El Reino de Dios es eterno

El Reino de Dios es eterno

por el presidente Joseph Fielding Smith
Consejero de la Primera Presidencia

Discurso pronunciado,  el domingo 6 de octubre de 1968, en la sesión matinal de la 138a. Conferencia General Semestral de la Iglesia.

Me siento muy agradecido de poder reunirme con vosotros, mis hermanos, en esta sesión de la Conferencia; en todas las conferencias.

Me regocijo enormemente en la verdad. Todos los días de mi vida agradezco al Señor por su misericordia, por la bondad, el cuidado amoroso y la protección que ha extendido a todo su pueblo, y por las muchas manifestaciones de su gracia y las bendiciones que nos ha dado a lo largo y lo ancho de la tierra y a través de todos estos años desde la organización de la Iglesia, el 6 de abril de 1830.

Nuestra misión consiste en salvar, preservar del mal, exaltar al género humano, traer al mundo la luz y la verdad, inducir a la gente de esta tierra a andar en rectitud ante Dios y a honrarlo con su vida y con los primeros frutos de todos sus bienes.

Deseo decir que el así llamado “mormonismo”, es, como ha sido siempre, nada más ni nada menos que el poder de Dios para la salvación, para cada alma que lo reciba honestamente y lo obedezca. Os digo que todos los Santos de los Ultimes Días, dondequiera que se encuentren, siempre que sean leales a su nombre, a su llamamiento y a su comprensión del evangelio, son gente que defiende la verdad, el honor, la virtud, la pureza de vida, la honestidad en los negocios y en la religión; que defienden a Dios, su justicia, su verdad, su obra en la tierra, y la salvación de los hijos de los hombres.

Durante todos estos años hemos estado trabajando en la Iglesia, para llevar al hombre el conocimiento del Evangelio de Jesucristo, conducirlo al arrepentimiento y a la obediencia a los requisitos de la ley divina. Hemos estado luchando por salvar al hombre del error y persuadirlo a que abandone el mal y aprenda lo bueno.

El Evangelio de Jesucristo es el poder de Dios para la salvación, y es absolutamente necesario para todos los hombres y mujeres de la Iglesia obrar en rectitud, observar las leyes de Dios, y guardar los mandamientos que Él nos ha dado, a fin de hacerse dignos del poder de Dios para la salvación en esta vida, y el justo pueblo del convenio debe ser magnificado y aumentado, hasta que el mundo se incline y reconozca que Jesús es el Cristo, y que hay un pueblo que está preparándose para su venida en poder y gloria.

Portamos ante el mundo la rama de olivo de la paz. Le presentamos la ley del Señor, la verdad, tal como ha sido revelada en los últimos días para redención de los muertos y salvación de los vivos. No tenemos malevolencia ni malos deseos hacia los hijos de los hombres. El espíritu de perdón invade los corazones de los santos, que no acarician ningún sentimiento ni deseo de venganza hacia sus enemigos, sino que dicen para sí, dejad que el Señor juzgue entre nosotros y nuestros enemigos; nosotros los perdonamos y a nadie guardamos rencor. Aunque se puede decir, y es la verdad, que sólo somos un puñado comparados con la gente del mundo, no obstante debemos compararnos a la levadura de la cual habló el Señor, y que acabaría cubriendo el mundo entero. Los hombres deben hacer a un lado sus prejuicios, deseos personales, anhelos y preferencias, y poner atención a la grandiosa causa de la verdad que está extendiéndose por el mundo entero.

El espíritu del evangelio conduce al hombre a la rectitud; a amar a sus semejantes y trabajar por la salvación y exaltación de ellos; lo inspira a hacer bien y no mal, a evitar aun la apariencia de pecado, y el propósito de esta obra es la felicidad eterna del ser humano, felicidad en esta y en la vida venidera.

Los frutos del Espíritu de Dios—los frutos de una religión verdadera—son paz, amor, virtud, honestidad, integridad y fidelidad hacia cada uno de los espíritus conocidos en la ley del Señor. Leed el capítulo 5a de Gálatas y allí descubriréis la diferencia entre los frutos del Espíritu de Dios y los del espíritu del mundo. Esa es una de las grandes diferencias entre el llamado “mor- monismo” y la teología del mundo; si reverenciamos sus mandatos y adaptamos sus principios en nuestra vida, nos hará hijos de Dios, y finalmente dignos de morar en los ciclos en la presencia del Todopoderoso.

El Reino de Dios y la obra del Señor se extenderán más y más; progresarán más rápidamente en el mundo del futuro, que lo que lo han hecho en el pasado. El Señor lo ha dicho y el Espíritu lo ha registrado; y yo os doy testimonio de ello porque sé que así es.

El Reino de Dios está aquí para progresar, para extenderse por el mundo, para echar raíces en la tierra y para permanecer donde el Señor lo ha implantado por su propio poder y palabra; para que nunca sea destruido, sino que continúe hasta que los propósitos del Todopoderoso se cumplan, sí, cada principio que ha sido enunciado por boca de los profetas desde que el mundo fue creado. Es la obra de Dios, quien por su propia sabiduría y no por la sabiduría de los hombres, la ha restaurado sobre la tierra en los últimos días, la ha establecido sobre principios de verdad y rectitud, de pureza de vida; que no será jamás derribada ni entregada a otro pueblo, siempre que la mayoría de la Iglesia persevere en sus convenios con el Señor y se mantengan puros y sin dejarse manchar por el mundo.

No hay pueblo que pueda prosperar y florecer por largo tiempo, a menos que permanezcan en la verdad divina. La verdad es poderosa y prevalecerá. Deseo deciros que no ha habido nunca un momento desde que la Iglesia fuera organizada, en que haya estado dirigida por un hombre. No sucedió en los días de José Smith ni en los de Brigham Young, ni ha sucedido nunca. Os digo que ésta es la obra del Señor, tomad nota, y no olvidéis que es el Todopoderoso quien lleva a cabo su obra y no los hombres. Ningún hombre tendrá el honor de hacerlo, ni ha habido ninguno que tuviera ese poder. Si hubiese sido obra de hombres seríamos como el resto del mundo, y no sería verdad que Dios nos ha elegido entre el mundo; pero es verdad que el Señor nos ha elegido, por lo tanto no somos del mundo.

No olvidéis, mis hermanos y amigos, y cuando volváis a casa, si no habéis tenido el hábito de hacerlo o habéis descuidado vuestro deber, llevad con vosotros este mandato: Id a vuestras cámaras secretas—vuestros cuartos de oración—y solos, o reunidos con vuestra familia, doblad vuestras rodillas ante el Señor en alabanza y gratitud a Él por su misericordiosa providencia que os ha acompañado a vosotros y a todo su pueblo desde el comienzo de su obra hasta nuestros días. Recordad que cuanto se ha logrado ha sido por el don de Dios, por su poder y la influencia de su guía, y no por la sabiduría de los hombres. Ellos son nada más que un instrumento en las manos del Señor para que se cumplan sus propósitos, esto no podemos negarlo; debemos honrarlos, pero cuando nos comprometemos a hacerlo por haber cumplido con esta obra y al mismo tiempo no honramos al Señor, que es quien los ha calificado para ello, estamos cometiendo una gran injusticia con nuestro Padre Celestial. El interrumpirá su obra en justicia y apresurará sus propósitos a su debido tiempo. Sólo necesitamos poner todo nuestro esfuerzo en mantenernos al ritmo del progreso de la obra del Señor, y Él nos preservará y protegerá, preparando el camino delante de nosotros.

Me siento agradecido a mi Padre Celestial por haberme permitido vivir en esta época, y llegar a conocer los principios del evangelio. Siento agradecimiento por haber tenido el privilegio de lograr un testimonio de su veracidad, porque me es permitido pararme en cualquier momento a dejar mi testimonio de que el evangelio ha sido restaurado entre los hombres. He viajado por muchas naciones predicando el Evangelio, y he visto algo de las condiciones del mundo, por lo que sé que no se encuentra en ninguna parte tal como fue revelado en la Biblia.

Las ordenanzas del evangelio no se administran en ninguna iglesia, salvo en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Las otras iglesias no prestarán oídos a los hombres que les testifican que el Señor vive y que está tan dispuesto a revelar su palabra hoy como lo ha estado siempre; no pueden progresar, ni conocer las vías del Señor ni caminar en ellas.

Ese sendero es el mismo que mencionó Pedro y los otros apóstoles cuando el Espíritu del Señor descansó sobre ellos con gran poder, para tocar los corazones de la gente que gritaba: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” y Pedro les respondió: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:37-38)

Este fue el consejo que recibieron, y hasta donde lo obedecieran, serían dignos del testimonio del Santo Espíritu el cual les brindaría paz y felicidad, les revelaría sus deberes y los habilitaría para comprender su relación con el Señor.

Si contemplamos las condiciones del mundo en estos días, debemos llegar a la conclusión de que no es probable que la paz sea establecida muy pronto sobre la tierra. No hay nada entre las naciones que tienda a ese establecimiento.

El Señor Todopoderoso es el Creador de la tierra; Él es el Padre de todos los espíritus. Por lo tanto, tiene el derecho de ordenar lo que debemos hacer, y es nuestro deber obedecerle y andar de acuerdo a sus requerimientos. El evangelio ha sido restaurado sobre la tierra, y el sacerdocio nuevamente establecido, y esta gente disfruta de ambos. El mundo no lo puede comprender y la contempla con asombro.

Nosotros sabemos que Jesucristo vive; sabemos que Él es nuestro Salvador y Redentor. Tenemos de ello un testimonio independiente de cuanto se encuentre escrito en los libros, y testificamos al mundo de estas cosas. Nos encontramos comprometidos en la gran obra de estos últimos días de predicar el evangelio a las naciones; es una obra grande y gloriosa. Creemos que es justo que amemos a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Estos están entre los principios del evangelio, los cuales nos han sido enseñados desde el comienzo de nuestras carreras como miembros de la Iglesia. El Evangelio de Jesucristo es la ley perfecta de libertad, que conducirá al hombre a la gloria más alta, y lo exaltará en la presencia de nuestro Padre Celestial, si es su deseo escuchar los consejos de aquellos que ha elegido para que lo guíen.

No pedimos ventajas a ningún hombre. Llevamos sin temor el testimonio de que estas cosas son verdaderas. Sabemos que aquel en quien confiamos es Dios, porque ello nos ha sido revelado. No nos encontramos en las tinieblas, ni hemos obtenido este testimonio de hombre alguno, sino por medio de la revelación de Jesucristo. No se hace ningún daño desechando los desatinos y las maldades del mundo, inclinándose humildemente ante el Señor para pedir su Santo Espíritu, y, en obediencia a sus palabras, ser bautizado para la remisión de los pecados, y recibir el don del Espíritu Santo por la imposición de manos para que podáis ser testigos por vosotros mismos, de la veracidad de las palabras que os declaramos.

Haced esto humilde y honestamente, y tan seguro como que el Señor vive, os prometo que recibiréis el testimonio de esta obra y la conoceréis como todos los Santos de los Últimos Días deben conocerla. Esa es la promesa; es segura y constante, y hay muchas personas en esta congregación que pueden dar testimonio de que han comprendido el cumplimiento de estas promesas en nuestros días. Este testimonio viene de Dios y convence a todos aquellos a quienes es dado, y es más valioso que cualquier señal o don porque brinda paz, felicidad y contentamiento al alma.

Me da la seguridad de que Dios vive y de que, si soy fiel, obtendré las bendiciones del Reino Celestial. La tierra será purificada, y convertida en la morada perfecta para los seres celestiales, y para que el Señor, nuestro Dios venga y more en ella, lo cual hará durante el Milenio. El evangelio es salvación, y sin ella nada hay que valga la pena tener. Eso es lo que estamos tratando de lograr. La razón por la cual estamos aquí es que debemos sobreponernos a todos los desatinos y prepararnos para la vida eterna en el futuro.

Seamos fieles y humildes; vivamos la religión de Jesucristo; alejémonos de las debilidades de la carne y seamos leales al Señor y su verdad con corazones íntegros, con la completa determinación de pelear la buena batalla de fe y perseverar hasta el fin, para lo cual Dios nos dará el poder. Esta es mi oración y la dejo en el nombre de Jesucristo. Amén.

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