Las bendiciones de la experiencia

Las bendiciones de la experiencia

por Belle S. Spafford
Presidenta de la sociedad de socorro
Discurso pronunciado durante la Conferencia General de la Sociedad de Socorro, realizada en Salt Lake City, Utah, el 29 de septiembre de 1965


La historia de la Iglesia narra muchas de las tribulaciones y problemas que caracterizaron la vida del profeta José Smith—elegido del Señor para comenzar esta dispensación. Sin embargo, la narración que revela con más claridad las penalidades del Profeta, es la del encarcelamiento en la Prisión de Liberty, donde lo insultaron sin ninguna consideración.

En medio de sus tribulaciones, oró a Dios con apasionada insistencia, diciendo:

“Oh Dios, ¿en dónde estás? y ¿dónde está el pabellón que cubre tu escondite?

“¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y desde los cielos eternos verá tu ojo, los sufrimientos de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus llantos tus oídos?

“Oh Señor, extiende tu mano; ablándese tu corazón y conmuévanse tus entrañas con compasión hacia nosotros.” (Doc. y Con. 121:1-4.)

Y Dios contestando el llamado del Profeta le dijo:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más de un momento;

“Y entonces, si lo sobrellevas debidamente, Dios te ensalzará; triunfarás sobre tus enemigos.

“Si te es requerido pasar tribulaciones; si te encuentras en peligro entre hermanos falsos; si corres peligro entre ladrones; si peligras en tierra o mar;

“Si te acusan con toda clase de acusaciones falsas; si te acometen tus enemigos; si te arrancan del lado de tu padre, madre, hermanos y hermanas; si con la espada desenvainada te arrancan del seno de tu esposa y de tus hijos.

“Si te echan en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para atajar la vía; y si, sobre todo, las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.” (ídem., 121:7-8; 122:5-7.)

Esto nos conduce a preguntarnos: ¿Qué es lo que el Señor quiere decir cuando había de experiencia, y cuáles son los valores que la misma involucra, no sólo para el Profeta sino para todos los hijos de nuestro Padre?

La experiencia, según mi opinión, es el beneficio que se obtiene de los acontecimientos; ya sea que causen gozo o sufrimiento, los cuales afectan directamente nuestros sentimientos, criterio y carácter. El diccionario dice que: “Experiencia es el conocimiento que se adquiere gracias a la práctica y la observación.” También se ha dicho que la experiencia es “la madre de toda sabiduría”.

El talentoso escritor, Donald Culross Peattie, dice que la vida es una aventura, y “a medida que nuestros cabellos se vuelven grises, la experiencia nos hace prudentes.”

Otro escritor dijo que un hombre fuerte y bien constituido, digiere sus experiencias—correctas e incorrectas—en la misma forma que digiere sus comidas, aún cuando tenga que masticar algunas porciones duras, éstas le proporcionan alimento. Los Santos de las Últimos Días, sabemos que la vida es un terreno de prueba para los hijos de Dios; que todos pasamos por experiencias agradables y desagradables; que cada uno es probado por las experiencias de su vida, y su carácter y logros serán medidos por el modo en que uno se enfrente a estas pruebas.

Las Doctrinas y Convenios, sección 136:31, nos dice: “Mi pueblo debe ser probado en todas las cosas, a fin de que esté preparado para recibir la gloria que tengo para él, aún la gloria de Sión; y el que no aguantare el castigo, no es digno de mi reino.”

Recuerdo que hace algunos años la Primera Presidencia me llamó para que entrevistara a una hermana que formaría parte de la Mesa Directiva de la Sociedad de Socorro. Era una mujer inteligente y talentosa, dedicada al trabajo en la Iglesia y en especial a la obra de la Sociedad de Socorro. Su mente despierta captó de inmediato la importancia de su llamamiento y lo que en general se esperaba de ella como miembro de la Mesa Directiva y como líder de las mujeres de la Iglesia. No quería aceptar el puesto porque consideraba que no tenía experiencia suficiente como para comprender los problemas de las hermanas y saber aconsejarlas. Dijo que su vida había estado casi desprovista de problemas y temía que su falta de afinidad con las experiencias de las otras hermanas, harían que éstas no se sintieran atraídas hacia ella, y esto no podría soportarlo. En seguida agregó algo que no he olvidado a través de los años: “en lo concerniente a pruebas o problemas que ayudan al desarrollo de uno, mi vida ha estado desprovista de ellos.”

La hermosa mujer que en esos momentos consideraba su vida pobre en experiencia, era hija de uno de los líderes más destacados de la Iglesia. Gozaba del prestigio así como de otras ventajas provenientes de pertenecer a tal familia. Su esposo también tenía un alto cargo en la Iglesia y había triunfado tanto profesional como económicamente. Tenía una hermosa casa y una familia compuesta de niños inteligentes. Tenía atractivo físico y una mente saludable, y con más cualidades que la mayoría de las mujeres. Sin embargo, se sentía incompetente para el cargo que la Iglesia le ofrecía, a causa de la vida fácil que había llevado.

Le sugerí que aplazara su decisión por unos días, que lo consultara con su esposo y su padre. A la mañana siguiente volvió a mi oficina y humildemente aceptó el llamamiento. Nos dijo que su padre le había dicho que no se preocupara por su falta de experiencia. Que ya le llegarían a su tiempo como a todos los demás hijos de nuestro Padre.

Le había recordado las enseñanzas del Señor a Abraham, donde decía que harían una tierra donde los espíritus que Dios había creado pudieran morar, y los probaría allí, para ver si harían las cosas que el Señor su Dios les mandara. Nos dijo que su padre le había dicho que el camino de tribulaciones había sido marcado por Dios aún para sus hijos más preciados. Es un medio de desarrollo y purificación, una manera por la cual se prueba al hombre durante su vida terrenal. Para algunas personas, los problemas «; vienen a una edad temprana, y para otras llegan en los últimos años de su vida, pero vienen a todos a su debido tiempo. Su padre también le había dicho que si aceptaba el llamamiento obtendría fuerza para sostenerse cuando vinieran las tribulaciones.

Con el tiempo, la vida le deparó a esta hermana una rápida sucesión de problemas, dolores, tristezas, disgustos y hasta dolencias físicas. Se probó capaz de sobrellevarlas una a una haciendo uso de su fuerza y sobreponiéndose a ellas con paciencia, fe y firmeza, desprovista de amargura o de un espíritu rebelde. De estas experiencias surgió una mujer extraordinaria, compasiva y llena de comprensión, sabia en sus consejos y un ejemplo para las mujeres de toda la Iglesia, por su manera de elevarse por encima de las adversidades; una líder amable y querida de la Sociedad de Socorro, un alma exquisita.

Lo que realmente cuenta no es lo que nos acontece, sino la manera en que nos enfrentamos a los problemas. Una de las fuerzas más grandes para enfrentarse a las dificultades es un fuerte testimonio de la veracidad del evangelio, y un conocimiento del plan de vida y salvación. Este conocimiento permite que el hombre determine los verdaderos valores de la vida y la encamine hacia el logro de lo que tiene valor eterno. Las adversidades, los problemas, las tribulaciones, grandes o pequeñas, se ven entonces desde una perspectiva distinta, y uno se eleva sobre ellas y sigue adelante. El testimonio viene por el esfuerzo: estudiando las palabras y la voluntad que Dios reveló, por medio de sus profetas; orando, asociándonos con los santos; participando en actividades de la Iglesia; obedeciendo los mandamientos de Dios.

La fuerza necesaria para enfrentarse a las adversidades viene por buscar el consejo de Dios, contenido en sus santas Escrituras. El consejo y el consuelo proveniente de esta fuente están siempre disponibles. Es cierto que las Escrituras se dirigen a nosotros como si fuéramos un grupo—la Iglesia pero también nos hablan como individuos. Debemos familiarizarnos con ellas, teniendo fe, aplicando la sabiduría divina a nuestros problemas individuales. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” se dijo a los que sufren.

A quien esté hundido en el temor en cuanto a las adversidades que vendrán se ha dicho: “. . . No temáis, rebañito; haced lo bueno; aunque se junten en contra de vosotros la tierra y el infierno, si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer.” (Doc. y Con. 6:34.)

A quienes tengan que tomar una decisión seria se ha dado este consejo: “. . . Tienes que estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, causaré que arda tu pecho dentro de ti; por lo tanto, sentirás que está bien.” (ídem. 9:8.)

Por lo tanto, sabia es la mujer que se fortalece con un amplio conocimiento de las Escrituras para enfrentarse a las vicisitudes de la vida.

La inspiración y el valor nos llegan por medio de la oración. El Señor bondadosamente nos invita a depositar nuestras cargas a sus pies. En Alma 37:37 se nos dice: “Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien.” Estas palabas no son del hombre. Son palabras del Señor a sus amados hijos—a vosotros y a mí.

Al repasar nuestras vidas y las de los demás, nos damos cuenta que en general, hay un justo equilibrio entre las experiencias placenteras y las amargas en la vida; que a nuestra vida la enriquece la experiencia. Sabemos que las experiencias difíciles nos hacen más comprensivos y tolerantes para con los demás. Nos damos cuenta que al ejercer el autodominio nos elevamos sobre las dificultades de la vida, el carácter se desarrolla, y además sabemos que en ninguna tribulación estaremos solos. El Señor está siempre cerca para consolarnos, aconsejarnos y sostenernos. Sabemos que tenemos que pasar por pruebas si queremos cumplir con el propósito de esta vida terrenal. Comprendemos la sabiduría de las palabras del Señor cuando dijo tiernamente al profeta José Smith: “. . . Entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.” (Ídem. 122:7.)

Las madres en la Iglesia, obedientes a las mandamientos de Dios, siempre encontrarán consuelo en esta maravillosa promesa del Señor, ora caminen entre verdes praderas o entre sendas llenas de espinas.’

“Y ahora, de cierto os digo, y lo que digo a uno lo digo a todos, animaos, hijos pequeños, porque estoy entre vosotros y no os he abandonado.” (ídem. 61:36.)

Ruego que ésta sea nuestra, bendición.

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