Sed Valientes

Sed Valientes

Por Spencer W. Kimball
Liahona Enero 1952


Mis hermanos y hermanas, estos son días importantes. No olvidaremos pronto las experiencias de esta semana. Como se expresó el hermano Cowley, yo también estoy impresionado con la importancia del cuerpo al cual pertenezco. Esta es a la primera conferencia general, conducida por el Concilio de los Doce, que jamás he asistido.

Recuerdo de la declaración de Pablo a los Efesios cuando dijo:

“Y él mismo constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros” y luego cuidadosamente da un resumen del propósito para el cual fueron llamados:

a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,

Y luego, más adelante hace una decoración que yo pienso es muy importante para todo Santo de los Últimos Días:

“para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia las artimañas del error”. (Efe. 4:11-12, y 14.)

En muchos otros lugares Pablo nos advirtió también contra los engañadores que vendrían aún antes de su partida. Y han seguido viniendo, y están hoy en día entre nosotros. Las autoridades que ha puesto el Señor en su Iglesia le son a la gente de la Iglesia como un puerto, como un lugar donde refugiarse, como algo donde encontrar seguridad. Nadie de esta Iglesia se desviará lejos, si se allega aseguradamente a las autoridades de la Iglesia, las cuales el Señor ha puesto en su Iglesia. Esta Iglesia nunca se desviará; el Quórum de los Doce nunca los guiará por veredas desconocidas; nunca lo ha hecho y nunca lo hará. Podría haber individuos que vacilarían, pero nunca estará una mayor parte del Concilio de los Doce en error en ningún tiempo. El Señor los ha escogido; les ha dado responsabilidades específicas. Y aquejas personas que estén cerca de ellos, estarán seguras. Y por el contrario, siempre que uno empieza a irse por su propio camino, contra la autoridad, está en grave peligro. Yo no diría que aquellos líderes a quienes el Señor escoja son necesariamente los más inteligentes, ni los más altamente instruidos, pero son sus escogidos, y cuando son es- cogidos del Señor, son su autoridad re- conocida, y la gente que permanece cerca de ellos tiene seguridad.

Recuerdo de cuando Moisés fue llamado a su inmensa responsabilidad de sacar a los hijos de Israel de la esclavitud, y él se quejó al Señor y dijo, — Soy débil y tardo en el habla—, y el Señor le dio una voz en su hermano Aarón. Pero el Señor no lo reemplazó por esa voz.

El Señor es al timón, hermanos y hermanas, y allí continuará y su obra irá adelante. La pregunta importante es que si nosotros como individuos, iremos hacia la misma dirección. Eso depende de nosotros mismos. Ese es un evangelio de trabajo individual. Yo quisiera que nuestros Santos de los Últimos Días se hicieran más valientes. Al leer la sección 76 de Las Doctrinas y Convenios, la gran visión manifestaba al profeta José Smith, recuerdo que di- ce el Señor que a aquel grado terrestre de gloria irán aquellos que no son valientes en el testimonio, lo cual quiere decir que muchos de nosotros que hemos recibido el bautismo por la autoridad propia, muchos que hemos recibido otras ordenanzas, aún bendiciones del templo, no llegaremos al reino de gloria celestial a menos que vivamos los mandamientos y seamos valientes.

¿Qué es ser valientes? Yo creo que Juan, en el libro del Apocalipsis, dice algo acerca de la valentía. Está él hablando a la gente de Sardis, una de las ciudades donde Pablo había hecho prosélitos. Les está hablando a los miembros de la Iglesia, fíjense ustedes, y no a la gente del mundo. Les dice: —Yo conozco tus obras, que tienes nombre que vives, y estás muerto.—(Apo. 3:1.)

Hay mucha gente en esta Iglesia hoy en día que creen que viven, pero están muertos a las cosas espirituales. Y yo creo que aún muchos de los que pretenden estar activos, también están muertos espiritualmente. Su servicio es mucho de letra y menos de espíritu. De nuevo me fijo que habla a otro grupo, a los de La Odisea, y les dice:

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, o caliente!

Más porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apo.3:15-16.)

Esos eran miembros de la Iglesia que habían sido bautizados en el reino, asumiríamos que habían recibido el Espíritu Santo, y deberían haber ido en camino hacia la exaltación. Pero no eran fieles, no eran valientes. El Señor, por medio de Juan, de nuevo les dice:

“Al que venciere, yo le haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá fuera; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo de con mi Dios, y mi nombre nuevo.” (Apo. 3:12.)

Otra vez dice acerca de estos miembros de la Iglesia en Sardis:

“Más tienes unas pocas personas en Sardis que no han ensuciado sus vestiduras: y andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignos.

El que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.” (Apo. 3:4-5.)

Recuerdo de un gran pueblo que hace mucho tiempo que pertenecía a la Iglesia de Nuestro Señor, que como un grupo llegó a ser tan bueno que fue trasladado al cielo. Y me pregunto por qué otros grupos no han sido llevados. A la única conclusión que puedo llegar, es que grupos enteros no han sido suficientemente buenos. Ayer enterramos a un hombre justo. Si toda la gente de esta Iglesia fuera tan buena como lo era él, quizás podría haber más translaciones. Pero no estamos viviendo los mandamientos del Señor tan bien como debemos. Muchos de nosotros no somos valientes.

Pido que el Señor nos bendiga a todos, que podamos tener una visión de más grande actividad en esta Iglesia. Que ninguno de nosotros se sienta justo según su propia estimación como el hipócrita quien con el publicano fue a orar al templo:

“El Fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano;

Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.” (Luc. 18:11-12.)

Luego Jesús sigue diciendo:

“Más el publicano estando lejos, no quería ni aún alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, se propició a mí pecador.

“Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.” (Luc. 18:13-14.)

Todos somos pecadores. Todos necesitamos arrepentimos. Todos necesitamos cambiar nuestras vidas y hacerlas más justas, y hacernos más valientes como lo eran los hijos de Enoc, para que podamos recibir las bendiciones que se nos han sido prometidas, y por las cuales estamos luchando. Muchos de nosotros no nos hemos rendido todavía, o si ha sido una rendición, ha sido una rendición condicional con muchas reservas.

Que Dios nos ayude, hermanos y hermanas, que podamos rendirnos incondicionalmente al Señor y su plan y al espíritu de la obra, ruego en nombre de Jesucristo. Amén.

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