Junio de 1985
El guardar confidencias
Por Larry Hiller
Hace algún tiempo me tocó dirigir una función importante de recabar fondos para nuestro barrio. Cuando todo hubo terminado, aquellos que habían trabajado tan duramente conmigo para lograr el éxito suspiraron y se calmaron. Más todavía descansaba sobre mí una preocupación bien fuerte, la de llevar cuenta de todos los fondos. Había necesidad de reembolsar a algunas personas los útiles que fue necesario obtener, y tenía que estar seguro de que tendríamos recibos o facturas correctas de todos los egresos. Para que yo mismo pudiera estar tranquilo, tenía que estar seguro de que jamás surgiría duda alguna en cuanto a que si yo había manejado debidamente los fondos de la Iglesia. Sabía que el obispo tenía confianza en mí, pero yo aún quería estar seguro de que nunca surgiría duda alguna.
Recientemente sucedió otra cosa que me hizo pensar más en el concepto de manejar con integridad los bienes de otras personas. Un amigo vino a verme para hablar en confianza acerca de un problema personal. Más que solamente consejo, necesitaba a alguien que lo escuchara al explicar la situación. Se habría sentido avergonzado si las cosas de que yo me había enterado se dieran a conocer a otros, y él estaba dependiendo de mí de que no violaría su confianza.
Pocos de nosotros tratamos los bienes tangibles de otros con desprecio intencional. A pesar de los informes diarios en la prensa en cuanto al robo, la mayor parte de las personas son todavía básicamente honradas cuando se trata de respetar bienes ajenos. Pero, ¿qué se puede decir de cosas menos tangibles, tales como información?
¿Se extiende hasta ese punto nuestra integridad? Con el transcurso de los años he aprendido el valor de respetar cosas confidenciales, tanto en la Iglesia como en la sociedad en general.
De varias maneras la información es semejante a la moneda. En el gobierno y en los negocios, la información confiable es un artículo que se compra, se vende y se cambia. A las personas que son fuente de información muy útil, atentamente las procuran otros que buscan esa información para sus propios fines. La información bien conservada puede ser un medio tan importante como las riquezas para lograr poder. E igual que el dinero, la información se usa para fines tanto buenos como malos. Las tentaciones y trampas son muy semejantes. De hecho, se pueden hacer algunas comparaciones muy interesantes entre las maneras en que la gente usa incorrectamente la información y las maneras en que malgastan el dinero.
La persona vana o que se alaba a sí misma
A muchas personas les gusta sentirse y dar la apariencia de ser importantes gastando dinero libremente, algunas veces contrayendo deudas para poder hacerlo. En forma similar, a la mayoría de nosotros nos agrada el sentimiento de importancia que viene de decir a otros algo que ellos no sabían. Igual que con el dinero, la gente tal vez no sepa que tenemos información a menos que “gastemos”, y la tentación de gastar puede ser muy fuerte. Muchos de nosotros hemos pasado por la experiencia de hallarnos en un grupo en el cual alguien comunica una interesante noticia de información acerca de una persona o de cierto acontecimiento futuro. A medida que la conversación va progresando, todos tratan de contribuir algo que los otros no sabían. Llega a convertirse en egocentrismo.
En tales ocasiones, algunas personas ceden a la tentación de “gastar” información que no poseen (suposición, rumor, chisme) o, peor todavía, gastar información que ningún derecho tienen de comunicar al hacer públicas cosas de confianza. Otros admiten condescendientemente que tienen información confidencial en cuanto al tema, pero que no están libres para hablar acerca de ello. (Frecuentemente acompaña a esa admisión la frase “pero sí puedo decirles. . .”)
El “falsificador”
Cuando tal persona no puede lograr información legítima, sencillamente la inventa. Desde luego, si su producto se ha de aceptar como moneda verdadera, debe tener la apariencia de ser genuina, de manera que a menudo contiene muchos elementos de la verdad. Sin embargo, el producto final sigue siendo una mentira.
Así como el dinero falso mancha la moneda y causa que se sospeche de todo el dinero, las mentiras y la información errónea causan que se sospeche de toda información. Dificultan más la comunicación importante, porque su presencia en la sociedad causa que mucha información verdadera se reciba con dudas. Desde luego, al considerar al falsificador y el papel que desempeña, se debe tener presente precisamente a quién se aplica el título de “padre de las mentiras”, (Véase Moisés 4:4.)
El “ladrón”
Algunas personas se interesan excesivamente en las vidas y hechos de los demás. Espían a la gente cuidadosamente; hacen preguntas inquisitivas. Claro está que al combinar sus observaciones, llegan a conclusiones que pueden ser ciertas o que no pueden serio. Frecuentemente cometen errores. Sin embargo, eso no importa, pues en cuanto logran algo que consideran ser de valor, se dedican a gastar lo que legalmente no les pertenece.
Aun aquellos que no curiosean pueden ser tentados cuando por accidente se enteran de algo, tal vez por la observación o por haber oído a otros. Tal información es semejante al dinero que uno encuentra. La persona honrada que encuentra el bolso o la cartera de otro no gasta nada de lo que contiene. Hace todo lo posible por devolver el artículo a su dueño, y aun cuando nosotros no podemos devolver información que “hallamos”, ciertamente podemos guardarla y protegerla.
El “estafador”
Esta persona fomenta la amistad y confianza mientras investiga secretamente los asuntos privados de otros. Él o ella activamente buscan información, a menudo comunicando pizcas de información a fin de crear un ambiente de confianza. Luego esta persona sigue su propio camino, afanosa por gastar la nueva moneda.
El “manirroto”
Hay algunos que no pueden soportar guardar dinero en el banco ni aun en su bolsillo. Si lo tienen, sienten que deben gastarlo. Es un impulso común entre los niños que apenas están familiarizándose con el poder adquisitivo del dinero y el placer de comprar. En un adulto esto puede ser desastroso, ya que puede conducir a una condición o estado muy malo de deudas y aun resultar en la bancarrota.
La mayoría de nosotros hemos conocido a personas que se deleitan en gastar información. Tales personas son desmedidamente francas en cuanto a sus propias vidas. Reparten información en cuanto a ellos mismos con un aire de familiaridad que puede tentar a la persona en quien están confiando a que él o ella también haga lo mismo.
La dificultad consiste en que estas personas son tan descuidadas con la información acerca de los demás como con la de sí mismos. El confiarle a tal persona información delicada es igual que confiar el dinero de un arrendamiento a un tahúr compulsivo.
El “especulador”
En el mundo financiero, un especulador invierte su dinero en algo, con la esperanza de que lo recuperará con cierto aumento. Considera las tendencias y situaciones y procura prever las situaciones futuras en los mercados e instituciones.
Los especuladores de información obran básicamente de la misma manera. Observan de cerca a la gente y las organizaciones. Una Iglesia creciente y dinámica, en la que nos hemos acostumbrado a cambios relativamente frecuentes en las organizaciones y programas, constituye un campo fértil para tales personas. Les encanta especular en cuanto a los llamamientos en todo nivel. Por ejemplo, se pueden dar cuenta de que la presidenta actual de la Sociedad de Socorro se halla embarazada y probablemente tendrá que ser relevada dentro de poco, mientras que la hermana López fue relevada recientemente de la mesa directiva de la Sociedad de Socorro de estaca y está prestando servicio en un llamamiento “menor”. Esta hermana ha prestado servicio en la presidencia de las Mujeres Jóvenes y en la presidencia de la Primaria en varias ocasiones, las hermanas del barrio la estiman, no tiene hijos pequeños en casa, su esposo la apoya en todo, etc. Obviamente esta hermana es la mejor que se puede nombrar, y los especuladores no solamente comunican su informe adelantado de ese llamamiento, sino que aun han seleccionado a sus consejeras, dos mujeres que parecen ser amigas íntimas de la hermana López.
Si de hecho se llama a la hermana López para ser la presidenta de la Sociedad de Socorro, los especuladores mueven la cabeza afirmativamente unos con otros. Si uno de sus candidatos es llamada para ser consejera, nuevamente mueven la cabeza afirmativamente. Y si no acertaron correctamente en cuanto a la otra, pues hay que encontrar una razón: tal vez haya habido un desacuerdo y han dejado de ser amigas, tal vez problemas en casa, un desacuerdo con el obispo, etc.
Esta clase de especulaciones siempre hacen a un lado la inspiración. Se basan en acontecimientos y relaciones e influencia personal. ¿A quién se atribuye el crédito si es llamada al cargo aquella persona “escogida”? No al Señor. No al digno poseedor del sacerdocio que procuró y recibió la confirmación del Espíritu. Por implicación, el crédito, se le atribuye al razonamiento humano.
A veces se ofende el que fue el centro de las suposiciones. Estoy enterado de por lo menos un caso en que las personas no sólo conjeturaron públicamente que determinado hombre sería llamado como obispo, sino que también le hicieron saber que él era su “candidato”. Sin embargo, el hombre no había sentido que él iba a ser llamado, y toda esa conversación lo hizo sentirse muy incómodo, así como las preguntas y expresiones de “consuelo” después de ser sostenido el nuevo obispo.
Esta clase de especulación puede debilitar la fe y herir el testimonio. ¿Qué es lo que aprenden los niños que escuchan estas especulaciones de los labios de sus padres? ¿Qué sucede con los miembros inactivos o de los investigadores que escuchan a los miembros activos, a quienes toman por modelo, tomar parte en tales suposiciones?
El “desfalcador”
En ocasiones un empleado u oficial de una compañía se queda con dinero que le fue confiado, causando en algunos casos la bancarrota del establecimiento. Algo parecido puede suceder cuando aquellos a quienes se ha confiado información confidencial abusan de ese privilegio.
La información particular acerca de la vida de otra persona no es nuestra para que la usemos como queramos, no importa en qué manera haya llegado a nosotros dicha información. Si la persona confió en nosotros, esa información es como dinero que se conserva en depósito, y sólo porque está en nuestras manos no significa que podemos usarlo.
La mayor parte de las sociedades tienen leyes para proteger a las personas del abuso de información confidencial por parte de abogados, médicos, clérigos y otros semejantes. Pero generalmente debemos confiar en la integridad de nuestros amigos y asociados para conservar confidencialmente en nuestras vidas aquellas cosas que no queremos que.se sepan en forma general.
Los miembros de la familia, especialmente los cónyuges, probablemente tienen la mayor necesidad de que se les respeten las confidencias. Y ellos deben poder tener la mayor confianza el uno en el otro. Sin embargo, hay unos que violan esa confianza. Todavía me acuerdo de dos hombres con quienes trabajé hace cerca de dieciocho años. Al darse cuenta de que yo estaba comprometido a casarme, procedieron a relatarme ciertas cosas sumamente personales acerca de sus esposas. Yo no quería oír eso y me aparté de la presencia de estos hombres lo más rápidamente que pude. Ojalá hubiera tenido entonces la madurez para decirles en una manera bondadosa que no quería oír tales cosas, y que sus esposas probablemente se horrorizarían por la manera en que se les estaba traicionando. Pero aún así, tenía la madurez suficiente para ver la enorme maldad que éstos estaban cometiendo, y para prometer que jamás traicionaría a mí esposa de tal manera.
La Iglesia, todos nosotros, los miembros, debemos guardarnos de la tentación de llegar a ser desfalcadores de información. Aquellos que tengan información confidencial en cuanto a cambios o llamamientos propuestos, o aquellos que tengan información delicada acerca de la vida de alguien, deben cuidarse en forma especial contra la tentación de revelar esa información indebidamente. Esta precaución no se limita únicamente a los obispos y a otros que dirigen el sacerdocio, sino que se extiende hasta los líderes de las organizaciones auxiliares, hasta los maestros orientadores y maestras visitantes, y de hecho a todos.
La confiabilidad es una característica deseable que se puede transmitir a las generaciones futuras, tanto por el ejemplo como por precepto. Richard P. Lindsay, que actualmente está a la cabeza del Departamento de Asuntos Públicos de la Iglesia, es uno de los hombres más dignos de confianza que yo conozco. Se puede depender absolutamente de él, de que no revelará nada de lo que se le confíe. El relata un suceso que le sirvió de lección cuando todavía era joven.
Los Lindsay estaban recién casados y estaban a punto de hacer un viaje a California cuando oyeron la noticia de que su barrio iba a ser dividido por primera vez en su historia de setenta y cinco años. El difunto padre del hermano Lindsay había sido el obispo del barrio por muchos años, y el joven esposo sintió que tenía un interés especial en lo que estaba a punto de acontecer. Pero la pareja iba a estar fuera de la ciudad y no se enterarían de los detalles por algún tiempo.
El suegro del hermano Lindsay era miembro del sumo consejo en esos días, de modo que, cuando estaban a punto de partir, el hermano Lindsay fue a su suegro y le preguntó si le podía decir al oído el nombre del nuevo obispo momentos antes de partir. Después de todo, no tendrían tiempo para comunicárselo a los demás.
El miembro del sumo consejo llevó a un lado a su yerno y le preguntó en forma confidencial:
—¿Puedes guardar un secreto?
—Por supuesto —le respondió.
—Bueno, yo también puedo hacerlo Allí terminó la conversación, pero no fue el fin de la lección que aprendió En 1980 el élder Boyd K. Packer habló admirablemente acerca del élder Joseph Anderson, “quien durante casi cincuenta años fue secretario a la Primera Presidencia. Él se sentaba con ellos diariamente, escuchaba sus consejos y levantaba el acta. Cincuenta años sin violar la confianza ni una sola vez. En una ocasión, el presidente David O. McKay dijo acerca de Joseph Anderson:
—Este hombre puede guardar secretos en más idiomas que cualquier otro que jamás he conocido’ ”.
El mercado
Así como hay mercados donde se puede gastar el dinero, hay mercados donde se puede gastar información. La información que se usa indiscretamente con más frecuencia se gasta en el mercado llamado—¿tendré el valor para decir la palabra?— CHISME. Pues allí la tienen.
Es obvio que al hablar de confidencias, no se puede hacer sin tratar el tema del chisme. Desafortunadamente, la palabra “chisme” es muy semejante a la palabra “arrepentimiento”: aquellos que mayor necesidad tienen de escucharla inmediatamente se esconden tras un muro de justificación.
Este es uno de los mayores problemas relacionados con el chisme: se puede justificar tan fácilmente. Cuando otros lo hacen, es chisme; cuando yo lo hago, simplemente estamos hablando de otra persona en una conversación amigable. El hurto es hurto; el adulterio es adulterio; el nombre se prende al hecho. Pero el chisme usualmente viaja de incógnito.
Hay muchas personas que parecen creer que sólo se trata de un chisme si es un rumor sin sustancia. Pero algo puede ser completamente verdadero, y aún así ser un asunto que no concierne a nadie. La verdad no justifica el chisme más de lo que la necesidad justifica el hurto. Y disculpar el chisme diciendo que es de conocimiento común es igual que justificar el pecado porque “otros lo hacen”.
En ocasiones el chisme se disfraza de preocupación fraternal. La gente repite detalles negativos de naturaleza íntima, hablando incrédulamente acerca de los problemas y debilidades de la otra persona. Y todo el tiempo se justifican porque simplemente están repitiendo la triste verdad. Me hace recordar el análisis de un libro en el que uno de los personajes, un chismoso confirmado, se describe como persona “radiante de tristeza” cada vez que se daba cuenta de las dificultades de otras personas.
Uno de los problemas mayores en cuanto al chisme —aun el chisme “verdadero”— es que por lo general solamente se dan a conocer palabras y hechos. Motivos, circunstancias extenuantes y arrepentimiento o corrección posterior con frecuencia no se dan a conocer. Cuando sí se incluyen los motivos en lo que se está diciendo, generalmente son suposiciones, carentes de confirmación. Y existe una tendencia humana común de atribuir a otras personas los motivos o causas que justificarán nuestros sentimientos para con tales personas. Si el que está repartiendo el rumor siente simpatía hacia aquel de quien se está hablando, los motivos atribuidos son puros; si no hay simpatía, los motivos malos reciben el crédito.
Por supuesto, debemos manifestar preocupación el uno por el otro, y hay un lugar para intercambio de información. Pero hemos de tener cuidado; hemos de examinar nuestros motivos y pensar cuidadosamente antes de hablar. Una vez que algo se da a conocer al público, no se puede reprimir; y cuando la información se usa equivocadamente, puede causar un profundo daño a individuos y a instituciones. Se puede evitar tanta contención y descontento cuando aprendemos a retener cosas de confianza. “Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda.” (Prov. 26:20.)
La manera en que manejamos la información revela tanto acerca de nuestra madurez e integridad como lo hace la manera en que manejamos el dinero. Con frecuencia, nuestro valor en el servicio del Señor depende de lo confiables que somos, no solamente en nuestra disposición y voluntad para trabajar, sino en nuestra habilidad para salvaguardar la información. La persona a quien con toda seguridad se puede confiar información es tan bien respetada como aquella a quien se pueden confiar cosas materiales.
Al ejercer un juicio prudente en nuestras comunicaciones, podemos fortalecer nuestro lazo común de confianza. Cuando somos prudentes en nuestra manera de hablar, damos menos oportunidades a que el Adversario provoque divisiones entre nosotros, así como menos oportunidades para que nuestros enemigos obren contra nosotros.
El don del habla, la habilidad para comunicarnos, es parte de nuestra herencia divina, y cuando lo usamos equivocadamente, lo hacemos sólo para nuestro perjuicio. “Toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mat. 12:36-37.)
Larry Hiller, editor gerente de las revistas internacionales de la Iglesia, es ex obispo. Actualmente es miembro del sumo consejo en la estaca Taylorsville Utah Central.


























Excelente!!
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