Los que aman a Jesús

Los que aman a Jesús

por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Marzo 1999

Jesús enseñó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.


El conducir un automóvil por las modernas autopistas en un soleado día de verano suele ser una experiencia agradable. Frecuentemente, uno puede apreciar la grandiosidad de las montañas majestuosas o las fascinantes olas del mar en un mismo paseo. Sin embargo, cuando el tránsito se hace pesado, el paisaje se deja a un lado y uno se concentra en el vehículo de adelante. En medio de una situación tal, leí con marcado interés lo que decía un letrero pegado en el brillante paragolpes de un automóvil que zigzagueaba entre el tráfico. Decía lo siguiente: “Si ama a Jesús, toque la bocina”. Nadie pareció apercibirse de la invitación, tal vez por estar molestos con la agresividad del conductor. Por otro lado, ¿sería acaso ésa la forma más apropiada de demostrar amor hacia el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Redentor de la humanidad? Por cierto que ése no fue el modelo que nos brindó Jesús de Nazaret.

El amor del Salvador

El Maestro enseñó en forma convincente en cuanto a la importancia de mostrar a diario un amor verdadero y perdurable cuando en forma inquisitiva y audaz el intér­prete de la ley le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?”.

Mateo registra que “jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”1.

Marcos termina el relato con la declaración del Salvador: “No hay otro mandamiento mayor que éstos”2.

Su respuesta no se podía refutar. Sus mismas acciones dieron mérito a sus palabras. El Señor demostró Su amor genuino hacia Dios por medio de una vida perfecta, honrando la sagrada misión que debía cumplir. Jamás demostró arrogancia ni vano orgullo. Jamás fue desleal. En todo momento fue humilde; fue siempre sincero, y también verídico.

Pese a que fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el maestro del engaño, el mismo diablo; pese a que se debilitó físicamente tras haber ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches y tener hambre; pese a todo ello, cuando el diablo lo sometió a las más tentadoras propuestas, El nos dio un ejemplo divino de amor verdadero a Dios rehusando desviarse de lo que El sabía que era correcto3.

A lo largo de Su ministerio, jesús bendijo a los enfermos, les devolvió la vista a los ciegos, hizo que los sordos oyeran nuevamente y que los paralíticos cami­naran. Enseñó el perdón perdonando; enseñó compasión siendo compasivo; enseñó devoción al dar de sí mismo. Jesús enseñó por medio del ejemplo.

Al analizar detenidamente la vida de nuestro Señor, cada uno de nosotros podría hacer eco a las palabras del conocido himno que dice:

Asombro me da el amor que me da Jesús.

Confuso estoy por Su gracia y por Su luz, y tiemblo al ver que por mí El su vida dio; por mí, tan indigno, Su sangre Él derramó4.

Mostrar nuestro amor

Para demostrar nuestra gratitud, ¿nos es requerido también a nosotros dar la vida como lo hizo El? Algunos lo han hecho.

En la hermosa ciudad de Melbourne, Australia, hay un magnífico cenotafio de guerra. Al caminar por sus silenciosos corredores, se pueden apreciar placas de mármol con inscripciones de los actos de valor de aque­llos que ofrecieron el máximo sacrificio. Uno puede casi escuchar el rugir de los cañones, el silbido de los proyec­tiles, los gemidos de los heridos. Se puede sentir el clamor de la victoria y, al mismo tiempo, el desconsuelo de la derrota.

En el centro del salón principal se encuentra, a la vista de todos, la leyenda que sirve de homenaje a los que allí se recuerda. Los rayos de luz que se filtran por una ventana en el techo permiten leer las inmortales palabras:

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”5.

El cometido que todos tenemos delante de nosotros hoy, y con el cual debemos cumplir, no implica que tengamos que ir al campo de batalla de la guerra para ofrecer nuestra vida; en cambio, sí debemos ir al campo de batalla de la vida, y vivir y servir de manera tal que nuestras acciones sean el reflejo de nuestro amor por Dios, por Su Hijo Jesucristo y por nuestro prójimo. Esto no se logra por medio de astutas leyendas en paragolpes de automóviles.

Jesús nos enseña: “Si me amáis, guardad mis manda­mientos…

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”6.

Hace unos cuantos años, bailábamos al compás de una canción popular que decía: “Es fácil decir te quiero, y que nunca te engañaré. Es fácil decir muchas cosas, mas con mis hechos lo demostraré”.

De las lecciones que aprendí en la Primaria, recuerdo un poema titulado: “¿Quién dio más amor?”

“Te quiero, mamá”, dijo el niño Ornar,
y sin más ni más se marchó a jugar.
Con sus amiguitos se echó a correr,
dejando a la madre todo para hacer.

“Te quiero”, le dijo Nelly, sin vacilar,
“más de lo que mis labios pueden expresar”.
Pero la niña muy mal se empezó a comportar,
y alegró a la madre verla irse a jugar.
 
“Te quiero, mamá”, le dijo Beatriz.
“Hoy te ayudaré y te haré feliz-
“Me alegro de poder hoy contigo estar”.
Y a su hermanito se puso a arrullar.
 
Después, en silencio, la escoba tomó,
 y toda la sala y cocina barrió.
Pasó todo el día ocupada y feliz;
se veía contenta la pequeña Beatriz.

“Te quiero, mamá”, los tres le dijeron,
cuando por la noche a la cama se fueron.
Y aquella mamá, ¿cómo crees que notó
cuál de los tres más amor le dio?7.

Los años transcurren; la infancia se desvanece, mas la verdad nunca deja de ser. La transición de los poemas de la Primaria a las verdades de la época actual no es difícil. El amor verdadero continúa siendo la expresión exterior de la convicción interior.

Oración de dedicación

Hoy, en una tenue elevación de la histórica ciudad de Freiberg, Alemania, se levanta un hermoso templo dedi­cado a Dios. Ese templo proporciona las más sublimes bendiciones eternas de un amoroso Padre Celestial hacia Sus fieles santos.

Hace unos años, un domingo por la mañana, el 27 de abril de 1975, me paré sobre la saliente de una roca entre las ciudades de Dresden y Meissen, muy arriba del río Elba. Obedeciendo a los susurros del Espíritu, ofrecí una oración dedicatoria de esa tierra y su gente. En esa oración, hice mención de la fe de los miembros. Recalcaba los tiernos sentimientos de muchos corazones llenos del inmenso deseo de obtener las bendiciones del templo. En ella expresé una súplica por el logro de la paz. Pedí también ayuda divina, diciendo: “Amado Padre, haz que éste sea el comienzo de un nuevo día para los miem­bros de Tu Iglesia en esta tierra”.

De pronto, de las profundidades del valle, rompió el silencio de la mañana el repiqueteo de la campana de una iglesia y el cantar de un gallo, ambos, cual augurios del comienzo de un nuevo día. Pese a tener ios ojos cerrados, sentí el calor de los rayos del sol en el rostro, en las manos y en los brazos. ¿Cómo era posible? Había estado lloviendo copiosamente toda la mañana. Mas al terminar la oración, elevé la vista al cielo y vi que un rayo de sol se filtraba por una pequeña abertura entre las espesas nubes, un rayo que refulgía sobre el lugar donde estaba nuestro pequeño grupo. En ese preciso instante supe que se nos concedería ayuda divina.

El gobierno brindó plenamente su colaboración y el presidente Spencer W. Kimball y sus consejeros dieron su ferviente aprobación. Se planificó la edificación de un templo, se escogió un predio, se procedió a dar la palada inicial y se comenzó a construir. En el momento de la dedicación, la atención de la prensa internacional estaba centrada en este templo rodeado de circunstancias tan particulares. Muchos se preguntaron cómo era posible cristalizar tal cosa, y por qué. Esto se hizo particularmente evidente durante los días en que el templo estuvo abierto al público y 89.872 personas lo visitaron. Hubo momentos en que la espera se prolongó hasta tres horas, algunas veces bajo la lluvia. Pero nadie se echó atrás. A todos se les mostró la casa de Dios.

Ejemplos de amor

Durante los mismos servicios dedicatorios, cuando el presidente Gordon B. Hinckley ofreció la oración dedica­toria, dieron marco a tan histórico acontecimiento himnos de alabanzas, testimonios de la verdad, lágrimas de gratitud y oraciones de agradecimiento. Para entender el cómo y el porqué, resulta necesario conocer la fe, la dedicación y el amor de los miembros de la Iglesia en esa nación. Pese a no llegar a los cinco mil, el nivel de actividad sobrepasaba todos los promedios de cualquier otra parte del mundo.

A lo largo de los muchos años que cumplí con asigna­ciones en esa parte del mundo, advertí la ausencia de espaciosas capillas con variedad de salones de clase y con terrenos donde resaltaban el verde del césped y el colo­rido de las flores. Las bibliotecas de los centros de reuniones, así como las de los miembros en forma personal, consistían apenas en los libros canónicos, un himnario y uno o dos volúmenes más. Estos libros no permanecían en los estantes de los libreros. Sus ense­ñanzas estaban grabadas en el corazón de los miembros; se les ponía de manifiesto en sus vidas diarias. El servir era un privilegio. Un presidente de rama, de cuarenta y dos años de edad, había servido en su llamamiento durante veintiún años, la mitad de su vida. Jamás se le escuchó quejarse, sino únicamente manifestar agradecimiento. En Leipzig, cuando en un crudo día de invierno se rompió el sistema de calefacción de la capilla, no se interrumpieron las reuniones. En cambio, los miembros se reunieron en el frío edificio, sentados lo más junto posible, con sus abrigos puestos, y cantaron himnos de Sión y adoraron a Aquel que aconsejó: “…no os canséis de hacer bien”, “Venid en pos de mí”, “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones”8.

El apóstol Pablo enseñó a los corintios: “…si alguno ama a Dios, es conocido por él”. El amor que estos fieles miembros sentían hacia Dios, hacia Su Hijo Jesucristo y hacia Su Evangelio sempiterno estaba confirmado por sus propias vidas. Nos recordaba el amor demostrado por el hermano de Jared, según se describe en el Libro de Mormón. Simplemente, no se podía privar a esa gente de las bendiciones de un Padre Celestial amoroso y justo. La fe precedió al milagro. Ahora se efectúan ordenanzas eternas y se hacen convenios sempiternos. El amor de Dios ha vuelto a bendecir a Su gente.

Para aquellos que aman a Jesús, estas palabras proféticas tienen un significado sublime:

“¡Oíd, oh cielos, escucha, oh tierra, y regocijaos, voso­tros los habitantes de ellos, porque el Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador!

“Grande es su sabiduría, maravillosas son sus vías..,

“Sus propósitos nunca fracasan…

“Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericor­dioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin.

“Grande será su galardón y eterna será su gloria”10.

Tal es la bendición reservada para quienes aman a Jesús. Ruego que todos podamos hacernos acreedores de este gran galardón y de esta gloria eterna. □

El cometido que todos tenemos delante de nosotros hoy, y con el cual debemos cumplir en el campo de batalla de la vida, es vivir y servir de manera tal que nuestras acciones sean el reflejo de nuestro amor por Dios, por Su Hijo Jesucristo, y por nuestro prójimo.

A lo largo de Su ministerio, Jesús bendijo a los enfermos, les devolvió la vista a los ciegos, hizo que los sordos oyeran nuevamente y que los paralíticos caminaran. Enseñó compasión siendo compasivo; enseñó devoción al dar de Sí mismo.


NOTAS

  1. Mateo 22:36-39.
  2. Marcos 12:31.
  3. Véase Mateo 4:1-11.
  4. “Asombro me da”, Himnos, número 118.
  5. Juan 15:13.
  6. Juan 14:15, 21.
  7. Joy Allison, Best-Loved Poems of the LDS People, editado por Jack M, Lyon y otros, 1996, págs. 217-218.
  8. 2 Tesalonicenses 3:13; Mateo 4:19; D. y C. 112:10.
  9. 1 Corintios 8:3.
  10. y C. 76:1-3, 5-6.
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