Orad siempre

Orad siempre

Por el Presidente Ezra Taft Benson
Liahona Junio 1990

“Ora siempre, y derramaré mi Espíritu sobre ti, y grande será tu bendición, sí, más grande que si lograras los tesoros de la tierra.” (D. y C. 19:38.)


Durante su ministerio terrenal, Jesús nos enseñó el modelo a seguir al orar: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santifi­cado sea tu nombre.

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

“Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” (Mateo 6:9-13.)

También les instruyó “…sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (Lucas 18:1).

Él dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tenta­ción” (Mateo 26:41).

En esta dispensación nos amonestó: “…orad a todo tiempo, no sea que aquel inicuo logre poder en vosotros y os quite de vuestro lugar” (D. y C. 93:49).

El Salvador le dijo a José Smith: “Y en nada ofende el hombre a Dios, o contra ninguno está encendida su ira, sino aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos” (D. y C. 59:21).

Tenemos esta instrucción de nuestro Señor resucitado durante su ministerio entre el pueblo nefita en el hemis­ferio occidental: “…debéis velar y orar siempre, no sea que el diablo os tiente y seáis llevados cautivos por él.

“…debéis velar y orar siempre, no sea que entréis en tentación; porque Satanás desea poseeros para zaran­dearos como a trigo.

“Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nom­bre;

“y cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, creyendo que recibiréis, si es justa, he aquí, os será concedida.” (3 Nefi 18:15, 18—20.)

A continuación se sugieren cinco maneras para mejorar la comunicación con nuestro Padre Celestial.

  1. Debemos orar frecuentemente. Debemos estar a so­las con nuestro Padre Celestial por lo menos dos o tres veces cada día, “…en la mañana… al mediodía y en la tarde”, como lo indican las Escrituras (Alma 34:21). Ade­más, se nos exhorta a orar frecuentemente (véase 2 Nefi 32:9; D. y C. 88:126). Esto quiere decir que nuestro corazón debe rebosar, orando constantemente a nuestro Padre Celestial. (Véase Alma 34:27.)
  2. Debemos encontrar un lugar apropiado donde po­darnos meditar y orar. Se nos amonesta que debemos hacerlo “en [nuestros] aposentos, en [nuestros] sitios secretos y en [nuestros] yermos” (Alma 34:26). O sea, que debemos encontrar un lugar donde no haya distracciones y donde podamos orar en secreto. (Véase 3 Nefi 13:5—6.)
  3. Debemos prepararnos para la oración. Si no senti­mos el deseo de orar, entonces debemos orar hasta que sintamos el deseo de hacerlo. Debemos ser humildes (véase D. y C. 112:10); debemos suplicar perdón y mise­ricordia (véase Alma 34:17-18); debemos perdonar a todo aquel contra quien sintamos rencor (véase Marcos 11:25). Sin embargo, las Escrituras nos advierten que nuestras oraciones serán en vano si “…despreciáis al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes…” (Alma 34:28).
  4. Nuestras oraciones deben ser significativas y perti­nentes. Debemos evitar la repetición de las mismas frases en cada oración. Todos nos molestaríamos si un amigo nos repitiera las mismas frases breves todos los días, tratara la conversación como una tarea desagradable y estuviera ansioso por terminar para volverse al televisor y olvidarse de nosotros.

¿Qué debemos pedir en la oración? Debemos orar en cuanto a nuestro trabajo, en contra del poder de nuestros enemigos y del diablo, por nuestro bienestar y el de los que nos rodean. Debemos consultar al Señor concer­niente a todas nuestras decisiones y actividades. (Véase Alma 37:36—37.) Debemos sentir suficiente agradeci­miento para darle las gracias por todo lo que tenemos. (Véase D. y C. 59:21.) Debemos confesar su mano en todas las cosas; la ingratitud es uno de nuestros mayores peca­dos.

En las revelaciones modernas el Señor ha dicho:

“Y el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

Debemos pedir lo que necesitemos, teniendo cuidado de no pedir las cosas que podrían perjudicarnos. (Véase Santiago 4:3.) Debemos pedir fuerza para vencer nues­tros problemas. (Véase Alma 31:31-33.) Debemos orar por la inspiración y el bienestar del Presidente de la Iglesia, las Autoridades Generales, el presidente de es­taca, el obispo, el presidente de nuestro quorum, nuestros maestros orientadores, los miembros de la familia y los líderes civiles. Se podrían hacer otras muchas sugeren­cias, pero con la ayuda del Espíritu Santo sabremos lo que debemos pedir en oración. (Véase Romanos 8:26.)

  1. Después de hacer una súplica, tenemos la responsa­bilidad de esforzarnos por lograr aquello que pedimos. Debemos escuchar; tal vez mientras estemos de rodillas, el Señor quiera aconsejarnos.

El presidente David O. McKay enseñó: “La oración sincera da a entender que cuando pedimos alguna virtud o bendición, debemos hacer un esfuerzo por lograr esa bendición o cultivar esa virtud”.

En todo el curso de mi vida, el consejo de depender de la oración es el que he estimado más que cualquier otro que haya recibido. Se ha convertido en parte íntegra de mi ser, un ancla, una fuente constante de fuerza y la base de mi conocimiento de las cosas divinas.

“Recuerda que hagas lo que hagas, o estés donde estés, nunca estás solo”, era el consejo de mi padre. “Nuestro Padre Celestial siempre está cerca. Puedes extender la mano y recibir su ayuda mediante la oración.” He descu­bierto que este consejo es verdadero y que, gracias a Dios, podemos participar de ese poder invisible sin el cual ningún hombre puede lograr su máximo potencial.

Cuando yo era un misionero joven en el Norte de Inglaterra, en 1922, la oposición contra la Iglesia se inten­sificó en gran manera. Llegó a tal grado la hostilidad, que por un tiempo el presidente de la misión nos pidió que dejáramos de llevar a cabo nuestras reuniones en la calle, y también en algunos lugares suspendimos el reparto de folletos.

A mi compañero y a mí nos habían invitado a que viajáramos hasta South Shields para hablar en la reunión sacramental. En la invitación nos decían: “Estamos seguros de que podemos llenar la pequeña capilla. Muchas de las personas en este lugar no creen en las falsedades que se publican acerca de nosotros. Si vienen, estamos seguros de que tendremos una reunión muy buena”.

Aceptamos la invitación, y ayunamos y oramos sincera­mente para saber qué decir. Mi compañero había pensado hablar acerca de los principios básicos del evangelio y yo había estudiado mucho preparándome para hablar sobre la Apostasía.

Al llegar, se sintió un espíritu admirable en la reunión. Mi compañero habló primero y presentó un mensaje ins­pirador; después, yo hablé con una facilidad que jamás había experimentado en mi vida. Cuando me senté, me di cuenta de que ni siquiera había mencionado la Apostasía, sino había hablado acerca del profeta José Smith y dado mi testimonio de su misión divina y de la veracidad del Libro de Mormón.

Después de terminada la reunión, se adelantaron mu­chas personas que no eran miembros, y nos dijeron: “Esta noche hemos recibido un testimonio de que el mormonismo es verdadero. Ahora estamos preparados para bautizarnos”.

Esta fue una respuesta a nuestro ayuno y oraciones, porque habíamos orado rogando que pudiéramos decir únicamente aquellas cosas que llegaran al corazón de los investigadores.

En 1946 el presidente George Albert Smith me designó para que fuera a Europa, devastada por la guerra, para restablecer misiones de la Iglesia desde Noruega hasta África del Sur, y establecer un programa para la distribu­ción de artículos de bienestar, a saber, alimentos, ropa, ropa de cama, etc.

Establecimos nuestras oficinas principales en Londres, Inglaterra, y en seguida hicimos los arreglos preliminares con los jefes militares en el continente. Una de las prime­ras personas que yo deseaba ver era el comandante de las fuerzas norteamericanas en Europa, que se hallaba esta­cionado en Francfort, Alemania.

Cuando llegamos a esa ciudad, mi compañero y yo fuimos para concertar una cita con el general, pero el oficial encargado de ello nos dijo: “Señores, no les será posible ver al general por lo menos hasta dentro de tres días. Está sumamente ocupado, y tiene muchas citas”. Yo respondí: “Es de suma importancia que lo veamos, y no podemos esperar tanto tiempo. Tenemos que estar en Berlín mañana”. Él me contestó: “Lo siento mucho, pero no podrá recibirlos”.

Salimos del edificio, subimos a nuestro automóvil, nos quitamos el sombrero y nos unimos en oración; luego regresamos al edificio y encontramos a otro oficial en el escritorio. A los quince minutos nos hallábamos en la presencia del general.

Habíamos orado suplicando que pudiéramos verlo y ablandarle el corazón, sabiendo que era requerido que todos los artículos de bienestar, pese a la fuente de donde provinieran, se colocaran en manos de las agencias mili­tares para su distribución. Nuestro objetivo, como le explicamos al general, era el de distribuir nuestras provi­siones a nuestro propio pueblo, mediante nuestras pro­pias vías de comunicación, y también regalar artículos para la alimentación general de los niños. Le explicamos el programa de bienestar de la Iglesia y la manera en que funcionaba.

Finalmente nos dijo: “Caballeros, procedan a reunir sus provisiones, y para cuando las hayan reunido, puede ser que hayan cambiado los reglamentos”.

Respondimos: “General, nuestras provisiones ya están reunidas; siempre las tenemos reunidas. Veinticuatro ho­ras después del momento en que nos comuniquemos con la Primera Presidencia de la Iglesia en Salt Lake City, vagones de provisiones se hallarán en camino hacia Ale­mania. Tenemos muchos depósitos llenos de artículos de primera necesidad”.

Luego él admitió: “Nunca había oído de un pueblo con tal visión”. Se le había enternecido el corazón de acuerdo con lo que habíamos orado que sucediera, y antes de salir de su oficina ya teníamos una autorización por escrito para llevar a cabo nuestra propia distribución, a nuestra propia gente, a través de nuestros propios medios de comunicación.

Es una satisfacción para el alma saber que Dios está pendiente de nosotros y dispuesto a responder cuando ponemos nuestra confianza en Él y hacemos lo correcto. No hay lugar para el temor entre los hombres y las muje­res que depositen su confianza en el Omnipotente y que no titubeen en humillarse para buscar la orientación divina por medio de la oración. No obstante las persecu­ciones o los fracasos, en la oración se pueden hallar la seguridad, porque Dios serenará nuestra alma. Esa paz, ese espíritu de serenidad, es la bendición más sublime de la vida.

Como jovencito en el Sacerdocio Aarónico, aprendí un pequeño poema acerca de la oración, y a la fecha aún lo recuerdo:

No sé por cuáles métodos se logra,
Más la oración Dios la contesta, eso lo sé.
Yo sé que El una promesa nos ha dado,
De que siempre oye la oración de fe.
Sé que El la contestará, tarde o temprano.
Así que oro y con calma espero,
Aunque no sé si lo que he solicitado Vendrá de la manera en que yo quiero.
En sus manos mi oración ya he dejado Siendo más sabias sus sendas que las mías.
Sé que El me concederá lo suplicado,
O me dará algo más hermoso todavía. □

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2 respuestas a Orad siempre

  1. Anónimo dijo:

    Muchas gracias por tan hermoso mensaje. Es alimento para mi alma.

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  2. Eduardo Hernández dijo:

    No es solo un hermoso mensaje, son palabras muy inspiradas para saber como nos podemos comunicar con Nuestro Padre Celestial. Este mensaje del Presidente Benson ha cambiado mi forma de orar con mi Padre y hoy día me comunico mejor con Él
    Gracias

    Me gusta

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