestas están dentro de ustedes mismos.

Les amo mucho. Estoy muy agradecida por ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Deseo que sepan que yo sé que esta Iglesia es verdadera y que es un faro de seguridad en un mundo muy obscuro. Y digo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

Opongámonos al mundo

Gracias Kristen. Antes de comenzar con lo que he preparado, sólo me gustaría decir lo bendecido que soy de estar casado con alguien que ostenta un récord mundial. Ahora hablemos del tema principal.

Ésta es una época difícil para los jóvenes. Todos los días nos asaltan grandes preocupaciones: el calentamiento global, las guerras y los rumores de guerra, la sequía, una posible pandemia de alguna enfermedad infecciosa, y una posible recesión. Las ciudades costeras están preocupadas por el creciente nivel del océano, que puede hacer que las mareas lleguen hasta la puerta de las casas o que pasen el umbral. Pero a pesar de lo grave que es todo eso, a mí me preocupa más la creciente oleada de maldad en el mundo que nos rodea.

Considero que todas esas dificultades son el cumplimiento de la enseñanza profética del padre Lehi: Es preciso que haya “una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). En medio de todos esos problemas, debemos confiar en las grandes promesas del Señor. Él nos enseñó que Él no nos pide nunca nada sin antes prepararnos la vía para que lo cumplamos (véase 1 Nefi 3:7). Él nos ha demostrado que aun cuando no conteste inmediatamente nuestras oraciones en las que pedimos un escape de las aflicciones, nos fortalecerá para que podamos llevar la carga que se nos haya impuesto (véase Mosíah 24:14-15). Y también nos enseñó: “…si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).

Estamos rodeados de maldad, tanto en los medios impresos, como en la música, los espectáculos, las películas, los videos, Internet, los centros de estudio y el mercado. No podemos cambiar las malas influencias que inevitablemente caen sobre nosotros y nuestra familia, pero podemos aumentar nuestro poder para reaccionar ante ellas. Debemos tratar de forjarnos nuestra propia isla de serenidad y fortalecer nuestra barrera en contra de las fuerzas que nos acosan en nuestro espacio protegido. En pocas palabras, debemos oponernos al mundo.

La idea de oponernos al mundo no sugiere que apoyemos una revolución o nos distanciemos de nuestro prójimo o que nos comportemos de manera detestable con aquellos con los que tenemos que tratar. Sólo sugiero que, dentro de los límites de nuestros propios recursos de tiempo e influencia, tomemos una posición, que la demos a conocer, y que intentemos persuadir a los demás del mérito que tiene, por lo menos para nosotros.

Como un ejemplo de lo que quiero decir con “oponernos”, quisiera contarles una experiencia que no he compartido públicamente, la cual ocurrió hace más de cincuenta años. Yo era sargento en la Guardia Nacional de Utah, había cumplido 21 años y había reunido todos los requisitos académicos necesarios para ser uno de los oficiales comisionados: el de teniente de artillería; todos los requisitos, salvo uno: tenía que pasar el examen físico.

Me presenté en el centro médico militar, cuyo personal consistía en miembros de la reserva, como yo, lo que tal vez explique con lo que me encontré. Un cabo me hizo una prueba de daltonismo: me mostró más o menos unas doce páginas cubiertas con puntos de diferentes colores, y me preguntó qué número veía en los puntos de cada página. Al terminar la prueba, cerró el libro con cierto aire de autoridad, y dijo: “Sargento, usted jamás podrá ser un oficial porque padece de daltonismo”.

Me quedé atónito. Si padecía de daltonismo, era la primera vez que me enteraba de ello.

Desanimado, y sintiéndome insultado, tomé la determinación de que si yo, como sargento, no iba a pasar el examen físico para ser oficial, no aceptaría la decisión de un cabo, ya que yo tenía un rango superior. Insistí en que deseaba ver al capitán, que era un médico que divisé al otro lado de la habitación. Me opuse al sistema, y lo hice con tanta insistencia que el cabo me llevó de mala gana hasta donde estaba el capitán.

“¿Cuál es el problema?”, preguntó el médico. Se lo expliqué; tomó el libro de puntos de colores de las manos del cabo y, para mi alivio, él mismo me hizo la prueba. Después de que le dije todos los números que veía en esos puntos de colores, se dirigió a ambos: “Sargento, usted pasa. Cabo, usted padece de daltonismo”.

Así fue como llegué a ser teniente en la Guardia Nacional de Utah, lo cual me abrió otras puertas y me condujo a algunas importantes experiencias en la vida. Hay ocasiones en que es necesario “oponerse”.

Ciertamente vivimos en tiempos peligrosos, y tenemos razón para estar preocupados. No obstante, en estos días —al igual que en los muchos momentos estresantes del pasado— los jóvenes deben avanzar con optimismo y prepararse para una vida larga y productiva. Cásense, tengan hijos, estudien, tengan fe.

En su libro reciente Finding Peace, Happiness, and Joy [La búsqueda de la paz, la felicidad y el gozo], el élder Richard G. Scott tiene un capítulo titulado: “Vivir bien entre la creciente maldad”. Cito lo siguiente de ese capítulo:

“Una de dos: o se retuercen las manos y los consume la preocupación por el futuro, o eligen seguir el consejo que el Señor ha dado para vivir con paz y felicidad en un mundo lleno de maldad. Si deciden concentrarse en el lado obscuro, eso es lo que verán.

“Ahora vean el lado resplandeciente. A pesar de que hay focos de maldad, el mundo en general es majestuosamente bello, lleno de muchas personas buenas y sinceras. Dios ha dispuesto la manera de vivir en este mundo sin contaminarse con las presiones degradantes que se encuentran esparcidas por doquier” (2007, págs. 172-173).

Todas estas cosas son posibles si tenemos fe, o sea, confianza en el Señor. Confíen en Su plan, confíen en las bendiciones que ha prometido, y confíen en Sus líderes, que no los llevarán por caminos equivocados.

Lo que debemos hacer en el día de reposo

Una de las maneras más eficaces por las que podemos avanzar con fe y oponernos al mundo es observar el día de reposo de forma apropiada y positiva. Este día de adoración y de descanso de las labores del mundo es el ancla divinamente señalada en las tormentas de la vida. Si se observa debidamente, nos ayudará a nosotros y a nuestras familias a desarrollar la fortaleza espiritual que necesitamos para permanecer firmes contra la tentación y permanecer sin mancha del mundo (véase D. y C. 59:9). El uso adecuado del día de reposo iluminará nuestra luz de fe y esperanza en la tormenta cada vez más oscura de iniquidad.

Reconozco que la mayoría de los sermones que tienen que ver con el día de reposo se concentran en lo que no debemos hacer en ese día. Ése no es mi mensaje. Dedicaré la mayor parte de este discurso a hablar sobre lo que debemos hacer en el día de reposo.

Se nos manda “[observar] el día del Señor para santificarlo” (D. y C. 68:29). El día de reposo se reserva como un tiempo sagrado para la renovación espiritual y física: participar de la Santa Cena, prepararnos para recibir y efectuar ordenanzas, aprender y enseñar la doctrina y los principios del Evangelio, fomentar la unidad familiar, prestar servicio y disfrutar de una sociabilidad recta.

A raíz de nuestra preocupación por el día de reposo, somos sumamente diferentes de la mayoría de la gente del mundo. Vivimos en una época en que la mayoría de las personas no le dan ninguna importancia sagrada al día de reposo; se ha convertido en un día para buscar riquezas, placer y comodidad personal. Es el día de la semana en el que se realizan más compras; es un día para playas, lanchas y otros medios de recreo; es el día predilecto para deportes, juegos de pelota, rodeos, etc.

Todos conocemos el origen del día de reposo. En seis días el Señor creó la tierra y todo lo que en ella hay, pero en el séptimo, descansó. Él bendijo el día de reposo “y lo santificó” (Éxodo 20:11). Él mandó: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra”, pero en el séptimo día, no debemos hacer “obra alguna”, ni los de nuestra familia ni empleados (Éxodo 20:9- 10). Debemos acordarnos de ese día “para santificarlo” (Éxodo 20:8).

El día de reposo era una señal del convenio que Dios había hecho con Israel. Por medio del profeta Ezequiel, el Señor dijo que había dado a Israel Sus estatutos (mandamientos; véase Ezequiel 20:11) y “les di también mis días de reposo, para que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico” (Ezequiel 20:12). “Santificad mis días de reposo”, dijo el Señor, “y sean por señal entre mí y vosotros” (vers. 20).

Esta señal y este mandamiento tenían un propósito, y había bendiciones prometidas si se guardaban. Por medio del profeta Moisés, el Señor declaró que si Israel guardaba Sus días de reposo y Sus mandamientos, Él haría sus tierras fructíferas y seguras (véase Levítico 26:2-6). Él prometió: “Yo daré paz en la tierra” (versículo 6).

De nuevo, en tiempos modernos, el Señor ha mandado que en el día de reposo “descansamos] de [nuestras obras]” y “[rindamos nuestras] devociones al Altísimo”, y que en ese día no hagamos “ninguna otra cosa” (D. y C. 59:10, 13).

Si guardamos los mandamientos de nuestro Creador, nos hacemos acreedores a Sus bendiciones prometidas. Él, que nos creó, sabe qué modelos de conducta nos permitirán lograr el máximo desempeño físico y espiritual, y Él nos ha dado mandamientos que tienen como fin guiarnos hacia ese tipo de conducta.

Hace algunos años compré un nuevo automóvil; era una maravilla de la ingeniería: práctico y complejo y, naturalmente, requería combustible y cierto mantenimiento a fin de que funcionara con eficiencia máxima. A fin de que el usuario estuviese al tanto de esas cosas esenciales, el fabricante había proporcionado un manual de funcionamiento. Nuestro Creador ha hecho lo mismo para nuestros cuerpos espirituales y físicos. La Palabra de Sabiduría es una de esas indicaciones, como lo es el día de reposo.

Nuestro Creador ha dicho que nuestra vitalidad física y nuestro crecimiento espiritual serán mejores si trabajamos seis días y descansamos el séptimo. Las caravanas de los pioneros mormones observaron este mandamiento. De muchas fuentes sabemos que viajaban durante seis días y que descansaban el séptimo. Para los pioneros mormones, el domingo no sólo era un tiempo de descanso, sino también de renovación espiritual, práctica que les fue de mucha utilidad. Según se cuenta, los viajeros que cruzaron las llanuras y que solían viajar seis días por semana llegaron a su destino tan pronto como los que viajaban siete días por semana, con mucho menos agotamiento, fatiga y contratiempos, y menos pérdidas de vida y de ganado a lo largo del trayecto.

Del mismo modo, nuestros cuerpos físicos no pueden desarrollarse sin los nutrientes que el Creador dispuso que tuviésemos. Por ejemplo, si nos abstenemos de calcio, los resultados no son inmediatamente notorios, pero con el tiempo, la maravillosa maquinaria de nuestro cuerpo se descompone sin ese nutriente esencial. Lo mismo ocurre con la vitalidad espiritual que necesitamos para sostenernos en nuestra jornada hacia la vida eterna. Si no disponemos nuestras vidas de tal manera que recibamos el alimento espiritual que necesitamos, nuestro espíritu se atrofiará y nos estancaremos en el trayecto hacia nuestro destino eterno.

La forma en que vestimos es también importante para nuestra adoración y para reclamar las bendiciones de honrar el día de reposo. En años recientes, hemos percibido un considerable deterioro en la dignidad y en la forma en que nuestros miembros, especialmente los jóvenes, se visten cuando van a adorar a nuestros edificios que han sido dedicados. Cuando vayamos a adorar y a participar de la Santa Cena, debemos tener cuidado de vestir de manera apropiada.

A fin de “rendir tus devociones al Altísimo” (D. y C. 59:10), debemos asistir a nuestro propio barrio durante el día de reposo. Asistan al barrio en el que se encuentre su cédula de miembro, al barrio donde paguen el diezmo y al que vayan para conseguir su recomendación para el templo. El asistir a cualquier otro barrio debe ser una excepción infrecuente. Jóvenes adultos, especialmente los varones, no vayan de barrio en barrio sin tener un llamamiento en la Iglesia. Muchos lo hacen, tal vez para justificarse en lo que respecta a su búsqueda de una compañera eterna. Naturalmente, hay reuniones sociales apropiadas para los miembros jóvenes de la Iglesia, y hacemos todo lo que esté de nuestra parte para fomentarlas. Pero la motivación primordial que tengan durante las reuniones dominicales no debe ser la de asistir a una reunión social. El día de reposo es un tiempo para participar de la Santa Cena, para prestar servicio y para mantener una relación con el obispo, que es el juez común del Señor, y a quien tendrán que acudir para recibir una recomendación para el templo.

No se encuentren en el lugar de un joven cito que hace poco pidió una cita urgente con su obispo porque deseaba casarse en el templo a la semana siguiente. El obispo dijo: “¿Quién es usted?. He visto su cédula de miembro y conozco a sus padres, pero a usted no lo he visto desde que salió de la misión. No tengo ningún registro de que paga diezmos; sé que no le ha estado sirviendo al Señor en un llamamiento. No puedo darle una recomendación. Vuelva al barrio, preste servicio, pague sus diezmos aquí y permita que su obispo sienta su espíritu en este lugar. Entonces, en unos meses, podemos hablar en cuanto a una recomendación”.

Cuando la boda en el templo no se llevó a cabo como se había previsto, fue muy difícil para todos, especialmente para el obispo; pero él tenía la razón.

Ya que estoy hablando de este tema, quiero hacer una súplica a cada joven adulto que se encuentra presente. Las personas más abrumadas por el trabajo en la Iglesia son los obispos. Por favor, les suplico que no hagan nada que haga la carga de ellos aún más pesada. Vayan a ellos para recibir su recomendación, naturalmente, pero no pospongan conseguir una recomendación o una referencia eclesiástica hasta que se trasladen a un nuevo barrio, y después acudan a su nuevo obispo a última hora. Si lo hacen, él tendrá que verificar con el obispo anterior la dignidad de ustedes, lo cual puede tomar días y mucho de su tiempo. No permitan que su desidia o el hecho de no planear con anticipación se conviertan en una carga adicional para su ocupado obispo.

El día de reposo es diferente

Al empezar dije que no iba a hablar acerca de lo que no debemos hacer en el día de reposo. Deseo concentrarme en las cosas positivas que debemos hacer para hacernos acreedores a las bendiciones prometidas a los que santifican el día de reposo. Nuestros esfuerzos comienzan cuando vemos el día de reposo como algo fundamentalmente diferente.

El élder Spencer W. Kimball dijo: “[El día de reposo] es el día en el cual podemos expresar nuestra gratitud y reconocimiento al Señor. Es el día para renunciar a todo interés mundano y alabar humildemente al Señor, puesto que la humildad es el comienzo de la exaltación” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 189).

Años más tarde, después de que el élder Kimball se hubo convertido en el presidente Kimball, la Primera Presidencia instituyó el programa dominical integrado de tres horas, el que aún seguimos. Dijeron que ese horario depositaba en los miembros individuales y en las familias la responsabilidad de observar debidamente el día de reposo. La Primera Presidencia hizo la observación de que se dispondría de más tiempo “para llevar a cabo el estudio personal de las Escrituras y el estudio centrado en el Evangelio por parte de la familia. Se deberán planificar con detenimiento y se deberán llevar a cabo otras actividades apropiadas para el día de reposo, tales como el fortalecer los lazos familiares, el visitar a los enfermos y a los que estén confinados en el hogar, el prestar servicio a los demás, el escribir historias personales y familiares, el hacer obra genealógica y obra misional” (Carta de la Primera Presidencia, 1° de febrero de 1980).

Este año, los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec y las Sociedades de Socorro de la Iglesia han estado estudiando las enseñanzas del presidente Spencer W. Kimball. En el capítulo titulado: “El día de reposo: Una delicia”, leemos estas palabras: “El día de reposo es un día santo en el cual deben hacerse cosas dignas y santas. El abstenerse del trabajo y de la recreación es importante, pero no lo es todo. El día de reposo requiere pensamientos y acciones constructivas, y si simplemente se holgazanea sin hacer nada ese día, éste se quebranta” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, pág. 188; véase también Ensign, enero de 1978, pág. 4).

El mandamiento exige acción constructiva en el día de reposo; contiene, además, un mandato para los otros seis días: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra” (Éxodo 20:9). ¡Perezosos, escuchen!

El participar de la Santa Cena probablemente sea la parte más importante de guardar el día de reposo. La Santa Cena es una ordenanza de la Iglesia, una en la que se nos manda participar todos los días de reposo (véase D. y C. 59:9-10). Cuando efectuamos los convenios de esta ordenanza y los guardamos, se nos promete que “siempre [podremos] tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77).

¿Por qué es importante que siempre podamos tener Su Espíritu con nosotros? La misión del Espíritu Santo es la de testificar del Padre y del Hijo y de guiarnos hacia la verdad. Ese testimonio es absolutamente crucial para nuestro propio testimonio personal. No podemos tener un testimonio del Padre, que es el autor del plan de salvación, ni del Hijo, que es nuestro Salvador, a menos que el Espíritu Santo nos lo testifique. Todos los miembros tienen el don del Espíritu Santo, pero participar de la Santa Cena de manera digna y apropiada cada día de reposo sigue siendo esencial para mantener un fuerte testimonio. Es sólo por esta renovación de nuestros convenios bautismales que podemos tener Su Espíritu siempre con nosotros.

El Espíritu Santo también tiene la misión de recordarnos cosas y de guiarnos a la verdad. Esa revelación personal es esencial para que se nos advierta del peligro y para guiar nuestra vida diariamente en armonía con el Señor y en el logro de lo que Él desea que lleguemos a ser.

Por todas esas razones, la asistencia a la reunión sacramental y el participar cada semana en forma adecuada y digna de la Santa Cena es fundamental para nuestra vida religiosa de todos los días.

Me gustaría compartir una experiencia personal que ha influido en mi manera de pensar sobre el día de reposo. Cuando estudiaba abogacía, hace más de 50 años, yo era parte de un grupo de estudio en el que había un joven judío ortodoxo. Un viernes por la tarde, dijo que tenía que tomar el tren para poder llegar a su casa, en el norte de Chicago, antes de que comenzara su día sabático a la puesta del sol. Lo acompañé al tren y seguimos hablando sobre nuestros estudios.

Al acercarnos a la estación, comenzamos a hablar sobre el día de reposo. Le dije que admiraba su fiel devoción en cuanto al día de reposo, y le comenté que yo nunca estudiaba los domingos. Entonces respondió: “Yo sí estudio en el día de reposo, pero mis estudios no me resultan tan beneficiosos como en los otros días porque no puedo usar mi lápiz para subrayar”. Me explicó que el lápiz era una herramienta y que no podía utilizar herramientas el día de reposo.

A menudo he reflexionado en el contraste que existe con nuestras propias normas del día de reposo. Él tenía un sistema de reglas que le indicaban lo que podía y lo que no podía hacer, mientras que yo intentaba seguir un sistema de principios. Yo creía que tenía que trabajar seis días, que para mí era estudiar abogacía, y que después tenía que evitar los quehaceres estudiantiles en el día de reposo.

No quiero que piensen que estoy criticando a mi amigo en su forma de proceder con el día de reposo, puesto que al aprender más sobre las normas que tienen los judíos ortodoxos sobre el guardar el día de reposo, he concluido que sus normas son, en muchos aspectos, superiores a las mías y a las de muchos otros Santos de los Últimos Días. Para ellos, el día de reposo es un tiempo para dedicar en forma exclusiva a recordar al Señor y adorarlo, y a regocijarse en las bendiciones que Él ha dado a Su pueblo. El día de reposo es muy sagrado. La familia se reúne y pueden asistir a la sinagoga, pero “fuera de eso el día de reposo es para dedicar tiempo a la familia, para conversar y comer juntos y para estudiar las Escrituras”. Los padres invocan bendiciones a favor de sus hijos; además, “cualquier actividad que pudiera dividir a la familia o distraer de la paz de ese día… no se lleva a cabo” (Jeffrey R. Chadwick, “The Jewish Sabbath”, ensayo no publicado, 2007, págs. 2-3).

“Llamemos al día de reposo una delicia”

En realidad, tenemos menos normas que los judíos ortodoxos, pero me pregunto si logramos equiparar su excelencia al llevar a cabo los propósitos positivos del día de reposo. Al reflexionar sobre mis propias prácticas en cuanto al día de reposo, creo que he sido más eficiente en observar el día de reposo en lo que no hago que en lo que hago. Junto con muchas otras personas, no he sido tan eficiente en aplicar las enseñanzas de las Escrituras para hacer del día de reposo lo que el profeta Isaías llama “delicia, santo, glorioso de Jehová” (Isaías 58:13).

Leemos lo siguiente en el capítulo 58 de Isaías:

“Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras,

“entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado “(Isaías 58:13-14).

¿Qué pueden hacer las personas y las familias para que el día de reposo sea una “delicia”? ¿Qué podemos hacer para que aumente nuestra fe en Jesucristo y se fortalezca nuestra familia mediante la observancia de este día?

Hace catorce años, la Primera Presidencia publicó una declaración en la que se instaba a los Santos de los Últimos Días a “apartar este santo día de las actividades del mundo y consagrarse ustedes mismos para tener un espíritu de adoración, de acción de gracias, de servicio y de actividades centradas en la familia que sean apropiadas para el día de reposo” (véase Ensign, enero de 1993, pág. 80).

Debemos pasar el día de reposo en una renovación espiritual y debemos, tal como enseñó el presidente Kimball, “medir cada actividad del día de reposo con la vara de la adoración” (Teachings, pág. 176). En otra ocasión explicó: “En hebreo, el término Sabático significa ‘descansar’ y contempla la sosiega tranquilidad, la paz mental y espiritual. Es un día para desprenderse de los intereses egoístas y de actividades absorbentes” (Teachings, pág. 170).

Él también apoyaba una actividad del día de reposo que interesa muy en particular a este grupo; él dijo que “es un día para cortejar apropiadamente” (Teachings, pág. 171) y pongo énfasis en la palabra apropiadamente.

Además, el día de reposo es para estar unidos como familia y para fortalecer los vínculos familiares que son la parte central del Evangelio. El presidente Kimball dijo: “Aparten tiempo [en el día de reposo] para estar juntos como familia y conversar el uno con el otro; para estudiar las Escrituras, para visitar amigos y familiares, así como enfermos y los que estén solos. También es un momento excelente para escribir en sus diarios y trabajar en la genealogía” (Teachings, pág. 170).

El presidente Joseph F. Smith enseñó un principio importante sobre la familia y el día de reposo. Además de asistir a las reuniones de la Iglesia, él dijo: “Me encantaría tener el privilegio de sentarme en casa con mi familia y conversar con los miembros de ella y platicar con ellos y llegar a conocerlos mejor. Me gustaría tener el privilegio de ocupar tanto tiempo del día de reposo como fuera conveniente para ese propósito; conocer a mis hijos, estar al tanto de lo que les sucede y mantenerlos al tanto de las Escrituras, y pensar en algo diferente a hacer chistes, diversión, risas, carcajadas y cosas por el estilo” (en James R. Clark, compilador, Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter- day Saints, 6 tomos, 1965-1975, tomo V, págs.17- 18).

Les invito, jóvenes adultos, casados y solteros, a hacer del día de reposo un día para estar juntos como familia. No se dispersen por realizar lo placentero que separa a la familia, sino que adoren, estudien, conversen y regocíjense juntos. Hagan del día de reposo una “delicia, santo, glorioso de Jehová” y entonces, como Isaías lo prometió: “te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado” (Isaías 58:13-14).

Mis queridos hermanos y hermanas: ésta es la Iglesia de Jesucristo; somos hijos de padres celestiales; hemos sido puestos aquí en la tierra con un propósito, el cual nos guía a las relaciones familiares eternas de las que hemos hablado. Con el tiempo, o en la eternidad, cada una de las más selectas bendiciones de nuestro Padre Celestial serán suyas si guardan Sus mandamientos, y uno de esos mandamientos es honrar el día de reposo. Cuando lo hacemos, funcionamos mejor, tanto física como espiritualmente, y avanzamos con más rapidez por el camino que lleva a la vida eterna que Dios nuestro Padre Eterno nos ha dicho “que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14.7). Testifico de la veracidad de estas cosas e invoco Sus bendiciones sobre ustedes, mis nobles amigos jóvenes, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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