Los motivos hacen la diferencia

Los motivos hacen la diferencia

por el élder Hartman Rector, Hijo.
Conferencia General, de octubre de 1968

Seguramente la razón o motivo es muy importante para determinar la culpabilidad o inocencia de nuestros actos.

Nefi fue a Jerusalén con la determinación de obtener los registros de su pueblo. El Señor se lo mandó. Al llevar a cabo su asignación reconoció el riesgo que representaba. Labán lo había amenazado con quitarle la vida a él y a sus hermanos. Encontró borracho a Labán y recibió el mandamiento claro del Señor de matarlo, y obedeció.

Ahora considerad a Caín. Él tenía celos de Abel, un hombre justo, cuyo holocausto era aceptable ante el Señor Dios. En sus celos y avaricia, Caín escuchó a Satanás y, animado por él, asesinó a Abel para poder obtener sus rebaños.

En el primer caso, Nefi tenía un motivo completamente justo. En el otro, el motivo era completamente inicuo. El motivo es la diferencia principal entre estos actos en los que se mató a un hombre.

Por medio de Pedro, el Señor dice que todos los hombres deben estar «siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. . .» (1 Pedro 3:15).

Si es tan importante la razón o el motivo y el Señor nos lo requiere a todos, entonces cada hombre deberá examinar sus motivos, no sea que se nos encuentre culpable en el último día.

He pasado gran parte de mi vida en la marina. La he amado y ha sido muy benéfica para mí, según han dicho algunos. Cuando un hombre sirve honorablemente a su patria en las fuerzas armadas, recibe una satisfacción que no puede recibir de ninguna otra forma.

En el servicio activo que he tenido el privilegio de prestar, he pasado algún tiempo a bordo de portaaviones. En estos buques viven juntos aproximadamente 3,500 hombres por extensos períodos en un espacio limitado de aproximadamente 30 metros de longitud por 50 metros de ancho y 60 de altitud. Bajo estas condiciones se llega a conocer bien a las personas en un corto período de tiempo.

He visto ocasiones en que los jóvenes Santos de los Últimos Días han subido a bordo lejos, por vez primera de la influencia de su hogar. Se les había enseñado la Palabra de Sabiduría y las leyes de castidad y vivían de acuerdo con ellas. No fumaban, tomaban o apostaban. Esto no lo hacían porque su padre, su novia o su madre no desearan que lo hicieran. Ahora estas razones son buenas. Les habían servido muy bien durante 18 o 20 años.

Ya que estos jóvenes nunca se habían alejado de su hogar, nunca habían visto mucho de lo que acontece en el mundo; y las cosas del mundo los estremecieron y espantaron. Por ejemplo, se encontraban viviendo con jóvenes de su misma edad que no vivían ninguna de sus normas. Aun así, sus nuevos compañeros podrían correr tan rápidamente y saltar tan alto como ellos, y en ocasiones rebasaban sus récords en pruebas de fuerza o habilidad mental. Esto tenía un efecto muy interesante en estos jóvenes. Comenzaron a hacer una seria reevaluación de sus normas. El hecho de que sus nuevos amigos los animaran a participar en sus actos inmorales no ayudaba mucho a esta situación.

Pero el hecho más crucial era que ahora se hallaban a miles de kilómetros de las razones que tenían para guardar los mandamientos. Muy a menudo la influencia varía en proporción inversa a la distancia. Vi algunos de estos jóvenes rebajarse a hacer cosas que ellos estaban seguros que nunca llegarían a hacer porque amaban demasiado a sus padres o a su novia.

Ahora bien, no quisiera que pensarais que éste fue el destino de un gran número de mis jóvenes amigos. No lo fue. Muchos llegaron a bordo con las mismas normas altas. Vivieron las mismas leyes pero lo hacían por razones diferentes, sus motivos eran diferentes. En vez de guardar los mandamientos porque amaban a su madre, padre o novia, aunque era muy obvio que sí los amaban, lo hacían porque amaban al Señor. Lo conocían y lo amaban, y esto constituyó una diferencia enorme en su conducta. No importa en qué lugar se encuentre uno o a cuántos kilómetros del hogar; el Señor sigue estando allí. El salmista dijo:

«¿dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?

«Si subiré a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.

«Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.

«Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí.

«Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz» (Salmos 139:7-12).

El Señor se encuentra tan cerca de nosotros y es tan verdadero en el Lejano Oriente o en el centro de la tierra como en Salt Lake City. Siempre está presente. Así que mis jóvenes amigos que se mantuvieron fieles a sus convenios porque amaban al Señor no se podían alejar suficientemente de Él para que no les alcanzara su influencia. Él siempre está presente.

Un filósofo ha dicho: «La mayor traición es hacer lo correcto por la razón equivocada.» Claro, esto no es estrictamente cierto. Obviamente es mayor traición hacer algo malo por cualquier razón. Pero el filósofo tiene razón en tachar de traicionero el hacer algo correcto por la razón equivocada porque es una traición esencial a la seguridad del alma. El hombre que hace el bien por razones erróneas se arrulla en un falso sentido de seguridad. Siente que los actos en sí lo salvarán. Pero cuando desciende la lluvia y llega el diluvio y sopla el viento contra la casa, ésta se derrumba porque no tiene los cimientos correctos.

El peligro de este punto de vista es que muy a menudo el hombre se ancla en puertos equivocados. Por maravilloso que sea el amor maternal, no es suficientemente fuerte para sostener a su hijo. Aun el cielo no tiene un ancla suficientemente fuerte para contrarrestar el torrente de la tentación. En palabras del Maestro: «Lo que yo, el Señor, he hablado, he dicho, y no me excuso; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida. . .» (D. y C. 1:38).

Por medio de este y otros versículos nos damos cuenta de que todo —los cielos, la tierra y todo lo que en ellos hay — pasará y si habéis atado vuestra fe a cualquier parte de esta existencia frágil — la tierra, los cielos o las personas que habitan la tierra no van a quedar en pie. Todo lo demás pasará excepto la palabra del Señor, porque «mi palabra no pasará», dijo el Señor.

Entonces, el amor de Él llega a ser absolutamente vital para la salvación, porque establece la fundación de nuestros motivos de justicia. Ninguna otra razón es lo suficientemente fuerte para sostenernos y por tanto es equivocada.

Es manifiestamente imposible amar a alguien a quien no conocemos. Por tanto, conocer al Señor llega a ser el primer paso para efectuar la acción correcta por el motivo correcto. Declaramos firmemente y con humildad que el Dios de esta tierra, que es Jesucristo, sí vive. Ha aparecido en los tiempos modernos y ha dado instrucciones y autoridad para establecer su Iglesia nuevamente sobre la tierra en toda su plenitud. Yo os declaro solemnemente que esto ha acontecido a través del profeta José Smith y todos los que han ocupado su puesto después de Él hasta estos días. Invitamos a todos los hombres de buena voluntad y de corazón honrado a participar de esta verdad y bendición con nosotros. En el nombre de Jesucristo. Amén

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