La obediencia  a los mandamientos

Septiembre de 1979
La obediencia  a los mandamientos
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia.

N. Eldon TannerY todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos;

Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimientos, aun tesoros escondidos;

Y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar.

Y yo, el Señor, les hago una promesa, que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará. Amén.” (D. y C. 89:18-21.)

Esta es una de las promesas más completas que nos ha dado el Señor, ¿hay alguien que no quiera recibir esas grandes bendiciones? Con frecuencia pensamos que esta promesa está relacionada directamente con la Palabra de Sabiduría, pero notad que el Señor dice: “rindiendo obediencia a los mandamientos”, y estas palabras incluyen todos los mandamientos.

Algunos pueden decir que esto es exigir demasiado. No obstante, si nos detenemos a pensar en los galardones que se reciben por la obediencia, y en los castigos que sufrimos por la desobediencia, no hay nadie que pueda decir que preferiría sufrir aflicciones en lugar de gozar de la felicidad. Me temo que con demasiada frecuencia desobedecemos y buscamos satisfacer nuestros deseos y placeres mundanos, porque pensamos que podemos escapar del juicio y los castigos que muchas veces no recibimos inmediatamente; y así nos olvidamos de las grandes bendiciones y promesas que podríamos recibir si fuéramos obedientes.

Es muy importante que nos preparemos para las cosas que nos sobrevendrán en el transcurso de la vida. Debemos esperar el futuro con optimismo y confianza. No vamos a ganar nada si nos quedamos cavilando penosamente en el pasado o en las cosas que podríamos haber hecho y no hicimos; debemos, más bien, decidirnos a corregir nuestros errores de ahora en adelante, arrepentimos y avanzar con la determinación de rendir obediencia a los mandamientos. Estos sólo pueden hacernos personas más felices, más amadas y respetadas y ayudamos a tener éxito en cualquier tipo de empresa que iniciemos.

Debemos mirar retrospectivamente hacia el pasado solamente para ver dónde es que hemos cometido errores y en qué aspectos podemos mejorar. Cuando nos quedamos satisfechos con lo que hemos logrado, comenzamos a deteriorarnos. Si no estamos progresando, retrocedemos. No cometamos el mismo error del albañil, que desde el alto andamio en que estaba quiso dar un paso hacia abajo para admirar su labor.

Ahora bien, cuando miramos hacia atrás debemos preguntarnos: ¿He hecho el progreso que podría haber hecho? ¿Me esforcé realmente por lograr mis metas? Si no podemos contestar afirmativamente, entonces deberíamos tomar la resolución de hacer los mayores esfuerzos que podamos de ahora en adelante; deberíamos hacer planes definidos de establecer nuevas metas y delinear un curso de acción mediante el cual podamos lograrlas, recordando siempre que nuestra meta suprema debe ser la vida eterna.

El evangelio nos presenta el único camino que lleva a la vida eterna, y en el momento en que alguien lo acepta comienza para la persona una nueva era. El glorioso principio del arrepentimiento hace posible que cada uno de nosotros pueda nacer de nuevo y pueda seguir adelante sabiendo que sus pecados le han sido perdonados; entonces comenzamos a luchar por esa perfección que nos traerá el galardón prometido. Las Escrituras nos dicen: “Arrepentíos, porque a menos que lo hagáis, de ningún modo podréis heredar el reino de los cielos” (Alma 5:51).

Al fijar nuestras metas, haríamos bien en hacemos las siguientes preguntas, teniendo siempre en cuenta cuál es nuestro objetivo supremo:

¿Qué clase de persona soy?

¿Qué clase de persona me gustaría ser?

¿Qué estoy haciendo para lograrlo, y qué es lo que me impide ser ese tipo de persona que quiero ser?

¿Cómo puedo superar esto?

El presidente Joseph F. Smith dio el siguiente consejo:

“Conquistémonos a nosotros mismos, y de allí vayamos y conquistemos a toda la maldad que veamos alrededor de nosotros, hasta donde podamos. Y lo haremos sin recurrir a la violencia; lo haremos sin intervenir en el albedrío de los hombres o de las mujeres. Lo haremos por medio de la persuasión, la longanimidad, la paciencia, el deseo de perdonar, el amor no fingido, y con esto conquistaremos el corazón, el afecto y las almas de los hijos de los hombres a la verdad cual Dios nos la ha revelado. Nunca tendremos paz, ni justicia, ni verdad, hasta que la busquemos en la única fuente verdadera, y la recibamos del manantial.” (Doctrina del Evangelio, págs. 247-248.)

“Viva todo hombre de tal manera que su carácter pueda pasar la inspección más minuciosa y pueda examinarse como un libro abierto, a fin de que no tenga nada de qué esconderse o avergonzarse. Vivan de tal manera aquellos que son colocados en puestos de confianza en la Iglesia, que ningún hombre pueda señalar sus faltas, porque no las tendrán; para que ningún hombre pueda acusarlos justamente de malas obras, porque no harán mal; para que ningún hombre pueda señalar sus defectos como “humanos” y “débiles mortales”, porque estarán viviendo de acuerdo con los principios del evangelio y no serán meramente “débiles criaturas humanas” desprovistas del Espíritu de Dios y del poder para sobreponerse al pecado. Tal es la manera en que todos los hombres deben vivir en el reino de Dios.” (Doctrina del Evangelio, pág. 246.)

Ahora es cuando debemos actuar así. Este es el día, la hora, el momento en que cada uno de nosotros debe hacer las cosas mejor que en el pasado.

“Que cada hombre aprenda por sí mismo que esta obra es verdadera… Entonces, que cada persona diga; ‘Viviré mi religión… Andaré humildemente ante el Señor y actuaré honestamente con mi prójimo’.” (Journal of Discourses, vol. 8, pág. 142.)

Que podamos gozar de un futuro brillante, más feliz y significativo, y que en nuestros hogares y en nuestros corazones abunden la paz y el amor.

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