“Si me amáis, guardad mis mandamientos”

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”

por el presidente N. Eldon Tanner
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Discurso pronunciado, el sábado 5 de octubre de 1968, en la sesión matinal de la 138a. Conferencia General Semestral de la Iglesia.

Ante el llamamiento de nuestro líder, el presidente David O. McKay, me siento privilegiado de pararme hoy frente a vosotros, en este grandioso Tabernáculo, y lo hago con humildad, con una súplica en mi corazón de que lo que pueda decir esté en armonía con las enseñanzas de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Aquellos que ocupamos esta posición durante la Conferencia, tenemos la responsabilidad de hacer como Pablo encargó a Timoteo:

“. . . que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,

“y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2 Timoteo 4:2-4)

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.” (2 Timoteo 3:1)

Los últimos días ya están aquí y su profecía está cumpliéndose ante nuestros ojos. Los hombres rechazan la doctrina pura, y por sus propias iniquidades cierran los oídos a la verdad, y escuchan a aquellos que les predican de acuerdo a sus deseos. Como resultado de esto, el mundo entero está sufriendo tribulaciones. Hemos llegado a un momento de la historia que creo sea el más crucial que la humanidad haya tenido que enfrentar.

Personas juiciosas y serias, en todos los campos de la experimentación, concuerdan en que las circunstancias actuales no podrán prolongarse mucho más sin precipitar una de las más serias crisis que el hombre haya conocido.

Al considerar estas condiciones perturbadoras en un mundo lleno de inquietud, estoy seguro de que nos hacemos preguntas tan simples como éstas: “¿Por qué hay tantas contiendas y odio en el mundo entre las naciones, dentro de ellas, en los estados, las universidades e incluso en grupos locales de las comunidades? ¿Por qué se extienden esta inquietud, este recelo y esas contiendas incluso a los hogares? ¿Qué podemos hacer para corregir esas condiciones bajo las cuales ninguno de nosotros puede sentir contentamiento ni ser feliz?”

A medida que he ido meditando estos problemas, he continuado escudriñando las escrituras en busca de una respuesta. Como todos sabemos, las Santas Escrituras están repletas de exhortaciones, advertencias y profecías concernientes al bienestar de la humanidad y a las condiciones de los últimos días, o sea, los días en los cuales estamos viviendo.

Encontramos que el mundo está dividido en dos grandes campos. Uno se ha formado con individuos y naciones cuya filosofía de la vida es completamente materialista, y quienes no sólo niegan sino que repudian agresivamente la verdadera forma de vida cristiana. En la otra parte se encuentran aquellos que todavía guardan un reconocimiento nominal de los valores morales y espirituales. Estos últimos comprenden lo que llamamos nuestra civilización cristiana. Una de las mayores tragedias de esta generación, sin embargo, es que demasiado de nuestra así llamada civilización cristiana, no hace otra cosa que profesar el cristianismo, y en realidad, muchos ni siquiera lo profesan.

La única solución clara y segura para nuestros problemas, es hacer del cristianismo que profesamos algo real, personal, aplicarlo a nuestra vida, aceptar a Jesucristo como Hijo de Dios y como Salvador viviente del género humano, “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12)

Jesucristo no solamente dio su vida por nosotros, sino que nos ha dado claramente el plan de vida y salvación, y nos ha asegurado que para ganar la vida eterna debemos vivir la doctrina pura que es la palabra del Señor, dicha por Dios, por Jesucristo o por los profetas de Dios. Por ella recibimos clara respuesta a preguntas tales como:

“¿Quiénes somos?”
“¿De dónde venimos?”
“¿Por qué estamos aquí?”
“¿Hay vida después de la muerte?”
“¿Hay un Dios personal y viviente?”
“¿Cuál es nuestra relación con Dios, el Eterno Padre?”
“¿Es Jesucristo el Salvador del mundo, el Hijo de Dios?”
“¿Qué debemos hacer para ganar la exaltación y gozar de la vida eterna?”

Para lograr las respuestas, volvámonos y consideremos las palabras del Señor y los profetas, tanto antiguos como modernos.

Mientras estábamos todos en el mundo espiritual con Dios el Padre, Él dijo a su Unigénito, que estaba con Él en espíritu:

“Descenderemos,… y haremos una tierra en donde éstos puedan morar;

“Y así los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.” (Abrahán 3: 24-25)

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Gen. 1:27)

Cuán alentador y dignificante es saber que somos verdaderamente los hijos espirituales de Dios, hechos a su imagen; que Él y Jesucristo son Dioses personales, que están interesados en nosotros, y que “. . . de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16)

Jesucristo es el Hijo de Dios, tal como se declara en las escrituras antiguas y modernas. En muchas ocasiones Dios lo presentó al mundo, diciendo: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (Mateo 3:17; 3 Nefi 11:7; José Smith 2:17)

Jesús enseñó que como hijos espirituales del Padre, con esa chispa divina en nosotros, podemos llegar a ser como El, si guardamos sus mandamientos. También dijo: “Escudriñad las escrituras. . . son las que dan testimonio de mí.” (Juan 5:39) Y Pablo dijo a los romanos: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.” (Rom. 15:4)

Y otra vez tenemos las palabras de Jesús: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)

En respuesta a la pregunta: “Cuando muera, ¿volveré a vivir?” Cristo dijo: “. . . Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente. . .” (Juan 11:25-26)

El dio su vida y fue resucitado para que el hombre no tuviera que permanecer en la tumba para siempre.

Cristo también aseguró a la multitud: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez.

y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:2-3)

Aparte de su resurrección tenemos también el testimonio de Pablo, que fuera en un tiempo perseguidor de los santos habiendo negado a Cristo, de que los apóstoles, él mismo y cientos de otras personas lo vieron después que se levantó. . . al tercer día, conforme a las Escrituras. . .” (1 Cor. 15:4)

¡Cuán afortunada es la persona que espera la resurrección como un paso importante en el progreso eterno, y se prepara ahora para encontrarse con Dios!

Mientras asistía al funeral de nuestro devoto y leal compañero y fiel siervo del Señor, William J. Critchlow (h), me sentí profundamente impresionado por la serenidad de su esposa, sus hijos e incluso sus nietos. Ellos aprendieron y creen en una resurrección literal, y saben que volverán a reunirse como familia. Traté de comparar sus sentimientos con los de aquellos que no tienen tal fe, que no aceptan la doctrina verdadera, sino que buscan en vano una esperanza; y oré con humildad a mi Padre Celestial porque me fuera permitido tocar los corazones de algunos y ayudarles a apreciar y entender cuán gran gozo, satisfacción y seguridad nos da la fe en la resurrección.

Con todos los testimonios irrefutables de los profetas aparte de las verdades del evangelio, ¿por qué es tan difícil para el hombre aceptar y perseverar en la doctrina verdadera, que es tan importante para todos nosotros? Algunas de las causas son evidentes:

Primero, la influencia de Satanás sobre el género humano. En el mundo espiritual, aún antes de que la tierra fuera creada, Satanás se rebeló porque su plan había sido rechazado, y Dios dijo:

“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, e intentó destruir el albedrío del hombre. . . hice que fuese echado fuera. . .

“Y llegó a ser Satanás, sí, aun el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres, aun a cuantos no escucharen mi voz, llevándolos cautivos según la voluntad de él.” (Moisés 4:3-4)

Entonces Satanás decidió hacer todo lo que estuviera en su poder para destruir la obra de la rectitud, y así va de aquí para allá en la tierra buscando destruir las almas de los hombres; se vale de la superchería y la adulación, de sus emisarios que enseñan falsas doctrinas a todos los que quieran oírlos, y parecería que están obteniendo gran éxito.

Los anticristos y los promotores de la teoría de que “Dios está muerto”, al igual que los escépticos y aquellos que se proclaman líderes religiosos, están activamente comprometidos en la enseñanza de doctrinas falsas, y en el uso de cualquier medio hostil para quebrantar y destruir la creencia en Dios y en las escrituras, haciendo de este modo que se cumpla lo profecía de Jesucristo, cuando dijo:

“Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.” (Mateo 24:24)

Hay también muchos que, a medida que se hacen doctos en cosas mundanales como la ciencia y la filosofía, se vuelven autosuficientes y se apoyan en su propia comprensión, aun hasta el punto de pensar que son independientes de Dios; y por causa de su conocimiento terrenal, sienten que si no pueden probar, física, matemática o científicamente que Dios vive, pueden y deben sentirse libres de poner en duda y hasta negar su existencia y la de Jesucristo. Y así es como muchos de nuestros profesores empiezan a enseñar cosas perversas, a conducir a sus discípulos en pos de sí, y nuestra juventud a quienes enviamos a ellos para que aprendan, los aceptan como autoridad, lo cual hace que muchos de esos jóvenes pierdan su fe en Dios.

Un joven graduado, que acaba de recibir su doctorado en filosofía, me hablaba de algunos de los ataques que se hacen al cristianismo o a la creencia en Dios, y de lo difícil que es mantenerse firme contra ellos, particularmente para aquellos que no han sido enseñados en sus hogares y no han ganado un testimonio de la veracidad de estas cosas. Me contó que un profesor se burlaba de él diciendo: “Por supuesto que no creerás en todas esas ideas arcaicas que se encuentran en la Biblia y en tu Libro de Mormón” y estuvo por un rato tratando de alejarlo de la verdad.

No puedo entender cómo un científico o un seudo-intelectual o cualquier persona que debiera estar buscando la verdad, puede tener la temeridad de proclamarse autoridad en religión, hasta el punto de desafiar, abandonar, negar las enseñanzas de Dios el Eterno Padre, Creador del mundo, y de su Hijo Jesucristo, sólo porque no pueden probar científicamente su existencia.

Cuánto mejor y más sabio es para el hombre aceptar las verdades sencillas del evangelio, la autoridad de Dios, el Creador del mundo, y a su Hijo Jesucristo; aceptar por fe aquellas cosas que no puede impugnar y para las cuales no tiene una explicación más satisfactoria. El hombre debe estar preparado para reconocer que hay ciertas cosas—muchas, muchas cosas—que no puede en-tender.

¿Cómo podemos negar o no creer en Dios, cuando no podemos entender las cosas más simples que nos rodean: las funciones de una hoja, que es la electricidad, qué son nuestras emociones, cuándo entra el espíritu al cuerpo y qué pasa cuando lo deja? ¿Cómo podemos decir que, porque no entendemos la resurrección, no hay o no puede haber resurrección?

Hemos sido amonestados: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia” (Prov. 3:5), y advertidos: “¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos!” (Isaías 5:21)

¿Cómo puede el hombre tener el conocimiento de que puede viajar en naves espaciales, hechas por manos humanas, a miles y miles de kilómetros por hora alrededor de la tierra, comunicándose con otros hombres de su base aquí; que puede ser dirigido en su curso sabiendo que si se mantiene en contacto con la base será guiado a un aterrizaje seguro: que el hombre mismo ha construido implementos tales como el satélite que ha sido enviado a la luna, y con el cual se comunicaba para dirigirlo, al tiempo que recibía informes del aparato, y pese a saber todo esto, decir todavía que es imposible para Dios, el Creador del mundo, comunicarse con el hombre, su propia creación, el cual está viajando por el espacio en una nave espacial creada por Dios, y conocida como La Tierra, y quien por medio de un contacto directo con su base puede tener la certeza de un retorno a salvo, después de haber completado su vuelta, aquí sobre este planeta?

Para que podamos volver es muy importante que tanto nosotros como nuestros hijos conozcamos, entendamos y apliquemos a nuestra vida las enseñanzas de Jesucristo y para poder entender, debemos ser enseñados. La pregunta es: ¿Dónde y cómo se nos enseñará? En las escuelas no se permite la enseñanza del evangelio ni de la parte espiritual de la vida; en realidad, en muchas escuelas, y en especial en las universidades, como dije antes, se ridiculizan la creencia en Dios y las enseñanzas de Jesucristo.

Es una actitud general de la gente, que la enseñanza del evangelio debe impartirse sólo en las iglesias, pero solamente un pequeño porcentaje de padres e hijos asiste a la iglesia, donde pueden aprender. Y muchas de las iglesias fracasan en enseñar, aun a esa pequeña minoría, la doctrina pura y sin adulteración que nos fue dada por el Salvador y por los profetas, por medio de los cuales habla el Señor.

¿Cuántas iglesias hay actualmente que enseñen que Dios es una persona? ¿Y que fuimos creados a su imagen, tal como Él lo afirmó? ¿Nos damos cuenta de cuán difícil es amar y tener fe en un Dios que no tiene cuerpo, partes ni pasiones, como muchas sectas enseñan actualmente? De todas maneras, tal como el Señor lo ha dicho, las verdades del evangelio, que son lo más importante en nuestra vida, deben enseñarse en el hogar. Estas son sus palabras:

“Y además, si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando éstos tuvieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre las cabezas de los padres.

“Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.” (Doc. y Con. 68: 25, 28)

Para ayudar a los padres en sus deberes el Señor habla por medio de sus profetas. Incluso en estos últimos días la revelación conocida como Palabra de Sabiduría fue dada al mundo por medio del profeta José Smith. Es una advertencia, entre otras cosas, contra el uso del tabaco y las bebidas fuertes, y con ella se nos ha dado una promesa. Si nos acordáramos simplemente de guardar esta Palabra de Sabiduría, no habría conductores ebrios provocando miles y miles de accidentes en las carreteras; habría menos pobreza, menos hogares deshechos, no habría alcohólicos ni crímenes que se cometen bajo la influencia del alcohol. Nadie sufriría ni moriría a causa del cáncer pulmonar, ni ninguna otra enfermedad provocada por el tabaco. Junto con esa revelación también tenemos esta promesa:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos;
“Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos;
“Y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar.
“Y yo el Señor, les hago una promesa, que el ángel destructor pasará de ellos como de los hijos de Israel, y no los matará.” (Doc. y Con. 89:18-21)

Padres, no debemos absorbernos tanto en nuestros asuntos terrenales que fracasemos en enseñar a nuestros hijos las doctrinas de la salvación, tanto por el ejemplo como por el precepto. Debemos inculcarles el conocimiento de Dios, que su Hijo Jesucristo es el Salvador del mundo, quien dio su vida para que podamos ser resucitados.

¿Cuántas familias en la actualidad se reúnen para la oración familiar, o les enseñan a sus hijos a orar en privado a un Dios personal que los oirá y contestará sus oraciones, y les inculcan la importancia de amar a sus semejantes?

¡Qué hermoso sería este mundo si todos los padres tuvieran semanalmente su Noche de Hogar, y enseñaran a sus hijos la palabra del Señor! El solo hecho de aceptar y vivir lo que El llamó el “gran mandamiento en la ley”, crearía un cielo en la tierra, donde todos pudieran morar en paz y felicidad. Él dijo:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
“Este es el primero y grande mandamiento.
“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:37-40)

Y después dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15)

Si amáramos a nuestro prójimo, no robaríamos, no mataríamos, no cometeríamos adulterio, no hablaríamos falso testimonio, ni haríamos cosa alguna que fuera en su detrimento.

Bendita es la persona que puede decir sinceramente que cree en Dios el Eterno Padre, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo; y en que mediante la expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, obedeciendo las leyes y ordenanzas del evangelio; declarar que se siente preparado a arrepentirse y ser bautizado para la remisión de sus pecados, y que aceptará y vivirá las enseñanzas de Jesucristo.

Os dejo mi testimonio de que estas cosas son verdaderas, y lo hago en el nombre de Jesucristo, Amén.

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