Un hombre y un acontecimiento

Conferencia General Octubre 1965

América:
Un hombre y un acontecimiento

por Ezra Taft Benson
Del consejo de los doce


Mis queridos hermanos, los que me veis y los que me oís, con humildad y gratitud me hago cargo de esta sagrada responsabilidad.

Ante todo quiero apoyar con todo mi corazón el magnífico discurso que nuestro amado presidente David O. McKay nos dio el viernes. Al concluir su amonestación profética, dijo: “Se han estado haciendo perniciosos esfuerzos y planes siniestros para privar al hombre de su libertad individual.”

Una vez más el Profeta nos ha advertido acerca de la pérdida de nuestra libertad y nos ha dejado sin excusa. Dios permita que tengamos la prudencia necesaria como para que prestemos atención a sus consejos. Estemos alertas e informémonos en cuanto a esta subrepticia influencia en éste y otros países, la cual busca la manera de privarnos de lo que nos es tan precioso.

Es una gran satisfacción estar de vuelta aquí, en forma permanente—tan permanente como le es permitido a un miembro de los Doce—después de casi dos años en el extranjero.

Os traigo el cariño y los saludos de decenas de miles de fieles miembros y amigos de la Iglesia en Europa.

Amo a Estados Unidos, mi país, y por eso es un gozo estar en casa, pero amo a todos los hijos de nuestro padre en todas partes. Los he visto a ambos lados del telón de acero, en cuarenta y cinco naciones en los últimos años. Hace diecinueve años vi a millones de ellos en Europa, hambrientos y fríos como resultado del infierno de la guerra. He estado con ellos en edificios bombardeados, en sus pequeñas granjas, en sus tiendas, en sus casas. Son los hijos de nuestro Padre, mis hermanos y hermanas. Tengo un profundo amor por ellos.

Algunos de ellos han perdido su libertad y viven esclavizados por líderes impíos. Pero hay una chispa de divinidad en todos ellos. En general, aman al Señor. Y nuestro Padre que está en los cielos los ama. Quieren vivir en libertad y paz. Quieren ser buenos vecinos. Muchos están confundidos, pero aman sus hogares y sus familias. Quieren mejorar su nivel de vida. En sus corazones quieren hacer lo correcto.

Pero con este amor por los hijos de nuestro Padre, amo a Estados Unidos de una manera especial. Estados Unidos no es solo otra nación, no solo uno de la familia de naciones. Esta nación estaba destinada a ser un faro para las personas amantes de la libertad en todas partes. Ésta es una tierra escogida, para el Señor Jesucristo, el Dios de esta tierra Éter 2:12 así lo ha declarado por medio de sus profetas. Esta es una tierra con una historia profética que fue sostenida, por así decirlo, en el hueco de la mano de Dios para realizar su gran misión para la bendición de todos los pueblos.

El Señor levantó a los Padres Fundadores. Él fue quien estableció la Constitución de esta tierra, el mayor documento de libertad jamás escrito. Esta Constitución inspirada por Dios no está pasada de moda. No es un “documento agrario” obsoleto como algunos de nuestros aspirantes a estadistas, socialistas y compañeros de viaje de la conspiración impía nos quieren hacer creer. Fue el Señor Dios quien estableció la fundación de esta nación; y ay de aquellos — miembros de la Corte Suprema y otros — que debilitarían este fundamento.

Lamento decir que estoy triste y enfermo de corazón por lo que veo, por lo que ha sucedido en los últimos años y está sucediendo hoy en mi amado país. Pero ese es un tema para otro momento.

Fue el Señor quien creó una atmósfera de libertad aquí en América para que su Iglesia pudiera ser restaurada en su plenitud para la bendición de toda la humanidad. Aquí en estos Estados Unidos el Señor ha establecido su base de operaciones en estos últimos días. El seleccionó América. Por eso amo a los Estados Unidos de América de una manera especial. Todo verdadero Santo de los Últimos Días debería amar a Estados Unidos.

No, la base de operaciones del Señor no fue establecida por las Autoridades Generales de la Iglesia restaurada. El mismo Señor preparó el camino a través de los siglos. Él estableció su base de operaciones aquí en Estados Unidos, y es el deber de toda alma amante de la libertad, y especialmente de cada Santo de los Últimos Días, ayudar a proteger, salvaguardar y fortalecer la base de operaciones del Señor, porque es desde esta base. que los gloriosos principios salvadores del evangelio eterno van y seguirán apareciendo en el mundo para bendecir a todos los hijos de nuestro Padre y proporcionar una verdadera base para la paz. No hay otra manera.

Sí, amo Estados Unidos, pero se trata de algo más, estrechamente relacionado, que ahora testifico.

Hoy deseo dar testimonio de la inspiración y la divina misión de un personaje verdaderamente noble, y de la realidad del acontecimiento más importante de los últimos diecinueve siglos. Ambos ocurrieron aquí en los Estados Unidos.

Hace unos treinta años, la conocida editorial Macmillan Company, publicó un libro muy significativo. En el frontispicio del volumen de cuatrocientas páginas, aparecía la siguiente declaración:

”He aquí un hombre que nació en los áridos cerros de Vermont y se crio en los yermos de Nueva York; que jamás conoció el interior de un colegio o escuela secundaria; que vivió en seis estados, ninguno de los cuales quiso reconocerlo durante su vida; y aun cuando libre, era perseguido como fugitivo; que en una ocasión fue cubierto de brea y emplumado y abandonado medio muerto, y con sus adeptos fue arrojado por sus vecinos encolerizados de Nueva York a Ohio, de Ohio a Misurí, y de Misurí a Illinois, y quien, a la temprana edad de treinta y ocho años fue muerto a balazos por una chusma con las caras pintadas.

“Sin embargo, este hombre llegó a ser alcalde del pueblo más grande de Illinois y el ciudadano más prominente del estado; fundador de ciudades y una universidad, y aspiró a la presidencia de los Estados Unidos.

“Escribió un libro que ha dejado confusos a los críticos literarios por más de cien años (130), y el que en la actualidad se lee más extensamente que cualquier otro libro salvo la Biblia. En los umbrales de una edad de organización instituyó la estructura social que más se aproxima a la perfección en el mundo moderno, y desarrolló una filosofía religiosa que desafía a todo lo que de esa índole existe en la historia, en lo que a entereza y consecuencia respecta. Y estableció la forma de un sistema económico que haría desaparecer los temores del corazón del hombre: el temor de la indigencia, causada por la enfermedad, la vejez, la falta de trabajo y la pobreza.

“En treinta naciones (53) existen hombres y mujeres que lo consideran como un director más importante que Moisés, y un profeta mayor que Isaías. Sus discípulos ahora pasan de dos millones, y en la actualidad una columna de granito hiende el cielo sobre el lugar donde nació y otra en el sitio donde recibió la inspiración para su libro.”

El libro del cual he citado este pasaje, se llama Joseph Smith, an American Prophet. Yo os testifico que José Smith fue y es un profeta de Dios, uno de los verdaderamente grandes profetas de todos los tiempos. Sé esto y doy mi testimonio a todo el mundo.

José Smith el profeta, fue voluntariamente hacia la muerte. Selló su testimonio con su vida—con su propia sangre. En ese día fatal, hace ciento veinte años en Nauvoo, Illinois, mientras se dirigía hacia la cárcel de Carthage y a su martirio, miró hacia la ciudad y la gente que tanto amaba y declaró:

“No hay lugar más hermoso, ni mejor gente bajo los cielos; poco saben de las pruebas que los esperan.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 471-72.)

Más tarde dijo lo siguiente, con sentimiento, pero tranquilo y con valor:

“Voy como cordero al matadero, pero me siento tan sereno como una mañana veraniega. Mi conciencia está libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres. Si me matan, moriré inocente, y mi sangre pedirá venganza desde el suelo, y se dirá de mí: ‘¡Fue asesinado a sangre fría!’ (DHC, 6: 555; véase también D. y C. 135: 4).

A raíz de su martirio, sus tristes y fieles adeptos que los consideraban un profeta de Dios, publicaron un comunicado al mundo que aparece en un volumen de escrituras sagradas—Doctrinas y Convenios— parte del cual dice lo siguiente:

“Para sellar el testimonio de este libro y el del Libro de Mormón, anunciamos el martirio de José Smith el Profeta y el de Hyrum Smith el Patriarca. Fueron asesinados a balazos en la cárcel de Carthage, el 27 de junio de 1844, cerca de las cinco de la tarde, por una chusma de entre ciento cincuenta y doscientas personas armadas, pintadas sus caras de negro. Hyrum recibió los primeros disparos, y cayó, exclamando son calma: ¡Soy hombre muerto! José saltó por la ventana, y al intentarlo fue muerto a balazos. Cayó exclamando: ¡Oh Señor, Dios mío! Muertos ya, dispararon sobre ellos de brutal manera, recibiendo cada uno cuatro balas.

“José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, con la sola excepción de Jesús, que cualquier otro que ha vivido en él. En el breve espacio de veinte años ha presentado el Libro de Mormón, que tradujo por el don y el poder de Dios, y ha efectuado su publicación en dos continentes; ha enviado la plenitud del evangelio sempiterno, que el libro contiene, a los cuatro cabos de la tierra; ha recibido y publicado las revelaciones y mandamientos que integran este libro de Doctrinas y Convenios, así como muchos otros sabios documentos e instrucciones para el beneficio de los hijos de los hombres; ha congregado a muchos miles de los Santos de los Últimos Días; ha fundado una gran ciudad y ha dejado un nombre y fama que no pueden fenecer. Vivió grande y murió grande en los ojos de Dios y de su pueblo; y como la mayoría de los ungidos del Señor en tiempos antiguos, selló su misión y obra con su propia sangre; y así también lo hizo su hermano Hyrum. ¡En su vida nunca fueron divididos; en su muerte tampoco fueron separados!

“. . . su sangre inocente derramada en el piso de la cárcel de Carthage es un extenso sello puesto sobre el ‘Mormonismo’ que ningún tribunal del mundo puede rechazar; y su sangre inocente… es un testimonio de la verdad del evangelio sempiterno que el mundo entero no puede desafiar; y… es un embajador de la religión de Jesucristo que llegará a los corazones de los hombres honrados en todas las naciones.” (Doc. y Con. 135:1, 3, 7)

Sí, José Smith, el profeta de los últimos días, fue un instrumento en las manos del Señor, para iniciar una nueva dispensación del evangelio—la última y más importante de todas. Testificó y presenció el acontecimiento más grandioso que ha tenido lugar en el mundo desde la resurrección del Maestro.

He aquí una descripción parcial, en sus propias palabras, de este grande e importante acontecimiento:

“Después de haberme retirado al lugar que previamente había designado, mirando a mi alrededor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios los deseos de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que completamente me dominó, y fue tan asombrosa su influencia que se me trabó la lengua de modo que no pude hablar. Una espesa niebla se formó alrededor de mí, y por un tiempo me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

“Más esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que me había prendido, y en el momento preciso en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción—precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

“No bien se hubo aparecido, cuando me sentí libre del enemigo que me tenía sujeto. Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: “¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (José Smith, 2:15-17.)

Esta gloriosa visión de Dios el Padre y su Hijo Jesucristo, a la luz del día, en la primavera de 1820, es el acontecimiento más grande que ha ocurrido en este mundo desde la resurrección de nuestro Señor.

José Smith, que lo presenció, fue, y es un profeta de Dios. Hoy día, unos 12.000 misioneros y más de dos millones de miembros de la Iglesia en todo el mundo libre, dan testimonio de este importante hecho.

El mormonismo ha estado ante el mundo por 135 años. Ha tropezado con la violencia del populacho, persecución, expulsiones y engaños de hombres inicuos, y el prejuicio y mal entendimiento de personas de todo el mundo. Sin embargo, a pesar de la amplia oposición, los embajadores de la verdad han llevado desde el principio, y en la actualidad están llevando al mundo el importantísimo mensaje de la Iglesia restaurada.

Parafraseando las palabras del apóstol Pablo: “. . . no se ha hecho esto en algún rincón.” (Hechos 26:26.)

El mundo generalmente ha honrado a los antiguos profetas ya muertos y ha desechado a los vivientes. Lo mismo sucedió con José Smith. La verdad está a menudo en el cadalso y el error en el trono. Pero el tiempo está a favor de la verdad, porque ésta es eterna.

El mensaje del mormonismo es mundial. Es verdadero. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una organización mundial.

En los primeros días de la Iglesia restaurada, el Señor, en una revelación dada a José Smith, dirigiéndose a todos sus hijos, tanto los que estaban dentro como fuera de la Iglesia restaurada, dijo:

“Escuchad, oh pueblo de mi Iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, cuyos ojos ven a todos los hombres; sí, de cierto os digo: Escuchad, vosotros, pueblos lejanos; y vosotros, los que estáis sobre las islas del mar, escuchad juntamente.

“Porque, de cierto, la voz del Señor se dirige a todo hombre y no hay quien escape; y no hay ojo que no verá, ni oído que no oirá, ni corazón que no será penetrado.

“Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por las bocas de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.

“E irán y nadie los impedirá, porque yo, el Señor, ce lo he mandado.

“He aquí, esta es mi autoridad, y la autoridad de mis siervos, y mi prefacio para el libro de mis mandamientos que les he dado para publicaros, oh habitantes de la tierra.

“Por tanto, la voz del Señor llega hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los que quieran oír.

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo de las calamidades que vendrían sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, le hablé desde los cielos y le di mandamientos;

“Y también, para que aquellos a quienes se dieron estos mandamientos tuviesen el poder de poner los cimientos de esta iglesia y de sacarla de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre toda la faz de la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente.” (Doc. y Con. 1:1-2, 4-6, 11, 17, 30.)

Estas son las palabras de Jesucristo a su Profeta y a todo el mundo.

El mensaje de José Smith—el mensaje de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días—el mensaje del mormonismo—es el más importante para el mundo.

La Iglesia es una organización mundial—la verdadera Iglesia de Jesucristo restaurada a la tierra en su plenitud—y tiene como finalidad bendecir a todos los hijos de nuestro Padre.

Sé estas cosas y doy testimonio con humildad y gratitud.

Dios vive, Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, con su base de operaciones en estos últimos días aquí en las Américas, y José Smith fue y es un profeta del Dios viviente, tal como lo es nuestro amado líder actual, David O. McKay.

Este es mi testimonio a todo el mundo, que doy con humildad y agradecimiento, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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