La Expiación Infinita en cobertura

La Expiación Infinita en cobertura

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


El hombre, los animales, las plantas y la tierra

¿Son los mortales que habitan esta tierra los únicos beneficia­rios de la Expiación? ¿Qué sucede con otros mundos y otras for­mas de vida? ¿Quién los salva de la muerte temporal y, cuando fuera necesario, de la muerte espiritual?

La Expiación no incluye solo a la humanidad; engloba mu­cho más. El élder Joseph Fielding Smith se refirió directamente a esta cuestión: «Algunos sostienen una idea muy incoherente: que la resurrección solamente afectará a las almas humanas; que los animales y las plantas no tienen espíritus y, por lo tanto, no son redimidos por el sacrificio del Hijo de Dios, y, en consecuencia, no les corresponde resucitar».1 José Smith enseñó: «Supongo que Juan vio seres allí [en los cielos], que se habían salvado y origina­rios de diez mil tierras como estas multiplicadas por diez mil, ani­males extraños que nos resulta imposible concebir y que se pue­den contemplar en el cielo. Juan aprendió que Dios se glorificó a sí mismo salvando todo lo que sus manos habían formado, tanto los animales terrestres, como las aves, los peces, o el hombre».2 El Señor prometió: «todas las cosas viejas pasarán, y todo será hecho nuevo, (…), tanto hombres como bestias, las aves del aire, y los peces del mar» (DyC 29:24). Pero, ¿cómo se aplica la Expiación a todas esas otras formas de vida? ¿Resucitan y reciben cuerpos in­mortales por la eternidad? ¿Necesitan también superar la muerte espiritual? El élder McConkie aborda esta cuestión, formulando la pregunta siguiente en forma de respuesta:

«¿Es la doctrina del evangelio (…) que esta muerte temporal se transmitió a todas las formas de vida, a todo hombre y animal y pez y ave y vida vegetal; que Cristo vino para rescatar al hombre y a todas las formas de vida de los efectos de la muerte temporal, introducida en el mundo por la Caída, y en el caso del hombre por la muerte espiritual también; que este rescate incluye una resurrección para el hombre y todas las formas de vida? 3

Jacob parece confirmar que la redención de la muerte espi­ritual se encuentra limitada al hombre, puesto que enseñó que Cristo «sufre los dolores de todos los hombres, sí, los dolores de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán» (2 Nefi 9:21; énfasis añadido).

¿Y qué decir de la tierra misma? ¿Necesita redención? La res­puesta es sí. Igual que las plantas y los animales necesita la reden­ción de la muerte física. El presidente Brigham Young expresó sentimientos a este respecto:

«Cristo es el autor de este Evangelio, de esta tierra, de los hom­bres y las mujeres, de toda la posteridad de Adán y Eva, y de toda criatura viviente que mora sobre la faz de la tierra, que vuela por los cielos, que nada en las aguas o que mora en el campo. Cristo es el autor de salvación para toda esta creación; de todas las cosas pertenecientes a esta esfera terrestre que ocupamos (…) él ha re­dimido la tierra; ha remido a la humanidad y a todo ser vivo que se mueve sobre su faz».4

El élder McConkie trata ciertas herejías relacionadas con la Caída, entre ellas que Adán fue el producto final de un proceso evolutivo. En respuesta, comentó: «Cuando los que propugnan esta perspectiva hablan de una caída y una expiación, asumen erróneamente que se aplican solamente al hombre en lugar de a la tierra y a todas las formas de vida, como acreditan las escrituras».5 El élder Talmage era de una opinión similar: «En las escrituras aprendemos que la transgresión de Adán desembocó en un estado caído, no solo de la humanidad, sino de la tierra misma también. En este y en muchos otros acontecimientos históricos (…) la na­turaleza parece estar íntimamente relacionada con el hombre».6

¿Cómo ha redimiendo la tierra el Señor, entonces? ¿Acaso va a morir? Las Escrituras así lo afirman con claridad. Isaías habló de un momento en el que «la tierra se envejecerá como ropa de vestir; y de la misma manera perecerán sus moradores» (Isaías 51:6; véase también 2 Nefi 8:6). La revelación de los últimos días confirma esta verdad, ya que, al referirse a esta esfera terrestre, el Señor afirmó: «será santificada; sí, a pesar de que morirá, será vivificada de nuevo; y aguantará el poder que la vivifica, y los jus­tos la heredarán» (DyC 88:26). Joseph Fielding Smith también habló de la muerte de la tierra y su renovación o resurrección posibilitada únicamente por la Expiación: «La tierra, como cuerpo viviente, tendrá que morir y resucitar, pues ella también ha sido redimida por la sangre de Jesucristo» 7

Evidentemente, la resurrección de la tierra tendrá lugar cuando muera y sea renovada y restaurada a su gloria paradisiaca. ¿Será necesaria otra redención de la tierra, además de su «resurrección»? La Caída de Adán no solo trajo consigo la muerte física para el hombre y la tierra; también dio lugar a la muerte física en forma de una Caída de la presencia de Dios, conocida como primera muerte espiritual. ¿Sufrió igualmente la Tierra una Caída seme­jante, lejos de la presencia de Dios? El profeta José enseñó: «Esta tierra volverá a la presencia de Dios y será coronada con gloria celestial».8 ¿Cómo podía la tierra ser «llevada de nuevo a la pre­sencia de Dios» a menos que hubiera estado situada geográfica­mente allí con anterioridad? Lorenzo Snow, sin duda, aprendió esta verdad del profeta José Smith, ya que habló en términos si­milares acerca del retorno de la tierra: «La tierra será retornada en prístina pureza a su órbita primitiva y sus habitantes moraran en ella en paz y rectitud perfectas».9

John Taylor enseñó que la tierra «fue organizada originariamente cerca del planeta Kólob».10 Esto permite hacerse una idea de la proximidad de la tierra a Dios en el momento de su creación, pues­to que Kólob es el planeta más cercano a Dios (Abraham 3:3, 16; facsímil núm. 2, Figura 1).

Brigham Young enseñó que la tierra «fue desplazada de su órbita o estado más glorioso por causa del hombre».11 En otro lugar enseñó: «Cuando el hombre cayó, la tierra se precipitó al espacio, y situó su morada en este sistema planetario (…) Esta es la gloria de la cual la tierra provino, y cuando sea glorificada re­tornará nuevamente a la presencia del Padre».12 El élder Bruce R. McConkie se hace eco de estas enseñanzas: «Cuando Adán cayó, la tierra cayó también y se volvió una esfera mortal».13

La transgresión de Adán no solo desembocó en la muerte del hombre y su Caída de la presencia de Dios; la tierra también mu­rió y fue apartada de la presencia de Dios. Las consecuencias que afectaron a la tierra después de la Caída reflejaron las consecuen­cias que esta tuvo para el hombre. De hecho, es sorprendente reconocer las extraordinarias semejanzas existentes entre la tierra y el hombre. Ambos están sujetos a la muerte; ambos resucitarán; ambos cayeron de la presencia de Dios; ambos necesitan nacer del agua para ser limpiadas (la tierra recibió el bautismo en la época de Noé); ambos necesitan ser purificados por el fuego (la tierra recibirá el bautismo de fuego en la Segunda Venida y con anterioridad a su juicio final) y ambos esperan el día de su celestialización y retorno a la presencia de Dios. Mediante los poderes de la Expiación, la tierra «resucitará» y será restaurada a la pre­sencia física del Santo. Cada una de las consecuencias negativas de la Caída, tanto si afectaban al hombre o esta esfera terrestre, serán corregidas por la Expiación. Podemos vislumbrar cuán ex­traordinarios han de ser los poderes de la Expiación, incluso para la tierra, cuando reflexionamos acerca del grito angustiado que se oyó desde sus entrañas: «¿Cuándo descansaré y quedaré limpia de la impureza que de mí ha salido? ¿Cuándo me santificará mi Creador para que yo descanse, y more la justicia sobre mi faz por un tiempo?» (Moisés 7:48).

Animales, peces, aves, árboles e incluso la tierra son herederos del plan de redención. Tan amplios y gloriosos son los trascen­dentales poderes de la Expiación que toda forma de vida «[ala­bará] el nombre de Jehová» (Salmos 148:13; véase también Apocalipsis 5:7-9, 13), y «¡[declararán] para siempre jamás su nombre!» (DyC 128:23; véase también DyC 77:2-3).

La Expiación es universal, no selectiva en su cobertura. Todas las formas de vida están libres de la muerte temporal. Asimismo, el rescate del hombre incluye librarse de todas las formas de muerte espiritual. Baste afirmar que la Expiación amplía com­pletamente sus poderes redentores a esta tierra y a toda forma de vida que en ella existe, en la medida necesaria para salvarlos de la muerte física y, cuando corresponda, de la muerte espiritual.

El redentor del universo

¿Se extiende la Expiación del Salvador más allá de este mundo? El élder McConkie enseñó: «Ahora, la jurisdicción y el poder de nuestro Señor se extienden más allá de los límites de esta pequeña tierra en la cual nosotros moramos; Él es, por debajo del Padre, el Creador de innumerables mundos (Moisés 1:33). Y, por el poder de su expiación, los habitantes de estos mundos, dice la revela­ción, ‘son engendrados hijos e hijas para Dios’, (DyC 76:24) lo que significa que la expiación de Cristo siendo literal y verdadera­mente infinita, se aplica para un infinito número de mundos».u

¡Este concepto ensancha la mente extraordinariamente! Moisés postuló que, incluso si pudiéramos contar millones de mundos, «no sería ni el principio del número de tus creaciones; y tus cor­tinas aún están desplegadas» (Moisés 7:30). El élder Marión G. Romney, quien escribió un artículo sobre Cristo el creador de mundos sin fin, afirmó: «Jesucristo, en el sentido de ser su crea­dor y redentor, es el Señor de todo el universo. Con la excepción del ministerio terrenal que culminó, su servicio y su relación con otros mundos y sus habitantes son idénticos a la relación que existe entre su servicio y la relación con esta tierra y sus habitan­tes».15 El élder Romney habla del papel del Salvador en la existen­cia premortal como Redentor elegido, y agrega: «En definitiva,

Jesucristo, mediante el cual Dios creó el universo, fue elegido [como el Redentor en los concilios preterrenales] para poner en marcha el gran plan de Elohim de ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre’».16 Concluye con su testimonio de la universalidad del Salvador como Expiador:

«Todos los que tienen un concepto auténtico de Jesucristo y que han recibido un testimonio por el espíritu de su divinidad se conmueven por siempre jamás ante los anales de su vida. Ven en todas sus palabras y hechos la confirmación de su señorío, como Creador y Redentor».17

Evidentemente, el profeta José enseñó esta doctrina en un poe­ma que se le atribuye y en el que puso en verso un fragmento de Doctrina y Convenios 76:

Y oí fuerte alta voz, dando desde el cielo testimonio,
Él es el Salvador, el unigénito de Dios
Por El, de Él, y mediante El, se hicieron todos los mundos,
Incluso todo el firmamento tan extenso,

Cuyos habitantes, del primero al postrero,
Obtienen salvación del mismo Salvador nuestro;
Y de Dios son engendrados hijos e hijas,
Por idénticas verdades e idénticos poderes,18

El encabezamiento de Doctrina y Convenios 76 resume los versículos 18—24 de esta manera: «Los habitantes de muchos mun­dos son engendrados hijos e hijas para Dios por medio de la ex­piación de Jesucristo» (énfasis añadido). Lorenzo Snow aludió a esta doctrina cuando habló de la confianza del Padre en su Hijo: «Miles de años antes de que [el Salvador] descendiera a la tierra, el Padre había observado su trayectoria y sabía que podía depen­der de El cuándo la salvación de los mundos estuviera en juego; y no le defraudaron».19

Dicho de otra manera, el Salvador es un redentor multiplanetario. Esto es compatible con el hecho de que también es un creador multiplanetario, tal y como se enseñó por intermediación de Moisés, «he creado incontables mundos; (…) y por medio del

Hijo, que es mi Unigénito» (Moisés 1:33). Pablo enseñó otro tanto: «Dios (…) ha hablado por el Hijo, (…) por quien, asimis­mo, hizo el universo» (Hebreos 1:1—2; énfasis añadido). Dado que el Hijo «hizo el universo», una interpretación razonable de Doctrina y Convenios 76:42: —«para que por medio de él fuesen salvos todos aquellos a quienes el Padre había puesto en su po­der y había hecho mediante él» (énfasis añadido)— podría sugerir que el Salvador salvó a todos los habitantes de todos los mundos «hechos mediante él». El versículo siguiente parece fundamentar esta afirmación: «él glorifica al Padre y salva todas las obras de sus manos» (DyC 76:43). El élder Russell M. Nelson confirmó estos pensamientos así: «Y la misericordia de la Expiación se extiende no sólo a una cantidad infinita de personas, sino también a un número infinito de mundos creados por Él».20

Hugh Nibley cita el Evangelio de la Verdad, que dice: «Todos los demás mundos miran hacia el mismo Dios como miran a un sol común», y agrega esta observación propia: «La crucifixión es eficaz en otros mundos».21 El hermano Nibley cita otros autores de la antigüedad que tenían perspectivas interesantes sobre el seño­río universal del Salvador. Hablando de otros mundos, la Oda de Salomón 42 reza: «Conocen al que los creó porque están en conso­nancia. Tienen un gobernante común, un señor común, de modo que están mutuamente en consonancia, y se comunican con Él y a través de Él entre ellos, pues la boca del Altísimo les ha hablado».22 En otros escritos de la iglesia antigua (1 Clemente) se encuentra registrado: «Dios es el Padre de todos los mundos (…) Como el Padre de grandeza está en el mundo glorioso, también su Hijo gobierna sobre esos cosmos como el Señor principal y supremo de todos los poderes».23 Finalmente, Robert J. Matthews lo simplifica al máximo posible cuando afirma: «La cuestión surge a menudo, ¿es Jesús el Salvador de otros mundos? La respuesta es sí».24

Doctrina y Convenios 88 habla de «la tierra y todos los plane­tas» (DyC 88:43). Entonces se refiere a estas creaciones colectiva­mente con la designación de «reinos» (DyC 88:46). Estos reinos se comparan a un hombre que poseía un campo y que envía a sus siervos a cavar y a preparar el terreno. El Señor del campo visita cada reino (o planeta) a su debido tiempo, uno en la primera hora, otro en la segunda hora y finalmente el último en la duodé­cima, a fin de que cada uno pueda disfrutar de la contemplación de su rostro. Un fragmento de la parábola sigue a continuación:

«Y así, todos recibieron la luz del semblante de su señor, cada hombre en su hora, en su tiempo y en su sazón, empezando por el primero, y así hasta el último; y desde el último hasta el prime­ro; y desde el primero hasta el último; cada hombre en su propio orden, (…) para que su señor se glorificara en él, y él en su señor, a fin de que todos fuesen glorificados. Por consiguiente, compararé todos estos reinos [planetas] y sus habitantes a esta parábola» (DyC 88:58-61; énfasis añadido).

¿Quién es este Señor que visita estos planetas y a sus habitan­tes, para que estos puedan ser glorificados? Orson Pratt tiene la respuesta. Se refiere al reino milenario del Salvador y a los puros de corazón que se alegrarán al contemplar su rostro durante mil años. Entonces, Orson Pratt añade:

«Se aparta. ¿Y para qué? Para llevar a cabo otros designios; por­que tiene otros mundos o creaciones y otros hijos e hijas, quizá tan buenos como los que moran en este planeta; y ellos, como nosotros, recibirán su visita y se alegrarán al contemplar el rostro del Señor. Y así irá él, a su debido momento, de reino en reino o de mundo en mundo, causando que los puros de corazón, la Sión [sic] tomada de esas creaciones, se regocijen en su presencia».25

¿Por qué deberían estos habitantes de otros mundos ser glorificados en la presencia de nuestro Salvador (DyC 88:60)? Porque él es también su Salvador. Dado que Cristo también los ha crea­do a ellos, los amó y los redimió. Él es el Salvador de todas las obras de sus manos. No es solamente su creador; también es el Redentor y Señor del universo entero.

¿Por qué es esta tierra un planeta redentor?

Si la Expiación tuvo estas consecuencias infinitas en los mun­dos infinitos, cabría preguntarse por qué esta tierra fue la selec­cionada entre todas las demás, «sí, millones de tierras como esta» (Moisés 7:30). ¿Por qué fue esta tierra el campo de pruebas, el planeta redentor? Exponemos a continuación tres posibles razo­nes.

La primera posibilidad es que Cristo quizá viniera a esta tie­rra para contrarrestar la gran maldad que existía en ella. Cuando Enoc construyó su «ciudad de santidad» y algunos hombres co­nocieron la paz y la felicidad perfectas, Enoc vio en visión el mo­mento en el que la tierra se encontraría inundada de una iniqui­dad extrema. El Señor observaría trágicamente: «puedo extender mis manos y abarcar todas las creaciones que he hecho; y mi ojo las puede traspasar también, y de entre toda la obra de mis manos jamás ha habido tan grande iniquidad como entre tus hermanos». (Moisés 7:36; énfasis añadido).

Evidente, esta tierra conocía cotas más elevadas de maldad que cualquier otra creación de Dios. ¡Qué comentario más trágico! Millones, miles de millones de mundos, incluso más de los que pueden contarse, y este mundo ocupa un lugar destacado por su maldad. Como testificara el élder Joseph Fielding Smith: «Su presencia era necesaria debido a la extrema violencia de los ha­bitantes de esta tierra».26 Esperemos que lo opuesto sea también verdad, y que una iniquidad tan profunda tenga su respuesta en alturas de rectitud sin parangón. Pudiera ser que la vida terrenal del Salvador, y con ello su Expiación, estuvieran reservadas para esta tierra con vistas a ejercer una influencia de estabilización, un contrapeso a fin de compensar su inmensa maldad.

Una posible segunda razón por la que Cristo vino a nuestro mundo podría ser que no existiera otro mundo lo suficientemen­te perverso como para crucificar a su Dios. Enoc nos recuerda que el Salvador vino «en el meridiano de los tiempos, en los días de iniquidad y venganza» (Moisés 7:46). Tan degenerada esta­ría la gente en lo relativo a su condición espiritual en esta época que Nefi comentó que: «ninguna otra nación sobre la tierra (…) crucificaría a su Dios» (2 Nefi 10:3). ¡Resulta casi inconcebible! Cuando tenemos en cuenta la infinidad de naciones que han ocupado esta tierra, las guerras y los crímenes y la inmoralidad que sus dirigentes han fomentado, la decadencia tan generalizada por igual entre los países civilizados y sin civilizar, no nos queda sino preguntarnos cómo es posible que una única nación fuera capaz de crucificar a su Dios. Sin embargo, las Escrituras declaran que fue así. Dado que solamente una nación en la tierra crucifica­ría a su Dios; puesto que este mundo era más inicuo que ningún otro (Moisés 7:36), entonces, ¿en cuál de las creaciones infinitas de Dios podría él encontrar una nación capaz de crucificar a su Salvador? El élder Joseph Fielding Smith contempló este plan­teamiento: «Puede que esta sea la razón de que Jesucristo fuera enviado aquí y no a otro mundo; en otro mundo diferente no lo habrían crucificado».27

Hay al menos una tercera posibilidad para explicar el porqué de la venida de Cristo a esta tierra en particular. Puede ser que aquí él encontrara una muestra transversal de sus hijos —de lo mejor a lo peor—; una representación de los que habrían de ser testigos de su Expiación.

Tan inicua era la tierra en los días del ministerio de Cristo que el presidente Joseph F. Smith observó: «sin embargo, no obstante sus poderosas obras y milagros y su proclamación de la verdad con gran poder y autoridad, fueron pocos los que escucharon su voz» (DyC 138:26). Este rechazo estuvo tan extendido que el Señor dijo: «Vine a los míos, y los míos no me recibieron» (3 Nefi 9:16). Afortunadamente, en medio de tal maldad generalizada fue posible encontrar un grupo de inmensa bondad. Pedro, Santiago y Juan son tres de los mejores hombres que esta tierra haya conocido. Son gigantes espirituales en una nación de niños espirituales. La ley de los opuestos estaba plenamente en funcionamiento: el bien y el mal en sus extremos respectivos. La observación de Charles Dickens con respecto a los momentos que precedieron a la Revolución Francesa encaja a la perfección en lo que a la época terrenal de Cristo se refiere: «Eran los mejo­res tiempos, eran los peores tiempos»;28 a lo que se puede añadir: estos eran los mejores hombres, eran los peores hombres. Noah Webster se expresó de esta manera a propósito de esa diversidad cultural: «La historia de los judíos presenta la verdadera naturale­za del hombre en todas sus manifestaciones. Todos los rasgos de la persona: buenos y malos; todas las pasiones del corazón huma­no; todos los principios que descarrían al hombre en la sociedad se representan en este breve relato, con una sencillez sin artificios sin igual en la escritura moderna».29

Tal ambiente de contrastes parecía estar preparado para la ve­nida del Salvador. Habría burlas, provocaciones, incredulidad y finalmente la crucifixión. Por otra parte, también habría de­voción, fe, entendimiento y aprecio incesantes por parte de una discreta minoría. La nación de Israel estaba viviendo simultánea­mente las profundidades de la maldad y las alturas de la rectitud. La Expiación del Salvador se malinterpretaría y se comprendería a la vez; se despreciaría y se valoraría, todo por parte de ambos extremos en esta dicotomía espiritual. Las consecuencias opuestas del albedrío moral estaban en pleno apogeo. Algunos le traiciona­rían, mientras que otros pagarían «mucho dinero» (Mateo 28:12) para cerrar las bocas de los que sabían. También estarían los apá­ticos; los que casi se verían persuadidos a hacerse cristianos, y otros que estarían a punto de lograr la perfección, pero que no lo consagrarían todo. Por este trasfondo de las masas que se que­darían cortas, habría unos pocos que lo darían todo sin reservas, incluidas sus vidas; que dieron testimonio de su misión divina audazmente, sin miedo y con fervor.

Acaso fueron estas condiciones encontradas de bondad con­sumada y maldad desenfrenada las que causaron que esta tierra estuviera «madura» para la vida mortal de Cristo. Los habitantes de esta tierra ocupaban la totalidad del espectro en lo que a espiritualidad se refiere. Era la muestra transversal de la humanidad del Señor. Este era un planeta en el que la Expiación se podía presenciar y, ser rechazada o aceptada por una muestra completa de la raza universal, y, así, y quizá por esta razón, se convirtió en el campo de pruebas elegido.

Sea cual sea la causa, Dios seleccionó esta tierra entre sus infi­nitas creaciones con una finalidad en mente. Lehi dijo la verdad cuando declaró: «todas las cosas han sido hechas según la sabidu­ría de aquel que todo lo sabe» (2 Nefi 2:24).

Infinita en profundidad 


NOTAS

  1. Smith, Answers to Gospel Questions, 5:7.
  2. Smith, Words of Joseph Smith,
  3. McConkie, «Seven Deadly Heresies», 7-8; énfasis añadido.
  4. Journal of Discourses, 3:80—81.
  5. McConkie, New Witness,
  6. Talmage, Essential James E. Talmage,
  7. Smith, Doctrinas de salvación, 1:70. En otra ocasión escribió: «mediante su muerte, su ministerio y el derramamiento de su sangre, ha efectuado la redención de la muerte para todos los hombres, para todas las criaturas; no solamente para el hombre, sino para toda criatura viviente, y aun para la tierra misma sobre la cual estamos, pues se no ha enseñado por revelación, que ella también recibirá la resurrección» (Smith, Doctrinas de salvación, 1:133).
  8. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith,
  9. Snow, Biography and Family Record of Lorenzo Snow,
  10. Taylor, The Mormon, 29 de agosto de 1857.
  11. Smith, Words of Joseph Smith, 84, nota 12.
  12. Journal of Discourses, 17:143; véase también Journal of Discourses, 9:317.
  13. McConkie, Doctrina mormona, 756; véase también Times and Seasons 3: (1 de febrero de 1842), 672.
  14. McConkie, Doctrina mormona, 294; énfasis añadido.
  15. Romney, «Jesús Christ, Lord of the Universe», 46; énfasis añadido.
  16. , 48.
  17. , 48.
  18. Holzapfel, «Eternity Sketch’d in a Vision», 145. Si bien se cree que José Smith escribió o, cuando menos, aprobó este poema, véase ibid., 141—43, para un análisis más completo de la autoría del poema.
  19. Snow, Teachings of Lorenzo Snow, 93; énfasis añadido.
  20. Nelson, «The Atonement», 35.
  21. Nibley, Oíd Testament and Related Studies,
  22. , 142; énfasis añadido.
  23. , 143.
  24. Matthews, A Bible!,
  25. Journal of Discourses, 17:332.
  26. Smith, Signs of the Times,
  27. , 10.
  28. Dickens, Historia de dos ciudades,
  29. Bennett, Our SacredHonor,
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