Regocijémonos en el privilegio de servir

Reunión Mundial de Capacitación de lideres
21 de Junio 2003

Regocijémonos en el privilegio de servir

Presidente Gordon B. Hinckley
Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días


El milagro de todo ello

Mis queridos hermanos, ¡qué placer, honor y oportunidad decir unas pocas palabras para terminar! Ésta ha sido una gran sesión y espero que después de esta reunión, todos los que tengamos la oportunidad de tener su contenido impreso o en otra forma lo estudiemos una y otra y otra vez, puesto que nos resultará provechoso hacerlo.

Mientras los hermanos dirigían la palabra, yo pensaba en ustedes, mis amados colaboradores en esta gran obra. Con la imaginación, los he visto por todo el mundo: en todas las naciones de Europa y de allí hacia el oriente a través de Rusia y sus países vecinos; en México, en Centroamérica y en todos los países de Sudamérica; en Asia, Japón, Corea, Taiwán, Hong Kong, las Filipinas, Tailandia, Malaysia, India, Singapur e Indonesia; en Australia y en Nueva Zelanda, y en las islas del Pacífico; en África con sus muchas naciones; en Canadá y en los Estados Unidos.

Pienso en el milagro de todo ello. Pienso primero en el milagro del crecimiento de la Iglesia. La pequeña piedra que fue cortada del monte, no con mano, va rodando, para llenar la tierra (véase Daniel 2:34–35). Pienso también en el milagro de hablarles en estas circunstancias. Somos hombres de diferentes naciones y diferentes idiomas, pero todos somos siervos del Dios viviente, líderes de Su Iglesia y Reino. Es prodigioso que podamos unirnos de esta forma.

Es importante que lo hagamos. El Señor ha preparado el camino.

Hoy en día tenemos entre 350 y 400 nuevos presidentes de estaca cada año, y tenemos unos 4.500 nuevos obispos cada año. Otros oficiales van rotando constantemente. Es necesario capacitar a líderes nuevos, y quizá haya líderes con experiencia que se inclinen a decir: “Todo esto ya lo he oído antes”.

Pero la repetición es una ley del aprendizaje. No importa cuánto tiempo hayamos servido, es preciso ponernos al día en forma constante y entrar en contacto con nuevas ideas y con personas diferentes, todo ello con el fin de fortalecer la obra.

Mientras escuchaba junto con ustedes, surgió en mi mente una pregunta que creo también habrá surgido en ustedes. Esa pregunta es: “¿Cómo hallaré tiempo para hacerlo todo?”.

Permítanme indicar que nunca hay tiempo suficiente para hacerlo todo. Hay muchísimo más de lo que cualquiera de nosotros pueda atender personalmente.

Creo saber algo de eso. He estado en el lugar que muchos de ustedes ocupan hoy. Hay sólo una forma de lograrlo, la cual es seguir la dirección que el Señor dio a José Smith cuando le dijo: “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario” (D. y C. 88:119).

Una responsabilidad cuatripartita

Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad cuatripartita. Primero, la responsabilidad para con nuestra familia. Segundo, la responsabilidad para con nuestro empleador. Tercero, la responsabilidad para con la obra del Señor. Cuarto, la responsabilidad para con nosotros mismos.

Primero, es fundamental que no desatiendan a su familia. Nada de lo que tienen es más valioso. Sus respectivas esposas y sus hijos merecen la atención del marido y padre. Al fin de cuentas, es esa relación familiar lo que llevaremos con nosotros a la vida venidera. Parafrasearé las palabras del pasaje de las Escrituras: “Porque ¿qué aprovechará al hombre si sirviere fielmente en la Iglesia y perdiere a su propia familia?” (véase Marcos 8:36).

Junto con su esposa e hijos, determinen cuánto tiempo pasarán con ellos y cuándo. Y entonces, cumplan lo prometido. Procuren no permitir que nada lo obstaculice. Considérenlo sagrado. Considérenlo obligatorio. Considérenlo un merecido tiempo de gozo.

Sea para ustedes sagrada la noche del lunes para la noche de hogar. Pasen una velada solos con su esposa. Proyecten unas vacaciones con toda la familia.

Segundo, para con su negocio o su empleador. Tienen una obligación. Sean honrados con su empleador. No realicen trabajo de la Iglesia en el tiempo remunerado por él. Sean leales a él. Él les paga sus servicios y espera que ustedes produzcan resultados. Ustedes necesitan el empleo para mantener a su familia, y sin él no pueden trabajar con eficacia en la Iglesia.

Tercero, para con el Señor y Su obra. Distribuyan su tiempo para atender sus responsabilidades de la Iglesia. Tengan presente que cada oficial tiene muchos ayudantes, como se nos ha recordado hoy. El presidente de estaca tiene dos capaces consejeros. La presidencia cuenta con un sumo consejo de hombres dedicados y competentes, y con los secretarios que necesiten. Todo obispo tiene consejeros que están a su lado para ayudarle a levantar de sus hombros las cargas de su oficio, y cuenta con el consejo de barrio y con otras personas a las que puede y debe delegar responsabilidades. Tiene a los miembros de su barrio, y cuanto más les delegue tanto más ligera será su carga y tanto más se fortalecerá la fe de ellos.

Todo presidente de quórum del sacerdocio tiene consejeros, así como a los miembros del quórum. Del mismo modo, la Sociedad de Socorro. Ningún obispo puede esperar ocupar el lugar de la presidenta de la Sociedad de Socorro para atender las necesidades de los miembros de su barrio.

Cuarto, todo líder de la Iglesia tiene una obligación para consigo mismo: debe tener el descanso y el ejercicio necesarios. Necesita un poco de recreación. Debe tener tiempo para estudiar. Todo oficial de la Iglesia debe leer las Escrituras y precisa tiempo para meditar y reflexionar a solas. Donde sea posible, debe ir con su esposa al templo cuando las circunstancias se lo permitan.

Esas cuatro obligaciones descansan sobre los hombros de cada uno de nosotros. Con solícita reflexión y planificación, podremos distribuir nuestro tiempo para cumplirlas. Hermanos, no podemos, no debemos desatender ninguna de ellas. El Señor no espera que seamos superhombres. Pero si nos ponemos en Sus manos, si acudimos a Él en oración, Él nos inspirará y nos ayudará. Él nos magnificará y nos hará capaces de cumplir nuestras responsabilidades.

Él ha dicho: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10).

Además, ha dicho: “Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo” (D. y C. 121:26). El desafío con que se enfrenta todo buen líder es el de aprender a delegar. Todo presidente de estaca, todo obispo y todo presidente de quórum debe delegar responsabilidades a otras personas a fin de tener tiempo para llevar a cabo lo que sólo él debe hacer.

Felicidad en esta obra

Hermanos, si de continuo se quejan de que tienen demasiado que hacer es porque tienen demasiado que hacer. Deben quitarse de encima algunos de esos quehaceres, porque un líder descontento se convierte en un líder deficiente.

Le pregunté a un amigo al que habían llamado de obispo cómo le iba. Me dijo: “Me estoy divirtiendo como nunca. Veo trabajar a los demás, y ellos me dicen lo felices que son. Tengo el mejor puesto de la Iglesia”.

Desde luego, ese hombre tenía una enorme cantidad de trabajo que realizar. Tenía muchas responsabilidades que no podía dar a otras personas. Pero la contrariedad había desaparecido. La preocupación se había desvanecido. Tenía la capacidad de asignar y de hacer que los que recibían asignaciones supieran que todo dependía de cómo desempeñasen su deber. Y de hecho, así era.

Hermanos, deseo suplicarles que sean felices en la obra que realicen. Lleven una sonrisa en el rostro y una canción en el corazón al servir al Señor.

Yo ya soy anciano y simplemente no tengo las energías para hacer lo que hacía antes. Pero no me permitiré sentirme afligido al hacer lo que puedo hacer.

Las exigencias son numerosas. Siento una constante e incesante preocupación por lo que se está llevando a cabo en la Iglesia. Quiero superarme; deseo mejorar las cosas. Pero sé que no puedo hacer todo yo solo. Tengo dos magníficos consejeros, que son hombres capaces y dedicados. Tengo el Consejo de los Doce. No hay un mejor grupo de hombres sobre la faz de la tierra. Tengo a los Setenta y al Obispado. Y los tengo a todos ustedes, que trabajan unidos como una gran familia para ayudar a nuestro Padre a realizar Su obra incomparable de llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos. Tengo la gran bendición de la oración, que también tiene cada uno de ustedes. Tengo la oportunidad de arrodillarme a pedir al Señor que me indique el camino y me dé la fortaleza, la voluntad y la sabiduría necesarias para efectuar lo que Él desea que se lleve a cabo.

No hay en todo el mundo otra obra tan llena de felicidad como lo es esta obra. Esa felicidad es distintiva. Proviene del servir a los demás. Es real; es única; es maravillosa.

El privilegio de servir

Para terminar, permítanme contarles una experiencia que relató L. Robert Webb de cuando era obispo. El obispo Webb dijo:

“Me enteré por mis consejeros en una ocasión de que una hermana ya de edad había rechazado un llamamiento en el barrio. Dado que percibí que algo andaba mal… concerté una cita para ir a su casa a hablar con ella. Cuando llegué allí, se encontraban ella y su marido.

“Tras una breve y cortés conversación, le dije que tenía entendido que ella no había estimado convenient aceptar un llamamiento en el barrio y le pregunté qué podía yo hacer para ayudarle. Los dos bajaron la mirada al suelo durante un largo, largo rato antes de que ella contestara. Por fin, ella comenzó a explicarme que hacía cincuenta años, antes de que se hubiesen casado, habían tenido relaciones íntimas el uno con el otro y se sintieron demasiado avergonzados para esclarecerlo al obispo antes de ir a casarse en el templo. Todos esos años habían vivido con el peso de la culpa de esa transgresión mientras pagaban generosamente diezmos y ofrendas… y criaban a sus hijos en la fe y los mandaban a la misión.

“Aunque eran fieles, no estaban ilesos. No podían sentir la paz ni la satisfacción que debían haber experimentado en los años de su madurez por los nubarrones de la vacilación y el empañado recuerdo de la transgresión que no se había resuelto. En apariencia, parecían seguros y serenos, pero en su fuero interno, llevaban una especie de lesión y herida que perturbaba su confianza espiritual. Juntos habían padecido esa espantosa separación del Señor desde hacía muy largo tiempo.

“No sé por qué su penosa prueba duró toda una vida. Sólo sé cuándo terminó, ya que el Señor los sacó de su solitario pesar. Mientras escuchaba su historia con lágrimas en los ojos, yo rogaba con fervor saber qué hacer para aliviarlos. Cuando terminaron de hablar, me sentí inspirado a decir tan sólo: ‘Ya ha terminado. Han sufrido un largo tiempo. Estoy seguro de que el Señor los ha perdonado. El arrepentimiento consiste en abandonar el pecado y confesarlo. Ustedes lo abandonaron hace mucho, mucho tiempo. Esta noche también lo han confesado. Ya están libres. Sé con certeza que el Señor ha perdonado su transgresión y que está deseoso de hacer desvanecer su culpa con redentora gracia’.

“Después de habernos arrodillado juntos en oración, los tres nos quedamos de pie fundidos en un abrazo mientras ellos expresaban entre sollozos lo que quedaba de su reprimido sufrimiento y angustia.

“ ‘Ah, obispo, ¿de verdad ha terminado?’, me preguntaron.

“Les aseguré que así era en efecto.

“La amorosa bondad y la gracia del Salvador se derramaron sobre ellos en grato perdón. Él apartó lo que los había separado de Él y los aceptó en amorosa comunión”1.

De ustedes, mis amados hermanos de todo el mundo, es el privilegio de representar al Redentor del mundo al hacer avanzar esta obra. De ustedes es la oportunidad de hablar de la belleza de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo por Sus hijos e hijas. ¿Podría haber mayor privilegio que ése?

Regocíjense en el privilegio que tienen. Su oportunidad no durará para siempre. Muy pronto será tan sólo un recuerdo la gran experiencia que están teniendo ahora.

Ninguno de nosotros realizará todo lo que pueda desear realizar. Pero hagamos lo mejor que podamos. Estoy convencido de que, entonces, el Redentor dirá: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21).

Dios los bendiga, mis amados hermanos. Los dejo con mi amor por ustedes. Cada uno de ustedes ocupa un lugar en mi corazón. Dejo mi bendición sobre ustedes, mis consiervos en esta gran causa y reino, y lo hago en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.


Nota

  1. L. Robert Webb, “Vast and Intimate: The Atonement in the Heavens and in the Heart”, Brigham Young University 1998–99 Speeches, 1999, págs. 78–79.
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