Cómo conferir el sacerdocio La doctrina, el principio y la práctica

Reunión Mundial de Capacitación de lideres
21 de Junio 2003

Cómo conferir el sacerdocio
La doctrina, el principio y la práctica

Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles



La doctrina

El quinto Artículo de Fe dice:

“Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía [es decir, revelación] y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”.

Mi asignación trata sobre cómo conferir la autoridad del sacerdocio. Mis palabras proceden de las Escrituras y se explican con más detalle en el Manual de Instrucciones de la Iglesia1.

El sacerdocio, “[que] se instituyó [en los cielos] desde antes de la fundación del mundo” (D. y C. 124:33), es sagrado. “Los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo” (D. y C. 121:36).

Como siervos autorizados del Señor Jesucristo, es responsabilidad de cada poseedor del sacerdocio, de todos ustedes, fomentar la divinidad en sus vidas, en sus hogares y sus llamamientos en la Iglesia.

El “sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios.

“Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad.

“Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne” (D. y C. 84:19–21).

Cuando el sacerdocio esté bien asentado, todo lo demás ocupará su lugar; su autoridad y poder constituyen el fundamento de todo lo que hacemos en la Iglesia.

El principio

Todos los oficios adquieren poder y autoridad del sacerdocio. Las estacas, las misiones, los barrios, los quórumes, las organizaciones auxiliares, las reuniones, los consejos: todos dependen de la dirección del sacerdocio.

Hablaré tanto de la ordenación como del apartamiento.

Los poseedores de las llaves de autoridad aprueban una ordenación en el sacerdocio o autorizan que una persona sea apartada para servir.

En una estaca o en una misión, las llaves del sacerdocio se dan a su presidente. En un quórum, las llaves del sacerdocio se dan a su presidente. En un barrio, las llaves del sacerdocio se dan a su obispo. Los presidentes de las organizaciones auxiliares no reciben llaves.

Cómo elegir a los que hay que ordenar y apartar

En primer lugar, permítanme explicar cómo elegir a alguien para ser ordenado a un oficio del sacerdocio o apartado para ser un líder o para enseñar.

Los de la presidencia o del obispado se reúnen en consejo y oran, tanto juntos como personalmente, sobre quién debe ser llamado. La respuesta se recibe por revelación.

Las Escrituras enseñan: “Debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” (D. y C. 9:8; cursiva agregada).

No se debe conferir el sacerdocio a ningún hombre o muchacho impenitente o que no esté dispuesto a vivir de acuerdo con los convenios relacionados con dicho sacerdocio.

Tanto en la ordenación como en el apartamiento se debe realizar una entrevista a fin de determinar lo siguiente en cuanto a los candidatos:

  • ¿Son dignos del llamamiento?
  • ¿Aceptarán el llamamiento?
  • En caso de estar casados, ¿contarán con el apoyo de sus cónyuges?
  • ¿Hay problemas familiares, laborales o de salud que pudieran interferir con su servicio?

Cómo extender el llamamiento

Un llamamiento es más importante que una invitación o que una petición. Se recibe del Señor por medio de Su siervo escogido. Hace años, el presidente Spencer W. Kimball, en ese entonces presidente de una estaca de Arizona, tuvo una experiencia al extender un llamamiento después de haberse producido una vacante en la presidencia de los Hombres Jóvenes de la estaca.

El presidente Kimball salió de su despacho en el banco donde trabajaba, caminó unos metros calle abajo hasta llegar a una tienda y dijo: “Jack, ¿te gustaría ser el presidente de los Hombres Jóvenes de la estaca?”.

Jack respondió: “Spencer, no estarás hablando de mí”.

“Por supuesto que sí”, dijo. “Eres joven y te relacionas bien con la juventud. Serías un buen presidente”.

Entonces sucedió algo que el presidente Kimball consideró como una conversación un tanto desagradable, pues Jack rechazó el llamamiento. El presidente regresó al banco y se sentó ante su escritorio, afligido por su fracaso. Entonces supo lo que hacer. Salió de su despacho, caminó calle abajo hasta llegar a la misma tienda y encontrarse con el mismo hombre, lo llamó por su nombre completo y dijo: “El domingo pasado la presidencia de la estaca se reunió para considerar la vacante de presidente de los Hombres Jóvenes. Oramos y conversamos al respecto y, finalmente, mientras estábamos arrodillados, preguntamos y recibimos la inspiración del Señor de que debíamos llamarte a ti. Estoy aquí como siervo del Señor para extender el llamamiento”.

Jack respondió: “Bueno, Spencer, si lo haces de esa manera”.

Y él dijo: “Así es”.

Ahora era más que una mera invitación: era un llamado del Señor por conducto de Su siervo.

El sostenimiento

El Señor ha dicho: “A ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad” —de ahí que se celebre el sostenimiento, para que la Iglesia sepa que tiene autoridad— “y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la Iglesia” (D. y C. 42:11).

A fin de que todos en la Iglesia sepan quién es un líder, debe haber un sostenimiento. Las Escrituras enseñan: “No se ordenará a ninguna persona a oficio alguno en esta iglesia, donde exista una rama [o una estaca o un barrio] de ella debidamente organizada, sin el voto de dicha Iglesia” (D. y C. 20:65).

“Porque es preciso que todas las cosas se hagan con orden y de común acuerdo” (D. y C. 28:13; véase también D. y C. 26:2), “por la voz de la iglesia” (D. y C. 38:34, cursiva agregada; véase también D. y C. 41:9).

Ahora hablaré del procedimiento del sostenimiento. Durante la presentación de un nombre se realiza un voto de sostenimiento con la mano levantada. El oficiante pregunta si hay alguien en contra. De haberlo, un líder del sacerdocio previamente designado se reúne posteriormente en privado con la persona para decidir si hay una razón válida para su discrepancia.

Sólo en un caso de emergencia se celebra una ordenación al Sacerdocio de Melquisedec sin el voto de sostenimiento o con el sostenimiento exclusivo de un barrio. A continuación, se presenta la ordenación para que sea ratificada debidamente.

Cómo conferir la autoridad del sacerdocio

Respecto a las ordenaciones: todo oficio en el sacerdocio, tanto Aarónico como de Melquisedec, se confiere mediante una ordenación.

La palabra ordenar se emplea cuando se da un oficio en el sacerdocio. Los oficios del Sacerdocio de Melquisedec son élder (primero se confiere el Sacerdocio de Melquisedec), sumo sacerdote, patriarca, Setenta y Apóstol.

Los oficios del Sacerdocio Aarónico son diácono (primero se confiere el Sacerdocio Aarónico), maestro, presbítero y obispo (el obispo debe ser un sumo sacerdote [véase D. y C. 68:14–15, 19; 107:17, 69–71]).

Una persona es ordenada o apartada mediante la imposición de manos por alguien que posea las llaves o que se le haya delegado hacerlo. Desde la antigüedad se ha conferido la autoridad y se han dado bendiciones mediante la imposición de manos (véase Números 27:18, 22–23; Hechos 6:5–6; Alma 6:1).

De una manera sencilla y dignificante, confirmamos a los nuevos miembros de la Iglesia y sellamos las unciones cuando bendecimos a los enfermos. Así es como el patriarca o un padre dan una bendición.

El sacerdocio sólo se confiere una vez, por lo que en el futuro, al poseedor del sacerdocio simplemente se le ordena a otro oficio. Cuando se ordena a un diácono, primero se le confiere el Sacerdocio Aarónico y luego se le ordena diácono, un oficio en dicho sacerdocio. Cuando se ordena a un élder, primero se le confiere el Sacerdocio de Melquisedec y luego se le ordena élder, un oficio en dicho sacerdocio.

Toda ordenación y apartamiento debe realizarse bajo la dirección de las autoridades presidentes. El sacerdocio sólo se puede conferir por conducto de aquel que posea la autoridad del sacerdocio y que esté autorizado por alguien que tenga las llaves adecuadas.

La ordenación a un oficio en el sacerdocio tiene un carácter permanente y acompaña a la persona ordenada a dondequiera que vaya. Excepto en el caso de transgresión, jamás es relevado de él.

Alguien que ha sido apartado será finalmente relevado por la misma autoridad por la que fue llamado.

Un sumo sacerdote ordenado obispo también es apartado para presidir un barrio; después, será relevado de dicha presidencia, pero persiste su ordenación como obispo. Si fuera llamado a presidir en otro barrio, sólo tendría que ser apartado.

Todos los oficios en los que hay ordenaciones, excepto el de obispo y el de patriarca, se organizan en quórumes.

Los derechos y los privilegios de cada oficio en el sacerdocio, así como el número de integrantes de cada quórum, se explican en las Escrituras y en el manual2.

Las llaves y la autoridad de los presidentes de estaca, de los obispos, de los presidentes de misión, de templo y de quórum se conceden en el apartamiento.

La palabra apartamiento se emplea cuando un miembro recibe responsabilidades especiales, como el ser miembro de la presidencia de una organización auxiliar, el ser maestro, misionero u otras responsabilidades; sin embargo, éstos no reciben ni tienen llaves.

Cuando se aparta a alguien para servir como líder o maestro, existen ciertos límites, como son el barrio o la rama, la estaca o el distrito, el quórum o la misión. Por ejemplo, un obispo no es obispo fuera de los límites de su barrio.

La práctica

Para tomar parte en una ordenación, la persona debe tener una autoridad en el sacerdocio igual o superior a la que se concede en la ordenanza. Por ejemplo, un élder no puede formar parte del círculo que ordena a un sumo sacerdote o que aparta a un varón a un oficio que requiere que sea sumo sacerdote. Sólo las autoridades presidentes pueden apartar a los presidentes con llaves.

Cuando se va a llevar a cabo la ordenación o el apartamiento, la persona que oficia pone las manos sobre la cabeza del candidato. Si hubiera dos hermanos más, éstos también pondrían las manos sobre la cabeza del candidato. La persona que oficia diría el nombre completo de la persona y luego expresaría la autoridad por la que actúa, que es la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec. Entonces le daría el oficio y pronunciaría una bendición.

En caso de que participaran más personas en la ordenación, cada uno pondría la mano derecha sobre la cabeza del candidato que está siendo ordenado, y la mano izquierda sobre el hombro del que está a su izquierda. Así se completa el círculo. Se celebra la ordenación o el apartamiento con una ceremonia sencilla y circunspecta.

Se agradece enormemente el apoyo de familiares y amigos; no obstante, el número de varones que forman el círculo debe limitarse a unos pocos. Sólo son realmente necesarios los que efectúan la ordenanza o que presiden. Todos los demás sólo apoyan y sostienen al portavoz. Un número excesivo de participantes constituye una carga gravosa, por lo cual desalentamos la práctica de invitar a un gran número de familiares, amigos y líderes a participar en una ordenación o en un apartamiento.

Repito que la persona que efectúa la ordenación o el apartamiento:

  • Pronuncia el nombre completo de la persona.
  • Declara la autoridad mediante la cual se efectúa la ordenanza (“por la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec”).
  • Confiere el sacerdocio si es la primera vez que recibe el sacerdocio.
  • Ordena al oficio de ese sacerdocio junto con los derechos, poderes y autoridad de ese oficio.
  • Da una bendición, según lo que le inspire el Espíritu.
  • Termina siempre en el nombre de Jesucristo3.

Se lleva un registro de todas las ordenaciones al sacerdocio y del apartamiento de los líderes de las estacas, barrios, misiones y templos.

La ordenación y el apartamiento constituyen una oportunidad para pronunciar una bendición, la cual no tiene por fin aconsejar ni instruir, puesto que esto se hace después, cuando se le enseñan sus deberes.

No es necesario pronunciar unas palabras determinadas. Una de las mayores bendiciones de la Iglesia es cómo se organiza el sacerdocio, con muy pocas ordenanzas que se deban efectuar palabra por palabra. No precisamos, de hecho no debemos, memorizar la bendición. Según lo indique el Espíritu, podríamos bendecir a la persona en lo que se refiere a su hogar, a su familia y a su trabajo; podríamos bendecirla con discernimiento, con prudencia, entendimiento y salud. Las palabras que pronunciemos se recibirán por inspiración, con lo que cada bendición es única y personal para el miembro individual.

La ordenación y el apartamiento no deben convertirse en una reunión formal. No hay necesidad de que haya oraciones, testimonios ni instrucción cada vez que se ordena o se aparta a alguien. Esto puede hacerse de forma apacible y digna en presencia de las personas especialmente interesadas.

Una persona no debe aspirar a recibir un llamamiento; tampoco debe solicitar su relevo ni sentirse ofendida cuando sea relevada. Tanto el llamamiento como el relevo se producen por la inspiración de nuestros líderes.

Dignidad

¡Qué importante es que seamos dignos! Cada esposo debe ser totalmente fiel a su esposa. Cualquier atracción ajena al matrimonio, no importa cuán inocente parezca, puede proceder del adversario y conducir directamente al desastre.

Cumplan cuidadosamente con la Palabra de Sabiduría, para que el cuerpo y la mente puedan ser el instrumento de revelación que se requiere en estas ordenanzas.

Si hubiera algo indigno en ustedes, si en sus hogares o lugares de trabajo tuvieran fotografías, películas o materiales impresos indignos, destrúyanlos para que no los rodee ninguna influencia maligna.

Si han cometido un pecado tan grave que lo deberían haber confesado, pero no lo han hecho, busquen el bálsamo sanador de la confesión, el arrepentimiento y el perdón.

Es así como hombres sencillos ejercen la autoridad y el poder del “sacerdocio… según el orden más santo de Dios” (D. y C. 84:18). Invoquen siempre estas bendiciones en el nombre de Jesucristo, cuya Iglesia ésta es. De este modo prosigue de generación en generación la cadena ininterrumpida de la autoridad del sacerdocio.

¡Recuerden, hermanos! ¡Recuerden!, ¡ésta es la Iglesia de Jesucristo. Hemos tomado Su nombre sobre nosotros (véase Moroni 4:3). Y se nos manda: “cualquier cosa que hagáis, la haréis en mi nombre” (3 Nefi 27:7).

Doy testimonio del Señor y del sagrado poder del sacerdocio que se nos ha conferido. Doy gracias al Señor por poder participar en el avance de la Iglesia por medio de Su inspiración. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. Véase Libro 1: Presidencias de estaca y obispados, 1999, y Libro 2: Líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, 1999.
  2. Véase D. y C. 20:38–47, 53–59, 70; 42:44; 46:2; 84:111; 107; véase también Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 2, págs. 193–195, 211–213.
  3. Véase Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 1, págs. 40–41; Libro 2, págs. 207–208; Guía para la familia, 2001, págs. 21–28; Guía para la rama, 2001, pág. 14.
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