La iglesia es para todos

La iglesia es para todos

Por el presidente Howard W. Hunter
Presidente del Quórum de los doce apóstoles
Liahona Agosto 1990

“esta es…no la iglesia de los casados ni de los solteros, ni de ningún grupo o individuo en particular. El evangelio…abarca todas las ordenanzas salvadoras y los convenios nece­sarios para salvar y exaltar a todas las personas que voluntariamente acepten a Jesucristo.”


Por cincuenta y dos años disfruté de la dulce compañía de mi querida esposa. Todavía seguimos casados ya que nuestro matrimonio fue sellado en el santo templo para que continuara por toda la eterni­dad. Sin embargo, al fallecer ella, me he convertido en uno de los tantos miembros de la Iglesia que en la actua­lidad vive solo sobre la tierra.

Entre los hermanos que integran el grupo de Autorida­des Generales de la Iglesia, hay algunos que se han criado sólo con su padre o su madre, algunos se encuentran solos debido a la pérdida de su compañera, y otros que, luego de dicha pérdida, han encontrado otra esposa digna y amorosa y han vuelto a contraer matrimonio. Algunas Autoridades Generales han precedido a sus esposas en ese viaje sin regreso y han dejado a sus maravillosas compa­ñeras en el mismo estado de soltería que dejaron atrás en el altar hace varios años.

La Primera Presidencia, el Consejo de los Doce y los demás líderes que integran la cabeza de la Iglesia se preocupan realmente por todos vosotros que no tenéis un cónyuge a vuestro lado. Oramos constantemente por vuestra felicidad y bienestar, reconociendo que muchos enfrentáis problemas difíciles y es por ello que nuestro pensamiento y nuestras oraciones están con vosotros.

La Iglesia es para todos los miembros. Espero que no se nos malentienda por enfocar la atención en el estado civil de los miembros de la Iglesia, ya que no es nuestra intención catalogar a las personas en ese sentido. Todos nosotros, sea cual fuere nuestro estado civil, tenemos nuestra propia identidad y necesidades, entre las cuales se encuentra el deseo de ser visto como un digno hijo de Dios.

Nuestro amado Profeta, el presidente Ezra Taft Ben­son, dijo en un discurso recientemente dirigido a las hermanas solteras de la Iglesia: “Os consideramos una parte vital de la entidad de la Iglesia y rogamos que cuando destacamos naturalmente a la familia, no lleguéis a pensar que se os aprecia menos o que valéis menos para el Señor o para Su Iglesia. Los vínculos sagrados de los miembros de la Iglesia son mucho más importantes que el estado civil, edad o circunstancias actuales; vuestro valor individual, como hijas [o hijos] de Dios, supera todo lo demás” (“Para las hermanas adultas solteras de la Iglesia”, Liahona, enero de 1989, pág. 104).

El claro y fuerte llamado de la Iglesia es para que todos vengan a Cristo sin importar las circunstancias particula­res de cada uno. El Libro de Mormón nos recuerda que el Salvador “…invita a todos… a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o hembras;” (y entre paréntesis podríamos agregar solte­ros y casados) “… y todos son iguales ante Dios…” (2 Nefi 26:33).

Esta es la Iglesia de Jesucristo, no la Iglesia de los casados ni de los solteros, ni de ningún grupo o individuo en particular. El evangelio que predicamos es el Evange­lio de Jesucristo, el cual abarca todas las ordenanzas salvadoras y los convenios necesarios para salvar y exal­tar a todas las personas que voluntariamente acepten a Jesucristo y guarden los mandamientos que Él y nuestro Padre Celestial han dado.

Todos los mandamientos que hemos recibido son para nuestro beneficio y felicidad. Nuestra meta debe ser la de amar y servir a Dios y a su Hijo, nuestro Salvador Jesucristo. Debemos centrar nuestro afecto en esos dos Seres celestiales y adorarlos con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Debemos tener una participación activa en sus divinos propósitos de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

La expiación que Jesucristo llevó a cabo fue en benefi­cio de todas las personas. Sin embargo, cada uno de nosotros debe ocuparse de su propia salvación, ya que no nos salvaremos en grupo sino individualmente. No es la dignidad de nuestros amigos ni la de nuestros familiares sino nuestra propia dignidad lo que nos salvará. Aun cuando es verdad que las parejas dignas obtendrán la exaltación en el reino celestial, todo hombre y toda mujer que se selle en una relación eterna debe ser digno de esa bendición en forma individual.

Un matrimonio eterno estará compuesto de un hombre digno y una mujer digna, quienes individualmente debe­rán haberse bautizado con agua y con el Espíritu; ido al templo y recibido sus propias investiduras; prometido seriamente fidelidad a Dios y a su compañero o compa­ñera en el convenio del matrimonio; y guardado sus convenios, haciendo todo aquello que el Señor espera de ellos.

Me apresuro a agregar que a ninguna persona digna se le negará ninguna bendición, incluso la del matrimonio y la de una familia eterna. Aunque tal vez a algunos les requiera más tiempo —quizás hasta después de esta vida mortal— obtener esa bendición, no se le negará a nadie.

El presidente Spencer W. Kimball nos dio este inspi­rado consejo:

“Quiero aseguraros que todas aquellas de entre voso­tras que sean fieles, y que durante éste, su segundo estado (la vida terrenal), no tengan la oportunidad de ser sella­das a un hombre digno, tendrán esa bendición en la eternidad. Cada vez que os sintáis afligidas y anheléis el afecto y el calor propios de una familia terrenal, recordad que vuestro Padre que está en los cielos conoce vuestra angustia y que un día os bendecirá en una forma que ha de sobrepasar vuestros más caros sueños.” (“Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, enero de 1980, pág. 170.)

Tanto durante Su ministerio terrenal entre su rebaño en la Tierra Santa como en su ministerio después de esta vida entre sus esparcidas ovejas en el Hemisferio Occi­dental, el Señor demostró su amor y su preocupación por las personas en forma individual.

Mientras se encontraba en medio de una multitud, Jesús sintió el toque de una mujer que buscaba alivio para un padecimiento que sufría desde hacía doce años (véase Lucas 8:43-48). En otra ocasión, vio mucho más allá de la estrechez de criterio de una condenatoria muchedum­bre y del pecado de la que había sido acusada. Quizás, percibiendo en ella el deseo de arrepentirse, Cristo eligió ver el valor de la persona y le mandó que se fuera y no pecara más. (Véase Juan 8:1—11.) En otra ocasión, “…tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y les bendijo, y rogó al Padre por ellos” (3 Nefi 17:21; cursiva agre­gada).

Al acercarse rápidamente las pruebas que tendría que soportar en el Getsemaní y en el Calvario, y agobiado por tantas preocupaciones, el Salvador se detuvo a observar a la viuda, que echaba sus dos blancas en el arca de la ofrenda (véase Marcos 12:41-44). En forma similar, vio a Zaqueo, quien era de baja estatura, que se había subido a un sicómoro para ver al Hijo de Dios, ya que, debido a la gran multitud que lo rodeaba, le era imposible verlo (véase Lucas 19:1-5). Y finalmente, mientras colgaba agonizante en la cruz, el Salvador hizo caso omiso a su propio sufrimiento y expresó preocupación por la llorosa mujer que le había dado la vida (véase Juan 19:25—27).

¡Qué maravilloso ejemplo! Aun en medio de un gran dolor y aflicción personal, nuestro máximo Ejemplo se preocupó en bendecir a los demás. Esa actitud fue típica de Aquel cuya vida terrenal conoció muy pocas comodida­des y que dijo: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; más el Hijo del Hombre no tiene dónde recos­tar su cabeza” (Mateo 8:20). Su vida no se hallaba cen­trada en las cosas que no poseía, sino en prestar servicio a los demás.

¡Qué necios seríamos si no disfrutáramos de los ricos dones que Dios nos ha dado! Muy fácilmente podríamos perder las oportunidades de proporcionar a los demás las bendiciones que ellos necesitan debido a que nos sentimos privados de alguna bendición muy deseada y nos ha ce­gado la auto compasión.

No solamente debemos tener cuidado de no privar a otras personas de bendiciones por estar extraviados en el páramo de la auto compasión y las recriminaciones perso­nales, sino que también debemos tener cuidado de no privarnos a nosotros mismos de las bendiciones que po­drían ser nuestras.

Mientras esperamos las bendiciones prometidas, no debemos interrumpir nuestro progreso, ya que el miedo a seguir adelante es hasta cierto grado un retroceso. Empeñaos anhelosamente en causas buenas, incluso vues­tro propio desarrollo. El ocuparnos en algún pasatiempo favorito o en artesanías o trabajos manuales; el buscar conocimiento y sabiduría, especialmente en todo aquello que se refiere a Dios; y el desarrollar y perfeccionar nuestras habilidades son algunas de las cosas en las cuales podemos emplear productivamente nuestro tiempo.

Ahora, permitidme pronunciar algunas palabras de consejo y amor.

Para los hombres solteros: No pospongáis el matrimo­nio hasta tener una carrera terminada o una posición económica ideal. Sin embargo, no os apresuréis a forma­lizar ninguna relación sin antes recibir la debida inspira­ción y haberlo pensado bien; buscad la guía del Señor al respecto. Manteneos dignos de recibir la ayuda divina. Recordad que como poseedores del sacerdocio, tenéis la obligación de tomar la iniciativa en lo que respecta a buscar una compañera eterna.

Para las mujeres solteras: Los profetas de Dios siempre han dicho que el Señor se preocupa de vosotras, y si sois fieles, todas las bendiciones serán vuestras. El no estar casadas o el no tener familia en esta vida es sólo una condición temporal, y en cambio la eternidad es para siempre. El presidente Benson nos recuerda: “El tiempo le es medido solamente al hombre; Dios tiene presente vuestra perspectiva eterna” (“Para las hermanas adultas solteras de la Iglesia”, Liahona, enero de 1989, pág. 104). Llenad vuestra vida con ocupaciones útiles y significativas.

Para los que habéis pasado por un divorcio: No dejéis que la desilusión ni el sentimiento de fracaso afecte en forma negativa el concepto que tenéis del matrimonio ni de la vida. No perdáis la fe en el matrimonio o permitáis que la amargura mine vuestra alma y destruya a vosotros o a las personas que amáis o que habéis amado.

Para los que habéis enviudado: La parte más impor­tante de vuestra vida aún no ha terminado. Algunos tal vez se les presente de la oportunidad para encontrar un nuevo compañero y volver a casarse. No obstante, para los que decidan no seguir ese camino, existen oportunida­des maravillosas en la vida para progresar en forma personal y para prestar servicio a los demás.

Para los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares: Seguid el consejo de las Escrituras de velar por las viudas y los huérfanos (véase D. y C. 83:6). Con espíritu de oración, prestad interés especial en las perso­nas que no tengan un cónyuge a su lado así como los hogares donde haya sólo uno de los padres. Hacedles sentir queridos y aceptados. Recordad: La Iglesia es para todos los miembros.

Para todos los miembros de la Iglesia: Poned en prác­tica la religión pura que mencionó el apóstol Santiago cuando dijo que debíamos “visitar a los huérfanos y a las viudas…” (Santiago 1:27). Sed bondadosos y considera­dos con todos los miembros; sed atentos y prestad cuidado a lo que decís; no permitáis que un comentario o un acto descortés dañe a otra persona. “Y sobre todo, vestíos con el vínculo de la caridad, como un manto, que es el vínculo de la perfección y la paz” (D. y C. 88:125).

Que el Señor nos bendiga para que tratemos a los demás tal como corresponde como Santos de los Últimos Días. Que no haya nadie entre nosotros que se sienta como “extranjero ni advenedizo” sino como “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19).

Doy testimonio de la veracidad de Dios nuestro Padre Celestial, que nos ama y oye nuestras oraciones. Sé que su Hijo Jesucristo vive y es nuestro Salvador y Redentor. Que seamos bendecidos de acuerdo con nuestra fe y fide­lidad en guardar y vivir los mandamientos. □

Durante la producción de esta revista, el presidente Howard W. Hunter contrajo enlace con Inis Stanton, en el Templo de Salt Lake City. La primera esposa del presidente Hunter, Clara May Jeffs Hunter, falleció en 1983.

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