Que Escudriñemos nuestro Testimonio

Que Escudriñemos nuestro Testimonio

Por John A. Widtsoe

“Debemos de tener valor para luchar por la justicia en el mundo Luego, así como la levadura leuda toda la masa, así nosotros leudaremos todo el mundo.”


Mis queridos hermanos y hermanas, siempre estoy contento de dar mi testimonio que tengo. Pero confieso que parado ante tal congregación, siento un efecto de sobriedad. Lo sintió Brigham Young en su día. El declaró; como todos somos hijos de Dios, hay en nosotros parte de la naturaleza de Dios, y estar parado ante un grupo de Santos de Los Últimos Días, el conjunto de su piedad, eleva un hombre a un sentimiento que está parado ante la dignidad del Creador de todos nosotros.

Con mucho interés he escuchado los mensajes de esa conferencia. Hemos gozado en este tiempo. Sé que hemos sido influidos por las palabras que ha hablado el presidente McKay. Él ha llegado al centro de nuestro ser espiritual, de miembros de la Iglesia de Cristo.

En los acontecimientos de los días pasados, muchos recuerdos han llegado a mi mente. Una tarde de agosto o septiembre, estaba sentado en mi oficina poco cansado después del trabajo del día. La Universidad de Utah tenía disensiones entre sí y por sus enemigos había llegado a ser un escándalo nacional. Me habían llamado para ayudar a otros quienes estaban queriendo establecer la institución otra vez en su obra normal. Era la tercera vez que había servido a mi estado en tal capacidad. Estaba cansado. En ese tiempo tocaron en la puerta y entró Jorge Alberto Smith. Él dijo: “Estoy en camino a casa después de mi trabajo. Pensé en tí y los problemas que esperan que resuelvas. Vine para consolarte y bendecirte.”

Así era Jorge Alberto Smith. De los amigos que tengo en el estado y fuera del estado, él era el único, menos unes amigos íntimos, que tomó el tiempo de darme la ayuda de amor en la obra que tenía que hacer. Por supuesto lo aprecié; nunca lo olvidaré. Hablamos por un tiempo y luego él se fue a su casa. Mi corazón se puso contento. Ya no estaba cansado.

Ven que el amor, de que hemos hablado en esta conferencia, no es solo una palabra o una sensación. Para que sea amor digno tiene que llegar a ser acción. El presidente Smith en esa ocasión así lo hizo. Me dio de su tiempo y fuerza. Espero que nosotros que hemos asistido a esta conferencia en estos últimos días entendamos que la prueba de amor es si la persona que ama da de sí mismo, de sus poderes, al que es amado. No hay amor verdadero si no se hace esto. El esposo tiene que dar de sí mismo, en un sentido a la esposa que ama y ella tiene que dar de sí misma, quizá rendir a él las cosas que quisiera guardar y tener para sí misma. Los padres y niños tienen que tener la misma relación. No hay amor perfecto sin sacrificio para el que es amado. Puesto que hemos hablado tanto de amor, quizá lo guardaremos en la memoria.

Poco antes que muriera el presidente Smith, oí uno de sus discursos, quizá su último, no estoy seguro. Escogió como tema la condición del mundo en este tiempo, de que no hay felicidad. El dio un principio, el cual creo ser correcto e inspirado, que no habrá paz, ni un arreglo de los problemas del mundo, hasta que este pueblo, los Santos de los Últimos Días, se arrepientan, acepten la doctrina del Señor Jesucristo, de que se ha hablado esta mañana, y se ponen a trabajar y luchar con rectitud y verdad; solo así se puede esperar la paz. Él dijo que era una demanda tremenda, pero eterna. Siempre la verdad vence y nunca es vencida. En las palabras del poeta antiguo: “Se levantará de nuevo la verdad que es derrumbada a tierra.” A mí y a otros en ese tiempo nos dejó el mensaje que debemos limpiar nuestros corazones, como fue dicho por el presidente McKay en este día. Debemos de tener valor para luchar por la justicia en el mundo. Luego, así como la levadura leuda toda la masa, así nosotros leudaremos todo el mundo. Una misión tremenda, ¿verdad? Una cosa tremenda de que pensar—de que este grupo chico de personas tiene el poder en sí mismos, si es usado correctamente, de cambiar todo el mundo a lo bueno o lo malo.

Muchas veces he sentido que debemos examinar nuestros testimonios de la verdad. Con nuestros testimonios como arma principal vamos entre el mundo para luchar contra el mal. Hablamos de testimonio, sí; decimos que tenemos un testimonio—pero, ¿es este testimonio el que dará a un hombre el poder de aceptar y obedecer el evangelio del Señor Jesucristo bajo todas condiciones? Sería bueno si nosotros los Santos de los Últimos días examinamos nuestros testimonios otra vez. Un hombre que sale para la batalla, limpia su espada, cuida su rifle y está listo para la batalla cuando llega. En este tiempo estamos en una batalla grande, la batalla de las edades, predicho por los profetas a través de los siglos pasados. Tenemos que empezar con cierto entendimiento del evangelio del Señor Jesucristo y están listos para aceptarlo. No hay otra manera. Pero, ¿lo hemos hecho? ¿Hemos examinado nuestros corazones y testimonios y añadir lo que falta y quitando lo que no es digno? Debemos de estar listos para la batalla.

En las palabras del presidente Smith, nosotros, como la levadura, leudaremos a todas las personas. Su vida de amor sólo era una ilustración de un aspecto más grande que interesa a todos los que siguen al Cristo.

Yo pienso que los Santos de los Últimos Días deben ser un pueblo extraordinario. De vez en cuando encuentro un joven, a veces una persona que es de más edad, que dice, “Bueno todo eso será verdad, pero yo no quiero ser diferente a otras personas. ¿Por qué no podemos ser cómo otras personas? Es mucho más fácil vivir en esta vida si somos como los otros.

Mis queridos hermanos y hermanas aunque no queramos, somos diferentes. Somos diferentes—en justicia, en virtud, en las enseñanzas del Evangelio eterno, somos diferentes. De eso no podemos escapar. Si nuestros testimonios están firmes, y en verdad sabemos que no podemos ser cómo otras personas, sólo que ellos también acepten la verdad como nosotros la tenemos.

No sé de una persona en los últimos dos mil años, de toda la humanidad, de los millones de hombres y mujeres que ha sido más diferente que el profeta José Smith. Él se para solo, el único líder religioso en dos mil años, desde los días del Cristo. El recibió su comisión y fue instruido por Dios mismo, aun en un tiempo habló con Dios. Ningún otro hombre en medio de la gran apostasía de la verdad ha podido reclamar eso. Y nosotros sabemos que es verdad. Seguro que somos un pueblo diferente. Aunque no debo tomar mucho tiempo, porque muchos tienen que hablar todavía, déjenme decirles que tenemos el derecho de escudriñar nuestros testimonios, para que estén listos para esta gran batalla, de recordar que un testimonio es una cosa viva y no una cosa muerta—es viva y a veces llena a un hombre o una mujer hasta que las visiones de los cielos se abren a él o ella. Por ese modo de vida hay que cuidar y nutrir un testimonio, también guardarlo y protegerlo si es necesario. En hacer esto tenemos el derecho y la necesidad de examinar las evidencias que nos rodean de la verdad de esta gran obra en los últimos días. El mismo Señor nos dijo que lo hiciéramos. Podemos leer en las Doctrinas y Convenios, sección veinte, cuando se fundaron los cimientos de esta Iglesia, es decir la constitución de nuestra Iglesia fue escrita (encontrarán que se mencionan evidencias), de que por las evidencias que están alrededor de^ nosotros, seremos juzgados. José Smith dio evidencia de la realidad y la verdad de todo lo que él dijo e hizo.

Estoy pensando en uno de los grandes argumentos en favor de José, de que se ha hablado y discutido por más de cien años; él tenía testigos, testigos de carne y huesos, como somos nosotros, de su obra. Estaba solo en la arboleda cuando le vino la primera visión; estaba solo cuando vino Moroni; no se había organizado la Iglesia. Pero desde ese tiempo casi todo lo que hizo la naturaleza espiritual, sus comunicaciones con el Todo Poderoso y seres divinos, fueron compartidos con otros. De veras es una cosa maravillosa. Los grandes líderes espirituales de los últimos dos mil años han ido a los bosques, ayunado y orado, y han vuelto con sólo estos mensajes. Ellos han ido a cuevas—por ejemplo, Mahoma—siempre estaba solo. Pero este gran profeta de los últimos días, después del principio de la obra, tuvo compañeros los cuales compartieron con él sus grandes experiencias. Doce hombres honorables, de buena reputación vieron las planchas del Libro de Mormón: cuando el sacerdocio fue restaurado por Juan el Bautista, Oliverio Cowdery, un hombre honesto que su integridad nunca ha sido dudada, recibió el sacerdocio junto con José. Cuando Pedro, Santiago y Juan vinieron para dar el sacerdocio mayor también estuvo Oliverio Cowdery. Cuando el mensaje de que los hombres serán juzgados por sus obras—una tremenda doctrina en aquel día de apostasía—fue dada, Sidney Rigdon estaba con el profeta José Smith. Otros hombres, antepasados de ustedes que están aquí hoy, estuvieron en el cuarto cuando le venían revelaciones al Profeta de Dios. Unos han escrito como aconteció.

No estamos solos. Tenemos testigos de nuestra fe. Somos una gente singular. Por todos lados hay testigos de la verdad de esta gran obra de los últimos días. Será bueno edificar nuestros testimonios, de empezar con el cimiento sencillo—eventos. Y últimamente tendremos ese gran testimonio, el testimonio del espíritu el cual es el testimonio, pero tenemos que ganarlo ñoco a ñoco en la manera natural que el Señor ha prescrito.

¿Entonces hermanos v hermanas analicemos nuestros testimonios. Son sólo palabras en nuestras bocas o representan nuestras convicciones? Si necesitan remiendo, remiéndenlos; si necesitan ser edificados, edifíquenlos. Recuerden que nuestro mensaje es pura el mundo. He dicho antes en este pulpito que nuestro mensaje es para todo el mundo y no sólo para estos valles y montañas. Para toda nación lengua y pueblo tenemos responsabilidad.

Que Dios nos bendiga y que esté con nosotros, no sólo en buscar la verdad pero también en nuestro uso de la verdad para llevar a cabo los grandes propósitos del Señor en estos últimos días, oro en nombre del Señor Jesucristo Amén.

 

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