¡Ha Resucitado!

Conferencia General Abril 1966

¡Ha Resucitado!

Por el presidente David O. McKay


Buscáis a Jesús Nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.” (Marcos 16:16.)

Mis queridos hermanos y hermanas, recomiendo a todos el excelente sermón que acabamos de escuchar de un miembro del Obispado Presidente de la Iglesia. Me siento agradecido y feliz por poder reunirme para adorar con vosotros esta mañana en este histórico edificio, en una conferencia general de la Iglesia.

Expreso mis saludos y bendiciones a vosotros y a nuestro numeroso público de miembros y amigos que nos escuchan por radio y televisión. Es un gozo y privilegio poder asociarme con vosotros en esta gran obra de los postreros días.

Al ponerme de pie ante vosotros para comunicaros un mensaje concerniente a la resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, suplico las bendiciones del Señor para que me fortalezca, e ilumine nuestros entendimientos para poder ver, y toque nuestros corazones para sentir, con mayor profundidad de lo que se puede expresar meramente con palabras, el significado de este mensaje.

En toda la cristiandad estamos celebrando esta época de la Pascua, el acontecimiento más trascendental de la historia, o sea la resurrección literal de Jesucristo. Por más de cuatro mil años el hombre solamente había visto en el sepulcro el fin de la vida. De todos los millones que habían sido colocados en ellos, jamás había vuelto uno solo como ser resucitado e inmortal. “En toda la extensión de la tierra no había un sepulcro vacío. Ningún corazón humano creía; ninguna voz humana declaraba que existiera tal cosa como una tumba despojada por el poder de un Vencedor más potente que el gran enemigo del género humano, la muerte.”

Fue, por tanto, un nuevo y glorioso mensaje que el ángel comunicó a las mujeres que con miedo y amor se acercaban al sepulcro en que Jesús había sido colocado. “Buscáis a Jesús Nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.”

Si por milagro entendemos un acontecimiento sobrenatural, cuyas fuerzas antecedentes son incomprensibles para la sabiduría finita del hombre, entonces la resurrección de Jesucristo es el milagro más trascendental de todas las épocas. En él se revelan la omnipotencia de Dios y la inmortalidad del hombre.

Sin embargo, la resurrección es un milagro sólo en el sentido de que sobrepuja la comprensión y entendimiento del hombre. Para todos los que la aceptan como hecho no es sino una manifestación de una ley uniforme de la vida; pero por causa de que el hombre no entiende la ley, lo clasifica como milagro. Hay muchas personas que rechazan la realidad de la resurrección de Jesús. Creen, o profesan creer, en las enseñanzas de Cristo, pero no aceptan su nacimiento virginal ni su resurrección literal de la tumba; y sin embargo este segundo hecho fue el fundamento mismo de la primitiva Iglesia Cristiana. Aún en la actualidad algunos de los principales religiosos están afirmando que Jesús está muerto.

Algún día el entendimiento del hombre podrá hacer salir de las tinieblas del misterio, a la luz del entendimiento el importantísimo acontecimiento de la resurrección.

Recientemente, al dirigirse a una congregación de universitarios, un científico dijo: “El hombre tan solamente ha empezado a buscar. No puedo cesar de sentir asombro y reverencia ante las maravillas del universo que me rodea. Es difícil imaginar que esto aconteció por sí sin la intervención de un poder que sobrepuja la comprensión del hombre. Aquel que niega la existencia de un poder superior al conocimiento preciso del hombre, carece de la necesaria humildad y objetividad que son necesarias para la buena labor científica.” (Doctor Elsie A. Shneour.)

Una vez que establezcamos como hecho el que Cristo efectivamente resucitó su cuerpo y se apareció como un ser glorificado y resucitado, habremos contestado la pregunta de las edades: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”

Sabemos por cierto que la resurrección literal de Cristo de la tumba fue una realidad para los discípulos que lo conocían íntimamente. En sus mentes no había absolutamente ninguna duda; eran testigos del hecho; sabían porque sus ojos vieron, sus oídos oyeron y sus manos palparon la presencia corpórea del Redentor resucitado.

En la ocasión en que los once se reunieron para seleccionar al que habría de tomar el lugar de Judas Iscariote, el apóstol principal, Pedro, dijo: “Es necesario pues, que de estos hombres. . . uno sea hecho testigo con nosotros de su resurrección.” (Hechos 1:21, 22.)

Siempre me ha interesado estudiar acerca de la clase de hombres que se asociaban con los apóstoles en esta época, de entre quienes se escogió a este testigo especial. Eran varones que habían sido “testigos” de la resurrección. Únicamente tal hombre era considerado capacitado y digno de ser escogido como uno de los Doce Apóstoles.

En otra ocasión, Pedro declaró ante sus enemigos, los mismos hombres que habían dado muerte a Jesús sobre la cruz: “Varones israelitas, oíd estas palabras: … a este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.” (Hechos 2:22, 23.) Sobre el valor y significado de la proximidad e intimidad de los autores de las epístolas, la escritora Beverly Nichols dice:

“Se hallaban al alcance de la voz de Cristo, hablando históricamente; como quiera que sea, cuando sus ideas tomaron forma, que más tarde fueron escritas, los vientos difícilmente habían tenido tiempo para borrar las sagradas huellas de sus pies en las arenas que pisó. La lluvia aún no había tenido tiempo para deslavar con sus lágrimas insensibles, la sangre sobre la madera putrefacta de la cruz abandonada. Sin embargo, estos hombres sabían—no puedo continuar usando la palabra “creer” demasiado vaga e insípida—que Dios había descendido a la tierra en la forma de cierto hombre, que éste había padecido una muerte obscena y grosera, y que la manera grotesca de su muerte había redimido al género humano del pecado. Sabían, además que se había levantado de los muertos al tercer día, y ascendido a los cielos.” (Tomado de The Fool hath said, por Beverly Nichols.)

Esta proximidad al acontecimiento resalta el valor de la evidencia dada por los apóstoles. Su testimonio cobra mayor importancia debido al hecho de que con la muerte de Jesús, los apóstoles se llenaron de desánimo y tristeza. La presencia de Cristo los había sostenido e inspirado por dos años y medio; pero ahora El ya no estaba; se encontraban solos y parecían estar confusos e impotentes. No es con timidez, ni con sentimientos de duda, melancolía y desánimo que se hace creer a un mundo escéptico. Los pensamientos vacilantes y desesperados que había en los apóstoles el día de la crucifixión, jamás podrían haber estimulado a la gente a aceptar una creencia impopular y a morir como mártires de la Causa.

¿Qué, pues, fue lo que repentinamente transformó a estos discípulos en confiados, audaces y heroicos predicadores del evangelio de Jesucristo? Fue la revelación de que Cristo se había levantado de la tumba. “Se habían realizado sus promesas; se había cumplido su misión mesiánica.”

Insto a cuantos puedan escuchar mi voz, a que consideren cuidadosamente los testimonios de estos testigos oculares cual se hallan en el Nuevo Testamento, cuya honradez no es impugnada ni aun por la crítica escéptica.

Uno de los mensajes gloriosos dados por Cristo, nuestro Redentor, es que el espíritu del hombre pasa triunfantemente por las puertas de la muerte a la vida eterna. Para El este curso terrenal no es sino como un día, y su fin como la puesta del sol de la vida. La muerte no es más que un sueño, viene seguida de un glorioso despertar en la mañana de un reino eterno. Mientras que María y Marta sólo veían a su hermano como un cadáver en la obscura y silenciosa tumba, Cristo lo veía como un ser viviente aún. Este hecho queda expresado en las dos palabras que El pronunció: “Lázaro duerme.” (Juan 11:11.)

Si todos los que toman parte en los servicios de la Pascua supieran que el Cristo crucificado efectivamente resucitó el tercer día—que después de saludar y de haberse reunido con otros en el mundo de los espíritus, nuevamente su Espíritu reanimó a su cuerpo traspasado, y después de permanecer entre los hombres por el espacio de cuarenta días, ascendió como alma glorificada a su Padre— ¡qué paz tan benigna llegaría a las almas hoy acongojadas por la duda y la incertidumbre!

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se une a Pedro, Pablo y Santiago y a los demás apóstoles de aquella temprana época que aceptaron la resurrección no sólo como una cosa literalmente verdadera, sino como la consumación de la divina misión de Cristo sobre la tierra.

Mil ochocientos años después que Jesús murió sobre la cruz, el profeta José Smith declaró que el Señor resucitado le apareció, y dice al respecto: “Vi a dos Personajes, de un brillo y gloria indescriptibles, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado; escúchalo!”

Más tarde, refiriéndose a Ja realidad de esta visión, testificó en esta forma: “Había visto una visión, yo lo sabía, y comprendía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría intentarlo; por lo menos, entendía que al hacerlo ofendería a Dios y caería bajo condenación.”

Si no hubiese otro testimonio más que el de José Smith, sería “sin valor” como dijo Cristo acerca de su testimonio cuando habló de Sí mismo; pero Jesús tuvo el testimonio de Dios y el de los apóstoles, y en igual manera José Smith tuvo otros testigos cuyos testimonios no pueden ser impugnados. Tres testigos corroboraron la gloriosa visión que les fue manifestada por el ángel Moroni.

Confirmando el testimonio irrefutable de los antiguos apóstoles de Cristo, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días proclama la glorioso visión del profeta José Smith: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de Él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de El: ¡Que vive! Porque lo vimos a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que Él es el Unigénito del Padre—que por El, y mediante El, y de Él, los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios.” (D. y C. 76:22-24.) A la luz de tan inexpugnables testimonios que han dado los antiguos apóstoles, testimonios que datan desde unos cuantos años después del propio acontecimiento; a la luz de esta tan maravillosa revelación del Cristo viviente en esta época, realmente parece difícil entender cómo pueden los hombres seguir rechazándolo y dudando de la inmortalidad del hombre.

Una fe invariable en Cristo es la necesidad más imperiosa del mundo en la actualidad. Es más que meramente un sentimiento; es un poder que impele a obrar, y debe ser, en la vida humana, la más fundamental de todas las fuerzas impulsoras.

Fue en este respecto que un eminente doctor de medicina, habiendo fallecido recientemente su madre, amonestó a sus alumnos a que conservaran su fe. Les dijo: “Los que de vosotros habéis descartado la fe llegaréis a lamentarlo. Hay ocasiones, tal como ésta en que la muerte os arrebata a un ser querido, cuando la ciencia es completamente inadecuada. Os recomiendo que penséis seriamente en estas cosas. Traen un consuelo y un solaz que de ninguna otra manera se pueden obtener. Muchos han descartado la religión porque les parece que no es científica; pero yo opino que al fin y al cabo hallaréis que la fe es científica.”

No hay razón para temer la muerte; no es sino uno de los acontecimientos de la vida. Es tan natural como el nacimiento. ¿Qué motivo hay para temerla? Algunos la temen porque creen que es el fin de la vida y con frecuencia la vida es la cosa más cara que poseemos. La vida eterna es la mayor bendición del género humano. ¡Si los hombres tan solamente hicieran la voluntad de Dios en lugar de mirar desesperadamente hacia la tumba oscura y melancólica, volverían la vista al cielo y sabrían que Cristo ha resucitado!

Ningún hombre puede aceptar la resurrección, y al mismo tiempo ser consecuente en su creencia, sin aceptar al mismo tiempo la existencia de un Dios personal. Por medio de la resurrección Cristo conquistó la muerte y se convirtió en alma inmortal, “Señor mío y Dios mío” (Juan 20:29) no fue sencillamente una vana exclamación de Tomás cuando vio a su Señor resucitado. Una vez que aceptamos a Cristo como divino, es fácil aceptar que su Padre es tan personal como El, porque según Jesús: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” (Juan 14:8.)

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días declara a todo ser que Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Ningún discípulo verdadero se conforma con aceptarlo únicamente como un gran Reformador, el Maestro ideal o aun como el único Hombre Perfecto. El Varón de Galilea es, no en sentido figurado sino literalmente, el Hijo del Dios viviente.

La creencia en la resurrección también connota la inmortalidad del hombre. Jesús pasó por todas las experiencias de la vida terrenal, igual que vosotros y yo. Conoció la felicidad y sintió el dolor. Se regocijó y se entristeció con otros. Supo lo que era la amistad, así como la tristeza provocada por traidores y falsos acusadores, y padeció la muerte en la carne, tal como sucederá con vosotros y con todo ser humano. Por motivo de que Cristo vivió después de la muerte, así será con vosotros y conmigo, y con vuestros hijos que sacrifiquen sus vidas en el campo de batalla.

Jesús fue el único Varón Perfecto que ha vivido. Al resucitar de los muertos venció la muerte, y ahora es Señor de la tierra. ¡Cuán inútilmente débil, cuan extremadamente necio es aquel que intencionalmente rechaza la manera de vivir de Cristo, especialmente en vista del hecho de que este desprecio sólo conduce a la infelicidad, la miseria y aun la muerte!

Ningún hombre puede resolverse sinceramente a aplicar en su vida diaria las enseñanzas de Jesús de Nazaret sin sentir un cambio en todo su ser. La frase “renacer” tiene un significado mucho más profundo del que muchos le dan. Este cambio podrá ser difícil de describir, pero es real. Feliz es la persona que verdaderamente ha sentido el poder ennoblecedor y transformador que viene de esta proximidad con el Salvador, esta relación con el Cristo viviente. ¡Cuán agradecido estoy porque yo sé que Cristo es mi Redentor!

Cuando los cristianos de todo el mundo sientan esta fe en su ser entero; cuando en sus corazones exista la lealtad hacia el Cristo resucitado y a los principios que ello connota, el género humano habrá dado el primer paso importante hacia la paz perpetua que diariamente suplicamos. Si lo rechazamos, el mundo se llenará de odio y quedará bañado en sangre por motivo de guerras sucesivas.

Los miembros de la Iglesia de Cristo tienen la obligación de convertir al impecable Hijo del Hombre en su ideal. Es el único Ser Perfecto que anduvo sobre la tierra; el ejemplo más sublime de la nobleza; semejante a Dios en su naturaleza; perfecto en su amor; nuestro Redentor, nuestro Salvador, el Hijo inmaculado de nuestro Padre Eterno; la Luz, la Vida y el Camino.

Tal como Cristo vive después de haber muerto, así será con todos los hombres, y cada cual ocupará en el mundo venidero el lugar para el cual se preparó.

De manera que el mensaje de la resurrección es el más consolador, el más glorioso que jamás se ha comunicado al hombre; porque cuando la muerte nos arrebata a un ser amado, nuestros corazones afligidos son calados por la esperanza y seguridad divina expresadas en las palabras: “HA RESUCITADO, NO ESTA AQUÍ.”

Sé con toda mi alma que la muerte es vencida por Jesucristo, y porque nuestro Redentor vive también nosotros viviremos. Os testifico que efectivamente vive; yo lo sé y espero que vosotros sepáis esta divina verdad.

Pueda todo el género humano tener esta fe algún día, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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