El lamanita y el evangelio

El lamanita y el evangelio

por el élder Spencer W. Kimball

(BYU Campus Education Week General Assembly Address 13 de junio de 1969).

Siempre me alegra decir algo específico acerca de los indígenas, porque está muy arraigado dentro de mí. Por lo mismo me gustaría decir unas cuantas palabras a este respecto.

Los indígenas estadounidenses

En marzo estuvimos en Londres visitando las misiones de la Gran Bretaña. Recorté de una revista local un anuncio pagado por Trans World Airlines, usando a los indígenas para vender sus productos. Con tipo de letra grande decía:

En 1626 los indígenas vendieron Manhattan por 17 libras. Por otras 137 libras les daremos además Washington y Filadelfia.

Y después en tipo más pequeño aparecía lo siguiente:

Estas son las mejores ofertas desde que los indígenas vendieron Manhattan a Peter Minuit por «sesenta florines» de mercancía.

Por ejemplo, les daremos Manhattan.

Les daremos los cafés y los centros nocturnos de Greenwich Village.

Les daremos el Empire State Building y el Centro Rockefeller.

Les daremos los mundos totalmente distintos de Harlem y en el barrio Chino.

Les daremos todo el chic y la excitación que se puede encontrar en New York.

Después, les daremos Washington, la Casa Blanca, el Pentágono, el Capitolio, el Memorial Lincoln, la tumba de Kennedy en Arlington.

Después Filadelfia, la Campana de la Libertad, la casa de Betsy Ross, Independence Hall y el asombroso Museo de Arte de Filadelfia.

Les daremos catorce noches en hoteles finos.

Les daremos paseos turísticos.

Les daremos todo esto por solo 154 libras. Todo lo que tienen que hacer es visitar a su agente de viajes.

Ahora, hagan de cuenta que son Peter Minuit. ¿Piensan por un momento que titubearía? Entonces recordamos:

Peter Minuit, colonista alemán, nacido en Rhenish, Pruesia, aproximadamente en 1580, murió en Fuerte Christiana, Nueva Suecia (Delaware), en 1641. Fue  un oficial en América al servicio, primeramente de la Dutch West Indian Company y después de la Swedish West India Company.

Fue nombrado gobernador de Nueva Holanda por el Dutch West India Company el 19 de diciembre de 1625. Desembarcó en la isla de Manhattan el 4 de mayo de 1626, y la compró a los indígenas a cambio de mercancías valorizadas aproximadamente en $24 dólares. El barco en el que navegaba fue obligado a atracar en Plymouth y Minuit estuvo en la prisión durante algunos meses bajo cargo de comercio ilegal (Encyclopedia Americana 19: 215).

Ciertamente fue ilegal la compra de Manhattan porque no poseía la tierra para negociar o venderla.

Les compró otro terreno a los indígenas del que no hemos escuchado mucho —y ese llegó a ser Delaware —, tomó posesión y permitió que salieran los indígenas.

Supongo ahora que ni siquiera se podría comprar un solo pie cuadrado en Manhattan por el precio de $ 24 dólares en mercancía. Los indígenas fueron «utilizados» por los colonistas como peones de ajedrez, como guías y se les indujo a pelear de un lado o de otro en numerosas contiendas a través de la historia de las Américas.

La «Batalla de América»

Fueron empujados, arreados, desalojados y expulsados desde los tiempos de Colón durante más de 400 años. Combatieron en la «Batalla de América», una batalla continua con algunas conquistas y ganancias temporales pero con grandísimas pérdidas, cada una resultando en una migración más hacia el occidente, rememorativo de las migraciones de sus víctimas nefitas hacia e! norte mil años antes. La migración de este pueblo antiguo fue desde el sur hacia el norte, cruzando toda la extensión de este gran país, y ahora en los siglos XVIII y XIX, la retirada fue cruzando la anchura del mismo.

Lucharon, claro que lucharon. Esta era su patria, sus bosques, montañas, llanuras, búfalos, venados y pavos silvestres, éstas sus tierras. Claro que lucharon. No poseían cañones y grandes fusiles, ni siquiera algunos pequeños, y aprendieron a defenderse y entablar batallas con arcos y flechas, lanzas y fuego, sus propias armas. Tuvieron que luchar en forma primitiva, con emboscadas, incendios, robo y saqueo.

Habían recibido con bondad a los primeros hombres blancos pero pronto aprendieron que no se podía confiar en todos ellos y tuvieron que combatir la fuerza con la fuerza; aun mientras retrocedían tuvieron que pelear estilo guerrilla.

La hora más oscura antes del amanecer

La historia de los indígenas ha sido variada, molesta y desagradable, pero se ha dicho que «la hora más oscura precede el amanecer». Y estamos esperando que haya llegado el amanecer y que está cerca el día pleno.

Como una indicación del sentimiento de desánimo que deben haber sentido los indígenas al ser empujados más y más hacia el occidente, el «Lamento» del jefe Pokagon, escrito en 1893 podría ser típico.

A y de nosotros, nuestro día muerto ha;
Nuestra lumbre de costa a costa apagada está;
Ya nunca más el venado para nosotros abundará,
El arado nuestras tierras de caza quebrará.
Los barcos del hombre blanco nuestras aguas coronan ya;
Nuestros hijos oprimidos por el poder acudirán
Donde arroyos corren secos, más allá de las montañas
Nuestros hijos, obligados, en el desierto morirán.

Debe ser terrible estar perdido, y estoy seguro que sería maravilloso ser encontrado; y ahora estamos encontrándolos.

En un artículo llamado «El apuro del Navajo», encontramos algunos de los problemas que habían tenido los indígenas por causa de la invasión de los europeos:

«Obedecimos el tratado y no dañamos a nadie, pero a nosotros no se nos ofreció ninguna protección contra los demás. Se nos mandó no escalpar a nadie, pero parecía que a nadie le importaba que los fuereños entraran a despellejarnos vivos.»

Se dice que cada vez que un hombre blanco tocaba a un indio, se aprovechaba de él.

La tierra más grande y escogida de todo el mundo la ha dado el Señor a los lamanitas y, claro, los nefitas, como su herencia eterna. Nunca la hubieran perdido si hubieran vivido los mandamientos del Señor, llevando adelante su cultura, creciendo y desarrollándose como lo pudieron haber hecho y como lo hicieron en ciertas ocasiones durante su historia antigua. Pero olvidaron a su benefactor, perdieron su lengua escrita y su cultura y degeneraron hasta no poder competir con los astutos y sutiles europeos.

Un mal negocio en la factoría

Hace poco recorté un anuncio de otra revista. Este abarcaba una página completa. En él se encontraba la fotografía de una mujer indígena de faz triste, cobijándose ella y su pequeño hijo, al que abraza fuertemente. El título de este número es, «Un mal negocio en la factoría», y a continuación en frases cortas, se describía el negocio:

Más del 50% de los productos agrícolas que actualmente se consumen son plantas que los indígenas usaban ya antes de que Colón llegase. Estas incluyen los frijoles, el chocolate, maíz, algodón, cacahuates, patatas, calabazas, tabaco y tomates. Para combatir la enfermedad, el indígena nos ha dado árnica, cascara, cocaína, ipecacuana, aceite de piróla, jalea de petróleo, quinina y hamamilina. Los botánicos aún han de descubrir, después de 400 años, alguna hierba medicinal que no hayan utilizado los indígenas.

Eso es lo que ellos nos dieron a nosotros. Esto es lo que nosotros les dimos a ellos: alto índice de mortalidad, vidas cortas, dependencia de las limosnas, pérdida del orgullo, mucha enfermedad, desempleo tan alto como el 80% en algunas tribus. Los 600,000 restantes indígenas estadounidenses están luchando por aferrarse al nivel más bajo de salubridad, educación y economía de la vida estadounidense. Alguien tiene que hacer algo antes de que todo el sistema se derrumbe. Recuerden, ustedes están dentro del sistema.

Este no es el tipo de negocio en el que dos personas hacen tratos y finalmente llegan a un acuerdo amigable en el que ambas partes quedan igualmente beneficiadas. Este fue un negocio en el que reinó el poder; en el que la parte blanca tomó para sí lo más que pudo —las tierras, el agua, las montañas, los ríos, el búfalo y la pesca, el hogar y la seguridad; en el que la parte piel roja no recibió casi dada de lo que en principio había sido de ella— reservaciones limitadas, principalmente tierras consideradas como «tierras malas», con poco o ningún valor, secas y desiertas; los conquistadores blancos tomaban todo poco a poco, milla por milla hacia el oeste. Fue un mal negocio.

Este mal negocio comenzó desde 1492 y aún no ha terminado. Fue un negocio injusto, desigual y traicionero. ¿Por qué no se alzaron los indígenas para exigir un trato justo? La respuesta es que sí lo hicieron. Desorganizados, con material de guerra limitado e incontables derrotas, no pudieron controlar la situación.

Sin tierras ni agua, sin transporte adecuado, sin dinero y sin conocimientos, ¿qué les quedaba hacer más que vegetar y finalmente morir abandonados a su suerte?

Una profecía de Mormón

¿Qué habían de hacer cuando no se les permitió robar, saquear e invadir, cuando no podían efectuar programas ilegítimos y no existían programas legales? Tenían que ser espectáculo de turistas, algo de lo que hablaba y se leía —una pieza de museo— y se les tuvo «en poco entre ellos», dijo Mormón. Esta fue una de las frases tristes que usó Mormón cuando predijo que los gentiles esparcirían a los lamanitas.

¿Podría haberse hecho una predicción más certera?

Quizás de todas las profecías que se han hecho, ninguna se ha cumplido tan concisa y destructoramente como esta de Mormón:

Pues he aquí, sucederá que los gentiles los perseguirán y esparcirán; y después que los gentiles los hayan arrojado y dispersado, he aquí, entonces el Señor se acordará de la alianza que hizo con Abraham y con toda la casa de Israel (Mormón 5:20). Y qué cumplimiento tan trágico y literal tuvo ese versículo:

Para llorar largamente hasta secarse las lágrimas, solo es necesario recordar el «Sendero de Lágrimas» de los cherokees, la violación de los apaches, la «Larga caminata» de los navajo o la conquista de los indios de la llanura.

Un ejemplo: Id a la colina que domina la vista de los ríos Pequeños Cuerno y Gran Cuerno en el estado de Montana, Estados Unidos. Subid a la colina por un camino pavimentado hasta llegar a un edificio del gobierno construido para conmemorar la última pelea de Custer. Ved alrededor y contemplad los monumentos, pequeños monumentos de mármol.

Leed la enciclopedia. Dice así:

Custer se dirigió al centro de la línea india. Una banca del otro lado del río escondió al enemigo y cuando Custer bajó, los salvajes lo rodearon por la retaguardia. Aunque los aventajaban en número 20 a 1, la banda heroica (esto es, los hombres blancos) aún combatieron hasta llegar al risco y un pequeño número de soldados llegaron junto con su general. Entonces una banda fresca de mil Cheyennes se levantó bajo el mando de Lluvia-en-lacara y no quedó ni un alma. . . Se dejaron intactos los cuerpos de la división derrocada. . . Cuarenta y dos indios murieron; el campo de batalla ha sido marcado con un pequeño monumento de mármol en cada sitio donde cayó un hombre blanco (Encyclopedia Americana 8:336-37; cursivas añadidas).

Yo digo: Llegad hasta la cima de la colina, mirad los monumentos, leed las inscripciones que se encuentran en ellos. Es muy probable que no encuentren ningún nombre indio: ellos eran los salvajes, el enemigo. Los cara pálidas eran los héroes, los sepultados, los que recibieron un monumento.

El relato dice «no quedó ni un alma» de la batalla, cumpliendo de nuevo las escrituras, «lo tendrán en poco entre ellos». Los miles de pieles rojas que salieron intactos —esta vez victoriosos— no fueron considerados como almas por los historiadores.

Otro ejemplo: La historia de los cherokees derritiría hasta el corazón más duro. Arrojados de sus hogares a punta de bayonetas, echados de su tierra y enviados al área pantanosa y llena de mosquitos del territorio indio. El historiador prejuiciado de nuevo dijo que los indios eran los culpables. Su sufrimiento y muerte significaba poco; sus hogares, jardines y granjas fueron expropiadas. Los «héroes blancos» tos echaron y expropiaron para su propio uso (a punta de bayonetas) las tierras de los «demonios rojos».

«Vuestra causa es justa, pero nada puedo hacer por vosotros», dijo Andrew Jackson, Presidente de los Estados Unidos, y no se ofreció ninguna protección a este pueblo sin hogar ni tierra.

Seguimos a los navajos desde sus exquisitas y hermosas tierras de arenas rojas del noroeste de Arizona por su larga marcha, dolorosa y digna de lástima hasta el centro de Nuevo México, hasta el Bosque Redondo sobre el río Pecos. Sufrimos y pasamos hambres y nos congelamos con ellos durante sus solitarios cuatro años, y después caminamos nuevamente con ellos hasta sus tierras, después de firmar sus tratados.

De nuevo, para sentir una experiencia dolorosa, seguid la historia de los apaches chiricahua y aun al pillo Gerónimo, de mi propia tierra.

El historiador ha utilizado tinta blanca para escribir sus historias cuando enfatizaba el honor y la integridad, ¡a honradez, gloria y heroísmo; pero cuando enfatizaba el terror y la muerte, los saqueos y escalpadas, traiciones y convenios rotos, siempre lo hacía con un fuerte color rojo.

Al mirar los años del pasado y verlos, década tras década, luchando, pasando hambres, nuestra atención se enfoca en una ilustración de dos páginas que apareció en la revista Life. En pleno invierno. Dos mujeres indias sobre caballos cruzan miles de millas cuadradas de nieve profunda sobre la vasta llanura arrasada por los vientos. Por fortuna, sus caballos saben abrirse camino entre la nieve. Por fortuna sus faldas llegan hasta los tobillos, sus cobijas las cubren bien y sus pañoletas cubren sus cabezas y caras, pues el viento es amargo, el frío intenso y el camino largo. Por fortuna tienen un sentido de dirección, pues si sus caballos fallaran, nunca se les encontraría vivas. Han dejado a sus hijos en sus hogares, para salir a buscar alimento para sus familias. Su carreta se encuentra bajo un árbol solitario; aquí y allá se ven ovejas congeladas medio cubiertas por la nieve. Esa oveja congelada que un niño acarrea es una de más de medio millón de ovejas, cabras y vacas que se quedaron sin alimento excepto el que por suerte se dejó caer de un avión.

Tendrán alimento por unos días, pero muy pronto los animales se pudrirán y ya no se podrán comer.

Una deuda

¿Cuál es la razón por la que recuerdo los ultrajes en contra del indio? La respuesta es que tenemos una deuda con ellos. Estamos gravemente endeudados y nunca habremos liquidado esa deuda hasta que hayamos hecho todo lo que esté en nuestras manos para reconstruir al indio y devolverle las oportunidades que nos es posible darles.

Hasta la fecha he hablado en varias ocasiones del planeador que mientras permanece sin motor yace inútil sobre la tierra hasta que un avión motorizado lo remolca hasta las alturas por medio de un cable. Cuando ya está en el aire, el planeador queda por cuenta propia y vuela a voluntad del piloto, cientos de millas en cualquier dirección, hacia arriba y hacia abajo, hasta alturas muy altas. El piloto encuentra corrientes ascendentes para aumentar su altitud. Vuela de corriente a corriente como un gigantesco pájaro en el aire. Permanece en el aire hasta que decide bajar.

Recordad que el planeador permanecería sobre la tierra hasta pudrirse a menos que algún poder lo alzara. Este planeador representa al indio, el cable representa al programa para indígenas de la Iglesia y el evangelio de Cristo. Nosotros somos el avión de motor y debemos hacer algo para elevar y remolcar al planeador. Las corrientes ascendentes representan los principios del evangelio.

Y esto, claro está, nos recuerda lo que Pablo les dijo a los romanos: Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? (Romanos 10:13-14).

Nosotros debemos ser los predicadores.

Cuando vemos a los indios empujados de pilar a pilar; desde la costa oriental hasta la occidental; desde su campo libre y abierto hasta sus reservaciones angostas y limitadas; desde su mundo despreocupado y abierto hasta sus tierras limitadas que se suponen sin valor, recordamos la lamentación de Jacob.

. . .el tiempo se nos ha pasado, y nuestras vidas también se nos han ido como un sueño, pues somos un pueblo solitario y reservado; errantes, echados de Jerusalén, nacidos en la tribulación, en un desierto, y aborrecidos de nuestros hermanos, lo que ha provocado guerras y contenciones; de manera que nos hemos lamentado durante nuestras vidas (Jacob 7:26).

El americano que desaparece

En nuestra propia dispensación, el indio estaba desapareciendo. En el «Sendero de Lágrimas» que ya mencioné, 4,600 murieron en un corto tiempo en esa marcha despiadada desde Georgia hasta el territorio indio. No hubieron sepulcros marcados. Arreados como ganado, viajaron diez millas al día. Se calcula que la población que alcanzaba a ser de millones se había decimado a través de los siglos hasta el número que he mencionado 235,000. Tenemos otra autoridad que dice:

Hace cuatrocientos cincuenta años, casi un millón de indios americanos habitaban lo que ahora constituye los Estados Unidos. Hacia el final del siglo XIX, llamado a veces el «Siglo de la vergüenza», solamente restaban 235,000.

Conocemos los hechos históricos generales. Los indios fueron sacados de su territorio en contra a su voluntad. Se hicieron muchos tratados, los cuales prontamente se ignoraron y quebrantaron. El Templo de Arizona y los lamanitas

Yo mismo he visto cambios. El 23 de octubre de 1927, el presidente Heber J. Grant dedicó el Templo de Mesa en Arizona. En esa ocasión yo era secretario de la estaca de St. Joseph y secretario de los fondos del templo, por lo que juntaba los miles de dólares que la gente de nuestra estaca contribuía para la edificación de este templo. Los veinte acres que se compraron para el templo formaban parte del tratado original Kimball, uniendo a Mesa por el oriente, y el precio de compra fue de $20,000 dólares. La propiedad había pertenecido a William Kimball, mi tío. La carretera que unía los dos océanos llamado el Sendero Apache, lindaba al norte de esta propiedad.

La dedicación de este edificio fue una ocasión memorable, y muchos coros de estaca se pararon sobre el techo del edificio anexo para cantar al aire libre, y muchos miles de personas se pararon alrededor del edificio. Yo canté en el Coro de la Estaca de St. Joseph. Recordaré durante largo tiempo la emoción de cantar «La Casa del Señor está terminada» y » E l Espíritu de Dios».

En los servicios de dedicación, el presidente Grant se refirió a la parte que tomarían los tamañitas en este templo en particular. Dijo lo siguiente:

«Te agradecemos el haber enviado a tu siervo Moroni a entregar las planchas de las que se tradujo el Libro de Mormón por el poder y don de Dios. Nos regocijamos ante ti por la buena influencia que este libro ha tenido en el mundo y porque en realidad es un nuevo testigo de Cristo, confirmando sus enseñanzas registradas en la Santa Biblia. Te agradecemos que miles y cientos de miles de tus hijos han comprobado la veracidad del testimonio de tu siervo. Moroni, que dejó registrado en ese mismo libro.

«Te pedimos que el Libro de Mormón ejerza una influencia creciente en el mundo y que muchos más de tus hijos puedan recibir la convicción de su veracidad en sus corazones. Nos regocijamos porque después de un período de cien años, a pesar de todos los ataques que se han hecho contra su autenticidad divina, aún permanece impecable como la Palabra de Dios. . .»

Desde que este libro fue publicado en 1830, ha tenido muchas ediciones, se ha impreso en muchos idiomas; los misioneros utilizan más de un millón de ejemplares cada año y existen millones de ejemplares en bibliotecas públicas y privadas. Se ha publicado en escritura en relieve para el uso de los ciegos. Es uno de los libros de mayor venta. El Profeta indicó que el libro nunca se ha puesto en tela de juicio y que los hallazgos arqueo lógicos no desmienten. De hecho, la Iglesia gasta una gran cantidad de dinero cada año en la exploración de ruinas y evidencias de civilizaciones antiguas de las Américas.

Después de pedir bendiciones para cada departamento y todas las organizaciones de la Iglesia, el presidente Grant regresó al tema de los lamanitas con esta asombrosa profecía:

» Te imploramos, oh Señor, que detengas la mano del destructor de entre los descendientes de Lehi que residen en esta tierra y les des mayor vitalidad y salud abundante, para que no perezcan como pueblo sino que de ahora en adelante puedan aumentar en números y en fuerza y en influencia, que todas las grandes y gloriosas promesas hechas en cuanto a los descendientes de Lehi puedan cumplirse en ellos; que puedan crecer en vigor de cuerpo y mente, y sobre t o d o en su amor por Ti y por Tu hijo, y aumentar en su diligencia y fidelidad al guardar los mandamientos que han recibido con el evangelio de Jesucristo, y que muchos de ellos puedan tener el privilegio de entrar a esta santa casa y recibir ordenanzas para ellos mismos y sus antepasados que les han precedido» {Temples of the Most High, pág. 173).

La promesa hecha a Enós

Recordad cuando Enós oraba por los nefitas y el Señor le dijo: «No puedo hacerte ninguna buena promesa, pero a los nefitas haré según merezcan.» Entonces oró por los lamanitas, como recordaréis, y entonces el Señor prometió. Dijo: » N o perecerán.» Así que aquí está el presidente Grant de nuevo pidiendo que no perezcan de la tierra los lamanitas como pueblo.

Es de notarse que el Profeta pidió que se detuviera la mano del destructor y que los descendientes de Lehi pudieran aumentar en vitalidad y salud, y que no perecieran como pueblo sino que pudieran aumentar en números y en fuerza y en influencia; para que se cumplieran todas las gloriosas promesas; para que crecieran en vigor de cuerpo y de mente. Se recuerda que el indio por muchos largos años fue llamado

«El americano que desaparece» y la enfermedad, las tribulaciones, el hambre y la guerra, durante muchos años, habían hecho su obra.

Estoy seguro que hubieron muchos que no se preocuparon, ni les interesó; pero los fieles Santos de los Últimos Días vieron con preocupación el desvanecimiento del lamanita, conociendo las ricas promesas que tenían, recordando la promesa hecha cientos de años antes de Cristo, cuando Enós al orar recibió una promesa para los lamanitas.

Mediante las oraciones de lamentación, los ruegos y muchas luchas largas, el fiel Enós finalmente recibió la promesa gloriosa. Y Enós dijo que su deseo era que si los nefitas iban a ser destruidos y los lamanitas preservados, que también se preservara el registro, y eso, claro, también fue aceptado por el Señor.

Por tu fe, te concederé conforme a tus deseos (Enós 12).

Durante el último siglo y a principios de éste, los fieles Santos de los Últimos Días oraron, sí, como oraron miles y tuvieron fe en el cumplimiento y sabían que de alguna forma cesarían la deterioración y el continuo diezma amiento del lamanita. No se podía adivinar ni comprender la forma en que se lograría.

El presidente Wilford Woodruff

El presidente Wilford Woodruff expresó este temor y preocupación cuando oró en la dedicación del Templo de Salt Lake el 6 de abril de 1893, y hablando de los restantes, dijo:

«Recuerda igualmente con compasión al resto de la casa de Israel, descendientes de tu siervo Lehi. Restáuralos, te suplicamos, a tu gracia anterior, cumple en su totalidad las promesas dadas a sus padres y hazlos un pueblo amado y santo como en días anteriores» (Temples of the Most High, pág. 130).

Entonces escuchamos a Wilford Woodruff, el Presidente de la Iglesia, citando una declaración que con frecuencia se alude:

Estoy buscando el cumplimiento de todas las cosas que el Señor ha dicho, y llegarán a suceder, como que el Señor Dios vive. Sión se levantará y florecerá. Los lamanitas florecerán como la rosa en la montaña. Estoy dispuesto a decir aquí que, aunque creo esto, cuando veo el poder de la nación destruyéndolos de la faz de la tierra, tal vez se me hace más difícil creer en el cumplimiento de esa profecía que en cualquier revelación de Dios que jamás haya leído. Parece como si no quedaran suficientes (indígenas) para recibir el evangelio; pero a pesar de este cuadro desconsolador, cada palabra que Dios ha pronunciado en cuanto a ellos se cumplirá, y ellos, con el tiempo, recibirán el evangelio. Será un día del poder de Dios entre ellos, y su nación nacerá en un día. Sus jefes estarán llenos del poder de Dios y recibirán el evangelio, saldrán y edificarán la nueva Jerusalén, y nosotros les ayudaremos. Ellos son ramas de la casa de Israel. . . (Wilford Woodruff, Journal of Discourses 15:282).

El resto de un gran pueblo

La población lamanita de las Américas, durante el auge de su población, debe haber alcanzado la cifra de millones, puesto que en ciertos períodos de la historia del Libro de Mormón, las guerras continuaron casi sin cesar y el suelo fue cubierto con los cuerpos de los muertos. Mormón dice:

. . .y por segunda vez los derrotamos, y matamos a muchísimos de ellos, y sus cuerpos fueron arrojados al mar (Mormón 3:8).

Y de nuevo:
. . .y muchos miles de hombres de ambas partes habían muerto, así entre los nefitas como entre los lamanitas (Mormón 4:9).

Nuevamente:
Y es imposible que la lengua relate, o el hombre escriba una descripción completa de la horrible escena de sangre y mortandad. . . (Mormón 4:11).

A continuación:
. . .los nefitas. . . empezaron a desaparecer delante de ellos como el rocío ante el sol (Mormón 4:18).

Después:
. . .los nefitas fueron rechazados y destruidos con grande y enorme mortandad. . . (Mormón 4:21).
. . .y les hicimos frente con intrepidez; pero todo fue en vano, porque era tan grande su número que hollaron al pueblo nefita con sus pies (Mormón 5:6).

Hubo el pueblo de los mulekitas, todos nuestros. También habitó el pueblo de los jareditas que habitaron la tierra durante siglos y que debieron haber crecido hasta alcanzar gran población. Coriantumr, como recordarán, vio:

. . .que ya habían perecido por la espada cerca de dos millones de los de su pueblo, (¿Se ha oído desde entonces de una batalla en la que mueran dos millones de personas?). . . sí, habían muerto cerca de dos millones de hombres valientes, así como sus mujeres y sus hijos (Éter 15:2).

Según relata Mormón la última gran batalla, habla de sus propios diez mil hombres que fueron arrasados y los diez mil de Moroni. Después veintiún hombres más, cada uno con diez mil soldados bajo su mando:

. . .y su carne, sus huesos y su sangre yacen sobre la faz de la tierra, abandonados por las manos de los que los mataron, para descomponerse y deshacerse en el suelo, y regresar al seno de su madre tierra (Mormón 6:15).

Los restantes de Israel se dividieron en numerosas tribus y familias y continuaron las batallas de la guerra civil. Algunos calculan que cuando llegó Colón solo restaban como 233,000 de los millones que habían habitado este continente. Casi habían desaparecido y aún desaparecían por razón de la guerra y la pestilencia.

Durante mi niñez e infancia, puedo recordar que siempre se refería al indio como el » Americano que desaparece». En 1927, cuando el presidente Grant ofreció esta oración, perdían a sus hijos como había dicho Mormón. Los colonizadores los tomaban en poco y cuando disiparon los humos de las batallas, los hombres blancos que habían muerto fueron ensalzados, contados, sepultados, pero los indios, en verdad no fueron contados. Habían estado muriendo por causa de la guerra y ahora, después de su subyugación en 1868, morían por causa de los microbios y virus, hambre y frío. Su salud tal vez se hallaba más minada que nunca. La mortandad infantil era terriblemente alta. ¿Cómo podían sobrevivir los pequeños bebés? Era increíble el número de casos de tuberculosis y otras enfermedades. La provisión de agua de los indios generalmente estaba contaminada, y era muy peligrosa; sin facilidades para eliminar sus desechos, eran comunes y devastadoras las infecciones virulentas, la neumonía y la mala nutrición.

Ha habido un historiador prejuiciado sentado en su escritorio durante 400 años escribiendo la historia india, pero siempre con los ojos, corazones, dedos y pluma del cara pálida. El indio siempre fue el agresor, el culpable, el salvaje, el destructor; el cara pálida siempre el atropellado, la víctima, el sufrido.

Desde el año de 1900, los indios americanos han progresado hasta alcanzar un número de 600,000. Para e! año de 1975 habrán alcanzado su fuerza original; de hecho, actualmente los indios comprenden el grupo étnico de mayor crecimiento en los Estados Unidos. Actualmente existe gran número de ellos en cada estado de la Unión (Gordon H. Fraser, Moody, pág. 23).

Los lamanitas miembros de la Iglesia

Probablemente existan tantos miembros de la Iglesia actualmente que son lamanitas y mestizos como hubieron indios en los Estados Unidos cuando el americano que desaparecía comenzó a aumentar en números, junto con las oraciones y profecías de los dirigentes de la Iglesia. Notad la siguiente declaración de Mormón:

Y el Señor también recordará las oraciones de los justos, oraciones que le han dirigido a favor de ellos (Mormón 5:21).

Hubieron casi 19,000 lamanitas bautizados este año pasado (1968). Como tres de cada diez de las personas bautizadas en todo el mundo son lamanitas, o sus hermanos y hermanas. Así que, como ven, están entrando a la Iglesia en grandes números. No hay tiempo para hablar de su salud, su desempleo, y muchas otras vicisitudes que han tenido y están comenzando a conquistar. Solamente una palabra más de la oración dedicatoria del presidente Grant, en la que dijo:

«y que muchos de ellos puedan tener el privilegio de entrar a esta santa casa y recibir ordenanzas para sí mismos y para sus antepasados que los antecedieron.»

Esta oración también ha sido contestada. En esta santa casa en Mesa, también se ha notado que hay tapetes navajos y artefactos e ilustraciones indias en el templo que significan que este es especialmente para el uso de los lamanitas. Han habido numerosas excursiones de los países del Sur y Centroamérica, México y los estados del sur para recibir sus investiduras y sellarse. Se nota también que numerosos indios han sido casados y sellados por eternidad en Salt Lake y todos los demás templos, incluyendo los de las islas.

Proclamación de los Doce en 1845

Entonces será ordenado, lavado (dijo el apóstol en 1845) y ungido con aceite santo y vestidos con lino fino, aún con las gloriosas y hermosas vestimentas y las túnicas reales del Sumo Sacerdocio, que es a manera del Hijo de Dios; y entrará en la congregación del Señor, aún hasta el Santo de santos para ser allí coronado con autoridad y poder que nunca cesarán («Proclamation to the World » de los Doce Apóstoles, 6 de abril de 1845, James R. Clark, Messages of the First Presidency, pág. 260).

De estos escritos también leemos estas palabras:

Entonces descenderá sobre él el Espíritu del Señor como el rocío sobre las montañas de Hermon, y como las refrescantes lluvias sobre las flores del Paraíso. Su corazón se ensanchará con conocimiento, tan ancho como la eternidad, y su mente comprenderá las vastas creaciones de su Dios, y su propósito eterno de redención, gloria, y exaltación, que fue planeado en el cielo antes de ser organizados los mundos, pero manifestados en estos últimos días para la plenitud de los gentiles y para la exaltación de Israel.

También verá a su Redentor, y estará lleno de su presencia, mientras se verá la nube de Su gloria en su templo.

También hablaron los apóstoles en 1845 en su «Proclamación al mundo» del indio que desaparecía:

El despreciado y degradado hijo del bosque, que ha vagado en desaliento y pena, y ha sufrido reproches. . . dejará su disfraz y saldrá con dignidad y exclamará a los gentiles que le han envidiado y vendido: YO SOY JOSÉ. ¿VIVE AUN MI PADRE? Vosotros. . . pensabais que estaba muerto. Pero vivo y soy heredero a los títulos, honores, sacerdocio, cetro, corona, trono, vida eterna y dignidad de mis padres, que viven eternamente.

Los logros son muchos

Existen varias estacas, principalmente constituidas por tamañitas, con directivas de barrio, quórum y organizaciones auxiliares formadas por lamanitas. Existen varias misiones dedicadas a la enseñanza de los hijos de Lehi, con los bautismos de 1968 alcanzando aproximadamente 18,000 en muchas naciones. Estos 18,000 bautismos efectuados el año pasado alcanzan la tercera parte de todos los bautismos de conversos.

Existen entre 15,000 o 20,000 jóvenes en el Programa de Seminarios para los Indígenas, probablemente más de 1,000 de ellos en universidades de los Estados Unidos y un número mayor en las Escuelas del Pacífico y la B.Y.U. Existen muchos miles en las escuelas de México, Chile y el Pacífico.

Gran cantidad de lehitas se gradúan hoy día en escuelas secundarias anualmente y muchos reciben títulos universitarios, incluyendo estudios superiores.

Muchos jóvenes han cumplido misiones y actualmente miles están preparándose para hacerlo. Gran número de lamanitas ahora están recibiendo sus investiduras y sellamientos.

También existe el programa de alojamiento para estudiantes indígenas con más de 4,000 alumnos este año, y si todo sale bien, con su programa centelleante que parece haber sido presagiado por los Doce Apóstoles en su «Proclamación al Mundo» de 1845.

Algunos de mis momentos más felices son cuando estoy efectuando ceremonias de casamiento en el santo templo con dos maravillosos indígenas hincados ante el altar. Y ustedes conocen los resultados actuales. Tenemos grandes programas. Probablemente haya cuatro mil o más alumnos en el programa de alojamiento para estudiantes indígenas este año, y muchos miles más, cuatro veces más, en el programa de seminario para indígenas. De los cuatrocientos o quinientos que asisten a las universidades de este país, la mayoría de ellos ingresarán a la Universidad Brigham Young. Ya están recibiendo títulos cada año títulos que demuestran un gran esfuerzo, inteligencia y sabiduría.

Se requiere la dedicación de nuestro tiempo

Así que pronto se requerirá la dedicación de una porción del tiempo de los hijos e hijas de Sión, dice el Señor por medio de sus profetas, y eso se aplica a vosotros y a mí una porción de nuestro tiempo para el entrenamiento y enseñanza de estos maravillosos lamanitas, que durante tanto tiempo han sido despojados y que ahora comienzan a estirarse y bostezar, a despertar de su sueño para heredar lo suyo.

El élder Packer y el niño del Perú

Quisiera concluir con una historia que relaté hace algunos años en una conferencia general: Al regresar el élder Boyd K. Packer del Perú, me habló de su experiencia en una reunión sacramental de una rama de Cusco, en la alta cordillera andina. La capilla estaba en silencio, concluyeron los servicios de adoración preliminar, se preparaba la Santa Cena.

Un pequeño mendigo lamanita entró de la calle. Los piecitos callosos y duros lo llevaron hasta la puerta abierta, por el pasillo y hasta la mesa sacramental. En ese niño estaba el testimonio sucio y oscuro de la privación, la necesidad, hambres insatisfechas tanto espirituales como físicas—. Casi sin ser observado, llegó astutamente hasta la mesa sacramental aparentemente con hambre espiritual, se recargó contra la mesa y amorosamente rozó su carita sucia contra el lino limpio y fresco.

Una mujer en la primera fila, aparentemente enojada por esta intrusión, le hizo una seña y un gesto que hicieron que el mendiguito saliera corriendo por el pasillo para salir de nuevo a su mundo, la calle.

Un poco más tarde el pequeñuelo, impulsado aparentemente por alguna necesidad interior, se sobrepuso a su timidez y caminó de nuevo cautelosamente por el pasillo, temeroso, listo para escapar si fuere necesario, pero impulsado como si fuera dirigido por voces inaudibles con «un espíritu familiar» y como si memorias largas y desvanecidas estuvieran reviviendo, como si alguna fuerza intangible lo impulsara a buscar algo que añoraba, pero no podía identificar.

Desde su asiento en el estrado, el élder Packer lo miró, lo llamó y estiró sus grandes brazos en señal de bienvenida. Después de titubear un momento, el pequeño mendiguito lamanita se acurrucó cómodamente en su regazo, en sus brazos, la cabeza despeinada acurrucada contra su grande y caluroso corazón, un corazón que simpatizaba con los extraviados, y especialmente los extraviados lamanitas.

Parecía que el pequeño hubiera encontrado un muelle seguro después de estar en un mar turbulento, tan contento estaba. El mundo cruel y aturdido quedó afuera. Lo envolvían la paz, seguridad y aceptación.

Más tarde, el élder Packer, me relató este incidente con voz apagada. Al inclinarse hacia adelante en su asiento, sus ojos brillaban, y con emoción en su voz, dijo:

«Al relajarse este pequeñuelo entre mis brazos, me parecía que no era un solo lamanita pequeño el que abrazaba. Era toda una nación, en realidad, una multitud de naciones de almas privadas y hambrientas, deseando algo profundo, bueno y cálido que no  podían explicar; un pueblo humilde que añoraba revivir las memorias desvanecidas, de antepasados con bocas y ojos abiertos, esperando emocionados. Un pueblo tratando de alcanzar verdades que parecían recordar vagamente; profecías que segura mente algún día se cumplirían; mirando hacia arriba y viendo un Ser santo y glorificado descender de las áreas celestiales y escuchando una voz que decía; ‘He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. . en mí ha glorificado el Padre su nombre. . . Soy la luz y la vida del mundo.’

«Este día del lamanita ha llegado y el evangelio da la oportunidad. Estamos orgullosos del progreso hecho por nuestros hermanos y los logros de estos años pasados y miramos con anticipación hacia el futuro mientras el evangelio enriquece más y más sus vidas.»

Que Dios bendiga a los lamanitas, su causa y todos los que ayuden a fomentar esa causa noble, lo pido, en el nombre de Jesucristo. Amen

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