Con todo el corazón

Con todo el corazón

(Tomado de the Church News)

Los mártires del mundo son las personas de quienes más nos acordamos. Se han dedi­cado a una causa importante: han entregado a su obra primeramente su corazón, sus pensamientos, su fuerza, y por último, su vida.

Casi siempre los mártires han muerto por una causa que se relaciona con otros. Su abnegación, su amor hacia otros, su buena disposición para dar de sí mismos, aun hasta la muerte, ha impresionado al género humano a tal grado, que sus memorias perduran y nos inspiran a lograr propósitos más nobles.

Jesús dijo en una ocasión: “Nadie tiene mayor amor que éste, que ponga alguno su vida por sus amigos.” (Juan 15:13)

El propio Salvador es nuestro ejemplo máxi­mo de amor y sacrificio abnegados; pero también ha habido otros que han sacrificado su vida, quizá no en forma tan trascendental, pero dieron cuanto tenían.

José Smith murió para sellar su testimonio con su sangre. Hyrum, su hermano, lo acompañó, tanto en la vida como en la muerte. Fueron nuestros grandes mártires modernos.

Algunos de los profetas de la antigüedad fueron martirizados, uno tras otro, por motivo de la iniquidad del pueblo y por causa de la grandeza de su mensaje; pero también por causa de su devoción a aquel que los envió y por su eterna fidelidad a esa obra.

Una cosa ha distinguido a todos nuestros mártires: tuvieron el valor suficiente para defender sus convicciones. Sabían qué era lo justo, lo correcto, y no permitieron que la inconve­niencia personal o la oposición de sus enemigos ni ninguna otra cosa les impidiera el cumpli­miento de sus propósitos.

En forma muy real el Señor espera esa clase de devoción de cada uno de nosotros, aun­que no se nos exige morir como mártires. De lo contrario, ¿por qué nos dió el primer grande mandamiento?

Es el mandamiento de que lo amemos con todo el corazón. No deja lugar a reservas. Es el mandamiento de que lo amemos con todo nues­tro entendimiento. Debemos dedicar a la obra la mejor inteligencia que poseemos. Es el man­damiento de que lo amemos con toda nuestra fuerza y toda nuestra alma. Todos nuestros re­cursos, sin excepción, deben apoyar la empresa.

En la Sección 4 de Doctrinas y Convenios el Señor interpreta esta clase de amor en términos de servicio.

“Oh vosotros que os embarcáis en el ser­vicio de Dios, mirad de que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.”

Él sabía que la persecución, las burlas e influencias vendrían contra nosotros para combatir nuestro entusiasmo y reducir nuestra deter­minación. Pero también añadió: “Gozaos y ale­graos; porque vuestra merced es grande en los cielos: que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” (Mateo 5:12)

Por supuesto, debe entenderse que este ga­lardón vendrá solamente si mostramos que somos, tan fieles como los profetas antiguos.

Pensemos en algunos de nuestros grandes mártires, Abinadí, por ejemplo. No se acobardó ni aun cuando lo sentenciaron a morir por fuego. Supongamos que lo hubiera hecho: ¿cuál habría sido su galardón? ¿Y su influencia?

¿Cuánta eficacia habría tenido la vida y obras de José Smith, si, al enfrentarse con la muerte, hubiera vacilado y negado todo para salvar su vida? Hemos tenido nuestros Judas, pero ¿acaso han surtido influencia benéfica en alguno?

De todos aquellos que desean adelantar su obra se requiere que sirvan a Dios constantemente. Es esencial el valor para hacer frente a la oposición; es vital la determinación para se­guir adelante sin mirar atrás. Es menester do­minar el temor; deben esperarse los sacrificios.

Si el cumplimiento de las leyes del evangelio exige que dejemos los amigos con quienes nos asociamos, abandonemos los hábitos anteriores y modifiquemos todo aspecto de nuestra vida, entendamos que no estamos haciendo otra cosa más que vestirnos con la armadura de Dios, pre­firiéndola a cualquier otra ropa, y que nos esta­mos apercibiendo para seguir la norma de vida dada por el Salvador.

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