Unidad en el matrimonio

Unidad en el matrimonio

Spencer W. Kimball por el presidente Spencer W. Kimball


Ciertamente, un matrimonio honorable, feliz y próspero es la meta principal de toda persona normal. El matrimonio es quizás la más vital de todas las decisiones, la que causa efectos de más alcance, ya que tiene que ver no solamente con la felicidad inmediata, sino también con el gozo eterno. Afecta no solamente a los cónyuges sino también a su familia, y particularmente a sus hijos y a los hijos de éstos a través de las muchas generaciones.

Cuando se elige un compañero para esta vida y para la eternidad, se debe efectuar la más cuidadosa preparación, meditación, oración y ayuno para asegurarse, puesto que entre todas las decisiones, ésta es una en la que no hay que equivocarse. En un verdadero matrimonio debe existir una unión de mentes así como de emociones.

Muchas novelas y programas de televisión terminan en matrimonio: “Y vivieron muy felices…” Hemos llegado a la conclusión de que no se logra la felicidad y un buen matrimonio, con el solo hecho de efectuar una ceremonia. La felicidad no se adquiere apretando un botón, como sucede con la luz eléctrica; la felicidad es un estado de la mente y proviene de adentro; se debe ganar; no se puede comprar con dinero; no se puede tomar por nada.

Algunos consideran la felicidad como una vida fascinante de ocio, lujos y emociones constantes; pero un verdadero matrimonio se basa en una felicidad que es más que eso, una que se logra al dar, servir, compartir, sacrificar, y en la que se destaca el desinterés.

Dos personas que provienen de diferentes hogares, después de la ceremonia se dan cuenta de que es necesario hacer frente a la realidad. Deben asumir las responsabilidades y aceptar los nuevos deberes; tendrán que abandonar algunas libertades personales y efectuar muchos ajustes desinteresados.

Luego de la ceremonia, una persona empieza a descubrir muy pronto que el cónyuge tiene debilidades que  antes no le había notado. Las virtudes que constantemente eran magnificadas durante el cortejo parecen hacerse más pequeñas, mientras que las debilidades que antes parecían tan pequeñas e insignificantes, alcanzan proporciones considerables. Es entonces el momento de tratar de comprenderse, de hacer una autoevaluación y de desarrollar sentido común, razonamiento y planeamiento.

Frecuentemente, falta la voluntad para hacer los ajustes económicos necesarios; algunas esposas jóvenes exigen lujos; constantemente salen del hogar, en donde yace su deber, en busca de logros profesionales o de negocios. Cuando ambos cónyuges trabajan, muchas veces entra en la familia la competencia en vez de la cooperación. Dos trabajadores exhaustos regresan a la casa con los nervios en tensión, más orgullo individual, más deseo de independencia, y como consecuencia surgen las dificultades.

La vida matrimonial es difícil, y es común encontrar en ella discordia y frustración. Sin embargo, la felicidad duradera es posible. Más de lo que la mente humana puede imaginar, el matrimonio puede ser una fuente de dicha y se encuentra al alcance de cada pareja, de cada persona. Aunque la mayoría de nuestros jóvenes tratan con toda diligencia y devoción de encontrar una persona con la cual la vida pueda ser más compatible y hermosa, también es cierto que casi cualquier buen hombre y mujer podría tener felicidad y éxito en el matrimonio si estuviera dispuesto a pagar el precio.

Existe una fórmula infalible, la cual garantiza a toda pareja un matrimonio feliz y eterno; pero al igual que en todas las fórmulas, no se deben eliminar ni limitar los ingredientes principales. La selección antes del cortejo y la expresión constante de afecto después de la ceremonia matrimonial, son de igual importancia; pero no son más importantes que el matrimonio mismo. Su éxito depende de ambos factores.

Puede parecer que el aspecto económico, social y político, así como otras situaciones, se relacionan con él; pero el matrimonio está basado pura y exclusivamente en ambos cónyuges, quienes siempre podrían lograr éxito y felicidad en su matrimonio si se lo proponen, y son desinteresados y justos entre sí.

La fórmula es sencilla.

Primero, debe existir una actitud adecuada hacia el matrimonio. La persona debe tratar de seleccionar el cónyuge que sea lo más perfecto posible en todos los aspectos que tengan importancia para ella.
Segundo, debe abundar la generosidad: se debe hacer todo lo posible por el bienestar de la familia.
Tercero, el cortejo y las expresiones de afecto, amabilidad y consideración deben continuar, a fin de que el amor se mantenga vivo y crezca.
Cuarto, se deben vivir plenamente los mandamientos de i Señor, tal como se encuentran definidos en el Evangelio de Jesucristo.

Mezclando estos ingredientes en forma adecuada y manteniéndolos en función, es casi imposible que surja la desdicha, que continúen los malos entendimientos o que existan desavenencias.

Aquellos que estén considerando el matrimonio, deben darse cuenta de que este convenio significa sacrificarse, compartir y aun renunciar a ciertas libertades personales; significa una larga y ardua frugalidad; significa hijos que traen consigo cargas económicas, de servicio, de cuidado y preocupación; pero también significa la más profunda y dulce de todas las emociones.

Antes del matrimonio, cada persona tiene la libertad de hacer lo que le plazca, de organizar y planear su vida de la manera que crea conveniente, de tomar todas las decisiones siendo ella misma el punto central. Antes de tomar los votos matrimoniales, los novios deben darse cuenta de que es necesario que cada uno acepte, literal y plenamente, que el bienestar de la nueva familia debe anteponerse siempre al propio bienestar, En cada decisión se debe considerar el hecho de que habrá dos o más personas que serán afectadas por la misma. Al tener que tomar decisiones importantes, la esposa tendrá en cuenta la manera en que éstas afectarán a los padres, los hijos, el hogar y su vida espiritual. La ocupación del marido, su vida social, sus amistades, sus intereses personales, deben considerarse bajo el aspecto de que él es sólo una parte de una familia, o sea que para todas las cosas se debe tener en cuenta al grupo familiar.

Quizás la vida del matrimonio no siempre transcurra sin cambios e incidentes, pero aun con éstos se puede gozar de gran paz. La pareja podrá tener pobreza, enfermedad, desalientos, fracasos y hasta muerte en la familia, pero todo eso no tiene porqué robarles la paz. El matrimonio puede tener éxito siempre que el egoísmo no forme parte de él. Si existe una abnegación total, los problemas y dificultades unirán a los padres con lazos irrompibles. Durante la depresión del año 1930, hubo una marcada disminución de divorcios; la pobreza, los fracasos y el desánimo unían a los padres. La adversidad puede estrechar relaciones que la prosperidad puede destruir.

El altruismo total es otro factor que contribuirá a lograr un matrimonio feliz; si se buscan constantemente los intereses, la comodidad y la felicidad del cónyuge, el amor que se descubre durante el cortejo y se afirma en el matrimonio, crecerá sin medida.

A fin de ser realmente felices en el matrimonio, debemos observar los mandamientos del Señor; nadie, ya sea soltero o casado, ha logrado ser feliz a menos que haya sido justo.

La persona que haya tenido un modelo de vida con profundas convicciones religiosas, jamás podrá ser feliz mientras permanezca inactivo en la Iglesia; la inactividad es destructiva para el matrimonio.

El matrimonio fue establecido por Dios; no es simplemente una costumbre social; sin un matrimonio adecuado y dichoso, nunca podremos ser exaltados. Si leéis las palabras del Señor, veréis que afirma que lo correcto y apropiado es casarse.

Si dos personas aman al Señor más que a su propia vida, y luego se amar mutuamente más que a su propia vida, seguramente gozarán de esta gran felicidad trabajando juntos en una armonía total, con el programa del evangelio como estructura básica.

Cuando los cónyuges van juntos frecuentemente al Santo Templo, se arrodillan en el hogar para orar con su familia, asisten a sus reuniones religiosas, mantienen su vida moralmente casta—mental y físicamente—a fin de que todos sus pensamientos, deseos y amor estén centrados en su compañero, y ambos trabajan juntos para la edificación del reino de Dios, entonces obtendrán la felicidad.

El Señor dijo:

“‘Amarás a tu esposa con todo tu corazón y, te allegarás a ella, y a ninguna otra.” (D. y C. 42:22.)

Esto significa igualmente que “amarás a tu esposo con todo tu corazón, y te allegarás a él, y a ningún otro”. Frecuentemente, las personas continúan allegándose a su madre, su padre y amigos; en ocasiones las madres no ceden la influencia que han tenido sobre sus hijos, y el esposo, así como la esposa, regresan a sus padres para obtener consejo y confiarles sus problemas; en cambio, deben acercarse a su cónyuge en la mayoría de las cosas, y no hablar de sus intimidades a los demás.

Vuestra vida matrimonial debe ser independiente de la de vuestros padres; amadlos más que nunca; atesorad su consejo; apreciad su relación con vosotros; pero vivid vuestra vida, gobernaos por vuestras decisiones, mediante vuestras propias consideraciones, después de recibir el consejo de los que os lo deben brindar. El allegarse no significa simplemente ocupar la misma casa; significa unirse estrechamente, andar juntos:

“Por lo tanto, es licito que… los dos serán una carne, y todo esto para que la tierra cumpla el objeto de su creación;

Y para que sea henchida con la medida del hombre, conforme a la creación de éste antes que el mundo fuera formado.” (D. y C. 49:16-17.)

Hermanos, quisiera deciros que ésta es la palabra del Señor; es de suma importancia, y no hay nadie que deba argumentar con el Señor. El creó la tierra; El creó la humanidad; El conoce las condiciones; El estableció el programa, y nosotros no somos lo suficientemente inteligentes o listos para ser capaces de discutir con El respecto a estas cosas importantes. Él sabe lo que es correcto y verdadero.

Os suplicamos que meditéis sobre estas cosas; aseguraos de que vuestro matrimonio marche en la manera debida; aseguraos de que vuestra vida esté en orden; aseguraos de que cumplís vuestra parte en el matrimonio en la forma apropiada.

(Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad de Brigham Young, el 7 de septiembre de 1976.)

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