Los justos no deben temer

Febrero de 1979
Los justos no deben temer
por el presidente Ezra Taft Benson
del Consejo de los Doce

Ezra Taft BensonMis queridos hermanos, con humildad y gratitud me presento ante vosotros; humilde por esta responsabilidad, pero agradecido de poder estar aquí y disfrutar de vuestro exquisito espíritu.

Es un privilegio estar en América del Sur por encargo de la Iglesia. He estado aquí en ocasiones pasadas y siempre me he sentido edificado por vuestra fe y vuestro cariño. También he visitado Sudamérica dos veces como miembro del Gabinete de gobierno de los Estados Unidos, a fin de establecer relaciones comerciales agrícolas entre nuestro, país y nuestros vecinos del Sur, y promover buenas relaciones entre nuestras repúblicas. Nunca en la historia de nuestras dos naciones ha habido una necesidad tan grande de solidaridad hemisférica como ahora.

En viajes anteriores, tuve la oportunidad de visitar a presidentes, ministros, embajadores y otros dignatarios de varios países sudamericanos. Sin embargo, las visitas que más atesoro son las que hice a los santos, a campesinos, ganaderos y otras personas. Mediante estas visitas desarrollé mi gran cariño por el pueblo latinoamericano.

Así que, lo digo con toda sinceridad: es algo maravilloso estar nuevamente frente a vosotros.

¿Sabéis lo que es esta tierra ante los ojos de Dios, nuestro Padre Celestial? En 1844, el profeta José Smith hizo esta proclamación solemne:

“Toda la América es Sión, de Norte a Sur.” (History of the Church, 6:318-9.)

El Señor mismo dijo que esta tierra ha sido elevada por encima de todas las otras (1 Nefi 13:30). Este país, este continente, son parte de Sión y han sido santificados por la presencia del Señor Jesucristo. Esta es una tierra dedicada por sus siervos. Cuando un profeta del Libro de Mormón se refirió a las naciones del mundo, esta tierra fue designada como “buena”. Con toda mi alma os testifico que esto es verdad.

No debéis olvidar nunca vuestra herencia. La mayor parte de vosotros sois hijos de Lehi, el gran Profeta del Libro de Mormón. Escuchad la gran promesa que dio el Señor a él y su posteridad:

“Y si guardáis mis mandamientos, prosperaréis y seréis conducidos a una tierra prometida; sí, a una tierra que yo he preparado para vosotros, una tierra escogida sobre todas las demás.” (1 Nefi 2:20.)

Esa promesa se ha cumplido completamente. También sabemos que debido a que algunos de los descendientes de Lehi no guardaron los mandamientos, esta tierra se vio profanada y sus habitantes se hicieron acreedores a maldiciones, en vez de bendiciones.

Con el tiempo, los hijos de Lehi fueron “redescubiertos” por los .gentiles de Europa. Poco después fueron esparcidos, desposeídos de sus tierras y tesoros, esclavizados, y aun masacrados. Pero los profetas del Libro de Mormón predijeron:

“Y el Señor volverá a extender su mano por segunda vez para restaurar a su pueblo de su estado perdido y caído.” (2 Nefi 25:17.)

El Señor reconoció que la verdad prosperará sólo donde había libertad religiosa. Pero no puede haber libertad religiosa sin libertad política; por lo tanto, Dios levantó entre nuestros antiguos patriotas, líderes sabios que declararon la libertad y la independencia política en los países latinoamericanos.

A mi parecer, es muy significativo que cuando los países de Sudamérica lograron la independencia, se establecieran en ellos gobiernos sobre la base de principios constitucionales. En mi opinión, ese fue un paso muy necesario que precedió a la prédica del Evangelio en Sudamérica.

El Señor declaró mediante profetas del Libro de Mormón:

“Y fortificaré esta tierra contra todas las otras naciones.” (2 Nefi 10:12.)

El presidente Joseph Fielding Smith ha escrito:

“Por lo general, se entiende en la Iglesia que el principio más grande y significativo mediante el cual esta tierra se ha fortificado contra usurpaciones e invasiones de potencias europeas y asiáticas, se encuentra en la Doctrina de Monroe.”

Entre 1816 y 1822, poco antes de la restauración de la Iglesia, la mayoría de las colonias españolas en Sudamérica se independizaron de la madre patria; al hacerlo, se establecieron como repúblicas con leyes basadas en constituciones sabias. El pueblo de los Estados Unidos apoyó el espíritu independiente de vuestro pueblo. España, por otro lado, trató de reconquistar sus antiguas colonias sudamericanas, y Rusia también trató de extender su influencia en Norteamérica.

“Entonces apareció la gran Doctrina de Monroe”, escribió el presidente J. Reuben Clark, miembro de la Primera Presidencia de la Iglesia, “que colocó a los Estados Unidos directamente detrás de los esfuerzos que hacía Latinoamérica por independizarse de esos estados europeos que trataban de menoscabarla.

Nuevamente Dios nos dirigió hacia el destino que ha planeado para nosotros. En esa forma, estaba preservando la bendición que nos había dado.”

La Doctrina de Monroe no fue del agrado de las potencias europeas, pero la respetaron. Se puede decir con certeza que el Señor fortificó esta tierra “contra otras naciones” (2 Nefi 10:12). Con esta protección y con vuestra independencia, esta tierra quedó lista para la prédica del Evangelio.

La tierra de América del Sur fue inicialmente dedicada para la predicación del Evangelio por el élder Parley P. Pratt en 1851, sólo 21 años después de la organización de la Iglesia. Esto fue solamente el comienzo. Luego en la Navidad de 1925, en Buenos Aires, el élder Melvin J. Ballard de nuevo bendijo la tierra con el mismo propósito. En su oración dijo:

“Hemos venido a esta tierra de América del Sur para abrir la puerta para la predicación del Evangelio a todos los pueblos de las naciones sudamericanas, y para buscar a la sangre de Israel que ha sido cernida de entre las naciones gentiles.”

Entonces bendijo la tierra:

“. . .Doy vuelta a la llave y abro la puerta para la prédica del Evangelio en todas estas naciones sudamericanas; y reprendo a todos los poderes que se opongan a la prédica del Evangelio en estas tierras. . .

Que se detengan los poderes malignos a fin de que no triunfen sobre esta obra, y que todos sus enemigos sean subyugados y la verdad salga victoriosa.”

En 1965, el presidente Spencer W. Kimball rededicó la tierra de Ecuador. En 1966, bajo la lluvia en un parque de Bogotá, Colombia, rededicó esa tierra, En febrero de 1979, se rededicaron las tierras de Uruguay y Paraguay.

En enero último, también tuve el privilegio de rededicar las tierras de Perú y Bolivia.

Desde 1925, en sólo 54 años, han surgido todas las misiones de Sudamérica y tenéis en estos países 55 estacas, 25 misiones y un hermoso templo. ¡Cómo ha hecho el Señor prosperar su obra! ¡Cómo ha bendecido a los hijos de Lehi!

Hago un repaso de esta breve historia a fin de mostraros la larga lucha que habéis librado para hacer reconocer vuestro derecho divino de adorara Dios de acuerdo con los dictados de vuestra conciencia. Dios ha dirigido acontecimientos significativos en tiempos pasados para preservar vuestros derechos, y ha levantado hombres valientes para llevar a cabo lo que debe hacerse. Todo esto fue con el propósito de poner el fundamento para la prédica del Evangelio. La misión de la Iglesia hoy, es ver que su mensaje llegue a toda nación, toda lengua, y todo pueblo; esto puede hacerse eficazmente sólo cuando nuestras libertades básicas son protegidas y preservadas. El Evangelio puede prosperar solamente en una atmósfera de libertad.

Puesto que Dios creó al hombre con ciertos derechos inalienables, y que el ser humano formó gobiernos para ayudarle a salvaguardar esos derechos, es lógico que el hombre sea más importante que el gobierno, y por lo tanto, superior; no lo contrario. Aun el incrédulo no podría negar la lógica de esta relación.

No es justo que el gobierno haga por la gente lo que la gente puede hacer por sí misma. El país que permita que la iniciativa individual, la autosuficiencia y la libertad se corroan poco a poco, es un país que está en peligro. Recordemos que nuestra tarea primordial ante Dios, como líderes del gobierno, es proteger la libertad del pueblo.

Hoy día la libertad del hombre está amenazada. La Iglesia crece y prospera, pero por todo el mundo la luz de la libertad está en peligro de extinguirse, y se está librando una gran lucha por ganar la conciencia del hombre. La cuestión es si se va a reconocer o no el derecho divino de todo hombre a la vida, la libertad y la propiedad; es la misma lucha que se llevó a cabo en los cielos. Satanás, el gran adversario del hombre, está tratando de destruir el libre albedrío del hombre y de esclavizarlo totalmente; hay indicaciones de esta lucha por todo a nuestro alrededor. Leemos o escuchamos acerca del terrorismo internacional, y aun dentro de países libres vemos la disminución de libertades a medida que los gobiernos toman posesión de nuestra vida. También escuchamos promesas de que a la gente se la cuidará desde que nazca hasta que muera, en vez de que la gente misma se mantenga con “el sudor de su rostro”. En las altas esferas existen el fraude y el engaño. Es deplorable el avance del ateísmo, el agnosticismo, la inmoralidad y la falta de honradez. Sí, vivimos en los tiempos de que habló el Salvador cuando dijo que “la iniquidad abundará” (Mat. 24:12).

No necesito recordaros de los peligros que acechan a la familia por todo el mundo. El divorcio y la separación matrimoniales son epidémicos; el lugar tradicional del padre como jefe de la familia se pone-en tela de juicio, y la madre muchas veces tiene que dejar el seno familiar a fin de ir a trabajar, debilitando así la estabilidad del hogar. Los hijos, sin la guía sólida y sin la influencia espiritual de los padres, van errantes por el mundo; esto, no sólo conduce a la indolencia, sino al abuso de las drogas, a la delincuencia y al crimen.

En 1958, el presidente David O. McKay ofreció una oración inspiradora con motivo de la dedicación del Templo de Londres. Uno de los párrafos dice:

“Además de la vida, te agradecemos el don del libre albedrío. Cuando creaste al hombre, colocaste en él parte de tu omnipotencia y le ofreciste que escogiera por sí mismo. La libertad y la conciencia se convirtieron entonces en parte sacra de la naturaleza humana. La libertad no sólo de pensar, sino de hablar y de actuar, es un privilegio divino.

Esta herencia de libertad es tan preciosa como la vida misma. Es realmente una dádiva divina. Con tal, somos agentes morales de Dios, “responsables de nuestros pecados en el Día del Juicio. Por lo tanto, no es correcto que el hombre sea esclavo del hombre”.

La amenaza más grande a la libertad de toda nación es la erosión, no de la tierra sino de la moralidad y del carácter nacionales. Lo que debemos temer no es la fuerza externa, sino la debilidad interna.

Toda nación anhela la libertad, pero a menudo la sensualidad hace que sea imposible lograrla. Me refiero al placer sin conciencia, a la riqueza sin trabajo, al negocio sin moralidad, a la política sin principio, y a la adoración sin sacrificio. Personalmente creo que hay una gran relación entre una nación próspera y fuerte y la rectitud de sus habitantes.

A pesar de que por todos lados vemos que las libertades del hombre están desapareciendo, los miembros fieles de la Iglesia se preguntan: “¿Qué puede hacerse? ¿Qué puedo yo hacer?” De entre todos los seres humanos, son precisamente los santos quienes no deben desesperar. Así como Dios ha intervenido en nuestra historia pasada, también puede hacerlo en nuestra historia presente; sus propósitos no serán frustrados y Su reino no será destruido ni usurpado sino que, como el Profeta Daniel declaró, “romperá en pedazos y consumirá a todos estos reinos, y permanecerá erecto por siempre” (Dan. 2:44). Debemos recordar lo que nuestro amado presidente, Spencer W. Kimball, ha dicho repetidas veces: “Nada es imposible para el Señor”

Hace varios años, en una conferencia de área en el Lejano Oriente, me invitaron a que hablara a los funcionarios del gobierno chinó. Mencioné que hay cuatro pilares o columnas sobre las cuales descansa la seguridad de cualquier nación. Elías son:

  1. Fe en Dios y en la hermandad universal de toda la humanidad.
  2. Hogares y lazos familiares fuertes.
  3. Un clima político y un sistema de gobierno que proteja los derechos inalienables del hombre.
  4. Funcionarios del gobierno buenos y sabios, y ciudadanos atentos y’ bien informados.

Para recibir las bendiciones y la protección del Señor, debemos recordar lo que Él nos ha dicho;

“He aquí, esta es una tierra escogida, y la nación que la posea, se verá libre de la esclavitud, del cautiverio y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo, que ha sido manifestado por las cosas que hemos escrito.” (Eter 2:12; versión revisada.)

Nefi, hijo de Lehi, pronunció esta profecía:  ‘

‘‘Y sucedió que vi la Iglesia del Cordero de Dios, y sus números eran pocos a causa de la maldad. . .

Y aconteció que yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendía sobre los santos de la Iglesia del Cordero y sobre el pueblo de la alianza del Señor que se hallaba dispersado sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria.” (1 Nefi 14:12, 14.)

“Pues está próximo el tiempo cuando la plenitud de la ira de Dios se derramará sobre todos los hijos de los hombres; porque no consentirá que los malvados destruyan a los justos.

Por lo tanto, protegerá a los justos con su poder, aunque tenga que venir la plenitud de su cólera, y serán preservados aun hasta la destrucción de sus enemigos por fuego. Así pues, los justos no deben temer; porque así dice el profeta: Se salvarán, aun cuando tenga que ser como por fuego.” (1 Nefi 22:16-17.)

Estas son las promesas del Señor a todos los santos fieles que guarden sus mandamientos. No necesitamos temer. ¿Qué podemos hacer para mantener encendida la luz de la libertad? Guardar los mandamientos de Dios; pagar nuestros diezmos y ofrendas; ir al templo; permanecer moralmente limpios; participar en elecciones políticas; ser honrados en nuestras transacciones; llevar a cabo fielmente las reuniones de la noche dé hogar. Sobre todo debemos orar; orar al Dios del cielo para que intervenga y preserve nuestras preciosas libertades; orar por nuestros dirigentes eclesiásticos y civiles; orar para que el Evangelio vaya a toda nación y pueblo. Sí, en las palabras del Señor mismo:

“Levantaos en lugares santos y no os mováis, hasta que llegue el día del Señor.” (D. y C. 87:8.)

Esos “lugares santos” son nuestros templos, estacas, barrios, y hogares.

Testifico que esta es la Iglesia del Señor; El preside sobre ella; permanece cerca de Sus siervos, y no es un Maestro que se ausenta. Esta Iglesia y este reino están cumpliendo con su destino profético; de eso podéis estar seguros. Ningún poder de la tierra ni del infierno podrá detener esta obra. El Señor la dirige.

Pido al Señor que os brinde Sus más preciosas bendiciones. Que vuestras tierras, negocios y empleos prosperen. Que bendiga vuestros hogares y que vuestros hijos sean fieles y honrados. Que vuestro amor fraternal aumente para que seáis uno en todo lo que hagáis. Y pronuncio estas bendiciones sobre vosotros, mis queridos hermanos, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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