La bendición de la exaltación

La expiación Infinita:
La bendición de la exaltación

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


El poder para exaltar

La Expiación no solo fue una redención de lo que se perdió en la Caída; también supuso un «añadido» (Abraham 3:26) para Adán y Eva y todos sus descendientes, elevándolos por encima de su condición anterior a la Caída. La Expiación tiene una natura­leza redentora y exaltadora al mismo tiempo. C. S. Lewis enten­día este principio: «Porque Dios no está solamente arreglando, no se limita a restaurar un statu quo. La humanidad redimida es algo más glorioso de lo que habría sido una humanidad sin caída, más gloriosa de lo que es ahora cualquier raza sin caída (si es que, en estos momentos, el cielo nocturno oculta una raza semejante). (…) Y esta gloria superpuesta exaltará, de forma genuinamente vicaria, a todas las criaturas».1 Reconociendo la necesidad de la Expiación por sus cualidades perfeccionadoras además de por sus virtudes redentoras, Lewis agregó: «Habría tenido lugar para la Glorificación y la Perfección, incluso si no hubiese sido una exi­gencia para la Redención».2

Qué tragedia sería que la Expiación se hubiera limitado a restaurarnos a un estado edénico. Una redención literal de la transgresión de Adán, así sin más, hubiera conllevado el retorno a la inocencia, a la incapacidad para tener hijos, a una ausencia de oportunidad de elección entre el bien o el mal y a esperanzas frustradas de alcanzar la naturaleza divina. Afortunadamente, la Expiación fue más que una restauración de lo que se había perdi­do, mucho más que un retorno a la línea de partida. El presiden­te John Taylor ofreció información reveladora al respecto:

«El Evangelio, presentado y predicado a Adán después de la caída —mediante la expiación de Jesucristo—, le permitió, no sólo triunfar sobre la muerte, sino tener también a su alcance la perennidad, no solo de la vida terrenal, sino de la vida celestial; no solo del dominio terrenal; también del dominio celestial; y en virtud de la ley de ese evangelio se hizo posible (y no solamente a él; a toda su posteridad también) obtener, tanto su primer es­tado, como una exaltación más alta en la tierra y en los cielos de la que hubiese podido tener si no hubiera caído, siendo los poderes y las bendiciones relacionados con la Expiación totalmente más elevados y superiores a cualquier disfrute o privilegios que hubiese podido tener en su primer estado».3

Y en otra ocasión, el presidente Taylor afirmó: «Como hom­bre, mediante las facultades de su cuerpo, puede llegar a la dig­nidad y plenitud de la edad adulta, pero no puede ir más allá; como hombre nace, como hombre vive y como hombre muere; sin embargo, mediante la esencia y el poder de la divinidad, que en él residen, y que han descendido sobre él como el don de Dios procedente de su Padre Celestial, es capaz alzarse de los reducidos límites de los hombres hasta alcanzar la dignidad de un Dios, y, de ese modo, gracias a la expiación de Jesucristo y la adopción es capaz de alcanzar la exaltación eterna, vidas eternas y progreso eterno. Pero esa transición de su condición humana a la de Dios sólo se es posible en virtud de un poder superior al hombre: un poder infinito, un poder eterno, sí, el poder de la Deidad».4

El élder Bruce Hafen escribió un artículo esclarecedor titula­do «La Expiación no es solo para los pecadores».5 De este títu­lo se desprende, naturalmente, que el círculo de influencia de la Expiación va mucho más allá de una purificación de nuestras fe­chorías voluntarias. De hecho, cuanto más se explora, se investiga y se analiza esta doctrina, más lejos parecen expandirse sus lindes, casi con elasticidad sin fin. Es como si alguien hubiera instalado una interminable serie de telones en el espacio. Al principio, cada telón se levanta con la expectativa de que sea el último, la con­clusión de todo espacio; pero, cuando se sigue en esta dirección sin descanso, finalmente uno se da cuenta de que estos telones no terminan nunca. Asimismo, no hay límite en las bendiciones que otorga la Expiación; no hay final para los interrogantes ni para sus respuestas… Al menos no lo hay en nuestras vidas terrenales. Es una búsqueda de lo más emocionante, pero también una lec­ción de humildad; una mente finita en pos del infinito. En algún momento, uno siente que ha llegado a una nube; ve el objeto cercano, pero carece de los instrumentos necesarios para captarlo. Esta circunstancia, en modo alguno supone una enmienda a la totalidad de la búsqueda; más bien se trata de un acicate para volver a emprenderla con renovado vigor, sabiendo que, con cada nueva verdad, cada nueva perspectiva, incluso con cada pregunta nueva, la búsqueda de la verdad, esa verdad que salva almas, for­talece la fe y aumenta nuestra comprensión de la eternidad, está avanzando, por insignificante que pueda ser en la escala de las verdades cósmicas.

El rey Benjamín concibió un círculo de influencia de la Expiación en expansión, mucho más allá del que peca delibera­damente. «su sangre», enseñó, «expía los pecados de aquellos que (…) han muerto sin saber la voluntad de Dios (…) o que han pe­cado por ignorancia» (Mosíah 3:11; véase también 3 Nefi 6:18). Así, los poderes redentores de la Expiación no son solamente para el que peca a sabiendas; también pueden redimir las almas de los que han pecado sin conocimiento ni comprensión de la voluntad de Dios. Pero, ¿qué sucede con las debilidades, defectos y caren­cias que no dependen tanto del pecado como de una falta de ca­pacidad? ¿Puede la Expiación remediar esta laguna? ¿Puede, acaso, además de corregir, dotar, añadir y aumentar nuestra capacidad para llegar a ser como Dios? ¿Puede tomar una cuenta espiritual deficitaria y, amén de borrar el problema, transformar la carencia en un excedente? El élder Bruce Hafen comparte esta conversa­ción instructiva que mantuvo con el élder Bruce R. McConkie:

«El élder Bruce R. McConkie visitó Ricks College para pro­nunciar un discurso. Cuando íbamos en el auto al aeropuerto desde el campus, le pregunté al élder McConkie si creía que los conceptos de la gracia y la Expiación del Señor tenían algo que ver con el proceso afirmativo de perfeccionamiento de nuestra naturaleza, una parte de la conexión entre estos conceptos y el perdón del pecado.

Él respondió que eso es lo que las escrituras enseñan. Tras abrir Doctrina y Convenios, leyó en voz alta la descripción dada por José Smith de los que se encuentran en el reino celestial: ‘Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, que obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre’ (DyC 76:69; énfasis añadido). (…) El élder McConkie les dijo a los estudiantes de Ricks que la Expiación compensa todos los efectos de la Caída y posibilita que heredemos la calidad de vida de Dios: la vida eterna».6

La definición del término «gracia» tal y como figura en el Diccionario de la Biblia SUD en inglés es coherente con la obser­vación del élder McConkie: «Esta gracia es un poder habilitador que permite a los hombres y a las mujeres obtener la vida eterna y la exaltación una vez se han esforzado personalmente al máxi­mo».7

El rey Benjamín le rogó a su pueblo que todos se despojaran del hombre natural y se convirtieran en un «santo por la expia­ción de Cristo el Señor» (Mosíah 3:19). El élder Hafen se ex­tiende acerca de este pensamiento: «Como sugiere aquí el rey Benjamín, la Expiación hace más que pagar nuestros pecados. También es el agente mediante el cual desarrollamos una natu­raleza santa».8 Eso es exactamente lo que enseñó Moroni: «Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, (…) para que por su gra­cia seáis perfectos en Cristo; (…) entonces sois santificados en Cristo por la gracia de Dios, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo» (Moroni 10:32-33). El élder Hafen continúa desarrollando este concepto: «Aquí veremos que la gracia del Señor, desatada por la Expiación, puede perfeccionar nuestras imperfecciones. (…) Si bien gran parte del proceso de la perfec­ción implica una limpieza de la contaminación del pecado y el rencor, hay otra dimensión afirmativa mediante la cual adquiri­mos una naturaleza como la de Cristo, llegando a ser perfectos, sí, como el Padre y el Hijo son perfectos».9

El élder Hafen añade entonces este comentario: «La victoria del Salvador puede compensar, no solo nuestros pecados, tam­bién nuestras carencias; no solo nuestros errores deliberados, también nuestros pecados cometidos en la ignorancia, nuestros errores de criterio y nuestras inevitables imperfecciones. Nuestra máxima aspiración va más allá de recibir el perdón por el pecado: buscamos llegar a ser santos, dotados afirmativamente de atri­butos como los de Cristo, ser uno con él, ser como él. La gracia divina es la única fuente capaz de llevar a efecto por fin esta aspi­ración, después de hacer cuanto podamos».10

Hay quien ha preguntado: «Si nos sometemos a las leyes de la justicia, ¿recibiremos el mismo fruto que obtendríamos si nos hubiéramos sometido a Cristo y recibido las bendiciones de las leyes de misericordia?». Dicho de otra manera, ¿podemos «comer, beber y [divertirnos]» para, a última hora, llevar el peso total de la justicia y recibir una recompensa idéntica a la del hombre que se ha arrepentido? La respuesta es no. Pagar el precio de la justicia, por sí solo, ni purifica el alma ni perfecciona nuestra naturaleza. Con todo, por causa de Cristo, el arrepentimiento puede hacer ambas cosas.

El hombre que ha cumplido sus cinco años de condena en la cárcel ha cumplido con las exigencias de las leyes del país; ha pagado la deuda contraída con la justicia, pero ese cumplimien­to, esa perseverancia, no transforma por sí sola al delincuente en un santo. Uno se «[hace] santo» únicamente «por la expiación de Cristo el Señor» (Mosíah 3:19). Toda la justicia del univer­so, administrada a través de los eones, no producirá un solo santo. La santidad, que lleva a la divinidad, exige el arrepenti­miento; el arrepentimiento exige misericordia; y la misericordia exige la Expiación de Jesucristo. Todo desemboca siempre en la Expiación.

La pesada mano de la justicia no cambia, no ablanda, no re­habilita ni reforma. A diferencia del arrepentimiento, no es un catalizador espiritual. Al contrario, es neutral, siempre neutral. El Señor se refirió a la naturaleza inflexible y no purificadora de la justicia: «Aquello que traspasa una ley, y no se rige por la ley, antes procura ser una ley a sí mismo, y dispone permanecer en el pecado, y del todo permanece en el pecado, no puede ser san­tificado por la ley, ni por la misericordia, ni por la justicia ni por el juicio. Por tanto, tendrá que permanecer sucio aún» (DyC 88:35).

El juez, con todo su formidable poder, es incapaz de purificar a golpe de mazo; ni pueden los barrotes de hierro de la fortaleza más inexpugnable confinar en una catarsis purificadora. La justi­cia puede ser satisfecha hasta el último cuadrante, y sin embargo, uno puede seguir estando sucio. ¿Por qué? Porque el poder de limpiar no se confiere de esta manera. Lo confiere el que tiene el derecho de hacerlo. La justicia es externa; el arrepentimiento, interno. El alma de un hombre puede soportar la justicia estoica­mente, pero la justicia no puede efectuar más cambios en el alma de un hombre que un martillo golpeando el acero en frío. En cambio, el alma penitente es maleable y flexible. Es acero fundido en la forja del herrero, arcilla húmeda en el torno del alfarero, un Stradivarius en manos del virtuoso. El arrepentimiento es un corazón quebrantado y un espíritu contrito en manos del Gran Médico. Es el deseo interno del hombre combinado con el poder externo de Dios, amalgamados de tal manera en milagrosa armo­nía que confieren al espíritu del hombre una naturaleza divina con la cual se ensancha y se ilumina. El arrepentimiento es el proceso elegido por Dios que lleva a la divinidad, satisfaciendo a la vez las demandas de la justicia a cada paso.

La ley de la justicia da lugar al orden y a la estabilidad en el universo. Esto es bueno. Sin embargo, la ley del arrepentimiento logra mucho más: propicia la divinidad. El arrepentimiento es más que un proceso pasivo orientado a «ajustarnos las cuentas»; es el proceso afirmativo para mejorarnos, refinarnos y, en últi­ma instancia, perfeccionarnos. Su finalidad llega más lejos que la mera satisfacción de las demandas de la justicia; abre la puerta a los poderes de purificación y perfeccionamiento de la Expiación.

El élder Bruce Hafen ha escrito: «Una vez me pregunté si los que se niegan a arrepentirse, pero satisfacen las demandas de la ley de la justicia pagando por sus propios pecados son dignos en­tonces de entrar en el reino celestial. La respuesta es negativa. Las condiciones de entrada en la vida celestial son simplemente más elevadas de lo que es darle a la ley de la justicia lo que le corres­ponde. Por esa razón, pagar por nuestros pecados no produce los mismos frutos que arrepentimos de ellos. La justicia es una ley de equilibrio y orden, y han de satisfacerse sus demandas, bien mediante nuestro propio pago o a través del suyo. Pero si recha­zamos la invitación del Salvador de dejarle llevar nuestros peca­dos, y entonces satisfacemos las demandas de la justicia nosotros mismos, no habremos pasado por la rehabilitación completa que puede tener lugar por una combinación de asistencia divina y arrepentimiento genuino. En colaboración, estas fuerzas tienen el poder de cambiar nuestros corazones y nuestras vidas de modo permanente, preparándonos para la vida celestial (…).

»Las doctrinas de la misericordia son de naturaleza rehabilitadora y no punitiva. El Salvador nos pide nuestro arrepenti­miento, no solamente para compensarle a él por haber pagado la deuda que mantenemos con la justicia; lo hace también para persuadirnos a pasar por el proceso de desarrollo que hará que nuestra naturaleza se convierta en divina, otorgándonos la capa­cidad de vivir de acuerdo a la ley celestial».11

Superar debilidades, carencias y deficiencias

Parece que algunas personas pierden de vista la esperanza de la divinidad, no debido a pecados de gravedad, sino a causa de errores o debilidades inocentes. «No soy una mala persona», di­cen, «es que parece que soy incapaz de vencer las debilidades que me asedian con tanta facilidad y me distancian de Dios. No se trata tanto de los pecados; es la falta de talento, la falta de ca­pacidad, la falta de fuerza lo que me separa de Dios». A los que pertenecemos a esta categoría es necesario recordarnos el alcance de la Expiación, tan íntimo como infinito. No importa la pro­fundidad ni la multiplicidad de nuestras debilidades personales, la Expiación siempre está ahí. Y en eso consiste precisamente la belleza y el genio de la Expiación: nunca está fuera de nuestro alcance. El Salvador siempre se encuentra cerca, anhelando con­ferirnos esos poderes que convertirán todas nuestras debilidades en fortalezas. El diccionario de la Biblia SUD en inglés sitúa la necesidad que el hombre tiene de este poder en su justa pers­pectiva: «La gracia divina es necesaria para todas las almas como consecuencia de la caída de Adán y también a causa de las debili­dades y limitaciones humanas».12

Cuando nuestra hija Angela estaba en cuarto curso de prima­ria, vino de la escuela un día sintiéndose muy afligida. Llevaba las calificaciones recibidas en la mano. Su maestra había puesto una marca bajo la columna «Escritura», lo cual indicaba que tenía que mejorar en esa categoría. Aquella valoración académica era más de lo que su alma sensible podía aguantar. Con lágrimas en los ojos y abatida, Angela se sentía como una auténtica fracasada. Intentamos consolarla, pero todo era en vano. Finalmente, un amoroso Padre Celestial nos iluminó en aquel momento com­plicado. Mientras comentábamos posibles soluciones, vino a la mente un pasaje de las Escrituras: Éter 12:26-27. Abrimos el Libro de Mormón y se lo leimos a nuestra hija. Leimos acerca de Moroni que, mientras compendiaba las planchas de Éter, alzó sus lamentos al Señor preocupado porque los gentiles se reirían de sus escritos. Moroni se sentía a sus anchas al hablar; de he­cho, reconoció que el Señor le había hecho fuerte «en palabras», pero añadió acto seguido: «no nos has hecho fuertes para escri­bir» (Éter 12:23). Moroni tenía sentimientos de auténtica infe­rioridad e inseguridad, reconociendo una debilidad real que iba a airearse, quizá incluso a ser aprovechada por parte de algunos. Moroni confiesa: «cuando escribimos, vemos nuestra debilidad, y tropezamos por la manera de colocar nuestras palabras; y temo que los gentiles se burlen de nuestras palabras» (Eter 12:25).

En respuesta a los temores de Moroni, el Señor le hizo esta promesa grandiosa: «Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, enton­ces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos» (Éter 12:27).

¡Qué poder encierra esa promesa! El Señor prometió mucho más que la superación de nuestras flaquezas; proclamó que se tor­narían en fortalezas para nosotros. ¡Menudo cambio de perspec­tiva! ¡Menudo cambio de transcendencia!

Después de leer esta cita, comentamos con nuestra hija la ex­periencia de Moroni. Nosotros sabíamos —y ella sabía— que el Señor no haría promesas vacías. Como exigía la escritura, tenía­mos fe en el poder que tiene para fortalecer. Sabíamos, empero, que el Señor espera de nosotros que hagamos todo lo que esté en nuestra mano para contribuir a ese proceso. En consecuen­cia, le di a mi hija una bendición de padre. Éramos conscientes de que aquello no resolvería el problema por sí solo, pero sería uno de muchos pasos positivos que podíamos dar. Angela hizo un letrero en el que escribió la promesa que el Señor le hizo a Moroni, y lo puso en un lugar visible de su habitación para que sirviera de recordatorio constante de su potencial y de esa prome­sa divina. Nuestra hija decidió que todos los días oraría al Señor para pedirle su ayuda con sus necesidades en materia de escritura. Asimismo, accedió a que sus padres revisaran sus tareas todas las tardes; si su escritura no daba muestra de mejora, ella repetiría la tarea. Mi esposa le compró un juego de caligrafía, lo cual avivó en Angela el deseo de mejorar su pericia con las letras. El tiem­po pasó casi imperceptiblemente y, años después, Angela estaba en sexto curso y a punto de graduarse. El director anunció que los cinco estudiantes con la mejor caligrafía iban a recibir sendos diplomas. El lector puede imaginarse nuestro regocijo cuando se oyó el nombre de Angela Callister para hacerle entrega de su cer­tificado. Lo que de otro modo habría sido un principio abstracto se convirtió en un testimonio muy palpable y personal para esta dulce niña.

Algunos años después visité a nuestra hija, quien entonces era estudiante en la Universidad Brigham Young. Nos invitó a pasar a su habitación. Yo miraba las fotografías y las citas que tenía en las paredes cuando mis ojos se detuvieron en aquellas palabras del Señor a Moroni: «si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos» (Éter 12:27). Angela sabía por experiencia propia que esta promesa era verdad. Y otro tanto sabía el Pablo de la antigüedad: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13). Jacob dejó claro que ese poder de fortaleza tiene su origen, no en uno mis­mo, sino en la gracia de Cristo: «el Señor Dios nos manifiesta nuestra debilidad para que sepamos que es por su gracia (…) que tenemos poder para hacer estas cosas» (Jacob 4:7).

El poder de convertir debilidad en fortaleza es posible en vir­tud de la gracia de Cristo, pero el Señor ha impuesto dos con­diciones previas: la humildad y la fe. Si estos requisitos se cum­plen, la gracia de Cristo se convierte en un motor de reacción que nos impulsa y nos eleva por encima de nuestras flaquezas. Y esto es lo que enseñó Santiago: «Dios (…) da gracia a los humildes. Humillaos delante del Señor, y él os ensalzará» (Santiago 4:6, 10; véase también 1 Pedro 5:5). De igual manera, Isaías escribió acer­ca de este poder capaz de darnos alas: «Él da fuerzas al cansado y multiplica las fuerzas del que no tiene vigor. (…) los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águi­las.» (Isaías 40:29, 31; énfasis añadido).

Qué descripción tan idónea. Los que esperan en Jehová humil­de y fielmente puede elevarse —como las águilas—, por encima de sus debilidades.

Moisés se sintió abrumado por sus flagrantes debilidades. Se le llamaba profeta, pero a pesar de ello se angustiaba de esta mane­ra: «¡Ay, Señor! Yo no soy hombre de fácil palabra, (…) porque soy tardo en el habla y torpe de lengua». Era como si estuviera diciendo: «¿Cómo puedo guiar a este pueblo si no hablo con faci­lidad y no tengo el don de la oratoria?». El Señor respondió a sus preocupaciones con estas célebres palabras: «¿Quién dio la boca al hombre?». Dicho de otra manera, el Señor le estaba recordando a Moisés que Dios, quien había creado al hombre y a mundos sin fin, ciertamente podía corregir el sencillo problema que represen­taba la ausencia de facilidad de palabra de un hombre. El Señor le hizo a Moisés esta promesa: «Ahora pues, ve, que yo estaré en tu boca, y te enseñaré lo que has de decir».

Eso habría resuelto el asunto y cerrado la compuerta de la duda. Sin embargo, a Moisés —en toda su grandeza—, todavía le faltó fe en esta ocasión. Su respuesta es reveladora: «¡Ay, Señor! Envía por mano del que tú quieras enviar». A Moisés le era im­posible creer que sus problemas de expresión los pudiera solucio­nar el Señor. De hecho, buscó su propia solución: un portavoz. ¿Y cómo reaccionó el Señor? «Entonces Jehová se enojó contra Moisés» (Éxodo 4:10-14). La consecuencia: Moisés tuvo su por­tavoz, pero una debilidad no acabó convirtiéndose en el punto fuerte que podría haber llegado a ser.

Comparemos la experiencia de Moisés con la de Enoc. Los ele­mentos contextúales de partida son prácticamente idénticos, pero a partir de ese punto ambos relatos difieren. Igual que Moisés, a Enoc también se le había llamado a ser profeta. Y Enoc tam­bién sufría de un notorio defecto del habla: «¿Por qué he hallado gracia ante tu vista, si no soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla; por qué soy tu siervo?» (Moisés 6:31). La respuesta del Señor a Enoc fue semejante al consejo que impartiría a Moisés: «Abre tu boca y se llenará, y yo te daré poder para expresarte» (Moisés 6:32). Hasta este momento, ambos guiones son paralelos. Es el mismo texto teatral, el mismo acto e idéntica escena. Solamente cambian los nombres y las fechas. Hasta este punto, sin embargo, donde se separan los argumentos. Las Escrituras no sugieren que Enoc du­dara de la promesa del Señor; más bien, cuentan que se humilló en obediencia y fe sencillas. Enoc, en su descripción de aquel en­cuentro, dice: «el Señor habló conmigo y me dio un mandamien­to [predicar el evangelio]; de modo que, por esta causa hablo es­tas palabras a fin de cumplir el mandamiento» (Moisés 6:42).

Las Escrituras revelan entonces el poder formidable de la gracia de Dios: «Y al hablar Enoc las palabras de Dios, la gente tembló y no pudo estar en su presencia» (Moisés 6:47). Las Escrituras con­tinúan: «y tan grande fue la fe de Enoc que (…) habló la palabra del Señor, y tembló la tierra, y huyeron las montañas, de acuerdo con su mandato; y los ríos de agua se desviaron de su cauce; (…) y todas las naciones temieron en gran manera, por ser tan poderosa la palabra de Enoc, y tan grande el poder de la palabra que Dios le había dado» (Moisés 7:13; énfasis añadido).

¿Acaso este versículo describe a una persona con problemas de habla? Al contrario, su debilidad se había vuelto una extraordina­ria fortaleza. La promesa del Señor, transmitida a través del após­tol Pablo, fue una confirmación de la experiencia de Enoc: «Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9).

La búsqueda de la divinidad

Vencer una debilidad es un logro maravilloso; convertirla en una fortaleza raya en lo milagroso; pero afirmar que puede irse más allá, hasta alcanzar incluso la perfección, entra en el terreno de la herejía para algunos. Sin embargo, en cada caso el proceso es el mismo. Es un caso de «gracia sobre gracia» (DyC 93:12). David conocía este proceso de perfeccionamiento y escribió: «Pues todos sus decretos estaban delante de mí, y de sus estatutos no me he apartado» (2 Samuel 22:33).

Puede que no exista doctrina, enseñanza ni filosofía que haya generado tanta controversia como esta: que el hombre puede lle­gar a ser perfecto como Dios lo es. Este es un foco de atención principal de la literatura antimormona; fue la motivación subya­cente de los gritos proferidos por los judíos cuando se enfrenta­ron con el Salvador: «Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te crees Dios» (Juan 10:33). Irónicamente, la consecución de la divinidad para sus hi­jos es el objetivo culminante del sacrificio expiatorio del Salvador.

Vivimos en una época en que este glorioso principio que defiende la búsqueda de la divinidad por parte del hombre es objeto de difamación y ridículo. Algunos lo consideran una blas­femia, otros piensan que es absurdo. Según su impugnación, este concepto rebaja a Dios a la condición humana y le despoja de su dignidad y divinidad. Otros afirman que estas enseñanzas carecen de base en las Escrituras. «Ciertamente», dicen, «ninguna persona temerosa de Dios, consciente, centrada en la Biblia puede aceptar una filosofía como esa». Y los ataques siguen y siguen.

Pero ¿dónde está la verdad? En nuestra búsqueda acudimos sobre todo y ante todo al testimonio de las Escrituras; en segundo lugar, a la sabiduría de poetas y autores que bebieron de la fuente divina; en tercer lugar, al poder de la lógica; y finalmente, a la voz de la historia. Estos testimonios pueden susurrar la verdad silenciosa, aunque certera, a nuestras almas.

Escrituras

Las Escrituras están repletas de referencias al potencial del hombre para lograr la perfección y, por ende, la divinidad. Ya en el libro del Génesis un ángel se aparece a Abraham y le transmite el mandato celestial: «anda delante de mí y sé perfecto» (Génesis 17:1). ¿A qué clase de perfección se refería el ángel? ¿En compa­ración con otros hombres? ¿Con los ángeles? ¿Con Dios? En el Sermón del Monte el Señor no dejó lugar a dudas con su respues­ta: «Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto»13 (Mateo 5:48; énfasis añadido). Este reto era coherente con la oración del sumo sacerdote que ofreció el Salvador. Refiriéndose a los creyentes, pidió que «para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en uno» (Juan 17:22-23). Pablo ense­ñó que una razón de ser esencial de la iglesia era «perfeccionar a los santos, (…) hasta que todos lleguemos (…) a [ser] un varón perfecto, (…) a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:12-13; énfasis añadido). Téngase en cuenta la vara de medir que se emplea: ni el hombre, ni ninguna clase de mini­cristo o pseudodios, sino «la plenitud de Cristo». La norma de la perfección no eran otros hombres, ni los ángeles, sino Cristo mismo.

Las Escrituras que corroboran esta doctrina siguen desplegán­dose con testimonios reiterados y potentes. En una ocasión, los judíos estuvieron a punto de lapidar al Salvador por blasfemia. Su respuesta a tal acusación fue la siguiente: «¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije: ¿Sois dioses?» (Juan 10:34). Se estaba re­firiendo a su propia declaración en el Antiguo Testamento, que tendría que ser conocida para los judíos: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo» (Salmos 82:6). El Salvador se estaba limitando a reafirmar una enseñanza profética según la cual todos los hombres son hijos de Dios y, por lo tan­to, son susceptibles de llegar a ser como él. Pablo entendía este principio, ya que al dirigirse a los atenienses dijo: «como algunos de vuestros propios poetas también dijeron: Porque linaje suyo somos» (Hechos 17:28).

Pablo sabía cuál es nuestro potencial como linaje de Dios, ya que al escribir a los romanos declaró lo siguiente: «Porque el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo» (Romanos 8:16—17). Ni herederos su­bordinados, ni secundarios, ni eventuales, sino coherederos, igua­les con Cristo, para compartir todo lo que él reciba. El presidente Joseph F. Smith entendía la importancia de este pasaje de las Escrituras, puesto que afirmó: «El gran objeto de nuestra venida a esta tierra es para que podamos llegar a ser como Cristo —pues si no somos como El, no podemos llegar a ser hijos de Dios— y ser coherederos con Cristo».14 Juan el Revelador contempló en una visión lo completa que puede ser dicha herencia, incluso para un mortal en apuros: « El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo» (Apocalipsis 21:7). Esta es una afirmación sin matices. El Señor no promete «algunas cosas» ni tampoco «muchas cosas»; promete «todas las cosas». Timoteo estaba al tanto de esta posibilidad. Pablo le prometió: «si perse­veramos, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2:12). El verbo reinar sugiere la existencia de un reino, de un dominio en que nosotros gobernaremos. La expresión reinaremos con él sugiere una posición de poder y gobierno semejante. El Señor fue más concreto con respecto a esta cuestión: «y él [Dios] los hace iguales en poder, en fuerza y en dominio» (DyC 76:95). Una y otra vez, el mensaje es claro y uniforme.

¿Sorprende acaso que Pablo escribiera a los santos de Filipo diciendo «prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:14)? Pablo, que entendía esta doctrina, estaba esforzándose por alcanzar el premio de la divinidad. Entonces hizo extensiva a todos los santos esta invi­tación universal: «Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos» (Filipenses 3:15). A los hebreos les hizo llegar un mensaje idéntico: «Por tanto, no dejando los principios de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección (…). Y segui­remos adelante hacia la perfección, si Dios en verdad lo permite» (TJS, Hebreos 6:1, 3). Pedro, quien también estaba al corriente de estas «preciosas y grandísimas promesas», agregó su testimo­nio de que podemos llegar a ser «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4), es decir, receptores de la divinidad. Esto es exactamente lo que mandó Jesús: «Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy» (3 Nefi 27:27).

El detractor, incapaz de comprenderlo, responde: «Pero un concepto como este rebaja a Dios al nivel del hombre y despoja a Dios de su divinidad». Y la respuesta: «Al contrario. ¿Acaso no eleva al hombre en su potencial divino?». Pablo conocía bien el argumento del escéptico y ofreció la respuesta que debería silen­ciarlo para siempre. Dirigiéndose a los santos de Filipo, Pablo afirmó: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el que, siendo en forma de Dios, no tuvo como usurpación el ser igual a Dios» [Filipenses 2:5—6; énfasis añadido). El Salvador sabía que el hecho de que él fuera un dios no privaba a Dios de su divinidad. Pablo abunda en esta cuestión sugiriendo que nosotros deberíamos ver estas cosas del mismo modo que Jesús las veía, dado que, si lo hacemos así, también sabremos que tenemos la posibilidad de llegar a ser como Dios sin robarle su divinidad. La lógica es impecable. A fin de cuentas, ¿quién es ma­yor, el ser que limita o el que mejora el progreso eterno del hom­bre? Brigham Young se refirió a esto mismo: «[La divinidad del hombre] no menoscaba ni un ápice la gloria y el poder de nuestro Padre celestial, pues él seguirá siendo nuestro Padre, y nosotros seguiremos estando sometidos a él, y cuanto mayor sea nuestro progreso en gloria y poder, mayores serán la gloria y el poder de nuestro Padre celestial».15 Esa es la ironía del argumento del es­céptico: la divinidad para el hombre no disminuye la categoría de Dios. Al contrario, la eleva produciendo santos más inteligentes, más sensibles, más respetuosos, quienes han desplegado sus habi­lidades para entenderlo, honrarlo y adorarlo.

El conmovedor y provocador mandato dado por el Salvador de ser «vosotros perfectos» era más que metal que suena o cím­balo que retiñe. El suyo era un mandato celestial orientado a ha­cernos alcanzar nuestro pleno potencial y llegar a ser como Dios, nuestro Padre. C. S. Lewis, elocuente defensor de esta verdad simple pero gloriosa, escribió:

«El mandamiento de ‘Sed vosotros perfectos’ no es una vaciedad idealista. Ni tampoco es un mandato de realizar lo imposible. Él va a hacer de nosotros criaturas capaces de obedecer ese mandato. Él dijo (en la Biblia) que éramos ‘dioses’, y va a cumplir Su palabra. (…). El proceso será largo y, en ciertos puntos, muy doloroso; pero eso es lo que nos espera. Nada menos. Él hablaba en serio. (…) Los que se ponen en Sus manos llegarán a ser perfectos, tal y como como El es perfecto: perfecto en amor, sabiduría, gozo, be­lleza e inmortalidad».16

Las Escrituras enseñan reiteradamente y con claridad que el hombre puede llegar a ser como Dios.

La visión poética

También podemos encontrar un testimonio de esta verdad en la sapiencia de poetas y escritores selectos; hombres y mujeres de integridad y perspicacia espiritual. Fue C. S. Lewis el que reafir­mó nuevamente esta propuesta divina: «Es cosa seria vivir en una sociedad de dioses y diosas en potencia; recordar que la persona más insulsa y la menos interesante con la que hablemos puede convertirse algún día en una criatura que (…) uno estaría extre­madamente tentado de adorar, o bien un horror y una corrup­ción que solamente encontraríamos, si acaso, en una pesadilla. Todo el día estamos, en cierto modo, ayudándonos mutuamente a alcanzar uno u otro destino de los mencionados. Es a la luz de estas posibilidades abrumadoras; es con el asombro y la circuns­pección que les corresponden, que deberíamos tratar los unos con los otros, que deberían llevarse todas nuestras amistades, amores, juegos y política. No hay personas corrientes. Nunca ha hablado a un mero mortal. Naciones, culturas, artes, civilización: son mor­tales y su vida es para la nuestra igual que la vida de un mosquito. Pero es con inmortales con quienes bromeamos, trabajamos, nos casamos, rechazamos y explotamos: horrores inmortales o esplen­dores eternos».17

No hay personas corrientes: ni ceros a la izquierda, ni ce­ros, solo dioses y diosas potenciales a nuestro alrededor. Henry Drummond, poeta canadiense, puso de manifiesto la diferencia existente entre el simple hombre mortal y el hombre espiritual: «La finalidad de la salvación es la perfección; la mente, el carácter y la vida semejantes a los de Cristo. (…) Por lo tanto, el hom­bre que tiene en su interior este extraordinario agente formativo —la ‘vida’ [espiritual] con mayúscula—, se encuentra más cerca del final que el hombre que cuenta únicamente con la moral. El segundo puede alcanzar la perfección, el primero debe hacerlo. Puesto que la vida ha de desarrollarse en función de su clase; y siendo como es una semilla de la vida de Cristo, ha de desarrollar­se hasta dar lugar a un Cristo» 18

Víctor Hugo, el maestro de la literatura francesa, ofreció el siguiente corolario con profundas repercusiones: «La sed de lo infinito es prueba de la infinidad». Puede que nuestra sed y nues­tro deseo de alcanzar la divinidad sean prueba de la posibilidad de esa divinidad. ¿Acaso plantaría el Dios del cielo la visión y el impulso de la divinidad en el alma de un hombre para frustrarlo a continuación en su capacidad de alcanzarla?

Robert Browning, cuya visión atravesó el velo de la mortalidad en tantas ocasiones, conocía la respuesta, tal y como se pone de manifiesto en su poema «Rabí Ben Ezra»:

ahora que la lucha por la vida alcanza su fin;
así avanzaré, reconocido como un hombre
por siempre alejado de las bestias; un dios seré,
aunque sólo en gestación.19

¿Y no es el caso que todas las iglesias cristianas abogan por la conducta cristiana? Entonces, ¿somos mejores hombres y muje­res, mejores cristianos, si deseamos ser semejantes a Cristo tan solo en un 90 por ciento, en lugar de desear un cien por cien? Si es una blasfemia pensar que podemos llegar a ser como Dios es ahora, entonces en qué porcentaje exacto deja de ser blasfema la obtención de la naturaleza divina: ¿en el 90, en el 50, en el 20, en el 1 por ciento? ¿Es más honorable buscar la divinidad parcial que la divinidad total? ¿Hemos de andar por el sendero de la divi­nidad sin esperanzas de llegar alguna vez al destino? Sin embargo, esta parece ser la trágica conclusión que muchos extraen.

Afortunadamente, Lorenzo Snow vio tanto el sendero como el destino prometido. Antes de que el presidente Snow entrara en la iglesia, el padre del profeta, Joseph Smith Sr., quien por aquel entonces era el patriarca de la Iglesia, profetizó que Lorenzo se bautizaría, y apostilló: «Llegarás a ser tan grande como desees ser­lo: INCLUSO TAN GRANDE COMO DIOS, y no hay deseo mayor que este».20 Dos semanas más tarde, Lorenzo se bautizó, pero la parte restante de la promesa siguió siendo una «parábola opaca» para él hasta recibir, cuatro años después, una corriente revelatoria que iluminó la cuestión en su mente. El mismo narra esta experiencia extraordinaria de la siguiente manera:

«El Espíritu del Señor descansó sobre mí con gran poder, los ojos de mi entendimiento fueron abiertos, y vi con la misma cla­ridad del sol al mediodía, con gran sorpresa y asombro, el sen­dero de Dios y del hombre. Compuse estos versos pareados que expresan esta revelación, tal y como se me mostró, y explican la críptica afirmación del patriarca Smith en una reunión de ben­diciones en el templo de Kirtland, con anterioridad a mi bautis­mo, tal y como se mencionó en mi primera conversación con el patriarca.

Como el hombre ahora es, Dios fue una vez:
Como Dios ahora es, el hombre puede llegar a ser21

Lorenzo Snow, a la vez profeta y poeta, captó este principio glorioso y lo expresó en lenguaje poético, en uno de esos poemas llenos de verdad espiritual:

Querido hermano:

¿No has sido imprudentemente osado
al descubrir en esta forma el destino del hombre?
¿En despertar y fomentar tan elevado deseo
e inspirar en esta forma tan amplia ambición?

Sin embargo, no es quimérico que tracemos
lo máximo del hombre en la carrera de la vida;
esta senda real ha sido recorrida hace mucho
por hombres justos, hoy cada uno un Dios.

Como Abraham, Isaac y Jacob también,
primero niños, hombres más tarde, a dioses llegaron.
Como el hombre ahora es, Dios fue una vez;
como Dios ahora es, el hombre puede llegar a ser,
lo cual descubre el destino del hombre. (…)

El joven, que crece como su padre,
no ha sino logrado lo que es suyo;
crecer para engendrar partiendo de la condición de hijo
no es correr contra el curso de la naturaleza.

Un hijo de Dios, como Dios puede ser,
y eso no sería robarle a la Deidad;
y aquel que tiene esta esperanza
se purificará del pecado.22

La lógica

El poder de la lógica también nos enseña nuestro potencial divino. ¿Acaso no aprendemos de las leyes de la ciencia que cada especie engendra a seres de su propia especie? La ciencia ha des­cubierto que un complejo código genético que se transfiere de padres a hijos es el responsable de que el niño adquiera los atribu­tos físicos de sus progenitores. Si esto es así, ¿es ilógico concluir que la descendencia espiritual recibe un código espiritual que les otorga el potencial divino de su padre, es decir, de Dios mismo? No; es únicamente el cumplimiento de la ley que un ser engen­dra a un ser semejante. Esta es la misma verdad enseñada por Lorenzo Snow, quien, en virtud de la revelación persona, estaba muy familiarizado con este principio:

«Nacimos a imagen de Dios, nuestro Padre. Él nos engendró a su semejanza. La naturaleza de Dios está presente en la composición de nuestra organización espiritual. En nuestro nacimiento espiri­tual, nuestro Padre nos transmitió las capacidades, los poderes y las facultades que poseía, tanto como el hijo en el vientre de su madre posee —aún sin desarrollar—, las facultades, los poderes y las susceptibilidades de su progenitor».23

El élder Boyd K. Packer cuenta que volvió a casa un día y sus hijos pequeños lo recibieron, ansiosos por enseñarle unos pollitos que acaban de romper el cascarón. Cuando su hija pequeña de cuatro años tomó uno de ellos en las manos, el élder Packer dijo: ‘Cuando crezca tendremos un gran perro guardián, ¿no crees?’. Su hija le miró con una expresión que sugería que el padre no tenía mucha idea de lo que hablaba. Continuó diciendo el élder Packer: ‘no será un perro guardián, ¿verdad?’. La niña sacudió la cabeza y replicó: ‘no, papá’. Él añadió: ‘será un caballo para montar’. La pequeña pareció decirle con la mirada ‘¡pero papa, mira!’. El élder Packer dijo: ‘Incluso una niña de cuatro años sabe que un pollito no crece para convertirse en un perro, ni en un ca­ballo, ni siquiera en un pavo. Será un pollo. Seguirá el patrón de su parentesco’».24 El presidente John Taylor enseñó este princi­pio formulando una serie de preguntas retóricas: «¿Qué serán los uchachos cuando crezcan? Serán hombres, ¿verdad? Ahora son los hijos de los hombres. Si a un hombre se le acepta en la fami­lia de Dios y se convierte en hijo de Dios, ¿en que se convertirá cuando crezca? Pueden determinarlo ustedes mismos».25 ¿Quién puede entonar la emocionante canción «Soy un hijo de Dios» sin sentir instintivamente su potencial divino?

El Evangelio de Felipe, uno de los textos descubiertos en Nag Hammadi, contiene esta sencilla afirmación lógica: «El caballo engendra al caballo; el hombre engendra al hombre y un dios da lugar a un dios».26 Y eso es exactamente lo que enseñó John Taylor: «Como el caballo, el buey, la oveja y toda criatura vivien­te, incluido el hombre, propaga su especie y perpetúa su propio género, igualmente Dios perpetúa la suya».27

La diferencia entre el hombre y Dios es significativa, pero es una diferencia de grado, no de especie. Es la diferencia que separa a una bellota de un roble, al capullo de la rosa, a un hijo y a un padre. En verdad, todo hombre es un dios en embrión, en cum­plimiento de esa ley eterna según la cual los seres de una especie engendran a seres de la misma especie. Sugerir otra cosa equivale a sugerir que Dios creó una descendencia inferior, en conflic­to directo con toda ley científica conocida para el hombre. Sin embargo, de alguna forma el mundo sigue errando. En Paraíso perdido, John Milton se hace eco de los sentimientos del mundo: «El hombre ha ofendido la majestad de Dios aspirando a la divi­nidad».28 Pero, ¿por qué se ofendería la majestad de Dios? ¿Qué prueba basada en las Escrituras, qué prueba basada en la lógica, o qué espíritu dicta una afirmación como esa?

Milton hace que sea Satanás quien presente el argumento a fa­vor de la divinidad a Eva, sugiriendo así que la búsqueda de lo di­vino va en contra del plan de Dios. Satanás presenta sus mejores argumentos a favor de la divinidad. Curiosamente, Milton nunca lo refuta satisfactoriamente. Los versos clave son los siguientes:

Oh, fruto divino,
Dulce fruto en sí mismo, pero mucho más dulce así arrancado,
Vedado está aquí, parece, y reservado
para los dioses; ¡pero capaz es de hacer dioses de los hombres!
¿Y por qué no hacer dioses de los hombres, cuando el bien,
ampliamente difundido, más abundante crece,
y no mengua la gloria de su autor, sino prevalece?29

En el último verso se encuentra el punto central. ¿Se ve Dios mermado, degradado, menoscabado, destronado por dar a otros la capacidad de llegar a ser como él? ¿Quién puede honrar o ado­rar con mayor efecto, una criatura de una condición menor o una de posición más exaltada? ¿Puede una planta ofrecer el mismo honor o adorar con el mismo sentimiento que un animal? ¿Puede un animal tener la misma carga emocional y las impresiones es­pirituales que un humano? ¿Puede un mero mortal experimentar los sentimientos sublimes o el fervor espiritual de un Dios en potencia? La capacidad de honrar y de adorar se incrementa con la iluminación intelectual, emocional, cultural y espiritual. En consecuencia, cuanto más nos volvemos como Dios, mayor es nuestra capacidad de rendirle homenaje. En ese proceso de elevar a los hombres hacia el cielo, Dios multiplica simultáneamente su propio honor y por lo tanto recibe mayor honra y no menos.

La creación culminante de Dios poseía el poder definitivo para honrarle, y además contaba con el potencial de llegar a ser como él. La finalidad de esta creación y la razón del sacrificio de Dios le resultaban obvias a C. S. Lewis: «[Dios] no creo a los humanos —no se hizo uno de ellos y murió entre ellos mediante torturas— a fin de producir candidatos para el Limbo, huma­nos ‘fallidos’. Quería hacer Santos; dioses; cosas iguales a él».30 Lewis expresó una opinión semejante en otra ocasión: «Sean cua­les sean los poderes del hombre libre de la Caída, parece que los del Hombre redimido son casi ilimitados. Cristo, ascendiendo nuevamente después de precipitarse, lleva consigo la Naturaleza Humana en su ascenso. A donde Él va, esta le sigue también. Y se hará ‘como Él’».31

José Smith habló de la gran finalidad de la salvación, la razón última subyacente a todo, con estas palabras: «Él [Cristo]propuso hacerles [a los hombres] a su imagen, y él era a imagen del Padre, el gran prototipo de todos los seres salvados; y que cualquier parte de la familia humana se asimile en su imagen es ser salvos: (…) y con esta bisagra se mueve la puerta de la salvación».32 Si la finalidad de la salvación es llegar a ser más semejantes al «gran prototipo de todos los seres salvados», entonces no debe sorprender que Dios haya prometido un camino para cumplir ese mismo obje­tivo. José Smith declaró al respecto: «Todos los que guarden sus mandamientos crecerán de gracia en gracia, y llegarán a ser he­rederos del reino celestial, y coherederos con Jesucristo; poseerán la misma mente, transformados a la misma imagen o semejanza, incluso la imagen expresa del que lo llena todo; estarán llenos de la plenitud de su gloria, y serán uno en él».33 Tal afirmación está en armonía total con la promesa de la escritura: «los santos serán llenos de la gloria de él, y recibirán su herencia y serán hechos iguales con él» (DyC 88:107). Parece lógico y reconfortante a un tiempo que podamos llegar a ser como él, quien es literalmente nuestro Padre celestial.

La voz de la historia

La voz de la historia verifica de igual manera nuestro potencial divino. Puede que todos nos sintamos incapaces cuando contem­plamos la distancia que nos separa de Dios, pero quizá nos sirva de consuelo considerar lo que se logra en el breve tiempo que ocupa una vida terrenal. B. H. Roberts lo expresó con grandilo­cuencia:

«Consideremos un momento el progreso alcanzado por un hombre entre los estrechos confines de esta vida. Imaginémoslo en el regazo de su madre (…) ¡un niño recién nacido! (…) Ahí está un hombre en embrión, pero ahora desamparado. Y, sin em­bargo, en el espacio de setenta años, en virtud de la maravillosa actuación de ese extraordinario poder que reside en el interior de ese pequeño, ¡qué cambio puede llevarse a cabo! De ese bebé desvalido puede surgir un hombre semejante a Demóstenes, Cicerón, Pitt, Burke, Fox o Webster, quien obligará a sena­dores a escucharle, y en virtud de su mente maestra dominará sus inteligencias y sus voluntades, y los llevará a pensar en las líneas que él les marque. O puede que ese bebé llegue a ser un Nabucodonosor, un Alejandro, un Napoleón, que fundará im­perios o decidirá el curso de la historia. De tales comienzos puede aparecer un Licurgo, un Solón, un Moisés, o un Justiniano, quien otorgará constituciones y leyes a reinos, imperios y repú­blicas, bendiciendo a millones de personas felices aún por nacer en su época, y dirigir el rumbo de naciones por caminos de paz ordenada y libertad virtuosa. Del bebé desprotegido puede alzar­se un Miguel Ángel, quien a partir de una masa pétrea informe arrancada de la montaña labre una visión celestial que cautive la atención del hombre durante generaciones, y les haga maravillar­se ante los poderes cuasidivinos de un hombre capaz de crear una estatua a la que solamente le faltaría vivir y respirar. O el bebé crecerá hasta llegar a ser un Mozart, un Beethoven, un Handel, y conjurar del silencio esas melodías y sus ricas armonías que ele­van el alma y la liberan de su pequeña prisión presente y, por un tiempo, la ponen en compañía de los Dioses. (…)

¡Y todo esto puede llevarlo a cabo un hombre en su vida! No, se ha hecho entre la cuna y la tumba, en el transcurso de una corta vida. ¿Qué no podrán lograr estos dioses hombre en la eter­nidad?».34

Pensemos un momento en lo que puede lograrse en el breve lapso de una vida mortal. Ahora supongamos que eliminamos la barrera de la muerte, le concedemos la inmortalidad y a Dios en calidad de guía. ¿Qué límites querríamos atribuir a sus lo­gros mentales, morales o espirituales? De nuevo, B. H. Roberts lo expresó bien: «Si en la breve duración de la vida mortal hay hombres que se alzan desde la infancia para convertirse en maes­tros de los elementos: el fuego, el agua, la tierra y el aire, hasta dominarlos prácticamente como si fueran Dioses, ¿qué no sería posible hacer para ellos si contaran con cientos, miles o millones de años para ello? ¿Qué no harían en la eternidad? ¿A qué alturas de poder y gloria no ascenderían?».35

C. S. Lewis nos recuerda que «La tarea no se completará en esta vida: pero Él tiene intención de ayudarnos a progresar tanto como sea posible antes de la muerte».36

Un vistazo allende del velo nos indica que nuestro progreso no finaliza con la muerte. Víctor Hugo intuyó las posibilidades ilimitadas que aguardan en el más allá: «Cuanto más cerca me encuentro del fin, más claramente escucho a mi alrededor las sin­fonías inmortales del mundo que me invita (…). Por medio siglo he estado escribiendo mis pensamientos en prosa y en verso: his­toria, filosofía, teatro, romance, tradición, sátira, oda y canción… Lo he probado todo. Sin embargo, creo que no he dicho ni la milésima parte de lo que llevo dentro. Cuando vaya a mi tumba podré decir como otros muchos: ‘He acabado mi jornada de tra­bajo’. Pero no puedo decir: ‘He acabado el trabajo de mi vida’. Mi jornada de trabajo empezará otra vez a la mañana siguiente. La tumba no es una calle sin salida; es una vía pública. Se cierra al anochecer y abre al amanecer. Mi trabajo acaba de empezar».37

Las Escrituras sugieren que la búsqueda no es fácil ni rápida. Pedro exhortó a los santos a «[humillarse], pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo» (1 Pedro 5:6; énfasis añadido). Juan habló de una forma similar: «para que vengáis al Padre en mi nombre, y en el debido tiempo recibáis de su plenitud» (DyC 93:19; énfasis añadido). Sin duda, la búsque­da de la perfección es importante, pero el Señor no exige que se lleve a cabo en un día. El Señor nos recuerda —quizá incluso nos previene— con estas palabras: «continuad con paciencia hasta perfeccionaros» (DyC 67:13; véase también Hebreos 12:1).

Hace falta tanta paciencia, incluso más allá de las ataduras de la mortalidad. El profeta José dijo en referencia al proceso: «Cuando subís por una escalera, tenéis que empezar desde abajo y ascender paso por paso hasta que llegáis a la cima; y así es con los principios del evangelio: tenéis que empezar por el primero, y seguir adelante hasta aprender todos los principios que atañen a la exaltación. Pero no los aprenderéis sino hasta mucho después que hayáis pasado por el velo. No todo se va a entender en este mundo; la obra de aprender nuestra salvación y exaltación aún más allá de la tumba será grande».38

La Primera Presidencia de la Iglesia en 1909 reiteró, tanto la promesa como el calendario: «La descendencia aún por desarrollar­se de progenitores celestiales es capaz, mediante la experiencia de milenios y aeones, de evolucionar hasta convertirse en un Dios».39

Poco antes de su muerte, el presidente Lorenzo Snow visitó Brigham Young University para dirigirse a la comunidad estu­diantil, reunida en asamblea. De camino a la sala donde se iba a celebrar la reunión, el presidente de BYU, George H. Brimhall, escoltó al presidente Snow al pasar por una de las salas de guar­dería. Allí, el presidente Snow vio a los niños haciendo esferas de arcilla y dijo:

«Presidente Brimhall, estos niños están jugando ahora, hacien­do mundos de barro; llegará el momento en que algunos de estos muchachos —por su fidelidad al evangelio—, progresarán y se desarrollaran en conocimiento, inteligencia y poder, en eterni­dades por venir, hasta ser capaces de salir al espacio donde hay materia sin organizar, y convocarán los elementos necesarios, y mediante su conocimiento de las leyes y los poderes de la naturaleza y su control de ellos, para organizar esa materia y hacer así mundos en los que more su posteridad, y en los que gobernarán como dioses».40

C. S. Lewis reveló el que es el único obstáculo que nos sepa­ra de la «perfección absoluta» y la divinidad: nosotros mismos. Lewis enseña este principio recurriendo a una experiencia de in­fancia. Recuerda sus recurrentes dolores de muelas y su deseo de encontrar alivio, acompañado, no obstante, del miedo a que sus padres le llevaran al dentista si llegaba a desvelar que le dolía. Dijo Lewis: «Yo conocía a esos dentistas: sabía que empezaban a toquetear los demás dientes que no te dolían todavía (…). Si les dabas la más mínima oportunidad, se tomaban todas las liberta­des del mundo». Y entonces establece la siguiente comparación: «Nuestro Señor es como los dentistas (…). Decenas de personas acuden a El para que los sane a causa de un pecado determinado del que están avergonzados. (…) Pues bien: él los curará, por supuesto, pero no se limitará solo a eso. Puede que una sanación fuera todo lo que habían pedido; pero, si alguna vez acudimos a Él, nos dispensará el tratamiento completo.

»(…) ‘podéis estar seguros’, dice, ‘si me lo permitís, os haré perfectos. En el momento que os ponéis en mis manos, eso es lo que podéis esperar. Ni más, ni menos. Tenéis libre albedrío y, si así lo elegís, podéis apartarme de vosotros. Pero si no me apartáis, entended que voy a llevar esta obra a término. No importa el sufrimiento que os cueste en vuestra vida terrenal; sea cual sea la inconcebible purificación que preciséis tras la muerte; por mucho que me cueste a mí, nunca descansaré, ni os dejaré descansar, hasta que seas perfectos en el sentido literal del término, hasta que mi Padre pueda decir sin reservas que está complacido con vosotros, tal y como dijo estar complacido conmigo. Todo esto puedo hacerlo y lo haré; pero no haré menos que esto.

» (…) Debéis daros cuenta desde el principio de que el objetivo en pos del cual Él está empezando a guiaros es la perfección abso­luta; y ningún poder en todo el universo, excepto vosotros, puede impedirle que os lleve a la consecución de ese objetivo. Para eso estáis en esto. Y es muy importante que lo reconozcáis».41

La última observación de Lewis es muy reveladora, ya que nos recuerda que nadie en este vasto universo es capaz de robarnos la perfección, salvo nosotros mismos.

Desafortunadamente, algunas personas se menosprecian. Rindiéndole un honor fingido a Dios se venden al mejor postor en calidad de siervos, no como hijos.

Algunos culpan de sus fracasos a padres abusivos, a maestros desatentos o a amigos descarriados. Algunos procuran excusarse en las tragedias temporales de la vida: la muerte de un ser amado, la pérdida de un empleo o un impedimento físico. Sin embargo, en lo más profundo de nuestros momentos de reflexión silenciosa y comunión con la deidad, sabemos que no hay fuerza externa capaz de despojarnos de nuestra fuerza espiritual. Todo aconte­cimiento, encuentro, desastre, por desesperante que sea desde el exterior, puede afrontarse de tal manera que acabe tornándose en un éxito espiritual. Una tragedia temporal no tiene por qué derivar en una derrota espiritual. Al contrario, «tragedias» de esta naturaleza han probado ser a menudo una plataforma de lanza­miento para una victoria espiritual sublime. Un hombre acepta su sordera fustigando a Dios; otro, Beethoven, compone la Novena sinfonía. Una mujer pierde la vista y ve solamente oscuridad; otra, dotada de una visión mayor, Helen Keller, se convierte en un faro para un mundo ciego. Un hombre responde a su enfer­medad con la pérdida de la fe; otro, Job, declara: «He aquí, aun­que él me matare, en él confiaré» (Job 13:15). Un hombre pierde a su esposa y, de paso, las ganas de vivir; otro, Robert Browning, extrae inspiración de lo más profundo de la fuente para escribir poseía apasionada de dimensiones celestiales. Un hombre puede responder a los acontecimientos aparentemente desastrosos de la vida con deseos de venganza y malicia; otro puede responder con humilde sumisión a la voluntad de Dios, agradecimiento por la vida como es y una firme decisión de mejorar. Para uno, los retos y las tragedias de la vida se convierten en piedras de tropiezo; para otro, son un peldaño en su ascenso. Y así fue con los nefi­tas tras una guerra prolongada y encarnizada con los lamanitas. Las Escrituras revelan que «muchos se habían vuelto insensibles por motivo de la extremadamente larga duración de la guerra; y muchos se ablandaron a causa de sus aflicciones, al grado de que se humillaron delante de Dios con la más profunda humildad» (Alma 62:41).

Quizá no podamos controlar nuestros contratiempos terrena­les, pero siempre, siempre, siempre, controlamos nuestro desti­no espiritual. A toda tragedia temporal puede contraponerse una victoria espiritual: y la victoria máxima es la divinidad. En última instancia, en virtud de su gracia, Dios nos ha permitido definir nuestro propio destino divino.

Las Escrituras, la visión poética, la lógica y la historia testifican, no solo de la posibilidad divina, sino de la realidad divina de que el hombre puede llegar a ser como Dios. Hace casi dos mil años, el Señor le hizo esta sorprendente promesa a Juan el Revelador: «Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21; énfasis añadido). ¿Y qué era ese trono? Nada más y nada menos que el trono de Dios. Una promesa semejan­te la había recibido Enoc milenios antes: «Tú me has (…) dado derecho a tu trono» (Moisés 7:59). ¿Hay alguna prueba de que cualquier mortal haya obtenido en verdad ese trono? Doctrina y Convenios revela que Abraham, Isaac y Jacob «porque no hicie­ron sino lo que se les mandó, han entrado en su exaltación, (…) y se sientan sobre tronos, y no son ángeles sino dioses» (DyC 132:37; énfasis añadido; véase también DyC 124:19; Moisés 7:59). Para estos hombres, la posibilidad divina se tornó la realidad divi­na. La promesa es definitiva: «Y al que venciere, y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré potestad sobre muchos reinos» (TJS, Apocalipsis 2:26).

Algunos preguntarán: ¿Y qué importancia tiene que yo entien­da de verdad este principio de la divinidad? El élder McConkie escribió al respecto: «Ninguna doctrina es más fundamental, nin­guna doctrina incorpora un mayor incentivo para la rectitud per­sonal (…) que el prodigioso concepto de que el hombre puede ser como su Hacedor».42 Cuando entendemos mejor esta meta sublime, nuestro nivel de confianza y de motivación aumenta enormemente. ¿Cómo sería posible no incrementar la fe en Dios y en nosotros mismos sabiendo que él ha plantado en nuestras almas las semillas de la naturaleza divina?

La Expiación es el sol, el agua y el terreno que nutre dichas semillas. Es el poder eterno, tan esencial para nuestro crecimien­to. Eso es lo que enseñó John Taylor: «Es para la exaltación del hombre a ese estado de inteligencia superior y divinidad que la mediación y la expiación de Jesucristo fueron instituidas; y a ese noble ser, al hombre, (…) se le otorga la capacidad de convertirse en un Dios, en posesión del poder, la majestad, la exaltación y la posición de un Dios».43 No cabe error al respecto, como opinó Brigham Young: «Somos creados, nacemos, para el fin expreso de crecer desde el bajo estado de la humanidad, hasta convertirnos en Dioses como nuestro Padre celestial».44

Si no estamos destinados a la divinidad, el detractor ha de res­ponder a la pregunta «¿por qué no?». Quizá podamos sugerir tres respuestas para someterlas a la consideración de los detractores.

Puede que el hombre no pueda llegar a ser como Dios porque Dios carece del poder para crear una descendencia celestial. Esta posibilidad queda fuera de su nivel de comprensión e inteligencia presente. «Blasfemia», replica el detractor. «El posee todo conoci­miento y todo poder».

Puede ser que Dios no cree una descendencia divina porque no nos ama. «Eso es ridículo», responde el detractor. «‘Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito’» (Juan 3:16).

Bien, quizá Dios no ha plantado en nuestro interior la chispa divina porque quiere conservar en sus manos toda esta divinidad; El se siente amenazado por nuestro progreso; puede conservar su superioridad solamente reafirmando la inferioridad del hombre. «No, no» insiste el detractor. «¿Conoce a algún padre amoroso y amable que no quiera que sus hijos sean todo lo que él es y más?».

Pues otro tanto sucede con Dios, nuestro Padre. Él tiene el poder, el amor y el deseo de hacer que seamos como Él, y por esas mismas razones precisamente ha plantado en el interior de todos nosotros las semillas de la divinidad. Creer otra cosa equi­vale a sugerir que Dios no tiene el poder de hacernos semejantes a Él, o lo que es peor, que elige no hacerlo. Con todo, esta es la postura defendida por la mayor parte del mundo. En contrapo­sición, las Escrituras, la visión poética, la lógica y la historia se combinan para enseñarnos con poder y convicción que no hay personas corrientes entre los hijos de Dios: solamente hay entre nosotros dioses y diosas en potencia. La Expiación es el medio de desencadenar este potencial divino.

La bendición de la libertad →


NOTAS

  1. Lewis, Miracles, 122—23; énfasis añadido.
  2. Ibid, 123.
  3. Taylor, Gospel Kingdom, 278; énfasis añadido.
  4. Taylor, Mediation and Atonement,
  5. Hafen, Broken Heart,
  6. Ibid, 17.
  7. «LDS Bible Dictionary», 697.
  8. Hafen, Broken Heart, 8.
  9. Ibid, 16.
  10. Ibid, 20.
  11. Ibid, 7-8.
  12. «LDS Bible Dictionary», 697.
  13. La palabra perfecto que se emplea en este pasaje proviene del vocablo griego telios. Según algunos, puede traducirse por «finalizado» o «completado», lo cual introduce una connotación distinta a la perfección moral, cuyo significado puede ser un santo completo o maduro. Si bien esta es una posible interpretación, el pasaje de las Escrituras no excluye una referencia a la perfección moral. De hecho, cuando se lee en contexto, dicho pasaje parece exigir perfección moral. El pasaje delimita concretamente el tipo de completamiento o perfección a los que se refiere cuando establece la comparación: «así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (énfasis añadido). Dios no es perfecto como un santo maduro o un sentido relativo. Es totalmente perfecto. Asimismo, el pasaje corolario a Mateo 5:8 que se encuentra en el Libro de Mormón no se escribió originalmente en griego, sino en egipcio reformado, pero la palabra clave todavía se traduce como «perfecto». Si José se sentía inspirado a cambiar la palabra o el sentido, podría haberlo hecho con facilidad. Esto debe ser verdad Esto se refleja sobre todo en el hecho de que debe de haberse concentrado en ese versículo tal y como lo pone de manifiesto el cambio de algunas palabras, con la redacción resultante: «perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (3 Nefi 12:48). Nuevamente, la norma de la perfección era Dios el Padre y, además, Su hijo glorificado. No era el hombre ni ningún atributo mortal. Este pasaje del Libro de Mormón no hace sino solidificar el argumento de que Dios nos estaba invitando a tomar parte en la perfección divina, y no de un sustitutivo mortal o diluido. (Para otro tratamiento de esta cuestión, véase Welch, Sermón at tbe Temple and the Sermón on the Mount, 57-62).
  14. Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, 18.
  15. Discourses ofBrigham Young, 20; énfasis añadido.
  16. Lewis, Mere Christianity, 176—77; énfasis añadido.
  17. Lewis, Joyful Christian, 197; énfasis añadido.
  18. Drummond, Natural Law in the Spiritual World, citado en Smith, Ewrmanzas del profeta José Smith, 428, nota 3.
  19. Trad. de Armando Roa Vial, Rahbi Ben Ezra y otros nueve poemas. C. S. Lewis se refirió a la gestación, a esa semilla en desarrollo, como el «fuego» divino que estremece a toda alma: Que nosotros, aunque pequeños, pudiéramos temblar con la misma forma sustancial del fuego que Tú Y no meramente reflejarnos como ángeles lunares de regreso a ti, llama fría. Dioses somos, según Tu palabra; y caro lo pagamos. («Scazons», en Wain, Evarymans Book of E nglish Verse, 614)
  20. Snow, Biography and Family Record of Lorenzo Snow,
  21. Ibid, 46. El antiguo Códice Askew era muy explícito con respecto a las posibilidades de los que cumplen la ley. «Hay muchas mansiones, muchas regiones, grados, mundos, espacios y cielos, pero en todos rige una única ley. Si se cumple esa ley, uno puede convertirse también en creador de mun­dos» (citado en Nibley, Old Testament and Related Studies, 142; énfasis añadido).
  22. El original del poema en inglés en Snow, Teachings of Lorenzo Snow, 8-9. Traducción del manual La vida y las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles, capítulo 40: «Herederos de Dios y coherederos con Cristo», 338—345.
  23. Snow, Biography and Family Record of Lorenzo Snow, 335; énfasis añadido.
  24. Packer, Let NotYour Heart Be Troubled,
  25. Journal of Discourses, 24:3.
  26. «Gospel of Philip» [El Evangelio de Felipe], 145.
  27. Taylor, Mediation and Atonement,
  28. Milton, Paradise Lost,
  29. Ibid, 146-47.
  30. Lewis, Quotable Lewis,
  31. Ibid, 525.
  32. Smith, Lectures on Faith, 79; énfasis añadido.
  33. Ibid, 60.
  34. Roberts, «Mormon» Doctrine ofDeity, 33—34.
  35. Ibid, 35.
  36. Lewis, Mere Christianity,
  37. Citado por Hugh B. Brown, en Conference Report, abril de 1967, 50. Robert Browning también sabía que el proceso de perfeccionamiento continúa más allá de la tumba:
    Pero, te necesito, ahora como entonces,
    A ti, Dios, que moldeas a los hombres; (… )
    Toma pues y emplea Tu obra:
    Corrige cuantas taras acechan ocultas,
    ¡Qué cargas, qué alabeos!
    ¡Mi tiempo esté en Tu mano!
    ¡Copa perfecta según lo planeado!
    ¡Que la edad apruebe la juventud, y la muerte la complete!
    (Clark and Thomas, Out ofthe Best Books, 1:466)
  38. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith, 430-31.
  39. Smith, «The Origin of Man», 81.
  40. Snow, «Devotion to Divine Inspiration», 658—59; énfasis añadido. Brigham Young prometió también que los que conservaran «su primer y segundo estado» y fueran «dignos de ser coronados Dioses (…) serían ordenados para organizar la materia» (Journal of Discourses, 15:137). C. S. Lewis coincidía: «Cristo ha resucitado, y del mismo modo resucitaremos nosotros. San Pedro anduvo sobre el agua durante unos segundos, y el día llegará en que habrá un universo rehecho, obediente infinitamente a la voluntad de hombres glorificados y obedientes, cuando podremos hacer todas las cosas, cuando seremos esos dioses que las escrituras describen que seremos» (Lewis, Grand Miracle, 62).
  41. Lewis, Joyfid Christian, 77-78.
  42. McConkie, Promised Messiah,
  43. Taylor, Mediation and Atonement, 140—41.
  44. Journal of Discourses, 3:93.
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