¿Qué Relación Tienen Las Ordenanzas Con La Expiación?

La expiación Infinita:

¿Qué Relación Tienen Las Ordenanzas
Con La Expiación?

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


LA ESENCIA ESPIRITUAL DE TODA ORDENANZA

Hace algunos años, el gerente de nuestro despacho de abogados depositó por error dos de mis pagos de nómina en la cuenta bancaria de mi secretaria. Al poco recibí una llamada embarazosa del banco. Habían rechazado mis cheques por no tener fondos suficientes. Por buenas que hubieran sido mis intenciones, no había habido el dinero necesario en mis cuentas en el momento justo para cubrir las cantidades de los cheques emitidos. De manera semejante, si no hubiera habido Expiación, todo bautismo, todo matrimonio, toda ordenanza sería como un cheque extendido con cargo a una cuenta vacía. Sencillamente, no habría fondos para pagar la suma exigida para limpiarnos en el momento del bautismo, para sellarnos en el momento de celebrarse el matrimonio, ni para resucitar en la Segunda Venida. Sin la Expiación, todas las ordenanzas del Evangelio podrían tener un sello que dijera «Sin fondos», en negrita y en grandes letras. La Expiación es lo que aporta la vida, el aliento y la esencia a cada principio y ordenanza del Evangelio. Es el banco espiritual, la carta de crédito que nos permite retirar los fondos necesarios para el rescate y satisfacer así las demandas de la justicia. A este respecto, el élder George F. Richards enseñó: «Las ordenanzas del Evangelio poseen una virtud intrínseca en razón de la sangre expiatoria de Jesucristo, y sin ella, no habría virtud para la salvación en ellas».1 Por consiguiente, si deseamos entender mejor una ordenanza de salvación y su simbolismo, convendría preguntarse: «¿Qué relación guarda esta ordenanza con la Expiación de Jesucristo?».

EL SACRIFICIO Y LAS OFRENDAS

La primera ordenanza instituida entre los hombres fue el sacrificio de animales. Adán había recibido el mandato de ofrecer las primicias de su rebaño. Esta ordenanza estaba diseñada para dirigir los pensamientos y la atención del hombre al punto neurálgico de la historia: la Expiación. El ángel afirmó ante Adán: «Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad» (Moisés 5:7). El Señor se apresuró a concentrar los esfuerzos espirituales, emocionales e intelectuales del hombre en ese acontecimiento de la mayor importancia. El sacrificio de animales fue uno de los primeros mandamientos de Dios al hombre mortal.

La intención subyacente de la ordenanza sacrificial era dirigir los pensamientos y poderes reflexivos hacia la Expiación. Este era «el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio; y ese gran y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno» (Alma 34:14; véase también Alma 13:16). Jacob enseñó: «guardamos la ley de Moisés, dado que orienta nuestras almas hacia él» (Jacob 4:5).

Cuando las huestes de Israel ofrecían sus sacrificios, no obstante, uno se pregunta cuántos entendían de verdad el significado divino debajo del proceso mecánico. Desafortunadamente, muchos en Israel nunca entendieron las ordenanzas y los sacrificios relacionados con la misión del Salvador. Al parecer pensaban que en las ordenanzas mismas residía la salvación, sin el sacrificio de un redentor. Abinadí testificó a este respecto: «por tanto, les fue dada una ley; sí, una ley de prácticas y ordenanzas. (…) Y bien, ¿entendieron la ley? Os digo que no; no todos entendieron la ley; y esto a causa de la dureza de sus corazones; pues no entendían que ningún hombre podía ser salvo sino por medio de la redención de Dios» (Mosíah 13:30, 32; véase también Alma 33:19-20).

Algunas almas erradas sabían de la necesidad de un Redentor, pero creían incorrectamente que la sangre de Abel, y no la sangre de Cristo, era el agente purificador. El Señor le mencionó esta herejía a Abraham: «Y Dios habló con [Abraham], diciendo, mi pueblo se ha apartado de mis preceptos, y no han mantenido mis ordenanzas, las que les di a sus padres; (…) y han dicho que la sangre del justo Abel fue derramada por los pecados; y no han sabido en lo que son responsables ante mí» (TJS, Génesis 17:4, 7; énfasis añadido).

Retrospectivamente, parece increíble que un pueblo fuera capaz de entender la necesidad del sacrificio expiatorio, pero no pudiera conocer al cordero sacrificial.

El rey Benjamín llegó a la misma conclusión trágica: «Y les mostró muchas señales, y maravillas, y símbolos, y figuras, concernientes a su venida; y también les hablaron santos profetas referente a su venida; y sin embargo, endurecieron sus corazones, y no comprendieron que la ley de Moisés nada logra salvo que sea por la expiación de su sangre» (Mosíah 3:15).

El Señor le hizo una pregunta al Israel apóstata: «¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? (…) no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas ni de machos cabríos» (Isaías 1:11). Dicho de otra manera, los sacrificios en sí mismos carecen de sentido. No son un fin. Solamente adquieren sentido si sirven para centrar la mente y el corazón del oferente en el sacrificio expiatorio del Salvador. De no ser así, son una matanza y no un sacrificio; son repulsivos y no agradan al Señor.

Uno se pregunta cómo es posible que para tantos resultara incomprensible la Expiación cuando día tras día, año tras año, incontables animales fueron sacrificados como prototipos del Expiador. ¿No vieron las masas en esta ordenanza preparada por Dios un prototipo sencillo y claro de la redención? De manera similar, ¿por qué solamente Daniel vio la manifestación divina «y no la vieron los hombres que estaban [con él]» (Daniel 10:7)? Cuando la multitud de las huestes del cielo prorrumpió en cánticos desde los dominios celestiales: «¡Gloria a Dios en las alturas!» (Lucas 2:14), ¿por qué tan solo un grupo selecto de pastores de los montes escuchó esas verdades gloriosas (Lucas 2:8-11)? Probablemente la estrella era visible para todos, pero ¿por qué fueron únicamente los magos quienes la siguieron desde Oriente? ¿Por qué no fueron multitudes desde aquellos horizontes lejanos? Allí estaba Saulo en el camino a Damasco, pero ¿por qué entre sus compañeros de viaje fue él en solitario el único que testificó plenamente del Señor resucitado? Porque los acontecimientos espirituales pueden discernirse solamente con los sentidos espirituales. Una y otra vez se reafirma esta verdad multisecular y de primera ley: los episodios proféticos y las ordenanzas espirituales pueden entenderse únicamente por medios espirituales. Cualquier intento de entender desprovisto del espíritu, sean cuales sean la capacidad cerebral, los estudios universitarios o la experiencia según el mundo, es sencillamente inútil.

Afortunadamente, hay algunos que sí entendieron la importancia espiritual de los sacrificios. Durante cuatrocientos años, todo creyente que alzó el cuchillo para matar al primogénito de su rebaño puede haberse identificado por un instante con el Padre de todos nosotros. ¿Cuál de estos pastores podía hundir la hoja del cuchillo con gélida emoción en la carne cálida del cordero que había criado con amor —y en ocasiones, quizá incluso protegido contra los elementos y los enemigos— sin estremecerse siquiera cuando la sangre palpitante teñía su hoja de acero? En semejante ocasión, los corazones de la oveja y del pastor se veían desgarrados. Tan significativo como era el simbolismo de la ocasión, sin embargo, la lección perdurable no pertenecía a la mente, sino al corazón. Nunca podremos entender el ferviente simbolismo de este acontecimiento aplicando exclusivamente la fría lógica; hay que sentirlo. Todo ganadero que haya mirado al futuro con un Redentor en el horizonte pasaría por su propia catarsis espiritual, sentiría su propio corazón roto. Mediante esta experiencia, el oferente empezaría a sentir —por sutiles que fueran sus estremecimientos—, la profundidad del sacrificio que habría de producirse en el meridiano de los tiempos.

La ordenanza antigua del sacrificio incluía todos los elementos y los símbolos necesarios para enseñar las verdades fundamentales de la Expiación. Las primicias del rebaño representaban al primogénito de la Deidad. El Salvador, como la ofrenda obligatoria en el Israel de la antigüedad, tenía que ser sin defecto (Éxodo 12:5; 1 Pedro 1:19). Ningún hueso podía quebrarse (Éxodo 12:46). El sacrificio debía «ser sin defecto para ser aceptado» (Levítico 22:21). La ofrenda había de ser voluntaria. Moisés declaró: «de su voluntad lo ofrecerá» (Levítico 1:3; véase también Éxodo 35:5). La sangre de ambos sacrificios (el animal y Cristo) debería derramarse (1 Pedro 1:19). Aarón recibió el mandamiento de «sobre los cuernos del altar [del sacrificio] hará Aarón expiación (…) con la sangre de la ofrenda por el pecado». El Señor pronunció entonces su bendición sobre la ofrenda: «será muy santo a Jehová» (Éxodo 30:10). La finalidad subyacente de estas ordenanzas se enseñó con claridad: «seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová» (Levítico 16:30). Para que nadie olvide el significado espiritual en el que se basan estas ordenanzas antiguas, Pablo ayudó aportando la perspectiva correcta:

«Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. En esa voluntad [a de Dios] somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez y para siempre. Así que todo sacerdote se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero Cristo, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, se ha sentado a la diestra de Dios» (Hebreos 10:4, 10-12).

La naturaleza de los poderes redentores de la Expiación tiene dos partes: primero, vencer la muerte física; y segundo, vencer la muerte espiritual. La ordenanza sacrificial simbolizaba el derramamiento de su sangre por parte de Cristo a fin de posibilitar la conquista de la muerte espiritual. Sin embargo, ¿existía una ordenanza u ofrenda antiguas que simbolizaran la conquista porvenir de la muerte física por parte de Salvador? La ofrenda de las primicias que de su tierra hacían los antiguos puede haber sido un símbolo de esta naturaleza.

Moisés mandó: «Las primicias de los primeros frutos de tu tierra traerás a la casa de Jehová tu Dios» (Éxodo 23:19; véase también Éxodo 22:29). Salomón y Nehemías, en calidad de portavoces del Señor, darían más tarde instrucciones similares a su pueblo (Proverbios 3:9; Nehemías 10:35). Este simbolismo encajaba a la perfección con una sociedad dedicada al pastoreo. Cada estación era un recordatorio de la muerte y la vida. Cada hierba, cada ser vivo acabaría sucumbiendo a su naturaleza mortal. Con la absoluta certeza la tierra reclamaría a los suyos y cada estación engendraría, en un ciclo sin interrupción, nueva vida. Las primicias simbolizaban esa nueva vida. De manera similar, el arriendo de nuestro barro mortal por parte de la tierra sería temporal, no una propiedad perpetua. A su debido momento, nuestros tabernáculos mortales se levantarían de la tierra como nacen las primicias en su debida estación. Pablo, plenamente consciente de este simbolismo, habló de la resurrección del salvador en los siguientes términos, relacionados con lo anterior: «Pero ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos; y llegó a ser primicias de los que durmieron» (1 Corintios 15:20). La Escritura moderna confirma que la práctica antigua de ofrecer las primicias tenía implicaciones más amplias todavía. Los que honran a Dios y le obedecen serán honrados de igual manera como primicias cuando se alcen en la mañana de la primera resurrección. Así se encuentra reflejado en las Escrituras: «Ellos son de Cristo, las primicias, los que descenderán con él primero, y los que se encuentran en la tierra y en sus sepulcros, que son los primeros en ser arrebatados para recibirlo» (DyC 88:98).

La ordenanza del sacrificio, combinada con la ofrenda de las primicias del campo, era un tipo de drama teológico concebido para enseñar a toda alma sensible que Cristo vendría para poner su vida sobre el altar y que se levantaría de la tumba posteriormente. Estas ofrendas de la antigüedad eran frecuentes y su simbolismo profundo. Eran recordatorios  conmovedores y fervorosos de que el precio de la salvación solamente podía pagarse en el sacrificio de un Dios.

EL BAUTISMO

Las consecuencias dobles de la Expiación, a saber, la conquista de las muertes física y temporal, quedan simbolizadas en tándem en la singular ordenanza del bautismo. Pese a su aparente sencillez, el bautismo abunda en riqueza simbólica de gran profundidad. El bautismo simboliza la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo. Pablo enseñó que «los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte» (Romanos 6:3). Al entrar en las aguas del bautismo, representamos al hombre pecador que debe morir, o como dice Pablo: «nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho» (Romanos 6:6). Y la analogía se amplía más todavía: «somos sepultados juntamente con él para muerte por medio del bautismo» (Romanos 6:4; véase también Colosenses 2:12). Nuestra inmersión en el agua se corresponde con la sepultura de Cristo: el periodo de transición entre el viejo hombre y el hombre nuevo. Somos «bautizados según la manera de su sepultura, siendo sepultados en el agua en su nombre» (DyC 76:51). Cuando emergemos del agua, nos levantamos de una sepultura acuática, y salimos para andar «en vida nueva» (Romanos 6:4), puesto que «así también lo seremos en la de su resurrección» (Romanos 6:5). Así, la muerte, sepultura y resurrección de Cristo quedan simbolizadas en perfecta armonía. Cambiar el modo del bautismo de la inmersión a la aspersión, al vertido o a cualquier otra forma es menoscabar el simbolismo sencillo y profundo a la vez de esta ordenanza sagrada. Por ello el bautismo verdadero ha de llevarse a cabo única y exclusivamente por inmersión.

Existen dos agentes purificadores naturales conocidos para el hombre: el agua y el fuego. El Evangelio de Felipe, uno de los hallazgos de Nag Hammadi, propugna esta verdad: «Es mediante el agua y el fuego que se purifica todo el lugar». Estos elementos son partes integrantes del bautismo y de su ordenanza complementaria, la recepción del don del Espíritu Santo. En el momento de su conversión, Pablo recibió el mandato: «Levántate, y bautízate y lava tus pecados» (Hechos 22:16). Las aguas del bautismo simbolizaban ese lavamiento. El fuego se reconoce igualmente como agente purificador, refinador y limpiador. Nefi enseñó: «entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo» (2 Nefi 31:17). A través de José Smith, el Señor enseñó además que existía una interrelación entre las dos ordenanzas y sus respectivos símbolos: «declararás el arrepentimiento y la fe en el Salvador, y la remisión de pecados por el bautismo y por fuego, sí, por el Espíritu Santo» (DyC 19:31). Así vemos dos elementos limpiadores, el agua y el fuego, combinados en unisonancia de simbolismos para llevar acabo nuestra purificación. Sin embargo, no debemos permitir que los símbolos distorsionen la realidad: el agua no limpia el pecado y el «fuego» del Espíritu Santo no es la causa última de la purificación. Se trata de símbolos poderosos, pero son símbolos, al fin y a la postre. En palabras a Adán y su posteridad, el Señor aporta la interpretación acertada: «tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado» (Moisés 6:59; énfasis añadido; véase también Apocalipsis 1:5). Y otro tanto enseñó Juan: «la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7).

Todo se reduce siempre a la sangre de Cristo, Getsemaní, la Expiación. Orson F. Whitney puso los elementos del bautismo en su justa perspectiva: «Hay tres elementos en el bautismo: el agua, el espíritu y la sangre, aunque solamente se suele hace mención de dos de ellos, el agua y él espíritu. Sin la sangre expiatoria de Cristo, el bautismo no podría existir un bautismo de naturaleza salvadora». Es la Expiación de Jesucristo la que aporta el sentido profundo y la esencia espiritual a la ordenanza del bautismo; sin ella, todo el simbolismo del mundo sería en vano.

LA SANTA CENA: EN MEMORIA SUYA

Cuatro mil años antes de Cristo, los antiguos ofrecían sacrificios con la mira puesta en la Expiación prometida del Salvador. No obstante, en el transcurso de su última semana, con la inminencia de la noche en Getsemaní y el Gólgota, el Salvador sustituyó el sacrificio por la Santa Cena. Esta ordenanza simbolizaría la sangre y el cuerpo que él iba a entregar. Tiempo después se instituyó entre los nefitas y más tarde entre los santos de la Iglesia restaurada con el mandato de que tomaran los emblemas simbólicos con frecuencia.

Brigham Young declaró: «Las generaciones vienen y van; no importa: los creyentes en El tienen la obligación de comer el pan y beber el vino en memoria de Su muerte y Sus sufrimientos». En cierto sentido, la Santa Cena es una celebración conmemorativa en honor del Salvador que murió por nosotros. Es como si Kipling hubiera hablado Escritura cuando estos versos salieron de su pluma:

El tumulto y el griterío fenecen;
capitanes y reyes parten;
Pero aún permanece tu sacrificio antiguo,
un humilde y contrito corazón.
Señor Dios de las huestes, permanece con nosotros un poco más,
¡Para que no olvidemos, para que no olvidemos!

Así pues, para no olvidar, comemos y bebemos Sus emblemas a menudo. Esto es lo que enseñó Brigham Young: «¿Es esta costumbre [la Santa Cena] necesaria? Sí; porque tenemos tendencia a olvidar». Y la historia le da la razón. En tan solo una generación, tras la muerte de Josué, las Escrituras afirman que el pueblo ya había olvidado «la obra que él [Jehová] había hecho por Israel» (Jueces 2:10). Asimismo, las Escrituras continúan narrando que, apenas transcurrido un breve periodo de tiempo desde entonces, «no se acordaron los hijos de Israel de Jehová su Dios, que los había librado de todos sus enemigos de alrededor» (Jueces 8:34). Con qué celeridad se desdibujan nuestros recuerdos. Esa fue la observación hecha por Mormón mientras trabajaba en el compendio de las planchas de Nefi: «Así vemos cuán rápidamente se olvidan del Señor su Dios los hijos de los hombres» (Alma 46:8).

En las aguas sagradas del bautismo hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo. Pero el Señor sabe que los mortales tienen tendencia a olvidar sus convenios a menos que sebos recuerden constantemente. En tiempo del Antiguo Testamento, las personas no hacían un único sacrificio que durara toda su vida. Al contrario, se hacían sacrificios de manera constante a lo largo de la existencia de cada cual. ¿Y por qué? Pablo tenía la respuesta: «Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados» (Hebreos 10:3; énfasis añadido). Este fue el mensaje del Salvador al Israel de la antigüedad: «Acuérdate, no olvides» (Deuteronomio 9:7; véase también Salmos 105:5; 106:7). La mesa sacramental es el lugar donde se produce ese acto de «recordar nuevamente» los convenios bautismales. El Señor sabe que una de nuestras debilidades mortales son los fallos de la memoria.

El Señor estaba deseoso de que los hijos de Israel no olvidaran que había dividido el río Jordán. A modo de recordatorio, se mandaba a todas las tribus que tomaran una piedra del río y la colocaran en un lugar del campamento previamente designado al efecto. El Señor entonces decretó: «estas piedras serán un monumento conmemorativo para los hijos de Israel para siempre» (Josué 4:7). Cada vez que ellos o sus descendientes miraban aquel monumento pétreo, este se convertía en un recordatorio tangible de que Dios los había librado en su momento de necesidad.

Tales monumentos mantienen vivo el heroísmo de actos pretéritos. El alto obelisco del Monumento a Washington, la rotonda de mármol del Monumento a Jefferson, o la sencilla cruz blanca del Cementerio de Arlington… cada uno de estos monumentos inspira una profunda reflexión y una reverencia solemne por el pasado. De igual manera, la Santa Cena constituye un monumento a la Expiación de Cristo.

La fiesta de la Pascua se instituyó en parte para recordarles a los israelitas que el ángel destructor pasó de ellos por la sangre de cordero que impregnaba los postes de sus puertas. Esta era la señal de la sangre del Mesías, que podía salvarles espiritualmente. A fin de que no olvidaran este episodio que salvó vidas en Egipto y el acontecimiento del que era la prefiguración, el Señor les mandó: «Y habréis de conmemorar este día, y lo celebraréis como fiesta solemne a Jehová durante vuestras generaciones» (Éxodo 12:14).

Del mismo modo, la Santa Cena está pensada para constituir un recordatorio físico del amor y el poder salvífico de Dios por todas las generaciones. Cuando comemos y bebemos con verdadera intención, la Santa Cena atrae, canaliza y centra nuestros pensamientos espirituales en la esencia del Evangelio, la Expiación, simbolizada por el pan (símbolo de su cuerpo) y el agua (símbolo de su sangre). El Salvador enseñó esta verdad: «haced esto en memoria de mí. (…) Porque todas las veces que comáis este pan, y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11:24, 26). Es por esta razón que en las oraciones sacramentales se dice: «para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo», y a continuación, «para que lo hagan en memoria de la sangre de tu Hijo» (DyC 20:77, 79; véase también DyC 27:2).

El élder Spencer W. Kimball afirmó: «Cuando busquen en el diccionario la palabra más importante, ¿saben cuál es? Debería ser ‘recordar’. Porque todos ustedes han hecho convenios —saben lo que tienen que hacer y cómo hacerlo—, nuestra necesidad más acuciante es recordar. Por eso todos acuden a la reunión sacramental todos los días de reposo».

Semejante focalización en la vida del Salvador, y en particular en su Expiación, está orientada a producir un festín espiritual formidable. Brigham Young declaró: «El Señor ha plantado una divinidad en nuestro interior; y ese espíritu divino e inmortal precisa alimento. (…) Esa divinidad que llevamos dentro necesita alimento de la fuente de la que procedió». Dicho alimento puede encontrarse en la mesa sacramental. Pero el élder Melvin J. Ballard nos advierte que «hemos de acudir (…) a la mesa sacramental hambrientos». Algunos llegan al banquete todas las semanas con jarras, listos para llenarlas y beber hasta la última gota de vida eterna que se ofrezca. Otros, sin embargo, vienen con tazas, y otros incluso con recipientes de menor tamaño. Jedediah M. Grant opinó al respecto: «Muchos toman la Santa Cena mientras piensan ‘¿cuántas yuntas puedo conseguir para transportar piedra? ¿Me pregunto si esa hermana tiene un sombrero como el mío? o ¿puedo conseguir uno como el suyo? ¿Me pregunto si hará buen tiempo mañana o si va a llover, o a nevar?’ (…). Uno puede sentarse en este estrado y leer en sus mentes pensamientos como estos mirando sus rostros». Imagino que, si pudiéramos observar el barómetro celestial que lee y registra los pensamientos de cada persona durante esta ordenanza sagrada, tendríamos una medida muy precisa de la espiritualidad de cada cual.

Cuando era joven, S. Dilworth Young asistió a una conferencia en que unos cuantos líderes del sacerdocio estaban presentes. Durante la reunión, el hermano Young se fijó en un hermano anciano que se encontraba sentado en uno de los bancos del fondo de la sala. Estaba dormido profundamente, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta de par en par. El hermano Young advirtió que había un tragaluz situado justo sobre la cabeza del caballero de edad avanzada. Le pasó por la cabeza una idea: si pudiera trepar hasta la claraboya, podría bolitas de papel desde arriba a la boca del señor y darle un susto de muerte. La idea era tan fascinante le mantuvo su mente ocupada el resto de la reunión. Finalmente, esta terminó y al ofrecerse la última oración, todos se levantaron para marcharse. El élder Young se encontró detrás de un hombre visiblemente conmovido. El hermano en cuestión se dirigió al hombre que tenía al lado y le dijo: ‘Menudo banquete espiritual hemos tenido hoy’. El élder Young se dijo a sí mismo: ‘Dilworth, ¿dónde has estado cuando se sirvió el banquete?».

Todas las semanas se sirve un festín en la reunión sacramental. Los discursantes, los músicos y las oraciones son partes integrantes de esta reunión, pero no son el plato principal. La música puede resultar desafinada; los oradores, monótonos, pero los que acudan hambrientos a la mesa sacramental todavía pueden saciarse. Cualquier hombre o mujer que viene a la reunión sacramental con hambre y sed de alimento espiritual hallará refrigerio y nutrición para su alma. El Salvador prometió a los nefitas: «Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros» (3 Nefi 18:7). Más tarde, mediante la repetición, les prometió que todos los que coman y beban de sus emblemas adecuadamente: «su alma nunca tendrá hambre ni sed, sino que será llena» (3 Nefi 20:8).

Cuando recordamos la Expiación y reflexionamos sinceramente sobre su sacrificio y su amor, nuestras almas se llenan de agradecimiento, paz y un sentimiento de autoestima que proviene de ser uno con el Salvador. El presidente Brigham Young enseñó: «Es una de las mayores bendiciones que podríamos disfrutar, venir ante el Señor, ante los ángeles y ante los demás, para dar testimonio de que recordamos que el Señor Jesucristo ha muerto por nosotros». El Señor les recordó a José y a Oliver de la necesidad constante de reflexionar así: «Mirad hacia mí en todo pensamiento; (…) Mirad las heridas que traspasaron mi costado, y también las marcas de los clavos en mis manos y pies» (DyC 6:36-37).

De algún modo, el acto mismo de recordar al Salvador y meditar acerca de su vida es, en sí mismo, un catalizador de bondad. Debe ser difícil, si no imposible, reflexionar con sinceridad acerca de la vida del Salvador y hacer el mal simultáneamente. Hacerlo así equivaldría a pedirle a alguien que avanzara y retrocediera al mismo tiempo. Cada vez que nos paramos a meditar sobre el Salvador, damos un paso espiritual hacia delante.

Alguien dijo en una ocasión: «Recordar es la semilla de la gratitud». Pedro escribió su segunda epístola a los amados santos con la esperanza de poder «despertar» su «limpio entendimiento para que tengáis memoria» (2 Pedro 3:1-2; véase también 2 Pedro 1:13). Alma, reconociendo la fuerza conversora de la reflexión espiritual, les preguntó a los santos pasivos de Zarahemla: «¿habéis retenido suficientemente en la memoria la misericordia (…)» (Alma 5:6). El rey Benjamín, después de su sermón sobre la Expiación, le rogó a su pueblo: «¡oh hombre!, recuerda, y no perezcas» (Mosíah 4:30). El élder Marión G. Romney recordó que el presidente Wilford Woodruff dijo una vez «que, mientras se repartía la santa cena, podía verse cómo movía los labios silenciosamente mientras se repetía a sí mismo, una y otra vez: ‘me acuerdo de ti, me acuerdo de ti’».

Helamán, un padre sabio, entendía el sencillo, pero profundo poder de recordar. Les dio a sus hijos los nombres de Nefi y Lehi; entonces, cuando alcanzaron la madurez les explicó por qué: «He aquí, hijos míos, quiero que os acordéis de guardar los mandamientos de Dios; y quisiera que declaraseis al pueblo estas palabras. He aquí, os he dado los nombres de nuestros primeros padres que salieron de la tierra de Jerusalén; y he hecho esto para que cuando recordéis vuestros nombres, los recordéis a ellos; y cuando os acordéis de ellos, recordéis sus obras; y cuando recordéis sus obras, sepáis (…) que eran buenos. Por lo tanto, hijos míos, quisiera que hicieseis lo que es bueno, a fin de que se diga, y también se escriba, de vosotros, así como se ha dicho y escrito de ellos» (Helamán 5:6-7).

Helamán sabía que cuando sus hijos pensaran en las vidas y las buenas obras de sus homónimos, crecería en sus corazones un deseo de hacer lo mismo. Helamán invitó entonces a sus hijos a recordar algo todavía más importante: «recordad que no hay otra manera ni medio por los cuales el hombre pueda ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo; (…) sí, recordad que él viene para redimir al mundo» (Helamán 5:9). Helamán concluyó su sermón a sus hijos con un doble recordatorio: «recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, (…) un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán» (Helamán 5:12). Mormón, que compendió estos anales, leyó el relato biográfico de estos hijos extraordinarios y concluyó con este homenaje tan adecuado: «Y se acordaron de sus palabras» (Helamán 5:14; énfasis añadido).

Gerald Lund compartió el relato de lo que había leído acerca de un monitor de escalada, Alan Czenkusch, que regentaba una escuela de alpinismo en Colorado. A modo de contexto, el hermano Lund explicó que el «aseguramiento» es el sistema de seguridad que emplean los montañeros, el cual consiste en que un escalador ancla la cuerda y a sí mismo a fin de estar mejor preparado para sostener a su compañero en caso de producirse una caída. El hermano Lund cito a continuación el relato original de la ocasión en la que Czenkusch estuvo cerca de la muerte:

«El aseguramiento le ha brindado a Czenkusch su mejor y su peor momento en el alpinismo. Czenkusch cayó una vez desde un precipicio muy alto, arrancando tres soportes mecánicos y arrastrando a su asegurador desde una cornisa. Frenó, cabeza abajo, a diez pies del suelo cuando su asegurador, miembros extendidos de par en par, detuvo la caída con la fuerza de sus brazos extendidos.

»‘Don me salvó la vida’, dice Czenkusch. ‘¿Cómo se responde a un joven como ese? ¿Se le da una cuerda de escalada de segunda mano por Navidad? No; te acuerdas de él. Siempre te acuerdas de él»

Qué pensamiento más sencillo, a la vez que conmovedor: recordarle siempre. Como comenta el hermano Lund: «Esas son las palabras exactas del convenio sacramental».

LA SANTA CENA: UN MOMENTO PARA LA INTROSPECCIÓN Y EL COMPROMISO

La Santa Cena es también un momento para la introspección profunda y la autoevaluación. Pablo exhortó así: «Por tanto, examínese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa» (1 Corintios 11:28). La Santa Cena es un momento en que, no nos limitamos a recordar al Salvador; también comparamos nuestra vida con la del Gran Ejemplo. Es un momento de apartar cualquier autoengaño; es un momento de verdad absoluta y sublime. Todas las excusas, todas las fachadas deben descartarse, permitiéndose que nuestro espíritu, tal y como es en realidad, esté en comunión, espíritu con Espíritu, con nuestro Padre. En este momento nos erigimos en nuestros propios jueces, contemplando cómo son nuestras vidas en realidad y cómo deberían ser. David debe haberse sentido así cuando imploró: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos: Y ve si hay camino de perversidad en mí y guíame por el camino eterno» (Salmos 139:23-24).

El élder David O. McKay aíslo los dos elementos clave de la adoración: la enseñanza y la meditación, pero «de los dos, el más provechoso introspectivamente es la meditación».19 Es durante la Santa Cena que se nos presenta la oportunidad suprema para la meditación, la introspección y la autoevaluación. Es un momento para «[meditar] en [nuestro] corazón» (Salmos 4:4). Es en el transcurso de esos momentos solemnes y sagrados que la Santa Cena se convierte en un espacio de compromiso donde podemos tomar la firme decisión de poner nuestras vidas en orden de acuerdo a la norma divina de la cual nos hemos desviado.

No solo es el Salvador el maestro entre maestros, el líder entre líderes, sino que también es el maestro psicólogo. Sabe que en nuestra debilidad necesitamos comprometernos, no solo una vez en el bautismo, sino con frecuencia a partir de entonces. Todas las semanas, todos los meses, todos los años, cuando alargamos la mano para comer y beber de los emblemas, nos comprometemos por nuestro honor —si sirve de algo— a guardar sus mandamientos y poner nuestra vida en armonía con las normas divinas.

En un sentido, nos volvemos como los israelitas de antaño, de los que Josué afirmó: «Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido a Jehová para servirle». Y en las Escrituras se encuentra la respuesta del pueblo: «ellos respondieron: Testigos somos» (Josué 24:22). Durante la Santa Cena nos convertimos en testigos contra nosotros mismos cada vez que extendemos la mano. No puede haber justificaciones, en una fecha posterior, que contemplamos, que consideramos, pero que no lo cometimos. El acto físico supera cualquier excusa que podamos poner. Es nuestra firma vinculante estampada en el contrato celestial.

La Santa Cena es un momento para reflexionar con verdadera intención acerca de la vida del Salvador; para examinar nuestras vidas y compararlas con su ejemplo perfecto y entonces decidirnos con determinación a cerrar la brecha que separa a ambas.

Pero no es fácil. Afortunadamente, existe un poder divino para ayudarnos en estas decisiones: es el poder del amor del Salvador, el cual se manifestó tan visiblemente en su Expiación. Su amor es como un imán espiritual que nos atrae hacia arriba. Nefi escribió: «El no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él» (2 Nefi 26:24; énfasis añadido). En efecto, la Expiación tiene un poder de atracción. El élder Joseph F. Smith opinó al respecto: «La ordenanza [la Santa Cena] tiene una tendencia a atraer nuestras mentes y a apartarlas de las cosas del mundo para centrarla en las cosas que son espirituales, divinas y celestiales».

En estos momentos sagrados y meditativos de la Santa Cena, cuando nuestros espíritus se hallan sometidos a tensión debido al incremento de conocimiento y aceptación espirituales, vislumbramos más claramente el significado de su sacrificio y su amor. Mientras nuestros pensamientos de tornan hacia él, se produce una cierta atracción «gravitatoria» de espíritu a Espíritu que nos atrae hacia el cielo. Estos son momentos de valor incalculable, de decisión y compromiso de ser uno con él.

LA SANTA CENA: MOMENTO PARA LA SANACIÓN

La Santa Cena es también un momento de sanación espiritual. El élder Melvin J. Ballard sopesó esta cuestión: «¿Quién de entre nosotros no hiere su espíritu en palabra, pensamiento o acto, entre domingo y domingo? Hacemos cosas por las que nos causan pesadumbre y deseamos que nos perdonen. Puede que en ocasiones hayamos ofendido a alguien, o pronunciado palabras de las que quisiéramos retractarnos, o descuidado el pago de diezmos y ofrendas, o sido maestros orientadores negligentes, o no hayamos dado lo mejor de nosotros en nuestro servicio eclesiástico. Algunos puede que, pese a saber que son correctas, hayan dejado de obedecer la Palabra de Sabiduría o hayan quebrantado las normas de castidad. A cada uno de nosotros que no hemos estado a la altura de un modo u otro, el élder Ballard ha ofrecido esta esperanza gloriosa:

«Si en nuestros corazones sentimos lo que hemos hecho (…) que quisiéramos que nos perdonaran, entonces (…) acudamos a la mesa sacramental donde, si nos hemos arrepentido con sinceridad y hecho lo necesario para mejorar nuestra situación, seremos perdonados, y la curación espiritual entrara en nuestras almas. (…) Soy testigo de que en torno a la administración de la santa cena hay un espíritu que llenará de calidez el alma, de los pies a la cabeza; sentirán cómo sanan las heridas del espíritu, y se levantará la carga de sus hombros».

En estos momentos, cobran vida las palabras de Isaías: «por sus heridas fuimos nosotros sanados» (Isaías 53:5). La Santa Cena administra el bálsamo curativo al alma herida.

LAS ORDENANZAS DEL TEMPLO

La ordenanza del bautismo abre las puertas del reino celestial. Nefi se refirió a esta puerta cuando dijo «Porque la puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo en el agua» (2 Nefi 31:17). Son las ordenanzas del templo, no obstante, las que abren la puerta de la exaltación. El presidente Brigham Young así lo declaró: «Permítanme ofrecerles una definición abreviada. Su investidura es recibir todas esas ordenanzas en la casa del Señor, que ustedes necesitan, después de dejar esta vida, para regresar a la presencia del Padre, pasando ante los ángeles centinelas, (…) y ganar su exaltación eterna».

Joseph Lielding Smith añadió su propio testimonio: «No podéis recibir una exaltación hasta que hayáis hecho convenios en la casa del Señor y recibido las llaves y autoridades que ahí se confieren y no pueden darse en otro lugar en la tierra hoy en día».

Moisés enseñó a los hijos de Israel que sin las ordenanzas del templo no podían «ver la faz de Dios, sí, el Padre, y vivir» (DyC 84:20-22). Entonces procuró santificar al pueblo con estas ordenanzas mayores. Tristemente, debido a la dureza de sus corazones, perdieron ese privilegio. El Señor les concedió a los israelitas, pese a todo, el privilegio de construir un «templo» en forma de tabernáculo portátil, donde podían realizarse ordenanzas menores. El apóstol Pablo enseñó que la ley menor, llamada ley de Moisés, era un «ayo para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). En consecuencia, el tabernáculo se diseñó de tal manera que, como enseña el Sistema Educativo de la Iglesia (SEI) en una presentación de diapositivas dedicada a los templos, «su ubicación, el mobiliario, la vestimenta, todos los detalles fueron concretados por el Señor para dar testimonio, en tipología, simbolismo y similitud de Jesucristo y su sacrificio expiatorio».

La puerta del atrio del tabernáculo estaba hecha de lino fino torcido blanco, azul, púrpura y carmesí. El blanco simbolizaba la pureza, el azul representaba los cielos, el púrpura la realeza de Cristo y el carmesí la sangre que se derramaría en Getsemaní. En el interior del atrio se encontraba un altar con cuernos de madera (semejantes a cuernos de animales) en cada esquina, en representación de los cuatro puntos cardinales. El objetivo era recordarle al pueblo el poder salvífico global del Cristo, quien recibiría el nombre de «cuerno de salvación» (Lucas 1:69). Los cuernos se salpicaban con la sangre del sacrificio en referencia a la sangre expiatoria de Cristo. A Aarón se le mandó que hiciera una «expiación (…) con la sangre de la ofrenda» (Éxodo 30:10).

Al acercarse al tabernáculo, resultaba visible que la estructura estaba cubierta con tres capas de tejido. Las capas inferiores seguían una idéntica combinación cromática que la entrada del atrio y, por lo tanto, compartían su simbolismo. La tercera capa o cubierta exterior era de lana carmesí. La mencionada presentación del SEI explicaba lo siguiente: «La importancia de esta cortina parece estar vinculada con la idea de que el Cordero de Dios (la lana) y su sangre expiatoria (el color carmesí) cubrían los pecados de Israel, cuya expiación se llevaba a cabo en el interior de esa estructura sagrada».

En el interior del lugar santísimo se encontraba el arca del pacto. La tapa de madera del arca estaba cubierta de una única capa de oro. Dos querubines, cubiertos con una idéntica capa dorada, tenían las alas extendidas para proteger el arca. No hay que interpretar las alas de forma literal, ya que eran más bien una «representación de poder» (DyC 77:4) y simbolizaban el poder salvífico de la Expiación. La tapa del arca recibía el nombre de «propiciatorio» (Éxodo 25:17-22; otra posible traducción del hebreo es «tapa de la expiación»), porque en ella, según la presentación del SEI, «se salpicaba sangre para expiar o pagar (hacer propiciación) por los pecados de Israel».

Esta «experiencia del templo» de los israelitas de la antigüedad estaba concebida para grabar en sus mentes la redención futura del Salvador. En consecuencia, no debería resultar sorprendente que la Expiación sea el eje central en la adoración en los templos modernos, tal y como sucedía en tiempos pretéritos.

Los primeros cristianos también tenían ritos del templo; eruditos como Hugh Nibley así lo han puesto de manifiesto. En su investigación, Nibley descubrió la siguiente declaración de Cirilo acerca de lavatorios y unciones practicados en la antigüedad: «El bautismo en cuestión, según la explicación de Cirilo, es más una ablución que un bautismo, dado que no se realiza por inmersión; le sigue una unción, la cual nuestro guía denomina ‘el antitipo de la unción de Cristo mismo’, haciendo de cada candidato un Mesías, por así decirlo. (…) Asimismo, al candidato se le recordaba que la ordenanza en su totalidad ‘es una imitación de los sufrimientos de Cristo’ en la que ‘sufrimos sin dolor por mera imitación de la recepción de los clavos en sus manos y pies: el antitipo de los suplicios de Cristo’».

Hugh Nibley opinó: «a menudo se ha afirmado que el Libro de Mormón no puede contener la ‘plenitud del evangelio’, puesto que no incluye las ordenanzas del templo». Y responde de la siguiente manera: «De hecho, estas ordenanzas están presentes por todas partes en el libro, si sabemos dónde buscarlas, y la docena aproximada de discursos sobre la Expiación en el Libro de Mormón están llenos a rebosar de imágenes relacionadas con el templo».

Una parte integrante de la experiencia del templo es hacer convenios. ¿Por qué? Porque la fiel observancia de esos convenios puede contribuir a propiciar el corazón quebrantado y el espíritu contrito que nos permiten disfrutar más plenamente de las bendiciones infinitas de la Expiación. El hermano Nibley nos recuerda que la Expiación fue «el sacrificio supremo hecho por nosotros, y para recibirlo hemos de estar a la altura de cada promesa y convenio asociados a ella: el Día de la Expiación fue el día de los convenios, y el lugar era el templo».

Los templos están diseñados para dotarnos de poder con vistas a retornar a la presencia de Dios y ser como él. A medida que entendemos y abrazamos el impacto total de la Expiación, ese poder aumenta. Cuando se dedican los templos, el grito de Hosanna nos recuerda —en este contexto sagrado— la misión de Cristo. La palabra hosanna significa «Oh, sálvanos», en alusión al poder de Cristo para salvarnos en virtud de su acto expiatorio. Es nuestro privilegio, en la santidad de estos santos lugares, estar en comunión y reflexionar más profundamente acerca del Salvador y su acto vicario de amor por todos nosotros, y recibir entonces ese poder dotador que nos eleva hacia el cielo. Cuando se entra en el salón celestial, se nos recuerda que podemos ser uno con Dios. Sin embargo, cuando se ven las salas de sellamiento, se nos recuerda que en el interior de esos muros sagrados se llevan a cabo las ordenanzas de exaltación que pueden darnos el poder de llegar a ser como Dios, y así, en el templo residen el poder y los medios de alcanzar el fin último de la Expiación.

La Expiación es el eje central de cada ordenanza de salvación. El élder Dallin Oaks describió una ordenanza sagrada como «un acto sagrado estipulado por nuestro Salvador Jesucristo como una de las condiciones en virtud de las cuales recibimos las bendiciones purificadoras y exaltadoras de su Expiación». Así, parece adecuado que las ordenanzas, que sirven de compuertas para las bendiciones de la Expiación, también simbolicen ese acto sublime.

¿Qué relación hay entre la justicia, la misericordia y la Expiación? →


NOTAS

  1. En Madsen, ≪Temple and Atonement≫, 72.
  2. Por supuesto, las manifestaciones celestiales exigen, tanto sensibilidad espiritual, como que se desarrollen de acuerdo con la voluntad de Dios.
  3. Empleando el sermon de Pablo como apoyo, Milton se refirio a la relación existente entre la ley del sacrificio y la fe en Cristo:

La ley puede descubrir el pecado, no quitarlo,
solo aparentar débil expiación,
con la sangre de todos y machos cabríos; concluirán
que sangre más preciosa ha de pagar por el Hombre,
El justo por los injustos, que en tal rectitud
ha de imputárseles por fe, puedan ellos hallar
justificación ante Dios, y paz
de conciencia, la cual la ley con ceremonias
aplacar no puede, ni hombre alguno la parte moral
ejecutar y, sin ejecutarla, vivir.
(Milton, Paradise Lost, 333)

  1. El autor reconoce que sus puntos de vista sobre este asunto deben sopesarse a la luz de los siguientes pensamientos del elder James E. Talmage: ≪Es un hecho que en vano buscamos en la naturaleza cualquier analogía de la resurreccion. (…) Las yemas se abren en la primavera, los arboles se cubren nuevamente de follaje y algunos han forzado y llevado las cosas al extremo para ver en ello un nuevo ejemplo de la resurreccion de los muertos; a mi modo de ver, empero, sigue siendo una analogia igualmente defectuosa, pues el arbol muerto no se cubre de hojas en la primavera y la planta marchita no produce nuevos brotes≫ (Talmage, Essential James E. Talmage, 95. Vease, sin embargo, Juan 12:23—24).
  2. ≪Gospel of Philip≫ 135.
  3. Whitney, Baptism, 11.
  4. Young, Discourses of Brigham Young, 172.
  5. Kipling, ≪Recessional≫, en Cook, Famous Poems, 40.
  6. Journal of Discourses, 6:195.
  7. Kimball, ≪Circles of Exaltation≫, 3.
  8. Young, Discourses of Brigham Young, 165.
  9. Ballard, Melvin J. Ballard, 132.
  10. Journal of Discourses, 2:277.
  11. Esta anecdota la relato el elder S. Dilworth Young en una sesion de la conferencia de la estaca Glendale, en California, a la que asistio el autor.
  12. Young, Discourses of Brigham Young, 172.
  13. Romney, ≪Reverence≫, 3.
  14. Lund, Jesús Christ, 45.
  15. Ibid.
  16. Conference Report, abril de 1946, 113.
  17. Journal of Discourses, 12:346.
  18. Ballard, Melvin J. Ballard, 132.
  19. Ibid., 132-33.
  20. Young, Discourses of Brigham Young, 416.
  21. Smith, Doctrinas de salvación, 2:253.
  22. Sistema Educativo de la Iglesia, ≪The Tabernacle≫, diapositiva num. 74.
  23. Ibid., diapositiva num. 45.
  24. Vease la edicion SUD de la Biblia en ingles, Exodo 25:17, nota a.
  25. Sistema Educativo de la Iglesia, ≪The Tabernacle≫, diapositiva num. 62.
  26. Nibley, Mormonism andEarly Christianity, 364.
  27. Nibley, Approaching Zion, 567.
  28. Ibid., 589.
  29. Citado por el elder John Madsen en una reunion espiritual del Templo de Los Angeles, 13 de diciembre de 1998.
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2 respuestas a ¿Qué Relación Tienen Las Ordenanzas Con La Expiación?

  1. Olga dijo:

    Muy edificante este libro muy inspirador gracias.

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  2. Olga dijo:

    Muy edificante este libro e inspirador gracias!!

    Me gusta

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