La bendición de la motivación

La expiación Infinita:
La bendición de la motivación

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


El poder de atraer a los hombres a Él

Otra bendición significativa que emana de la Expiación es el poder de motivar. La finalidad primordial del sufrimiento del Salvador era redimirnos de la Caída y de los efectos de nues­tros propios pecados. En el proceso de llevar a cabo ese acto di­vino, sin embargo, hubo una «repercusión divina», parte de la cual consistía en el poder motivador que atrae a los hombres a él. Algunos se han referido a ello con el nombre de «teoría de la influencia moral» o «síndrome del atractivo del amor», pero el nombre reviste escasa importancia en comparación con las con­secuencias.

Los poderes de la Expiación no permanecen inactivos hasta que se comete un pecado y entonces, súbitamente, se activan para satisfacer las necesidades de la persona arrepentida. Más bien, al igual que sucede con la fuerza de la gravedad, están presentes por doquier, ejerciendo su influencia invisible y potente a la vez.

Nefi hizo referencia a la omnipresencia de estos poderes motivadores: «El no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él». (2 Nefi 26:24; énfasis añadi­do). Tras su resurrección, el Salvador enseñó: «y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, (…) atraeré a mí mismo a todos los hombre» (3 Nefi 27:15; énfasis añadido; véase también Santiago 4:10). En este sentido, el Salvador ejerce una forma de gravedad espiritual que atrae y seduce a todos los hombres para que se acerquen a él.

Estos poderes motivadores siempre están extendiéndose, alar­gando la mano, penetrando en cada corazón abierto. Son estos poderes los que contribuyen a encender el deseo de arrepenti­miento. Son estos poderes los que pueden inspirar nuestra línea de conducta antes de que se cometa siquiera el pecado. De la misma manera que pensar en las vidas y el sacrificio de nuestras madres puede influir en nuestra conducta para bien, reflexionar sobre la vida y el sacrificio del Salvador puede inspirar nuestro proceder antes incluso de que se cometa un pecado. Por tanto, los poderes que emanan de la Expiación no son exclusivamen­te de naturaleza reactiva; son también proactivos, y este hecho reviste idéntica importancia. Baste señalar que la Expiación es mucho más que un remedio divino orientado a corregir nuestros pecados una vez cometidos. La Expiación es, de hecho, la moti­vación más poderosa del mundo para ser bueno cotidianamente y, de ser necesario, arrepentirse cuando nos quedamos cortos. El élder Charles W. Penrose enseñó: «Si en verdad creemos en Dios y en Jesucristo», entonces «en nuestros corazones entrará el deseo de apartarnos del pecado».1

La fuerza nunca ha sido el cetro de gobierno del Salvador. Más bien, nos enseña que el poder y la influencia divina se ejercen «por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero» (DyC 121:41). Su modus operandi consiste en invitar y atraer a todos los hombres a él. Alma enseñó este principio gratificante: «He aquí, él invita a todos los hombres, pues a todos ellos se extienden los brazos de misericordia» (Alma 5:33; véase también 2 Nefi 26:25). No hace falta poseer una ima­ginación desbordante para visualizar a un padre con los brazos extendidos en señal de bienvenida a un hijo descarriado que vuel­ve al hogar de seguridad y amor. Ese marco tiene un indudable magnetismo. ¿Acaso un hijo podría resistirse a una invitación como esa? Por supuesto, esa es la cuestión: si somos como niños, no nos resistiremos, no lo pospondremos, sino que correremos hacia los brazos abiertos que nos llaman. Incluso cuando somos rebeldes; incluso cuando representamos el papel del hijo o la hija pródigos, no podemos olvidar al padre amoroso que «fue movi­do a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó» (Lucas 15:20). Un amor compasivo de esa naturaleza es difícil de resistir; es una poderosa invitación a regresar al hogar. Y ese es el efecto del sacrificio amoroso del Salvador.

¿Y cómo funciona?

¿Y cómo motiva, invita y atrae a todos los hombres al Salvador la Expiación? ¿Qué causa esta atracción gravitatoria, este tirón espiritual? Un cierto poder irresistible mana del sufrimiento jus­to; no un sufrimiento indiscriminado, innecesario, sino del sufri­miento justo, voluntario, por el prójimo. Este sufrimiento es otra de las formas más puras de motivación que podemos ofrecer a los que amamos. Pensémoslo unos instantes: ¿cómo cambia uno la actitud o la línea de actuación de un ser querido cuyos pasos parecen guiarlo directamente a la destrucción? Si un ejemplo no consigue ejercer influencia; si las palabras amables se ignoran y los poderes de la lógica se descartan como el tamo delante del viento, ¿a dónde se puede acudir entonces? Jag Parvesh Chader habló acerca de agotar todas las fuentes no violentas y agregó lo siguiente: «Cuando no produce ningún efecto saludable, se invita voluntariamente el sufrimiento en el cuerpo propio a fin de abrir los ojos de la persona que se empecina en no ver la luz».2

El ayuno se ha empleado a menudo para tal fin. Los efectos de la abstinencia van más allá de hacernos pasar hambre; hacen más que refinar nuestros espíritus; contiene cierto poder motivador inherente susceptible de cambiar y ablandar los corazones de los demás, sobre todo cuando saben que estamos ayunando por ellos. Ahí se encuentra una fuerza capaz de penetrar los muros pétreos del orgullo, reponer las reservas de humildad y engendrar más afecto y gratitud por el que sufre.

En palabras del misionero evangélico, E. Stanley Jones, el su­frimiento tiene un «intenso atractivo moral». Jones le preguntó en una ocasión a Mahatma Gandhi mientras se encontraba sen­tado en un catre en el patio abierto de la cárcel de Yeravda: «‘¿No es su ayuno una forma de coerción?’ ‘Sí’, respondió muy pausa­damente, ‘el mismo tipo de coerción que Jesús ejerce sobre us­ted desde la cruz’». Cuando Jones reflexionó sobre tan profunda réplica, dijo: «Me quedé en silencio. La veracidad de aquello era tan obvia que me quedo sin palabras cada vez que pienso en ello. Tenía toda la razón. Los años lo han aclarado. Y ahora lo veo por lo que es: un potente poder moral y redentor si se emplea correc­tamente. Sin embargo, debe emplearse de la forma adecuada».3

No todo sufrimiento motiva para el bien. Está el sufrimiento del preso, pero las cárceles continúan llenándose a rebosar. Está el dolor y el sufrimiento recurrentes de la guerra, pero el mundo si­gue resonando con conflictos bélicos y confrontaciones. También está el sufrimiento de los que contraen enfermedades contagiosas por su conducta inmoral, pero miles siguen haciendo lo mismo. Y tenemos el sufrimiento de las almas puras y nobles que logran sufrir más allá de sí mismas, cuyo sufrimiento conlleva más que un poder purificador para la persona: es fuente de poder redentor para otros también.

Este principio se ilustra persuasivamente en el Libro de Mormón. Ammón y sus hermanos habían traído a miles de los lamanitas al conocimiento de la verdad. Deseando distinguirse de los incrédulos, estos conversos adoptaron el nombre de «pue­blo de Anti-Nefi-Lehi». Lamentablemente, el cisma producido entre creyentes y no creyentes empeoró hasta que el odio de los incrédulos alcanzó niveles desmedidos, incluso hasta que «su odio contra ellos llegó a ser sumamente intenso» (Alma 24:2). La guerra era inminente. Entonces llegó el sacrificio humano supre­mo. El pueblo de Anti-Nefi-Lehi, teniendo plena consciencia del ataque inminente, enterró sus armas de guerra, «prometiendo y haciendo convenio con Dios de que antes que derramar la sangre de sus hermanos, ellos darían sus propias vidas; y antes que privar a un hermano, ellos le darían». Si fuera necesario, «[padecerían] hasta la muerte» (Alma 24:18-19).

Es posible imaginar la desgarradora escena que se produciría a continuación. Por un lado, estaban los creyentes: desarmados, cándidos, postrados en tierra en el acto de orar, sometiéndose humildemente a la voluntad de Dios; en el otro, los incrédulos: vengativos, llenos de odio, armados hasta los dientes, a todo co­rrer y lanzando alaridos que helaban la sangre en las venas, como si de demonios se tratara, abalanzándose sobre su presa indefensa y con un único objetivo en mente: «destruir al pueblo de Anti- Nefi-Lehi» (Alma 24:20). La masacre fue atroz: 1005 de los cre­yentes fueron talados. En todo el proceso no hubo resistencia, ni un ápice de oposición, ni medidas defensivas y de contrataque, solamente una muda e inquebrantable determinación de confiar en Dios, fueran cuales fueran las consecuencias. ¡Y menudas fue­ron las consecuencias!

Finalmente, el sufrimiento cumulativo de esos santos inamo­vibles fue magnificado en extremo para obrar un milagro inolvi­dable. Un ejército desconocido para los rangos militares barrió el campo de batalla. Sin duda un silencio ominoso se cernió sobre la carnicería. Era como si se estuviera produciendo una trans­fusión espiritual en masa. El péndulo había tomado el rumbo opuesto. El odio, la venganza y el orgullo se estaban dejando de lado, mientras la culpabilidad, la vergüenza, el remordimiento y, finalmente, el arrepentimiento, llenaron el vacío. Alma narra lo que sucedió a continuación:

«Sí, cuando los lamanitas vieron esto [el sacrificio propio de sus hermanos], se abstuvieron de matarlos; y hubo muchos cuyos corazones se habían conmovido dentro de ellos por los de sus hermanos que habían caído por la espada, pues se arrepintieron de lo que habían hecho. Y aconteció que arrojaron al suelo sus armas de guerra y no las quisieron volver a tomar, porque los atormentaba los asesinatos que habían cometido; y se postraron, igual que sus hermanos, confiando en la clemencia de aquellos que tenían las armas alzadas para matarlos. Y sucedió que el nú­mero de los que se unieron al pueblo de Dios aquel día fue ma­yor que el de los que habían sido muertos (…). Y no había un solo hombre inicuo entre los que perecieron; pero hubo más de mil que llegaron al conocimiento de la verdad; así vemos que el Señor obra de muchas maneras para la salvación de su pueblo» (Alma 24:24-27).

Un sufrimiento de inmensas proporciones había traído la sal­vación. Donde la razón había fallado, los lazos familiares habían sido cercenados y el legado cultural habían resultado insuficiente como base para establecer vínculos duraderos, el sufrimiento de los justos había triunfado. El sufrimiento probó ser más que un proceso purificador para el donante; también aportó poderes re­dentores para el receptor.

Mohandas Gandhi aprovechó el sufrimiento justo como un poderoso instrumento motivador para el bien. Cada uno de sus ayunos poseía cierto poder motivador, pero ninguno tuvo reper­cusiones más profundas que sus huelgas de hambre de Calcuta y Delhi. Calcuta era un campo de batalla del odio. Gandhi, que era hindú, se alojó en la casa de un musulmán en el corazón del dis­trito de los disturbios. A algunos hindús les enfureció la actitud conciliadora de Gandhi hacia el enemigo. Un atentado contra él fracasó. Enviaron varios grupos de jóvenes hindús exaltados para convencer a Gandhi de su error. En cada ocasión, los jóvenes volvían diciendo: «Mahatma tiene razón». La guerra continuó. Finalmente, Gandhi anunció un ayuno hasta la muerte a menos que sus enemigos cambiaran su proceder. Sería la paz entre ellos o la muerte para él. Transcurridos tres días de ayuno, el sufri­miento de una figura venerada por una nación entera fue más de lo que el pueblo podía soportar. Los poderes para ablandar y per­suadir de su dolor fundieron «corazones de piedra». Se trajeron a sus pies armas, desde cuchillos hasta ametralladoras. Casi de la noche a la mañana se produjo la curación. Lord Mountbatten, uno de los jefes militares presentes, comentó: «Lo que 50.000 soldados bien equipados no eran capaces de lograr, Mahatma lo había conseguido. Ha conseguido la paz».4 Y así fue.

Delhi era su siguiente reto. La tensión era absoluta. Gandhi propuso ocho puntos con respecto a los cuales hindús y musul­manes debían encontrar un acuerdo. De lo contrario, emprende­ría un nuevo ayuno hasta la muerte. De los ocho puntos, la tota­lidad era favorable a los musulmanes. El riesgo era inmenso, pero su objetivo era honorable: unificar una nación dividida. A los seis días se rubricó el acuerdo de paz. E. Stanley Jones, presente justo antes del ayuno, escribió al respecto: «No se trataba de la firma cualquiera de un acuerdo de paz cualquiera. Había en ello una cualidad moral que lo hacía diferente. Su sangre y sus lágrimas eran la base del pacto». Y añadió: «Su método y su objetivo eran justos (…). Gandhi sacudió los cimientos de esa nación: la sacu­dió moralmente».5 Mediante el poder del sufrimiento justo de un diminuto anciano de setenta y nueve años, en el crepúsculo de su vida, ciertamente se salvó a una nación haciendo que recuperara su cordura espiritual.

Cuando era profesor auxiliar en Harvard, Truman Madsen supo de una experiencia que el rector de la universidad, Charles Eliot, compartió con un alumno que estaba pensando dejar los estudios y abandonar. Evidentemente, el rector Eliot puso en jue­go todas las facultades racionales que poseía a fin de disuadir al joven y hacerle cambiar de idea. Todo era en vano. El estudiante no daba su brazo a torcer; estaba decidido a seguir aquel rumbo destructivo. Entonces, un pensamiento vino a la mente del rector Eliot. Le preguntó al alumno: «¿Qué me dice de su esposa y sus padres que han trabajado y se han esforzado para que usted llegue hasta aquí? ¿Su sacrificio no cuenta para nada?». Aquel pensa­miento tocó una fibra sensible en el joven. Seguiría adelante, no por él, sino por aquellos que habían amado, habían sufrido y habían sacrificado tanto. Sus sufrimientos no serían en vano.6

Los elementos del sufrimiento que redimen

Sufrir en beneficio del prójimo parece tener mayores efectos positivos en presencia de cuatro elementos. Primero, el que sufre es puro y digno. En este sentido, solamente ha habido uno total­mente libre de manchas; uno que fuera digno de sufrir espiritual­mente por todos los demás. Segundo, la causa por la que sufre es justa. No hay causa más noble que la que motivó el sufrimiento del Salvador; a saber, llevar a cabo «la inmortalidad y la vida eter­na del hombre» (Moisés 1:39). Tercero, el beneficiario conoce y ama al que sufre. Y cuarto, el beneficiario acepta y aprecia el motivo por el que se produce el sufrimiento. Cuando se dan si­multáneamente estos cuatro elementos, la química del cambio de la conducta humana se torna explosiva.

En el contexto de la Expiación, los primeros dos elementos an­teriores se dan por hecho. Los últimos dos dependen por comple­to de nosotros. Y ahí tenemos una razón de que sea tan esencial entender la Expiación, incluidos sus porqués y sus cómos, amén de sus consecuencias. Imaginemos el poder para el bien que podría desatarse si entendiéramos totalmente la amplitud del amor de Cristo y la profundidad de su sufrimiento. Pabló percibía este potencial cuando enseñó que «la sangre de Cristo» depura o apar­ta «conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo» (Hebreos 9:14). Cuando ampliamos nuestro conocimiento de la Expiación e incrementamos nuestro amor por el Salvador y la causa por la que sufrió, nuestros corazones empiezan a ablandar­se y a someterse más prontamente a los poderes motivadores de su sacrificio. Encontramos nuevas reservas de compromiso para «servir al Dios vivo». Con el tiempo, nace una llama de firmeza personal orientada a que su sufrimiento no sea en vano.

Justo antes de la organización de la Iglesia, el Señor aconsejó instructivamente a José y Oliver; les perdonó sus debilidades y les animó a ser fieles y a guardar los mandamientos. Al hacer­lo, les dio la clave de la espiritualidad: «Mirad hacia mí en todo pensamiento (…). Mirad las heridas que traspasaron mi cos­tado, y también las marcas de los clavos en mis manos y pies» (DyC 6:36-37). El Salvador sabía que una contemplación de la Expiación orienta nuestros pensamientos y acciones hacia el cie­lo. Por eso se nos hace tanto hincapié en recordar al Salvador y su Expiación. Es un componente central de las oraciones sacramentales (véase DyC 20:77, 79). «Recordar» el sacrificio del Salvador es un tema recurrente en las Escrituras (2 Nefi 10:20; Mosíah 4:11, 30). El Señor sabe que esta reflexión es más que un ejercicio mental: es, en realidad, un precursor de obras como las de Cristo.

Hace años, Handel compuso su obra maestra de la música co­ral: el incomparable Mesías. Esta composición no es solamente el producto de la genialidad de un hombre. De la letra fluyen las señales de la intervención divina. La impresión vocal de los cie­los es inconfundible. Durante veinticuatro días, Handel se reclu­yó espiritualmente en su habitación para escribir línea tras línea de una música que a todas luces era digna de coros celestiales. En un momento, después de componer el coro del Aleluya, lla­mó a su criado y exclamó: «Creí haber visto el cielo al completo ante mí y al gran Dios mismo». Tras una de sus actuaciones, un amigo afirmó que se había entretenido mucho. Handel replicó: «Lamentaría sobremanera entretenerles nada más. Mi deseo es hacer de ellos mejores personas».7 Del mismo modo, el Salvador anhela que la Expiación nos haga mejorar. Debe estar extrema­damente desilusionado si las personas se limitan a reconocer su Expiación como un sacrificio magnífico que hay que admirar con reverencia, pero sin pensar siquiera en el cambio. El sacrificio ex­piatorio estaba diseñado para motivarnos, atraernos al Salvador, elevarnos a mayores alturas, y, en última instancia, ayudarnos a llegar a ser como El.

La bendición de la exaltación →


NOTAS

  1. Journal of Discourses, 21:85.
  2.  Jones, Mahatma Gandhi, 110.
  3. Ibid., 110.
  4. Ibid., 116-17.
  5. Ibid., 117-18.
  6. Truman G. Madsen compartió esta experiencia con el autor.
  7. Kavanaugh, Spiritual Lives of Great Composers, 3, 6.
Esta entrada fue publicada en Expiación, La Expiación Infinita y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s