Reafirmemos nuestra fe

Conferencia General Abril 1966

Reafirmemos nuestra fe

por el presidente Hugh B. Brown
de la Primera Presidencia


Nos unimos a los millones de personas en todo el mundo que celebran la Pascua en conmemoración de la resurrección del Señor Jesucristo. Es una ocasión en que debemos reexaminar y reafirmar nuestra fe y volver a dedicar nuestras vidas a su servicio.

Su nacimiento en la carne y los detalles de su muerte y resurrección son hechos históricos bien atestiguados. Además de la narración del Nuevo Testamento respecto de estos acontecimientos milagrosos, abundan en las Escrituras, tanto en las antiguas como en las nuevas, profecías inspiradas concernientes a su segunda venida.

Examinemos la base de nuestra fe tal cual se halla en la Santa Biblia y otros escritos sagrados, y procuremos valorizar y coordinar la vida pre terrenal, terrenal y pos terrenal de este importantísimo Personaje.

El apóstol Juan nos declara que el Verbo—que él identifica como el Salvador—era en el principio con Dios. Se trata de una declaración precisa e inconfundible, no sólo de que era en el principio con Dios, sino que El mismo se hallaba investido con el poder y la categoría de un Dios, y que vino al mundo y vivió entre los hombres.

El propio Jesús frecuentemente se refirió al hecho de su preexistencia. Por ejemplo, dijo:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino para hacer la voluntad del que me envió.” (Juan 6:38.)

Y más adelante, en la más bella de todas las oraciones, leemos esta emocionante súplica en Juan 17:5: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú para con tigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”

En otra ocasión, amonestando a sus discípulos por su incapacidad para comprender, les dijo: “¿Esto os ofende? ¿pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir a donde estaba primero?” (Juan 6:61,62.)

Estas y otras pruebas de la existencia de Cristo confirman nuestra fe de que todos los hombres tuvieron una existencia espiritual antes de nacer en la carne, y que sus almas son inmortales. Desde luego, si el espíritu existió antes que el cuerpo fuese creado, en igual manera dicho espíritu es capaz de existir independientemente después que el cuerpo muera.

El hecho de que salió de la tumba con su espíritu y cuerpo reunidos quedó positivamente afirmado y demostrado por el Señor resucitado cuando se apareció a sus apóstoles asombrados y dijo:

“Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.” (Lucas 24:39.)

Esto nos da la seguridad divina de que también nosotros, mediante su sacrificio expiatorio, participaremos en las bendiciones de la resurrección. Fijémonos en su promesa:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:25, 26.)

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda más tenga vida eterna.” (Juan 3:16.)

En estos tiempos de incertidumbre, conflictos, caos y confusión; de agresión sin provocación; cuando se está procurando la subyugación y esclavitud de los pueblos y se les están negando sus libertades; y especialmente cuando naciones enteras, incluso algunos de los del clero, se precian de su ateísmo, negando la existencia de Dios, diciendo que Cristo es un mito y que la religión es un narcótico; cuando un número mayor de personas están declarando que Dios ya no existe, y otros están dudando si de hecho ha existido en alguna ocasión— en épocas como éstas debemos volver a examinar y reafirmar nuestra fe en Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, conformar nuestras vidas con sus enseñanzas y emular su ejemplo intachable.

Para indicar la falta de fe, los pensamientos confusos y enseñanzas peligrosas de varios religiosos principales, cito algunos extractos de la revista Look de febrero de 1966:

“En septiembre del año pasado, el obispo episcopal protestante de California pidió licencia por un año a fin de ir a la Universidad de Cambridge, Inglaterra, ‘para descubrir—según declaró—lo que realmente creo’. Difícilmente se podría decir que lo que este religioso cree es típico de un obispo, pues según sus declaraciones a la revista Look, recientemente hechas en su apartamento en Cambridge: ‘He descartado la Trinidad, el nacimiento virginal y la encarnación.’

“Su indagación ha conducido al obispo inevitablemente al enigma del propio Cristo, a quien ve, no como a Jesús entre los lirios, en una vidriera de colores, sino como a un carpintero rústico convertido en predicador ambulante durante tres potentes años.

“La Universidad de Cambridge, donde se encuentra el obispo, es la matriz de lo que se ha proclamado —y censurado—como la ‘nueva teología’. Sus innovadores, en su mayoría los señores profesores de Cambridge, están reaccionando ante una sociedad atosigada por el seglarismo. Solamente el diez por ciento de los ingleses concurren a la Iglesia.

“La antigua teología empieza por la divinidad de Cristo, y trata de explicar cómo Dios llegó a ser hombre. La nueva teología empieza por el único hecho indisputable—de que Cristo fue hombre—y trata de mostrar cómo Dios obró singularmente a través de él.”

Nosotros reafirmamos nuestra fe en la Biblia como la palabra de Dios. Creemos sus enseñanzas, sus doctrinas, definiciones y revelaciones de un Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente. El hecho de que el hombre fue creado a su imagen confirma nuestra fe de que es un Ser viviente y personal. Es nuestro Padre Eterno, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías prometido.

Proclamamos la preexistencia y la naturaleza divina de Jesús el Cristo, el propósito de su vida terrenal, la realidad de su resurrección y ascensión, y la certeza de su segunda venida como verdades eternas y bien atestiguadas, así como promesas proféticas. Son de significado iluminante e inspirador para nuestro mundo acongojado. Constituyen nuestra herencia del mundo judío-cristiano, aclarada y ampliada por la revelación moderna.

Son pertinentes a nuestro tiempo y edad, una época de ideologías en conflicto, un tiempo en que la tecnología está en efervescencia, un período de asombroso y revolucionario progreso científico, un día en el que finalmente están al alcance los medios para liberar al género humano de las antiguas cadenas del dolor y el hambre, el temor y la guerra, Sin embargo, la verdadera crisis de nuestra época yace en un nivel más profundo. Toda esta libertad y mayor movimiento, así llamado, sólo nos impone con mayor fuerza los puntos fundamentales de nuestra fe.

Debe haber una reafirmación de las verdades concernientes a la paternidad de Dios, la divinidad de Cristo y la hermandad del hombre, verdades por las cuales el Salvador vivió y murió. La verdad y la hermandad, el amor de Dios y del prójimo libertará a los hombres y establecerá la paz en un mundo que vive bajo la amenaza de una guerra devastadora y final.

Los crueles y blasfemos esfuerzos de los comunistas por expurgar a Cristo de su literatura y borrar toda memoria de El de los corazones y mentes de los hombres, tendrán que fracasar, porque en vista de que Dios hizo al hombre a su propia imagen, ésta se halla indeleblemente estampada en las almas de los hombres, e instintivamente saben que son hijos inmortales de Dios, predestinados para ser libres. Esta convicción innata explica la valerosa e indómita resistencia de tantos pueblos perseguidos.

El desafío de la maldad que inevitablemente conduce al caos, a la confusión, y la derrota, tiende a poner de relieve la importancia de la vida y mensaje de Cristo, haciendo además imperiosa la aplicación de sus enseñanzas divinas y no deja lugar a duda de su victoria final.

Como dijo el apóstol Pablo: “Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre.” (Filipenses 2:10, 11.)

Un conocimiento comprensivo de la profecía (que no es otra cosa sino la historia predicha) y de la historia (que con frecuencia es la profecía cumplida), confirma el hecho de que Dios vive. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia contiene la historia continua de los hechos de Dios con su familia universal, a saber, sus hijos engendrados.

Cristo vino a la tierra y glorificó al Padre, cumplió la obra que se le encomendó y al fin de su misión sólo pidió que fuese glorificado con el Padre con la gloria que tuvo con El antes que el mundo fuese. (Juan 17:3-5.)

Los cristianos en todas partes deben creer en las revelaciones de Dios dadas por conducto de sus profetas, y al mismo tiempo guiarse por ellas, sea en el hemisferio oriental, o por revelaciones dadas a otros profetas en el mundo occidental, aquellos a quienes el Señor se refirió en Juan 10:16 en estos términos:

“Tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.”

Los Estados Unidos de Norteamérica y sus aliados se han visto obligados a tomar las armas para defender la libertad. Las Escrituras, tanto las antiguas como las modernas, justifican la defensa de las libertades de los vecinos más débiles.

Los varios presidentes de los Estados Unidos, sin distinción de partido político, han declarado que no ambicionan adquisiciones territoriales ni la subyugación de naciones más débiles. Apoyamos la libertad para todos, junto con el derecho irrestringible de gobernarse a sí mismo, todo por el bien de una paz permanente en el mundo.

El presidente de los Estados Unidos recientemente reiteró y recalcó esta política, y negó toda intención, por parte de los Estados Unidos de obtener imperio, bases o dominio. Esto coincide estrechamente con la palabra de Dios dada a los antiguos profetas, algunos de los cuales fueron reyes, generales y jefes de ejércitos.

Concordamos con lo que uno de ellos dijo sobre el asunto de la libertad, como se lee en Alma 61:14:

“Por lo tanto. . . resistamos al mal, y el mal que no podamos resistir con nuestras palabras, sí, como las rebeliones y disensiones, resistámoslo con nuestras espadas para que podamos conservar nuestra libertad para que podamos regocijarnos… en la causa de nuestro Redentor y nuestro Dios.”

El evangelio de Jesucristo enseña la universalidad del interés que Dios tiene en los hombres y que la obediencia es una ley universal y fundamental del progreso, así temporal como espiritual. La aristocracia de la justicia es la única aristocracia que Dios reconoce. Esto no deja lugar para expresiones mojigatas, sean palabras o hechos, de ser “más santo que tú”. Hay una unidad verdadera en la raza humana, y todos los hombres tienen el derecho de ser considerados iguales como seres humanos, pese a su raza, credo o color.

El que una iglesia, país, nación u otro grupo crea que es el único pueblo en que Dios está interesado, o que goza de méritos especiales por motivo de su color, raza o creencia, y que son inherentemente superiores y llamados por Dios, pese a la clase de vida que lleven, no sólo constituye una falsedad religiosa, sino una barrera continua a la paz. Este concepto es desmoralizador, sea que se trate del desvanecido y presumido mito de una raza aria de superhombres, o que llegue disfrazada de una forma más sutil. Apartémonos constantemente de esta arrogancia desmoralizadora.

El problema más importante que tenemos por delante, al tratar de formular un programa de larga extensión en bien de la paz, es un entendimiento tolerante y considerado entre las razas y credos. Tomás Bracken escribió: “Oh Dios, si los hombres pudieran ver con un poco más de claridad, o juzgar con menos severidad donde no pueden ver. Oh Dios, si los hombres pudieran acercarse un poco más los unos a los otros; se hallarían más cerca de Ti, y se comprenderían.”

Es lamentable que muy pocos de los del mundo se encuentren libres del concepto de que ellos y su pueblo o raza son superiores. A los habitantes de este continente se instruyó que no debían escarnecer ni menospreciar a ningún resto de la casa de Israel, ni burlarse de ellos, “porque he aquí, el Señor se acuerda de su convenio con ellos, y hará por ellos lo que ha jurado”. (3 Nefi 29:8.)

Hemos tomado parte en dos guerras mundiales y numerosas contiendas relativamente pequeñas para asegurar la libertad y la autonomía para nosotros mismos y otros, y sin embargo, sabemos que las mismas fuerzas satánicas de la antigüedad están obrando para destruir la paz y prosperidad de la familia humana. No puede haber paz en el mundo hasta que tengamos tolerancia y entendimiento. La felicidad que buscamos sólo en la rectitud se puede hallar, porque la maldad nunca fue felicidad. No hay ningún método mágico para recibir las bendiciones.

Uno de los profetas nos recuerda que si los hombres mueren en su iniquidad, serán echados fuera como objetos que han muerto espiritualmente, y deben ser llevados delante de Dios para ser juzgados por sus obras. Si sus hechos han sido sucios, serán declarados sucios, y siendo así, no podrán morar en el reino de Dios porque ninguna cosa impura puede entrar en ese reino. (1 Nefi 15:33, 34.)

Habiendo considerado brevemente su preexistencia, su nacimiento en la carne, su trascendental ministerio, su crucifixión y milagrosa resurrección y ascensión, dirijamos la vista hacia lo futuro. ¿Ha terminado El su obra o aún permanece activo e interesado en los asuntos de los hombres? ¿Volverá a aparecerse sobre la tierra?

Abundan en las Escrituras las predicciones y amonestaciones concernientes a este acontecimiento, pero el tiempo no nos permitirá referirnos sino a un corto número.

Job dijo: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.” (Job 19:25.)

E Isaías prometió: “He aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago, Dios mismo vendrá y os salvará.” (Isaías 35:4.) En Malaquías leemos: “He aquí, yo envío a mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis.” (Malaquías 3:1.)

Encontramos muchas referencias a la segunda venida en el Nuevo Testamento. Cerca de Betania, al tiempo de la ascensión del Señor, esta predicción fue hecha por un ángel que dijo:

“Varones galileos ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:11.)

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.”

San Lucas nos habla de los grandes acontecimientos que precederán su venida:

“Se levantará nación contra nación y reino contra reino. . .

“Desfallecerán los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán removidas.

“Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria.” (Lucas 21:10,25,27.)

Y el apóstol Pablo nos dice en 1 Tesalonicenses 4:16:

“Porque el Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.”

El Salvador mismo en muchas ocasiones predijo su vuelta a la tierra. En Mateo 16:27 leemos:

“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”

Después de referirse a las señales que precederían a su venida, dijo:

“Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.” (Mateo 24:30.)

Con humildad, pero sin ninguna ambigüedad, nosotros añadimos nuestro propio testimonio al de los apóstoles y profetas de antaño, y declaramos que Jesucristo no sólo vivió sino que aún vive; que es un Ser personal, y que de nuevo volverá triunfante con su cuerpo resucitado y glorificado, y con las marcas de la crucifixión aún visibles.

Humildemente repetimos lo que frecuentemente cantamos: “¡Yo sé que vive mi Señor! ¡Que vive; oh, honores dad! ¡Que vive aunque muerto fue! Cuan grato es poder decir: ¡Yo sé que vive mi Señor!”, de lo cual testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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