La nobleza del trabajo

La nobleza del trabajo
por el presidente Heber J. Grant

Heber J. GrantLa historia de su vida está llena de valiosas lecciones que los padres pueden usar para enseñar a sus hijos importantes virtudes. En el artículo siguiente, escrito para la revista Improvement Era en 1899, el presidente Grant nos relata algunas de ellas.

Siempre me he esforzado por inculcar en los jóvenes la idea de que es indispensable que trabajen hasta lo máximo de su capacidad, y que mientras lo hacen jamás se sientan desalentados por nada de lo que les espera. Alguien ha dicho:

“Nada hay que sea tan inapropiado para un joven que aquella modestia que lo hace imaginar que no es capaz de realizar grandes cosas; dicha modestia es una debilidad del alma, que la incapacita para dar lo mejor de sí misma. Hay que reconocer el genio superior y el mérito de algunas personas, que están convencidas de que nada es imposible para ellas.”

“Levántate, y manos a la obra; y Jehová esté contigo.” (1 Crónicas 22:16.)

“En la vida diaria realizar la tarea que nos depara el día es de primordial sabiduría.

Aquel que pierde riquezas, pierde mucho; el que pierde amigos, pierde aún más; pero aquel que pierde su espíritu, lo ha perdido todo.” (Miguel de Cervantes.)

Lord Bulwer Lytton, novelista inglés y autor del libro Los últimos días de Pompeya, escribió:

“¡Sueña, oh juventud! Sueña virtuosa y noblemente, y tus sueños se convertirán en profecías.”

Si las personas pudieran memorizar las citas anteriores y hacer que los sentimientos expresados en ellas se conviertan en las normas de su vida, esta acción sería de tremendo valor para ellas.

En la batalla de la vida no he encontrado nada que sea más valioso para mí, que llevar a cabo los deberes del día de la mejor forma posible de acuerdo con mis habilidades; y bien sé que cuando los jóvenes hacen esto, se preparan mejor para las labores del mañana…

En mi juventud, mientras todavía asistía a la escuela, un día me mostraron un hombre y me dijeron que trabajaba como tenedor de libros para un gran banco en Salt Lake City, y que se decía de él que recibía un salario de 150 dólares por mes. Recuerdo que después de hacer los cálculos saqué la conclusión de que ganaba 6 dólares por día, no trabajándolos domingos, lo cual me pareció una enorme cantidad de dinero; aunque entonces todavía no había leído las inspiradoras palabras de Bulwer Lytton que he citado anteriormente, empecé a soñar con llegar a ser tenedor de libros y trabajar para la misma compañía que trabajaba aquel hombre; inmediatamente me inscribí en una clase de contaduría en la Universidad Deseret, con la esperanza de que algún día pudiera llegar a ganar lo que en aquel momento me parecía un extraordinario salario. Quisiera citar otra excelente frase de Lytton:

“Lo que el hombre necesita no es talento, sino propósito; no es el poder de lograr grandes hazañas, sino la voluntad de trabajar.”

También se ha dicho que “los propósitos, como los huevos, a menos que se incuben y se conviertan en otra cosa, se descompondrán”.

Indudablemente, el escritor Lytton daba por sentado que cuando un joven sueña virtuosa y noblemente, este sueño le inspirará a tener un propósito en la vida y a hacer que ese propósito se convierta en acción, en lugar de permitir que el tiempo lo corrompa.

Volviendo a mi experiencia de juventud, una vez que me decidí a ser tenedor de libros, inmediatamente comencé a trabajar para alcanzar aquella meta. Recuerdo muy bien que esto causó gran diversión entre mis compañeros, los cuales constantemente me hacían víctima de sus bromas al ver mis hojas de caligrafía. Aunque aquellas observaciones no estaban destinadas a herirme en ninguna manera, sino que eran bromas inocentes, de todos modos me afectaban profundamente y me motivaron a alcanzar mi meta con aun más firme determinación. Decidí ser un ejemplo de perfección caligráfica para todos mis compañeros universitarios, y llegar a ser maestro de caligrafía y teneduría de libros en la universidad. Después de tener un propósito y también “la voluntad de trabajar”, y de convenir con el escritor Lytton en que “en el alegre lenguaje de la juventud no existe la palabra fracaso”, comencé a hacer uso de todo el tiempo libre que tenía para practicar caligrafía, continuando año tras año en esta práctica hasta que se me reconoció como un gran calígrafo.

El resultado de estos esfuerzos fue que algún tiempo después, conseguí un buen trabajo como tenedor de libros en una oficina de seguros; aunque no tenía más que quince años, escribía muy bien y eso era todo lo que se necesitaba para cumplir satisfactoriamente con mi cargo; sin embargo, no me encontré totalmente satisfecho, sino que en mis momentos libres continuaba soñando con algo mejor. La oficina donde trabajaba ocupaba el mismo edificio que un banco y, siempre que no estuviera atareado en mi trabajo, me ofrecía para ayudar con el trabajo del banco haciendo cualquier cosa que fuera necesaria con tal de emplear mi tiempo libre; nunca pensaba en si me iban a pagar por el trabajo o no, sino que solamente tenía el deseo de trabajar y aprender.

El contador del banco era un buen calígrafo y dedicó algún tiempo y esfuerzo en ayudarme en mi empeño de convertirme yo también en uno bueno. Aprendí a hacer tan buena letra, que a menudo ganaba más escribiendo tarjetas e invitaciones, y haciendo mapas en mis horas libres, que lo que ganaba con mi trabajo regular. Algunos años más tarde, recibí en la feria territorial un diploma que me distinguía como el mejor calígrafo de Utah.

Tiempo después, surgió una vacante en la Universidad para ocupar el cargo de maestro de caligrafía y contaduría, y a fin de cumplir con la promesa que me había hecho cuando era un jovencito de doce o trece años, de que algún día enseñaría estas materias, hice una solicitud para ocupar dicho cargo; ésta fue aceptada y en esa forma cumplí con lo que yo mismo me había prometido.

Los jóvenes que están tratando de mejorar en cualquier aspecto, deben ser sinceros consigo mismos y cuando se deciden a lograr algo deben trabajar con alegría y determinación, hasta que la promesa que se hicieron se convierta en realidad. No encuentro palabras suficientemente expresivas para dar a esta idea el énfasis con que quisiera imprimirla en la mente de mis jóvenes lectores.

Si nos habituamos a tomar decisiones con respecto a nosotros mismos, y luego no cumplirlas, este hábito nos hará ser descuidados en el cumplimiento de nuestras promesas a otras personas. La juventud debería siempre tener en cuenta el consejo que Shakespeare puso en boca del padre de Laertes, cuando éste se alejaba de su casa:

“Sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie.” (Hamlet, acto I, escena 3, disertación de Polonio.)

Quisiera citar un relato que hizo en mí una profunda impresión durante mis días escolares, y que nunca he olvidado; su título es “Jamás te desanimes”:

“En el carácter humano no existe un rasgo tan fundamental para el bienestar del hombre, como la firmeza; ésta es importante en todos los aspectos de la vida. Ante su irresistible energía, los obstáculos más formidables se convierten en simples barreras que se atraviesan fácilmente; las dificultades, que causan terror y desaliento a aquellos acostumbrados a la holganza, solamente provocan una sonrisa en la persona que tiene firmeza y determinación. La historia de la raza humana, y ciertamente toda la naturaleza, están llenas de ejemplos que nos demuestran las maravillas que se pueden lograr por medio de una resuelta perseverancia y una labor paciente.

Hay un relato que cuenta que Tamerlán, conquistador tártaro de fines del siglo XIV, que sembró el terror entre todas las naciones orientales y que casi siempre logró la victoria, aprendió una vez de un insecto una lección de perseverancia que tuvo extraordinario efecto en su carácter y éxito futuros.

En una oportunidad en que lo perseguían sus enemigos, se refugió entre algunas ruinas donde, por falta de otro entretenimiento, se puso a observar a una hormiga que tironeaba y luchaba por transportar un grano de maíz; sus vanos esfuerzos se repitieron 69 veces, y cada una de ellas, tan pronto como la hormiga lograba cierto grado de equilibrio, volvía a caer con su carga completamente incapaz de moverla; mas a la septuagésima vez, consiguió ponerse en camino triunfante con el grano de maíz. Ese simple hecho dejó al maravillado soldado reanimado y entusiasta con la esperanza de una victoria futura.

La lección de este incidente es muy significativa. ¡En cuántas ocasiones una vergonzosa derrota termina la carrera del cobarde y tímido, cuando un poco de perseverancia hubiera llevado consigo el éxito! La determinación es casi omnipotente. Se cuenta de un orador parlamentario irlandés, cuya timidez le obligaba al principio a sentarse en medio de un discurso, que mortificado por su fracasó y conociendo la causa del mismo, un día le dijo a un amigo: “El problema está en mí y tengo que arrancarlo de mi ser”.

Desde aquel momento se elevó, brilló, y triunfó en una consumada elocuencia; su esfuerzo fue un ejemplo de verdadero valor moral. En una aguda observación, alguien dijo que no es precisamente por las dificultades que no nos atrevemos a vencer los obstáculos.

Por lo tanto, sed de espíritu osado y no os permitáis el lujo de tener dudas, pues éstas os traicionarán. En la búsqueda diaria de nuestra elevada meta, jamás nos permitamos perderla de vista ni siquiera por un momento; recordemos que más que por las grandes y evidentes ofensas, es por la omisión de pequeñas cosas que el hombre fracasa. El bien y el mal están en todas las cosas y en caso de duda, aseguraos de que no os decidís por lo malo. Seguid esta regla, y cada experiencia será para vosotros un medio de avanzar.”

Esta historia ha sido uno de los faros que me ha ayudado en la vida, puesto que en muchas oportunidades he pensado que no podía darme el lujo de ser menos que un insecto.

Cuando tenía diecinueve años, llevaba los libros para la gente del banco que mencioné en primer lugar. No era un empleado regular del banco, puesto que trabajaba para su agente en otra de las compañías; pero hacia lo mismo que en el otro trabajo; me ofrecía a hacer una serie de pequeñas tareas para ayudarle a mi patrón.

A fin de dar énfasis a la veracidad de la cita que mencioné en el libro de Crónicas, debo decir que mi manera de actuar agradó hasta tal punto a mi empleador, que me puso como cobrador del banco, pagándome por este trabajo una cantidad adicional aparte de mi salario. En esta forma llegué a trabajar para el banco, cumpliéndose así uno de aquellos sueños que había tenido cuando era jovencito.

En la víspera de Año Nuevo me encontraba trabajando en la oficina cuando llegó mi patrón y comenzó a comentar complacido lo bien que estaba marchando el negocio; también se refirió a algunos de mis trabajos como tenedor de libros sin compensación, y me prodigó elogios que me hicieron muy feliz. Después, me entregó un cheque por la cantidad de 100 dólares, con el cual me compensaba doblemente por todo el trabajo extra que había hecho. La satisfacción enorme que sentí por haberme ganado la buena voluntad y la confianza de mi empleador, tenía mucho más valor para mí que el doble de aquella cantidad.

Todo joven que se esfuerce por emplear todo su tiempo, sin detenerse a calcular la cantidad de dinero que se le pagará por sus servicios, sino más bien inspirado por el deseo de trabajar y aprender, logrará éxito en la batalla de la vida…

Durante los años 1890 y 91, se hicieron diligentes, esfuerzos para establecer la industria de la remolacha azucarera en nuestro territorio. Por causa del pánico financiero que hubo en el año 1891, muchas personas que se habían suscrito para comprar acciones se encontraron incapacitadas de pagar lo que habían prometido; por este motivo se me envió a algunas ciudades del Este en procura de fondos para establecer aquella industria. Habiéndome sido imposible conseguir en aquellas ciudades todo el dinero necesario, se me envió posteriormente hacia el Oeste, a la ciudad de San Francisco, donde conseguí 100,000 dólares de mi antiguo patrón, que en ese entonces ocupaba un alto puesto bancario en dicha ciudad. Tengo la esperanza de que la fidelidad demostrada por mí cuando era su empleado, en el tiempo en que él trabajaba en Salt Lake City, haya tenido sobre él alguna influencia para que prestara a mis socios aquella importante suma de dinero, en una época en que la demanda de préstamos era bastante grande.

Cuando comencé con mi negocio de seguros, una de las personas que firmaban las garantías me sugirió que le pidiera a un hombre muy conocido en el mundo de los negocios que pusiera la otra firma que se requería para dichas garantías. Le expliqué que yo conocía muy ligeramente a aquella persona y temía que no estuviera dispuesta a poner su firma en un documento por el cual era yo responsable, para responder por mí en el caso de que yo fracasara.

El mencionado hermano insistió, por lo tanto, fui a solicitar la firma de la persona indicada; pero tal como yo había pensado, él se negó a hacerlo. Me fui de allí directamente a mi oficina y apenas había llegado cuando un mensajero del banco donde ese hombre trabajaba llegó, y me dijo que el señor H. deseaba verme; yo le respondí que acababa de verlo y que la conversación que había tenido con él no me había dejado un deseo muy grande de volver a entrevistarlo. El mensajero insistió y por lo tanto decidí volver.

Al llegar al banco el señor H. me dijo: “Joven, deme esas garantías”. Luego de firmarlas agregó: “Cuando usted estuvo acá hace un rato, yo no lo conocía; lo había visto algunas veces en la calle en los últimos años, y había hablado con usted una o dos veces pero realmente no lo conocía. Después que usted se fue, pregunté quién era y cuando supe que era hijo de Jedediah M. Grant inmediatamente envié a buscarlo. Es un placer para mí firmar sus garantías; pienso que sabiendo que es hijo del hermano Jedediah, es posible que hasta estuviera dispuesto a firmarlas aun cuando yo mismo tuviera que pagar más tarde; sin embargo, no tengo el menor temor de que eso suceda”.

Después, me relató una serie de anécdotas de mi padre que mostraban el amor y la confianza que tenía en él el señor H. Todo lo que él me dijo, me llenó el corazón de gratitud hacia Dios por haberme dado un padre así, y jamás he olvidado aquellos elogios; éstos me llenaron de un fuerte deseo de vivir y trabajar en tal forma, que mis hijos pudieran beneficiarse aun después que yo me hubiera ido de esta vida, solamente por causa de mi foja de servicios.

Lo que sucedió aquel día me impresionó profundamente y me hizo comprender los beneficios que pueden derivarse de tener un buen padre. Aunque mi padre murió cuando yo era un bebé de solamente nueve días, veinte años después de su muerte estaba cosechando los beneficios de su honestidad y su trabajo fiel; el incidente al cual me referí sucedió hace veintitrés años, y desde entonces he recibido muchas bendiciones más por causa de la honestidad e integridad de mi padre.

Mientras trabajaba en el mismo edificio del banco mencionado, aunque no estaba empleado por éste, hacía trabajo de cobranzas; en esa forma aprendí muy bien todas las labores bancarias, ayudando a los contadores y los cajeros; ese conocimiento me preparó para aceptar un cargo como cajero en otro banco, en una oportunidad en que se produjo una vacante. En aquella época si yo no hubiera estado dispuesto a sacrificar tanto de mi tiempo libre, tratando de aprender los trabajos bancarios, no hubiera estado nunca preparado para aceptar la posición que tuve más tarde.

Afirmo que cada miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tiene el deber de ordenar su vida de tal manera que su ejemplo sea digno de emulación por parte de todos los que le conozcan, atrayendo en esta forma sobre sí y sobre su posteridad el honor y las bendiciones, y también ganando amigos para la obra del Señor, lo cual debe ser la más elevada ambición de todo Santo de los Últimos Días.

Heber J. Grant, séptimo presidente de la Iglesia, nació el 22 de noviembre de 1856, en Salt Lake City; sus padres eran Jedediah M. Grant y Rackel R. Ivins.

El presidente Grant fue ordenado Apóstol el 16 de octubre de 1881, y el 23 de noviembre de 1918 fue sostenido como Presidente de la Iglesia.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario